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El pan y la sal
de Godofredo Daireaux



La invasión del crepúsculo parecía ahuyentar de la superficie de la tierra todo lo que, momentos antes, resaltaba, tan netamente recortado. Los animales, aunque siguiesen paciendo donde los había dejado el último rayo del sol, aparentaban haberse alejado una legua: y para alcanzar a divisar, en el horizonte, un rancho, achicado de repente, como si se hubiera hundido, era preciso agacharse casi hasta el suelo, y abrir tamaños ojos.

Una tristeza infinita se extendía, con la noche, sobre la llanura; el mismo viento callaba, y todo, sepultándose en un silencio color de tinieblas, parecía borrarse paulatinamente de la vida.

Don Martín había rodeado su majada, desensillado su caballo, y lo había atado con maneador largo, para que pudiera comer algo, durante la noche. Su rancho, habitación provisoria de pastor errante y sin familia, era de adobe crudo, angosto y bajo, cubierto con algunas chapas de hierro de canaleta, y le servía de cocina, de comedor y de dormitorio. Entró en él, prendió un candil de sebo, y empezó a arreglar, en el medio de la pieza, el fuego para cocinar su pobre puchero de solitario y hacer hervir el agua del mate.

Como no encerraba nunca la majada, le faltaba hasta la provisión de leña de oveja, y tenía que hacer fuego con unas anchas bostas de vaca, bien secas, que juntaba en el campo, y de las cuales acababa de traer una gran bolsa llena. Prendido el fuego, colocó en él la olla, provista ya de los elementos del puchero, que debía constituir su frugal cena, se sentó en una cabeza de potro, cargó el pito, rascó el mate, lo llenó de yerba, y esperó que cantase la pava. Un gran perro se estiró a su lado, mirando también la llama.

Así, solo, perdido en la Pampa, pasaba semanas enteras, sin ver alma viviente, meses sin saber nada del resto del mundo, y sin que supiera nada de él, nadie.

De repente, el perro levantó la cabeza, paró la oreja, salió del rancho y empezó a ladrar con fuerza. Don Martín se levantó, y, agachándose en el umbral de la puerta, trató de penetrar la obscuridad, densa ya, de la noche.

Un jinete se venía acercando.

Al cabo de un rato, cerca ya del palenque, se paró y pronunció la frase sacramental: «Ave María», a la cual contestó don Martín, sin vacilar:

-Sin pecado concebida. Bájese, si gusta -haciendo, al mismo tiempo, callar el perro.

El jinete se apeó; ató el caballo al palenque, y entró con don Martín en la pieza.

El hombre, un gaucho pobremente vestido, con la cabeza envuelta en un pañuelo de algodón, que, con el sombrero gacho, disimulaba parte de sus facciones, dejando sólo brillar dos ojos pequeños y centelleantes, tenía, en conjunto, cara tan poco simpática, que don Martín, al momento, se acordó que, en los días pasados, había vendido quinientos capones, y que se los habían pagado en la puerta del corral, con un dinero que, justamente, tenía en el tirador.

Pero fue sólo cosa de un rato. Don Martín concedió al forastero licencia para desensillar, pensando que al fin, con cuidarse un poco, un hombre vale otro hombre. También puede ser que se resistiera su mente generosa de montañés piríneo a discutir, siquiera, la religión innata de la hospitalidad.

Le alcanzó el mate, y siguiendo él los preparativos de la cena, se fue a un rincón de la habitación, a sacar del cajón, la sal, sagrados emblemas de la hospitalidad antigua.

En ese momento, sonó el estridente grito de la lechuza, al cual don Martín no hizo caso, mientras pasaba un relámpago en los ojos del gaucho. Otro grito igual se hizo oír, un rato después, y éste se estremeció.

Don Martín, incauto ya, seguía su trabajo de huésped atento, y, en el momento en que se inclinaba para agregar, para el forastero, una presa a la olla, rápido, se levantó éste -el huésped infame-, y, de un bolazo en la cabeza, volteó al pobre vasco. Este pudo todavía, aunque aturdido por el golpe, desnudar la cuchilla y acometer a su vil agresor; pero se encontró frente a dos más, emponchados, de cara tiznada, quienes, después de corta lucha, dieron con él en el suelo, acribillado a tajos.

Revolvieron el cajón, el catre; desataron el tirador de la cintura del cadáver, y apoderándose de su contenido, se lo repartieron, entre risas. Entre risas, se comieron el puchero, y arrastrando el cuerpo de su víctima hasta el pozo, entre risas, lo tiraron en él, de cabeza. Y burlándose de los aullidos del perro, que acostumbrado a cazar los pequeños bichos del campo, nunca había visto fieras, y no se atrevía a acercarse, montaron a caballo; y, cortando a tientas, en la obscuridad, todo lo que, de la majada, podía caminar ligero, se internaron, arreando su botín, en los espesos y desiertos fachinales de la Pampa.


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A los cinco días, pasó por allí un vecino -vecino de a cuatro leguas-, y bajándose, entró a saludar a su amigo, don Martín. Pronto se dio cuenta de lo ocurrido; las pocas ovejas que quedaban, desparramadas; el caballo atado a soga, que no habían querido llevarse los malhechores, para no ser vendidos por la marca, quizás, y muerto de sed y de hambre; el perro, vagando, aullando tristemente y resistiéndose a acudir a su llamada; el tirador vacío, en el suelo; el revoltijo de cosas en el rancho, y, por fin, una alpargata que, desprendida, había quedado en la orilla del pozo y le sirvió de indicio para adivinar que ahí era la tumba del pobre.

No extrañes hora, viajero, si alguna vez, a las horas del crepúsculo, al acercarte a un palenque para pedir hospitalidad, oyes a la mujer temblorosa insinuar al marido:

-¡Por Dios! Dile que no se puede, que no tenemos comodidades.


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Nota de WSEditar

Este cuento forma parte de los libros: