Los condenados: 30

Los condenados de Benito Pérez Galdós


Escena XIVEditar

PATERNOY, JOSÉ LEÓN.


JOSÉ LEÓN.- (En lo alto de la escalera, sorprendido y receloso.) ¡Paternoy!

PATERNOY.- Baja sin miedo. Te esperaba. Tengo que hablar contigo. Creí que no te soltaba en todo el día la viudita...

JOSÉ LEÓN.- ¿Quién te ha dicho...

PATERNOY.- ¿Lo niegas?

JOSÉ LEÓN.- (Descendiendo rápidamente hasta la mitad de la escalera.) ¿Está Salomé?

PATERNOY.- Creo que ha salido.

JOSÉ LEÓN.- (Bajando al proscenio.) ¡Ha salido!... (Con asombro e inquietud.) ¡Que ha salido? ¿Quién ha estado aquí?

PATERNOY.- Varias personas. Algunas volverán con móviles, más que de justicia, de venganza, que es la justicia en bruto, a estilo de los pueblos primitivos.

JOSÉ LEÓN.- ¡Justicia, venganza! De una y otra me defenderé como pueda.

PATERNOY.- ¿Con qué nombre te defenderás, con el de José León, con el de don Fernando de Azlor, o con el de Martín Bravo?

JOSÉ LEÓN.- (Herido por el último nombre, se inmuta; pero al instante, dominándose, disimula su turbación.) ¿Qué?...

PATERNOY.- Martín Bravo he dicho. ¿Te sorprende ese nombre?

JOSÉ LEÓN.- (Afectando gran serenidad.) Lo desconozco.

PATERNOY.- Desdichado, no finjas ya. Arroja la máscara, que a pedazos se te cae del rostro, y entrégate a mí, sin acordarte de que me has agraviado.

JOSÉ LEÓN.- (Con altanería.) ¿Y quién es usted para pedirme la verdad? ¡la verdad! joya tan hermosa, que no puede entregarse al primero que llega. ¿Es usted juez?

PATERNOY.- No.

JOSÉ LEÓN.- ¿Es usted sacerdote?

PATERNOY.- Sí y no. Hazte cuenta que lo soy, y mírame como a tal. Martín Bravo, confíate a mí sin miedo.

JOSÉ LEÓN.- No.

PATERNOY.- Por ciego que estés, no dejarás de ver que empleo contigo la conmiseración y la piedad, el rencor nunca... ¿No comprendes mi leal y cristiano proceder contigo?

JOSÉ LEÓN.- (Secamente.) No.

PATERNOY.- ¿Ves en mi un vengador?

JOSÉ LEÓN.- Sí.

PATERNOY.- ¿Y si te demostrara lo contrario? (Pausa. JOSÉ LEÓN suspira fuertemente, e inclina la cabeza sobre el pecho en actitud humilde.) ¡Oh! ¿Por qué suspiras así? ¡Infeliz, sobre tu conciencia gravita un peso enorme!

JOSÉ LEÓN.- (Abrumado.) Sí.

PATERNOY.- Descárgate de él.

JOSÉ LEÓN.- No puedo.

PATERNOY.- Ten valor... No te importe que tus revelaciones me hieran. El mal que a mi me has hecho, en mi persona, en mi hacienda, ténlo de antemano por perdonado... (JOSÉ LEÓN calla.) ¡Habla... por Dios!...

JOSÉ LEÓN.- (Rehaciéndose.) No, no.

PATERNOY.- Yo sólo veo en ti un igual mío, un prójimo desvalido que necesita consuelo.

JOSÉ LEÓN.- Dulce palabra... si fuese sincera.

PATERNOY.- ¿Aún lo dudas?

JOSÉ LEÓN.- Casi no... Casi creo que usted... me habla con el corazón. Es el caso que ahora... y no es esto nuevo en mí... digo que siento como un prurito de abrir inconciencia... unas ganas horribles de sumergirme en la verdad, aunque en ella me ahogue.

PATERNOY.- Sí, sí... Muy bien.

JOSÉ LEÓN.- Más para esto... para esto... Tenga usted calma... Necesito hacer acopio de valor espiritual. Ya ve usted que no es fácil.

PATERNOY.- Seguramente no.

JOSÉ LEÓN.- Necesito una representación dulce y bella... ¡Que venga Salomé, mi mujer querida, que aunque pecadora, es para mí lo más divino que existe en la tierra!

PATERNOY.- Pues, hijo, lo siento mucho; pero tu mujer no puede venir...

JOSÉ LEÓN.- ¿Por qué?... ¡Salomé! (Llamando.)

PATERNOY.- Estuvo aquí nuestro tío, Jerónimo Gastón. Creyó prudente llevársela... y se la llevó.

JOSÉ LEÓN.- ¡Condenación!... ¡Me la roban!... ¡Es mía!... ¡Salomé!... ¡Qué iniquidad! ¡No, no!... ¿Qué es esto? (Furioso recorre la escena.)

PATERNOY.- ¡Detente! No puedes evitarlo. Muy lejos está ya. Tu larga permanencia en compañía de la viuda, les dio tiempo para llevársela. La infeliz se va con la evidencia de tu deslealtad. Te ha visto...

JOSÉ LEÓN.- (Aterrado.) ¡Me ha visto!... ¡Me ha visto... a mí... allá!...

PATERNOY.- No puedes negarlo.

JOSÉ LEÓN.- No niego, no. ¡Si digo que fui... que fui!

PATERNOY.- Y que platicaste de amor con ella.

JOSÉ LEÓN.- Sí.

PATERNOY.- ¿Has sido su amante?

JOSÉ LEÓN.- Sí.

PATERNOY.- ¿Fuiste a verla porque te llamó?

JOSÉ LEÓN.- Sí... Las razones que tuve para visitar a Feliciana...

PATERNOY.- Inventa, hombre, inventa algo con que disculparte.

JOSÉ LEÓN.- No invento nada... ¡Rayo de Dios! (Estallando furioso.) Ea, no doy explicaciones. A ella tan sólo las daré. ¿Pero quién, quién me ha robado el único bien de mi vida, mi luz, mi esperanza? Usted quizás, porque es usted la autoridad moral de Ansó, y nada se hace aquí sin su consentimiento.

PATERNOY.- (Con calma desdeñosa.) Sostuve y sostengo que esa infeliz no puede estar al lado tuyo.

JOSÉ LEÓN.- Usted... (Desbordándose en ira.) ¡Ah, hipócrita, obra tuya es esto! Tú, por despecho de amante o por fanática soberbia, has discurrido esta solapada venganza... Me quitas mi consuelo, mi salvación. ¡Si no he de ser bueno, ni puedo serlo sin ella! No esperes de mí más que maldades. ¡Soy una fiera! ¡No hay freno para mí! Paternoy, defiéndete, sino quieres que te mate como a un perro... ¡Defiéndete, digo!

PATERNOY.- (Con la mayor serenidad.) No quiero.

JOSÉ LEÓN.- (Delirante.) ¡Mira que te mato!

PATERNOY.- No puedo, (Desdeñoso.) ni quiero reñir contigo.

JOSÉ LEÓN.- ¿Es virtud o temor?

PATERNOY.- Será... lo que tú quieras.

JOSÉ LEÓN.- Santiago maldito, ¿qué casta de hombre eres? ¿Será verdad que eres la perfección humana? Pues si es así, y creyéndolo voy, devuélveme a mi esposa querida, o llévame a donde está y ayúdame a recobrarla.

PATERNOY.- No puedo.

JOSÉ LEÓN.- Devuélvemela, Santiago. ¿Quieres que te lo suplique, que te lo pida de rodillas?

PATERNOY.- Te he suplicado a ti que me abras tu conciencia, y no has querido.

JOSÉ LEÓN.- Es que si no recobro a la que es mi única esperanza, he de ser peor de lo que fui, y para nada quiero tus consuelos ni la paz del alma con que me brindas, porque para mí no puede haber paz, ni bien alguno sin ella.

PATERNOY.- Confiésame tus delitos, y yo te salvaré de la justicia humana.

JOSÉ LEÓN.- Dame lo que es mío, lo que nadie me puede quitar.

PATERNOY.- No.

JOSÉ LEÓN.- Pues no.


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