Las mil y una noches Tomo I (Versión para imprimir)

Esta es la versión para imprimir de Las mil y una noches.

El presente texto ha sido copiado de Wikisource, biblioteca en línea de textos originales que se encuentran en dominio público o que hayan sido publicados con una licencia GFDL. Puedes visitarnos en http://es.wikisource.org/wiki/Portada


Autor: Anónimo - Traducción de Vicente Blasco IbáñezEditar

TOMO IEditar


UNA PALABRA DEL TRADUCTOR
A SUS AMIGOS


Yo ofrezco,
 desnudas, vírgenes,
intactas y sencillas,
 para mis delicias y el
placer de mis amigos,
 estas noches árabes
vividas, soñadas y traducidas
sobre su tierra natal y sobre el
agua.


Ellas me fueron dulces durante los ocios en remotos mares, bajo un cielo ahora lejano.

Por eso las doy.

Sencillas, sonrientes y llenas de ingenuidad, como la musulmana Schahrazada, su madre suculenta que las dió á luz en el misterio; fermentando con emoción en los brazos de un príncipe sublime—lúbrico y feroz—, bajo la mirada enternecida de Alah, clemente y misericordioso.

Al venir al mundo fueron delicadamente mecidas por las manos de la lustral Doniazada, su buena tía, que grabó sus nombres sobre hojas de oro coloreadas de húmedas pedrerías y las cuidó bajo el terciopelo de sus pupilas hasta la adolescencia dura, para esparcirlas después, voluptuosas y libres, sobre el mundo oriental, eternizado por su sonrisa.

Yo os las entrego tales como son, en su frescor de carne y de roca.

Sólo existe un método honrado y lógico de traducción: la «literalidad», una literalidad impersonal, apenas atenuada por un leve parpadeo y una ligera sonrisa del traductor. Ella crea, sugestiva, la más grande potencia literaria. Ella produce el placer de la evocación. Ella es la garantía de la verdad. Ella es firme é inmutable, en su desnudez de piedra. Ella cautiva el aroma primitivo y lo cristaliza. Ella separa y desata. Ella fija.

La literalidad encadena el espíritu divagador y lo doma, al mismo tiempo que detiene la infernal facilidad de la pluma. Yo me felicito de que así sea; porque, ¿dónde encontrar un traductor de genio simple, anónimo, libre de la necia manía de su renombre?...

Las dificultades del idioma original, tan duras para el traductor académico, que ve en las obras la letra antes que el espíritu, se convierten entre los dedos del amoroso del balbuceo oriental en espirales tan bellas, que muchas veces no se atreve á desenlazarlas por miedo á que pierdan su originalidad. ¡En cuanto á la acogida que tendrán estas joyas orientales!... El Occidente, amanerado y empalidecido por la asfixia de sus convencionalismos verbales, tal vez fingirá susto y asombro al oir el franco lenguaje—gorjeo simple, sonoro y juvenil—de estas muchachas sanas y morenas, nacidas en las tiendas del desierto, que ya no existen.

Entienden poco de malicia las huríes.

Y los pueblos primitivos, dice el Sabio, llaman las cosas por su nombre y no encuentran nunca condenable lo que es natural, ni licenciosa la expresión de lo natural. (Entiendo por pueblos primitivos todos aquellos que aún no tienen una mancha en la carne ó en el espíritu, y que vinieron al mundo bajo la sonrisa de la Belleza.)

Además, la literatura árabe ignora totalmente ese producto odioso de la vejez espiritual: la intención pornográfica. Los árabes ven todas las cosas bajo el aspecto hilarante. Su sentido erótico sólo conduce á la alegría. Y ríen de todo corazón, como niños, allí donde un puritano gemiría de escándalo.

Todo artista que ha vagabundeado por Oriente y cultivado con amor los bancos calados de los adorables cafés populares en las verdaderas ciudades musulmanas y árabes: el viejo Cairo con sus calles llenas de sombra, siempre frescas; los zocos de Damasco, Sana del Yemen, Mascata ó Bagdad; todo aquel que ha dormido en la estera inmaculada del beduino de Palmira, que ha partido el pan y saboreado la sal fraternalmente en la soledad gloriosa del desierto con Ibn-Rachid, el suntuoso, tipo neto del árabe auténtico, ó que ha gustado la exquisitez de una charla de simplicidad antigua con el puro descendiente del Profeta, el cherif Hussein ben Ali ben Aoun, emir de la Meca santa, ha podido notar la expresión de las pintorescas fisonomías reunidas. Un sentimiento único domina á toda la asistencia: una hilaridad loca. Ella flamea con vitales estallidos ante las palabras gruesas y libres del heroico cuentista público que en el centro del café ó de la plaza gesticula, mima, se pasea ó brinca para dar mayor expresión á su relato en medio de los espectadores risueños... Y se apodera de vosotros la general embriaguez suscitada por las palabras y los sonidos imitativos, el humo del tabaco que hace soñar, la esencia afrodisíaca que parece flotante en el espacio, el sub olor discreto del haschich, último regalo de Alah á los hombres... Y os sentís navegantes aéreos en la frescura de la noche.

Allí nadie aplaude. Ese gesto bárbaro, inarmónico y feroz, vestigio indiscutible de razas ancestrales y antropófagas que danzaban en torno del poste de colores de la víctima, y del cual ha hecho Europa un signo de la horrible alegría burguesa amontonada bajo el gas ó la electricidad de las salas públicas, es completamente desconocido.

El árabe, ante una música compuesta de notas de cañas y flautas, ante un lamento de kanoon, un canto de muecín ó de almea, un cuento subido de color, un poema de aliteraciones en cascadas, un perfume sutil de jazmín, una danza de flor movida por la brisa, un vuelo de pájaro ó la desnudez de ámbar y perla de una abultada cortesana de formas ondulosas y ojos de estrella, responde en sordina ó á toda voz con un ¡ah! ¡ah!... largo, sabiamente modulado, extático, arquitectónico.

Y esto se debe á que el árabe no es mas que un instintivo, pero afinado, exquisito. Ama la línea pura y la adivina con su imaginación cuando es irreal.

Pero es parco en palabras y sueña... sueña.


Y ahora, amigos míos...

Yo os prometo, sin miedo de mentir, que el telón va á levantarse sobre la más asombrosa, la más complicada y la más espléndida visión que haya alumbrado jamás sobre la nieve del papel el frágil útil del cuentista.

Doctor J. C. MARDRUS

















ESTE PRIMER VOLUMEN
LO DEDICO A MI AMIGO


Paul Valery


a causa de E. T.




¡AQUELLO QUE QUIERA ALAH!

¡EN EL NOMBRE DE ALAH
EL CLEMENTE,
EL MISERICORDIOSO!


¡La alabanza a Alah, amo del universo! ¡Y la plegaria y la paz para el príncipe de los enviados, nuestro señor y soberano Mohamed! Y, para todos los suyos, la plegaria y la paz siempre unidas esencialmente hasta el día de la recompensa.

¡Y después! a, que las leyendas de los antiguos sean una lección para los modernos, a fin de que el hombre aprenda en los sucesos que ocurren a otros que no son él. Entonces respetará y comparará con atención las palabras de los pueblos pasados y lo que a él le ocurra, y se reprimirá.

Por esto ¡gloria a quien guarda los relatos de los primeros como lección dedicada a los últimos!

De estas lecciones han sido entresacados los cuentos que se llaman «Mil noches y una noche», y todo lo que hay en ellos de cosas extraordinarias y de máximas.


HISTORIA DEL REY SCHAHRIAR
 Y DE SU HERMANO El REY SCHAHZAMAN

Cuéntase—pero Alah es más sabio, más prudente, más poderoso y más benéfico—que en lo que transcurrió en la antigüedad del tiempo y en lo pasado de la edad, hubo un rey entre los reyes de Sassan, en las islas de la India y de la China[1]. Era dueño de ejércitos y señor de auxiliares, de servidores y de un séquito numeroso. Tenía dos hijos, y ambos eran heroicos jinetes, pero el mayor valía más aún que el menor. El mayor reinó en los países, gobernó con justicia entre los hombres, y por eso le querían los habitantes del país y del reino. Llamábase el rey Schahriar[2]. Su hermano, llamado Schahzaman[3], era el rey de Samarcanda Al-Ajam.

Siguiendo las cosas el mismo curso, residieron cada uno en su país, y gobernaron con justicia á sus ovejas durante veinte años. Y llegaron ambos hasta el límite del desarrollo y el florecimiento.

No dejaron de ser así, hasta que el mayor sintió vehementes deseos de ver á su hermano. Entonces ordenó á su visir que partiese y volviese con él. El visir contestó: «Escucho y obedezco.»

Partió, pues, y llegó felizmente por la gracia de Alah; entró en casa de Schahzaman, le transmitió la paz[4], le dijo que el rey Schahriar deseaba ardientemente verle, y que el objeto de su viaje era invitarle á visitar á su hermano. El rey Schahzaman contestó: «Escucho y obedezco.» Dispuso los preparativos de la partida, mandando sacar las tiendas, sus camellos y sus mulos, y que saliesen sus servidores y sus auxiliares. Nombró á su visir gobernador del reino, y salió en demanda de las comarcas de su hermano.

Pero á medianoche recordó una cosa que había olvidado; volvió á su palacio apresuradamente, y encontró á su esposa tendida en el lecho abrazada con un negro, esclavo entre los esclavos. Al ver tal cosa, el mundo se oscureció ante sus ojos. Y se dijo: «Si ha sobrevenido tal aventura cuando apenas acabo de dejar la ciudad, ¿cuál sería la conducta de esta libertina si me ausentase algún tiempo para estar con mi hermano?» Desenvainó inmediatamente el alfanje, y acometiendo á ambos, les dejó muertos sobre los tapices del lecho. Volvió á salir, sin perder una hora ni un instante, y ordenó la marcha de la comitiva. Y viajó de noche, hasta avistar la ciudad de su hermano.

Entonces éste se alegró de su proximidad, salió á su encuentro, y al recibirlo, le deseó la paz. Se regocijó hasta los mayores límites del contento, mandó adornar en honor suyo la ciudad, y se puso á hablarle lleno de efusión. Pero el rey Schahzaman recordaba la aventura de su esposa, y una nube de tristeza le velaba la faz. Su tez se había puesto pálida y su cuerpo se había debilitado. Al verle de tal modo, el rey Schahriar creyó en su alma que aquello se debía á haberse alejado de su reino y de su país, y lo dejaba estar sin preguntarle nada. Al fin, un día, le dijo: «Hermano, tu cuerpo enflaquece y tu cara amarillea.» Y el otro respondió: «¡Ay, hermano, tengo en mi interior como una llaga en carne viva!» Pero no le reveló lo que le había ocurrido con su esposa. El rey Schahriar le dijo: «Quisiera que me acompañases á cazar á pie y á caballo, pues así tal vez se esparciera tu espíritu.» El rey Schahzaman no quiso aceptar, y su hermano se fué solo á la cacería.

Había en el palacio unas ventanas que daban al jardín, y habiéndose asomado á una de ellas el rey Schahzaman, vió cómo se abría una puerta para dar salida á veinte esclavas y veinte esclavos, entre los cuales avanzaba la mujer del rey Schahriar en todo el esplendor de su belleza. Llegados á un estanque, se desnudaron y se mezclaron todos. Y súbitamente la mujer del rey gritó: «¡Oh Massaud!» Y en seguida acudió hacia ella un robusto esclavo negro, que la abrazó. Ella se abrazó también á él, y entonces el negro la echó al suelo, boca arriba, y la gozó. A tal señal, todos los demás esclavos hicieron lo mismo con las mujeres. Y así siguieron largo tiempo, sin acabar con sus besos, abrazos, copulaciones y cosas semejantes hasta cerca del amanecer.

Al ver aquello, pensó el hermano del rey: «¡Por Alah! Más ligera es mi calamidad que esta otra.» Inmediatamente, dejando que se desvaneciese su aflicción, se dijo: «¡En verdad, esto es más enorme que cuanto me ocurrió á mí!» Y desde aquel momento volvió á comer y beber cuanto pudo.

A todo esto, el rey, su hermano, volvió de su excursión, y ambos se desearon la paz íntimamente. Luego el rey Schahriar observó que su hermano el rey Schahzaman acababa de recobrar el buen color, pues su semblante había adquirido nueva vida, y advirtió también que comía con toda su alma después de haberse alimentado parcamente en los primeros días. Se asombró de ello, y dijo: «Hermano, poco ha te veía amarillo de tez y ahora has recuperado los colores. Cuéntame qué te pasa.» El rey le dijo: «Te contaré la causa de mi anterior palidez, pero dispénsame de referirte el motivo de haber recobrado los colores.» El rey replicó: «Para entendernos, relata primeramente la causa de tu pérdida de color y tu debilidad.» Y se explicó de este modo: «Sabrás, hermano, que cuando enviaste tu visir para requerir mi presencia, hice mis preparativos de marcha, y salí de la ciudad. Pero después me acordé de la joya que te destinaba y que te di al llegar á tu palacio. Volví, pues, y encontré á mi mujer acostada con un esclavo negro, durmiendo en los tapices de mi cama. Los maté á los dos, y vine hacia ti, muy atormentado por el recuerdo de tal aventura. Este fué el motivo de mi primera palidez y de mi enflaquecimiento. En cuanto á la causa de haber recobrado mi buen color, dispénsame de mencionarla.»

Cuando su hermano oyó estas palabras, le dijo: «Por Alah te conjuro á que me cuentes la causa de haber recobrado tus colores.» Entonces el rey Schahzaman le refirió cuanto había visto. Y el rey Schahriar dijo: «Ante todo, es necesario que mis ojos vean semejante cosa.» Su hermano le respondió: «Finge que vas de caza, pero escóndete en mis aposentos, y serás testigo del espectáculo: tus ojos lo comprobarán.»

Inmediatamente, el rey mandó que el pregonero divulgase la orden de marcha. Los soldados salieron con sus tiendas fuera de la ciudad. El rey marchó también, se ocultó en su tienda y dijo á sus jóvenes esclavos: «¡Que nadie entre!» Luego se disfrazó, salió á hurtadillas y se dirigió al palacio. Llegó á los aposentos de su hermano, y se asomó á la ventana que daba al jardín. Apenas había pasado una hora, cuando salieron las esclavas, rodeando á su señora, y tras ellas los esclavos. E hicieron cuanto había contado Schahzaman, pasando en tales juegos hasta el asr[5].

Cuando vió estas cosas el rey Schahriar, la razón se ausentó de su cabeza, y dijo á su hermano: «Marchemos para saber cuál es nuestro destino en el camino de Alah, porque nada de común debemos tener con la realeza hasta encontrar á alguien que haya sufrido una aventura semejante á la nuestra. Si no, la muerte sería preferible á nuestra vida.» Su hermano le contestó lo que era apropiado, y ambos salieron por una puerta secreta del palacio. Y no cesaron de caminar día y noche, hasta que por fin llegaron á un árbol, en medio de una solitaria pradera, junto al mar salado. En aquella pradera había un manantial de agua dulce. Bebieron de ella y se sentaron á descansar.

Apenas había transcurrido una hora del día, cuando el mar empezó á agitarse. De pronto brotó de él una negra columna de humo, que llegó hasta el cielo y se dirigió después hacia la pradera. Los reyes, asustados, se subieron á la cima del árbol, que era muy alto, y se pusieron á mirar lo que tal cosa pudiera ser. Y he aquí que la columna de humo se convirtió en un efrit[6] de elevada estatura, poderoso de hombros y robusto de pecho. Llevaba un arca sobre la cabeza. Puso el pie en el suelo, y se dirigió hacia el árbol y se sentó debajo de él. Levantó entonces la tapa del arca, sacó de ella una caja, la abrió, y apareció en seguida una encantadora joven, de espléndida hermosura, luminosa lo mismo que el sol, como dijo el poeta:


¡Antorcha en las tinieblas, ella aparece y es el día! ¡Ella aparece y con su luz se iluminan las auroras!
¡Los soles irradian con su claridad y las lunas con las sonrisas de sus ojos!
¡Que los velos de su misterio se rasguen, é inmediatamente las criaturas se prosternan encantadas á sus pies!
¡Y ante los dulces relámpagos de su mirada, el rocío de las lágrimas de pasión humedece todos los párpados!


Después que el efrit hubo contemplado á la hermosa joven, le dijo: «¡Oh soberana de las sederías! ¡Oh tú, á quien rapté el mismo día de tu boda! Quisiera dormir un poco.» Y el efrit colocó la cabeza en las rodillas de la joven y se durmió.

Entonces la joven levantó la cabeza hacia la copa del árbol y vió ocultos en las ramas á los dos reyes. En seguida apartó de sus rodillas la cabeza del efrit, la puso en el suelo, y les dijo por señas: «Bajad, y no tengáis miedo de este efrit.» Por señas, le respondieron: «¡Por Alah sobre ti! ¡Dispénsanos de lance tan peligroso!» Ella les dijo: «¡Por Alah sobre ti! ¡Dispénsanos de lance tan peligroso!» Ella les dijo: «¡Por Alah sobre vosotros! Bajad en seguida, si no queréis que avise al efrit, que os dará la peor muerte.» Entonces, asustados, bajaron basta donde estaba ella, que se levantó para decirles: «Traspasadme con vuestra lanza de un golpe duro y violento; si no, avisaré al efrit.» Schahriar, movido de espanto, dijo á Schahzaman: «Hermano, sé el primero en hacer lo que ésta manda.» El otro repuso: «No lo haré sin que antes me des el ejemplo tú, que eres mayor.» Y ambos empezaron á invitarse mutuamente, haciéndose con los ojos señas de copulación. Pero ella les dijo: «¿Para qué tanto guiñar los ojos? Si no venís y me obedecéis, llamo inmediatamente al efrit.» Entonces, por miedo al efrit hicieron con ella lo que les había pedido. Cuando los hubo agotado, les dijo: «¡Qué expertos sois los dos!» Sacó del bolsillo un saquito y del saquito un collar compuesto de quinientas setenta sortijas con sellos, y les preguntó: «¿Sabéis lo que es esto?» Ellos contestaron: «No lo sabemos.» Entonces les explicó la joven: «Los dueños de estos anillos me han poseído todos junto á los cuernos insensibles de este efrit. De suerte que me vais á dar vuestros anillos.» Lo hicieron así, sacándoselos de los dedos, y ella entonces les dijo: «Sabed que este efrit me robó la noche de mi boda; me encerró en esa caja, metió la caja en el arca, le echó siete candados y la arrastró al fondo del mar, allí donde se combaten las olas. Pero no sabía que cuando desea alguna cosa una mujer no hay quien la venza. Ya lo dijo el poeta:


¡Amigo: no te fíes de la mujer; ríete de sus promesas! ¡Su buen ó mal humor depende de los caprichos de su vulva!

¡Prodigan amor falso cuando la perfidia las llena y forma como la trama de sus vestidos!
¡Recuerda respetuosamente las palabras de Yusuf! ¡Y no olvides que Eblis hizo que expulsaran á Adán por causa de la mujer!
¡No te confíes, amigo! ¡Es inútil! ¡Mañana, en aquella que creas más segura, sucederá al amor puro una pasión loca!
Y no digas: «¡Si me enamoro, evitaré las locuras de los enamorados!» ¡No lo digas! ¡Sería verdaderamente un prodigio único ver salir á un hombre sano y salvo de la seducción de las mujeres!


Los dos hermanos, al oir estas palabras, se maravillaron hasta más no poder y se dijeron uno á otro: «Si éste es un efrit, y á pesar de su poderío le han ocurrido cosas más enormes que á nosotros, esta aventura debe consolarnos.» Inmediatamente se despidieron de la joven y regresaron cada uno á su ciudad.


En cuanto el rey Schahriar entró en su palacio, mandó degollar á su esposa, así como á los esclavos y esclavas. Después ordenó á su visir que cada noche le llevase una joven que fuese virgen. Y cada noche arrebataba á una su virginidad. Y cuando la noche había transcurrido mandaba que la matasen. Así estuvo haciendo durante tres años, y todo eran lamentos y voces de horror. Los hombres huían con las hijas que les quedaban. En la ciudad no había ya ninguna doncella que pudiese servir para los asaltos de este cabalgador.

En esta situación, el rey mandó al visir que, como de costumbre, le trajese una joven. El visir, por más que buscó, no pudo encontrar ninguna, y regresó muy triste á su casa, con el alma transida de miedo ante el furor del rey. Pero este visir tenía dos hijas de gran hermosura, que poseían todos los encantos, todas las perfecciones y eran de una delicadeza exquisita. La mayor se llamaba Schahrazada, y el nombre de la menor era Doniazada[7].

La mayor, Schahrazada, había leído los libros, los anales, las leyendas de los reyes antiguos y las historias de los pueblos pasados. Dicen que poseía también mil libros de crónicas referentes á los pueblos de las edades remotas, á los reyes de la antigüedad y sus poetas. Y era muy elocuente y daba gusto oirla.

Al ver á su padre, le habló así: «¿Por qué te veo tan cambiado, soportando un peso abrumador de pesadumbres y aflicciones?... Sabe, padre, que el poeta dice: «¡Oh tú que te apenas, consuélate!... Nada es duradero, toda alegría se desvanece y todo pesar se olvida.»

Cuando oyó estas palabras el visir, contó á su hija cuanto había ocurrido, desde el principio al fin, concerniente al rey. Entonces le dijo Schahrazada: «Por Alah, padre, cásame con el rey, porque si no me mata, seré la causa del rescate de las hijas de los muslemine[8] y podré salvarlas de entre las manos del rey.» Entonces el visir contestó: «¡Por Alah sobre ti! No te expongas nunca á tal peligro.» Pero Schahrazada repuso: «Es imprescindible que así lo haga.» Entonces le dijo su padre: «Cuidado no te ocurra lo que les ocurrió al asno y al buey con el labrador. Escucha su historia:



  1. La vaguedad de los nombres propios y de la geografía, en Las mil noches y una noche, es cosa admirable. Sería, pues, inútil profundizar.
  2. Dueño de la ciudad. Palabra persa.
  3. Dueño del siglo ó del tiempo. Palabra persa.
  4. «Que la paz (ó la salvación) sea contigo.» Saludo usado entre los musulmanes.
  5. Asr: parte del día en que empieza á declinar el sol.
  6. Efrit: astuto, sinónimo de genio.
  7. Schahrazada: «Hija de la ciudad». Doniazada: «Hija del mundo».
  8. Musulmanes.

Fábula del asno, el buey
y el labrador

«Has de saber, hija mía, que hubo un comerciante dueño de grandes riquezas y de mucho ganado. Estaba casado y con hijos. Alah, el Altísimo, le dió igualmente el conocimiento de los lenguajes de los animales y el canto de los pájaros. Habitaba este comerciante en un país fértil, á orillas de un río. En su morada había un asno y un buey.

Cierto día llegó el buey al lugar ocupado por el asno y vió aquel sitio barrido y regado. En el pesebre había cebada y paja bien cribadas, y el jumento estaba echado, descansando. Cuando el amo lo montaba, era sólo para algún trayecto corto y por asunto urgente, y el asno volvía pronto á descansar. Ese día el comerciante oyó que el buey decía al pollino: «Come á gusto y que te sea sano, de provecho y de buena digestión. ¡Yo estoy rendido y tú descansado, después de comer cebada bien cribada! Si el amo te monta alguna que otra vez, pronto vuelve á traerte. En cambio, yo me reviento arando y con el trabajo del molino.» El asno le aconsejó: «Cuando salgas al campo y te echen el yugo, túmbate y no te menees aunque te den de palos. Y si te levantan, vuélvete á echar otra vez. Y si entonces te vuelven al establo y te ponen habas, no las comas, fíngete enfermo. Haz por no comer ni beber en unos días, y de ese modo descansarás de la fatiga del trabajo.»

Pero el comerciante seguía presente, oyendo todo lo que hablaban.

Se acercó el mayoral al buey para darle forraje y le vió comer muy poca cosa. Por la mañana, al llevarlo al trabajo, lo encontró enfermo. Entonces el amo dijo al mayoral: «Coge al asno y que are todo el día en lugar del buey.» Y el hombre unció al asno en vez del buey y le hizo arar todo el día.

Al anochecer, cuando el asno regresó al establo, el buey le dió las gracias por sus bondades, que le habían proporcionado el descanso de todo el día; pero el asno no le contestó. Estaba muy arrepentido.

Al otro día el asno estuvo arando también durante toda la jornada y regresó con el pescuezo desollado, rendido de fatiga. El buey, al verle en tal estado, le dió las gracias de nuevo y lo colmó de alabanzas. El asno le dijo: «Bien tranquilo estaba yo antes. Ya ves cómo me ha perjudicado el hacer beneficio á los demás.» Y en seguida añadió: «Voy á darte un buen consejo de todos modos. He oído decir al amo que te entregarán al matarife si no te levantas, y harán un tapete para la mesa con tu piel. Te lo digo para que te salves, pues sentiría que te ocurriese algo.»

El buey, cuando oyó estas palabras del asno, le dió las gracias nuevamente, y le dijo: «Mañana reanudaré mi trabajo.» Y se puso á comer, se tragó todo el forraje y hasta lamió el recipiente con su lengua.

Pero el amo les había oído hablar.

En cuanto amaneció, fué con su esposa hacia el establo de los bueyes y las vacas, y se sentaron á la puerta. Vino el mayoral y sacó al buey, que en cuanto vió á su amo empezó á menear la cola, á ventosear ruidosamente y á galopar en todas direcciones como si estuviese loco. Entonces le entró tal risa al comerciante, que se cayó de espaldas. Su mujer le preguntó: «¿De qué te ríes?» Y él dijo: «De una cosa que he visto y oído; pero no la puedo descubrir porque me va en ello la vida.» La mujer insistió: «Pues has de contármela, aunque te cueste morir.» Y él dijo: «Me callo, porque temo á la muerte.» Ella repuso: «Entonces es que te ríes de mí.» Y desde aquel día no dejó de hostigarle tenazmente, hasta que le puso en una gran perplejidad. Entonces el comerciante mandó llamar á sus hijos, así como al kadí[1] y á unos testigos. Quiso hacer testamento antes de revelar el secreto á su mujer, pues amaba á su esposa entrañablemente porque era la hija de su tío paterno[2], madre de sus hijos, y había vivido con ella ciento veinte años de su edad. Hizo llamar también á todos los parientes de su esposa y á los habitantes del barrio y refirió á todos lo ocurrido, diciendo que moriría en cuanto revelase el secreto. Entonces toda la gente dijo á la mujer: «¡Por Alah sobre ti! No te ocupes más del asunto, pues va á perecer tu marido, el padre de tus hijos.» Pero ella replicó: «Aunque le cueste la vida, no le dejaré en paz hasta que me haya dicho su secreto.» Entonces ya no le rogaron más. El comerciante se apartó de ellos y se dirigió al estanque de la huerta para hacer sus abluciones y volver inmediatamente á revelar su secreto y morir.

Pero había allí un gallo lleno de vigor, capaz de dejar satisfechas á cincuenta gallinas, y junto á él hallábase un perro. Y el comerciante oyó que el perro increpaba al gallo de este modo: «¿No te avergüenza el estar tan alegre cuando va á morir nuestro amo?» Y el gallo preguntó: «¿Por qué causa va á morir?»

Entonces el perro contó toda la historia, y el gallo repuso: «¡Por Alah! Poco talento tiene nuestro amo. Cincuenta esposas tengo yo, y á todas sé manejármelas perfectamente, regañando á unas y contentando á otras. ¡En cambio, él sólo tiene una y no sabe entenderse con ella! El medio es bien sencillo: bastaría con cortar unas cuantas varas de morera, entrar en el camarín de su esposa y darle hasta que sucumbiera ó se arrepintiese. No volvería á importunarle con preguntas.» Así dijo el gallo, y cuando el comerciante oyó sus palabras se iluminó su razón, y resolvió dar una paliza á su mujer.»


El visir interrumpió aquí su relato para decir á su hija Schahrazada: «Acaso el rey haga contigo lo que
el comerciante con su mujer.» Y Schahrazada preguntó: «¿Pero qué hizo?» Entonces el visir prosiguió de este modo:


Entró el comerciante llevando ocultas las varas de morera que acababa de cortar, y llamó aparte á su esposa: «Ven á nuestro gabinete para que te diga mi secreto.» La mujer le siguió; el comerciante se encerró con ella y empezó á sacudirla varazos, hasta que ella acabó por decir: «¡Me arrepiento, me arrepiento!» Y besaba las manos y los pies de su marido. Estaba arrepentida de veras. Salieron entonces, y la concurrencia se alegró muchísimo, regocijándose también los parientes. Y todos vivieron muy felices hasta la muerte.»


Dijo. Y cuando Schahrazada, hija del visir, hubo oído este relato, insistió nuevamente en su ruego: «Padre, de todos modos, quiero que hagas lo que te he pedido.» Entonces el visir, sin replicar nada, mandó que preparasen el ajuar de su hija, y marchó á comunicar la nueva al rey Schahriar.

Mientras tanto, Schahrazada decía á su hermana Doniazada: «Te mandaré llamar cuando esté en el palacio, y así que llegues y veas que el rey ha terminado su cosa conmigo, me dirás: «Hermana, cuenta alguna historia maravillosa que nos haga pasar la noche.» Entonces yo narraré cuentos que, si quiere Alah, serán la causa de la emancipación de las hijas de los musulmanes.»

Fué á buscarla después el visir, y se dirigió con ella hacia la morada del rey. El rey se alegró muchísimo
al ver á Schahrazada, y preguntó á su padre: «¿Es ésta lo que yo necesito?» Y el visir dijo respetuosamente: «Sí, lo es.»

Pero cuando el rey quiso acercarse á la joven, ésta se echó á llorar. Y el rey le dijo: «¿Qué te pasa?» Y ella contestó: «¡Oh rey poderoso, tengo una hermanita, de la cual quisiera despedirme!» El rey mandó buscar á la hermana, y apenas vino se abrazó á Schahrazada, y acabó por acomodarse cerca del lecho.

Entonces el rey se levantó, y cogiendo á Schahrazada, le arrebató la virginidad.

Después empezaron á conversar.

Doniazada dijo entonces á Schahrazada: «¡Hermana, por Alah sobre ti! cuéntanos una historia que nos haga pasar la noche.» Y Schahrazada contestó: «De buena gana, y como un debido homenaje, si es que me lo permite este rey tan generoso, dotado de tan buenas maneras.» El rey, al oir estas palabras, como no tuviese ningún sueño, se prestó de buen grado á escuchar la narración de Schahrazada.

Y Schahrazada, aquella primera noche, empezó su relato con la historia que sigue:




  1. El juez.
  2. Su esposa.


PRIMERA NOCHE


HISTORIA DEL MERCADER Y EL EFRIT


Schahrazada dijo:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que hubo un mercader entre los mercaderes, dueño de numerosas riquezas y de negocios comerciales en todos los países.

Un día montó á caballo y salió para ciertas comarcas á las cuales le llamaban sus negocios. Como el calor era sofocante, se sentó debajo de un árbol, y echando mano al saco de provisiones, sacó unos dátiles, y cuando los hubo comido tiró á lo lejos los huesos. Pero de pronto se le apareció un efrit de enorme estatura, que, blandiendo una espada, llegó hasta el mercader y le dijo: «Levántate para que yo te mate como has matado á mi hijo.» El mercader repuso: «Pero ¿cómo he matado yo á tu hijo?» Y contestó el efrit: «Al arrojar los huesos, dieron en el pecho á mi hijo y lo mataron.» Entonces dijo el mercader: «Considera ¡oh gran efrit! que no puedo mentir, siendo, como soy, un creyente. Tengo muchas riquezas, tengo hijos y esposa, y además guardo en mi casa depósitos que me confiaron. Permíteme volver para repartir lo de cada uno, y te vendré á buscar en cuanto lo haga. Tienes mi promesa y mi juramento de que volveré en seguida á tu lado. Y tú entonces harás de mí lo que quieras. Alah es fiador de mis palabras.»

El efrit, teniendo confianza en él, dejó partir al mercader.

Y el mercader volvió á su tierra, arregló sus asuntos, y dió á cada cual lo que le correspondía. Después contó á su mujer y á sus hijos lo que le había ocurrido, y se echaron todos á llorar: los parientes, las mujeres, los hijos. Después el mercader hizo testamento y estuvo con su familia hasta el fin del año. Al llegar este término se resolvió á partir, y tomando su sudario bajo el sobaco, dijo adiós á sus parientes y vecinos, y se fué muy contra su gusto. Los suyos se lamentaban, dando grandes gritos de dolor.

En cuanto al mercader, siguió su camino hasta que llegó al jardín en cuestión, y el día en que llegó era el primer día del año nuevo. Y mientras estaba sentado, llorando su desgracia, he aquí que un jeque[1] se dirigió hacia él, llevando una gacela encadenada. Saludó al mercader, le deseó una vida próspera, y le dijo: «¿Por qué razón estás parado y solo en este lugar tan frecuentado por los efrits?

Entonces le contó el mercader lo que le había ocurrido con el efrit y la causa de haberse detenido en aquel sitio. Y el jeque dueño de la gacela se asombró grandemente, y dijo: «¡Por Alah! ¡oh hermano! tu fe es una gran fe, y tu historia es tan prodigiosa, que si se escribiera con una aguja en el ángulo interior de un ojo, sería motivo de reflexión para el que sabe reflexionar respetuosamente.» Después, sentándose á su lado, prosiguió: «¡Por Alah! ¡oh mi hermano! no te dejaré hasta que veamos lo que te ocurre con el efrit.» Y allí se quedó, efectivamente, conversando con él, y hasta pudo ayudarle cuando se desmayó de terror, presa de una aflicción muy honda y de crueles pensamientos. Seguía allí el dueño de la gacela, cuando llegó un segundo jeque, que se dirigió á ellos con dos lebreles negros. Se acercó, les deseó la paz y les preguntó la causa de haberse parado en aquel lugar frecuentado por los efrits. Entonces ellos le refirieron la historia desde el principio hasta el fin. Y apenas se había sentado, cuando un tercer jeque se dirigió hacia ellos, llevando una mula color de estornino. Les deseó la paz y les preguntó por qué estaban sentados en aquel sitio. Y los otros le contaron la historia desde el principio hasta el fin. Pero no es de ninguna utilidad repetirla.

A todo esto, se levantó un violento torbellino de polvo en el centro de aquella pradera. Descargó una tormenta, se disipó después el polvo y apareció el efrit con un alfanje muy afilado en una mano y brotándole chispas de los ojos. Se acercó al grupo, y dijo cogiendo al mercader: «Ven para que yo te mate como mataste á aquel hijo mío, que era el aliento de mi vida y el fuego de mi corazón.» Entonces se echó á llorar el mercader, y los tres jeques empezaron también á llorar, á gemir y á suspirar.

Pero el primero de ellos, el dueño de la gacela, acabó por tomar ánimos, y besando la mano del efrit, le dijo: «¡Oh efrit, jefe de los efrits y de su corona! Si te cuento lo que me ocurrió con esta gacela y te maravilla mi historia, ¿me recompensarás con el tercio de la sangre de este mercader?» Y el efrit dijo: «Verdaderamente que sí, venerable jeque. Si me cuentas la historia y yo la encuentro extraordinaria, te concederé el tercio de esta sangre.»

Cuento del primer jeque

El primer jeque dijo:

«Sabe, ¡oh gran efrit! que esta gacela era la hija de mi tío[2], carne de mi carne y sangre de mi sangre. Cuando esta mujer era todavía muy joven, nos casamos, y vivimos juntos cerca de treinta años. Pero Alah no me concedió tener de ella ningún hijo. Por eso tomé una concubina, que, gracias á Alah, me dió un hijo varón, más hermoso que la luna cuando sale. Tenía unos ojos magníficos, sus cejas se juntaban y sus miembros eran perfectos. Creció poco á poco, hasta llegar á los quince años. En aquella época tuve que marchar á una población lejana, donde reclamaba mi presencia un gran negocio de comercio.

La hija de mi tío, ó sea esta gacela, estaba iniciada desde su infancia en la brujería y el arte de los encantamientos. Con la ciencia de su magia transformó á mi hijo en ternerillo, y á su madre, la esclava, en una vaca, y los entregó al mayoral de nuestro ganado.

Después de bastante tiempo, regresé del viaje; pregunté por mi hijo y por mi esclava, y la hija de mi tío me dijo: «Tu esclava ha muerto, y tu hijo se escapó y no sabemos de él.» Entonces, durante un año estuve bajo el peso de la aflicción de mi corazón y el llanto de mis ojos.

Llegada la fiesta anual del día de los Sacrificios, ordené al mayoral que me reservara una de las mejores vacas, y me trajo la más gorda de todas, que era mi esclava encantada por esta gacela. Remangado mi brazo, levanté los faldones de la túnica, y ya me disponía al sacrificio, cuchillo en mano, cuando de pronto la vaca prorrumpió en lamentos y derramaba lágrimas abundantes. Entonces me detuve, y la entregué al mayoral para que la sacrificase; pero al desollarla no se le encontró ni carne ni grasa, pues sólo tenía los huesos y el pellejo. Me arrepentí de haberla matado, pero ¿de qué servía ya el arrepentimiento? Se la di al mayoral, y le dije: «Tráeme un becerro bien gordo.» Y me trajo á mi hijo convertido en ternero.

Cuando el ternero me vió, rompió la cuerda, se me acercó corriendo, y se revolcó á mis pies, pero ¡con qué lamentos! ¡con qué llantos! Entonces tuve piedad de él, y le dije al mayoral: «Tráeme otra vaca, y deja con vida este ternero.»


En este punto de su narración, vió Schahrazada que iba á amanecer, y se calló discretamente, sin aprovecharse más del permiso. Entonces su hermana Doniazada le dijo: «¡Oh hermana mía! ¡Cuán dulces y cuán sabrosas son tus palabras llenas de delicia!» Schahrazada contestó: «Pues nada son comparadas con lo que os podría contar la noche próxima, si vivo todavía y el rey quiere conservarme.» Y el rey dijo para sí: «¡Por Alah! No la mataré hasta que haya oído la continuación de su historia.»

Después, el rey y Schahrazada pasaron toda la noche abrazados. Luego marchó el rey á presidir su tribunal. Y vió llegar al visir, que llevaba debajo del brazo un sudario para Schahrazada, á la cual creía muerta. Pero nada le dijo de esto el rey, y siguió administrando justicia, designando á unos para los empleos, destituyendo á otros, hasta que acabó el

día. Y el visir se fué perplejo, en el colmo del asombro, al saber que su hija vivía.

Cuando hubo terminado el diván[3], el rey Schahriar volvió á su palacio.


PERO CUANDO LLEGÓ
LA 2.ª NOCHE
Doniazada dijo á su hermana Schahrazada: «¡Oh hermana mía! Te ruego que acabes la historia del mercader y el efrit.» Y Schahrazada respondió: «De todo corazón y como debido homenaje, siempre que el rey me lo permita.» Y el rey ordenó: «Puedes hablar.»

Ella dijo:


He llegado á saber, ¡oh rey afortunado, dotado de ideas justas y rectas! que cuando el mercader vió llorar al ternero, se enterneció su corazón, y dijo al mayoral: «Deja ese ternero con el ganado.»

Y á todo esto, el efrit se asombraba prodigiosamente de esta historia asombrosa. Y el jeque dueño de la gacela prosiguió de este modo:

«¡Oh señor de los reyes de los efrits! todo esto aconteció. La hija de mi tío, esta gacela, hallábase allí mirando, y decía: «Debemos sacrificar ese ternero tan gordo.» Pero yo, por lástima, no podía de- cidirme, y mandé al mayoral que de nuevo se lo llevara, obedeciéndome él.

Al segundo día, estaba yo sentado, cuando se me acercó el pastor y me dijo: «¡Oh amo mío! Voy á enterarte de algo que te alegrará. Esta buena nueva bien merece una gratificación.» Y yo le contesté: «Cuenta con ella.» Y me dijo: «¡Oh mercader ilustre! Mi hija es bruja, pues aprendió la brujería de una vieja que vivía con nosotros. Ayer, cuando me diste el ternero, entré con él en la habitación de mi hija, y ella, apenas lo vió, cubrióse con el velo la cara, echándose á llorar y después á reir. Luego me dijo: «Padre, ¿tan poco valgo para ti que dejas entrar hombres en mi aposento?» Yo repuse: «Pero ¿dónde están esos hombres? ¿Y por qué lloras y ríes así?» Y ella me dijo: «El ternero que traes contigo es hijo de nuestro amo el mercader, pero está encantado. Y es su madrastra la que lo ha encantado, y á su madre con él. Me he reído al verle bajo esa forma de becerro. Y si he llorado es á causa de la madre del becerro, que fué sacrificada por el padre.» Estas palabras de mi hija me sorprendieron mucho, y aguardaré con impaciencia que volviese la mañana para venir á enterarte de todo.»

Cuando oí, ¡oh poderoso efrit!—prosiguió el jeque—lo que me decía el mayoral, salí con él á toda prisa, y sin haber bebido vino creíame embriagado por el inmenso júbilo y por la gran felicidad que sentía al recobrar á mi hijo. Cuando llegué á casa del mayoral, la joven me deseó la paz y me besó la mano, y luego se me acercó el ternero, revolcándose á mis pies. Pregunté entonces á la hija del mayoral: «¿Es cierto lo que afirmas de este ternero?» Y ella dijo: «Cierto, sin duda alguna. Es tu hijo, la llama de tu corazón.» Y le supliqué: «¡Oh gentil y caritativa joven! si desencantas á mi hijo, te daré cuantos ganados y fincas tengo al cuidado de tu padre.» Sonrió al oir estas palabras, y dijo: «Sólo aceptaré la riqueza con dos condiciones: la primera, que me casaré con tu hijo, y la segunda, que me dejarás encantar y aprisionar á quien yo desee. De lo contrario, no respondo de mi eficacia contra las perfidias de tu mujer.»

Cuando yo oí, ¡oh poderoso efrit! las palabras de la hija del mayoral, le dije: «Sea, y por añadidura tendrás las riquezas que tu padre me administra. En cuanto á la hija de mi tío, te permito que dispongas de su sangre.»

Apenas escuchó ella mis palabras, cogió una cacerola de cobre, llenándola de agua y pronunciando sus conjuros mágicos. Después roció con el líquido al ternero, y le dijo: «Si Alah te creó ternero, sigue ternero, sin cambiar de forma; pero si estás encantado, recobra tu figura primera con el permiso de Alah el Altísimo.»

E inmediatamente el ternero empezó á agitarse y volvió á adquirir la forma humana. Entonces, arrojándome en sus brazos, le besé. Y luego le dije: «¡Por Alah sobre ti! Cuéntame lo que la hija de mi tío hizo contigo y con tu madre.» Y me contó cuanto les había ocurrido. Y yo dije entonces: «¡Ah, hijo mío! Alah, dueño de los destinos, reservaba á alguien para salvarte y salvar tus derechos.»

Después de esto, ¡oh buen efrit! casé á mi hijo con la hija del mayoral. Y ella, merced á su ciencia de brujería, encantó á la hija de mi tío, transformándola en esta gacela que tú ves. Al pasar por aquí encontréme con estas buenas gentes, les pregunté qué hacían, y por ellas supe lo ocurrido á este mercader, y hube de sentarme para ver lo que pudiese sobrevenir. Y esta es mi historia.»

Entonces exclamó el efrit: «Historia realmente muy asombrosa. Por eso te concedo como gracia el tercio de la sangre que pides.»

En este momento se acercó el segundo jeque, el de los lebreles negros, y dijo:


Cuento del segundo jeque


«Sabe, ¡oh señor de los reyes de los efrits! que estos dos perros son mis hermanos mayores y yo soy el tercero. Al morir nuestro padre, nos dejó en herencia tres mil dinares[4]. Yo, con mi parte, abrí una tienda y me puse á vender y comprar. Uno de mis hermanos, comerciante también, se dedicó á viajar con las caravanas, y estuvo ausente un año. Cuando regresó no le quedaba nada de su herencia. Entonces le dije: «¡Oh hermano mío! ¿no te había aconsejado que no viajaras?» Y echándose á llorar, me contestó: «Hermano, Alah, que es grande y poderoso, lo dispuso así. No pueden serme de provecho ya tus palabras, puesto que nada tengo ahora.» Le llevé conmigo á la tienda, lo acompañé luego al hammam[5] y le regalé un magnífico traje de la mejor clase. Después nos sentamos á comer, y le dije: «Hermano, voy á hacer la cuenta de lo que produce mi tienda en un año, sin tocar al capital, y nos partiremos las ganancias.» Y, efectivamente, hice la cuenta, y hallé un beneficio anual de mil dinares. Entonces di gracias á Alah, que es poderoso y grande, y dividí la ganancia luego entre mi hermano y yo. Y así vivimos juntos días y días.

Pero de nuevo mis hermanos desearon marcharse, y pretendían que yo les acompañase. No acepté y les dije: «¿Qué habéis ganado con viajar, para que así pueda yo tentarme de imitaros?» Entonces empezaron á dirigirme reconvenciones, pero sin ningún fruto, pues no les hice caso, y seguimos comerciando en nuestras tiendas otro año. Otra vez volvieron á proponerme el viaje, oponiéndome yo también, y así pasaron seis años más. Al fin acabaron por convencerme, y les dije: «Hermanos, contemos el dinero que tenemos.» Contamos, y dimos con un total de seis mil dinares. Entonces les dije: «Enterremos la mitad, para poderla utilizar si nos ocurriese una desgracia, y tomemos mil dinares cada uno para comerciar al por menor.» Y contestaron: «¡Alah favorezca la idea!» Cogí el dinero y lo dividí en dos partes iguales; enterré tres mil dinares y los otros tres mil los repartí juiciosamente entre nosotros tres. Después compramos varias mercaderías, fletamos un barco, llevamos á él todos nuestros efectos, y partimos.

Duró un mes entero el viaje, y llegamos á una ciudad, donde vendimos las mercaderías con una ganancia de diez dinares por dinar. Luego abandonamos la plaza.

Al llegar á orillas del mar encontramos á una mujer pobremente vestida, con ropas viejas y raídas. Se me acercó, me besó la mano, y me dijo: «Señor, ¿me puedes socorrer? ¿Quieres favorecerme? Yo, en cambio, sabré agradecer tus bondades.» Y le dije: «Te socorreré; mas no te creas obligada á la gratitud.» Y ella me respondió: «Señor, entonces cásate conmigo, llévame á tu país y te consagraré mi alma. Favoréceme, que yo soy de las que saben el valor de un beneficio. No te avergüences de mi humilde condición.» Al oir estas palabras, sentí piedad hacia ella, pues nada hay que no se haga mediante la voluntad de Alah, que es grande y poderoso. Me la llevé, la vestí con ricos trajes, hice tender magníficas alfombras en el barco para ella y le dispensé una hospitalaria acogida llena de cordialidad. Después zarpamos.

Mi corazón llegó á amarla con un gran amor, y no la abandoné ni de día ni de noche. Y como de los tres hermanos era yo el único que podía gozarla, estos hermanos míos sintieron celos, además de envidiarme por mis riquezas y por la calidad de mis mercaderías. Dirigían ávidas miradas sobre cuanto poseía yo, y se concertaron para matarme y repartirse mi dinero, porque el Cheitán[6] sin duda les hizo ver su mala acción con los más bellos colores.

Un día, cuando estaba yo durmiendo con mi esposa, llegaron hasta nosotros y nos cogieron, echándonos al mar. Mi esposa se despertó en el agua, y de súbito cambió de forma, convirtiéndose en efrita[7]. Me tomó sobre sus hombros y me depositó en una isla. Después desapareció durante toda la noche, regresando al amanecer, y me dijo: «¿No reconoces á tu esposa? Te he salvado de la muerte con ayuda del Altísimo. Porque has de saber que soy una efrita. Y desde el instante en que te vi, te amó mi corazón, simplemente porque Alah lo ha querido, y yo soy una creyente en Alah y en su Profeta, al cual Alah bendiga y preserve. Cuando me he acercado á ti en la pobre condición en que me hallaba, tú te aviniste de todos modos á casarte conmigo. Y yo, en justa gratitud, he impedido que perezcas ahogado. En cuanto á tus hermanos, siento el mayor furor contra ellos y es preciso que los mate.»

Asombrado de sus palabras, le di las gracias por su acción, y le dije: «No puedo consentir la pérdida de mis hermanos.» Luego le conté todo lo ocurrido con ellos, desde el principio hasta el fin, y me dijo entonces: «Esta noche volaré hacia la nave que los conduce, y la haré zozobrar para que sucumban.» Yo repliqué: «¡Por Alah sobre ti! No hagas eso, recuerda que el Maestro de los Proverbios dice: «¡Oh tú, compasivo del delincuente! Piensa que para el criminal es bastante castigo su mismo crimen», y además, considera que son mis hermanos.» Pero ella insistió: «Tengo que matarlos sin remedio.» Y en vano imploré su indulgencia. Después se echó á volar llevándome en sus hombros, y me dejó en la azotea de mi casa.

Abrí entonces las puertas y saqué los tres mil dinares del escondrijo. Luego abrí mi tienda, y después de hacer las visitas necesarias y los saludos de costumbre, compré nuevos géneros.

Llegada la noche, cerré la tienda, y al entrar en mis habitaciones encontré estos dos lebreles que estaban atados en un rincón. Al verme se levantaron, rompieron á llorar y se agarraron á mis ropas. Entonces acudió mi mujer, y me dijo: «Son tus hermanos.» Y yo le dije: «¿Quién los ha puesto en esta forma?» Y ella contestó: «Yo misma. He rogado á mi hermana, más versada que yo en artes de encantamiento, que los pusiera en ese estado. Diez años permanecerán así.»

Por eso, ¡oh efrit poderoso! me ves aquí, pues voy en busca de mi cuñada, á la que deseo suplicar los desencante, porque van ya transcurridos diez años. Al llegar me encontré con este buen hombre, y cuando supe su aventura, no quise marcharme hasta averiguar lo que sobreviniese entre tú y él. Y este es mi cuento.»


El efrit dijo: «Es realmente un cuento asombroso, por lo que te concedo otro tercio de la sangre destinada á rescatar el crimen.»


Entonces se adelantó el tercer jeque, dueño de la mula, y dijo al efrit: «Te contaré una historia más maravillosa que las de estos dos. Y tú me recompensarás con el resto de la sangre.» El efrit contestó: «Que así sea.»

Y el tercer jeque dijo:


Cuento del tercer jeque


«¡Oh sultán, jefe de los efrits! Esta mula que ves aquí era mi esposa. Una vez salí de viaje y estuve ausente todo un año. Terminados mis negocios, volví de noche, y al entrar en el cuarto de mi mujer, la encontré acostada sobre los tapices de la cama con un esclavo negro. Estaban conversando, y se besaban, haciéndose zalamerías, riendo y excitándose con juegos. Al verme ella, se levantó súbitamente y se abalanzó á mí con una vasija de agua en la mano; murmuró algunas palabras luego, y me dijo arrojándome el agua: «¡Sal de tu propia forma y reviste la de un perro!» Inmediatamente me convertí en perro, y mi esposa me echó de casa. Anduve vagando, hasta llegar á una carnicería, donde me puse á roer huesos. Al verme el carnicero, me cogió y me llevó con él.

Apenas penetramos en el cuarto de su hija, ésta se cubrió con el velo y recriminó á su padre: «¿Te parece bien lo que has hecho? Traes á un hombre y lo entras en mi habitación.» Y repuso el padre: «¿Pero dónde está ese hombre?» Ella contestó: «Ese perro es un hombre. Lo ha encantado una mujer; pero yo soy capaz de desencantarlo.» Y su padre le dijo: «¡Por Alah sobre ti! Devuélvele su forma, hija mía.» Ella cogió una vasija con agua, y después de murmurar un conjuro, me echó unas gotas y dijo: «¡Sal de esa forma y recobra la primitiva!» Entonces volví á mi forma humana, besé la mano de la joven, y le dije: «Quisiera que encantases á mi mujer, como ella me encantó.» Me dió entonces un frasco con agua, y me dijo: «Si encuentras dormida á tu mujer rocíala con esta agua y se convertirá en lo que quieras.» Efectivamente, la encontré dormida, le eché el agua, y dije: «¡Sal de esa forma y toma la de una mula!» Y al instante se transformó en una mula, y es la misma que aquí ves, sultán de reyes de los efrits.»


El efrit se volvió entonces hacia la mula, y le dijo: «¿Es verdad todo eso?» Y la mula movió la cabeza como afirmando: «Sí, sí; todo es verdad.»

Esta historia consiguió satisfacer al efrit, que, lleno de emoción y placer, hizo gracia al anciano del último tercio de la sangre.


En aquel momento Schahrazada vió aparecer la mañana, y discretamente dejó de hablar, sin aprovecharse más del permiso. Entonces su hermana Doniazada dijo: «¡Ah, hermana mía! ¡Cuán dulces, cuán amables y cuán deliciosas son en su frescura tus palabras!» Y Schahrazada contestó: «Nada es eso comparado con lo que te contaré la noche próxima, si vivo aún y el rey quiere conservarme.» Y el rey se dijo: «¡Por Alah! No la mataré hasta que le haya oído la continuación de su relato, que es asombroso.»
Después el rey y Schahrazada pasaron enlazados la noche hasta por la mañana. Entonces el rey marchó á la sala de justicia. Entraron el visir y los oficiales y se llenó el diván de gente. Y el rey juzgó, nombró, destituyó, despachó sus asuntos y dió órdenes hasta el fin del día. Luego se levantó el diván y el rey volvió á palacio.

PERO CUANDO LLEGÓ
LA 3.ª NOCHE
Doniazada dijo: «Hermana mía, te suplico que termines tu relato.» Y Schahrazada contestó: «Con toda la generosidad y simpatía de mi corazón.» Y prosiguió después:


He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que cuando el tercer jeque contó al efrit el más asombroso de los tres cuentos, el efrit se maravilló mucho, y emocionado y placentero, dijo: «Concedo el resto de la sangre por que había de redimirse el crimen, y dejo en libertad al mercader.»

Entonces el mercader, contentísimo, salió al encuentro de los jeques y les dió miles de gracias. Ellos, á su vez, le felicitaron por el indulto.

Y cada cual regresó á su país.


«Pero—añadió Schahrazada—es más asombrosa la historia del pescador.»

Y el rey dijo á Schahrazada: «¿Qué historia del pescador es ésa?»

Y Schahrazada dijo:


  1. Anciano respetable.
  2. Por eufemismo suelen llamar así los árabes á sus mujeres. No dicen suegro, sino tío; de modo que «la hija de mi tío» equivale á «mi mujer».
  3. La sesión de justicia. Otras veces, esta palabra designa la sala donde se celebra la sesión.
  4. El dinar equivale á diez pesetas aproximadamente.
  5. Nombre que los árabes dan al baño público.
  6. Satanás. El Maligno.
  7. Femenino de efrit.


HISTORIA DEL PESCADOR Y EL EFRIT


He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que había un pescador, hombre de edad avanzada, casado, con tres hijos y muy pobre.

Tenía por costumbre echar las redes sólo cuatro veces al día y nada más. Un día entre los días, á las doce de la mañana, fué á orillas del mar, dejó en el suelo la cesta, echó la red, y estuvo esperando hasta que llegara al fondo. Entonces juntó las cuerdas y notó que la red pesaba mucho y no podía con ella. Llevó el cabo á tierra y lo ató á un poste. Después se desnudó y entró en el mar, maniobrando en torno de la red, y no paró hasta que la hubo sacado. Vistióse entonces muy alegre, y acercándose á la red, encontró un borrico muerto. Al verlo, exclamó desconsolado: «¡Todo el poder y la fuerza están en Alah, el Altísimo y el Omnipotente!» Luego dijo: «En verdad que este donativo de Alah es asombroso.» Y recitó los siguientes versos:


¡Oh buzo que giras ciegamente en las tinieblas de la noche y de la perdición! ¡Abandona esos penosos trabajos; la fortuna no gusta del movimiento!


Sacó la red; exprimiéndola el agua, y cuando hubo acabado de exprimirla, la tendió nuevamente. Después, internándose en el agua, exclamó: «¡En el nombre de Alah!» Y arrojó la red de nuevo, aguardando que llegara al fondo. Quiso entonces sacarla, pero notó que pesaba más que antes y que estaba más adherida, por lo cual la creyó repleta de una buena pesca; y arrojándose otra vez al agua, la sacó al fin con gran trabajo, llevándola á la orilla, y encontró una enorme tinaja llena de arena y barro. Al verla, se lamentó mucho y recitó estos versos:


¡Cesad, vicisitudes de la suerte, y apiadaos de los hombres!

¡Qué tristeza! ¡Sobre la tierra ninguna recompensa es igual al mérito, ni digna del esfuerzo realizado por alcanzarla!

¡Salgo de casa á veces para buscar candorosamente la fortuna, y me enteran de que la fortuna hace mucho tiempo que murió!

¿Es así, ¡oh fortuna! como dejas á los sabios en la sombra, para que los necios gobiernen el mundo?

Y luego, arrojando la tinaja lejos de él, pidió perdón á Alah por su momento de rebeldía y lanzó la red por tercera vez; y al sacarla la encontró llena de trozos de cacharros y vidrios. Al ver esto, recitó todavía unos versos de un poeta:


¡Oh poeta! ¡Nunca soplará hacia ti el viento de la fortuna! ¿Ignoras, hombre ingenuo, que ni tu pluma de caña ni las líneas armoniosas de la escritura han de enriquecerte jamás?


Y alzando la frente al cielo, exclamó: «¡Alah! ¡Tú sabes que yo no echo la red mas que cuatro veces por día, y ya van tres!» Después invocó nuevamente el nombre de Alah y lanzó la red, aguardando que tocase al fondo. Esta vez, á pesar de todos sus esfuerzos, tampoco conseguía sacarla, pues á cada tirón se enganchaba más en las rocas del fondo. Entonces dijo: «¡No hay fuerza ni poder mas que en Alah!» Se desnudó, metiéndose en el agua y maniobrando en torno de la red, hasta que la desprendió y la llevó á tierra. Al abrirla encontró un enorme jarrón de cobre dorado, lleno é intacto. La boca estaba cerrada con un plomo que ostentaba el sello de nuestro señor Soleimán [1], hijo de Daud. El pescador se puso muy alegre al verlo, y se dijo: «He aquí un objeto que venderé en el zoco [2] de los caldereros, porque bien vale sus diez dinares de oro.» Intentó mover el jarrón, pero hallándolo muy pesado, se dijo para sí: «Tengo que abrirlo sin remedio; meteré en el saco lo que contenga y luego lo venderé en el zoco de los caldereros.» Sacó el cuchillo y empezó á maniobrar, hasta que levantó el plomo. Entonces sacudió el jarrón, queriendo inclinarlo para verter el contenido en el suelo. Pero nada salió del vaso, aparte de una humareda que subió hasta lo azul del cielo y se extendió por la superficie de la tierra. Y el pescador no volvía de su asombro. Una vez que hubo salido todo el humo, comenzó á condensarse en torbellinos, y al fin se convirtió en un efrit cuya frente llegaba á las nubes, mientras sus pies se hundían en el polvo. La cabeza del efrit era como una cúpula; sus manos semejaban rastrillos; sus piernas eran mástiles; su boca, una caverna; sus dientes, piedras; su nariz, una alcarraza; sus ojos, dos antorchas, y su cabellera aparecía revuelta y empolvada. Al ver á este efrit, el pescador quedó mudo de espanto, temblándole las carnes, encajados los dientes, la boca seca, y los ojos se le cegaron á la luz.

Cuando vió al pescador, el efrit dijo: «¡No hay más Dios que Alah, y Soleimán es el profeta de Alah!» Y dirigiéndose hacia el pescador, prosiguió de este modo: «¡Oh tú, gran Soleimán, profeta de Alah, no me mates; te obedeceré siempre, y nunca me rebelaré contra tus mandatos!» Entonces exclamó el pescador: «¡Oh gigante audaz y rebelde, tú te atreves á decir que Soleimán es el profeta de Alah! Soleimán murió hace mil ochocientos años, y nosotros estamos al fin de los tiempos. Pero ¿qué historia vienes á contarme? ¿Cuál es el motivo de que estuvieras en este jarrón?»

Entonces el efrit dijo: «No hay más Dios que Alah. Pero permite, ¡oh pescador! que te anuncie una buena noticia.» Y el pescador repuso: «¿Qué noticia es esa?» Y contestó el efrit: «Tu muerte. Vas á morir ahora mismo, y de la manera más terrible.» Y replicó el pescador: «¡Oh jefe de los efrits! ¡mereces por esa noticia que el cielo te retire su ayuda! ¡Pueda él alejarte de nosotros! Pero ¿por qué deseas mi muerte? ¿qué hice para merecerla? Te he sacado de esa vasija, te he salvado de una larga permanencia en el mar, y te he traído á la tierra.» Entonces el efrit dijo: «Piensa y elige la especie de muerte que prefieras; morirás del modo que gustes.» Y el pescador dijo: «¿Cuál es mi crimen para merecer tal castigo?» Y respondió el efrit: «Oye mi historia, pescador.» Y el pescador elijo: «Habla y abrevia tu relato, porque de impaciente que se halla mi alma, se me está saliendo por el pie.» Y dijo el efrit:

«Sabe que yo soy un efrit rebelde. Me rebelé contra Soleimán, hijo de Daud. Mi nombre es Sakhr El-Genni. Y Soleimán envió hacia mí á su visir Assef, hijo de Barkhia, que me cogió á pesar de mi resistencia y me llevó á manos de Soleimán. Y mi nariz en aquel momento se puso bien humilde. Al verme Soleimán hizo su conjuro á Alah y me mandó que abrazase su religión y me sometiese á su obediencia. Pero yo me negué. Entonces mandó traer ese jarrón, me aprisionó en él y lo selló con plomo, imprimiendo el nombre del Altísimo. Después ordenó á los efrits fieles que me llevaran en hombros y me arrojasen en medio del mar. Permanecí cien años en el fondo del agua, y decía de todo corazón: «Enriqueceré eternamente al que logre libertarme.» Pero pasaron los cien años y nadie me libertó. Durante los otros cien años me decía: «Descubriré y daré los tesoros de la tierra á quien me liberte.» Pero nadie me libró. Y pasaron cuatrocientos años, y me dije: «Concederé tres cosas á quien me liberte.» Y nadie me libró tampoco. Entonces, terriblemente encolerizado, dije con toda el alma: «Ahora mataré á quien me libre, pero le dejaré antes elegir, concediéndole la clase de muerte que prefiera.» Entonces tú, ¡oh pescador! viniste á librarme, y por eso te permito que escojas la clase de muerte.»

El pescador, al oir estas palabras del efrit, dijo: «¡Por Alah que la oportunidad es prodigiosa! ¡Y había de ser yo quien te libertase! ¡Indúltame, efrit, que Alah te recompensará! En cambio, si me matas, buscará quien te haga perecer. » Entonces el efrit Le dijo: «¡Pero si yo quiero matarte precisamente porque me has libertado!» Y el pescador le contestó: «¡Oh jeque de los efrits, así es como devuelves al mal por el bien! ¡A fe que no miente el proverbio!» Y recitó estos versos:


¿Quieres probar la amargura de las cosas? ¡Sé bueno y servicial!
¡Los malvados desconocen la gratitud!
¡Pruébalo, si quieres, y tu suerte será la de la pobre Magir, madre de Amer!


Pero el efrit le dijo: «Ya hemos hablado bastante. Sabe que sin remedio te he de matar.» Entonces pensó el pescador: «Yo no soy mas que un hombre y él un efrit, pero Alah me ha dado una razón bien despierta. Acudiré á una astucia para perderlo. Veré hasta dónde llega su malicia.» Y entonces dijo al efrit: «¿Has decidido realmente mi muerte?» Y el efrit contestó: «No lo dudes.» Entonces dijo: «Por el nombre del Altísimo; que está grabado en el sello de Soleimán, te conjuro á que respondas con verdad á mi pregunta.» Cuando el efrit oyó el nombre del Altísimo; respondió muy conmovido: «Pregunta, que yo contestaré la verdad,» Entonces dijo el pescador: «¿Cómo has podido entrar por entero en este jarrón donde apenas cabe tu pie ó tu mano?» El efrit dijo: «¿Dudas acaso de ello?» El pescador respondió: «Efectivamente, no lo creeré jamás mientras no vea con mis propios ojos que te metes en él.»


En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ
LA 4.ª NOCHE


Ella dijo:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que cuando el pescador dijo al efrit que no le creería como no lo viese con sus propios ojos, el efrit comenzó á agitarse, convirtiéndose nuevamente en humareda que subía hasta el firmamento. Después se condensó, y empezó á entrar en el jarrón poco á poco, hasta el fin. Entonces el pescador cogió rápidamente la tapadera de plomo con el sello de Soleimán, y obstruyó la boca del jarrón. Después, llamando al efrit, le dijo: «Elige y piensa la clase de muerte que más te convenga; si no, te echaré al mar, y me haré una casa junto á la orilla, é impediré á todo el mundo que pesque, diciendo: «Allí hay un efrit, y si lo libran quiere matar á los que le liberten.» Luego enumeró todas las variedades de muertes para facilitar la elección. Al oírle, el efrit intentó salir, pero no pudo, y vio que estaba encarcelado y tenía encima el sello de Soleimán, convenciéndose entonces de que el pescador le había encerrado en un calabozo contra el cual no pueden prevalecer ni los más débiles ni los más fuertes de los efrits. Y comprendiendo que el pescador le llevaría hacia el mar, suplicó: «¡No me lleves! ¡no me lleves!» Y el pescador dijo: «No hay remedio.» Entonces, dulcificando su lenguaje, exclamó el efrit: «¡Ah pescador! ¿Qué vas á hacer conmigo?» El otro dijo: «Echarte al mar, que si has estado en él mil ochocientos años; no saldrás esta vez hasta el día del Juicio. ¿No te rogué yo que me dejaras la vida para que Alah te la conservase á ti y no me mataras para que Alah no te matase? Obrando infamemente, rechazaste mi plegaria. Por eso Alah te ha puesto en mis manos, y no me remuerde el haberte engañado.» Entonces dijo el efrit: «Ábreme el jarrón y te colmaré de beneficios.» El pescador respondió: «Mientes, ¡oh maldito! Entre tú y yo pasa exactamente lo que ocurrió entre el visir del rey Yiman y el médico Ruyán.»

Y el efrit dijo: «¿Quiénes eran el visir del rey Yunán y el médico Ruyán?... ¿Qué historia es esa?»


Historia del visir del rey Yunán
y del médico Ruyán


El pescador dijo: «Sabrás, ¡oh efrit! que, en la antigüedad del tiempo y en lo pasado de la edad, hubo en la ciudad de Fars, en el país de los ruman [3], un rey llamado Yunán, Era rico y poderoso, señor de ejércitos, dueño de fuerzas considerables y de aliados de todas las especies de hombrea. Pero su cuerpo padecía una lepra que desesperaba á los médicos y á los sabios. Ni drogas, ni píldoras, ni pomadas le hacían efecto alguno, y ningún sabio pudo encontrar un eficaz remedio para la espantosa dolencia. Pero cierto día llegó á la capital del rey Yunán un médico anciano, de renombre, llamado Ruyán. Había estudiado los libros griegos, persas, romanos, árabes y sirios, así como la medicina y la astronomía, cuyos principios y reglas no ignoraba, lo mismo que sus buenos y malos efectos. Conocía las virtudes de las plantas grasas y secas, y también sus buenos y malos efectos. Por último, había profundizado la filosofía y todas las ciencias médicas y otras muchas además. Cuando este médico llegó á la ciudad y permaneció en ella algunos días, supo la historia del rey y de la lepra que le martirizaba por la voluntad de Alah, enterándose del fracaso absoluto de todos los médicos y sabios. Al tener de ello noticia, pasó muy preocupado la noche. Pero no bien despertó por la mañana (al brillar la luz del día y saludar el sol al mundo, magnífica decoración del Óptimo) se puso su mejor traje y fué á ver al rey Yunán. Besó la tierra entre las manos del rey [4] é hizo votos por la duración eterna de su poderío y de las gracias de Alah y de todas las mejores cosas. Después le enteró de quién era, y le dijo: «He averiguado la enfermedad que atormenta tu cuerpo y he sabido que un gran número de médicos no ha podido encontrar el medio de curarla. Voy, ¡oh rey! á aplicarte mi tratamiento, sin hacerte beber medicinas ni untarte con pomadas.» Al oirlo, el rey Yunán se asombró mucho, y le dijo: «¡Por Alah! que si me curas te enriqueceré hasta los hijos dé tus hijos, te concederé todos tus deseos y serás mi compañero y amigo.» En seguida le dió un hermoso traje y otros presentes, y añadió: «¿Es cierto que me curarás de esta enfermedad sin medicamentos ni pomadas?» Y respondió el otro: «Sí, ciertamente. Te curaré sin fatiga ni pena para tu cuerpo.» El rey le dijo, cada vez más asombrado: «¡Oh gran médico! ¿Qué día y qué momento verán realizarse lo que acabas de prometer? Apresúrate á hacerlo, hijo mío.» Y el médico contestó: «Escucho y obedezco.»

Entonces salió del palacio y alquiló una casa, donde instaló sus libros, sus remedios y sus plantas aromáticas. Después hizo extractos de sus medicamentos y de sus simples, y con estos extractos construyó un mazo corto y encorvado, cuyo mango horadó, y también hizo una pelota, todo esto lo mejor que pudo. Terminado completamente su trabajo, al segundo día fué á palacio, entró en la cámara del rey y besó la tierra entre sus manos. Después le prescribió que fuera á caballo al meidán [5] y jugara con la bola y el mazo.

Acompañaron al rey sus emires, sus chambelanes, sus visires y los jefes del reino. Apenas había llegado al meidán, se le acercó el médico y le entregó el mazo, diciéndole: «Empúñalo de este modo y da con toda tu fuerza en la pelota. Y haz de manera que llegues á sudar. De ese modo el remedio penetrará en la palma de la mano y circulará por todo tu cuerpo. Cuando transpires y el remedio haya tenido tiempo de obrar, regresa á tu palacio, ve en seguida á bañarte al hammam, y quedarás curado. Ahora, la paz sea contigo.»

El rey Yunán cogió el mazo que le alargaba el médico, empuñándolo con fuerza. Intrépidos jinetes montaron á caballo y le echaron la pelota. Entonces empezó á galopar detrás de ella para alcanzarla y golpearla, siempre con el mazo bien cogido. Y no dejó de golpear hasta que transpiró bien por la palma de la mano y por todo el cuerpo, dando lugar á que la medicina obrase sobre el organismo. Cuando el médico Ruyán vió que el remedio había circulado suficientemente, mandó al rey que volviera á palacio para bañarse en el hammam. Y el rey marchó en seguida y dispuso que le prepararan el hammam. Se lo prepararon con gran prisa, y los esclavos apresuráronse también á disponerle la ropa. Entonces el rey entró en el hammam y tomó el baño, se vistió de nuevo y salió del hammam para montar á caballo, volver á palacio y echarse á dormir.

Y hasta aquí lo referente al rey Yunán. En cuanto al médico Ruyán, éste regresó á su casa; se acostó, y al despertar por la mañana fué á palacio, pidió permiso al rey para entrar, lo que éste le concedió, entró, besó la tierra entre sus manos y empezó por declamar gravemente algunas estrofas:


¡Si la elocuencia te eligiese como padre, reflorecería! ¡Y no sabría elegir ya á otro mas que á ti!
¡Oh rostro radiante, cuya claridad borraría la llama de un tizón encendido!
¡Ojalá ese glorioso semblante siga con la luz de su frescura y alcance á ver cómo las arrugas surcan la cara del tiempo!
¡Me has cubierto con los beneficios de tu generosidad, como la nube bienhechora cubre la colina!
¡Tus altas hazañas te han hecho alcanzar las cimas de la gloria, y eres el amado del Destino, que ya no puede negarte nada!


Recitados los versos, el rey se puso de pie, y cordialmente tendió sus brazos al médico. Luego le sentó á su lado, y le regaló magníficos trajes de honor.

Porque, efectivamente, al salir del hammam, el rey se había mirado el cuerpo, sin encontrar rastro de lepra, y vió su piel tan pura como la plata virgen. Entonces se dilató con gran júbilo su pecho. Y al otro día, al levantarse por la mañana, entró en el diván; se sentó en el trono y comparecieron los chambelanes y grandes del reino, así como el médico Ruyán, Por esto, al verle, el rey se levantó apresuradamente y le hizo sentar á su lado. Sirvieron á ambos manjares y bebidas durante todo el día. Y al anochecer, el rey entregó al médico dos mil dinares, sin contar los trajes de honor y magníficos presentes, y le hizo montar su propio corcel. Y entonces el médico se despidió y regresó á su casa.

El rey no dejaba de admirar el arte del médico ni de decir: «Me ha curado por el exterior de mi cuerpo sin untarme con pomadas. ¡Oh Alah! ¡Qué ciencia tan sublime! Fuerza es colmar de beneficios á este hombre y tenerle para siempre como compañero y amigo afectuoso.» Y el rey Yunán se acostó, muy alegre de verse con el cuerpo sano y libre de su enfermedad.

Cuando al otro día se levantó el rey y se sentó en el trono, los jefes de la nación pusiéronse de pie, y los emires y visires se sentaron á su derecha y á su izquierda. Entonces mandó llamar al médico Ruyán, que acudió y besó la tierra entre sus manos. El rey se levantó en honor suyo, le hizo sentar á su lado, comió en su compañía, le deseó larga vida y le dio magníficas telas y otros presentes, sin dejar de conversar con él hasta el anochecer, y mandó le entregaran á modo de remuneración cinco trajes de honor y mil dinares, Y así regresó el médico á su casa, haciendo votos por el rey.

Al levantarse por la mañana, salió el rey y entró en el diván, donde le rodearon los emires, los visires y los chambelanes, Y entre los visires había uno de cara siniestra, repulsiva, terrible, sórdidamente avaro, envidioso y saturado de celos y de odio. Cuando este visir vio que el rey colocaba á su lado al médico Ruyán y le otorgaba tantos beneficios, le tuvo envidia y resolvió secretamente perderlo. El proverbio lo dice: «El envidioso ataca á todo el mundo, En el corazón del envidioso está emboscada la persecución, y la desarrolla si dispone de fuerza ó la conserva latente la debilidad,» El visir se acercó al rey Yunán, besó la tierra entre sus manos, y dijo: «¡Oh rey del siglo y del tiempo, que envuelves á los hombres en tus beneficios! Tengo para ti un consejo de gran importancia, que no podría ocultarte sin ser un mal hijo. Si me mandas que te lo revele, te lo revelaré.» Turbado entonces el rey por las palabras del visir, le dijo: «¿Qué consejo es el tuyo?» El otro respondió: «¡Oh rey glorioso! los antiguos han dicho: «Quien no mire el fin y las consecuencias, no tendrá á la Fortuna por amiga», y justamente acabo de ver al rey obrar con poco juicio otorgando sus bondades á su enemigo, al que desea el aniquilamiento de su reino, colmándole de favores, abrumándole con generosidades. Y yo, por esta causa, siento grandes temores por el rey.» Al oir esto, el rey se turbó extremadamente, cambió de color, y dijo: «¿Quién es el que supones enemigo mío y colmado por mí de favores?» Y el visir respondió: «¡Oh rey! Si estás dormido, despierta, porque aludo al médico Ruyán.» El rey dijo: «Ese es buen amigo mío, y para mí el más querido de los hombres, pues me ha curado con una cosa que yo he tenido en la mano y me ha librado de mi enfermedad; que había desesperado á los médicos. Ciertamente que no hay otro como él en este siglo, en el mundo entero, lo mismo en Occidente que en Oriente. ¿Cómo te atreves á hablarme así de él? Desde ahora le voy á señalar un sueldo de mil dinares al mes. Y aunque le diera la mitad de mi reino, poco sería para lo que merece. Creo que me dices todo eso por envidia, como se cuenta en la historia, que he sabido, del rey Sindabad.»

En este momento la aurora sorprendió á Schahrazada, que interrumpió su narración.

Entonces Doníazada le dijo: «¡Ah, hermana mía! ¡Cuán dulces, cuán puras y cuán deliciosas son tus palabras!» Y Schahrazada dijo: «¿Qué es eso comparado con lo que os contaré á la noche próxima, si vivo todavía y el rey tiene á bien conservarme?» Entonces el rey dijo para sí: «¡Por Alah! No la mataré sin haber oído antes la continuación de su historia, que es verdaderamente maravillosa.»

Luego pasaron ambos la noche enlazados hasta por la mañana. Y el rey fué al diván, y juzgó, otorgó empleos, destituyó y despachó los asuntos pendientes hasta acabarse el día. Después se levantó el diván y el rey entró en su palacio. Y cuando se aproximó la noche hizo su cosa acostumbrada con Schahrazada, la hija del visir.
PERO CUANDO LLEGÓ
LA 5.ª NOCHE

Ella dijo:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que el rey Yunán dijo á su visir: «Visir, has dejado entrar en ti la envidia contra el médico, y quieres que yo lo mate para que luego me arrepienta, como se arrepintió el rey Sindabad después de haber matado al halcón.» El visir preguntó: «¿Y cómo ocurrió eso?»

Entonces el rey Yunán contó:


El halcón del rey Sindabad


«Dicen que entre los reyes de Fars hubo uno muy aficionado á diversiones, á paseos por los jardines y á toda especie de cacerías. Tenía un halcón adiestrado por él mismo, y no lo dejaba de día ni de noche, pues hasta por la noche lo tenía sujeto al puño. Cuando iba de caza lo llevaba consigo, y le había colgado del cuello un vasito de oro, en el cual le daba de beber. Un día estaba el rey sentado en su palacio, y vió de pronto venir al wekil[6] que estaba encargado de las aves de caza, y le dijo: «¡Oh rey de los siglos! Llegó la época de ir de caza.» Entonces el rey hizo sus preparativos y se puso el halcón en el puño. Salieron después y llegaron á un valle, donde armaron las redes de caza. Y de pronto cayó una gacela en las redes. Entonces dijo el rey: «Mataré á aquel por cuyo lado pase la gacela.» Empezaron á estrechar la red en torno de la gacela, que se aproximó al rey y se enderezó sobre las patas como si quisiera besar la tierra delante del rey. Entonces el rey comenzó á dar palmadas para hacer huir á la gacela, pero ésta brincó y pasó por encima de su cabeza y se internó tierra adentro. El rey se volvió entonces hacia los guardas, y vió que guiñaban los ojos maliciosamente. Al presenciar tal cosa, le dijo al visir: «¿Por qué se hacen esas señas mis soldados?» Y el visir contestó: «Dicen que has jurado matar á aquel por cuya proximidad pasase la gacela.» Y el rey exclamó: «¡Por mi vida! ¡Hay que perseguir y alcanzar á esa gacela!» Y se puso á galopar, siguiendo el rastro, y pudo alcanzarla. El halcón le dió con el pico en los ojos de tal manera, que la cegó y la hizo sentir vértigos. Entonces el rey empuñó su maza, golpeando con ella á la gacela hasta hacerla caer desplomada. En seguida descabalgó, degollándola y desollándola, y colgó del arzón de la silla los despojos. Hacía bastante calor, y aquel lugar era desierto, árido y carecía de agua. El rey tenía sed y también el caballo. Y el rey se volvió y vió un árbol del cual brotaba agua como manteca. El rey llevaba la mano cubierta con un guante de piel; cogió el vasito del cuello del halcón, lo llenó de aquella agua, y lo colocó delante del ave, pero ésta dió con la pata al vaso y lo volcó. El rey cogió el vaso por segunda vez, lo llenó, y como seguía creyendo que el halcón tenía sed, se lo puso delante, pero el halcón le dió con la pata por segunda vez y lo volcó. Y el rey se encolerizó contra el halcón, y cogió por tercera vez el vaso, pero se lo presentó al caballo, y el halcón derribó el vaso con el ala. Entonces dijo el rey: «¡Alah te sepulte, oh la más nefasta de las aves de mal agüero! No me has dejado beber, ni has bebido tú, ni has dejado que beba el caballo.» Y dió con su espada al halcón y le cortó las alas. Entonces el halcón, irguiendo la cabeza, le dijo por señas: «Mira lo que hay en el árbol.» Y el rey levantó los ojos y vió en el árbol una serpiente, y el líquido que corría era su veneno. Entonces el rey se arrepintió de haberle cortado las alas al halcón. Después se levantó, montó á caballo, se fué, llevándose la gacela, y llegó á su palacio. Le dió la gacela al cocinero, y le dijo: «Tómala y guísala.» Luego se sentó en su trono, sin soltar al halcón. Pero el halcón, tras una especie de estertor, murió. El rey, al ver esto, prorrumpió en gritos de dolor y amargura por haber matado al halcón que le había salvado de la muerte.

¡Tal es la historia del rey Sindabad!»


Cuando el visir hubo oído el relato del rey Yunán, le dijo: «¡Oh gran rey lleno de dignidad! ¿qué daño he hecho yo cuyos funestos efectos hayas tú podido ver? Obro así por compasión hacia tu persona. Y ya verás como digo la verdad. Si me haces caso podrás salvarte, y si no, perecerás como pereció un visir astuto que engañó al hijo de un rey entre los reyes.


Historia del príncipe y la vampiro


El rey de que se trata tenía un hijo aficionadísimo á la caza con galgos, y tenía también un visir. El rey mandó al visir que acompañara á su hijo allá donde fuese. Un día entre los días, el hijo salió á cazar con galgos, y con él salió el visir. Y ambos vieron un animal monstruoso. Y el visir dijo al hijo del rey: «¡Anda contra esa fiera! ¡Persíguela!» Y el príncipe se puso á perseguir á la fiera, hasta que todos le perdieron de vista. Y de pronto la fiera desapareció en el desierto. Y el príncipe permanecía perplejo, sin saber hacia dónde ir, cuando vió en lo más alto del camino una joven esclava que estaba llorando. El príncipe le preguntó: «¿Quién eres? Y ella respondió: «Soy la hija de un rey de reyes de la India. Iba con la caravana por el desierto, sentí ganas de dormir, y me caí de la cabalgadura sin darme cuenta. Entonces me encontré sola y abandonada.» A estas palabras, sintió lástima el príncipe y emprendió la marcha con la joven, llevándola á la grupa de su mismo caballo. Al pasar frente á un bosquecillo, la esclava le dijo: «¡Oh señor, desearía evacuar una necesidad!» Entonces el príncipe la desmontó junto al bosquecillo, y viendo que tardaba mucho, marchó detrás de ella sin que la esclava pudiera enterarse. La esclava era una vampiro, y estaba diciendo á sus hijos: «¡Hijos míos, os traigo un joven muy robusto!» Y ellos dijeron: «¡Tráenoslo, madre, para que lo devoremos!» Cuando lo oyó el príncipe, ya no pudo dudar de su próxima muerte, y las carnes le temblaban de terror mientras volvía al camino. Cuando salió la vampiro de su cubil, al ver al príncipe temblar como un cobarde, le preguntó: «¿Por qué tienes miedo?» Y él dijo: «Hay un enemigo que me inspira temor.» Y prosiguió la vampiro: «Me has dicho que eres un príncipe...» Y respondió él: «Así es la verdad.» Y ella le dijo: «Entonces, ¿por qué no das algún dinero á tu enemigo para satisfacerle?» El príncipe replicó: «No se satisface con dinero. Sólo se contenta con el alma. Por eso tengo miedo, como víctima de una injusticia.» Y la vampiro le dijo: «Si te persiguen, como afirmas, pide contra tu enemigo la ayuda de Alah, y Él te librará de sus maleficios y de los maleficios de aquellos de quienes tienes miedo.» Entonces el príncipe levantó la cabeza al cielo y dijo: «¡Oh tú, que atiendes al oprimido que te implora, hazme triunfar de mi enemigo, y aléjale de mí, pues tienes poder para cuanto deseas!» Cuando la vampiro oyó estas palabras, desapareció. Y el príncipe pudo regresar al lado de su padre, y le dió cuenta del mal consejo del visir. Y el rey mandó matar al visir.»


En seguida el visir del rey Yunán prosiguió de este modo:

«¡Y tú, oh rey, si te fías de ese médico, cuenta que te matará con la peor de las muertes! Aunque le hayas colmado de favores y le hayas hecho tu amigo, está preparando tu muerte. ¿Sabes por qué te curó de tu enfermedad por el exterior de tu cuerpo, mediante una cosa que tuviste en la mano? ¿No crees que es sencillamente para causar tu pérdida con una segunda cosa que te mandará también coger?» Entonces el rey Yunán dijo: «Dices la verdad. Hágase según tu opinión, ¡oh visir bien aconsejado! Porque es muy probable que ese médico haya venido ocultamente como un espía para ser mi perdición. Si me ha curado con una cosa que he tenido en la mano, muy bien podría perderme con otra que, por ejemplo, me diera á oler.» Y luego el rey Yunán dijo á su visir: «¡Oh visir! ¿qué debemos hacer con él?» Y el visir respondió: «Hay que mandar inmediatamente que le traigan, y cuando se presente aquí degollarlo, y así te librarás de sus maleficios, y quedarás desahogado y tranquilo. Hazle traición antes que él te la haga á ti!» Y el rey Yunán dijo: «Verdad dices, ¡oh visir!» Después el rey mandó llamar al médico, que se presentó alegre, ignorando lo que había resuelto el Clemente. El poeta lo dice en sus versos:


¡Oh tú que temes los embates del Destino, tranquilízate! ¿No sabes que todo está en las manos de Aquel que ha formado la tierra?

¡Porque lo que está escrito, escrito está y no se borra nunca! ¡Y lo que no está escrito no hay por qué temerlo!

¡Y tú, Señor! ¿Podré dejar pasar un día sin cantar tus alabanzas? ¿Para quién reservaría, si no, el don maravilloso de mi estilo rimado y mi lengua de poeta?

¡Cada nuevo don que recibo de tus manos ¡oh Señor! es más hermoso que el precedente, y se anticipa á mis deseos!

Por eso, ¿cómo no cantar tu gloria, toda tu gloria, y alabarte en mi alma y en público?

¡Pero he de confesar que nunca tendrán mis labios elocuencia bastante ni mi pecho fuerza suficiente para cantar y para llevar los beneficios de que me has colmado!

¡Oh tú que dudas, confía tus asuntos á las manos de Alah, el único Sabio! ¡Y así que lo hagas, tu corazón nada tendrá que temer por parte de los hombres!

¡Sabe también que nada se hace por tu voluntad, sino por la voluntad del Sabio de los Sabios!

¡No desesperes, pues, nunca, y olvida todas las tristezas y todas las zozobras! ¿No sabes que las zozobras destruyen el corazón más firme y más fuerte?

¡Abandónaselo todo! ¡Nuestros proyectos no son mas que proyectos de esclavos impotentes ante el único Ordenador! ¡Déjate llevar! ¡Así disfrutarás de una paz duradera!


Cuando se presentó el médico Ruyán, el rey le dijo: «¿Sabes por qué te he hecho venir á mi presencia?» Y el médico contestó: «Nadie sabe lo desconocido, más que Alah el Altísimo.» Y el rey le dijo: «Te he mandado llamar para matarte y arrancarte el alma.» Y el médico Ruyán, al oir estas palabras, se sintió asombrado, con el más prodigioso asombro, y dijo: «¡Oh rey! ¿por qué me has de matar? ¿qué falta he cometido?» Y el rey contestó: «Dicen que eres un espía y que viniste para matarme. Por eso te voy á matar, antes de que me mates.» Después el rey llamó al portaalfanje y le dijo: «¡Corta la cabeza á ese traidor y líbranos de sus maleficios!» Y el médico le dijo: «Consérvame la vida, y Alah te la conservará. No me mates, si no, Alah te matará también.»


Después reiteró la súplica, como yo lo hice dirigiéndome á ti, ¡oh efrit! sin que me hicieras caso, pues, por el contrario, persististe en desear mi muerte.


Y en seguida el rey Yunán dijo al médico: «No podré vivir confiado ni estar tranquilo como no te mate. Porque si me has curado con una cosa que tuve en la mano, creo que me matarás con otra cosa que me des á oler ó de cualquier otro modo.» Y dijo el médico: «¡Oh rey! ¿ésta es tu recompensa? ¿así devuelves mal por bien?» Pero el rey insistió: «No hay más remedio que darte la muerte sin demora.» Y cuando el médico se convenció de que el rey quería matarle sin remedio, lloró y se afligió al recordar los favores que había hecho á quienes no los merecían. Ya lo dice el poeta:


¡La joven y loca Maimuna es verdaderamente bien pobre de espíritu! ¡Pero su padre, en cambio, es un hombre de gran corazón y considerado entre los mejores!

¡Miradle, pues! ¡Nunca anda sin su farol en la mano, y así evita el lodo de los caminos, el polvo de las carreteras y los resbalones peligrosos!...


En seguida se adelantó el portaalfanje, vendó los ojos al médico, y sacando la espada, dijo al rey: «Con tu venia.» Pero el médico seguía llorando y suplicando al rey: «Consérvame la vida, y Alah te la conservará. No me mates, ó Alah te matará á ti.» Y recitó estos versos de un poeta:


¡Mis consejos no tuvieron ningún éxito, mientras que los consejos de los ignorantes conseguían su propósito! ¡No recogí más que desprecios!

¡Por esto, si logro vivir, me guardaré mucho de aconsejar! ¡Y si muero, mi ejemplo servirá á los demás para que enmudezca su lengua!


Y dijo después al rey: «¿Esta es tu recompensa? He aquí que me tratas como hizo un cocodrilo.» Entonces preguntó el rey: «¿Qué historia es esa de un cocodrilo?» Y el médico dijo: «¡Oh señor! No es posible contarla en este estado. ¡Por Alah sobre ti! Consérvame la vida, y Alah te la conservará.» Y después comenzó á derramar copiosas lágrimas. Entonces algunos de los favoritos del rey se levantaron y dijeron: «¡Oh rey! Concédenos la sangre de este médico, pues nunca le hemos visto obrar en contra tuya; al contrario, le vimos librarte de aquella enfermedad que había resistido á los médicos y á los sabios.» El rey les contestó: «Ignoráis la causa de que mate á este médico; si lo dejo con vida, mi perdición es segura, porque si me curó de la enfermedad con una cosa que tuve en la mano, muy bien podría matarme dándome á oler cualquier otra. Tengo mucho miedo de que me asesine para cobrar el precio de mi muerte, pues debe ser un espía que ha venido á matarme. Su muerte es necesaria; sólo así podré perder mis temores.» Entonces el médico imploró otra vez: «Consérvame la vida, para que Alah te la conserve; y no me mates, para que no te mate Alah.»

Pero ¡oh efrit! cuando el médico se convenció de que el rey le quería matar sin remedio, dijo: «¡Oh rey! Si mi muerte es realmente necesaria, déjame ir á mi casa para despachar mis asuntos, encargar á mis parientes y vecinos que cuiden de enterrarme, y sobre todo para regalar mis libros de medicina. A fe que tengo un libro que es verdaderamente el extracto de los extractos y la rareza de las rarezas, que quiero legarte como un obsequio para que lo conserves cuidadosamente en tu armario.» Entonces el rey preguntó al médico: «¿Qué libro es ése?» Y contestó el médico: «Contiene cosas inestimables; el menor de los secretos que revela es el siguiente: Cuando me corten la cabeza, abre el libro, cuenta tres hojas y vuélvelas; lee en seguida tres renglones de la página de la izquierda, y entonces la cabeza cortada te hablará y contestará á todas las preguntas que le dirijas.» Al oir estas palabras, el rey se asombró hasta el límite del asombro, y estremeciéndose de alegría y de emoción, dijo: «¡Oh médico! ¿Hasta cortándote la cabeza hablarás?» Y el médico respondió: «Sí, en verdad, ¡oh rey! Es, efectivamente, una cosa prodigiosa.» Entonces el rey le permitió que saliera, aunque escoltado por guardianes, y el médico llegó á su casa, y despachó sus asuntos aquel día, y al siguiente día también. Y el rey subió al diván, y acudieron los emires, los visires, los chambelanes, los nawabs[7] y todos los jefes del reino, y el diván parecía un jardín lleno de flores. Entonces entró el médico en el diván y se colocó de pie ante el rey, con un libro muy viejo y una cajita de colirio llena de unos polvos. Después se sentó y dijo: «Que me traigan una bandeja.» Le llevaron una bandeja, y vertió los polvos, y los extendió por la superficie. Y dijo entonces: «¡Oh rey! coge ese libro, pero no lo abras antes de cortarme la cabeza. Cuando la hayas cortado colócala en la bandeja y manda que la aprieten bien contra los polvos para restañar la sangre. Después abrirás el libro.» Pero el rey, lleno de impaciencia, no le escuchaba ya; cogió el libro y lo abrió, encontrando las hojas pegadas unas á otras. Entonces, metiendo su dedo en la boca, lo mojó con su saliva y logró despegar la primera hoja. Lo mismo tuvo que hacer con la segunda y la tercera hoja, y cada vez se abrían las hojas con más dificultad. De este modo abrió el rey seis hojas, y trató de leerlas, pero no pudo encontrar ninguna clase de escritura. Y el rey dijo: «¡Oh médico, no hay nada escrito!» Y el médico respondió: «Sigue volviendo más hojas del mismo modo.» Y el rey siguió volviendo más hojas.

Pero apenas habían pasado algunos instantes, circuló el veneno por el organismo del rey en el momento y en la hora misma, pues el libro estaba envenenado. Y entonces sufrió el rey horribles convulsiones, y exclamó: «¡El veneno circula!» Y después el médico Ruyán comenzó á improvisar versos, diciendo:


¡Esos jueces! ¡Han juzgado, pero excediéndose en sus derechos y contra toda justicia! ¡Y sin embargo, ¡oh Señor! la justicia existe!

¡A su vez fueron juzgados! ¡Si hubieran sido íntegros y buenos, se les habría perdonado! ¡Pero oprimieron, y la suerte les ha oprimido y les ha abrumado con las peores tribulaciones!

¡Ahora son motivo de burla y de piedad para el transeúnte! ¡Esa es la ley! ¡Esto á cambio de aquello! ¡Y el Destino se ha cumplido con toda lógica!


Cuando Ruyán el médico acababa su recitado, cayó muerto el rey.


Sabe ahora, ¡oh efrit! que si el rey Yunán hubiera conservado al médico Ruyán, Alah á su vez le habría conservado. Pero al negarse, decidió su propia muerte.

Y si tú, ¡oh efrit! hubieses querido conservarme, Alah te habría conservado.»


En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente. Y su hermana Doniazada le dijo: «¡Qué deliciosas son tus palabras!» Y Schahrazada contestó: «Nada es eso comparado con lo que os contaré la noche próxima, si vivo todavía y el rey tiene á bien conservarme.» Y pasaron aquella noche en la dicha completa y en la felicidad hasta por la mañana. Después el rey se dirigió al diván. Y cuando terminó el diván, volvió á su palacio y se reunió con los suyos.
PERO CUANDO LLEGÓ
LA 6.ª NOCHE
Schahrazada dijo:


He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que cuando el pescador dijo al efrit: «Si me hubieras conservado, yo te habría conservado, pero no has querido mas que mi muerte, y te haré morir prisionero en este jarrón y te arrojaré á ese mar», entonces el efrit clamó y dijo: «¡Por Alah sobre ti! ¡oh pescador, no lo hagas! Y consérvame generosamente, sin reconvenirme por mi acción, pues si yo fuí criminal, tú debes ser benéfico, y los proverbios conocidos dicen: «¡Oh tú que haces bien á quien mal hizo, perdona sin restricciones el crimen del malhechor!» Y tú, ¡oh pescador! no hagas conmigo lo que hizo Umama con Atica.» El pescador dijo: «¿Y qué caso fué ese?» Y respondió el efrit: «No es ocasión para contarlo estando encarcelado. Cuando tú me dejes salir, yo te contaré ese caso.» Pero el pescador dijo: «¡Oh, eso nunca! Es absolutamente necesario que yo te eche al mar, sin que tengas medio de salir. Cuando yo supliqué y te imploraba, tú deseabas mi muerte, sin que hubiera cometido ninguna falta contra ti, ni bajeza alguna, sino únicamente favorecerte, sacándote de ese calabozo. He comprendido, por tu conducta conmigo, que eres de mala raza, Pero has de saber que voy á echarte al mar, y enteraré de lo ocurrido á todos los que intenten sacarte, y así te arrojarán de nuevo, y entonces permanecerás en ese mar hasta el fin de los tiempos para disfrutar todos los suplicios.» El efrit le contestó: «Suéltame, que ha llegado el momento de contarte la historia. Además, te prometo no hacerte jamás ningún daño, y te seré muy útil en un asunto que te enriquecerá para siempre.» Entonces el pescador se fijó bien en esta promesa de que, si libertaba al efrit, no sólo no le haría jamás ningún daño, sino que le favorecería en un buen negocio. Y cuando se aseguró firmemente de su fe y de su promesa, y le tomó juramento por el nombre de Alah Todopoderoso, el pescador abrió el jarrón. Entonces el humo empezó á subir, hasta que salió completamente, y se convirtió en un efrit, cuyo rostro era espantosamente horrible. El efrit dió un puntapié al jarrón y lo tiró al mar. Cuando el pescador vió que el jarrón iba camino al mar, dió por segura su propia perdición, y orinándose encima, dijo: «Verdaderamente, no es esto una buena señal.» Después intentó tranquilizarse y dijo: «¡Oh efrit! Alah Todopoderoso ha dicho: «Hay que cumplir los juramentos, porque se os exigirá cuenta de ellos.» Y tú prometiste y juraste que no me harías traición. Y si me la hicieses, Alah te castigará, porque es celoso, es paciente y no olvida. Y yo te digo lo que el médico Ruyán al rey Yunán; Consérvame, y Alah te conservará.» Al oir estas palabras, el efrit rompió á reir, y echando á andar delante de él, dijo: «¡Oh pescador, sígueme!» Y el pescador echó á andar detrás de él, aunque sin mucha confianza en su salvación. Y así salieron completamente de la ciudad, y se perdieron de vista, y subieron á una montaña, y bajaron á una vasta llanura, en medio de la cual había un lago. Entonces el efrit se detuvo, y mandó al pescador que echara la red y pescase. Y el pescador miró á través del agua, y vio peces blancos y peces rojos, azules y amarillos, Al verlos se maravilló el pescador; después echó su red, y cuando la hubo sacado encontró en ella cuatro peces, cada uno de color distinto, Y se alegró mucho, y el efrit le dijo: «Ve con esos peces al palacio del sultán, ofréceselos y te dará con qué enriquecerte. Y mientras tanto, ¡por Alah! discúlpame mis rudezas, pues olvidé los buenos modales con mi larga estancia en el fondo del mar, donde me he pasado mil ochocientos años sin ver el mundo ni la superficie de la tierra. En cuanto á ti, vendrás todos los días á pescar á este sitio, pero nada más que una vez. Y ahora, que Alah te guarde con su protección.» Y el efrit golpeó con sus dos pies en tierra, y la tierra se abrió y le tragó.

Entonces el pescador volvió á la ciudad, muy maravillado de lo que le había ocurrido con el efrit. Después cogió los peces y los llevó á su casa, y en seguida, cogiendo una olla de barro, la llenó de agua y colocó en ella los peces, que comenzaron á nadar en el agua contenida en la olla. Después se puso esta olla en la cabeza y se encaminó al palacio del rey, según el efrit le había ordenado. Cuando el pescador se presentó al rey y le ofreció los peces, el rey se asombró hasta el límite del asombro al ver aquellos peces que le ofrecía el pescador, porque nunca los había visto en su vida, ni de aquella especie ni de aquella calidad, y dispuso: «Que entreguen esos peces á nuestra cocinera negra.» Porque esta esclava se la había regalado, hacía tres días solamente, el rey de los Rum, y aún no había tenido ocasión de lucirse en su arte de la cocina. Así es que el visir le mandó que friera los peces, y le dijo: «¡Oh buena negra! Me encarga el rey que te diga: «Si te guardo como un tesoro, ¡oh gota de mis ojos! es porque te reservo para el día del ataque [8], De modo que demuéstranos hoy tu arte de cocinera y lo bueno de tus platos.» Dicho esto, volvió el visir después de hacer sus encargos, y el rey le ordenó que diera al pescador cuatrocientos dinares. Habiéndoselos dado el visir, los guardó el pescador en una halda de su túnica, y volvió á su casa, cerca de su esposa, lleno de alegría y de expansión. Después compró á sus hijos todo lo que podían necesitar. Y hasta aquí es lo que le ocurrió al pescador.

En cuanto á la negra, cogió los peces, los limpió y los puso en la sartén. Después dejó que se frieran bien por un lado y los volvió en seguida del otro, Pero entonces, súbitamente, se abrió la pared de la cocina, y por allí se filtró en la cocina una joven de esbelto talle, mejillas redondas y tersas, párpados pintados con khol negro, rostro gentil y cuerpo graciosamente inclinado. Llevaba en la cabeza un velo de seda azul, pendientes en las orejas, brazaletes en las muñecas, y en los dedos sortijas con piedras preciosas. Tenía en la mano una varita de bambú. Se acercó, y metiendo la varita en la sartén, dijo: «¡Oh peces! ¿seguís sosteniendo vuestra promesa?» Al ver aquello, la esclava se desmayó, y la joven repitió su pregunta por segunda y tercera vez. Entonces todos los peces levantaron la cabeza desde el fondo de la sartén, y dijeron: «¡Oh, sí!... ¡Oh, sí!...» Y entonaron á coro la siguiente estrofa:


¡Si tú vuelves sobre tus pasos, nosotros te imitaremos! ¡Si tú cumples tu promesa, nosotros cumpliremos la nuestra! ¡Pero si quisieras escaparte, no hemos de cejar hasta que te declares vencida!


Al oir estas palabras, la joven derribó la sartén y salió por el mismo sitio por donde había entrado, y el muro de la cocina se cerró de nuevo.

Cuando la esclava volvió de su desmayo, vió que se habían quemado los cuatro peces y estaban negros como el carbón. Y comenzó á decir: «¡Pobres pescados! ¡pobres pescados!» Y mientras seguía lamentándose, he aquí que se presentó el visir, asomándose por detrás de su cabeza, y le dijo: «Llévale los peces al sultán.» Y la esclava se echó á llorar, y le contó al visir la historia de lo que había ocurrido, y el visir se quedó muy maravillado, y dijo: «Eso es verdaderamente una historia muy rara.» Y mandó buscar al pescador, y en cuanto se presentó el pescador, le dijo: «Es absolutamente indispensable que vuelvas con cuatro peces como los que trajiste la primera vez.» Y el pescador se dirigió hacia el lago, echó su red y la sacó conteniendo cuatro peces, que cogió y llevó al visir. Y el visir fué á entregárselos á la negra, y le dijo: «¡Levántate! ¡Vas á freirlos en mi presencia, para que yo vea qué asunto es este!» Y la negra se levantó, preparó los peces, y los puso al fuego en la sartén. Y apenas habían pasado unos minutos, he aquí que se hendió la pared, y apareció la joven, vestida siempre con las mismas vestiduras y llevando siempre la varita en la mano. Metió la varita en la sartén, y dijo: «¡Oh peces! ¡oh peces! ¿seguís cumpliendo vuestra antigua promesa?» Y los peces levantaron la cabeza y cantaron á coro esta estancia:


¡Si tú vuelves sobre tus pasos, nosotros te imitaremos! ¡Si tú cumples tu juramento, nosotros cumpliremos el nuestro! ¡Pero si reniegas de tus compromisos, gritaremos de tal modo que nos resarciremos!


En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ
LA 7.ª NOCHE

Ella dijo:


He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que cuando los peces empezaron á hablar, la joven volcó la sartén con la varita, y salió por donde había entrado, cerrándose la pared de nuevo. Entonces el visir se levantó y dijo: «Esta es una cosa que verdaderamente no podría ocultar al rey.» Después marchó en busca del rey y le refirió lo que había pasado en su presencia. Y el rey dijo: «Tengo que ver eso con mis propios ojos.» Y mandó llamar al pescador y le ordenó que volviera con cuatro peces iguales á los primeros, para lo cual le dió tres días de plazo. Pero el pescador marchó en seguida al lago, y trajo inmediatamente los cuatro peces. Entonces el rey dispuso que le dieran cuatrocientos dinares, y volviéndose hacia el visir, le dijo: «Prepara tú mismo delante de mí esos pescados.» Y el visir contestó: «Escucho y obedezco.» Y entonces mandó llevar la sartén delante del rey, y se puso á freir los peces, después de haberlos limpiado bien, y en cuanto estuvieron fritos por un lado, los volvió del otro, Y de pronto se abrió la pared de la cocina y salió un negro semejante á un búfalo entre los búfalos, ó á un gigante de la tribu de Had, y llevaba en la mano una rama verde, y dijo con voz clara y terrible: «¡Oh peces! ¡oh peces! ¿Seguís sosteniendo vuestra antigua promesa?» Y los peces levantaron la cabeza desde el fondo de la sartén, y dijeron: «Cierto que sí, cierto que sí.» Y declamaron á coro estos versos:


¡Si tú vuelves hacia atrás, nosotros volveremos! ¡Si tú cumples tu promesa, nosotros cumpliremos la nuestra! ¡Pero si te resistes, gritaremos tanto que acabarás por ceder!


Después el negro se acercó á la sartén, la volcó con la rama, y los peces se abrasaron, convirtiéndose en carbón. El negro se fué entonces por el mismo sitio por donde había entrado. Y cuando hubo desaparecido de la vista de todos, dijo el rey: «Es este un asunto sobre el cual, verdaderamente, no podríamos guardar silencio. Además, no hay duda que estos peces deben tener una historia muy extraña.» Y entonces mandó llamar al pescador, y cuando se presentó el pescador, le dijo: «¿De dónde proceden estos peces?» El pescador contestó: «De un estanque situado entre cuatro colinas, detrás de la montaña que domina tu ciudad.» Y el rey, volviéndose hacia el pescador, le dijo: «¿Cuántos días se tarda en llegar á ese sitio?» Y dijo el pescador: «¡Oh sultán, señor nuestro! Basta con media hora.» El sultán quedó sorprendidísimo, y mandó á sus soldados que marchasen inmediatamente con el pescador, Y el pescador iba muy contrariado, maldiciendo en secreto al efrit. Y el rey y todos partieron y subieron á una montaña, y bajaron basta una vasta llanura que en su vida habían visto anteriormente. Y el sultán y los soldados se asombraron de esta extensión desierta, situada entre cuatro montañas, y de aquel estanque en que jugaban peces de cuatro colores: rojos, blancos, azules y amarillos. Y el rey se detuvo y preguntó á los soldados y á cuantos estaban presentes: «¿Hay alguno de vosotros que haya visto anteriormente ese lago en este lugar?» Y todos respondieron: «¡Oh, no!» Y el rey dijo: «¡Por Alah! No volveré jamás á mi capital ni me sentaré en el trono de mi reino sin averiguar la verdad sobre este lago y los peces que encierra.» Y mandó á los soldados que cercaran las montañas, y los soldados así lo hicieron. Entonces el rey llamó á su visir. Porque este visir era hombre sabio, elocuente, versado en todas las ciencias. Cuando se presentó entre las manos del rey, éste le dijo: «Tengo intención de hacer una cosa, y voy á enterarte de ella. Deseo aislarme completamente esta noche y marchar yo solo á descubrir el misterio de este lago y sus peces. Por consiguiente, te quedarás á la puerta de mi tienda, y dirás á los emires, visires y chambelanes: «El sultán está indispuesto y me ha mandado que no deje pasar á nadie.» Y á ninguno revelarás mi intención.» De este modo el visir no podía desobedecer. Entonces el rey se disfrazó, y ciñéndose su espada, se escabulló de entre su gente sin que nadie lo viese. Y estuvo andando toda la noche sin detenerse hasta la mañana, en que el calor, demasiado excesivo, le obligó á descansar. Después anduvo durante todo el resto del dia y durante la segunda noche hasta la mañana siguiente. Y he aquí que vio á lo lejos una cosa negra, y se alegró de ello y dijo: «Es probable que encuentre allí á alguien que me contará la historia del lago y sus peces.» Y al acercarse á esta cosa negra vió que aquello era un palacio enteramente construído con piedras negras, reforzado con grandes chapas de hierro, y que una de las hojas de la puerta estaba abierta y la otra cerrada. Entonces se alegró mucho, y parándose ante la puerta, llamó suavemente; pero como no le contestasen, llamó por segunda y por tercera vez. Después, y como seguían sin contestar, llamó una cuarta vez, pero con gran violencia, y nadie contestó tampoco. Entonces se dijo: «No hay duda, este palacio está desierto.» Y en seguida, tomando ánimos, penetró por la puerta del palacio y llegó á un pasillo, y allí dijo en alta voz: «¡Ah del palacio! Soy un extranjero, un caminante, que pide provisiones para continuar su viaje.» Después reiteró su demanda por segunda y tercera vez, y como no le contestasen, afirmó su corazón y fortificó su alma, y siguió por aquel corredor hasta el centro del palacio. Y no encontró á nadie. Pero vió que todo el palacio estaba suntuosamente revestido de tapices y que en el centro de un patio interior había un estanque coronado por cuatro leones de oro rojo, de cuyas fauces brotaba un chorro de agua que semejaba de perlas y pedrería. En torno veíanse numerosos pájaros, pero no podían volar fuera del palacio por impedírselo una gran red tendida por encima de todo. Y el rey se maravilló al ver aquellas cosas, aunque afligiéndose por no encontrar á alguien que le pudiese revelar el enigma del lago, de los peces, de las montañas y del palacio. Después se sentó entre dos puertas, y meditó profundamente, Pero de pronto oyó una queja muy débil que parecía brotar de un corazón dolorido, y oyó una voz dulce que cantaba quedamente estos versos:


¡Mis sufrimientos ¡ay! no he podido ocultarlos, y mi mal de amores fué revelado!... ¡Y ahora el sueño se aparta de mis ojos para convertirse en insomnio constante!

¡Oh amor! ¡Viniste al oir mi voz, pero cuánta tortura dejaste en mis pensamientos!

¡Ten piedad de mí! ¡Déjame gustar del reposo! ¡Y sobre todo, no vayas á visitar á Aquella que es toda mi alma, para hacerla padecer! ¡Porque Ella es mi consuelo en las penas y peligros!


Cuando el rey oyó estas quejas amargas, se levantó y se dirigió hacia el lugar de donde procedían. Llegó hasta una puerta cubierta por un tapiz. Levantó el tapiz, y en un gran salón vio un joven que estaba reclinado en un gran lecho. Este joven era muy hermoso; su frente parecía una flor, sus mejillas igual que la rosa, y en medio de una de ellas tenía un lunar como una gota de ámbar negro. Ya lo dijo el poeta:


¡El joven es esbelto y gentil! ¡Sus cabellos de tinieblas son tan negros que forman la noche! ¡Su frente es tan blanca que ilumina la noche! ¡Nunca los ojos de los hombres presenciaron una fiesta como el espectáculo de sus gracias!

¡Le conocerás entre todos los jóvenes por el lunar que tiene en la rosa de su mejilla, precisamente debajo de uno de sus ojos!


Al verle, el rey, muy complacido, le dijo: «¡La paz sea contigo!» Y el joven siguió echado en la cama, vistiendo un traje de seda bordado de oro. Con un acento de tristeza que parecía extenderse por toda su persona, devolvió el saludo al rey y dijo: «¡Oh señor! Perdona que no me pueda levantar!« Pero el rey contestó: «¡Oh joven! Entérame de la historia de ese lago y de sus peces de colores, asi como del misterio de este palacio y de la causa de tu soledad y de tus lágrimas.» Al oirlo, el joven derramó nuevas lágrimas, que corrían á lo largo de sus mejillas, y el rey se asombró y le dijo: «¡Oh joven! ¿qué es lo que te hace llorar?» Y el joven respondió: «¿Cómo no he de llorar, si me veo en este estado?» Y el joven, alargando las manos hacia el borde de su túnica, la levantó. Y entonces el rey vió que toda la mitad inferior del joven era de mármol, y la otra mitad, desde el ombligo hasta el cabello de la cabeza, era de un hombre. Y el joven dijo al rey: «Sabe ¡oh señor! que la historia de los peces es una cosa tan extraordinaria, que si se escribiera con una aguja en el ángulo interior del ojo, á fin de que todo el mundo la viera, seria una gran lección para el observador cuidadoso.»

Y el joven contó la historia que sigue:

Historia del joven encantado
y de los peces

«Sabe, ¡oh señor! que mi padre era rey de esta ciudad. Se llamaba Mahmud, y era rey de las Islas Negras y de estas cuatro montañas. Mi padre reinó sesenta años, y después se extinguió en la misericordia del Retribuidor. Después de su muerte, fui yo sultán y me casé con la hija de mi tío. Me quería con amor tan poderoso, que si por casualidad tenía que separarme de ella, no comía ni bebía hasta mi regreso. Y así siguió bajo mi protección durante cinco años, hasta que fué un día al hammam, después de haber mandado al cocinero que preparase los manjares para nuestra cena. Entré en el palacio, y reclinándome en el lugar de costumbre, mandé á dos esclavas que me hicieran aire con los abanicos. Una se puso á mi cabeza y otra á mis pies. Pero pensando en la ausencia de mi esposa, se apoderó de mí el insomnio, y no pude conciliar el sueño, porque ¡si mis ojos se cerraban, mi alma permanecía en vela! Oí entonces á la esclava que estaba detrás de mi cabeza hablar de este modo á la que estaba á mis pies: «¡Oh Masauda! ¡Qué desventurada juventud la de nuestro dueño! ¡Qué tristeza para él tener una esposa como nuestra ama, tan pérfida y tan criminal!» Y la otra respondió: «¡Maldiga Alah á las mujeres adúlteras! Porque esa infame nunca podrá tener un hombre mejor que nuestro dueño, y sin embargo se pasa las noches en el lecho de unos y otros.» Y la primera esclava dijo: «Nuestro dueño debe de ser muy impasible cuando no hace caso de las acciones de esa mujer.» Y repuso la otra: «Pero ¿qué dices? ¿Puede sospechar siquiera nuestro amo lo que hace ella? ¿Crees que la dejaría en libertad de obrar así? Has de saber que esa pérfida pone siempre algo en la copa en que bebe nuestro amo todas las noches antes de acostarse. Le echa banj [9] y le hace dormir con eso. En tal estado, no puede saber lo que ocurre, ni adonde va ella, ni lo que hace. Entonces, después de darle á beber el banj, se viste y se va, dejándole solo, y no vuelve hasta el amanecer. Cuando regresa, le quema una cosa debajo de la nariz para que la huela, y así despierta nuestro amo de su sueño.»

En el momento que oí, ¡oh señor! lo que decían las esclavas, se cambió en tinieblas la luz de mis ojos. Y deseaba ardientemente que viniera la noche para encontrarme de nuevo con la hija de mi tío. Por fin volvió del hammam. Y entonces se puso la mesa, y estuvimos comiendo durante una hora, dándonos mutuamente de beber, como de costumbre. Después pedí el vino que solía beber todas las noches antes de acostarme, y ella me acercó la copa. Pero yo me guardé muy bien de beber, y fingí que la llevaba á los labios, como de costumbre, pero lo derramé rápidamente por la abertura de mi túnica, y en la misma hora y en el mismo instante me eché en la cama, haciéndome el dormido. Y ella dijo entonces: «¡Duerme! ¡Y así no te despiertes nunca más! ¡Por Alah, te detesto! Y detesto hasta tu imagen, y mi alma está harta de tu trato.» Después se levantó, se puso su mejor vestido, se perfumó, se ciñó una espada, y abriendo la puerta del palacio se marchó. En seguida me levanté yo también, y la fuí siguiendo hasta que hubo salido del palacio. Y atravesó todos los zocos, y llegó por fin hasta las puertas de la ciudad, que estaban cerradas. Entonces habló á las puertas en un lenguaje que no entendí, y los cerrojos cayeron y las puertas se abrieron, y ella salió. Y yo eché á andar detrás de ella, sin que lo notase, hasta que llegó á unas colinas formadas por los amontonamientos de escombros, y á una torre coronada por una cúpula y construída de ladrillos. Ella entró por la puerta, y yo me subí á lo alto de la cúpula, donde había una terraza, y desde allí me puse á vigilarla. Y he aquí que ella entró en la habitación de un negro muy negro. Este negro era horrible, tenía el labio superior como la tapadera de una marmita, y el inferior como la marmita misma, ambos tan colgantes, que podían escoger los guijarros entre la arena. Estaba podrido de enfermedades y tendido sobre un montón de cañas de azúcar. Al verle, la hija de mi tío besó la tierra entre sus manos, y él levantó la cabeza hacia ella, y le dijo; «¡Desdichas sobre ti! ¿Cómo has tardado tanto? He convidado á los negros, que se han bebido el vino y se han entrelazado ya con sus queridas. Y yo no he querido beber por causa tuya.» Ella contestó: «¡Oh dueño mío, querido de mi corazón! ¿no sabes que estoy casada con el hijo de mi tío, que detesto hasta su imagen y que me horroriza estar con él? Si no fuese por el temor de hacerte daño, hace tiempo que habría derruído toda la ciudad, en la que sólo se oiría la voz de la corneja y el mochuelo, y además habría transportado las ruinas al otro lado del Cáucaso.» Y contestó el negro: «¡Mientes, infame! Juro por el honor y pollas cualidades viriles de los negros, y por nuestra infinita superioridad sobre los blancos, que como vuelvas á retrasarte otra vez, á partir de este día, repudiaré tu trato y no pondré mi cuerpo encima del tuyo, ¡Oh pérfida traidora! De seguro que te has retrasado para saciar en otra parte tus deseos de hembra. ¡Qué basura! ¡Eres la más despreciable de las mujeres blancas!» Después la cogió debajo de él. Y llegó entre ellos aquello que llegó.»

Así narraba el príncipe dirigiéndose al rey. Y prosiguió de este modo:

«Cuando oí toda aquella conversación y vi con mis propios ojos eso que siguió entre ambos, el mundo se convirtió en tinieblas para mí y no supe ni dónde estaba. En seguida la hija de mi tío rompió á llorar y á lamentarse humildemente entre las manos del negro, y le decía: «¡Oh amante mío, orgullo de mi corazón! ¡No tengo á nadie mas que á ti! ¡Si me despidieses me moriría! ¡Oh amor mío! ¡Luz de mis ojos!» Y no cesó en su llanto ni en sus súplicas hasta que la hubo perdonado. Entonces, llena de alegría, se levantó, se quitó todos los vestidos, incluso el calzón, y se quedó completamente desnuda. Y dijo después: «Amo mío, ¿tienes con qué alimentar á tu esclava?» Y contestó el negro: «Levanta la tapadera de la cacerola, allí encontrarás un guisado de huesos de ratones, que ha de satisfacerte. En ese jarro que ves ahí hay buza [10] y la puedes beber.» Y ella comió y bebió, y fué á lavarse las manos. Después se acostó sobre el montón de cañas, y completamente desnuda se acurrucó contra el negro, cubriéndose con unos harapos infectos.

Al ver todas estas cosas que hacía la hija de mi tío, no pude contenerme más, y bajando de la cúpula y precipitándome en la habitación, cogí la espada que llevaba la hija de mi tío, resuelto á matar á ambos. Y comencé por herir primeramente al negro, dándole un tajo en el cuello, y creí que había perecido... »

En este momento de su narración, Schahrazada vió aproximarse la mañana, y se calló discretamente. Y cuando lució la mañana, Schahriar entró en la sala de justicia, y el diván estuvo lleno hasta el fin del día. Después el rey volvió á palacio, y Doniazada dijo á su hermana: «Te ruego que prosigas tu relato.» Y ella respondió: «De todo corazón, y como homenaje debido.»


PERO CUANDO LLEGÓ
LA 8.ª NOCHE

Schahrazada dijo:


He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que el joven encantado dijo al rey:

«Al herir al negro para cortarle la cabeza, corté efectivamente su piel y su carne, y creí que lo había matado, porque lanzó un estertor horrible. Y á partir de este momento, nada sé sobre lo que ocurrió. Pero al día siguiente vi que la hija de mi tío se había cortado el pelo y se había vestido de luto. Después me dijo: «¡Oh hijo de mi tío! No censures lo que hago, porque acabo de saber que se ha muerto mi madre, que á mi padre lo han matado en la guerra santa, que uno de mis hermanos ha fallecido de picadura de escorpión y que el otro ha quedado enterrado bajo las ruinas de un edificio; de modo que tengo motivos para llorar y afligirme.» Fingiendo que la creía, le dije: «Haz lo que creas más conveniente, pues no he de prohibírtelo.» Y permaneció encerrada con su luto, sus lágrimas y sus accesos de dolor durante todo un año, desde su comienzo hasta el otro comienzo. Y transcurrido el año, me dijo: «Deseo construir para mí una tumba en este palacio; allí podré aislarme con mi soledad y mis lágrimas, y la llamaré la Casa de los Duelos.» Yo le dije: «Haz lo que tengas por conveniente.» Y se mandó construir esta Casa de los Duelos, coronada por una cúpula, y conteniendo un subterráneo como una tumba. Después transportó allí al negro, que no había muerto, pues sólo había quedado muy enfermo y muy débil, aunque en realidad ya no le podía servir de nada á la hija de mi tío. Pero esto no le impedía estar bebiendo á todas horas vino y buza. Y desde el día en que le herí no podía hablar y seguía viviendo, pues no le había llegado todavía su hora. Ella iba á verle todos los días, entrando en la cúpula, y sentía á su lado accesos de llanto y de locura, y le daba bebidas y condimentos. Así hizo, por la mañana y por la noche, durante todo otro año. Yo tuve paciencia durante este tiempo; pero un día, entrando de improviso en su habitación, la oí llorar y arañarse la cara, y decir amargamente estos versos:


¡Partiste, ¡oh muy amado mío! y he abandonado á los hombres y vivo en la soledad, porque mi corazón no puede amar nada desde que partiste, ¡oh muy amado mío!

¡Si vuelves á pasar cerca de tu muy amada, recoge por favor sus despojos mortales, en recuerdo de su vida terrena, y dales el reposo de la tumba donde tú quieras, pero cerca de ti, si vuelves á pasar cerca de tu muy amada!

¡Que tu voz se acuerde de mi nombre de otro tiempo para hablarme en la tumba! ¡Oh, pero en mi tumba sólo oirás el triste sonido de mis huesos al chocar unos con otros!


Cuando hubo terminado su lamentación; desenvainé la espada, y le dije: «¡Oh traidora! sólo hablan así las infames que reniegan de sus amores y pisotean el cariño.» Y levantando el brazo, me disponía á herirla, cuando ella, descubriendo entonces que había sido yo quien hirió al negro, se puso de pie, pronunció unas palabras misteriosas, y dijo: «Por la virtud de mi magia, que Alah te convierta mitad piedra y mitad hombre.» É inmediatamente, señor, quedó como me ves. Y ya no puedo valerme ni hacer un movimiento, de suerte que no estoy ni muerto ni vivo. Después de ponerme en tal estado, encantó las cuatro islas de mi reino, convirtiéndolas en montañas, con ese lago en medio de ellas, y á mis súbditos los transformó en peces. Pero hay más. Todos los días me tortura azotándome con una correa, dándome cien latigazos, hasta que me hace sangrar, Y después me pone sobre las carnes una camisa de crin, cubriéndola con la ropa.»


El joven se echó entonces á llorar y recitó estos versos:


¡Aguardando tu sentencia y tu justicia, ¡oh mi Señor! sufro pacientemente, pues tal es tu voluntad!

¡Pero me ahogan mis desgracias! ¡Y sólo puedo recurrir á ti, ¡oh Señor! ¡oh Alah, adorado por nuestro bendito Profeta!


El rey dijo entonces al joven: «Has añadido una pena á mis penas; pero dime: ¿dónde está esa mujer?» Y respondió el mancebo: «En la tumba, donde está el negro, debajo de la cúpula. Todos los días viene á esta habitación, me desnuda, y me da cien latigazos, y yo lloro y grito, sin poder hacer un movimiento para defenderme. Después de martirizarme, se va junto al negro, llevándole vinos y licores hervidos.» Entonces exclamó el rey: «¡Oh excelente joven! ¡Por Alah! voy á hacerte un favor tan memorable, que después de mi muerte pasará al dominio de la Historia, » Y ya no añadió más, y siguió la conversación hasta que se acercó la noche. Después se levantó el rey y aguardó que llegase la hora nocturna de las brujas. Entonces se desnudó, volvió á ceñirse la espada, y se fué hacia el sitio donde se encontraba el negro. Había allí velas y farolillos colgados, y también perfumes, incienso y distintas pomadas. Se fue derechamente al negro, le hirió, le atravesó, y le hizo vomitar el alma. En seguida se lo echó á hombros, y lo arrojó al fondo de un pozo que había en el jardín. Después volvió á la cúpula, se vistió con las ropas del negro, y se paseó durante un instante á todo lo largo del subterráneo, tremolando en su mano la espada completamente desnuda.

Transcurrida una hora, la desvergonzada bruja llegó á la habitación del joven. Apenas hubo entrado, desnudó al hijo de su tío, cogió el látigo y empezó á pegarle. Entonces él gritaba: «¡No me hagas sufrir más! ¡Bastante terrible es mi desgracia! ¡Ten piedad de mí!» Ella respondió: «¿La tuviste de mí? ¿Respetaste á mi amante? Así, pues, ¡toma, toma!» Después le puso la túnica de crin, colocándole la otra ropa por encima, é inmediatamente marchó al aposento del negro, llevándole la copa de vino y la taza de plantas hervidas. Y al entrar debajo de la cúpula, se puso á llorar é imploró: «¡Oh dueño mío, hablame, hazme oir tu voz!» Y recitó dolorosamente estos versos:


¡Oh corazón mío! ¿ha de durar mucho esta separación tan angustiosa? ¡El amor con que me traspasaste es un tormento que supera mis fuerzas! ¿Hasta cuándo seguirás huyendo de mí? ¡Si sólo querías mi dolor y mi amargura, ya serás feliz? pues bien se han cumplido tus deseos!


Después rompió en sollozos y volvió á implorar: «¡Oh dueño mío! Háblame, que yo te oiga.» Entonces el supuesto negro torció la lengua y empezó á imitar el habla de los negros: «¡No hay fuerza ni poder sin la ayuda de Alah!» La bruja; al oir hablar al negro después de tanto tiempo, dió un grito de júbilo y cayó desvanecida, pero pronto volvió en sí, y dijo: «¿Es que mi dueño está curado?» Entonces el rey, fingiendo la voz y haciéndola muy débil, dijo: «¡Oh miserable libertina! No mereces que te hable.» Y ella dijo: «Pero ¿por que?» Y él contestó: «Porque siempre estás castigando á tu marido, y él da voces, y esto me quita el sueño toda la noche hasta la mañana. De otro modo, ya habría yo recobrado las fuerzas. Eso precisamente me impide contestarte,» Y ella dijo: «Pues ya que tú me lo mandas, lo libraré del estado en que se encuentra.» Y él contestó: «Sí, líbralo, y recobraremos la tranquilidad.» Y dijo la bruja: «Escucho y obedezco.» Después salió de la cúpula, marchó al palacio, cogió una taza de cobre llena de agua, pronunció unas palabras mágicas, y el agua empezó á hervir como hierve en la marmita. Entonces echó un poco de esta agua al joven, y dijo: «¡Por la fuerza de mi conjuro, te mando que salgas de esa forma y recuperes la primitiva!» Y el joven se sacudió todo él, se puso de pie, y exclamó muy dichoso al verse libre: «¡No hay más Dios que Alah, y Mohamed es el profeta de Alah! ¡Sean con Él la bendición y la paz de Alah! Y ella dijo: «¡Vete, y no vuelvas por aquí, porque te mataré!» Y se lo gritó en la cara. Entonces el joven se fué de entre sus manos. Y he aquí todo lo referente á él.

En cuanto á la bruja, volvió en seguida á la cúpula, descendió al subterráneo, y dijo: «¡Oh dueño mío! levántate, que te vea yo.» Y el rey contestó muy débilmente: «Aún no has hecho nada. Queda otra cosa para que recobre la tranquilidad. No has suprimido la causa principal de mis males.» Y ella dijo: «¡Oh amado mío! ¿cuál es esa causa principal?» Y el rey contestó: «Esos peces del lago, los habitantes de la antigua ciudad y de las cuatro islas, no dejan de sacar la cabeza del agua, á medianoche, para lanzar imprecaciones contra ti y contra mí. Y ese es el motivo de que no recobre yo las fuerzas. Libértalos, pues. Entonces podrás venir á darme la mano y ayudarme á levantar, porque seguramente habré vuelto á la salud.»

Cuando la bruja oyó estas palabras, que creía del negro, exclamó muy alegre: «¡Oh dueño mío! pongo tu voluntad sobre mi cabeza y sobre mis ojos.» E invocando el nombre de Bismillah, se levantó muy dichosa, echó á correr, llegó al lago, cogió un poco de agua, y...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ
LA 9.ª NOCHE

Ella dijo:


He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que cuando la bruja cogió un poco de agua y pronunció unas palabras misteriosas, los peces empegaron á agitarse, irguiendo la cabeza, y acabaron por convertirse en hijos de Adán, y en la hora y en el instante se desató la magia que sujetaba á los habitantes de la ciudad. Y la ciudad se convirtió en una población floreciente, con magníficos zocos bien construidos, y cada habitante se puso á ejercer su oficio. Y las montañas volvieron á ser islas como en otro tiempo. Y hete aquí todo lo que hubo respecto á esto. Por lo que se refiere á la bruja, ésta volvió junto al rey, y como le seguía tomando por el negro, le dijo: «¡Oh querido mío! Dame tu mano generosa para besarla.» Y el rey le respondió en voz baja: «Acércate más á mí.» Y ella se aproximó. Y el rey cogió de pronto su buena espada, y le atravesó el pecho con tal fuerza, que la punta le salió por la espalda. Después, dando un tajo, la partió en dos mitades.

Hecho esto, salió en busca del joven encantado, que le esperaba de pie. Entonces le felicitó por su desencantamiento, y el joven le besó la mano y le dió efusivamente las gracias. Y le dijo el rey: «¿Quieres marchar á tu ciudad, ó acompañarme á la mía? Y el joven contestó: «¡Oh rey de los tiempos! ¿sabes cuánta distancia hay de aquí á tu ciudad?» Y dijo el rey: «Dos días y medio.» Entonces le dijo el joven: «¡Oh rey! si estás durmiendo, despierta. Para ir á tu capital emplearás, con la voluntad de Alah, todo un año. Si llegaste aquí en dos días y medio, fué porque esta población estaba encantada. Y cuenta, ¡oh rey! que no he de apartarme de ti ni siquiera el instante que dura un parpadeo.» El rey se alegró al oirlo, y dijo: «¡Bendigamos á Alah, que ha dispuesto te encontrase en mi camino! Desde hoy serás mi hijo, ya que Alah no me los ha querido dar hasta ahora.» Y se echaron uno en brazos del otro, y se alegraron hasta el límite de la alegría.

Dirigiéronse entonces al palacio del rey que había estado encantado. Y el joven anunció á los notables de su reino que iba á partir para la santa peregrinación á la Meca. Y hechos los preparativos necesarios, partieron él y el rey, cuyo corazón anhelaba el regreso á su país, del que estaba ausente hacía un año. Marcharon, pues, llevando cincuenta mamalik [11] cargados de regalos. Y no dejaron de viajar dia y noche durante un año entero, hasta que avistaron la ciudad. El visir salió con los soldados al encuentro del rey, muy satisfecho de su regreso, pues había llegado á temer no verle más. Y los soldados se acercaron, y besaron la tierra entre sus manos, y le desearon la bienvenida, Y entró en el palacio y se sentó en su trono. Después llamó al visir y le puso al corriente de cuanto le había ocurrido. Cuando el visir supo la historia del joven, le dio la enhorabuena por su desencantamiento y su salvación.

Mientras tanto, el rey gratificó á muchas personas, y después dijo al visir: «Que venga aquel pescador que en otro tiempo me trajo los peces.» Y el visir mandó llamar al pescador que había sido causa del desencantamiento de los habitantes de la ciudad. Y cuando se presentó le ordenó el rey que se acercase, y le regaló trajes de honor, preguntándole acerca de su manera de vivir y si tenía hijos. Y el pescador dijo que tenía un hijo y dos hijas. Entonces el rey se casó con una de sus hijas, y el joven se casó con la otra. Después el rey conservó al pescador á su lado y le nombró tesorero general. En seguida envió á su visir á la ciudad del joven, situada en las Islas Negras, y le nombró sultán de aquellas islas, escoltándole los cincuenta mamalik con numerosos trajes de honor para todos aquellos emires. El visir, al despedirse, besó ambas manos del sultán y salió para su destino. Y el rey y el joven siguieron juntos, muy felices con sus esposas, las dos hijas del pescador, gozando una vida de venturosa tranquilidad y cordial esparcimiento. En cuanto al pescador, nombrado tesorero general, se enriqueció mucho y llegó á ser el hombre más rico de su tiempo. Y todos los días veía á sus hijas, que eran esposas de reyes. ¡Y en tal estado, después de numerosos años completos, fué á visitarles la Separadora de los amigos, la Inevitable, la Silenciosa, la Inexorable! ¡Y ellos murieron!


Pero no creáis que esta historia—prosiguió Schahrazada—sea más maravillosa que la del mandadero.





  1. Salomón, hijo de David. Los árabes le consideran señor de los efrits benéficos y maléficos.
  2. En árabe, suk, ó sea mercado.
  3. Los romanos de Bizancio, y por extensión, todos los cristianos, especialmente los griegos.
  4. «Besar la tierra entre las manos del rey» equivale á decir «se inclinó hasta el suelo y lo besó delante del rey».
  5. Plaza consagrada á los juegos.
  6. Intendente.
  7. Lugartenientes ó representantes del rey.
  8. Es decir, para las grandes ocasiones.
  9. Bang ó banj significa generalmente entre los árabes antiguos el extracto de beleño y cualquier otro narcótico con base de cannabis (cáñamo indio).
  10. Bebida fermentada, apreciadísima por los negros.
  11. Plural de mameluk, esclavo.


HISTORIA DEL MANDADERO
 Y LAS TRES DONCELLAS


Había en la ciudad de Bagdad un hombre que era soltero y además mozo de cordel.

Un día entre los días, mientras estaba en el zoco, indolentemente apoyado en su espuerta, se paró delante de él una mujer con un ancho manto de tela de Mosul, en seda sembrada de lentejuelas de oro y forro de brocado. Levantó un poco el velillo de la cara y aparecieron por debajo dos ojos negros, con largas pestañas, y ¡qué párpados! Era esbelta, sus manos y sus pies muy pequeños, y reunía, en fin, un conjunto de perfectas cualidades. Y dijo con su voz llena de dulzura: «¡Oh mandadero! coge la espuerta y sígueme.» Y el mandadero, sorprendidísimo, no supo si había oído bien, pero cogió la espuerta y siguió á la joven, hasta que se detuvo á la puerta de una casa. Llamó y salió un nusraní[1], que por un dinar le dió una medida de aceitunas, y ella las puso en la espuerta, diciendo al mozo: «Lleva eso y sígueme.» Y el mandadero exclamó: «¡Por Alah! ¡Bendito día!» Y cogió otra vez la espuerta y siguió á la joven. Y he aquí que se paró ésta en la frutería y compró manzanas de Siria, membrillos osmaní, melocotones de Omán, jazmines de Alepo, nenúfares de Damasco, cohombros del Nilo, limones de Egipto, cidras sultaní, bayas de mirto, flores de alheña, anémonas rojas de color de sangre, violetas, flores de granado y narcisos. Y lo metió todo en la espuerta del mandadero, y le dijo: «Llévalo.» Y él lo llevó y la siguió, hasta que llegaron á la carnicería, donde dijo la joven: «Corta diez artal de carne»[2]. Y el carnicero corto los diez artal, y ella los envolvió en hojas de banano, los metió en la espuerta, y dijo: «Llévalo, ¡oh mandadero!» Y él lo llevó así y la siguió, hasta encontrar un vendedor de almendras, al cual compró la joven toda clase de almendras, diciendo al mozo: «Llévalo y sígueme.» Y cargó otra vez con la espuerta y la siguió, hasta llegar á la tienda de un confitero, y allí compró ella una bandeja y la cubrió de cuanto había en la confitería: enrejados de azúcar con manteca, pastas aterciopeladas perfumadas con almizcle y delicio- samente rellenas, bizcochos llamados sabun, pastelillos, tortas de limón, confituras sabrosas, dulces llamados muchabac, bocadillos huecos llamados lucmet-el-kadí, otros cuyo nombre es assabihzeinab, hechos con manteca, miel y leche. Después colocó todas aquellas golosinas en la bandeja, y la bandeja encima de la espuerta. Entonces el mandadero dijo: «Si me hubieras avisado, habría alquilado una mula para cargar tanta cosa.» Y la joven sonrió al oirlo. Después se detuvo en casa de un destilador y compró diez clases de aguas: de rosas, de azahar y otras muchas, y varias bebidas embriagadoras, como asimismo un hisopo para aspersiones de agua de rosas almizclada, granos de incienso macho, palo de áloe, ámbar gris y almizcle, y finalmente velas de cera de Alejandría. Todo lo metió en la espuerta, y dijo al mozo: «Lleva la espuerta y sígueme.» Y el mozo la siguió, llevando siempre la espuerta, hasta que la joven llegó á un palacio, todo de mármol, con un gran patio que daba al jardín de la parte de atrás. Todo era muy lujoso, y el pórtico tenía dos hojas de ébano adornadas con chapas de oro rojo.

La joven llamó, y las dos hojas de la puerta se abrieron. El mandadero vió entonces que había abierto la puerta otra joven, cuyo talle, elegante y gracioso, era un verdadero modelo, especialmente por sus pechos redondos y salientes, su gentil apostura, su belleza, y todas las perfecciones de su talle y de todo lo demás. Su frente era blanca como la primera luz de la luna nueva, sus ojos como los ojos de las gacelas, sus cejas como la luna creciente del Ramadán, sus mejillas como anémonas, su boca como el sello de Soleimán, su rostro como la luna llena al salir, sus dos pechos como granadas gemelas. En cuanto á su vientre juvenil, elástico y flexible, se ocultaba bajo la ropa como una carta preciada bajo el rollo que la envuelve.

Por eso, á su vista, notó el mozo que se le iba el juicio y que la espuerta se le venía al suelo. Y dijo para sí: «¡Por Alah! ¡En mi vida he tenido un día tan bendito como el de hoy!»

Entonces esta joven tan admirable dijo á su hermana la proveedora y al mandadero: «¡Entrad, y que la acogida aquí sea para vosotros tan amplia como agradable!»

Y entraron, y acabaron por llegar á una sala espaciosa que daba al patio, adornada con brocados de seda y oro, llena de lujosos muebles con incrustaciones de oro, jarrones, asientos esculpidos, cortinas y unos roperos cuidadosamente cerrados. En medio de la sala había un lecho de mármol incrustado con perlas y esplendorosa pedrería, cubierto con un dosel de raso rojo. Sobre él estaba extendido un mosquitero de fina gasa, también roja, y en el lecho había una joven de maravillosa hermosura, con ojos babilónicos, un talle esbelto como la letra aleph, y un rostro tan bello, que podía envidiarlo el sol luminoso. Era una estrella brillante, una noble hermosura de Arabia, como dijo el poeta:

¡El que mida tu talle, ¡oh joven! y lo compare por su esbeltez con la delicadeza de una rama flexible, juzga con error á pesar de su talento! ¡Porque tu talle no tiene igual, ni tu cuerpo un hermano!

¡Porque la rama sólo es linda en el árbol y estando desnuda! ¡Mientras que tú eres hermosa de todos modos, y las ropas que te cubren son únicamente una delicia más!


Entonces la joven se levantó, y llegando junto á sus hermanas, les dijo: «¿Por qué permanecéis quietas? Quitad la carga de la cabeza de ese hombre.» Entonces entre las tres le aliviaron del peso. Vaciaron la espuerta, pusieron cada cosa en su sitio, y entregando dos dinares al mandadero, le dijeron: «¡Oh mandadero! vuelve la cara y vete inmediatamente.» Pero el mozo miraba á las jóvenes, encantado de tanta belleza y tanta perfección, y pensaba que en su vida había visto nada semejante. Sin embargo, chocábale que no hubiese ningún hombre en la casa. En seguida se fijó en lo que allí había de bebidas, frutas, flores olorosas y otras cosas buenas, y admirado hasta el límite de la admiración, no tenía maldita la gana de marcharse.

Entonces la mayor de las jóvenes le dijo: «¿Por qué no te vas? ¿Es que te parece poco el salario?» Y se volvió hacia su hermana, la que había hecho las compras, y le dijo: «Dale otro dinar.» Pero el mandadero replicó: «¡Por Alah, señoras mías! Mi salario suele ser la centésima parte de un dinar, por lo cual no me ha parecido escasa la paga. Pero mi corazón está pendiente de vosotras. Y me pregunto cuál puede ser vuestra vida, ya que vivís en esta soledad y no hay hombre que os haga compañía. ¿No sabéis que un minarete sólo vale algo con la condición de ser uno de los cuatro de la mezquita? Pero ¡oh señoras mías! no sois más que tres, y os falta el cuarto. Ya sabéis que la dicha de las mujeres nunca es perfecta si no se unen con los hombres. Y, como dice el poeta, un acorde no será jamás armonioso como no se reunan cuatro instrumentos: el arpa, el laúd, la cítara y la flauta. Vosotras, ¡oh señoras mías! sólo sois tres, y os falta el cuarto instrumento: la flauta. ¡Yo seré la flauta, y me conduciré como hombre prudente, lleno de sagacidad é inteligencia, artista hábil que sabe guardar un secreto!»

Y las jóvenes le dijeron: «¡Oh mandadero! ¿no sabes tú que somos vírgenes? Por eso tenemos miedo de fiarnos de algo. Porque hemos leído lo que dicen los poetas: «Desconfía de toda confidencia, pues un secreto revelado es secreto perdido.»

Pero el mandadero exclamó: «¡Juro por vuestra vida, ¡oh señoras mías! que yo soy un hombre prudente, seguro y leal! He leído libros y he estudiado crónicas. Sólo cuento cosas agradables, callándome cuidadosamente las cosas tristes. Obro en toda ocasión según dice el poeta:


¡Sólo el hombre bien dotado sabe callar el secreto! ¡Sólo los mejores entre los hombres saben cumplir sus promesas!

¡Yo encierro los secretos en una casa de sólidos candados, donde la llave se ha perdido y la puerta está sellada!»


Y escuchando los versos del mandadero, muchas otras estrofas que recitó y sus improvisaciones rimadas, las tres jóvenes se tranquilizaron; pero para no ceder en seguida, le dijeron: «Sabe, ¡oh mandadero! que en este palacio hemos gastado el dinero en enormes cantidades. ¿Llevas tú encima con qué indemnizarnos? Sólo te podremos invitar con la condición de que gastes mucho oro. ¿Acaso no es tu deseo permanecer con nosotras, acompañarnos á beber, y singularmente hacernos velar toda la noche, hasta que la aurora bañe nuestros rostros?» Y la mayor de las doncellas añadió: «Amor sin dinero no puede servir de buen contrapeso en el platillo de la balanza.» Y la que había abierto la puerta dijo: «Si no tienes nada, vete sin nada.» Pero en aquel momento intervino la proveedora, y dijo: «¡Oh hermanas mías! Dejemos eso, ¡por Alah! pues este muchacho en nada ha de amenguarnos el día. Además, cualquier otro hombre no habría tenido con nosotras tanto comedimiento. Y cuando le toque pagar á él, yo lo abonaré en su lugar.»

Entonces el mandadero se regocijó en extremo, y dijo á la que le había defendido: «¡Por Alah! A ti te debo la primer ganancia del día.» Y dijeron las tres: «Quédate, ¡oh buen mandadero! y te tendremos sobre nuestra cabeza y nuestros ojos.» Y en seguida la proveedora se levantó y se ajustó el cinturón. Luego dispuso los frascos, clarificó el vino por decantación, preparó el lugar en que habían de reunirse cerca del estanque, y llevó allí cuanto podían necesitar. Después ofreció el vino y todo el mundo se sentó, y el mandadero en medio de ellas, en el vértigo, pues se figuraba estar soñando.

Y he aquí que la proveedora ofreció la vasija del vino y llenaron la copa y la bebieron, y así por segunda y por tercera vez. Después la proveedora la llenó de nuevo y la presentó á sus hermanas, y luego al mandadero. Y el mandadero, extasiado, improvisó esta composición rimada:


¡Bebe este vino! ¡Él es la causa de toda nuestra alegría! ¡Él da al que lo bebe fuerzas y salud! ¡Él es el único remedio que cura todos los males!

¡Nadie bebe el vino, origen de toda alegría, sin sentir las emociones más gratas! ¡La embriaguez es lo único que puede saturarnos de voluptuosidad!


Después besó las manos á las tres doncellas, y vació la copa. En seguida, aproximándose á la mayor, le dijo: «¡Oh señora mía! ¡Soy tu esclavo, tu cosa y tu propiedad!» Y recitó estas estrofas en honor suyo:


¡A tu puerta espera de pie un esclavo de tus ojos, acaso el más humilde de tus esclavos!

¡Pero conoce á su dueña! ¡El sabe cuánta es su generosidad y sus beneficios! ¡Y sobre todo, sabe cómo se lo ha de agradecer!


Entonces ella le dijo, ofreciéndole la copa: «Bebe, ¡oh amigo mío! y que la bebida te aproveche y la digieras bien. Que ella te dé fuerzas para el camino de la verdadera salud.»

Y el mandadero cogió la copa, besó la mano á la joven, y una voz dulce y modulada cantó quedamente estos versos:


¡Yo ofrezco á mi amiga[3] un vino resplandeciente como sus mejillas, mejillas tan luminosas, que sólo la claridad de una llama podría compararse con su espléndida vida!

Ella se digna aceptarlo, pero me dice, muy risueña: «¿Cómo quieres que beba mis propias mejillas?» Y yo le digo: «¡Bebe, oh llama de mi corazón! ¡Este licor son mis lágrimas, su color rojo mi sangre, y su mezcla en la copa es toda mi alma!»


Entonces la joven cogió la copa de manos del mandadero, se la llevó á los labios y después fué á sentarse junto á sus hermanas. Y todos empezaron á cantar, á danzar y á jugar con las flores exquisitas. Y mientras tanto, el mozo las abrazaba y las besaba. Y una le dirigía chanzas, otra lo atraía hacia ella, y la otra le golpeaba con las flores. Y siguieron bebiendo, hasta que el vino se les subió á la cabeza. Cuando el vino reinó por completo, la joven que había abierto la puerta se levantó, se quitó toda la ropa y se quedó desnuda. Y de un salto echó su alma en el estanque[4], se puso á jugar con el agua, se llenó de ella la boca y roció ruidosamente al mandadero. Esto no le estorbaba para que el agua corriese por todos sus miembros y por entre sus muslos juveniles. Después salió del estanque, se echó sobre el pecho del mandadero, y tendiéndose luego boca arriba, dijo señalando á la cosa situada entre sus muslos:

«¡Oh mi querido! ¿Sabes cómo se llama esto?» Y contestó el mozo: «¡Ah!... ¡ah!... Ordinariamente, suele llamarse la casa de la misericordia.» Pero ella exclamó: «¡Yu! ¡yu! ¿No te da vergüenza tu ignorancia?» Y le cogió del pescuezo y empezó á darle golpes. Entonces dijo él: «¡Basta! ¡basta! Se llama la vulva.» Y repitió ella: «Tampoco es así.» Y el mandadero dijo: «Pues tu pedazo de atrás.» Y ella repitió: «Otra cosa.» Y dijo él: «Es tu zángano.» Pero ella, al oirlo, golpeó al joven con tal fuerza, que le arañó la piel. Y entonces él dijo: «Pues dime cómo se llama.» Y ella contestó: «La albahaca de los puentes.» Y exclamó el mozo: «¡Ya era hora! ¡Alabado sea Alah! y él te guarde, ¡oh mi albahaca de los puentes!»

Después volvió á circular la copa y la subcopa. En seguida la segunda joven se desnudó y se metió en el estanque, é hizo lo mismo que su hermana. Salió después, se echó en el regazo del mozo, y señalando con el dedo hacia sus muslos y á la cosa situada entre los muslos, preguntó: «¿Cuál es el nombre de esto, luz de mis ojos?» Y él dijo: «Tu grieta.» Pero ella exclamó: «¡Qué palabras tan abominables dice este hombre!» Y le abofeteó con tal furia, que retembló toda la sala. Y después dijo él: «Entonces será la albahaca de los puentes.» Pero ella replicó: «¡No es eso, no es eso!» Y volvió á darle golpes. Entonces preguntó el mozo: «¿Pues cuál es su nombre?» Y contestó ella: «El sésamo descortezado.» Y él exclamó: «¡Para ti sean, ¡oh el más descortezado de entre los sésamos! las mejores bendiciones!»

Después se levantó la tercera joven, se desnudó y se metió en el estanque, donde hizo como sus hermanas, y luego se vistió, y fué á tenderse entre las piernas del mandadero, y le dijo, señalando hacia sus partes delicadas: «Adivina su nombre.» Entonces él le dijo: «Se llama esto, se llama lo otro.» Y enumerando con los dedos, decía: «El estornino mudo, el conejo sin orejas, el polluelo sin voz, el padre de la blancura, la fuente de las gracias.» Y por fin, en vista de sus protestas, acabó por preguntarle, para que no le pegara más: «¿Pues cuál es su nombre?» Y ella contestó: «El khan[5] de Aby-Mansur.»

Entonces el mandadero se levantó, se despojó de sus vestidos y se metió en el agua. ¡Y su espalda sobrenadaba majestuosa en la superficie! Se lavó todo el cuerpo, como se habían lavado las doncellas, y después salió del baño y fué á echarse en el regazo de la más joven, apoyó los pies en el regazo de la otra hermana, y señalando á su virilidad, preguntó á la mayor de todas: «¿Sabes ¡oh soberana mía! cuál es su nombre?» Al oir estas palabras, las tres se echaron á reir tan á gusto, que cayeron sobre sus posaderas, y exclamaron: «¡Tu zib!» Y él dijo: «No es eso, no es eso.» Y les dió á cada una un mordisco. Entonces dijeron: «¡Tu herramienta!» Y él contestó: «Tampoco es eso.» Y á cada una les dió un pellizco en un seno. Y ellas, asombradas, replicaron: «Sí que es tu herramienta, porque está ardiente; si que es tu zib, porque se mueve.» Y el mozo seguía negando con un movimiento de cabeza, y luego las besaba, las mordía, las pellizcaba y las abrazaba, y ellas reían á más no poder, hasta que acabaron por decirle: «¿Cómo se llama, pues?» Entonces él meditó un momento, se miró entre los muslos, guiñó los ojos, y señalando á su zib, dijo: «¡Oh señoras mías! vais á oir lo que acaba de decirme este niño: «Me llaman el macho poderoso y sin castrar, que pace la albahaca de los puentes, se deleita con raciones de sésamo descortezado y se alberga en la posada de Aby-Mansur.»

Y se rieron las tres tan descompasadamente al oirle, que de nuevo doblaron sobre sus partes traseras. Después siguieron bebiendo en la misma copa hasta que comenzó á anochecer. Las jóvenes dijeron entonces al mandadero: «Ahora vuelve la cara y vete, y así veremos la anchura de tus hombros.» Pero el mozo exclamó: «¡Por Alah, señoras mías! ¡Más fácil sería á mi alma salir del cuerpo, que á mí dejar esta casa! ¡Juntemos esta noche con el día, y mañana podrá cada uno ir en busca de su destino por el camino de Alah!» Entonces intervino nuevamente la joven proveedora: «Hermanas, por vuestra vida, invitémosle á pasar la noche con nosotras y nos reiremos mucho con él, porque es una mala persona sin pudor, y además muy gracioso.» Y dijeron entonces al mandadero: «Puedes pasar aquí la noche, con la condición de estar bajo nuestro dominio y no pedir ninguna explicación sobre lo que veas ni sobre cuanto ocurra.» Y él respondió: «Así sea, ¡oh señoras mías!» Y ellas añadieron: «Levántate y lee lo que está escrito encima de la puerta.» Y él se levantó, y encima de la puerta vió las siguientes palabras, escritas con letras de oro: No hables nunca de lo que no te importe, si no, oirás cosas que no te gusten.

Y el mandadero dijo: «¡Oh señoras mías, os pongo por testigo de que no he de hablar de lo que no me importe.»

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ
LA 10.ª NOCHE
Doniazada dijo: «¡Oh hermana mía, acaba la relación!» Y Schahrazada contestó: «Con mucho agrado, y como un deber de generosidad.» Y prosiguió:

He llegado á saber, ¡oh rey poderoso! que cuando el mandadero hizo su promesa á las jóvenes, se levantó la proveedora, colocó los manjares delante de los comensales, y todos comieron muy regaladamente. Después de esto encendieron las velas, quemaron maderas olorosas é incienso, y volvieron á beber y comer todas las golosinas compradas en el zoco, sobre todo el mandadero, que al mismo tiempo decía versos, cerrando los ojos mientras recitaba y moviendo la cabeza. Y de pronto se oyeron fuertes golpes en la puerta, lo que no les perturbó en sus placeres, pero al fin la menor de las jóvenes se levantó, fué á la puerta, y luego volvió y dijo: «Bien llena va á estar nuestra mesa esta noche, pues acabo de encontrar junto á la puerta á tres ahjam[6] con las barbas afeitadas y tuertos del ojo izquierdo. Es una coincidencia asombrosa. He visto inmediatamente que eran extranjeros, y deben venir del país de los Rum. Cada uno es diferente, pero los tres son tan ridículos de fisonomía, que hacen reir. Si los hiciésemos entrar nos divertiríamos con ellos.» Y sus hermanas aceptaron. «Diles que pueden entrar, pero entérales de que no deben hablar de lo que no les importe, si no quieren oir cosas desagradables.» Y la joven corrió á la puerta, muy alegre, y volvió trayendo á los tres tuertos. Llevaban las mejillas afeitadas, con unos bigotes retorcidos y tiesos, y todo indicaba que pertenecían á la cofradía de mendicantes llamados saalik[7].

Apenas entraron, desearon la paz á la concurrencia, y las jóvenes se quedaron de pie y los invitaron á sentarse. Una vez sentados, los saalik miraron al mandadero, y suponiendo que pertenecía á su cofradía, dijeron: «Es un saaluk como nosotros, y podrá hacernos amistosa compañía.» Pero el mozo, que los había oído, se levantó de súbito, los miró airadamente y exclamó: «Dejadme en paz, que para nada necesito vuestro afecto. Y empezad por cumplir lo que veréis escrito encima de esa puerta.» Las doncellas estallaron de risa al oir estas palabras, y se decían: «Vamos á divertirnos con este mozo y los saalik.» Después ofrecieron manjares á los saalik, que los comieron muy gustosamente. Y la más joven les ofreció de beber, y los saalik bebieron uno tras otro. Y cuando la copa estuvo en circulación, dijo el mandadero: «Hermanos nuestros, ¿lleváis en el saco alguna historia ó alguna maravillosa aventura con que divertirnos?» Estas palabras los estimularon, y pidieron que les trajesen instrumentos. Y entonces la más joven les trajo inmediatamente un pandero de Mosul adornado con cascabeles, un laúd de Irak y una flauta de Persia. Y los tres saalik se pusieron de pie, y uno cogió el pandero, otro el laúd y el tercero la flauta. Y los tres empezaron á tocar, y las doncellas los acompañaban con sus cantos. Y el mandadero se moría de gusto, admirando la hermosa voz de aquellas mujeres.

En este momento volvieron á llamar á la puerta. Y como de costumbre, acudió á abrir la más joven de las tres doncellas.

Y he aquí el motivo de que hubiesen llamado:

Aquella noche, el califa Harún Al-Rachid había salido á recorrer la ciudad, para ver y escuchar por sí mismo cuanto ocurriese. Le acompañaba su visir Giafar-Al-Barmaki[8] y el portaalfanje Masrur, ejecutor de sus justicias. El califa, en estos casos, acostumbraba á disfrazarse de mercader.

Y paseando por las calles había llegado frente á aquella casa y había oído los instrumentos y los ecos de la fiesta. Y el califa dijo al visir Giafar: «Quiero que entremos en esta casa, para saber qué son esas voces.» Y el visir Giafar replicó: «Acaso sea un atajo de borrachos, y convendría precavernos por si nos hiciesen alguna mala partida.» Pero el califa dijo: «Es mi voluntad entrar ahí. Quiero que busques la forma de entrar y sorprenderlos.» Al oir esta orden, el visir contestó: «Escucho y obedezco.» Y Giafar avanzó y llamó á la puerta. Y al momento fué á abrir la más joven de las tres hermanas.

Cuando la joven hubo abierto la puerta, el visir le dijo: «¡Oh señora mía! somos mercaderes de Tabaria[9]. Hace diez días llegamos á Bagdad con nuestros géneros, y habitamos en el khan de los mercaderes. Uno de los comerciantes del khan nos ha convidado á su casa y nos ha dado de comer. Después de la comida, que ha durado una hora, nos ha dejado en libertad de marcharnos. Hemos salido, pero ya era de noche, y como somos extranjeros, hemos perdido el camino del khan, y ahora nos dirigimos fervorosamente á vuestra generosidad para que nos permitáis entrar y pasar la noche aquí. Y ¡Alah os tendrá en cuenta esta buena obra!»

Entonces la joven los miró, le pareció que en efecto tenían maneras de mercaderes y un aspecto muy respetable, por lo cual fué á buscar á sus dos hermanas para pedirles parecer. Y ellas le dijeron: «Déjales entrar.» Entonces fué á abrirles la puerta, y le preguntaron: «¿Podemos entrar, con vuestro permiso?» Y ella contestó: «Entrad.» Y entraron el califa, el visir y el portaalfanje, y al verlos, las jóvenes se pusieron de pie y les dijeron: «¡Sed bien venidos, y que la acogida en esta casa os sea tan amplia como amistosa! Sentaos, ¡oh huéspedes nuestros! Sólo tenemos que imponeros una condición: No habléis de lo que no os importe, si no queréis oir cosas que no os gusten.» Y ellos respondieron: «Ciertamente que sí.» Y se sentaron, y fueron invitados á beber y á que circulase entre ellos la copa. Después el califa miró á los tres saalik, y se asombró mucho al ver que los tres estaban tuertos del ojo izquierdo. Y miró en seguida á las jóvenes, y al advertir su hermosura y su gracia, quedó aún más perplejo y sorprendido. Las doncellas siguieron conversando con los convidados, invitándoles á beber con ellas, y luego presentaron un vino exquisito al califa, pero éste lo rechazó, diciendo: «Soy un buen hadj»[10]. Entonces la más joven se levantó y colocó delante de él una mesita con incrustaciones finas, encima de la cual puso una taza de porcelana de China, y echó en ella agua de la fuente, que enfrió con un pedazo de hielo, y lo mezcló todo con azúcar y agua de rosas, y después se lo presentó al califa. Y él aceptó, y le dió las gracias, diciendo para sí: «Mañana tengo que recompensarla por su acción y por todo el bien que hace.»

Las doncellas siguieron cumpliendo sus deberes de hospitalidad y sirviendo de beber. Pero cuando el vino produjo sus efectos, la mayor de las tres hermanas se levantó, cogió de la mano á la proveedora y le dijo: «¡Oh hermana mía! levántate y cumplamos nuestro deber.» Y su hermana le contestó: «Me tienes á tus órdenes.» Entonces la más pequeña se levantó también, y dijo á los saalik que se apartaran del centro de la sala y que fuesen á colocarse junto á las puertas. Quitó cuanto había en medio del salón y lo limpió. Las otras dos hermanas llamaron al mandadero, y le dijeron: «¡Por Alah! ¡Cuán poco nos ayudas! Cuenta que no eres un extraño, sino de la casa.» Y entonces el mozo se levantó, se remangó la túnica, y apretándose el cinturón, dijo: «Mandad y obedeceré.» Y ellas contestaron: «Aguarda en tu sitio.» Y á los pocos momentos le dijo la proveedora: «Sígueme, que podrás ayudarme.»

Y la siguió fuera de la sala, y vió dos perras de la especie de las perras negras, que llevaban cadenas al cuello. El mandadero las cogió y las llevó al centro de la sala. Entonces la mayor de las hermanas se remangó el brazo, cogió un látigo, y dijo al mozo: «Trae aquí una de esas perras.» Y el mandadero, tirando de la cadena del animal, le obligó á acercarse, y la perra se echó á llorar y levantó la cabeza hacia la joven. Pero ésta, sin cuidarse, de ello, la tumbó á sus pies y empezó á darle latigazos en la cabeza, y la perra chillaba y lloraba, y la joven no la dejó de azotar hasta que se le cansó el brazo. Entonces tiró el látigo, cogió á la perra en brazos, la estrechó contra su pecho, le secó las lágrimas y la besó en la cabeza, que le tenía cogida entre sus manos. Después dijo al mandadero: «Llévatela y tráeme la otra.» Y el mandadero trajo la otra, y la joven la trató lo mismo que á la primera.

Entonces el califa sintió que su corazón se llenaba de lástima y que el pecho se le oprimía de tristeza, y guiñó el ojo al visir Giafar para que interrogase sobre aquello á la joven, pero el visir le respondió por señas que lo mejor era callarse.

En seguida la mayor de las doncellas se dirigió á sus hermanas y les dijo: «Hagamos lo que es nuestra costumbre.» Y las otras contestaron: «Obedecemos.» Y entonces se subió al lecho, chapeado de plata y oro, y dijo á las otras dos: «Veamos ahora lo que sabéis.» Y la más pequeña se subió al lecho, mientras que la otra se marchó á sus habitaciones y volvió trayendo una bolsa de raso con flecos de seda verde; se detuvo delante de las jóvenes, abrió la bolsa y extrajo de ella un laúd. Después se lo entregó á su hermana pequeña, que lo templó y se puso á tañerlo, cantando estas estrofas con una voz sollozante y conmovida:


¡Por piedad! ¡Devolved á mis párpados el sueño que de ellos ha huido! ¡Decidme dónde ha ido á parar mi razón!

¡Cuando permití que el amor penetrase en mi morada, se enojó conmigo el sueño y me abandonó!

Y me preguntaban: «¿Qué has hecho para verte así, tú que eres de los que recorren el camino recto y seguro? ¡Dinos quién te ha extraviado de ese modo!»

Y les dije: «¡No seré yo, sino ella, quien os responda! ¡Yo sólo puedo deciros que mi sangre, toda mi sangre, le pertenece! ¡Y siempre he de preferir verterla por ella á conservarla torpemente en mí!

¡He elegido una mujer para poner en ella mis pensamientos, mis pensamientos que reflejan su imagen! ¡Si expulsara esa imagen, se consumirían mis entrañas con un fuego devorador!

»¡Si la vierais, me disculparíais! ¡Porque el mismo Alah cinceló esa joya con el licor de la vida; y con lo que quedó de ese licor fabricó la granada y las perlas!»

Y me dicen: «¿Pero encuentras en el objeto amado otra cosa que lágrimas, penas y escasos placeres?

»¿No sabes que al mirarte en el agua límpida sólo verás tu sombra? ¡Bebes de un manantial cuya agua sacia antes de ser saboreada!»

Y yo contesto: «¿No creáis que bebiendo se ha apoderado de mí la embriaguez, sino mirando! ¡No fué preciso más; esto bastó para que el sueño huyera por siempre de mis ojos!

»¡Y no son las cosas pasadas las que me consumen, sino solamente el pasado de ella! ¡No son las cosas amadas de que me separé las que me han puesto en este estado, sino solamente la separación de ella!

»¿Podría volver mis miradas hacia otra, cuando toda mi alma está unida á su cuerpo perfumado, á sus aromas de ámbar y almizcle?»


Cuando acabó de cantar, su hermana le dijo: «¡Ojalá te consuele Alah, hermana mía!» Pero tal aflicción se apoderó de la joven portera, que se desgarró las vestiduras, y cayó desmayada en el suelo.

Pero al caer, como una parte de su cuerpo quedó descubierta, el califa vió en él huellas de latigazos y varazos, y se asombró hasta el límite del asombro. La proveedora roció la cara de su hermana con agua, y luego que recobró el sentido, le trajo un vestido nuevo y se lo puso.

Entonces el califa dijo á Giafar: «¿No te conmueven estas cosas? ¿No has visto señales de golpes en el cuerpo de esa mujer? Yo no puedo callarme, y no descansaré hasta descubrir la verdad de todo esto, y sobre todo, esa aventura de las dos perras.» Y el visir contestó: «¡Oh mi señor, corona de mi cabeza! recuerda la condición que nos impusieron: No hables de lo que no te importe, si no quieres oir cosas que no te gusten.»

Y mientras tanto, la proveedora se levantó, cogió el laúd, lo apoyó en su redondo seno, y se puso á cantar:


¿Qué responderíamos si vinieran á damos quejas de amor? ¿Qué haríamos si el amor nos dañara?

¡Si confiáramos á un intérprete que respondiese en nuestro nombre, este intérprete no sabría traducir todas las quejas de un corazón enamorado!

¡Y si sufrimos con paciencia y en silencio la ausen- cia del amado, pronto nos pondrá el dolor á las puertas de la muerte!

¡Oh dolor! ¡Para nosotros sólo hay penas y duelo: las lágrimas resbalan por las mejillas!

Y tú, querido ausente, que has huido de las miradas de mis ojos cortando los lazos que te unían á mis entrañas,

Di, ¿conservas algún recuerdo de nuestro amor pasado, una huella pequeña que dure á pesar del tiempo?

¿O has olvidado, con la ausencia, el amor que agotó mi espíritu y me puso en tal estado de aniquilamiento y postración?

¡Si mi sino es vivir desterrada, algún día pediré cuenta de estos sufrimientos á Alah, nuestro Señor!


Al oir este canto tan triste, la mayor de las doncellas se desgarró las vestiduras, y cayó desmayada. Y la proveedora se levantó y le puso un vestido nuevo, después de haber cuidado de rociarle la cara con agua para que volviese de su desmayo. Entonces, algo repuesta, se sentó la joven en el lecho, y dijo á su hermana: «Te ruego que cantes más, para que podamos pagar nuestras deudas. ¡Aunque sólo sea una vez!» Y la proveedora templó de nuevo el laúd y cantó las siguientes estrofas:


¿Hasta cuándo durarán esta separación y este abandono tan cruel? ¿No sabes que á mis ojos ya no les quedan lágrimas?

¡Me abandonas! ¿Pero no crees que rompes así la antigua amistad? ¡Oh! ¡si tu objeto era despertar mis celos, lo has logrado!

¡Si el maldito Destino siempre ayudase á los hombres amorosos, las pobres mujeres no tendrían tiempo para dirigir reconvenciones á los amantes infieles!

¿A quién me quejaré para desahogar un poco mis desdichas, las desdichas causadas por tu mano, asesino de mi corazón?... ¡Ay de mí! ¿Qué recurso le queda al que perdió la garantía de su crédito? ¿Cómo cobrar la deuda?

¡Y la tristeza de mi corazón dolorido crece con la locura de mi deseo hacia ti! ¡Te busco! ¡Tengo tus promesas! Pero tú ¿dónde estás?

¡Oh hermanos! ¡os lego la obligación de vengarme del infiel! ¡Que sufra padecimientos como los míos! ¡Que apenas vaya á cerrar los ojos para el sueño, se los abra en seguida el insomnio largamente!

¡Por tu amor he sufrido las peores humillaciones! ¡Deseo, pues, que otro en mi lugar goce las mayores satisfacciones á costa tuya!

¡Hasta hoy me ha tocado padecer por su amor! ¡Pero á él, que de mí se burla, le tocará sufrir mañana!


Al oir esto, cayó desmayada otra vez la más joven de las hermanas, y su cuerpo apareció señalado por el látigo.

Entonces dijeron los tres saalik: «Más nos habría valido no entrar en esta casa, aunque hubiéramos pasado la noche sobre un montón de escombros, porque este espectáculo nos apena de tal modo, que acabará por destruirnos la espina dorsal.» Entonces el califa, volviéndose hacia ellos, les dijo: «¿Y por qué es eso?» Y contestaron: «Porque nos ha emocionado mucho lo que acaba de ocurrir.» Y el califa les preguntó: «¿De modo, que no sois de la casa?» Y contestaron: «Nada de eso. El que parece serlo es ese que está á tu lado.» Entonces exclamó el mandadero: «¡Por Alah! Esta noche he entrado en esta casa por primera vez, y mejor habría sido dormir sobre un montón de piedras.»

Entonces dijeron: «Somos siete hombres, y ellas sólo son tres mujeres. Preguntemos la explicación de lo ocurrido, y si no quieren contestarnos de grado, que lo hagan á la fuerza.» Y todos se concertaron para obrar de ese modo, menos el visir, que les dijo: «¿Creéis que vuestro propósito es justo y honrado? Pensad que somos sus huéspedes, nos han impuesto condiciones y debemos cumplirlas. Además, he aquí que se acaba la noche, y pronto irá cada uno á buscar su suerte por el camino de Alah.» Después guiñó el ojo al califa, y llevándole aparte, le dijo: «Sólo nos queda que permanecer aquí una hora. Te prometo que mañana pondré entre tus manos á estas jóvenes, y entonces les podrás preguntar su historia.» Pero el califa rehusó y dijo: «No tengo paciencia para aguardar á mañana.» Y siguieron hablando todos, hasta que acabaron por preguntarse: «¿Cuál de nosotros les dirigirá la pregunta?» Y algunos opinaron que eso le correspondía al mandadero.

A todo esto, las jóvenes les preguntaron: «¿De qué habláis, buena gente?» Entonces el mandadero se levantó, se puso delante de la mayor de las tres hermanas, y le dijo: «¡Oh soberana mía! En nombre de Alah te pido y te conjuro, de parte de todos los convidados, que nos cuentes la historia de esas dos perras negras, y por qué las has castigado tanto, para llorar después y besarlas, Y dinos también, para que nos enteremos, la causa de esas huellas de latigazos que se ven en el cuerpo de tu hermana. Tal es nuestra petición. Y ahora, ¡que la paz sea contigo!»

Entonces la joven les preguntó á todos: «¿Es cierto lo que dice este mandadero en vuestro nombre?» Y todos, excepto el visir, contestaron: «Cierto es.» Y el visir no dijo ni una palabra.

Entonces la joven, al oir su respuesta, les dijo: «¡Por Alah, huéspedes míos! Acabáis de ofendernos de la peor manera. Ya se os advirtió oportunamente que si alguien hablaba de lo que no le importase, oiría lo que no le había de gustar. ¿No os ha bastado entrar en esta casa y comeros nuestras provisiones? Pero no tenéis vosotros la culpa, sino nuestra hermana, por haberos traído.»

Y dicho esto, se remangó el brazo, dió tres veces con el pie en el suelo, y gritó: «¡Hola! ¡Venid en seguida!» E inmediatamente se abrió uno de los roperos cubiertos por cortinajes, y aparecieron siete negros, altos y robustos, que blandían agudos alfanjes. Y la dueña les dijo: «Atad los brazos á esa gente de lengua larga, y amarradlos unos á otros.» Y ejecutada la orden, dijeron los negros: «¡Oh señora nuestra! ¡Oh flor oculta á las miradas de los hombres! ¿nos permites que les cortemos la cabeza?» Y ella contestó: «Aguardad una hora, porque antes de degollarlos los he de interrogar para saber quiénes son.»

Entonces exclamó el mandadero: «¡Por Alah, oh señora mía! no me mates por el crimen de estos hombres. Todos han faltado y todos han cometido un acto criminal, pero yo no. ¡Por Alah! ¡Qué noche tan dichosa y tan agradable habríamos pasado si no hubiésemos visto á estos malditos saalik! Porque estos saalik de mal agüero son capaces de destruir la más floreciente de las ciudades sólo con entrar en ella.»

Y en seguida recitó esta estrofa:


¡Qué hermoso es el perdón del fuerte! ¡Y sobre todo, qué hermoso cuando se otorga al indefenso! ¡Yo te conjuro por la inviolable amistad que existe entre los dos: no mates al inocente por causa del culpable!


Cuando el mandadero acabó de recitar, la joven se echó á reir.


En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ
LA 11.ª NOCHE
Ella dijo:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que cuando la joven se echó á reir, después de haberse indignado, se acercó á los concurrentes, y dijo: «Contadme cuanto tengáis que contar, pues sólo os queda una hora de vida. Y si tengo tanta paciencia, es porque sois gente humilde, que si fueseis de los notables, ó de los grandes de vuestra tribu, ó si fueseis de los que gobiernan, ya os habría castigado.»

Entonces el califa dijo al visir: «¡Desdichados de nosotros, oh Giafar! Revélale quiénes somos, si no, va á matarnos.» Y el visir contestó: «Bien merecido nos está.» Pero el califa dijo: «No es ocasión oportuna para bromas; el caso es muy serio, y cada cosa en su tiempo.»

Entonces la joven se acercó á los saalik, y les dijo: «¿Sois hermanos?» Y contestaron ellos: «¡No, por Alah! Somos los más pobres de los pobres, y vivimos de nuestro oficio, haciendo escarificaciones y poniendo ventosas.» Entonces fué preguntando á cada uno: «¿Naciste tuerto, tal como ahora estás?» Y el primero de ellos contestó: «¡No, por Alah! Pero la historia de mi desgracia es tan asombrosa, que si se escribiera con una aguja en el ángulo interior de un ojo, sería una lección para quien la leyera con respeto.» Y los otros dos contestaron lo mismo, y luego dijeron los tres: «Cada uno de nosotros es de un país distinto, pero nuestras historias no pueden ser más maravillosas, ni nuestras aventuras más prodigiosamente extrañas.» Entonces dijo la joven: «Que cada cual cuente su historia, y después se lleve la mano á la frente para darnos las gracias y se vaya en busca de su destino.»

El mandadero fué el primero que se adelantó, y dijo: «¡Oh señora mía! Yo soy sencillamente un mandadero, y nada más. Vuestra hermana me hizo cargar con muchas cosas y venir aquí. Me ha ocurrido con vosotras lo que sabéis muy bien, y no he de repetirlo ahora, por razones que se os alcanzan. Y tal es toda mi historia. Y nada podré añadir á ella, sino que os deseo la paz.»

Entonces la joven le dijo: «¡Vaya! llévate la mano á la cabeza, para ver si está todavía en su sitio, arréglate el pelo y márchate.» Pero replicó el mozo: «¡Oh! ¡No, por Alah! No me he de ir hasta que oiga el relato de mis compañeros.»


Entonces el primer saaluk entre los saalik avanzó para contar su historia, y dijo:

Historia del primer saaluk

«Voy á contarte, ¡oh mi señora! el motivo de que me afeitara las barbas y de haber perdido un ojo.

Sabe, pues, que mi padre era rey, tenía un hermano, y ese hermano era rey en otra ciudad. Y ocurrió la coincidencia de que el mismo día que mi madre me parió nació también mi primo.

Después pasaron los años, y después de los años y los días, mi primo y yo crecimos. He de decirte que, con intervalos de algunos años, iba á visitar á mi tío y á pasar con él algunos meses. La última vez que le visité me dispensó mi primo una acogida de las más amplias y más generosas, y mandó degollar varios carneros en mi honor y clarificar numerosos vinos. Luego empezamos á beber, hasta que el vino pudo más que nosotros. Entonces mi primo me dijo: «¡Oh primo mío! Ya sabes que te quiero extremadamente, y te he de pedir una cosa importante. No quisiera que me la negases ni que me impidieses hacer lo que he resuelto.» Y yo le contesté: «Así sea, con toda la simpatía y generosidad de mi corazón.» Y para fiar más en mí, me hizo prestar el más sagrado de los juramentos, haciéndome jurar sobre el Libro Noble. Y en seguida se levantó, se ausentó unos instantes, y después volvió con una mujer ricamente vestida y perfumada, con un atavío tan fastuoso, que suponía una gran riqueza. Y volviéndose hacia mí, con la mujer detrás de él, me dijo: «Toma esta mujer y acompáñala al sitio que voy á indicarte.» Y me señaló el sitio, explicándolo tan detalladamente que lo comprendí muy bien. Luego añadió: «Allí encontrarás una tumba entre las otras tumbas, y en ella me aguardarás.» Yo no me pude negar á ello, porque había jurado con la mano derecha. Y cogí á la mujer, y marchamos al sitio que me habían indicado, y nos sentamos allí para esperar á mi primo, que no tardó en presentarse, llevando una vasija llena de agua, un saco con yeso y una piqueta. Y lo dejó todo en el suelo, conservando en la mano nada más que la piqueta, y marchó hacia la tumba, quitó una por una las piedras y las puso aparte. Después cavó con la piqueta hasta descubrir una gran losa. La levantó, y apareció una escalera abovedada. Se volvió entonces hacia la mujer y le dijo: «Ahora puedes elegir.» Y la mujer bajó en seguida la escalera y desapareció. Entonces él se volvió hacia mí y me dijo: «¡Oh primo mío! te ruego que acabes de completar este favor, y que, cuando haya bajado, eches la losa y la cubras con tierra, como estaba. Y así completarás este favor que me has hecho. En cuanto al yeso que hay en el saco y en cuanto al agua de la vasija, los mezclarás bien, y después pondrás las piedras como antes, y con la mezcla llenarás las junturas de modo que nadie pueda adivinar que es obra reciente. Porque hace un año que estoy haciendo este trabajo, y sólo Alah lo sabe.» Y luego añadió: «Y ahora ruega á Alah que no me abrume de tristeza por estar lejos de ti, primo mío.» En seguida bajó la escalera, y desapareció en la tumba. Cuando hubo desaparecido de mi vista, me levanté, volví á poner la losa, é hice todo lo demás que me había mandado, de modo que la tumba quedó como antes estaba.

Regresé al palacio, pero mi tío se había ido de caza, y entonces decidí acostarme aquella noche. Después, cuando vino la mañana, comencé á reflexionar sobre todas las cosas de la noche anterior, y singularmente sobre lo que me había ocurrido con mi primo, y me arrepentí de cuanto había hecho. ¡Pero con el arrepentimiento no remediaba nada! Entonces volví hacia las tumbas y busqué, sin poder encontrarla, aquélla en que se había encerrado mi primo. Y seguí buscando hasta cerca del anochecer, sin hallar ningún rastro. Regresé entonces al palacio, y no podía beber, ni comer, ni apartar el recuerdo de lo que me había ocurrido con mi primo, sin poder descubrir qué era de él. Y me afligí con una aflicción tan considerable, que toda la noche la pasé muy apenado hasta la mañana. Marché en seguida otra vez al cementerio, y volví á buscar la tumba entre todas las demás, pero sin ningún resultado. Y continué mis pesquisas durante siete días más, sin encontrar el verdadero camino. Por lo cual aumentaron de tal modo mis temores, que creí volverme loco.

Decidí viajar, en busca de remedio para mi aflicción, y regresé al país de mi padre. Pero al llegar á las puertas de la ciudad salió un grupo de hombres, se echaron sobre mí y me ataron los brazos. Entonces me quedé completamente asombrado, puesto que yo era el hijo del sultán y aquéllos los servidores de mi padre y también mis esclavos. Y me entró un miedo muy grande, y pensaba: «¿Quién sabe lo que le habrá podido ocurrir á mi padre?» Y pregunté á los que me habían atado los brazos, y no quisieron contestarme. Pero poco después, uno de ellos, esclavo mío, me dijo: «La suerte no se ha mostrado propicia con tu padre. Los soldados le han hecho traición y el visir lo ha mandado matar. Nosotros estábamos emboscados, aguardando que cayeses en nuestras manos.»

Luego me condujeron á viva fuerza. Yo no sabía lo que me pasaba, pues la muerte de mi padre me había llenado de dolor. Y me entregaron entre las manos del visir que había matado á mi padre. Pero entre este visir y yo existía un odio muy antiguo. Y la causa de este odio consistía en que yo, de joven, fuí muy aficionado al tiro de ballesta, y ocurrió la desgracia de que un día entre los días me hallaba en la azotea del palacio de mi padre, cuando un gran pájaro descendió sobre la azotea del palacio del visir, el cual estaba en ella. Quise matar al pájaro con la ballesta, pero la ballesta erró al pájaro, hirió en un ojo al visir y se lo hundió, por voluntad y juicio escrito de Alah. Ya lo dijo el poeta:

¡Deja que se cumplan los destinos; no quieras desviar el fallo de los jueces de la tierra!

¡No sientas alegría ni aflicción por ninguna cosa, pues las cosas no son eternas!

¡Se ha cumplido nuestro destino; hemos seguido con toda fidelidad los renglones escritos por la Suerte; porque aquél para quien la Suerte escribió un renglón, no tiene más remedio que seguirlo!»


Y el saaluk prosiguió de este modo:

«Cuando dejé tuerto al visir, no se atrevió á reclamar en contra mía, porque mi padre era el rey del país. Pero ésta era la causa de su odio.

Y cuando me presentaron á él con los brazos atados, dispuso que me cortaran la cabeza. Entonces le dije: «¿Por qué me matas si no he cometido ningún crimen?» Y contestó: «¿Qué mayor crimen que éste?» Y señalaba su ojo huero. Y yo dije: «Eso lo hice contra mi voluntad.» Pero él replicó: «Si lo hiciste contra tu voluntad, yo voy á hacerlo con toda la mía.» Y dispuso: «¡Traedlo á mis manos!» Y me llevaron entre sus manos.

Entonces extendió la mano, clavó su dedo en mi ojo izquierdo y lo hundió completamente.

¡Y desde entonces estoy tuerto, como todos veis!

Hecho esto, ordenó que me atasen y me metiesen en un cajón. Después llamó al verdugo y le dijo: «Te lo entrego. Desenvaina tu alfanje y lleva á este hombre fuera de la ciudad; lo matas y le dejas allí para que se lo coman las fieras.»

Entonces el verdugo me llevó fuera de la ciudad. Y me sacó de la caja con las manos atadas y los pies encadenados, y me quiso vendar los ojos antes de matarme. Pero entonces rompí á llorar y recité estas estrofas:


¡Te elegí como firme coraza para librarme de mis enemigos, y eres la lanza y el agudo hierro con que me atraviesan!

¡Cuando disponía del poder, mi mano derecha, la que debía castigar, se abstenía, pasando el arma á mi mano izquierda, que no la sabía esgrimir! ¡Así obraba yo!

¡No insistáis, os lo ruego, en vuestros reproches crueles; dejad que sólo los enemigos me arrojen las flechas dolorosas!

¡Conceded á mi pobre alma, torturada por los enemigos, el don del silencio; no la oprimáis más con la dureza y el peso de vuestras palabras!

¡Confié en mis amigos para que me sirviesen de sólidas corazas; y así lo hicieron, pero en manos de los enemigos y contra mí!

¡Los elegí para que me sirviesen de flechas mortales; y lo fueron, pero contra mi corazón!

¡Cultivé sus corazones para hacerles fieles; y fueron fieles, pero á otros amores!

¡Los cuidé fervorosamente para que fuesen constantes; y lo fueron, pero en la traición!


Cuando el verdugo oyó estos versos, recordó que había servido á mi padre y que yo le había colmado de beneficios, y me dijo: «¿Cómo iba yo á matarte, si soy tu esclavo?» Y añadió: «Escápate. ¡Te salvo la vida! Pero no vuelvas á esta comarca, porque perecerías y me harías perecer contigo, según dice el poeta:


¡Anda! ¡Libértate, amigo, y salva á tu alma de la tiranía! ¡Deja que las casas sirvan de tumba á quienes las han construído!

¡Anda! ¡Podrás encontrar otras tierras que las tuyas, otros países distintos de tu país, pero nunca hallarás más alma que tu alma!

¡Piensa que es muy insensato vivir en un país de humillaciones, cuando la tierra de Alah es ancha hasta lo infinito!

¡Sin embargo... está escrito! ¡Está escrito que el hombre destinado á morir en un país no podrá morir más que en el país de su destino! Pero ¿sabes tú cuál es el país de tu destino?...

¡Y sobre todo, no olvides nunca que el cuello del león no llega á su desarrollo hasta que su alma se ha desarrollado con toda libertad!


Cuando acabó de recitar estos versos, le besé las manos, y mientras no me vi muy lejos de aquellos lugares no pude creer en mi salvación.

Pensando que había salvado la vida pude consolarme de haber perdido un ojo, y seguí caminando, hasta llegar á la ciudad de mi tío. Entré en su palacio y le referí todo lo que le había ocurrido á mi padre y todo lo que me había ocurrido á mí. Entonces derramó muchas lágrimas, y exclamó: «¡Oh sobrino mío! vienes á añadir una aflicción á mis aflicciones y un dolor á mis dolores. Porque has de saber que el hijo de tu pobre tío ha desaparecido hace muchos días y nadie sabe dónde está.» Y rompió á llorar tanto, que se desmayó. Cuando volvió en sí, me dijo: «Estaba afligidísimo por tu primo, y ahora se aumenta mi dolor con lo ocurrido á ti y á tu padre. En cuanto á ti, ¡oh hijo mío! más vale haber perdido un ojo que la vida.»

Al oirle hablar de este modo, no pude callar por más tiempo lo que le había ocurrido á mi primo, y le revelé toda la verdad. Mi tío, al saberla, se alegró hasta el límite de la alegría, y me dijo: «Llévame en seguida á esa tumba.» Y contesté: «¡Por Alah! no sé dónde está esa tumba. He ido muchas veces á buscarla, sin poder dar con ella.»

Entonces nos fuimos al cementerio, y al fin, después de buscar en todos sentidos, acabé por encontrarla. Y yo y mi tío llegamos al límite de la alegría, y entramos en la bóveda, quitamos la tierra, apartamos la losa y descendimos los cincuenta peldaños que tenía la escalera. Al llegar abajo, subió hacia nosotros una humareda que nos cegaba. Pero en seguida mi tío pronunció la Palabra que libra de todo temor á quien la dice, y es ésta: «¡No hay poder ni fuerza mas que en Alah, el Altísimo, el Omnipotente!»

Después seguimos andando, hasta llegar á un gran salón que estaba lleno de harina y de grano de todas las especies, de manjares de todas clases y de otras muchas cosas. Y vimos en medio del salón un lecho cubierto por unas cortinas. Mi tío miró hacia el interior del lecho, y vió á su hijo en brazos de aquella mujer que le había acompañado, pero ambos estaban totalmente convertidos en carbón, como si los hubieran echado en un horno.

Al verlos, escupió mi tío en la cara á su hijo y exclamó: «Mereces el suplicio de este bajo mundo que ahora sufres, pero aún te falta el del otro, que es más terrible y más duradero.» Y después de haberle escupido, se descalzó una babucha y con la suela le dió en la cara.»

En este momento de su narración, Schahrazada vió aproximarse la mañana, y discretamente no quiso abusar del permiso que se le había concedido.
PERO CUANDO LLEGÓ
LA 12.ª NOCHE
Ella dijo:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que el saaluk, mientras la concurrencia escuchaba su relato, prosiguió diciendo á la joven:

«Después que mi tío dió con la babucha en la cara de su hijo, que estaba allí tendido y hecho carbón, lo mismo que á esa joven, y que tú, no contento con esto, le pegues con la suela de tu babucha.» Entonces mi tío me contó lo siguiente:


«¡Oh sobrino mío! Sabe que este joven, que es mi hijo, ardió en amores por su hermana desde la niñez. Y yo siempre le alejaba de ella y me decía: «Debo estar tranquilo, porque aún son muy jóvenes.» ¡Pero no fué así! Apenas llegados á la pubertad, cometieron la mala acción, y aunque lo averigüé, no podía creerlo del todo. Sin embargo, eché á mi hijo una reprimenda terrible, y le dije: «¡Cuidado con esas indignas acciones, que nadie ha cometido hasta ahora ni nadie cometerá después! ¡Cuenta que no habría reyes que tuvieran que arrastrar tanta vergüenza ni tanta ignominia como nosotros! ¡Y los correos propagarían á caballo nuestro escándalo por todo el mundo! ¡Guárdate, pues, si no quieres que te maldiga y te mate!» Después cuidé de separarla á ella y de separarle á él. Pero indudablemente esta malvada le quería con un amor grandísimo, porque el Cheitán consolidó su obra en ellos.

Así, pues, cuando mi hijo vió que le había separado de su hermana, debió fabricar este asilo subterráneo sin que nadie lo supiera; y como ves, trajo á él manjares y otras cosas; y se aprovechó de mi ausencia, cuando yo estaba en la cacería, para venir aquí con su hermana.

Con esto provocaron la justicia del Altísimo y Muy Glorioso. Y ella los abrasó aquí á los dos. Pero el suplicio del mundo futuro es más terrible todavía y más duradero.»


Entonces mi tío se echó á llorar, y yo lloré con él. Y después exclamó: «¡Desde ahora serás mi hijo en vez de ese otro!»

Pero yo me puse á meditar durante una hora sobre los hechos de este mundo y en otras cosas: en la muerte de mi padre por orden del visir, en su trono usurpado, en mi ojo hundido, ¡que todos veis! y en todas estas cosas tan extraordinarias que le habían ocurrido á mi primo, y no pude menos de llorar otra vez.

Luego salimos de la tumba, echamos la losa, la cubrimos con tierra, y dejándolo todo como estaba antes, volvimos á palacio.

Apenas llegamos, oímos sonar instrumentos de guerra, trompetas y tambores, y vimos que corrían los guerreros. Y toda la ciudad se llenó de ruidos, de estrépito y del polvo que levantaban los cascos de los caballos. Nuestro espíritu se hallaba en una gran perplejidad, no acertando la causa de todo aquello. Pero por fin mi tío acabó por preguntar la razón de estas cosas, y le dijeron: «Tu hermano ha sido muerto por el visir, que se ha apresurado á reunir sus tropas y á venir súbitamente al asalto de la ciudad. Y los habitantes han visto que no podían ofrecer resistencia, y han rendido la ciudad á discreción.»

Al oir todo aquello, me dije: «¡Seguramente me matará si caigo en sus manos!» Y de nuevo se amontonaron en mi alma las penas y las zozobras, y empecé á recordar las desgracias ocurridas á mi padre y á mi madre. Y no sabía qué hacer, pues si me veían los soldados estaba perdido. Y no hallé otro recurso que afeitarme la barba. Así es que me afeité la barba, me disfracé como pude, y me escapé de la ciudad. Y me dirigí hacia esta ciudad de Bagdad, donde esperaba llegar sin contratiempo y encontrar alguien que me guiase al palacio del Emir de los Creyentes, Harún Al-Rachid, el califa del Amo del Universo, á quien quería contar mi historia y mis aventuras.

Llegué á Bagdad esta misma noche, y como no sabía dónde ir, me quedé muy perplejo. Pero de pronto me encontré cara á cara con este saaluk, y le deseé la paz y le dije: «Soy extranjero.» Y él me contestó: «Yo también lo soy.» Y estábamos hablando, cuando vimos acercarse á este tercer saaluk, que nos deseó la paz y nos dijo: «Soy extranjero.» Y le contestamos: «También lo somos nosotros.» Y anduvimos juntos hasta que nos sorprendieron las tinieblas. Entonces el Destino nos guió felizmente á esta casa, cerca de vosotras, señoras mías.

Tal es la causa de que me veáis afeitado y tenga un ojo huero.»


Cuando hubo acabado de hablar, le dijo la mayor de las tres doncellas: «Está bien; acaríciate la cabeza[11] y vete.»

Pero el primer saaluk contestó: «No me iré hasta que haya oído los relatos de los demás.»

Y todos estaban maravillados de aquella historia tan prodigiosa, y el califa dijo al visir: «En mi vida he oído aventura semejante á la de este saaluk.»

Entonces el primer saaluk fué á sentarse en el suelo, con las piernas cruzadas, y el otro dió un paso, besó la tierra entre las manos de la joven, y refirió lo que sigue:


Historia del primer saaluk


«La verdad es, ¡oh señora mía! que yo no nací tuerto. Pero la historia que voy á contarte es tan asombrosa, que si se escribiese con una aguja en el ángulo interior del ojo, serviría de lección á quien fuese capaz de instruirse.

Aquí donde me ves, soy rey, hijo de un rey. También sabrás que no soy ningún ignorante. He leído el Corán, las siete narraciones, los libros capitales, los libros esenciales de los maestros de la ciencia. Y aprendí también la ciencia de los astros y las palabras de los poetas. Y de tal modo me entregué al estudio de todas las ciencias, que pude superar á todos los vivientes de mi siglo.

Además, mi nombre sobresalió entre todos los escritores. Mi fama se extendió por el mundo, y todos los reyes supieron mi valía. Fué entonces cuando oyó hablar de ella el rey de la India, y mandó un mensaje á mi padre rogándole que me enviara á su corte, y acompañó á este mensaje espléndidos regalos, dignos de un rey. Mi padre consintió, hizo preparar seis naves llenas de todas las cosas, y partí con mi servidumbre.

Nuestra travesía duró todo un mes. Al llegar á tierra desembarcamos los caballos y los camellos, y cargamos diez de éstos con los presentes destinados al rey de la India. Pero apenas nos habíamos puesto en marcha, se levantó una nube de polvo, que cubría todas las regiones del cielo y de la tierra, y así duró una hora. Se disipó después, y salieron de ella hasta sesenta jinetes que parecían leones enfurecidos. Eran árabes del desierto, salteadores de caravanas, y cuando intentamos huir, corrieron á rienda suelta detrás de nosotros y no tardaron en darnos alcance. Entonces, haciéndoles señas con las manos, les dijimos: «No nos hagáis daño, pues somos una embajada que lleva estos presentes al poderoso rey de la India.» Y contestaron ellos: «No estamos en sus dominios ni dependemos de ese rey.» Y en seguida mataron á varios de mis servidores, mientras que huíamos los demás. Yo había recibido una herida enorme, pero, afortunadamente, los árabes sólo se cuidaron de apoderarse de las riquezas que llevaban los camellos.

No sabía yo dónde estaba ni qué había de hacer, pues me afligía pensar que poco antes era muy poderoso y ahora me veía en la pobreza y en la miseria. Seguí huyendo, hasta encontrarme en la cima de una montaña, donde había una gruta, y allí al fin pude descansar y pasar la noche.

A la mañana siguiente salí de la gruta, proseguí mi camino, y así llegué á una ciudad espléndida, de clima tan maravilloso, que el invierno nunca la visitó y la primavera la cubría constantemente con sus rosas. Me alegró mucho al entrar en aquella ciudad, donde encontraría, seguramente, descanso á mis fatigas y sosiego á mis inquietudes.

No sabía á quién dirigirme, pero al pasar junto á la tienda de un sastre que estaba allí cosiendo, le deseé la paz, y el buen hombre, después de devolverme el saludo, me abrazó, me invitó cordialmente á sentarme, y lleno de bondad me interrogó acerca de los motivos que me habían alejado de mi país. Le referí entonces cuanto me había ocurrido, desde el principio hasta el fin, y el sastre me compadeció mucho y me dijo: «¡Oh tierno joven, no cuentes eso á nadie! Teme al rey de esta ciudad, que es el mayor enemigo de los tuyos y quiere vengarse de tu padre desde hace muchos años.»

Después me dió de comer y beber, y comimos y bebimos en la mejor compañía. Y pasamos parte de la noche conversando, y luego me cedió un rincón de la tienda para que pudiese dormir, y me trajo un colchón y una manta, cuanto podía necesitar.

Así permanecí en su tienda tres días, y transcurridos que fueron, me preguntó: «¿Sabes algún oficio para ganarte la vida?» Y yo contesté: «¡Ya lo creo! Soy un gran jurisconsulto, un maestro reconocido en ciencias, y además sé leer y contar.» Pero él replicó: «Hijo mío, nada de eso es oficio. Es decir, no digo que no sea oficio—pues me vió muy afligido—, pero no encontrarás parroquianos en nuestra ciudad. Aquí nadie sabe estudiar, ni leer, ni escribir, ni contar. No saben mas que ganarse la vida.» Entonces me puse muy triste y comencé á lamentarme: «¡Por Alah! Sólo sé hacer lo que acabo de decirte.» Y él me dijo: «¡Vamos, hijo mío, no hay que afligirse de ese modo! Coge una cuerda y un hacha y trabaja de leñador, hasta que Alah te depare mejor suerte. Pero sobre todo, oculta tu verdadera condición, pues te matarían.» Y fué á comprarme el hacha y la cuerda, y me mandó con los leñadores, después de recomendarme á ellos.

Marché entonces con los leñadores, y terminado mi trabajo, me eché al hombro una carga de leña, la llevé á la ciudad y la vendí por medio dinar. Compré con unos pocos cuartos mi comida, guardé cuidadosamente el resto de las monedas, y durante un año seguí trabajando de este modo. Todos los días iba á la tienda del sastre, donde descansaba unas horas sentado en el suelo con las piernas cruzadas.

Un día, al salir al campo con mi hacha, llegué hasta un bosque muy frondoso que me ofrecía una buena provisión de leña. Escogí un gran tronco seco, me puse á escarbar alrededor de las raíces, y de pronto el hacha quedó sujeta á una argolla de cobre. Vacié la tierra y descubrí una trampa á la cual estaba prendida la argolla, y al levantarla, apareció una escalera que me condujo hasta una puerta. Abrí la puerta y me encontré en un salón de un palacio maravilloso. Allí estaba una joven hermosísima, perla inestimable, cuyos encantos me hicieron olvidar mis desdichas y mis temores. Y mirándola, me incliné ante el Creador, que la había dotado de tanta perfección y tanta hermosura.

Entonces ella me miró y me dijo: «¿Eres un ser humano ó un efrit?» Y contesté: «Soy un hombre.» Ella volvió á preguntar: «¿Cómo pudiste venir hasta este sitio donde estoy encerrada veinte años?» Y al oir estas palabras, que me parecieron llenas de delicia y de dulzura, le dije: «¡Oh señora mía! Alah me ha traído á tu morada para que olvide mis dolores y mis penas.» Y le conté cuanto me había ocurrido, desde el principio hasta el fin, produciéndole tal lástima, que se puso á llorar, y me dijo: «Yo también te voy á contar mi historia:

»Sabe que soy hija del rey Aknamus, el último rey de la India, señor de la isla de Ébano. Me casé con el hijo de mi tío. Pero la misma noche de mi boda, antes de perder mi virginidad, me raptó un efrit llamado Georgirus, hijo de Rajmus y nieto del propio Eblis, y me condujo volando hasta este sitio, al que había traído dulces, golosinas, telas preciosas, muebles, víveres y bebidas. Desde entonces viene á verme cada diez días; se acuesta esa noche conmigo y se va por la mañana. Si necesitase llamarlo durante los diez días de su ausencia, no tendría mas que tocar esos dos renglones escritos en la bóveda, é inmediatamente se presentaría. Como vino hace cuatro días, no volverá hasta pasados otros seis, de modo que puedes estar conmigo cinco días, para irte uno antes de su llegada.»

Y yo contesté: «Desde luego he de permanecer aquí todo ese tiempo.» Entonces, ella, mostrando una gran satisfacción, se levantó en seguida, me cogió de la mano, me llevó por unas galerías y llegamos por fin al hammam, cómodo y agradable con su atmósfera tibia. Inmediatamente me desnudé, ella se despojó también de sus vestidos, quedando toda desnuda, y los dos entramos en el baño. Después de bañarnos, nos sentamos en la tarima del hammam, uno al lado del otro, y me dió de beber sorbetes de almizcle y á comer pasteles deliciosos. Y seguimos hablando cariñosamente mientras nos comíamos las golosinas del raptor.

En seguida me dijo: «Esta noche vas á dormir y á descansar de tus fatigas, para que mañana estés bien dispuesto.»

Y yo, ¡oh señora mía! me avine á dormir, después de darle mil gracias. Y olvidé realmente todos mis pesares.

Al despertar, la encontré sentada á mi lado, frotando con un delicioso masaje mis miembros y mis pies. Y entonces invoqué sobre ella todas las bendiciones de Alah, y estuvimos hablando durante una hora cosas muy agradables. Y ella me dijo: «¡Por Alah! Antes de que vinieses vivía sola en este subterráneo, y estaba muy triste, sin nadie con quien hablar, y esto durante veinte años. Por eso bendigo á Alah, que te ha guiado junto á mí.»

Después, con voz llena de dulzura, cantó esta estancia:


¡Si de tu venida
Nos hubiesen avisado anticipadamente,
Habríamos tendido como alfombra para tus pies
La sangre pura de nuestros corazones y el negro terciopelo de nuestros ojos!
¡Habríamos tendido la frescura de nuestras mejillas
Y la carne juvenil de nuestros muslos sedosos
Para tu lecho, ¡oh viajero de la noche!
¡Porque tu sitio está encima de nuestros párpados!


Al oir estos versos le di las gracias con la mano sobre el corazón, y sentí que su amor se apoderaba de todo mi ser, haciendo que tendieran el vuelo mis dolores y mis penas. En seguida nos pusimos á beber en la misma copa, hasta que se ausentó el día. Y aquella noche me acosté con ella, para gozar la mayor felicidad. ¡Y jamás en mi vida he pasado una noche semejante! Por eso cuando llegó la mañana nos levantamos muy satisfechos uno de otro y realmente poseídos de una dicha sin límites.

Entonces, más enamorado que nunca, temiendo que se acabase nuestra felicidad, le dije: «¿Quieres que te saque de este subterráneo y que te libre del efrit?» Pero ella se echó á reir y me dijo: «¡Calla y conténtate con lo que tienes! Ese pobre efrit sólo vendrá una vez cada diez días, y todos los demás serán para ti.» Pero exaltado por mi pasión, me excedí demasiado en mis deseos, pues repuse: «Voy á destruir esas inscripciones mágicas, y en cuanto se presente el efrit, lo mataré. Para mí es un juego exterminar á esos efrits, ya sean de encima ó de debajo de la tierra.»

Y la joven, queriendo calmarme, recitó estos versos:


¡Oh tú, que pides un plazo antes de la separación y que encuentras dura la ausencia! ¿no sabes que es el medio de no encadenarse? ¿no sabes que es sencillamente el medio de amar?
¿Ignoras que el cansancio es la regla de todas las relaciones, y que la ruptura es la conclusión de todas las amistades?...


Pero yo, sin hacer caso de estos versos que ella me recitaba, di un violento puntapié en la bóveda...»


En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


PERO CUANDO LLEGÓ
LA 13.ª NOCHE
Ella dijo:


He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que el segundo saaluk prosiguió su relato de este modo:

«¡Oh señora mía! cuando di en la bóveda tan violento puntapié, la joven me dijo: «¡He ahí el efrit! ¡Ya viene contra nosotros! ¡Por Alah! ¡Me has perdido! Atiende á tu salvación y sal por donde entraste.»

Entonces me precipité hacia la escalera. Pero desgraciadamente, á causa de mi gran terror había olvidado las sandalias y el hacha. Por eso, como había ya subido algunos peldaños, volví un poco la cabeza para dirigir la última mirada á las sandalias y al hacha que habían sido mi felicidad; pero en el mismo instante vi abrirse la tierra y aparecer un efrit enorme, horriblemente feo, que preguntó á la joven: «¿A qué obedece esa llamada tan terrible con la que acabas de asustarme? ¿Qué desgracia te amenaza?» Ella contestó: «Ninguna desgracia. Sentí una opresión en el pecho, á causa de mi soledad, y al levantarme en busca de alguna bebida refrescante que reconfortara mi ánimo, lo hice tan bruscamente, que resbalé y fuí á dar contra la cúpula.» Pero el efrit dijo: «¡Cómo sabes mentir, desvergonzada libertina!» Después empezó á registrar el palacio por todos lados, hasta encontrar mis babuchas y el hacha. Y entonces gritó: «¿Qué significan estas prendas? ¿Cómo han podido llegar aquí?» Y ella contestó: «Ahora las veo por primera vez. Acaso las llevarías tú colgando á la espalda, y así las has traído.» El efrit, en el colmo del furor, dijo entonces: «Todo eso son palabras absurdas, torpes y falsas. Y no han de servirte conmigo, mala mujer.»

En seguida la desnudó completamente, la puso sobre cuatro estacas clavadas en el suelo, y empezó á atormentarla, insistiendo en sus preguntas sobre lo que había ocurrido. Pero yo no pude resistir más aquella escena, ni escuchar su llanto, y subí rápidamente los peldaños, trémulo de terror. Una vez en el bosque, puse la trampa como la había encontrado y la oculté á las miradas cubriéndola con tierra. Y me arrepentí de mi acción hasta el límite del arrepentimiento. Y me puse á pensar en la joven, en su hermosura y en los tormentos que le hacía sufrir aquel miserable después de poseerla veinte años. Y aún me dolía más que la atormentase por causa mía. Y en ese momento me puse á pensar también en mi padre, en su reino y en mi triste condición de leñador. ¡Esto fué todo!

Después seguí caminando, hasta llegar á la casa de mi amigo el sastre. Y lo encontré muy impaciente á causa de mi ausencia, pues se hallaba sentado y parecía que lo estuviesen friendo al fuego con una sartén. Y me dijo: «Como no viniste ayer, pasé toda la noche muy intranquilo. Y temí que te hubiese devorado alguna fiera ó te hubiera pasado algo semejante en el bosque; pero ¡alabado sea Alah que te guardó!» Entonces le di las gracias por su bondad, entré en la tienda, y sentado en mi rincón, empecé á pensar en mi desventura y á reconvenirme por aquel puntapié tan imprudente que había dado en la bóveda. De pronto mi amigo el sastre entró y me dijo: «En la puerta de la tienda hay un hombre, una especie de persa, que pregunta por ti y lleva en la mano tu hacha y tus babuchas. Las ha presentado á todos los sastres de esta calle, y les ha dicho: «Al ir esta mañana á la oración, llamado por el muecín, me he encontrado por el camino estas prendas y no sé á quién pertenecen. ¿Me lo podríais decir vosotros?» Entonces los sastres reconocieron tu hacha y tus sandalias y lo han encaminado hacia aquí. Y ahí está aguardándote en la puerta de la tienda. Sal, dale las gracias, y recoge el hacha y las sandalias.» Pero al oir todo aquello me puse muy pálido y creí desmayarme de terror. Y hallándome en este trance, se abrió de pronto la tierra y apareció el persa. ¡Era el efrit! Había sometido á la joven al tormento, ¡y qué tormento! Pero ella nada había declarado, y entonces él, cogiendo el hacha y las babuchas, le dijo: «Ahora verás si no soy Georgirus, descendiente de Eblis. ¡Vas á ver si puedo traer ó no al amo de estas cosas!»

Y había empleado en las casas de los sastres la estratagema de que he hablado.

Se me apareció, pues, bruscamente, brotando del suelo, y sin perder un instante me cogió en brazos, se elevó conmigo por los aires, y descendió después para hundirme con él en la tierra. Yo había perdido por completo el conocimiento. Me llevó al palacio subterráneo en que había sido tan feliz, y allí vi desnuda á la joven, cuya sangre corría por su cuerpo. Mis ojos se habían llenado de lágrimas. Entonces el efrit se dirigió á ella y le dijo: «Aquí tienes á tu amante.» Y la joven me miró y dijo: «No sé quién pueda ser este hombre. No le he visto hasta ahora.» Y replicó el efrit: «¿Cómo es eso? ¿Te presento la prueba del delito y no confiesas?» Y ella, resueltamente, insistió: «He dicho que no le conozco.» Entonces dijo el efrit: «Si es verdad que no lo conoces, coge ese alfanje y córtale la cabeza.» Y ella cogió el alfanje, avanzó muy decidida y se detuvo delante de mí. Y yo, pálido de terror, le pedía por señas que me perdonase, y las lágrimas corrían por mis mejillas. Y ella me hizo también una seña con los ojos, mientras decía en alta voz: «¡Tú eres la causa de mis desgracias!» Y yo contesté á esta seña con una contracción de mis ojos, y recité estos versos de doble sentido, que el efrit no podía entender:


¡Mis ojos saben hablarte suficientemente para que la lengua sea inútil! ¡Sólo mis ojos te revelan los secretos ocultos de mi corazón!

¡Cuando te apareciste, corrieron por mi rostro dulces lágrimas, y me quedé mudo, pues mis ojos te decían lo necesario!

¡Los párpados saben expresar también los sentimientos! ¡El entendido no necesita utilizar los dedos!

¡Nuestras cejas pueden suplir á las palabras! ¡Silencio, pues! ¡Dejemos que hable el amor!


Y entonces la joven, habiendo entendido mis súplicas, soltó el alfanje. Lo recogió el efrit, y entregándomelo, dijo señalando á la joven: «Córtale la cabeza y quedarás en libertad; te prometo no causarte ningún daño.» Y yo contesté: «¡Así sea!» Y cogí el alfanje y avancé resueltamente con el brazo levantado. Pero ella me imploraba, haciéndome señas con los ojos, como diciendo: «¿Qué daño te hice?» Y entonces se me llenaron los ojos de lágrimas, y arrojando el alfanje, dije al efrit: «¡Oh poderoso efrit! ¡Oh héroe robusto é invencible! Si esta mujer fuese tan mala como crees, no habría dudado en salvarse á costa de mi vida. Y en cambio ya has visto que ha arrojado el alfanje. ¿Cómo he de cortarle yo la cabeza, si además no conozco á esta joven? Así me dieses á beber la copa de la mala muerte, no había de prestarme á esa villanía.» Y el efrit contestó á estas palabras: «¡Basta ya! Acabo de sorprender que os amáis. He podido comprobarlo.»

Y entonces, ¡oh señora mía! cogió el alfanje y cortó una mano de la joven y después la otra mano, y luego el pie derecho y después el izquierdo. De cuatro golpes sajó las cuatro extremidades. Y yo, al ver aquello con mis propios ojos, creí que me moría.

En ese momento la joven, guiñándome un ojo, me hizo disimuladamente una seña. Pero ¡ay de mí! el efrit la sorprendió, y dijo: «¡Oh hija de puta! Acabas de cometer adulterio con tu ojo.» Y entonces de un tajo le cortó la cabeza. Después, volviéndose hacia mí, exclamó: «Sabe, ¡oh tú, ser humano! que nuestra ley nos permite á los efrits matar á la esposa adúltera, y hasta lo encuentra lícito y recomendable. Sabe que yo robé á esta joven la noche de su boda, cuando aún no tenía doce años y antes de que nadie se acostara con ella. Y la traje aquí, y cada diez días venía á verla, y pasábamos juntos la noche, y copulaba con ella bajo el aspecto de un persa; pero hoy, al saber que me engañaba, la he matado. Sólo me ha engañado con un ojo, con el que te guiñó al mirarte. En cuanto á ti, como no he podido comprobar si fornicaste con ella, no te mataré; pero de todos modos, algo he de hacerte para que no te rías á mis espaldas y para humillar tu vanidad. Te permito elegir el mal que quieras que te cause.»

Entonces, ¡oh señora mía! al verme libre de la muerte, me regocijé hasta el límite del regocijo, y confiando en obtener toda su gracia, le dije: «Realmente, no sé cuál elegir de entre todos los males; no prefiero ninguno.» Y el efrit, más irritado que nunca, golpeó con el pie en el suelo y exclamó: «¡Te mando que elijas! A ver, ¿bajo qué forma quieres que te encante? ¿Prefieres la de un borrico? ¿La de un mulo? ¿La de un cuervo? ¿La de un perro? ¿La de un mono?» Entonces yo, con la esperanza de un indulto completo y abusando de su buena disposición, le respondí: «¡Oh mi señor Georgirus, descendiente del poderoso Eblis! Si me perdonas, Alah te perdonará también, pues tendrá en cuenta tu clemencia con un buen musulmán que nunca te hizo daño.» Y seguí suplicando hasta el límite de la súplica, postrándome humildemente entre sus manos, y le decía: «No me condenes injustamente.» Pero él replicó: «No hables más si no quieres morir. Es inútil que abuses de mi bondad, pues tengo que encantarte necesariamente.»

Y dicho esto, me cogió, hendió la cúpula, atravesó la tierra y voló conmigo á tal altura, que el mundo me parecía una escudilla de agua. Descendió después hasta la cima de un monte, y allí me soltó; cogió luego un puñado de tierra, refunfuñó algo como un gruñido, pronunció en seguida unas palabras misteriosas, y arrojándome la tierra, dijo: «¡Sal de tu forma y toma la de un mono!» Y al momento, ¡oh señora mía! quedé convertido en mono. ¡Pero qué mono! ¡Viejo, de más de cien años y de una fealdad excesiva! Cuando me vi tan horrible, me desesperé y me puse á brincar, y brincaba realmente. Y como aquello no me servía de remedio, rompí á llorar á causa de mis desventuras. Y el efrit se reía de un modo que daba miedo, hasta que por último desapareció.

Y medité entonces sobre las injusticias de la suerte, habiendo aprendido á costa mía que la suerte no depende de la criatura.

Después descendí al pie de la montaña, hasta llegar á lo más bajo de todo. Y empecé á viajar, y por las noches me subía para dormir á la copa de los árboles. Así fui caminando durante un mes, hasta encontrarme á orillas del mar. Y allí me detuve como una hora, y acabé por ver una nave, en medio del mar, que era impulsada hacia la costa por un viento favorable. Entonces me escondí detrás de unas rocas, y allí aguardé. Cuando la embarcación ancló y sus tripulantes comenzaron á desembarcar, me tranquilicé un tanto, saltando finalmente á la nave. Y uno de aquellos hombres gritó al verme: «¡Echad de aquí pronto á ese bicho de mal agüero!» Otro dijo: «¡Mejor sería matarlo!» Y un tercero repuso: «Sí, matémoslo con este sable.» Entonces me eché á llorar y detuve con una mano el arma, y mis lágrimas corrían abundantes.

Y en seguida el capitán, compadeciéndose de mí, exclamó: «¡Oh mercaderes! este mono acaba de implorarme, y queda bajo mi protección. Y os prohibo echarle, pegarle ú hostigarle.» Luego hubo de dirigirme benévolas palabras, y yo las entendía todas. Entonces acabó por tomarme en calidad de criado, y yo hacía todas sus cosas y le servía en la nave.

Y al cabo de cincuenta días, durante los cuales nos fué el viento propicio, arribamos á una ciudad enorme y tan llena de habitantes, que sólo Alah podría contar su número.

Cuando llegamos, acercáronse á nuestra nave los mamalik enviados por el rey de la ciudad. Y llegaron para saludarnos y dar la bienvenida á los mercaderes, diciéndoles: «El rey nos manda que os felicitemos por vuestra feliz llegada, y nos ha entregado este rollo de pergamino para que cada uno de vosotros escriba en él una línea con su mejor letra.»

Entonces yo, que no había perdido aún mi forma de mono, les arranqué de la mano el pergamino, alejándome con mi presa. Y temerosos sin duda de que lo rompiese ó lo tirase al mar, me llamaron á gritos y me amenazaron; pero les hice seña de que sabía y quería escribir; y el capitán repuso: «Dejadle. Si vemos que lo emborrona, le impediremos que continúe; pero si escribe bien de veras, le adoptaré por hijo, pues en mi vida he visto un mono más inteligente.»

Cogí entonces el cálamo, lo mojé, extendiendo bien la tinta por sus dos caras, y comencé á escribir. Y escribí cuatro estrofas, cada una con una letra diferente, é improvisadas en distinto estilo: la primera al modo Rikaa, la segunda al modo Rihani, la tercera al modo Sulci y la cuarta al modo Muchik:


a) ¡El tiempo ha descrito ya los beneficios y los dones de los hombres generosos, pero desespera de poder enumerar jamás los tuyos!

¡Después de Alah, el género humano no puede recurrir mas que á ti, porque eres realmente el padre de todos los beneficios!

b) Os hablaré de su pluma:

¡Es la primera, y el origen mismo de las plumas! ¡Su poderío es sorprendente! ¡Y ella es la que le ha colocado entre los sabios más notables!

¡De esa pluma, cogida con las yemas de sus cinco dedos, han brotado y corren por el mundo cinco ríos de elocuencia y poesía!

c) Os hablaré de su inmortalidad:

¡No hay escritor que no muera; pero el tiempo eterniza lo escrito por su manos!

¡Así, pues, no dejes escribir á tu pluma mas que aquello de que puedas enorgullecerte el día de la Resurrección!

d) ¡Si abres el tintero, utilízalo solamente para trazar renglones que beneficien á toda criatura generosa!

¡Pero si no has de usarlo para hacer donaciones, procura, al menos, producir belleza! ¡Y serás así uno de aquellos á quienes se cuenta entre los escritores más grandes!


Cuando acabé de escribir les entregué el rollo de pergamino. Y todos los que lo vieron se quedaron muy admirados. Después cada cual escribió una línea con su mejor letra.

Luego de esto se fueron los esclavos para llevar el rollo al rey. Y cuando el rey hubo examinado lo escrito por cada uno de nosotros, no quedó satisfecho más que de lo mío, que estaba hecho de cuatro maneras diferentes, pues mi letra me había dado reputación universal cuando yo era todavía príncipe.

Y el rey dijo á sus amigos que estaban presentes y á los esclavos: «Id en seguida á ver al que ha hecho esta hermosa letra, dadle este traje de honor para que se lo vista, y traedle en triunfo sobre mi mejor mula al son de los instrumentos.»

Al oirlo, todos empezaron á sonreír. Y el rey, al notarlo, se enojó mucho, y dijo: «¡Cómo! ¿Os doy una orden y os reís de mí?» Y contestaron: «¡Oh rey del siglo! En verdad que nos guardaríamos de reirnos de tus palabras; pero has de saber que el que ha hecho esa letra tan hermosa no es hijo de Adán, sino un mono que pertenece al capitán de la nave.» Estas palabras sorprendieron mucho al rey, y luego, convulso de alegría y estallando de risa, dijo: «Deseo comprar ese mono.» Y ordenó inmediatamente á las personas de su corte que cogiesen la mula y el traje de honor y se fuesen á la nave á buscar al mono, y les dijo: «De todas maneras, le vestiréis con ese traje de honor y le traeréis montado en la mula.»

Llegados á la nave, me compraron á un precio elevado, aunque al principio el capitán se resistía á venderme, comprendiendo, por las señas que le hice, que me era muy doloroso separarme de él. Después los otros me vistieron con el traje de honor, montáronme en la mula y salimos al son de los instrumentos más armoniosos que se tocaban en la ciudad. Y todos los habitantes y las criaturas humanas de la población se quedaron asombrados, mirando con interés enorme un espectáculo tan extraordinario y prodigioso.

Cuando me llevaron ante el rey y lo vi, besé la tierra entre sus manos tres veces, permaneciendo luego inmóvil. Entonces el monarca me invitó á sentarme, y yo me postré de hinojos. Y todos los concurrentes se quedaron maravillados de mi buena crianza y mi admirable cortesía; pero el más profundamente maravillado fué el rey. Y cuando me postré de hinojos, el rey dispuso que todo el mundo se fuese, y todo el mundo se marchó. No quedamos mas que el rey, el jefe de los eunucos, un joven esclavo favorito y yo, señora mía.

Entonces ordenó el rey que trajesen algunas vituallas. Y colocaron, sobre un mantel cuantos manjares puede el alma anhelar y cuantas excelencias son la delicia de los ojos. Y el rey me invitó luego á servirme, y levantándome y besando la tierra entre sus manos siete veces, me senté sobre mi trasero de mono y me puse á comer muy pulcramente, recordando en todo mi educación pasada.

Cuando levantaron el mantel, me levanté yo también para lavarme las manos. Volví después de lavármelas, cogí el tintero, la pluma y una hoja de pergamino, y escribí lentamente estas dos estrofas ensalzando las excelencias de la pastelería árabe:


¡Oh pastelero! ¡dulces, finos y sublimes pasteles, enrollados con los dedos! ¡Vosotros sois la triaca, el antídoto de cualquier veneno! ¡Nada me gusta tanto, y constituís mi única esperanza, toda mi pasión!

¡El corazón se me estremece al ver un mantel bien extendido, en cuyo centro se aromatiza una kenafa[12] nadando sobre la manteca y la miel en una gran bandeja!

¡Oh kenafa! ¡kenafa fina y sedosa como cabellera! ¡Mi deseo por saborearte, ¡oh kenafa! llega á la exageración! ¡Y me pondría en peligro de muerte el pasar un día sin que estuvieses en mi mesa! ¡Oh kenafa!

¡Y tú, jarabe! ¡adorable y delicioso jarabe! ¡Aunque lo estuviera comiendo y bebiendo día y noche, volvería á desearlo en la vida futura!


Después de esto dejé la pluma y el tintero, y me senté respetuosamente á alguna distancia. Y no bien leyó el rey lo que yo había escrito, se maravilló asombrosamente, y exclamó: «¿Es posible que un mono posea tanta elocuencia, y sobre todo una letra tan magnífica? ¡Por Alah!... ¡Es el prodigio de los prodigios!»

En aquel instante trajeron un juego de ajedrez, y el rey me preguntó por señas si sabía jugar, contestándole yo que sí con la cabeza. Y me acerqué, coloqué las piezas, y me puse á jugar con el rey. Y le di mate dos veces. Y el rey no supo entonces qué pensar, quedándose perplejo, y dijo: «¡Si éste fuera un hijo de Adán, habría superado á todos los vivientes de su siglo!»

Y ordenó luego al eunuco: «Ve á las habitaciones de tu dueña, mi hija, y dile: «¡Oh mi señora! Venid inmediatamente junto al rey», pues quiero que disfrute de este espectáculo y vea un mono tan maravilloso.»

Entonces fué el eunuco, y no tardó en volver con su dueña, la hija del rey, que en cuanto me divisó se cubrió la cara con el velo, y dijo: «¡Padre mío! ¿Cómo me mandas llamar ante hombres extraños?» Y el rey dijo: «Hija mía, ¿por quién te tapas la cara, si no hay aquí nadie más que nosotros?» Entonces contestó la joven: «Sabe, ¡oh padre mío! que ese mono es hijo de un rey llamado Amarus, y dueño de un lejano país. Este mono está encantado por el efrit Georgirus, descendiente de Eblis, después de haber matado á su esposa, hija del rey Aknamus, señor de las Islas de Ébano. Este mono, al cual crees mono de veras, es un hombre, pero un hombre sabio, instruido y prudente.»

Sorprendido al oir estas palabras, me preguntó el rey: «¿Es verdad lo que dice de ti mi hija?» Y yo, con la cabeza, le indiqué como era cierto, y rompí á llorar. Entonces el rey le preguntó á su hija: «¿Por qué sabes que está encantado?» Y la princesa contestó: «¡Oh padre mío! Siendo yo pequeña, la vieja que había en casa de mi madre era una bruja muy versada en la magia y me enseñó este arte. Más tarde me perfeccioné en él, y aprendí más de ciento setenta artículos mágicos, de los cuales el más insignificante me permitiría transportar tu palacio con todas sus piedras y la ciudad entera detrás del Cáucaso, y convertir en mar esta comarca y en peces á cuantos la habitan.»

Y el padre exclamó: «¡Por el verdadero nombre de Alah sobre ti, ¡oh hija mía! desencanta á ese hombre, para que yo le nombre mi visir. Pero ¿es posible que tú poseas ese talento tan enorme y que yo lo ignorase? Desencanta inmediatamente á ese mono, pues debe ser un joven muy inteligente y agradable.» Y la princesa respondió: «De buena gana y como homenaje debido.»


En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ
LA 14.ª NOCHE
Ella dijo:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que el segundo saaluk dijo á la dueña de la casa:

«¡Oh mi señora! Al oir la princesa el ruego de su padre, cogió un cuchillo que tenía unas inscripciones en lengua hebrea, trazó con él un círculo en el suelo, escribió allí varios renglones talismánicos, y después se colocó en medio del círculo, murmuró algunas palabras mágicas, leyó en un libro antiquísimo unas cosas que nadie entendía, y así permaneció breves instantes. Y he aquí que de pronto nos cubrieron unas tinieblas tan espesas, que nos creímos enterrados bajo las ruinas del mundo. Y súbitamente apareció el efrit Georgirus bajo el aspecto más horrible, las manos como rastrillos, las piernas como mástiles y los ojos como tizones encendidos. Entonces nos aterrorizamos todos, pero la hija del rey le dijo: «¡Oh efrit! No puedo darte la bienvenida ni acogerte con cordialidad.» Y contestó el efrit: «¿Por qué no cumples tus promesas? ¿No juraste respetar nuestro acuerdo de no combatirnos ni mezclarte en nuestros asuntos? Mereces el castigo que voy á imponerte. ¡Ahora verás, traidora!» E inmediatamente el efrit se convirtió en un león espantoso, el cual, abriendo la boca en toda su extensión, se abalanzó sobre la joven. Pero ella, rápidamente, se arrancó un cabello, se lo acercó á los labios, murmuró algunas palabras mágicas, y en seguida el cabello se convirtió en un sable afiladísimo. Y dió con él tal tajo al león, que lo partió en dos mitades. Pero inmediatamente la cabeza del león se transformó en un escorpión horrible, que se arrastraba hacia el talón de la joven para morderle, y la princesa se convirtió en seguida en una serpiente enorme, que se precipitó sobre el maldito escorpión, imagen del efrit, y ambos trabaron descomunal batalla. De pronto, el escorpión se convirtió en un buitre y la serpiente en un águila, que se cernió sobre el buitre, y ya iba á alcanzarlo, después de una hora de persecución, cuando el buitre se transformó en un enorme gato negro, y la princesa en lobo. Gato y lobo se batieron á través del palacio, hasta que el gato, al verse vencido, se convirtió en una inmensa granada roja y se dejó caer en un estanque que había en el patio. El lobo se echó entonces al agua, y la granada, cuando iba á cogerla, se elevó por los aires, pero como era tan enorme cayó pesadamente sobre el mármol y se reventó. Los granos, desprendiéndose uno á uno, cubrieron todo el suelo. El lobo se transformó entonces en gallo, empezó á devorarlos, y ya no quedaba mas que uno, pero al ir á tragárselo se le cayó del pico, pues así lo había dispuesto la fatalidad, y fué á esconderse en un intersticio de las losas, cerca del estanque. Entonces el gallo empezó á chillar, á sacudir las alas y á hacernos señas con el pico, pero no entendíamos su lenguaje, y como no podíamos comprenderle, lanzó un grito tan terrible, que nos pareció que el palacio se nos venía encima. Después empezó á dar vueltas por el patio, hasta que vió el grano y se precipitó á cogerlo, pero el grano cayó en el agua y se convirtió en un pez. El gallo se transformó entonces en una ballena enorme, que se hundió en el agua persiguiendo al pez, y desapareció de nuestra vista durante una hora. Después oímos unos gritos tremendos y nos estremecimos de terror. Y en seguida apareció el efrit en su propia y horrible figura, pero ardiendo como un ascua, pues de su boca, de sus ojos y de su nariz salían llamas y humo; y detrás de él surgió la princesa en su propia forma, pero ardiendo también como metal en fusión, y persiguiendo al efrit, que ya nos iba á alcanzar. Entonces, temiendo que nos abrasase, quisimos echarnos al agua, pero el efrit nos detuvo dando un grito espantoso, y empezó á resollar fuego contra todos. La princesa lanzaba fuego contra él, y fué el caso que nos alcanzó el fuego de los dos, y el de ella no nos hizo daño, pero el del efrit sí que nos lo produjo, pues una chispa me dió en este ojo y me lo saltó; otra dió al rey en la cara, y le abrasó la barbilla y la boca, arrancándole parte de la dentadura, y otra chispa prendió en el pecho del eunuco y le hizo perecer abrasado.

Mientras tanto, la princesa perseguía al efrit, lanzándole fuego encima, hasta que oímos decir: «¡Alah es el único grande! ¡Alah es el único poderoso! ¡Aplasta al que reniega de la fe de Mohamed, señor de los hombres!» Esta voz era de la princesa, que nos mostraba al efrit enteramente convertido en un montón de cenizas. Después llegó hasta nosotros y dijo: «Aprisa, dadme una taza con agua.» Se la trajeron, pronunció la princesa unas palabras incomprensibles, me roció con el agua, y dijo: «¡Queda desencantado en nombre del único Verdadero! ¡Por el poderoso nombre de Alah, vuelve á tu primitiva forma!»

Entonces volví á ser hombre, pero me quedé tuerto. Y la princesa, queriendo consolarme, me dijo: «¡El fuego siempre es fuego, hijo mío!» Y lo mismo dijo á su padre por sus barbas chamuscadas y sus dientes rotos. Después exclamó: «¡Oh padre mío! Necesariamente he de morir, pues está escrita mi muerte. Si este efrit hubiese sido una simple criatura humana, lo habría aniquilado en seguida. Pero lo que más me hizo sufrir fué que, al dispersarse los granos de la granada, no acerté á devorar el grano principal, el único que contenía el alma del efrit; pues si hubiera podido tragármelo, habría perecido inmediatamente. Pero ¡ay de mí! tardé mucho en verlo. Así lo quiso la fatalidad del Destino. Por eso he tenido que combatir tan terriblemente contra el efrit debajo de tierra, en el aire y en el agua. Y cada vez que él abría una puerta de salvación, le abría yo otra de perdición, hasta que abrió por fin la más fatal de todas, la puerta del fuego, y yo tuve que hacer lo mismo. Y después de abierta la puerta del fuego, hay que morir necesariamente. Sin embargo, el Destino me permitió quemar al efrit antes de perecer yo abrasada. Y antes de matarle, quise que abrasara nuestra fe, que es la santa religión del Islam, pero se negó, y entonces lo quemé. Alah ocupará mi lugar cerca de vosotros, y esto podrá serviros de consuelo.»

Después de estas palabras empezó á implorar al fuego, hasta que al fin brotaron unas chispas negras que subieron hacia su pecho. Y cuando el fuego le llegó á la cara, lloró, y luego dijo: «¡Afirmo que no hay más Dios que Alah, y que Mohamed es su profeta!» No bien había pronunciado estas palabras, la vimos convertirse en un montón de ceniza, próximo al otro montón que formaba el efrit.

Entonces nos afligimos profundamente. Gustoso habría yo ocupado su lugar, antes que ver bajo tan mísero aspecto á aquella joven de radiante hermosura que tanto quiso favorecerme; pero los designios de Alah son inapelables.

Al advertir el rey la transformación sufrida por su hija, lloró por ella, mesándose las barbas que le quedaban, abofeteándose y desgarrándose las ropas. Y lo propio hice yo. Y los dos lloramos sobre ella. En seguida llegaron los chambelanes, y los jefes del gobierno hallaron al sultán llorando aniquilado ante los dos montones de ceniza. Y se asombraron muchísimo, y comenzaron á dar vueltas á su alrededor, sin atreverse á hablarle. Al cabo de una hora se repuso algo el rey, y les contó lo ocurrido entre la princesa y el efrit. Y todos gritaron: «¡Alah! ¡Alah! ¡Qué gran desdicha! ¡Qué tremenda desventura!»

En seguida llegaron todas las damas de palacio con sus esclavas, y durante siete días se cumplieron todas las ceremonias de duelo y de pésame.

Luego dispuso el rey la construcción de un gran sarcófago para las cenizas de su hija, y que se encendiesen velas, faroles y linternas día y noche. En cuanto á las cenizas del efrit, fueron aventadas bajo la maldición de Alah.

La tristeza acarreó al sultán una enfermedad que le tuvo á la muerte. Esta enfermedad le duró un mes entero. Y cuando hubo recobrado algún vigor, me llamó á su presencia y me dijo: «¡Oh joven! Antes de que vinieses vivíamos aquí nuestra vida en la más perfecta dicha, libres de los sinsabores de la suerte. Ha sido necesario que tú vinieses y que viéramos tu hermosa letra para que cayesen sobre nosotros todas las aflicciones. ¡Ojalá no te hubiésemos visto nunca á ti, ni á tu cara de mal agüero, ni á tu maldita escritura! Porque primeramente ocasionaste la pérdida de mi hija, la cual, sin duda, valía más que cien hombres. Después, por causa tuya, me quemé lo que tú sabes, y he perdido la mitad de mis dientes, y la otra mitad casi ha volado también. Y por último, ha perecido mi pobre eunuco, aquel buen servidor que fué ayo de mi hija. Pero tú no tuviste la culpa, y mal podrías remediarlo ahora. Todo nos ha ocurrido á nosotros y á ti por voluntad de Alah. ¡Alabado sea, por permitir que mi hija te desencantara, aunque ella pereciese! ¡Es el Destino! Ahora, hijo mío, debes abandonar este país, porque ya tenemos bastante con lo que por tu causa nos ha ocurrido. ¡Alah es quien todo lo decreta! ¡Sal, pues, y vete en paz!»

Entonces, ¡oh mi señora! abandoné el palacio del rey, sin fiar mucho en mi salvación. No sabía adónde ir. Y recordé entonces todo cuanto me había sucedido, desde el principio hasta el fin, cómo me habían dejado sano y salvo los árabes del desierto, mi viaje y mis fatigas de un mes, mi entrada en la ciudad como extranjero, el encuentro con el sastre, la entrevista é intimidad tan deliciosa con la joven del subterráneo, el modo de escaparme de las manos del efrit que me quería matar, todo, en fin, sin olvidar mi transformación en mono al servicio después del capitán mercante, mi compra á elevado precio por el rey á consecuencia de mi hermosa letra, mi desencanto, ¡en fin, todo! Y más que nada, ¡ay de mí! el último incidente, que me hizo perder un ojo. Pero di gracias á Alah, y dije: «¡Más vale perder un ojo que la vida!» Después de esto, fui al hammam á tomar un baño antes de salir de la ciudad. Entonces, ¡oh señora mía! me afeité la barba para poder viajar seguro en calidad de saaluk. Desde aquella fecha no he dejado ni un día de llorar pensando en las desgracias que sobre mí han caído, y sobre todo en la pérdida de mi ojo izquierdo. Y cada vez que esto me viene á la memoria, el ojo derecho se me llena de lágrimas, que no me dejan ver, aunque nunca me impedirán pensar en estos versos del poeta:


¿Conoce Alah misericordioso mi aflicción? ¡Las desdichas pesan sobre mí, y me he dado cuenta de ellas demasiado tarde!

¡Pero haré acopio de paciencia frente á mis grandes desventuras, para que el mundo no ignore que he tomado con paciencia algo que es más amargo que la misma paciencia!

¡Porque la paciencia tiene su belleza, sobre todo cuando es el hombre piadoso quien la practica! ¡De todos modos, ha de ocurrir lo que haya decidido Alah respecto á cada criatura! ¡Mi misteriosa amada conoce los secretos de mi lecho, y ninguno, aunque sea el secreto de los secretos, puede ocultársele!

¡Al que diga que hay delicias en este mundo, contestadle que pronto conocerá días más amargos que el jugo de la mirra!


Entonces salí de la ciudad aquella, viajé por varios países, atravesé sus capitales, y luego me dirigí á Bagdad, la morada de paz, donde espero llegar á ver al Emir de los Creyentes para contarle cuanto me ha ocurrido.

Después de muchos días de viaje, he llegado esta misma noche á Bagdad, y encontré muy perplejo al hermano que está ahí, al primer saaluk, y le dije: «¡La paz sea contigo!» Y él me contestó: «¡Y contigo la paz, y la misericordia de Alah, y todas sus bendiciones!»

Entonces empecé á conversar con él, y se nos acercó el otro hermano, el tercer saaluk, quien después de desearnos la paz, nos dijo que era extranjero. Y nosotros le dijimos: «También somos extranjeros, y hemos llegado hoy á esta ciudad bendita.» Y echamos á andar juntos, sin que ninguno supiera la historia de sus compañeros. Y la suerte y el Destino nos guiaron hasta esta puerta, y entramos en vuestra casa.

He aquí, ¡oh mi señora! los motivos de que me veas tuerto y con la barba afeitada.»

Entonces la dueña de la casa dijo al segundo saaluk: «Tu historia es realmente extraordinaria. Ahora alísate un poco el pelo sobre la cabeza y ve á buscar tu destino por la ruta de Alah.»

Pero él respondió: «En verdad que no saldré de aquí sin haber oído el relato de mi tercer compañero.»

Entonces el tercer saaluk dió un paso y dijo:


Historia del tercer saaluk


«¡Oh gloriosa señora! no creas que mi historia encierra menos maravillas que las de mis dos compañeros! Porque mi historia es infinitamente más asombrosa aún.

Si sobre estos dos compañeros míos pesaron las desgracias, motivadas por el Destino y la fatalidad, otra cosa fué respecto á mí. Si estoy afeitado y tuerto, yo tengo la culpa, pues me atraje la fatalidad y llené mi corazón de penas y zozobras.

Helo aquí. Soy rey, hijo de rey. Mi padre se llamaba Kassib y yo era su hijo. Cuando murió el rey, mi padre, heredé su reino, y reiné y goberné con justicia, haciendo mucho bien entre mis súbditos.

Pero tenía gran afición á los viajes por mar. Y no me privaba de ellos, porque la capital de mi reino estaba junto al mar, y en una gran extensión marítima pertenecíanme numerosas islas fortificadas. Una vez quise ir á visitarlas todas, y mandé preparar diez naves grandes y llenarlas de provisiones para un mes, dándome á la vela. Esta visita duró veinte días, al cabo de los cuales, una noche se desencadenó contra nosotros un viento contrario, que se prolongó hasta el amanecer. Entonces, calmado un poco el viento y suavizado el mar, al salir el sol vimos una isla en la que podíamos detenernos. Fuimos á tierra, hicimos algo de comer, y descansamos dos días en espera de que la tempestad terminara, y luego zarpamos. El viaje duró otros veinte días, hasta que en uno de tantos perdimos la derrota, pues las aguas en que navegábamos eran tan desconocidas para nosotros como para el capitán. Porque el capitán, realmente, no conocía este mar. Entonces le dijimos al vigía: «Mira con atención el mar.» Y el vigía subió al palo, descendió después y nos dijo al capitán y á mí: «A la derecha he visto peces en la superficie del agua, y muy lejos, en medio de las olas, una cosa que unas veces parecía blanca y otras negra.»

Al oir estas palabras del vigía, el capitán sufrió un cambio muy notable en su color, tiró el turbante al suelo, se mesó la barba, y nos dijo: «¡Os anuncio nuestra total pérdida! ¡No ha de salvarse ni uno!» Luego se echó á llorar, y con él lloramos todos. Yo le pregunté entonces: «¡Oh capitán! ¿Quieres explicarnos las palabras del vigía?» Y contestó: «¡Oh mi señor! Sabe que desde el día que sopló el viento contrario perdimos la derrota, y hace de ello once días, sin encontrar un viento favorable que nos permita volver al buen camino. Sabe, pues, el significado de esa cosa negra y blanca y de esos peces que sobrenadan cerca de nosotros: mañana llegaremos á una montaña de rocas negras que se llama la Montaña del Imán, y hacia ella han de llevarnos á la fuerza las aguas. Y nuestra nave se despedazará, porque volarán todos sus clavos, atraídos por la montaña y adhiriéndose á sus laderas, pues Alah el Altísimo dotó á la Montaña del Imán de una secreta virtud que la permite atraer todos los objetos de hierro. Y no puedes imaginarte la enorme cantidad de cosas de hierro que se ha acumulado y colgado de dicha montaña desde que atrae á los navíos. ¡Sólo Alah sabe su número! Desde el mar se ve relucir en la cima de esa montaña una cúpula de cobre amarillo sostenida por diez columnas, y encima hay un jinete en un caballo de bronce, y el jinete tiene en la mano una lanza de cobre, y le pende del pecho una chapa de plomo grabada con palabras talismánicas desconocidas. Sabe, ¡oh rey! que mientras el jinete permanezca sobre su caballo, quedarán destrozados todos los barcos que naveguen en torno suyo, y todos los pasajeros se perderán sin remedio, y todos los hierros de las naves se irán á pegar á la montaña. ¡No habrá salvación posible mientras no se precipite el jinete al mar!»

Dicho esto, ¡oh señora mía! el capitán continuó derramando abundantes lágrimas, y juzgamos segura é irremediable nuestra pérdida, despidiéndose cada cual de sus amigos.

Y así fué; porque apenas amaneció, nos vimos próximos á la montaña de rocas negras imantadas, y las aguas nos empujaban violentamente hacia ella. Y cuando las diez naves llegaron al pie de la montaña, los clavos se desprendieron de pronto y comenzaron á volar por millares, lo mismo que todos los hierros, y fueron á adherirse á la montaña. Y nuestros barcos se abrieron, siendo precipitados al mar todos nosotros.

Pasamos el día entero á merced de las olas, ahogándose la mayoría y salvándonos otros, sin que los que no perecimos pudiéramos volver á encontrarnos, pues las corrientes terribles y los vientos contrarios nos dispersaron por todas partes.

Y Alah el Altísimo, ¡oh señora mía! me quiso salvar para reservarme nuevas penas, grandes padecimientos y enormes desventuras. Pude agarrarme á uno de los tablones que sobrenadaban, y las olas y el viento me arrojaron á la costa, al pie de la Montaña del Imán.

Allí encontré un camino que conducía á la cumbre, y estaba todo él hecho de escalones tallados en la roca. En seguida invoqué el nombre de Alah el Altísimo, y...»

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ
LA 15.ª NOCHE
Ella dijo:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que el tercer saaluk, mientras permanecían sentados y cruzados de brazos los demás, vigilados por los siete negros, que tenían en la mano el alfanje desnudo, prosiguió, dirigiéndose á la dueña de la casa:

«Invoqué, pues, el nombre de Alah, le imploré, y me absorbí en el éxtasis de la plegaria. Y cuando el viento cambió, por orden del Altísimo, logré subir á lo más alto de la montaña, agarrándome como pude á las rocas y excavaciones. Y mi alegría por hallarme en salvo llegó hasta el límite de la alegría. Ya sólo me faltaba llegar á la cúpula; lo conseguí al fin, y pude penetrar en ella. Entonces me hinqué de rodillas y di gracias á Alah por haberme salvado.

Pero estaba tan rendido, que me eché en el suelo y me dormí. Y durante mi sueño oí que una voz me decía: «¡Oh hijo de Kassib! cuando te despiertes cava á tus pies, y encontrarás un arco de cobre y tres flechas de plomo, en las cuales hay grabados talismanes. Coge el arco y dispara contra el jinete que está en la cúpula, y así podrás devolver la tranquilidad á los humanos, librándoles de tan terrible plaga. Cuando hieras al jinete, este jinete caerá al mar y el arco se escapará de tus manos al suelo. Le cogerás entonces y lo enterrarás en el mismo sitio en que haya caído. Y mientras tanto, el mar empezará á hervir, creciendo hasta llegar á la cumbre en que te encuentras. Y verás en el mar una barca, y en la barca á una persona distinta del jinete arrojado al abismo. Esa persona se te acercará con un remo en la mano. Puedes entrar sin temor en la barca. Pero guárdate bien de pronunciar el santo nombre de Alah, y no olvides esto por nada del mundo. Una vez en la barca, te guiará ese hombre, haciéndote navegar por espacio de diez días, hasta que llegues al Mar de Salvación. Y cuando llegues á este mar encontrarás á alguien que ha de llevarte á tu tierra. Pero no olvides que para que todo eso ocurra no debes pronunciar nunca el nombre de Alah.»

Entonces, ¡oh señora mía! desperté y me dispuse animoso á ejecutar las órdenes de aquella voz. Con el arco y las flechas encontradas disparé contra el jinete, lo derribé, y lo vi hundirse en el mar. El arco se me escapó de la mano, y lo enterré en el mismo sitio en que había caído. En seguida el mar se agitó, hirvió y se desbordó, llegando hasta la cumbre en que yo me hallaba Y á los pocos instantes vi en medio del mar una barca que se dirigía hacia la costa. Entonces di gracias á Alah el Altísimo. Y al aproximarse la barca advertí en ella á un hombre de bronce que llevaba en el pecho una chapa de plomo con nombres y talismanes grabados. Y cuando la barca llegó, entré en ella, pero sin decir palabra. Y el hombre de bronce me condujo durante un día, durante dos, durante tres, y así sucesivamente, hasta diez días. Entonces vi unas islas á lo lejos. ¡Aquello era la salvación! Y me alegré hasta el límite de la alegría; pero tanta era la plenitud de mi emoción y de mi gratitud hacia el Altísimo, que pronuncié el nombre de Alah y lo glorifiqué, exclamando: «¡Alahu akbar! ¡Alahu akbar!»[13]

Pero apenas dije tan sagradas palabras, el hombre de bronce se apoderó de mí, me arrojó al mar, y hundiéndose á lo lejos, desapareció.

Estuve nadando hasta el anochecer, en que mis brazos quedaron extenuados y rendido todo mi cuerpo. Entonces, viendo aproximarse la muerte, dije la schehada, mi profesión de fe, y me dispuse á morir. Pero en aquel momento una ola más enorme que las otras vino desde la lejanía como una torre gigantesca y me despidió con tal empuje, que me encontré junto á unas islas que había divisado en lontananza. ¡Así lo quiso Alah!

Entonces trepé á la orilla, retorcí mi ropa, tendiéndola en el suelo para que se secase, y me eché á dormir, sin despertar hasta por la mañana. Me puse mis vestidos secos, me levanté buscando donde ir, y me interné en un pequeño valle fértil, recorriéndolo en todas direcciones, y así di una vuelta entera al lugar en que me encontraba, viendo que me rodeaba el mar por todas partes. Y me dije: «¡Qué fatalidad la mía! ¡Siempre que me libro de una desgracia caigo en otra peor!»

Mientras me absorbían tan tristes pensamientos, divisé que venía por el mar una barca con gente. Entonces, temeroso de que me ocurriera algo desagradable, me levanté y me encaramé á un árbol para esperar los acontecimientos. Al arribar la barca salieron de ella diez esclavos con una pala cada uno. Anduvieron hasta llegar al centro de la isla, y allí empezaron á cavar la tierra, dejando al descubierto una trampa. La levantaron, y abrieron una puerta que apareció debajo. Hecho esto, volvieron á la barca, descargando de su interior y echándose á hombros gran cantidad de efectos: pan, harina, miel, manteca, carneros, sacos llenos y otras muchas cosas; todo, en fin, lo que pueda desear quien vive en una casa. Los esclavos siguieron yendo y viniendo del subterráneo á la barca y de la barca á la trampa, hasta vaciar completamente aquélla, sacando luego trajes suntuosos y magníficos, que se echaron al brazo; y entonces vi salir de la barca, en medio de los esclavos, á un anciano venerable, tan flaco y encorvado por los años y las vicisitudes, que apenas tenía apariencia humana. Este jeque llevaba de la mano á un joven hermosísimo, moldeado realmente en el molde de la perfección, rama tierna y flexible, cuyo aspecto hubo de cautivar mi corazón y conmover la pulpa de mi carne.

Llegaron hasta la puerta, la franquearon y desaparecieron ante mis ojos. Pero pasados unos instantes, subieron todos menos el joven; entraron otra vez en la barca y se alejaron por el mar.

Cuando los hube perdido de vista, salté del árbol, corrí hacia el sitio donde estaba la trampa, que habían cubierto otra vez de tierra, y la quité de nuevo. Entonces descubrí la trampa, que era de madera y del tamaño de una piedra de molino, la levanté con ayuda de Alah, y vi que arrancaba de ella una escalera abovedada. Descendí, poseído de asombro, sus peldaños de piedra, y me encontré al fin en un espacioso salón revestido de tapices magníficos y colgaduras de seda y terciopelo. En un diván, entre bujías encendidas, jarrones con flores y tarros llenos de frutas y de dulces, aparecía sentado el joven, que estaba haciéndose aire con un abanico. Al verme se asustó mucho, pero yo le dije con mi más armoniosa voz: «¡La paz sea contigo!» Y él contestó, tranquilizándose: «¡Y contigo sea la paz, la misericordia de Alah y sus bendiciones!» Yo le dije: «¡Oh mi señor! Que tu corazón no se alarme. Aquí donde me ves, soy rey é hijo de un rey. Alah me ha guiado hasta ti para sacarte de este subterráneo, al cual sin duda te trajeron para que murieses. Pero yo te libertaré. Y serás mi amigo, pues me bastó verte para estar predispuesto á tu favor.»

Entonces el joven, dibujando una sonrisa en sus labios, me invitó á que me sentase junto á él en el diván, y me dijo: «Sabe, ¡oh señor mío! que no me trajeron á este lugar para que muriese, sino para librarme de la muerte. Sabe también que soy hijo de un gran joyero, conocido en todo el mundo por sus riquezas y la cuantía de sus tesoros. Las caravanas que van por cuenta suya á lejanos países para vender su pedrería á los reyes y emires de la tierra han extendido su reputación por todas partes. Al nacer yo, siendo ya él de edad madura, le anunciaron los maestros de la adivinación, que su hijo había de morir antes que su padre y su madre; y mi padre, aquel día, á pesar del regocijo que le había causado mi nacimiento y la felicidad de mi madre, que me dió al mundo después del término de nueve meses, por voluntad de Alah, experimentó un dolor muy grande, sobre todo cuando los sabios que habían leído en los astros mi suerte le dijeron: «Matará á tu hijo un rey, hijo de otro rey, llamado Kassib, cuarenta días después de que aquél haya arrojado al mar al jinete de bronce de la montaña magnética.» Y mi padre el joyero quedó afligidísimo. Y cuidó de mí, educándome con mucho esmero, hasta que hube cumplido los quince años. Pero entonces supo que el jinete había sido echado al mar, y la noticia le apenó y le hizo llorar tanto, que en poco tiempo palideció su cara, enflaqueció su cuerpo y toda su persona adquirió la apariencia de un hombre decrépito, rendido por los años y las desventuras. Entonces me trajo á esta morada subterránea, la cual mandó construir para sustraerme á la busca del rey que había de matarme cuando cumpliera yo los quince años, y yo y mi padre estamos seguros de que el hijo de Kassib no podrá dar conmigo en esta isla desconocida. Tal es la causa de mi estancia en este sitio.»

Entonces pensé yo: «¿Cómo podrán equivocarse así los sabios que leen en los astros? Porque, ¡por Alah! este joven es la llama de mi corazón, y más fácil que matarlo me sería matarme.» Y luego le dije: «¡Oh hijo mío! Alah Todopoderoso no consentirá nunca que se quiebre flor tan hermosa. Estoy dispuesto á defenderte y á seguir aquí contigo toda la vida.» Y él me contestó: «Pasados cuarenta días vendrá á buscarme mi padre, pues ya no habrá peligro.» Y yo le dije: «¡Por Alah! que permaneceré en tu compañía esos cuarenta días, y después le diré á tu padre que te deje ir á mi reino, donde serás mi amigo y heredero del trono.

Entonces el mancebo me dió las gracias con palabras cariñosas, y comprendí que era en extremo cortés y correspondía á la inclinación que á él me arrastraba. Y empezamos á conversar amistosamente, regalándonos con las vituallas deliciosas de sus provisiones, que podían bastar para un año á cien comensales.

Después de haber comido, pude comprobar nuevamente cuán subyugado estaba mi corazón por sus encantos, y luego nos tendimos y dormimos juntos toda la noche.

Al aproximarse el día me desperté y me lavé, llevando al joven la palangana llena de agua perfumada para que asimismo se lavase, y preparé los alimentos y comimos juntos, hablando, jugando y riendo luego hasta la noche. Y entonces pusimos la mesa y cenamos un carnero relleno de almendras, pasas, nuez moscada, clavo y pimienta. Y bebimos agua dulce y fresca, y tomamos también sandía, melón, tortas y pastelillos tan finos y leves como una cabellera, en los cuales no se había escatimado la manteca, la miel, las almendras ni la canela. Y como la noche anterior, nos acostamos, y pude darme cuenta de cuán grande era nuestra amistad. Y así dejamos transcurrir, tranquilos y felices, hasta el día cuadragésimo. Este último día, como tenía que venir su padre, el joven quiso darse un buen baño, y puse á calentar agua en el caldero, vertiéndola después en la tina de cobre y añadiéndole agua fría para hacerla más agradable. El joven entró en el baño, y lo lavé, y lo froté, y le di masaje, perfumándole y transportándole á la cama, donde le cubrí con la colcha y le envolví la cabeza en un pedazo de seda bordada de plata, obsequiándole con un sorbete delicioso, y se durmió.

Al despertarse quiso comer algo, y eligiendo la sandía más hermosa y colocándola en una bandeja, y la bandeja en un tapiz, me subí á la cama para coger el cuchillo grande, que pendía de la pared sobre la cabeza del mancebo. Y he aquí que el joven, por divertirse, me hizo de pronto cosquillas en una pierna, produciéndome tal efecto, que caí encima de él sin querer y le clavé el cuchillo en el corazón. Y expiró en seguida.

Al ver aquello, ¡oh señora mía! empecé á golpearme, y á gritar, y á gemir, y me desgarré las ropas, arrojándome desesperado al suelo. Pero mi amigo muerto estaba, cumpliéndose el Destino para que no mintieran las predicciones de los astrólogos. Alcé los ojos y las manos hacia el Altísimo, y repuse: «¡Oh Señor del universo! Si he cometido un crimen, dispuesto estoy á que me castigue tu justicia.» En este momento sentíame animoso ante la muerte. Pero ¡oh señora mía! nuestros anhelos nunca se satisfacen ni para el bien ni para el mal.

Entonces, no siéndome posible soportar la estancia en aquel sitio, y además, como sabía que el joyero no tardaría en comparecer, subí la escalera, salí y cerré la trampa, cubriéndola de tierra, como estaba antes.

Cuando me vi fuera, me dije: «Voy á observar ahora lo que ocurra; pero ocultándome, porque si no, los esclavos me matarían con la peor muerte.» Y entonces me subí á un árbol copudo que estaba cerca de la trampa, y allí quedé en acecho. Una hora más tarde apareció la barca con el anciano y los esclavos. Desembarcaron todos, llegaron apresuradamente junto al árbol, y al advertir la tierra recientemente removida, atemorizáronse, quedando abatidísimo el viejo. Los esclavos cavaron apresuradamente, y levantando la trampa, bajaron con el pobre padre. Este empezó á llamar á gritos á su hijo, sin que el muchacho respondiera, y le buscaron por todas partes, hallándolo por fin tendido en el lecho con el corazón atravesado.

Al verle, sintió el anciano que se le partía el alma, y cayó desmayado. Los esclavos, mientras tanto, se lamentaban y afligían; después subieron en hombros al joyero. Sepultaron el cadáver del joven envuelto en un sudario, transportaron al padre dentro de la barca con todas las riquezas y provisiones que quedaban aún, y desaparecieron en la lejanía sobre el mar.

Entonces, apenadísimo, bajé del árbol, medité en aquella desgracia, lloré mucho, y anduve desolado todo el día y toda la noche. De repente noté que iba menguando el agua, quedando seco el espacio entre la isla y la tierra firme de enfrente. Di gracias á Alah, que quería librarme de seguir en aquel paraje maldito, y empecé á caminar por la arena invocando su santo nombre. Llegó en esto la hora de ponerse el sol. Vi de pronto aparecer muy á lo lejos como una gran hoguera, y me dirigí hacia aquel sitio, sospechando que estarían cociendo algún carnero; pero al acercarme advertí que lo que hube tomado por hoguera era un vasto palacio de cobre que se diría incendiado por el sol poniente.

Llegué hasta el límite del asombro ante aquel palacio magnífico, todio de cobre. Y estaba admirando su sólida construcción, cuando súbitamente vi salir por la puerta principal á diez jóvenes de elevada estatura, y cuyas caras eran una alabanza al Creador por haberlas hecho tan hermosas. Pero aquellos diez jóvenes eran todos tuertos del ojo izquierdo, y sólo no lo era un anciano alto y venerable, que hacía el número once.

Al verlos exclamé: «¡Por Alah, que es extraña coincidencia! ¿Cómo estarán juntos diez tuertos, y del ojo izquierdo precisamente?» Mientras me absorbía en estas reflexiones, los diez jóvenes se acercaron y me dijeron: «¡La paz sea contigo!» Y yo les devolví el saludo de paz, y hube de referirles mi historia, desde el principio hasta el fin, que no creo necesario repetirte, ¡oh señora mía!

Al oírla, llegaron aquellos jóvenes al colmo de la admiración, y me dijeron: «¡Oh señor! Entra en esta morada, donde serás bien acogido.» Entré con ellos, y atravesamos muchas salas revestidas con telas de raso. En el centro de la última, que era la más hermosa y espaciosa de todas, había diez lechos magníficos formados con alfombras y colchones, y entre aquéllos otra alfombra, pero sin colchón, y tan rica como las demás. Y el anciano se sentó en ésta, y cada uno de los diez jóvenes en la suya, y me dijeron: «¡Oh señor! Siéntate en el testero de la sala, y no nos preguntes acerca de lo que aquí veas.»

A los pocos momentos se levantó el viejo, salió y volvió varias veces, llevando manjares y bebidas, de lo cual comimos y bebimos todos.

Después recogió las sobras el anciano, y se sentó de nuevo. Y los jóvenes le preguntaron: «¿Cómo te sientas sin traernos lo necesario para cumplir nuestros deberes?» Y el anciano, sin replicar palabra, se levantó y salió diez veces, trayendo cada vez sobre la cabeza una palangana cubierta con un paño de raso y en la mano un farol, que fué colocando delante de cada joven. Y á mí no me dió nada, lo cual hubo de contrariarme.

Pero cuando levantaron las telas de raso, vi que las jofainas sólo contenían ceniza, polvo de carbón y khol. Se echaron la ceniza en la cabeza, el carbón en la cara y el khol en el ojo derecho, y empezaron á lamentarse y á llorar, mientras decían: «¡Sufrimos lo que merecemos por nuestras culpas y nuestra desobediencia!» Y aquella lamentación prosiguió hasta cerca del amanecer. Entonces se lavaron en nuevas palanganas que les llevó el viejo, se pusieron otros trajes, y quedaron como antes de la extraña ceremonia.

Por más que aquello, ¡oh señora mía! me asombrase con el más considerable asombro, no me atreví á preguntar nada, pues así me lo habían ordenado. Y á la noche siguiente hicieron lo mismo que la primera, y lo mismo á la tercera y á la cuarta. Entonces ya no pude callar más, y exclamé: «¡Oh mis señores! Os ruego que me digáis por qué sois todos tuertos y á qué obedece el que os echéis por la cabeza ceniza, carbón y khol, pues, ¡por Alah! prefiero la muerte á la incertidumbre en que me habéis sumido.» Entonces ellos replicaron: «¿Sabes que lo que pides es tu perdición?» Y yo contesté: «Venga mi perdición, antes que la duda.» Pero ellos me dijeron: «¡Cuidado con tu ojo izquierdo!» Y yo respondí: «No necesito el ojo izquierdo si he de seguir en esta perplejidad.» Y por fin exclamaron: «¡Cúmplase tu destino! Te sucederá lo que nos sucedió; mas no te quejes, que la culpa es tuya. Y después de perdido el ojo izquierdo, no podrás venir con nosotros, porque ya somos diez y no hay sitio para el undécimo.»

Dicho esto, el anciano trajo un carnero vivo. Lo degollaron, le arrancaron la piel, y después de limpiarla cuidadosamente, me dijeron: «Vamos á coserte dentro de esa piel, y te colocaremos en la azotea del palacio. El enorme buitre llamado Rock, capaz de arrebatar un elefante, te levantará hasta las nubes, tomándote por un carnero de veras, y para devorarte te llevará á la cumbre de una montaña muy alta, inaccesible á todos los seres humanos. Entonces con este cuchillo, de que puedes armarte, rasgarás la piel de carnero, saldrás de ella, y el terrible Rock, que no ataca á los hombres, desaparecerá de tu vista. Echa después á andar, hasta que encuentres un palacio diez veces mayor que el nuestro y mil veces más suntuoso. Está revestido de chapas de oro, sus muros se cubren de pedrería, especialmente de perlas y esmeraldas. Entra por una puerta abierta á todas horas, como nosotros entramos una vez, y ya verás lo que vieres. Allí nos dejamos todos el ojo izquierdo. Desde entonces soportamos el castigo merecido y expiamos nuestra culpa haciendo todas las noches lo que viste. Esa es, en resumen, nuestra historia, que más detallada llenaría todas las páginas de un gran libro cuadrado. Y ahora, ¡cúmplase tu destino!»

Y como persistiera en mi resolución, diéronme el cuchillo, me cosieron dentro de la piel de carnero, me colocaron en la azotea y se marcharon. Y de pronto noté que cargaba conmigo el terrible Rock, remontando el vuelo, y en cuanto comprendí que me había depositado en la cumbre de la montaña, rasgué con el cuchillo la piel que me cubría, y salí de debajo de ella dando gritos para asustar al terrible Rock. Y se alejó volando pesadamente, y vi que era todo blanco, tan ancho como diez elefantes y más largo que veinte camellos.

Entonces eché á andar muy de prisa, pues me torturaba la impaciencia por llegar al palacio. Al verlo, á pesar de la descripción hecha por los diez jóvenes, me quedé admirado hasta el límite de la admiración. Era mucho más suntuoso de lo que me habían dicho. La puerta principal, toda de oro, por la cual entré, tenía á los lados noventa y nueve puertas de maderas preciosas, de áloe y de sándalo. Las puertas de las salas eran de ébano con incrustaciones de oro y de diamantes. Y estas puertas conducían á los salones y á los jardines, donde se acumulaban todas las riquezas de la tierra y del mar.

No bien llegué á la primera habitación, me vi rodeado de cuarenta jóvenes, de una belleza tan asombrosa, que perdí la noción de mí mismo, y mis ojos no sabían á cuál dirigirse con preferencia á las demás, y me entró tal admiración, que hube de detenerme, sintiendo que me daba vueltas la cabeza.

Entonces todas se levantaron al verme, y con voz armoniosa me dijeron: «¡Que nuestra casa sea la tuya, ¡oh convidado nuestro! ¡Tu sitio está sobre nuestras cabezas y nuestros ojos!» Y me ofrecieron asiento en un estrado magnífico, sentándose ellas más abajo en las alfombras, y me dijeron: «¡Oh señor, somos tus esclavas, tu cosa, y tú eres nuestro dueño y la corona de nuestras cabezas!»

Luego todas se pusieron á servirme: una trajo agua caliente y toallas, y me lavó los pies; otra me echó en las manos agua perfumada, que vertía de un jarro de oro; la tercera me vistió un traje de seda con cinturón bordado de oro y plata, y la cuarta me presentó una copa llena de exquisita bebida aromatizada con flores. Y ésta me miraba, aquélla me sonreía, la de aquí me guiñaba los ojos, la de más allá me recitaba versos, otra abría los brazos, extendiéndolos perezosamente delante de mí, y aquella otra hacía ondular su talle sobre sus muslos. Y la una suspiraba: «¡Ay!», y la otra: «¡Huy!», y esta me decía: «¡Ojos míos!», la de más allá: «¡Oh alma mía!», la otra: «¡Entraña de mi vida!», y la otra: «¡Oh llama de mi corazón!»

Después se me acercaron todas, y comenzaron á acariciarme, y me dijeron: «¡Oh convidado nuestro, cuéntanos tu historia, porque estamos sin ningún hombre hace tiempo, y nuestra dicha será ahora completa!» Entonces hube de tranquilizarme, y les conté una parte de mi historia, hasta que empezó á anochecer.

Inmediatamente encendieron numerosas bujías, y la sala quedó iluminada como por el más espléndido sol. Luego pusieron los manteles, sirvieron los manjares más exquisitos y las bebidas más embriagadoras, y unas tañían instrumentos melodiosos, cantando con encantadora voz, otras bailaban, y yo seguía comiendo.

Después de estas diversiones, me dijeron: «¡Oh querido de nuestros ojos, llegó la hora de la cama y del placer positivo! Escoge entre nosotras la que quieras, y no temas ofendernos, pues á cada una le tocará la vez una noche. Somos cuarenta hermanas, y cada una volverá después á jugar contigo todas las noches en el lecho.»

Yo, señora mía, no sabía cuál elegir, pues todas eran igualmente deseables. A ciegas alargué los brazos y cogí á una; ¡pero al abrir los ojos, los volví á cerrar, deslumbrado por su hermosura! Entonces aquella joven me asió de la mano y me llevó á la cama. Y pasé con ella toda la noche. Le di cuarenta asaltos de verdadero asaltador y correspondió á ellos, y cada vez me decía: «¡Ay, ojos míos! ¡Ay, alma mía!» Y me acariciaba, y la mordía yo, y ella me pellizcaba, y así durante toda la noche.

Las siguientes, ¡oh señora mía! se deslizaron de la misma manera, cada noche con una de las hermanas, y no se pasó ninguna noche sin que no hubiese numerosos asaltos por parte de los dos. Un año completo duró esta felicidad. Y cada mañana se me acercaba la joven de la noche próxima, y llevándome al hammam, me lavaba todo, me daba un enérgico masaje y perfumaba mi cuerpo con cuantos perfumes otorgó Alah á sus servidores.

Llegó el final del año. La mañana del último día vi á todas las jóvenes al pie de mi cama, sueltas las cabelleras, llorando amargamente, poseídas de un gran dolor, y me dijeron: «Sabe, ¡oh luz de nuestros ojos! que hemos de abandonarte, como abandonamos á otros antes que á ti, pues te consta que no eres el primero, y que anteriormente otros muchos nos cabalgaron y nos hicieron lo que tú. Pero tú eres verdaderamente el cabalgador más rico en corvetas y en medida de largo y grueso. Eres, en realidad, el más libertino y agradable de todos. Por este motivo, no podremos vivir sin ti.» Y yo les dije: «¿Y por qué habéis de abandonarme? Porque yo tampoco quiero perder la alegría de mi vida, que está en vosotras.» Ellas contestaron: «Sabe que somos todas hijas de un rey, pero de madre distinta. Desde nuestra pubertad vivimos en este palacio, y cada año pone Alah en nuestro camino un cabalgador que nos satisface, como nosotras á él. Pero cada año hemos de ausentarnos cuarenta días para visitar á nuestro padre y á nuestras madres. Y hoy es el día de la marcha.» Entonces dije: «Pero delicias mías, yo me quedaré en este palacio alabando á Alah hasta vuestro regreso.» Y ellas contestaron: «Cúmplase tu deseo. Aquí tienes todas las llaves del palacio, que abren todas las puertas. Él ha de servirte de morada, puesto que eres su dueño; pero guárdate muy bien de abrir la puerta de bronce que está en el fondo del jardín, porque no volverías á vernos y te ocurriría una gran desgracia. ¡Cuida, pues, de no abrir esa puerta!» Dicho esto, me abrazaron y besaron todas, una tras otra, llorando y diciéndome: «¡Alah sea contigo!» Y partieron, sin dejar de mirarme á través de sus lágrimas.

Entonces, ¡oh señora mía! salí del salón en que me hallaba, y con las llaves en la mano empecé á recorrer aquel palacio, que aún no había tenido tiempo de ver, pues mi cuerpo y mi alma habían estado encadenados en el lecho entre los brazos de las jóvenes. Y abrí con la primera llave la primera puerta.

Me vi entonces en un gran huerto rebosante de árboles frutales, tan frondosos, que en mi vida los había conocido iguales en el mundo. Canalillos llenos de agua los regaban tan á conciencia, que las frutas eran de un tamaño y una hermosura indecibles. Comí de ellas, especialmente bananas, y también dátiles, que eran largos como los dedos de un árabe noble, y granadas, manzanas y melocotones. Cuando acabé de comer di gracias por su magnanimidad á Alah, y abrí la segunda puerta con la segunda llave.

Cuando abrí esta puerta, mis ojos y mi olfato quedaron subyugados por una inmensidad de flores que llenaban un gran jardín regado por arroyos numerosos. Había allí cuantas flores pueden criarse en los jardines de los emires de la tierra: jazmines, narcisos, rosas, violetas, jacintos, anémonas, claveles, tulipanes, ranúnculos y todas las flores de todas las estaciones. Cuando hube aspirado la fragancia de todas las flores, cogí un jazmín, guardándolo dentro de mi nariz para gozar su aroma, y di las gracias á Alah el Altísimo por sus bondades.

Abrí en seguida la tercera puerta, y mis oídos quedaron encantados con las voces de numerosas aves de todos los colores y de todas las especies de la tierra. Estaban en una pajarera construída con varillas de áloe y de sándalo. Los bebedores eran de jaspe fino y los comedores de oro. El suelo aparecía barrido y regado. Y las aves bendecían al Creador. Estuve oyéndolas cantar, y cuando anocheció me retiré.

Al día siguiente me levanté temprano, y abrí la cuarta puerta con la cuarta llave. Y entonces, ¡oh señora mía! vi cosas que ni en sueños podría ver un ser humano. En medio de un gran patio había una cúpula de maravillosa construcción, con escaleras de pórfido que ascendían hasta cuarenta puertas de ébano, labradas con oro y plata. Se encontraban abiertas y permitían ver aposentos espaciosos, cada uno de los cuales contenía un tesoro diferente, y valía cada tesoro más que todo mi reino. La primera sala estaba atestada de enormes montones de perlas, grandes y pequeñas, abundando las grandes, que tenían el tamaño de un huevo de paloma y brillaban como la luna llena. La segunda sala superaba en riqueza á la primera, y aparecía repleta de diamantes, rubíes rojos, rubíes azules[14] y carbunclos. En la tercera había esmeraldas solamente; en la cuarta montones de oro en bruto; en la quinta, monedas de oro de todas las naciones; en la sexta, plata virgen; en la séptima, monedas de plata de todas las naciones. Las demás salas estaban llenas de cuantas pedrerías hay en el seno de la tierra y del mar: topacios, turquesas, jacintos, piedras del Yemen, cornalinas de los más varios colores, jarrones de jade, collares, brazaletes, cinturones y todas las preseas, en fin, usadas en las cortes de reyes y de emires.

Y yo, ¡oh señora mía! levanté las manos y los ojos y di gracias á Alah el Altísimo por sus beneficios. Y así seguí cada día abriendo una ó dos ó tres puertas, hasta el cuadragésimo, creciendo diariamente mi asombro, y ya no me quedaba mas que la llave de la puerta de bronce. Y pensé en las cuarenta jóvenes, y me sentí sumido en la mayor felicidad pensando en ellas, en la dulzura de sus ademanes, en la frescura de sus carnes, en la dureza de sus muslos, en la estrechez de sus vulvas, en la redondez y volumen de sus nalgas, y en sus gritos cuando me decían: «¡Ay, ojos míos! ¡Ay, alma mía!» Y exclamé: «¡Por Alah! ¡Nuestra noche va á ser una noche blanca y bendita!»

Pero el Maligno hacíame pensar en la llave de la puerta de bronce, tentándome continuamente, y la tentación pudo más que yo, y abrí la puerta. Nada vieron mis ojos, mi olfato notó un olor muy fuerte y hostil á los sentidos, y me desmayé, cayendo por la parte de fuera de la entrada y cerrándose inmediatamente la puerta delante de mí. Cuando me repuse, persistí en la resolución inspirada por el Cheitán, y volví á abrir, aguardando á que el olor fuese menos penetrante.

Entré por fin, y me encontré en una espaciosa sala, con el suelo cubierto de azafrán y alumbrada por bujías perfumadas de ámbar gris é incienso y por magníficas lámparas de plata y oro llenas de aceite aromático, que al arder exhalaba aquel olor tan fuerte. Y entre lámparas y candelabros vi un maravilloso caballo negro con una estrella blanca en la frente, y la pata delantera derecha y la trasera izquierda tenían asimismo manchas blancas en los extremos. La silla era de brocado y la brida una cadena de oro; el pesebre estaba lleno de sésamo y cebada bien cribada; el abrevadero contenía agua fresca perfumada con rosas.

Entonces, ¡oh señora mía! como mi pasión mayor eran los buenos caballos, y yo el jinete más ilustre de mi reino, me agradó mucho aquel corcel, y cogiéndole de la brida le saqué al jardín y lo monté; pero no se movió. Entonces le di en el cuello con la cadena de oro. Y de pronto, ¡oh señora mía! abrió el caballo dos grandes alas negras, que yo no había visto, relinchó de un modo espantoso, dió tres veces con los cascos en el suelo, y voló conmigo por los aires.

En seguida, ¡oh señora mía! empezó todo á dar vueltas á mi alrededor; pero apreté los muslos y me sostuve como buen jinete. Y he aquí que el caballo descendió y se detuvo en la azotea del palacio donde había yo encontrado á los diez tuertos. Y entonces se encabritó terriblemente y logró derribarme. Luego se acercó á mí, y metiéndome la punta de una de sus alas en el ojo izquierdo, me lo vació, sin que pudiera yo impedirlo. Y emprendió el vuelo otra vez, desapareciendo en los aires.

Me tapé con la mano el ojo huero, y anduve en todos sentidos por la azotea, lamentándome á impulsos del dolor. Y de pronto vi delante de mí á los diez mancebos, que decían: «¡No quisiste atendernos! ¡Ahí tienes el fruto de tu funesta terquedad! Y no puedes quedarte entre nosotros, porque ya somos diez. Pero te indicaremos el camino para que marches á Bagdad, capital del Emir de los Creyentes Harún Al-Rachid, cuya fama ha llegado á nuestros oídos, y tu destino quedará entre sus manos.»

Partí, después de haberme afeitado y puesto este traje de saaluk, para no tener que soportar otras desgracias, y viajé día y noche, no parando hasta llegar á Bagdad, morada de paz, donde encontré á estos dos tuertos, y saludándoles, les dije: «Soy extranjero.» Y ellos me contestaron: «También lo somos nosotros.» Y así llegamos los tres á esta bendita casa, ¡oh señora mía!

«Y tal es la causa de mi ojo huero y de mis barbas afeitadas.»


Después de oir tan extraordinaria historia, la mayor de las tres doncellas dijo al tercer saaluk: «Te perdono. Acaríciate un poco la cabeza y vete.»

Pero el tercer saaluk contestó: «¡Por Alah! No he de irme sin oir las historias de los otros.»

Entonces la joven, volviéndose hacia el califa, hacia el visir Giafar y hacia el portaalfanje, les dijo: «Contad vuestra historia.»

Y Giafar se le acercó, y repitió el relato que ya había contado á la joven portera al entrar en la casa. Y después de haber oído á Giafar, la dueña de la morada les dijo:

«Os perdono á todos, á los unos y á los otros. Pero marchaos en seguida.»

Y todos salieron á la calle. Entonces el califa dijo á los saalik: «Compañeros, ¿adónde vais?» Y éstos contestaron: «No sabemos dónde ir.» Y el califa les dijo: «Venid á pasar la noche con nosotros.» Y ordenó á Giafar: «Llévalos á tu casa y mañana me los traes, que ya veremos lo que se hace.» Y Giafar ejecutó estas órdenes.

Entonces entró en su palacio el califa, pero no pudo dormir en toda la noche. Por la mañana se sentó en el trono, mandó entrar á los jefes de su Imperio, y cuando hubo despachado los asuntos y se hubieron marchado, volvióse hacia Giafar y le dijo: «Tráeme las tres jóvenes, las dos perras y los tres saalik.» Y Giafar salió en seguida, y los puso á todos entre las manos del califa. Las jóvenes se presentaron ante él cubiertas con sus velos. Y Giafar les dijo: «No se os castigará, porque sin conocernos nos habéis perdonado y favorecido. Pero ahora estáis en manos del quinto descendiente de Abbas, el califa Harún Al-Rachid. De modo que tenéis que contarle la verdad.»


Cuando las jóvenes oyeron las palabras de Giafar, que hablaba en nombre del Príncipe de los Creyentes, dió un paso la mayor y dijo: «¡Oh Emir de los Creyentes! Mi historia es tan prodigiosa, que si se escribiese con una aguja en el ángulo interior de un ojo, sería una lección para quien la leyese con respeto.»


En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ
LA 16.ª NOCHE
Ella dijo:


He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que la mayor de las jóvenes se puso entre las manos del Emir de los Creyentes, y contó su historia del siguiente modo:


Historia de Zobeida, la mayor
de las jóvenes


«¡Oh Príncipe de los Creyentes! Sabe que me llamo Zobeida; mi hermana, la que abrió la puerta, se llama Amina, y la más joven de todas, Fahima. Las tres somos hijas del mismo padre, pero no de la misma madre. Estas dos perras son otras dos hermanas mías, de padre y madre.

Al morir nuestro padre nos dejó cinco mil dinares, que se repartieron por igual entre nosotras. Entonces mis hermanas Amina y Fahima se separaron de mí para irse con su madre, y yo y las otras dos hermanas, estas dos perras que aquí ves, nos quedamos juntas. Soy la más joven de las tres, pero mayor que Amina y Fahima, que están entre tus manos.

Al poco tiempo de morir nuestro padre, mis dos hermanas mayores se casaron y estuvieron algún tiempo conmigo en la misma casa. Pero sus maridos no tardaron en prepararse á un viaje comercial; cogieron los mil dinares de sus mujeres para comprar mercaderías, y se marcharon todos juntos, dejándome completamente sola.

Estuvieron ausentes cuatro años, durante los cuales se arruinaron mis cuñados, y después de perder sus mercancías, desaparecieron, abandonando en país extranjero á sus mujeres.

Y mis hermanas pasaron toda clase de miserias y acabaron por llegar á mi casa como unas mendigas. Al ver aquellas dos mendigas, no pude pensar que fuesen mis hermanas, y me alejé de ellas; pero entonces me hablaron, y reconociéndolas, les dije: «¿Qué os ha ocurrido? ¿Cómo os veo en tal estado?» Y respondieron: «¡Oh hermana! Las palabras ya nada remediarían, pues el cálamo corrió por lo que había mandado Alah»[15]. Oyéndolas se conmovió de lástima mi corazón, y las llevé al hammam, poniendo á cada una un traje nuevo, y les dije: «Hermanas mías, sois mayores que yo, y creo justo que ocupéis el lugar de mis padres. Y como la herencia que me tocó, igual que á vosotras, ha sido bendecida por Alah y se ha acrecentado considerablemente, comeréis sus frutos conmigo, nuestra vida será respetable y honrosa, y ya no nos separaremos.» Y las retuve en mi casa y en mi corazón.

Y he aquí que las colmé de beneficios, y estuvieron en mi casa durante un año entero, y mis bienes eran sus bienes. Pero un día me dijeron: «Realmente, preferimos el matrimonio, y no podemos pasarnos sin él, pues se ha agotado nuestra paciencia al vernos tan solas.» Yo les contesté: «¡Oh hermanas! Nada bueno podréis encontrar en el matrimonio, pues escasean los hombres honrados. ¿No probasteis el matrimonio ya? ¿Olvidáis lo que os ha proporcionado?»

Pero no me hicieron caso, y se empeñaron en casarse sin mi consentimiento. Entonces les di el dinero para las bodas y les regalé los equipos necesarios. Después se fueron con sus maridos á probar fortuna.

Pero no haría mucho que se habían ido, cuando sus esposos se burlaron de ellas, quitándolas cuanto yo les di y abandonándolas. De nuevo regresaron ambas desnudas á mi casa, y me pidieron mil perdones, diciéndome: «¡No nos regañes, hermana! Cierto que eres la de menos edad de las tres, pero nos aventajas en razón. Te prometemos no volver á pronunciar nunca la palabra «casamiento». Entonces les dije: «¡Oh hermanas mías! Que la acogida en mi casa os sea hospitalaria. A nadie quiero como á vosotras.» Y les di muchos besos, y las traté con mayor generosidad que la primera vez.

Así transcurrió otro año entero, y al terminal éste, pensé fletar una nave cargada de mercancías y marcharme á comerciar á Basrah[16]. Y efectivamente, dispuse un barco, y lo cargué de mercancías y géneros y de cuanto pudiera necesitarse durante la travesía, y dije á mis hermanas: «¡Oh hermanas! ¿Preferís quedaros en mi casa mientras dure el viaje hasta mi regreso, ó viajar conmigo?» Y me contestaron: «Viajaremos contigo, pues no podríamos soportar tu ausencia.» Entonces las llevé conmigo y partimos todas juntas.

Pero antes de zarpar había cuidado yo de dividir mi dinero en dos partes; cogí la mitad, y la otra la escondí, diciéndome: «Es posible que nos ocurra alguna desgracia en el barco, y si logramos salvar la vida, al regresar, si es que regresamos, encontraremos aquí algo útil.»

Y viajamos día y noche; pero por desgracia, el capitán equivocó la ruta. La corriente nos llevó hasta un mar distinto por completo al que nos dirigíamos. Y nos impulsó un viento muy fuerte, que duró diez días. Entonces divisamos una ciudad en lontananza, y le preguntamos al capitán: «¿Cuál es el nombre de esa ciudad adonde vamos?» Y contestó: «¡Por Alah que no lo sé! Nunca la he visto, pues en mi vida había entrado en este mar. Pero, en fin, lo importante es que estamos por fortuna fuera de peligro. Ahora sólo os queda bajar á la ciudad y exponer vuestras mercancías. Y si podéis venderlas, os aconsejo que las vendáis.»

Una hora después volvió á acercársenos, y nos dijo: «¡Apresuraos á desembarcar, para ver en esa población las maravillas del Altísimo!»

Entonces desembarcamos, pero apenas hubimos entrado en la ciudad, nos quedamos asombradas. Todos los habitantes estaban convertidos en estatuas de piedra negra. Y sólo ellos habían sufrido esta petrificación, pues en los zocos y en las tiendas aparecían las mercancías en su estado normal, lo mismo que las cosas de oro y plata. Al ver aquello llegamos al límite de la admiración, y nos dijimos: «En verdad que la causa de todo esto debe de ser rarísima.»

Y nos separamos, para recorrer cada cual á su gusto las calles de la ciudad, y recoger por su cuenta cuanto oro, plata y telas preciosas pudiese llevar consigo.

Yo subí á la ciudadela, y vi que allí estaba el palacio del rey. Entré en el palacio por una gran puerta de oro macizo, levanté un gran cortinaje de terciopelo, y advertí que todos los muebles y objetos eran de plata y oro. Y en el patio y en los aposentos, los guardias y chambelanes estaban de pie ó sentados, pero petrificados en vida. Y en la última sala, llena de chambelanes, tenientes y visires, vi al rey sentado en su trono, con un traje tan suntuoso y tan rico, que desconcertaba, y aparecía rodeado de cincuenta mamalik con trajes de seda y en la mano los alfanjes desnudos. El trono estaba incrustado de perlas y pedrería, y cada perla brillaba como una estrella. Os aseguro que me faltó poco para volverme loca.

Seguí andando, no obstante, y llegué á la sala del harén, que hubo de parecerme más maravillosa todavía, pues era toda de oro, hasta las celosías de las ventanas. Las paredes estaban forradas de tapices de seda. En las puertas y en las ventanas pendían cortinajes de raso y terciopelo. Y vi por fin, en medio de las esclavas petrificadas, á la misma reina, con un vestido sembrado de perlas deslumbrantes, enriquecida su corona por toda clase de piedras finas, ostentando collares y redecillas de oro admirablemente cincelados. Y se hallaba también convertida en una estatua de piedra negra.

Seguí andando, y encontré abierta una puerta, cuyas hojas eran de plata virgen, y más allá una escalera de pórfido de siete peldaños, y al subir esta escalera y llegar arriba, me hallé en un salón de mármol blanco, cubierto de alfombras tejidas de oro, y en el centro, entre grandes candelabros de oro, una tarima también de oro salpicada de esmeraldas y turquesas, y sobre la tarima un lecho incrustado de perlas y pedrería, cubierto con telas preciosas. Y en el fondo de la sala advertí una gran luz, pero al acercarme me enteré de que era un brillante enorme, como un huevo de avestruz, cuyas facetas despedían tanta claridad, que bastaba su luz para alumbrar todo el aposento.

Los candelabros ardían vergonzosamente ante el esplendor de aquella maravilla, y yo pensé: «Cuando estos candelabros arden, alguien los ha encendido.»

Continué andando, y hube de penetrar asombrada en otros aposentos, sin hallar á ningún ser viviente. Y tanto me absorbía esto, que me olvidé de mi persona, de mi viaje, de mi nave y de mis hermanas. Y todavía seguía maravillada, cuando la noche se echó encima. Entonces quise salir del palacio; pero no di con la salida, y acabé por llegar á la sala donde estaba el magnífico lecho y el brillante y los candelabros encendidos. Me senté en el lecho, cubriéndome con la colcha de raso azul bordada de plata y de perlas, y cogí el Libro Noble, nuestro Corán, que estaba escrito en magníficos caracteres de oro y bermellón, é iluminado con delicadas tintas, y me puse á leer algunos versículos para santificarme, y dar gracias á Alah, y reprenderme; y cuando hube meditado en las palabras del Profeta (¡Alah le bendiga!) me tendí para conciliar el sueño, pero no pude lograrlo. Y el insomnio me tuvo despierta hasta medianoche.

En aquel momento oí una voz dulce y simpática que recitaba el Corán. Entonces me levanté y me dirigí hacia el sitio de donde provenía aquella voz. Y acabé por llegar á un aposento cuya puerta aparecía abierta. Entré con mucho cuidado, poniendo á la parte de afuera la antorcha que me había alumbrado en el camino, y vi que aquello era un oratorio. Estaba iluminado por lámparas de cristal verde que colgaban del techo, y en el centro había un tapiz de oraciones extendido hacia Oriente, y allí estaba sentado un hermoso joven que leía el Corán en alta voz, acompasadamente.

Me sorprendió mucho, y no acertaba á comprender cómo había podido librarse de la suerte de todos los otros. Entonces avancé un paso y le dirigí mi saludo de paz, y él, volviéndose hacia mí y mirándome fijamente, correspondió á mi saludo. Luego le dije: «¡Por la santa verdad de los versículos del Corán que recitas, te conjuro á que contestes á mi pregunta!»

Entonces, tranquilo y sonriendo con dulzura, me contestó: «Cuando expliques quién eres, responderé á tus preguntas.» Le referí mi historia, que le interesó mucho, y luego le interrogué por las extraordinarias circunstancias que atravesaba la ciudad. Y él me dijo: «Espera un momento.» Y cerró el Libro Noble, lo guardó en una bolsa de seda y me hizo sentar á su lado. Entonces le miré atentamente, y vi que era hermoso como la luna llena; sus mejillas parecían de cristal; su cara tenía el color de los dátiles frescos, y estaba adornado de perfecciones, cual si fuese aquel de quien habla el poeta en sus estrofas:


¡El que lee en los astros contemplaba la noche! ¡Y de pronto surgió ante su mirada la esbeltez del apuesto mancebo! Y pensó:
¡Es él mismo Zohal[17], que dió á este astro la negra cabellera destrenzada, semejante á un cometa!

¡En cuanto al carmesí de sus mejillas, Mirrikh[18] fué el encargado de extenderlo! ¡Los rayos penetrantes de sus ojos son las flechas mismas del Arquero de las siete estrellas!

¡Y Hutared[19] le otorgó su maravillosa sagacidad y Abylssuha su valor de oro!

¡Y el astrólogo no supo qué pensar al verle, y se quedó perplejo! ¡Entonces, inclinándose hacia él, sonrió él astro!


Al mirarle, experimentaba una profunda turbación de mis sentidos, lamentando no haberle conocido antes, y en mi corazón se encendían como ascuas. Y le dije: «¡Oh dueño y soberano mío, atiende á mi pregunta!» Y él me contestó: «Escucho y obedezco.» Y me contó lo siguiente:

«Sabe, ¡oh mi honorable señora! que esta ciudad era de mi padre. Y la habitaban todos sus parientes y súbditos. Mi padre es el rey que habrás visto en su trono, transformado en estatua de piedra. Y la reina, que también habrás visto, es mi madre. Ambos profesaban la religión de los magos adoradores del terrible Nardún. Juraban por el fuego y la luz, por la sombra y el calor, y por los astros que giran.

Mi padre estuvo mucho tiempo sin hijos. Yo nací á fines de su vida, cuando traspuso ya el umbral de la vejez. Y fuí criado por él con mucho esmero, y cuando fuí creciendo se me eligió para la verdadera felicidad.

Había en nuestro palacio una anciana musulmana que creía en Alah y en su Enviado, pero ocultaba sus creencias y aparentaba estar conforme con las de mis padres. Mi padre tenía en ella gran confianza, y muy generoso con ella, la colmaba de su generosidad, creyendo que compartía su fe y su religión. Me confió á ella, y le dijo: «Encárgate de su cuidado; enséñale las leyes de nuestra religión del Fuego y dale una educación excelente, atendiéndole en todo.»

Y la vieja se encargó de mí; pero me enseñó la religión del Islam, desde los deberes de la purificación y de las abluciones, hasta las santas fórmulas de la plegaria. Y me enseñó y explicó el Corán en la lengua del Profeta. Y cuando hubo terminado de instruirme, me dijo: «¡Oh hijo mío! Tienes que ocultar estas creencias á tu padre, profesándolas en secreto, porque si no, te mataría.»

Callé, en efecto; y no hacía mucho que había terminado mi instrucción, cuando falleció la santa anciana, repitiéndome su recomendación por última vez. Y seguí en secreto siendo un creyente de Alah y de su Profeta. Pero los habitantes de esta ciudad, obcecados por su rebelión y su ceguera, persistían en la incredulidad. Y un día la voz de un muecín invisible retumbó como el trueno, llegando á los oídos más distantes: «¡Oh vosotros los que habitáis esta ciudad! ¡Renunciad á la adoración del Fuego y de Nardún, y adorad al Rey Único y Poderoso!»

Al oir aquello se sobrecogieron todos y acudieron al palacio del rey, exclamando: «¿Qué voz aterradora es esa que hemos oído? ¡Su amenaza nos asusta!» Pero el rey les dijo: «No os aterréis y seguid firmemente vuestras antiguas creencias.»

Entonces sus corazones se inclinaron á las palabras de mi padre, y no dejaron de profesar la adoración del Fuego. Y siguieron en su error hasta que llegó el aniversario del día en que habían oído la voz por primera vez. Y la voz se hizo oir por segunda vez, y luego por tercera vez, durante tres años seguidos. Pero á pesar de ello, no cesaron en su extravío. Y una mañana, cuando apuntaba el día, la desdicha y la maldición cayeron del cielo y los convirtió en estatuas de piedra negra, corriendo la misma suerte sus caballos y sus mulos, sus camellos y sus ganados. Y de todos sus habitantes fui el único que se salvó de esta desgracia. Porque era el único creyente.

Desde aquel día me consagro á la oración, al ayuno y á la lectura del Corán.

Pero he de confesarte, ¡oh mi honorable dama llena de perfecciones! que ya estoy cansado de esta soledad en que me encuentro, y quisiera tener junto á mí á alguien que me acompañase.»

Entonces le dije:

«¡Oh joven dotado de cualidades! ¿Por qué no vienes conmigo á la ciudad de Bagdad? Allí encontrarás sabios y venerables jeques versados en las leyes y en la religión. En su compañía aumentarás tu ciencia y tus conocimientos de derecho divino, y yo, á pesar de mi rango, seré tu esclava y tu cosa. Poseo numerosa servidumbre, y mía es la nave que hay ahora en el puerto abarrotada de mercancías. El Destino nos arrojó á estas costas para que conociésemos la población y ocasionarnos la presente aventura. La suerte, pues, quiso reunimos.»

Y no dejé de instarle á marchar conmigo, hasta que aceptó mi ruego...»


En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ
LA 17.ª NOCHE
Ella dijo:


He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que la joven Zobeida no dejó de instar al mancebo, y de inspirarle el deseo de seguirla, hasta que éste consintió.

Y ambos no cesaron de conversar, hasta que el sueño cayó sobre ellos. Y la joven Zobeida se acostó entonces y durmió á los pies del príncipe. ¡Y sentía una alegría y una felicidad inmensas!»

Después Zobeida prosiguió de este modo su relato ante el califa Harún Al-Rachid, Giafar y los tres saalik:


«Cuando brilló la mañana nos levantamos, y fuimos á revisar los tesoros, cogiendo los de menos peso, que podían llevarse más fácilmente y tenían más valor. Salimos de la ciudadela y descendimos hacia la ciudad, donde encontramos al capitán y á mis esclavos, que me buscaban desde el día antes. Y se regocijaron mucho al verme, preguntándome el motivo de mi ausencia. Entonces les conté lo que había visto, la historia del joven y la causa de la metamorfosis de los habitantes de la ciudad, con todos sus detalles. Y mi relato les sorprendió mucho.

En cuanto á mis hermanas, apenas me vieron en compañía de aquel joven tan hermoso, envidiaron mi suerte, y llenas de celos, maquinaron secretamente la perfidia contra mí.

Regresamos al barco, y yo era muy feliz, pues mi dicha la aumentaba el cariño del príncipe. Esperamos á que nos fuera propicio el viento, desplegamos las velas y partimos. Y mis hermanas me dijeron un día: «¡Oh hermana! ¿qué te propones con tu amor por ese joven tan hermoso?» Y les contesté: «Mi propósito es que nos casemos.» Y acercándome á él, le declaré: «¡Oh dueño mío! mi deseo es convertirme en cosa tuya. Te ruego que no me rechaces.» Y entonces me respondió: «Escucho y obedezco.» Al oirlo, me volví hacia mis hermanas y les dije: «No quiero más bienes que á este hombre. Desde ahora todas mis riquezas pasan á ser de vuestra propiedad.» Y me contestaron: «Tu voluntad es nuestro gusto.» Pero se reservaban la traición y el daño.

Continuamos navegando con viento favorable, y salimos del mar del Terror, entrando en el de la Seguridad. Aún navegamos por él algunos días, hasta llegar cerca de la ciudad de Basrah, cuyos edificios se divisaban á lo lejos. Pero nos sorprendió la noche, hubimos de parar la nave y no tardamos en dormirnos.

Durante nuestro sueño se levantaron mis hermanas, y cogiéndonos á mí y al joven, nos echaron al agua. Y el mancebo, como no sabía nadar, se ahogó, pues estaba escrito por Alah que figuraría en el número de los mártires. En cuanto á mí, estaba escrito que me salvaría, pues apenas caí al agua, Alah me benefició con un madero, en el cual cabalgué, y con el cual me arrastró el oleaje hasta la playa de una isla próxima. Puse á secar mis vestiduras, pasé allí la noche, y no bien amaneció, eché á andar en busca de un camino. Y encontré un camino en el cual había huellas de pasos de seres humanos, hijos de Adán. Este camino comenzaba en la playa y se internaba en la isla. Entonces, después de ponerme los vestidos ya secos, lo seguí hasta llegar á la orilla opuesta, desde la que se veía en lontananza la ciudad de Basrah. Y de pronto advertí una culebra que corría hacia mí, y en pos de ella otra serpiente gorda y grande que quería matarla. Estaba la culebra tan rendida, que la lengua le colgaba fuera de la boca. Compadecida de ella, tiré una piedra enorme á la cabeza de la serpiente, y la dejé sin vida. Mas de improviso, la culebra desplegó dos alas, y volando, desapareció por los aires. Y yo llegué al límite del asombro.

Pero como estaba muy cansada, me tendí en aquel mismo sitio y dormí próximamente una hora. Y he aquí que al despertar vi sentada á mis plantas á una negra joven y hermosa, que me estaba acariciando los pies. Entonces, llena de vergüenza, hube de apartarlos en seguida, pues ignoraba lo que la negra pretendía de mí. Y le pregunté: «¿Quién eres y qué quieres?» Y me contestó: «Me he apresurado á venir á tu lado, porque me has hecho un gran favor matando á mi enemigo. Soy la culebra á quien libraste de la serpiente. Yo soy una efrita. Aquella serpiente era un efrit enemigo mío, que deseaba violarme y matarme. Y tú me has librado de sus manos. Por eso, en cuanto estuve libre, volé con el viento y me dirigí hacia la nave de la cual te arrojaron tus hermanas. Las he encantado en forma de perras negras, y te las he traído.» Entonces vi las dos perras atadas á un árbol detrás de mí. Luego, la efrita prosiguió: «En seguida llevé á tu casa de Bagdad todas las riquezas que había en la nave, y después que las hube dejado, eché la nave á pique. En cuanto al joven que se ahogó, nada puedo hacer contra la muerte. ¡Porque Alah es el único Resucitador!»

Dicho esto, me cogió en brazos, desató á mis hermanas, las cogió también, y volando nos transportó á las tres, sanas y salvas, á la azotea de mi casa de Bagdad, ó sea aquí mismo.

Y encontré perfectamente instaladas todas las riquezas y todas las cosas que había en la nave. Y nada se había perdido ni estropeado.

Después me dijo la efrita: «¡Por la inscripción santa del sello de Soleimán, te conjuro á que todos los días pegues á cada perra trescientos azotes! Y si un solo día se te olvida cumplir esta orden, te convertiré también en perra.»

Y tuve que contestarle: «Escucho y obedezco.» Y desde entonces, ¡oh Príncipe de los Creyentes! las empecé á azotar, para besarlas después llena de dolor por tener que castigarlas.

Y tal es mi historia. Pero he aquí, ¡oh Príncipe de los Creyentes! que mi hermana Amina te va á contar la suya, que es aún más sorprendente que la mía.»

Ante este relato, el califa Harún Al-Rachid llegó hasta el límite más extremo del asombro. Pero quiso satisfacer del todo su curiosidad, y por eso se volvió hacia Amina, que era quien le había abierto la puerta la noche anterior, y le dijo: «Sepamos, ¡oh lindísima joven! cuál es la causa de esos golpes con que lastimaron tu cuerpo.»


Historia de Amina, la segunda joven


Al oir estas palabras del califa, la joven Amina avanzó un paso, y llena de timidez ante las miradas impacientes, dijo así:

«¡Oh Emir de los Creyentes! No te repetiré las palabras de Zobeida acerca de nuestros padres. Sabe, pues, que cuando nuestro padre murió, yo y Fahima, la hermana más pequeña de las cinco, nos fuimos á vivir solas con nuestra madre, mientras mi hermana Zobeida y las otras dos marcharon con la suya.

Poco después mi madre me casó con un anciano, que era el más rico de la ciudad y de su tiempo. Al año siguiente murió en la paz de Alah mi viejo esposo, dejándome como parte legal de herencia, según ordena nuestro código oficial, ochenta mil dinares de oro. Me apresuré á comprarme con ellos diez magníficos vestidos, cada uno de mil dinares. Y no hube de carecer absolutamente de nada.

Un día entre los días, hallándome cómodamente sentada, vino á visitarme una vieja. Nunca la había visto. Esta vieja era horrible: su cara era más fea que el trasero de un viejo; tenía la nariz aplastada, peladas las cejas, los dientes rotos, el pescuezo torcido, y le goteaba la nariz. Bien la describió el poeta:


¡Vieja de mal agüero! ¡Si la viese Eblis, le enseñaría todos los fraudes sin tener que hablar, pues bastaría con el silencio únicamente! ¡Podría desenredar á mil mulos que se hubieran enredado en una telaraña, y no rompería la tela!

¡Sabe echar sortilegios y cometer todos los horrores: le ha hecho cosquillas en el ano á una niña; cohabitó con un adolescente; ha fornicado con una mujer madura, y excitó hasta lo increíble á una anciana!


La vieja me saludó y me dijo: «¡Oh señora llena de gracias y cualidades! Tengo en mi casa á una joven huérfana que se casa esta noche. Y vengo á rogarte (¡Alah otorgará la recompensa á tu bondad!) que te dignes honrarnos asistiendo á la boda de esta pobre doncella tan afligida y tan humilde, que no conoce á nadie en esta ciudad y sólo cuenta con la protección del Altísimo.» Y después la vieja se echó á llorar y comenzó á besarme los pies. Yo, que no conocía su perfidia, sentí lástima de ella, y le dije: «Escucho y obedezco.» Entonces dijo: «Ahora me ausento, con tu venia, y entretanto vístete, pues al anochecer volveré á buscarte.» Y besándome la mano, se marchó.

Fuí entonces al hammam y me perfumé; después elegí el más hermoso de mis diez trajes nuevos, me adorné con mi hermoso collar de perlas, mis brazaletes, mis ajorcas y todas mis joyas, y me puse un gran velo azul de seda y oro, el cinturón de brocado y el velillo para la cara, luego de prolongarme los ojos con khol. Y he aquí que volvió la vieja y me dijo: «¡Oh señora mía! ya está la casa llena de damas, parientes del esposo, que son las más linajudas de la ciudad. Les avisé de tu segura llegada, se alegraron mucho, y te esperan con impaciencia.» Llevé conmigo algunas de mis esclavas, y salimos todas, andando hasta llegar á una calle ancha y bien regada, en la que soplaba fresca brisa. Y vimos un gran pórtico de mármol con una cúpula monumental de mármol y sostenida por arcadas. Y desde aquel pórtico vimos el interior de un palacio tan alto, que parecía tocar las nubes. Penetramos, y llegadas á la puerta, la vieja llamó y nos abrieron. Y á la entrada encontramos un corredor revestido de tapices y colgaduras. Colgaban del artesonado lámparas de colores encendidas, y en las paredes había candelabros encendidos también y objetos de oro y plata, joyas y armas de metales preciosos. Atravesamos este corredor, y llegamos á una sala tan maravillosa, que sería inútil describirla.

En medio de la sala, que estaba tapizada con sedas, aparecía un lecho de mármol incrustado de perlas y cubierto con un mosquitero de raso.

Entonces vimos salir del lecho una joven tan bella como la luna. Y me dijo: «¡Marhaba! ¡Ahlan! ¡Ua sahlan! ¡Oh hermana mía, nos haces el mayor honor humano! ¡Anastina![20]. ¡Eres nuestro dulce consuelo, nuestro orgullo! Y para honrarme, recitó estos versos del poeta:


¡Si las piedras de la casa hubiesen sabido la visita de huésped tan encantador, se habrían alegrado en extremo, inclinándose ante la huella de tus pasos para anunciarse la buena nueva!

¡Y exclamarían en su lengua: «¡Ahlan! ¡Ua sahlan! ¡Honor á las personas adornadas de grandeza y de generosidad!»


Luego se sentó, y me dijo: «¡Oh hermana mía! He de anunciarte que tengo un hermano, que te vió cierto día en una boda. Y este joven es muy gentil y mucho más hermoso que yo. Y desde aquella noche te ama con todos los impulsos de un corazón enamorado y ardiente. Y él es quien ha dado dinero á la vieja para que fuese á tu casa y te trajese aquí con el pretexto que ha inventado. Y ha hecho todo esto para encontrarte en mi casa, pues mi hermano no tiene otro deseo que casarse contigo este año bendecido por Alah y por su Enviado. Y no debe avergonzarse de estas cosas, porque son lícitas.»

Cuando oí tales palabras y me vi conocida y estimada en aquella mansión, le dije á la joven: «Escucho y obedezco.» Entonces, mostrando una gran alegría, dió varias palmadas. Y á esta señal, se abrió una puerta y entró un joven como la luna, según dijo el poeta:


¡Ha llegado á tal grado de hermosura, que se ha convertido en una obra verdaderamente digna del Creador! ¡Una joya que es realmente la gloria del orfebre que hubo de cincelarla!

¡Ha llegado á la misma perfección de la belleza! ¡No te asombres si enloquece de amor á todos los humanos!

¡Su hermosura resplandece á la vista, por estar inscrita en sus facciones! ¡Juro que no hay nadie más bello que él!


Al verle, se predispuso mi corazón en favor suyo. Entonces el joven avanzó y fué á sentarse junto á su hermana, y en seguida entró el kadí con cuatro testigos, que saludaron y se sentaron. Después el kadí escribió mi contrato de matrimonio con aquel joven, los testigos estamparon sus sellos, y se fueron todos.

Entonces el joven se me acercó, y me dijo: «¡Sea nuestra noche una noche bendita!» Y luego añadió: «¡Oh señora mía! quisiera imponerte una condición.» Yo le contesté: «Habla, dueño mío. ¿Qué condición es esa?» Entonces se incorporó, trajo el Libro Sagrado, y me dijo: «Vas á jurar por el Corán que nunca elegirás á otro mas que á mí, ni sentirás inclinación hacia otro.» Y yo juré observar la condición aquella. Al oirme mostróse muy contento, me echó al cuello los brazos, y sentí que su amor me penetraba en las entrañas y hasta el fondo de mi corazón.

En seguida los esclavos pusieron la mesa, y comimos y bebimos hasta la saciedad. Y llegada la noche, me cogió y se tendió conmigo en el lecho. Y pasamos entrelazados la noche, uno en brazos de otro, hasta que fué de día.

Vivimos durante un mes en la alegría y en la felicidad. Y al concluir este mes, pedí permiso á mi marido para ir al zoco y comprar algunas telas. Me concedió este permiso. Entonces me vestí y llevé conmigo á la vieja, que se había quedado en la casa, y nos fuimos al zoco. Me paré á la puerta de un joven mercader de sedas que la vieja me recomendó mucho por la buena calidad de sus géneros y á quien conocía de muy antiguo. Y añadió: «Es un muchacho que heredó mucho dinero y riquezas al morir su padre.» Después, volviéndose hacia el mercader, le dijo: «Saca lo mejor y más caro que tengas en tejidos, que son para esta hermosa dama.» Y dijo él: «Escucho y obedezco.» Y la vieja, mientras el mercader desplegaba las telas, seguía elogiándolo y haciéndome observar sus cualidades, y yo le dije: «Nada me importan sus cualidades ni los elogios que le diriges, pues no hemos venido mas que á comprar lo que necesitamos, para volvernos luego á casa.»

Y cuando hubimos escogido la tela, ofrecimos al mercader el dinero de su importe. Pero él se negó á tomar el dinemimos y bebimos hasta la saciedad. Y llegada la noche, me cogió y se tendió conmigo en el lecho. Y pasamos entrelazados la noche, uno en brazos de otro, hasta que fué de día.

Vivimos durante un mes en la alegría y en la felicidad. Y al concluir este mes, pedí permiso á mi marido para ir al zoco y comprar algunas telas. Me concedió este permiso. Entonces me vestí y llevé conmigo á la vieja, que se había quedado en la casa, y nos fuimos al zoco. Me paré á la puerta de un joven mercader de sedas que la vieja me recomendó mucho por la buena calidad de sus géneros y á quien conocía de muy antiguo. Y añadió: «Es un muchacho que heredó mucho dinero y riquezas al morir su padre.» Después, volviéndose hacia el mercader, le dijo: «Saca lo mejor y más caro que tengas en tejidos, que son para esta hermosa dama.» Y dijo él: «Escucho y obedezco.» Y la vieja, mientras el mercader desplegaba las telas, seguía elogiándolo y haciéndome observar sus cualidades, y yo le dije: «Nada me importan sus cualidades ni los elogios que le diriges, pues no hemos venido mas que á comprar lo que necesitamos, para volvernos luego á casa.»

Y cuando hubimos escogido la tela, ofrecimos al mercader el dinero de su importe. Pero él se negó á tomar el dinero, y nos dijo: «Hoy no os cobraré dinero alguno; eso es un regalo por el placer y por el honor que recibo al veros en mi tienda.» Entonces le dije á la vieja: «Si no quiere aceptar el dinero, devuélvele la tela.» Y exclamó: «¡Por Alah! No quiero tomar nada de vosotras. Todo eso os lo regalo. En cambio, ¡oh hermosa joven! concédeme un beso, sólo un beso. Porque yo doy más valor á ese beso que á todas las mercancías de mi tienda.» Y la vieja le dijo, riéndose: «¡Oh guapo mozo! Locura es considerar un beso como cosa tan inestimable.» Y á mí me dijo: «¡Oh hija mía! ¿has oído lo que dice este joven mercader? No tengas cuidado, que nada malo ha de pasar porque te dé un beso únicamente, y en cambio, podrás escoger y tomar lo que más te plazca de todas esas telas preciosas.» Entonces contesté: «¿No sabes que estoy ligada por un juramento?» Y la vieja replicó: «Déjale que te bese, que con que tú no hables ni te muevas, nada tendrás que echarte en cara. Y además, recogerás el dinero, que es tuyo, y la tela también.» Y tanto siguió encareciéndolo la vieja, que hube de consentir. Y para ello, me tapé los ojos y extendí el velo, á fin de que no vieran nada los transeuntes. Entonces el joven mercader ocultó la cabeza debajo de mi velo, acercó sus labios á mi mejilla y me besó. Pero á la vez me mordió tan bárbaramente, que me rasgó la carne. Y me desmayé de dolor y de emoción.

Cuando volví en mí, me encontré echada en las rodillas de la vieja, que parecía muy afligida. En cuanto á la tienda, estaba cerrada y el joven mercader había desaparecido. Entonces la vieja me dijo: «¡Alah sea loado, por librarnos de mayor desdicha!» Y luego añadió: «Ahora tenemos que volver á casa. Tú fingirás estar indispuesta, y yo te traeré un remedio que te curará la mordedura inmediatamente.» Entonces me levanté, y sin poder dominar mis pensamientos y mi terror por las consecuencias, eché á andar hacia mi casa, y mi espanto iba creciendo según nos acercábamos. Al llegar, entré en mi aposento y me fingí enferma.

A poco entró mi marido y me preguntó muy preocupado: «¡Oh dueña mía! ¿qué desgracia te ocurrió cuando saliste?» Yo le contesté: «Nada. Estoy bien.» Entonces me miró con atención, y dijo: «Pero ¿qué herida es esa que tienes en la mejilla, precisamente en el sitio más fino y suave?» Y yo le dije entonces: «Cuando salí hoy con tu permiso á comprar esas telas, un camello cargado de leña ha tropezado conmigo en una calle llena de gente, me ha roto el velo y me ha desgarrado la mejilla, según ves. ¡Oh, qué calles tan estrechas las de Bagdad!» Entonces se llenó de ira, y dijo: «¡Mañana mismo iré á ver al gobernador para reclamar contra los camelleros y leñadores, y el gobernador los mandará ahorcar á todos!» Al oirle, repliqué compasiva: «¡Por Alah sobre ti! ¡No te cargues con pecados ajenos! Además, yo he tenido la culpa, por haber montado en un borrico que empezó á galopar y cocear. Caí al suelo, y por desgracia había allí un pedazo de madera que me ha desollado la cara, haciéndome esta herida en la mejilla.» Entonces exclamó él: «¡Mañana iré á ver á Giafar Al-Barmaki, y le contaré esta historia, para que maten á todos los arrieros de la ciudad.» Y yo repuse: «Pero ¿vas á matar á todo el mundo por causa mía? Sabe que esto ha ocurrido sencillamente por voluntad de Alah, y por el Destino, á quien gobierna.» Al oirme, mi esposo no pudo contener su furia y gritó: «¡Oh pérfida! ¡Basta de mentiras! ¡Vas á sufrir el castigo de tu crimen!» Y me trató con las palabras más duras, y á una llamada suya se abrió la puerta y entraron siete negros terribles, que me sacaron de la cama y me tendieron en el centro del patio. Entonces mi esposo mandó á uno de estos negros que me sujetara por los hombros y se sentara sobre mí y á otro negro que se apoyase en mis rodillas para sujetarme las piernas. Y en seguida avanzó un tercer negro con una espada en la mano, y dijo: «¡Oh mi señor! le asestaré un golpe que la partirá en dos mitades.» Y otro negro añadió: «Y cada uno de nosotros cortará un buen pedazo de carne y se lo echará á los peces del río de la Dejla[21], pues así debe castigarse á quien hace traición al juramento y al cariño.» Y en apoyo de lo que decía, recitó estos versos:


¡Si supiese que otro participa del cariño de la que amo, mi alma se rebelaría hasta arrancar de ella tal amor de perdición! Y le diría á mi alma: ¡Mejor será que sucumbamos nobles! ¡Porque no alcanzará la dicha el que ponga su amor en un pecho enemigo!


Entonces mi esposo dijo al negro que empuñaba la espada: «¡Oh valiente Saad! ¡Hiere á esa pérfida!» Y Saad levantó el acero. Y mi esposo me dijo: «Ahora di en alta voz tu acto de fe y recuerda las cosas y trajes y efectos que te pertenecen para que hagas testamento, porque ha llegado el fin de tu vida.» Entonces le dije: «¡Oh servidor de Alah el Óptimo! dame nada más el tiempo necesario para hacer mi acto de fe y mi testamento.» Después levanté al cielo la mirada, la volví á bajar y reflexioné acerca del estado mísero é ignominioso en que me veía, arrasándoseme en lágrimas los ojos, y recité llorando estas estrofas:


¡Encendiste en mis entrañas la pasión, para enfriarte después! ¡Hiciste que mis ojos velaran largas noches, para dormirte luego!

¡Pero yo te reservé un sitio entre mi corazón y mis ojos! ¿Cómo te ha de olvidar mi corazón, ni han de cesar de llorarte mis ojos?

¡Me habías jurado una constancia sin límite, y apenas tuviste mi corazón, me dejaste!

¡Y ahora no quieres tener piedad de ese corazón ni compadecerte de mi tristeza! ¿Es que no naciste mas que para ser causa de mi desdicha y de la de toda mi juventud?

¡Oh amigos míos! os conjuro por Alah para que cuando yo muera escribáis en la losa de mi tumba: «¡Aquí yace un gran culpable! ¡Uno que amó!»

¡Y el afligido caminante que conozca los sufrimientos del amor dirigirá á mi tumba una mirada compasiva!


Terminados los versos, seguía llorando, y al oirme y ver mis lágrimas, mi esposo se excitó y enfureció más todavía, y dijo estas estancias:


¡Si así dejé á la que mi corazón amaba, no ha sido por hastío ni cansancio! ¡Ha cometido una falta que merece el abandono!

¡Ha querido asociar á otro á nuestra ventura, cuando ni mi corazón, ni mi razón, ni mis sentidos pueden tolerar sociedad semejante!


Y cuando acabó sus versos yo lloraba aún, con la intención de conmoverle, y dije para mí: «Me tornaré sumisa y humilde. Y acaso me indulte de la muerte, aunque se apodere de todas mis riquezas.» Y le dirigí mis súplicas, y recité con gentileza estas estrofas:


¡En verdad te juro que, si quisieses ser justo, no mandarías que me matasen! ¡Pero es sabido que el que ha juzgado inevitable la separación nunca supo ser justo!

¡Me cargaste con todo el peso de las consecuencias del amor, cuando mis hombros apenas podían soportar el peso de la túnica más fina ó algún otro todavía más ligero!

¡Y sin embargo, no es mi muerte lo que me asombra, sino que mi cuerpo, después de la ruptura, siga deseándote!


Terminados los versos, mis sollozos continuaban. Y entonces me miró, me rechazó con ademán violento, me llenó de injurias, y me recitó estos otros:


¡Atendiste á un cariño que no era el mío, y me has hecho sentir todo tu abandono!

¡Pero yo te abandonaré, como tú me has abandonado, desdeñando mi deseo! ¡Y tendré contigo la misma consideración que conmigo tuviste!

¡Y me apasionaré por otra, ya que á otro le inclinaste! ¡Y de la ruptura eterna entre nosotros no tendré yo la culpa, sino tú solamente!


Y al concluir estos versos, dijo al negro: «¡Córtala en dos mitades! ¡Ya no es nada mío!»

Cuando el negro dió un paso hacia mí, desesperé de salvarme, y viendo ya segura mi muerte, me confié á Alah Todopoderoso. Y en aquel momento vi entrar á la vieja, que se arrojó á los pies del joven, se puso á besarlos, y le dijo: «¡Oh hijo mío! como nodriza tuya, te conjuro, por los cuidados que tuve contigo, á que perdones á esta criatura, pues no cometió falta que merezca tal castigo. Además, eres joven todavía, y temo que sus maldiciones caigan sobre ti.» Y luego rompió á llorar, y continuó en sus súplicas para convencerle, hasta que él dijo: «¡Basta! Gracias á ti no la mato; pero la he de señalar de tal modo, que conserve las huellas todo el resto de su vida.»

Entonces ordenó algo á los negros, é inmediatamente me quitaron la ropa, dejándome toda desnuda. Y él con una rama de membrillero me fustigó toda, con preferencia el pecho, la espalda y las caderas, tan recia y furiosamente, que hube de desmayarme, perdida ya toda esperanza de sobrevivir á tales golpes. Entonces cesó de pegarme, y se fué, dejándome tendida en el suelo, mandando á los esclavos que me abandonasen en aquel estado hasta la noche, para transportarme después á mi antigua casa, á favor de la oscuridad. Y los esclavos lo hicieron así, llevándome á mi antigua casa, como les había ordenado su amo.

Al volver en mí, estuve mucho tiempo sin poder moverme, á causa de la paliza; luego me aplicaron varios medicamentos, y poco á poco acabé por curar; pero las cicatrices de los golpes no se borraron de mis miembros ni de mis carnes, como azotadas por correas y látigos. ¡Todos habéis visto sus huellas!

Cuando hube curado, después de cuatro meses de tratamiento, quise ver el palacio en que fuí víctima de tanta violencia; pero se hallaba completamente derruído, lo mismo que la calle donde estuvo, desde el uno hasta el otro extremo. Y en el lugar de todas aquellas maravillas no había mas que montones de basura acumulados por las barreduras de la ciudad. Y á pesar de todas mis tentativas, no conseguí noticias de mi esposo.

Entonces regresé al lado de Fahima, que seguía soltera, y ambas fuimos á visitar á Zobeida, nuestra hermanastra, que te ha contado su historia y la de sus hermanas convertidas en perras. Y ella me contó su historia y yo le conté la mía, después de los acostumbrados saludos. Y mi hermana Zobeida me dijo: «¡Oh hermana mía! nadie está libre de las desgracias de la suerte. ¡Pero gracias á Alah, ambas vivimos aún! ¡Permanezcamos juntas desde ahora! ¡Y sobre todo, que no se pronuncie siquiera la palabra «matrimonio»!

Y nuestra hermana Fahima vive con nosotras. Tiene el cargo de proveedora, y baja al zoco todos los días para comprar cuanto necesitamos; yo tengo la misión de abrir la puerta á los que llaman y de recibir á nuestros convidados, y Zobeida, nuestra hermana mayor, corre con el peso de la casa.

Y así hemos vivido muy á gusto, sin hombres, hasta que Fahima nos trajo al mandadero cargado con una gran cantidad de cosas, y le invitamos á descansar en casa un momento. Y entonces entraron los tres saalik, que nos contaron sus historias, y en seguida vosotros, vestidos de mercaderes. Ya sabes, pues, lo que ocurrió y cómo nos han traído á tu poder, ¡oh Príncipe de los Creyentes!

¡Esta es mi historia!»


Entonces el califa quedó profundamente maravillado, y...


En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ
LA 18.ª NOCHE
Ella dijo:


He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que el califa Harún Al-Rachid quedó maravilladísimo al oir las historias de las dos jóvenes Zobeida y Amina, que estaban ante él con su hermana Fahima, las dos perras negras y los tres saalik, y dispuso que ambas historias, así como las de los tres saalik, fuesen escritas por los escribas de palacio con buena y esmerada letra, para conservar los manuscritos en sus archivos.

En seguida dijo á la joven Zobeida: «Y después, ¡oh mi noble señora! ¿no has vuelto á saber nada de la efrita que encantó á tus hermanas bajo la forma de estas dos perras?» Y Zobeida repuso: «Podría saberlo, ¡oh Emir de los Creyentes! pues me entregó un mechón de sus cabellos, y me dijo: «Cuando me necesites, quema un cabello de estos y me presentaré, por muy lejos que me halle, aunque estuviese detrás del Cáucaso.» Entonces el califa le dijo: «¡Dame uno de esos cabellos!» Y Zobeida le entregó el mechón, y el califa cogió un cabello y lo quemó. Y apenas hubo de notarse el olor á pelo chamuscado, se estremeció todo el palacio con una violenta sacudida, y la efrita surgió de pronto en forma de mujer ricamente vestida. Y como era musulmana, no dejó de decir al califa: «La paz sea contigo, ¡oh Vicario de Alah!» Y el califa le contestó: «¡Y desciendan sobre ti la paz, la misericordia de Alah y sus bendiciones!» Entonces ella le dijo: «Sabe, ¡oh Príncipe de los Creyentes! que esta joven, que me ha llamado por deseo tuyo, me hizo un gran favor, y la semilla que en mí sembró siempre germinará, porque jamás he de agradecerle bastante los beneficios que la debo. A sus hermanas las convertí en perras, y no las maté para no ocasionarla á ella mayor sentimiento. Ahora, si tú, ¡oh Príncipe de los Creyentes! deseas que las desencante, lo haré por consideración á ambos, pues no has de olvidar que soy musulmana.» Entonces el califa dijo: «En verdad que deseo las libertes, y luego estudiaremos el caso de la joven azotada, y si compruebo la certeza de su narración, tomaré su defensa y la vengaré de quien la ha castigado con tanta injusticia.» Entonces la efrita dijo: «¡Oh Emir de los Creyentes! dentro de un instante te indicaré quién trató así á la joven Amina, quedándose con sus riquezas. Pero sabe que es el más cercano á ti entre los humanos.»

Y la efrita cogió una vasija de agua, é hizo sobre ella sus conjuros, rociando después á las dos perras y diciéndoles: «¡Recobrad inmediatamente vuestra primitiva forma humana!» Y al momento se transformaron las dos perras en dos jóvenes tan hermosas que honraban á quien las creó.

Luego, la efrita, volviéndose hacia el califa, le dijo: «El autor de los malos tratos contra la joven Amina es tu propio hijo El-Amín.» Y le refirió la historia, en cuya veracidad creyó el califa por venir de labios de una segunda persona, no humana, sino efrita. Y el califa se quedó muy asombrado, pero dijo: «¡Loor á Alah porque intervine en el desencanto de las dos perras!» Después mandó llamar á su hijo El-Amín, le pidió explicaciones, y El-Amín respondió con la verdad. Y entonces el califa ordenó que se reuniesen los kadíes y testigos en la misma sala en donde estaban los tres saalik, hijos de reyes, y las tres jóvenes, con sus dos hermanas desencantadas recientemente.

Y con auxilio de kadíes y testigos, casó de nuevo á su hijo El-Amín con la joven Amina; á Zobeida con el primer saaluk, hijo de rey; á las otras dos jóvenes con los otros dos saalik, hijos de reyes; y por último mandó extender su propio contrato de casamiento con la más joven de las cinco hermanas, la virgen Fahima, ¡la proveedora agradable y dulce!

Y mandó edificar un palacio para cada pareja, enriqueciéndoles para que pudiesen vivir felices. Y en cuanto anocheció fué á tenderse entre los brazos de la joven Fahima, con la cual hubo de pasar una noche de las más gratas.


«Pero—dijo Schahrazada dirigiéndose al rey Schahriar—no creas, ¡oh rey afortunado! que esta historia sea más prodigiosa que la que ahora sigue.»


 
 

  1. Nusraní, ó sea «nazareno», es el nombre dado por los árabes á los cristianos.
  2. Artal, plural de ratl, peso que varía, según las comarcas, entre dos onzas y doce.
  3. En el texto original, «mi amigo». Los poetas árabes, por eufemismo, usan casi siempre el género masculino al hablar de sus amadas.
  4. En árabe se emplea la palabra «alma» queriendo decir «uno mismo», «una misma», etc.
  5. Khan, posada.
  6. Plural de ahjami, palabra con que se designa á todos los pueblos que hablan lenguas distintas del árabe, y especialmente á los persas y á todos cuantos hablan mal el árabe. Generalmente sólo se aplica á los persas.
  7. Los persas los llaman kalendars ó calendos. Saalik es el plural de saaluk.
  8. Al-Barmaki ó el Barmakida.
  9. Tiberiades.
  10. Hadj, peregrino de la Meca.
  11. Es decir: haz el ademán de saludar llevándote la mano á la cabeza. Es una de las maneras de saludar á la oriental.
  12. Kenafa: especie de pastelillo hecho con fideos muy finos.
  13. Fórmula usada para glorificar a Dios: «Dios es todopoderoso.»
  14. Es decir, zafiros.
  15. Equivale á «estaba escrito».
  16. Bassora.
  17. Zohal es el planeta Saturno.
  18. Mirrikh, el planeta Marte.
  19. Hutared, el planeta Mercurio.
  20. Marhaba, ahlan, ua sahlan y anastina, son saludos de bienvenida, que no se pueden traducir literalmente. Vienen á significar: «¡Que nuestra acogida te sea cordial, amistosa y fácil!»
  21. El Tigris.


Historia de la mujer despedazada,
 de las tres manzanas y el negro Rihán


Schahrazada dijo:

Una noche entre las noches, el califa Harún Al-Rachid dijo á Giafar Al-Barmaki: «Quiero que recorramos la ciudad, para enterarnos de lo que hacen los gobernadores y kadíes. Estoy resuelto á destituir á aquellos de quienes me den quejas.» Y Giafar respondió: «Escucho y obedezco.»

Y el califa, y Giafar, y Massrur el portaalfanje salieron disfrazados por las calles de Bagdad; y he aquí que en una calleja vieron á un anciano decrépito que á la cabeza llevaba una banasta y una red de pescar, y en la mano un palo; y andaba pausadamente, canturriando estas estrofas:


Me dijeron: «¡Por tu ciencia, ¡oh sabio! eres entre los humanos como la luna en la noche!»
Yo les contesté: «¡Os ruego que no habléis de ese modo! ¡No hay más ciencia que la del Destino!»

Porque yo, con toda mi ciencia, mis manuscritos, mis libros y mi tintero, no puedo desviar la fuerza del Destino ni un solo día! ¡Y los que apostasen por mí perderían su apuesta!

¡Nada, en efecto, hay más desolador que el pobre, el estado del pobre y el pan y la vida del pobre!

¡En verano, se le agotan las fuerzas! ¡En invierno, no dispone de abrigo!

¡Si se para, le acosarán los perros para que se aleje! ¡Cuán mísero es! ¡Ved cómo para él son todas las ofensas y todas las burlas! ¿Quién es más desdichado?

Y si no clama ante los hombres, si no pregona su miseria, ¿quién le compadecerá?

¡Oh! Si tal es la vida del pobre, ¿no ha de preferir la tumba?


Al oir estos versos tan tristes, el califa dijo á Giafar: «Los versos y el aspecto de ese pobre hombre indican una gran miseria.» Después se aproximó al viejo y le dijo: «¡Oh jeque! ¿cuál es tu oficio? Y él respondió: «¡Oh señor mío! Soy pescador. ¡Y muy pobre! ¡Y con familia! Y desde el mediodía estoy fuera de casa trabajando, ¡y Alah no me concedió aún el pan que ha de alimentar á mis hijos! Estoy, pues, cansado de mi persona y de la vida, y no anhelo más que morir.» Entonces el califa le dijo: «¿Quieres venir con nosotros hasta el río, y echar la red en mi nombre, para ver qué tal suerte tengo? Lo que saques del agua te lo compraré y te daré por ello cien dinares.» Y el viejo se regocijó al oirle, y contestó: «¡Acepto cuanto acabas de ofrecerme y lo pongo sobre mi cabeza!»

Y el pescador volvió con ellos hacia el Tigris, y arrojando la red, quedó en acecho; después tiró de la cuerda de la red, y la red salió. Y el viejo pescador encontró en la red un cajón que estaba cerrado y que pesaba mucho. Intentó levantarlo el califa y lo encontró también muy pesado. Pero se apresuró á entregar los cien dinares al pescador, que se alejó muy contento.

Entonces Giafar y Massrur cargaron con el cajón y lo llevaron al palacio. Y el califa dispuso que se encendiesen las antorchas, y Giafar y Massrur se abalanzaron sobre el cajón y lo rompieron. Y dentro de él hallaron una enorme banasta de hojas de palmera cosidas con lana roja. Cortaron el cosido, y en la banasta había un tapiz; apartaron el tapiz y encontraron debajo un gran velo blanco de mujer; levantaron el velo y apareció, blanca como la plata virgen, una joven muerta y despedazada.

Ante aquel espectáculo, las lágrimas corrieron por las mejillas del califa, y después, muy enfurecido, encarándose con Giafar, exclamó: «¡Oh perro visir! ¡Ya ves cómo, durante mi reinado, se asesina á las gentes y se arroja á las víctimas al agua! ¡Y su sangre caerá sobre mí el día del Juicio y pesará eternamente sobre mi conciencia! Pero ¡por Alah! que he de usar de represalias con el asesino, y no descansaré hasta que lo mate. En cuanto á ti, ¡juro por la verdad de mi descendencia directa de los califas Bani-Abbas, que si no me presentas al matador de esta mujer, á la que quiero vengar, mandaré que te crucifiquen á la puerta de mi palacio en compañía de cuarenta de tus primos los Baramka!»[1]. Y el califa estaba lleno de cólera, y Giafar dijo: «Concédeme para ello no más que un plazo de tres días.» Y el califa respondió: «Te lo otorgo.»

Entonces Giafar salió del palacio, muy afligido, y anduvo por la ciudad, pensando: «¿Cómo voy á saber quién ha matado á esa joven, ni dónde he de buscarlo para presentárselo al califa? Si le llevase á otro para que pereciese en vez del asesino, esta mala acción pesaría sobre mi conciencia. Por lo tanto, no sé qué hacer.» Y Giafar llegó á su casa, y allí estuvo desesperado los tres días del plazo. Y al cuarto día el califa le mandó llamar. Y cuando se presentó entre sus manos, el califa le dijo: «¿Dónde está el asesino de la joven?» Giafar respondió: «No poseo la ciencia de adivinar lo invisible y lo oculto, para que pueda conocer en medio de una gran ciudad al asesino.» Entonces el califa se enfureció mucho, y ordenó que crucificasen á Giafar á la puerta de palacio, encargando á los pregoneros que lo anunciasen por la ciudad y sus alrededores de esta manera:

«Quien desee asistir á la crucifixión de Giafar Al-Barmaki, visir del califato, y á la crucifixión de cuarenta Baramka, parientes suyos, vengan á la puerta del palacio para presenciarlo.»

Y todos los habitantes de Bagdad afluían por las calles para presenciar la crucifixión de Giafar y sus primos, sin que nadie supiese la causa; y todo el mundo se condolía y se lamentaba de aquel castigo, pues el visir y los Baramka eran muy apreciados por su generosidad y sus buenas obras.

Cuando se hubo levantado el patíbulo, llevaron al pie de él á los sentenciados y se aguardó la venia del califa para la ejecución. De pronto, mientras lloraba la gente, un apuesto y bien portado joven hendió con rapidez la muchedumbre, y llegando entre las manos de Giafar, le dijo: «¡Que te liberten, ¡oh dueño y señor de los señores más altos, asilo de los menesterosos! Yo fuí quien asesinó á la joven despedazada y la metí en la caja que pescasteis en el Tigris. ¡Mátame, pues, en cambio, y usa las represalias conmigo!»

Cuando escuchó Giafar las palabras del joven, se alegró por sí propio, pero compadecióse del mancebo. Y hubo de pedirle explicaciones más detalladas; pero de súbito un anciano venerable separó á la gente, se acercó muy de prisa á Giafar y al joven, les saludó, y les dijo: «¡Oh visir! no hagas caso de las palabras de este mozo, pues yo soy el único asesino de la joven, y en mí solo tienes que vengarla.» Pero el joven repuso: «¡Oh visir! este viejo jeque no sabe lo que se dice. Te repito que yo soy quien la mató, debiendo ser, por tanto, el único á quien se castigue.» Entonces el jeque exclamó: «¡Oh hijo mío! todavía eres joven y debes vivir; pero yo, que soy viejo y estoy cansado del mundo, te serviré de rescate á ti, al visir y á sus primos. Repito que el asesino soy yo. Y conmigo se debe usar de represalias.»

Entonces, Giafar, con el consentimiento del capitán de guardias, se llevó al joven y al anciano, y subió con ellos al aposento del califa. Y le dijo: «¡Oh Emir de los Creyentes! aquí tienes al asesino de la joven.» Y el califa preguntó: «¿En dónde está?» Giafar dijo: «Este joven afirma que es el matador, pero este anciano lo desmiente y asegura que el asesino es él.» Entonces el califa contempló al jeque y al mozo, y les dijo: «¿Cuál de vosotros dos ha matado á la joven?» Y el mancebo respondió: «¡Fuí yo!» Y el jeque dijo: «¡No; fuí yo solo!» El califa, sin preguntar más, dijo á Giafar entonces: «Llévate á los dos y crucifícalos.» Pero Giafar hubo de replicarle: «Si sólo uno es el criminal, castigar al otro constituye una gran injusticia.» Y entonces el joven exclamó: «¡Juro por Aquel que levantó los cielos hasta la altura que están y extendió la tierra en la profundidad que ocupa, que soy el único que asesinó á la joven! Oid las pruebas.» Y describió el hallazgo, conocido sólo por el califa, Giafar y Massrur. Y con esto el califa se convenció de la culpabilidad del joven, y llegando al límite del asombro, le dijo: «¿Y por qué has cometido esa muerte? ¿Por qué la confiesas antes de que te obliguen á hacerlo á palos? ¿Por qué pides de este modo el castigo?» Entonces dijo el mancebo:


«Sabe, ¡oh Príncipe de los Creyentes! que esa joven era mi esposa, hija de este jeque, que es mi suegro. Me casé siendo ella todavía virgen, y Alah me ha concedido tres hijos varones. Y mi mujer me amó y me sirvió siempre, sin que tuviese yo que motejarla nada reprensible.

Pero á principios de este mes cayó gravemente enferma, y llamé en seguida á los médicos más sabios, que no tardaron en curarla, con ayuda de Alah. Y como desde el comienzo de su enfermedad no me había acostado con ella, y lo deseaba en aquel instante, quise que primero se diera un baño. Pero ella dijo: «Antes de entrar en el hammam, desearía satisfacer un antojo.» Y le pregunté: «¿Qué antojo es ese?» Y me contestó: «Tengo ganas de una manzana para olerla y darle un bocado.» Inmediatamente me fuí á la calle á comprar la manzana, aunque me costara un dinar de oro. Y recorrí todas las fruterías, pero en ninguna había manzanas. Y regresé á casa muy triste, sin atreverme á ver á mi mujer, y pasé toda la noche pensando en la manera de lograr una manzana. Al amanecer salí de nuevo de mi casa y recorrí todos los huertos, uno por uno, y árbol por árbol, sin hallar nada. Y he aquí que en el camino me encontré con un jardinero, hombre de edad, al que le consulté sobre lo de las manzanas. Y me dijo: «¡Oh hijo mío! Es una cosa difícil de encontrar, porque ahora no las hay en ninguna parte como no sea en Basrah, en el huerto del Comendador de los Creyentes. Y aun allí no te será fácil conseguirlas, pues el jardinero las reserva cuidadosamente para uso del califa.»

Entonces volví junto á mi esposa, contándoselo todo; pero el amor que le profesaba me movió á preparar el viaje. Y salí, y empleé quince días completos, noche y día, para ir á Basrah y regresar favorecido por la suerte, pues volví al lado de mi esposa con tres manzanas compradas al jardinero del huerto de Basrah por tres dinares.

Entré, pues, muy contento, y se las ofrecí á mi esposa; pero al verlas ni dió muestras de alegría ni las probó, dejándolas, indiferente, á un lado. Observé entonces que durante mi ausencia la calentura se había vuelto á cebar en mi mujer muy violentamente y seguía atormentándola; y estuvo enferma diez días más, durante los cuales no me separé de ella un momento. Pero gracias á Alah, recobró la salud, y entonces pude salir y marchar á mi tienda para comprar y vender.

Pero he aquí que una tarde estaba yo sentado á la puerta de mi tienda, cuando pasó por allí un negro, que llevaba en la mano una manzana. Y le dije: «¡Eh, buen amigo! ¿de dónde has sacado esa manzana, para que yo pueda comprar otras iguales?» Y el negro se echó á reir y me contestó: «Me la ha regalado mi amante. He ido á su casa, después de algún tiempo que no la había visto, y la he encontrado enferma, y tenía al lado tres manzanas, y al interrogarla, me ha dicho: «Figúrate, ¡oh querido mío! que el pobre cornudo de mi esposo ha ido á Basrah expresamente á comprármelas, y le han costado tres dinares de oro.» Y en seguida me dió ésta que llevo en la mano.»

Al oir tales palabras del negro, ¡oh Príncipe de los Creyentes! mis ojos vieron que el mundo se oscurecía; cerré la tienda á toda prisa y entré en mi casa, después de haber perdido en el camino toda la razón, por la fuerza explosiva de mi furia. Dirigí una mirada al lecho, y, efectivamente, la tercera manzana no estaba ya allí. Y preguntó á mi esposa: «¿En dónde está la otra manzana?» Y me contestó: «No sé qué ha sido de ella.» Esto era una comprobación de las palabras del negro. Entonces me abalancé sobre ella cuchillo en mano, y apoyando en su vientre mis rodillas, la cosí á cuchilladas. Después le corté la cabeza y los miembros, lo metí todo apresuradamente en la banasta, cubriéndolo con el velo y el tapiz, y guardándolo en el cajón, que clavé yo mismo. Y cargué el cajón en mi mula, y en seguida lo arrojé en el Tigris con mis propias manos.

¡Por eso, ¡oh Emir de los Creyentes! te suplico que apresares mi muerte, en castigo á mi crimen, pues me aterra tener que dar cuenta de él el día de la Resurrección!

La arrojé al Tigris, como he dicho, y como nadie me vió, pude volver á casa. Y encontré á mi hijo mayor llorando, y aunque estaba seguro de que ignoraba la muerte de su madre, le pregunté: «¿Por qué lloras?» Y él me contestó: «Porque he cogido una de las manzanas que tenía mi madre, y al bajar á jugar con mis hermanos, en la calle, ha pasado un negro muy grande y me la quitó, diciendo: «¿De dónde has sacado esta manzana?» Y le contesté: «Es de mi padre, que se fué y se la trajo á mi madre con otras dos, compradas por tres dinares en Basrah. Porque mi madre está enferma.» Y á pesar de ello, el negro no me la devolvió, sino que me dió un golpe y se fué con ella. ¡Y ahora tengo miedo de que la madre me pegue por lo de la manzana!»

Al oir estas palabras del niño, comprendí que el negro había mentido respecto á la hija de mi tío, y por tanto, ¡que yo había matado á mi esposa injustamente!

Entonces empecé á derramar abundantes lágrimas, y entró mi suegro, el venerable jeque que está aquí conmigo. Y le conté la triste historia. Entonces se sentó á mi lado, y se puso á llorar. Y no cesamos de llorar juntos hasta medianoche. E hicimos que duraran cinco días las ceremonias fúnebres. Y aun hoy seguimos lamentando esa muerte.

Así, pues, te conjuro ¡oh Emir de los Creyentes! por la memoria sagrada de tus antepasados, á que apresures mi suplicio y vengues en mi persona aquella muerte.»

Entonces el califa, profundamente maravillado, exclamó: «¡Por Alah que no he de matar mas que á ese negro pérfido!...»


En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


PERO CUANDO LLEGÓ
LA 19.ª NOCHE
Ella dijo:


He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que el califa juró que no mataría más que al negro, puesto que el joven tenía una disculpa. Después, volviéndose hacia Giafar, le dijo: «¡Trae á mi presencia al pérfido negro que ha sido la causa de esta muerte! Y si no puedes dar con él, perecerás en su lugar.»

Y Giafar salió llorando y diciéndose: «¿Dónde lo podré hallar para traerlo á su presencia? Si es extraordinario que no se rompa un cántaro al caer, no lo ha sido menos el que yo haya podido escapar de la muerte. Pero ¿y ahora?... ¡Indudablemente, Él, que me ha salvado la primera vez, me salvará, si quiere, la segunda! Así, pues, me encerraré en mi casa los tres días del plazo. Porque ¿para qué voy á emprender pesquisas inútiles? ¡Confío en la voluntad del Altísimo!»

Y en efecto, Giafar no se movió de su casa en los tres días del plazo. Y al cuarto día mandó llamar al kadí é hizo testamento ante él, y se despidió de sus hijos llorando. Después llegó el enviado del califa, para decirle que el sultán seguía dispuesto á matarle si no parecía el negro. Y Giafar lloró más todavía, y sus hijos con él. Después quiso besar por última vez á la más pequeña de sus hijas, que era la preferida entre todas, y la apretó contra su pecho, derramando muchas lágrimas por tener que separarse de ella. Pero al estrecharla contra él, notó algo redondo en el bolsillo de la niña, y le preguntó: «¿Qué llevas ahí?» Y la niña contestó: «¡Oh padre! una manzana. Me la ha dado nuestro negro Rihán[2]. Hace cuatro días que la tengo. Pero para que me la diese tuve que pagar á Rihán dos dinares.»

Al oir las palabras «negro» y «manzana», Giafar sintió un gran júbilo, y exclamó: «¡Oh Libertador!» Y en seguida mandó llamar al negro Rihán. Y Rihán llegó, y Giafar le dijo: «¿De dónde has sacado esta manzana?» Y contestó el negro: «¡Oh mi señor! hace cinco días que, andando por la ciudad, entré en una calleja, y vi jugar á unos niños, uno de los cuales tenía esa manzana en la mano. Se la quité y le di un golpe, mientras el niño me decía llorando: «Es de mi madre, que está enferma. Se le antojó una manzana, y mi padre ha ido á buscarla á Basrah, y esa y otras dos le han costado tres dinares de oro. Y yo he cogido ésa para jugar.» Y siguió llorando. Pero yo, sin hacer caso de sus lágrimas, vine con la manzana á casa, y se la he dado por dos dinares á mi ama más pequeña.»

Y Giafar se asombró de este relato, viendo sobrevenir tantas peripecias y la muerte de una mujer por culpa de su negro Rihán. Por tanto, dispuso que lo encerrasen en seguida en un calabozo. Y después, muy contento por haberse librado de la muerte, recitó estas dos estrofas:


Si tu esclavo tiene la culpa de tus desdichas, ¿por qué no piensas en deshacerte de él?

¿Ignoras que abundan los esclavos, y que sólo tienes un alma, sin que puedas sustituirla?


Pero luego pensó otra cosa, y cogió al negro y lo llevó ante el califa, á quien contó la historia.

Y el califa Harún Al-Rachid se maravilló tanto, que dispuso se escribiese tal historia en los anales para que sirviera de lección á los humanos.

Entonces Giafar le dijo: «No tienes para qué maravillarte tanto de esa historia, ¡oh Comendador de los Creyentes! pues no puede igualarse á la del visir Nureddin y su hermano Chamseddin.»

Y el califa exclamó: «Y qué historia es ésa, más asombrosa que la que acabamos de oir?» Y Giafar dijo: «¡Oh Príncipe de los Creyentes! no te la contaré sino á cambio de que perdones su irreflexión á mi negro Rihán.» Y el califa respondió: «¡Así sea! Te hago gracia de su sangre.»[3]


  1. Los Barmacidas, noble familia árabe.
  2. Rihán significa arrayán, y también toda planta olorosa.
  3. Véase el epílogo de esta historia en el tomo que sigue.
 
 


Historia de la mujer despedazada,
 de las tres manzanas y el negro Rihán


Schahrazada dijo:

Una noche entre las noches, el califa Harún Al-Rachid dijo á Giafar Al-Barmaki: «Quiero que recorramos la ciudad, para enterarnos de lo que hacen los gobernadores y kadíes. Estoy resuelto á destituir á aquellos de quienes me den quejas.» Y Giafar respondió: «Escucho y obedezco.»

Y el califa, y Giafar, y Massrur el portaalfanje salieron disfrazados por las calles de Bagdad; y he aquí que en una calleja vieron á un anciano decrépito que á la cabeza llevaba una banasta y una red de pescar, y en la mano un palo; y andaba pausadamente, canturriando estas estrofas:


Me dijeron: «¡Por tu ciencia, ¡oh sabio! eres entre los humanos como la luna en la noche!»
Yo les contesté: «¡Os ruego que no habléis de ese modo! ¡No hay más ciencia que la del Destino!»

Porque yo, con toda mi ciencia, mis manuscritos, mis libros y mi tintero, no puedo desviar la fuerza del Destino ni un solo día! ¡Y los que apostasen por mí perderían su apuesta!

¡Nada, en efecto, hay más desolador que el pobre, el estado del pobre y el pan y la vida del pobre!

¡En verano, se le agotan las fuerzas! ¡En invierno, no dispone de abrigo!

¡Si se para, le acosarán los perros para que se aleje! ¡Cuán mísero es! ¡Ved cómo para él son todas las ofensas y todas las burlas! ¿Quién es más desdichado?

Y si no clama ante los hombres, si no pregona su miseria, ¿quién le compadecerá?

¡Oh! Si tal es la vida del pobre, ¿no ha de preferir la tumba?


Al oir estos versos tan tristes, el califa dijo á Giafar: «Los versos y el aspecto de ese pobre hombre indican una gran miseria.» Después se aproximó al viejo y le dijo: «¡Oh jeque! ¿cuál es tu oficio? Y él respondió: «¡Oh señor mío! Soy pescador. ¡Y muy pobre! ¡Y con familia! Y desde el mediodía estoy fuera de casa trabajando, ¡y Alah no me concedió aún el pan que ha de alimentar á mis hijos! Estoy, pues, cansado de mi persona y de la vida, y no anhelo más que morir.» Entonces el califa le dijo: «¿Quieres venir con nosotros hasta el río, y echar la red en mi nombre, para ver qué tal suerte tengo? Lo que saques del agua te lo compraré y te daré por ello cien dinares.» Y el viejo se regocijó al oirle, y contestó: «¡Acepto cuanto acabas de ofrecerme y lo pongo sobre mi cabeza!»

Y el pescador volvió con ellos hacia el Tigris, y arrojando la red, quedó en acecho; después tiró de la cuerda de la red, y la red salió. Y el viejo pescador encontró en la red un cajón que estaba cerrado y que pesaba mucho. Intentó levantarlo el califa y lo encontró también muy pesado. Pero se apresuró á entregar los cien dinares al pescador, que se alejó muy contento.

Entonces Giafar y Massrur cargaron con el cajón y lo llevaron al palacio. Y el califa dispuso que se encendiesen las antorchas, y Giafar y Massrur se abalanzaron sobre el cajón y lo rompieron. Y dentro de él hallaron una enorme banasta de hojas de palmera cosidas con lana roja. Cortaron el cosido, y en la banasta había un tapiz; apartaron el tapiz y encontraron debajo un gran velo blanco de mujer; levantaron el velo y apareció, blanca como la plata virgen, una joven muerta y despedazada.

Ante aquel espectáculo, las lágrimas corrieron por las mejillas del califa, y después, muy enfurecido, encarándose con Giafar, exclamó: «¡Oh perro visir! ¡Ya ves cómo, durante mi reinado, se asesina á las gentes y se arroja á las víctimas al agua! ¡Y su sangre caerá sobre mí el día del Juicio y pesará eternamente sobre mi conciencia! Pero ¡por Alah! que he de usar de represalias con el asesino, y no descansaré hasta que lo mate. En cuanto á ti, ¡juro por la verdad de mi descendencia directa de los califas Bani-Abbas, que si no me presentas al matador de esta mujer, á la que quiero vengar, mandaré que te crucifiquen á la puerta de mi palacio en compañía de cuarenta de tus primos los Baramka!»[1]. Y el califa estaba lleno de cólera, y Giafar dijo: «Concédeme para ello no más que un plazo de tres días.» Y el califa respondió: «Te lo otorgo.»

Entonces Giafar salió del palacio, muy afligido, y anduvo por la ciudad, pensando: «¿Cómo voy á saber quién ha matado á esa joven, ni dónde he de buscarlo para presentárselo al califa? Si le llevase á otro para que pereciese en vez del asesino, esta mala acción pesaría sobre mi conciencia. Por lo tanto, no sé qué hacer.» Y Giafar llegó á su casa, y allí estuvo desesperado los tres días del plazo. Y al cuarto día el califa le mandó llamar. Y cuando se presentó entre sus manos, el califa le dijo: «¿Dónde está el asesino de la joven?» Giafar respondió: «No poseo la ciencia de adivinar lo invisible y lo oculto, para que pueda conocer en medio de una gran ciudad al asesino.» Entonces el califa se enfureció mucho, y ordenó que crucificasen á Giafar á la puerta de palacio, encargando á los pregoneros que lo anunciasen por la ciudad y sus alrededores de esta manera:

«Quien desee asistir á la crucifixión de Giafar Al-Barmaki, visir del califato, y á la crucifixión de cuarenta Baramka, parientes suyos, vengan á la puerta del palacio para presenciarlo.»

Y todos los habitantes de Bagdad afluían por las calles para presenciar la crucifixión de Giafar y sus primos, sin que nadie supiese la causa; y todo el mundo se condolía y se lamentaba de aquel castigo, pues el visir y los Baramka eran muy apreciados por su generosidad y sus buenas obras.

Cuando se hubo levantado el patíbulo, llevaron al pie de él á los sentenciados y se aguardó la venia del califa para la ejecución. De pronto, mientras lloraba la gente, un apuesto y bien portado joven hendió con rapidez la muchedumbre, y llegando entre las manos de Giafar, le dijo: «¡Que te liberten, ¡oh dueño y señor de los señores más altos, asilo de los menesterosos! Yo fuí quien asesinó á la joven despedazada y la metí en la caja que pescasteis en el Tigris. ¡Mátame, pues, en cambio, y usa las represalias conmigo!»

Cuando escuchó Giafar las palabras del joven, se alegró por sí propio, pero compadecióse del mancebo. Y hubo de pedirle explicaciones más detalladas; pero de súbito un anciano venerable separó á la gente, se acercó muy de prisa á Giafar y al joven, les saludó, y les dijo: «¡Oh visir! no hagas caso de las palabras de este mozo, pues yo soy el único asesino de la joven, y en mí solo tienes que vengarla.» Pero el joven repuso: «¡Oh visir! este viejo jeque no sabe lo que se dice. Te repito que yo soy quien la mató, debiendo ser, por tanto, el único á quien se castigue.» Entonces el jeque exclamó: «¡Oh hijo mío! todavía eres joven y debes vivir; pero yo, que soy viejo y estoy cansado del mundo, te serviré de rescate á ti, al visir y á sus primos. Repito que el asesino soy yo. Y conmigo se debe usar de represalias.»

Entonces, Giafar, con el consentimiento del capitán de guardias, se llevó al joven y al anciano, y subió con ellos al aposento del califa. Y le dijo: «¡Oh Emir de los Creyentes! aquí tienes al asesino de la joven.» Y el califa preguntó: «¿En dónde está?» Giafar dijo: «Este joven afirma que es el matador, pero este anciano lo desmiente y asegura que el asesino es él.» Entonces el califa contempló al jeque y al mozo, y les dijo: «¿Cuál de vosotros dos ha matado á la joven?» Y el mancebo respondió: «¡Fuí yo!» Y el jeque dijo: «¡No; fuí yo solo!» El califa, sin preguntar más, dijo á Giafar entonces: «Llévate á los dos y crucifícalos.» Pero Giafar hubo de replicarle: «Si sólo uno es el criminal, castigar al otro constituye una gran injusticia.» Y entonces el joven exclamó: «¡Juro por Aquel que levantó los cielos hasta la altura que están y extendió la tierra en la profundidad que ocupa, que soy el único que asesinó á la joven! Oid las pruebas.» Y describió el hallazgo, conocido sólo por el califa, Giafar y Massrur. Y con esto el califa se convenció de la culpabilidad del joven, y llegando al límite del asombro, le dijo: «¿Y por qué has cometido esa muerte? ¿Por qué la confiesas antes de que te obliguen á hacerlo á palos? ¿Por qué pides de este modo el castigo?» Entonces dijo el mancebo:


«Sabe, ¡oh Príncipe de los Creyentes! que esa joven era mi esposa, hija de este jeque, que es mi suegro. Me casé siendo ella todavía virgen, y Alah me ha concedido tres hijos varones. Y mi mujer me amó y me sirvió siempre, sin que tuviese yo que motejarla nada reprensible.

Pero á principios de este mes cayó gravemente enferma, y llamé en seguida á los médicos más sabios, que no tardaron en curarla, con ayuda de Alah. Y como desde el comienzo de su enfermedad no me había acostado con ella, y lo deseaba en aquel instante, quise que primero se diera un baño. Pero ella dijo: «Antes de entrar en el hammam, desearía satisfacer un antojo.» Y le pregunté: «¿Qué antojo es ese?» Y me contestó: «Tengo ganas de una manzana para olerla y darle un bocado.» Inmediatamente me fuí á la calle á comprar la manzana, aunque me costara un dinar de oro. Y recorrí todas las fruterías, pero en ninguna había manzanas. Y regresé á casa muy triste, sin atreverme á ver á mi mujer, y pasé toda la noche pensando en la manera de lograr una manzana. Al amanecer salí de nuevo de mi casa y recorrí todos los huertos, uno por uno, y árbol por árbol, sin hallar nada. Y he aquí que en el camino me encontré con un jardinero, hombre de edad, al que le consulté sobre lo de las manzanas. Y me dijo: «¡Oh hijo mío! Es una cosa difícil de encontrar, porque ahora no las hay en ninguna parte como no sea en Basrah, en el huerto del Comendador de los Creyentes. Y aun allí no te será fácil conseguirlas, pues el jardinero las reserva cuidadosamente para uso del califa.»

Entonces volví junto á mi esposa, contándoselo todo; pero el amor que le profesaba me movió á preparar el viaje. Y salí, y empleé quince días completos, noche y día, para ir á Basrah y regresar favorecido por la suerte, pues volví al lado de mi esposa con tres manzanas compradas al jardinero del huerto de Basrah por tres dinares.

Entré, pues, muy contento, y se las ofrecí á mi esposa; pero al verlas ni dió muestras de alegría ni las probó, dejándolas, indiferente, á un lado. Observé entonces que durante mi ausencia la calentura se había vuelto á cebar en mi mujer muy violentamente y seguía atormentándola; y estuvo enferma diez días más, durante los cuales no me separé de ella un momento. Pero gracias á Alah, recobró la salud, y entonces pude salir y marchar á mi tienda para comprar y vender.

Pero he aquí que una tarde estaba yo sentado á la puerta de mi tienda, cuando pasó por allí un negro, que llevaba en la mano una manzana. Y le dije: «¡Eh, buen amigo! ¿de dónde has sacado esa manzana, para que yo pueda comprar otras iguales?» Y el negro se echó á reir y me contestó: «Me la ha regalado mi amante. He ido á su casa, después de algún tiempo que no la había visto, y la he encontrado enferma, y tenía al lado tres manzanas, y al interrogarla, me ha dicho: «Figúrate, ¡oh querido mío! que el pobre cornudo de mi esposo ha ido á Basrah expresamente á comprármelas, y le han costado tres dinares de oro.» Y en seguida me dió ésta que llevo en la mano.»

Al oir tales palabras del negro, ¡oh Príncipe de los Creyentes! mis ojos vieron que el mundo se oscurecía; cerré la tienda á toda prisa y entré en mi casa, después de haber perdido en el camino toda la razón, por la fuerza explosiva de mi furia. Dirigí una mirada al lecho, y, efectivamente, la tercera manzana no estaba ya allí. Y preguntó á mi esposa: «¿En dónde está la otra manzana?» Y me contestó: «No sé qué ha sido de ella.» Esto era una comprobación de las palabras del negro. Entonces me abalancé sobre ella cuchillo en mano, y apoyando en su vientre mis rodillas, la cosí á cuchilladas. Después le corté la cabeza y los miembros, lo metí todo apresuradamente en la banasta, cubriéndolo con el velo y el tapiz, y guardándolo en el cajón, que clavé yo mismo. Y cargué el cajón en mi mula, y en seguida lo arrojé en el Tigris con mis propias manos.

¡Por eso, ¡oh Emir de los Creyentes! te suplico que apresares mi muerte, en castigo á mi crimen, pues me aterra tener que dar cuenta de él el día de la Resurrección!

La arrojé al Tigris, como he dicho, y como nadie me vió, pude volver á casa. Y encontré á mi hijo mayor llorando, y aunque estaba seguro de que ignoraba la muerte de su madre, le pregunté: «¿Por qué lloras?» Y él me contestó: «Porque he cogido una de las manzanas que tenía mi madre, y al bajar á jugar con mis hermanos, en la calle, ha pasado un negro muy grande y me la quitó, diciendo: «¿De dónde has sacado esta manzana?» Y le contesté: «Es de mi padre, que se fué y se la trajo á mi madre con otras dos, compradas por tres dinares en Basrah. Porque mi madre está enferma.» Y á pesar de ello, el negro no me la devolvió, sino que me dió un golpe y se fué con ella. ¡Y ahora tengo miedo de que la madre me pegue por lo de la manzana!»

Al oir estas palabras del niño, comprendí que el negro había mentido respecto á la hija de mi tío, y por tanto, ¡que yo había matado á mi esposa injustamente!

Entonces empecé á derramar abundantes lágrimas, y entró mi suegro, el venerable jeque que está aquí conmigo. Y le conté la triste historia. Entonces se sentó á mi lado, y se puso á llorar. Y no cesamos de llorar juntos hasta medianoche. E hicimos que duraran cinco días las ceremonias fúnebres. Y aun hoy seguimos lamentando esa muerte.

Así, pues, te conjuro ¡oh Emir de los Creyentes! por la memoria sagrada de tus antepasados, á que apresures mi suplicio y vengues en mi persona aquella muerte.»

Entonces el califa, profundamente maravillado, exclamó: «¡Por Alah que no he de matar mas que á ese negro pérfido!...»


En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


PERO CUANDO LLEGÓ
LA 19.ª NOCHE
Ella dijo:


He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que el califa juró que no mataría más que al negro, puesto que el joven tenía una disculpa. Después, volviéndose hacia Giafar, le dijo: «¡Trae á mi presencia al pérfido negro que ha sido la causa de esta muerte! Y si no puedes dar con él, perecerás en su lugar.»

Y Giafar salió llorando y diciéndose: «¿Dónde lo podré hallar para traerlo á su presencia? Si es extraordinario que no se rompa un cántaro al caer, no lo ha sido menos el que yo haya podido escapar de la muerte. Pero ¿y ahora?... ¡Indudablemente, Él, que me ha salvado la primera vez, me salvará, si quiere, la segunda! Así, pues, me encerraré en mi casa los tres días del plazo. Porque ¿para qué voy á emprender pesquisas inútiles? ¡Confío en la voluntad del Altísimo!»

Y en efecto, Giafar no se movió de su casa en los tres días del plazo. Y al cuarto día mandó llamar al kadí é hizo testamento ante él, y se despidió de sus hijos llorando. Después llegó el enviado del califa, para decirle que el sultán seguía dispuesto á matarle si no parecía el negro. Y Giafar lloró más todavía, y sus hijos con él. Después quiso besar por última vez á la más pequeña de sus hijas, que era la preferida entre todas, y la apretó contra su pecho, derramando muchas lágrimas por tener que separarse de ella. Pero al estrecharla contra él, notó algo redondo en el bolsillo de la niña, y le preguntó: «¿Qué llevas ahí?» Y la niña contestó: «¡Oh padre! una manzana. Me la ha dado nuestro negro Rihán[2]. Hace cuatro días que la tengo. Pero para que me la diese tuve que pagar á Rihán dos dinares.»

Al oir las palabras «negro» y «manzana», Giafar sintió un gran júbilo, y exclamó: «¡Oh Libertador!» Y en seguida mandó llamar al negro Rihán. Y Rihán llegó, y Giafar le dijo: «¿De dónde has sacado esta manzana?» Y contestó el negro: «¡Oh mi señor! hace cinco días que, andando por la ciudad, entré en una calleja, y vi jugar á unos niños, uno de los cuales tenía esa manzana en la mano. Se la quité y le di un golpe, mientras el niño me decía llorando: «Es de mi madre, que está enferma. Se le antojó una manzana, y mi padre ha ido á buscarla á Basrah, y esa y otras dos le han costado tres dinares de oro. Y yo he cogido ésa para jugar.» Y siguió llorando. Pero yo, sin hacer caso de sus lágrimas, vine con la manzana á casa, y se la he dado por dos dinares á mi ama más pequeña.»

Y Giafar se asombró de este relato, viendo sobrevenir tantas peripecias y la muerte de una mujer por culpa de su negro Rihán. Por tanto, dispuso que lo encerrasen en seguida en un calabozo. Y después, muy contento por haberse librado de la muerte, recitó estas dos estrofas:


Si tu esclavo tiene la culpa de tus desdichas, ¿por qué no piensas en deshacerte de él?

¿Ignoras que abundan los esclavos, y que sólo tienes un alma, sin que puedas sustituirla?


Pero luego pensó otra cosa, y cogió al negro y lo llevó ante el califa, á quien contó la historia.

Y el califa Harún Al-Rachid se maravilló tanto, que dispuso se escribiese tal historia en los anales para que sirviera de lección á los humanos.

Entonces Giafar le dijo: «No tienes para qué maravillarte tanto de esa historia, ¡oh Comendador de los Creyentes! pues no puede igualarse á la del visir Nureddin y su hermano Chamseddin.»

Y el califa exclamó: «Y qué historia es ésa, más asombrosa que la que acabamos de oir?» Y Giafar dijo: «¡Oh Príncipe de los Creyentes! no te la contaré sino á cambio de que perdones su irreflexión á mi negro Rihán.» Y el califa respondió: «¡Así sea! Te hago gracia de su sangre.»[3]


  1. Los Barmacidas, noble familia árabe.
  2. Rihán significa arrayán, y también toda planta olorosa.
  3. Véase el epílogo de esta historia en el tomo que sigue.
 
 
Las mil y una noches
Historia del visir Nureddin, de su hermano el visir Chamseddin y de Hassan Badreddin
 de Anónimo



Entonces, Giafar Al-Barmaki, dijo:

"Sabe, ¡oh Comendador de los Creyentes! que había en el país de Mesr[1] un sultán justo y benéfico. Este sultán tenía un visir sabio y prudente, versado en las ciencias y las letras. Y este visir, que era muy viejo, tenía dos hijos, que parecían dos lunas. El mayor se llamaba Chamseddin y el menor Nureddin[2]; pero Nureddin, el más pequeño, era ciertamente más guapo y mejor formado que Chamseddin, el cual, por otra parte, era perfecto. Pero nadie igualaba en todo el mundo a Nureddin.

Era tan admirable, que en ninguna comarca se ignoraba su hermosura, y muchos viajeros iban a Egipto, desde los países más remotos, sólo por el gusto de contemplar su perfección y las facciones de su rostro.

Pero quiso el Destino que falleciera su padre el visir. Y el sultán se condolió mucho. En seguida mandó llamar a los dos jóvenes, hizo que se aproximaran a él, y les regaló trajes de honor, y les dijo: "Desde ahora desempeñaréis junto a mí el cargo de vuestro padre". Entonces ellos se alegraron, y besaron la tierra entre las manos del sultán. Después hicieron que duraran todo un mes las exequias fúnebres de su padre, y en seguida empezaron a desempeñar su nuevo cargo de visires, y cada uno ejercía durante una semana las funciones del visirato. Y cuando el sultán salía de viaje, sólo llevaba consigo a uno de los dos hermanos.

Y una noche entre las noches, ocurrió que el sultán tenía que salir a la mañana siguiente, y habiéndole tocado el cargo de visir aquella semana a Chamseddin, el mayor, los dos hermanos departían sobre asuntos diversos para entretener la velada. En el transcurso de la conversación, el mayor dijo al menor: "¡Oh, hermano mío! creo que debemos pensar en casarnos, y mi intención es que nos casemos la misma noche". Y Nureddin contestó: "Hágase según tu voluntad, ¡oh hermano mío! pues estoy de acuerdo contigo en ésta y en todas las cosas".

Y convenido ya entre los dos este primer punto, Chamseddin dijo a Nureddin: "Cuando, gracias a Alah, nos hayamos unido con dos jóvenes, y la misma noche nos acostemos con ellas, y hayan parido el mismo día, y -¡si Alah lo quiere!- tu esposa dé a luz un niño y la mía una niña, tendremos que casar uno con otro a los dos primos".

Y Nureddin repuso: "¡Oh hermano mío! y ¿qué piensas pedir entonces como dote a mi hijo para darle a tu hija?" Y Chamseddin dijo: "Pediré a tu hijo, como precio de mi hija, tres mil dinares de oro, tres huertos y tres de los mejores pueblos de Egipto. Y realmente esto será bien poca cosa, comparado con mi hija. Y si tu hijo no quiere aceptar ese contrato, no habrá nada de lo dicho".

Al oírlo respondió Nureddin: "Pero ¿estás soñando? ¿Qué dote quieres pedirle a mi hijo? ¿Has olvidado que somos dos hermanos, y hasta dos visires en uno solo? En vez de esas exigencias deberías ofrecer como presente tu hija a mi hijo, sin pensar en pedirle ninguna dote. Además, ¿no sabes que el varón vale siempre más que la hembra? Y he aquí que el varón es mi hijo, y ¿aun aspiras a que lleve la dote cuando es tu hija quien debiera traerla? Obras como aquel comerciante que no quiere vender su mercancía, y para asustar al parroquiano empieza por pedirle cuatro veces su precio". Entonces dijo Chamseddin: "Sin duda te figuras que tu hijo es más noble que mi hija, lo cual demuestra que careces en absoluto de razón y sentido común y sobre todo de agradecimiento. Porque al hablar del visirato, olvidas que tan altas funciones me las debes a mí solo, y si te asocié conmigo, fué por lástima únicamente, para que pudieses ayudarme en mi labor.

¡Pero, en fin, ya está dicho! Puedes creer lo que gustes; porque yo, desde el momento en que piensas así, ¡ya no quiero casar a mi hija con tu hijo ni aun a peso de oro!"

Mucho le dolieron estas palabras a Nureddin, que contestó: "¡Tampoco yo quiero casar a mi hijo con tu hija!" Y Chamseddin replicó entonces: "Pues no hay para qué hablar más del asunto. Y como mañana tengo que marchar con el sultán, no dispongo de tiempo para que comprendas lo inconveniente de tus palabras. Pero después, ¡ya verás! ¡Cuando regrese, si Alah lo permite, sucederá lo que ha de suceder!"

Entonces Nureddin se alejó, muy apenado por esta escena, y se fué a dormir solo, con sus tristes pensamientos.

A la mañana siguiente salió de viaje el sultán, acompañado del visir Chamseddin, y se dirigió hacia la ribera del Nilo, lo atravesó en barca para llegar a Guesirah, y desde allí hasta las Pirámides.

En cuanto a Nureddin, después de haber pasado aquella noche contrariadísimo por el modo de proceder de su hermano, se levantó casi al amanecer, hizo sus abluciones, dijo la primera oración matinal, y después se dirigió a su armario, del cual sacó una alforja, y la llenó de oro, pensando siempre en las palabras despectivas de Chamseddin y en la humillación sufrida.

Y entonces recitó estas estrofas:

¡Marcha, amigo mío! ¡Abandónalo todo, y marcha! ¡Otros amigos encontrarás en vez de los que dejas! ¡Marcha! ¡Deja la ciudad y arma tu tienda de campaña! ¡Y vive en ella! ¡Allí, y nada más que allí, encontrarás las delicias de la vida!
¡En las moradas civilizadas y estables, no hay fervor ni hay amistad! ¡Créeme! ¡Huye de tu patria! ¡Arráncate del suelo de tu patria! ¡Intérnate en países extranjeros!
¡Escucha! ¡He comprobado que el agua que se estanca se corrompe; podría librarse de su podredumbre corriendo nuevamente! ¡Pero de otro modo es incurable!
¡He observado también la luna llena, y pude averiguar el número de sus ojos, de sus ojos de luz! ¡Pero si no hubiese seguido sus revoluciones en el espacio, no habría podido conocer los ojos de cada

cuarto de luna, los ojos que me miraban!

¿Y el león? ¿Sería posible cazar al león si no hubiera salido del espeso bosque...? ¿Y la flecha?; ¿Mataría la flecha si no escapara violentamente del arco tenso?
¿Y el oro y la plata? ¿No serían polvo vil si no hubiesen salido de sus yacimientos? ¿Y el armonioso laúd? ¡Ya sabes! ¡Sólo sería un pedazo de leño si el obrero no lo arrancase de la tierra para darle, forma!

Cuando acabó de recitar estos versos, mandó a uno de sus esclavos que le ensillase una mula torda, poderosa y rápida para la marcha. Y el esclavo preparó la mejor de todas las mulas, le puso una silla guarnecida de brocado y de oro, con estribos indios y una gualdrapa de terciopelo de Hispahan.

Y lo hizo tan bien, que la mula parecía una recién casada con su traje nuevo y brillante. Después todavía dispuso Nureddin que le echasen encima de todo un tapiz grande de seda y otro más pequeño de raso, terminado lo cual, colocó entre los dos tapices la alforja llena de oro y de alhajas.

En seguida dijo a este esclavo y a todos los demás: "Me voy a dar una vuelta por fuera de la ciudad, hacia la parte de Kaliubia, donde pienso pasar tres noches. Siento una opresión en el pecho, y voy a dilatar mis pulmones respirando el aire libre. Pero prohíbo a todo el mundo que me siga".

Y provisto de víveres para el camino, montó en la mula y se alejó rápidamente. No bien salió de El Cairo, anduvo tan ligero, que al mediodía llegó a Belbeis, donde se detuvo. Bajó de la mula para descansar y dejarla descansar, comió algo, compró en Belbeis cuanto podía necesitar para él y para la mula, y reanudó el viaje. Dos días después, precisamente al mediodía, merced al paso de su mula, entró en Jerusalén, la ciudad santa. Allí se apeó de la mula, descansó y la dejó reposar, extrajo del saco algo de comida, y después de alimentarse colocó el saco en el suelo para que le sirviese de almohada, luego de haber extendido el tapiz grande de seda, y se durmió, pensando siempre con indignación en la conducta de su hermano.

Al otro día, al amanecer, montó de nuevo y no dejó de caminar a buen paso, hasta llegar a la ciudad de Alepo. Allí se hospedó en uno de los khanes de la ciudad y dejó transcurrir tranquilamente tres días, descansando y dejando descansar a la mula, y cuando hubo respirado bien el aire puro de Alepo, pensó en continuar el viaje. Y al efecto, montó otra vez en la mula, después de haber comprado los maravillosos dulces que se hacen en Alepo, rellenos de piñones y almendras, cubiertos de azúcar, y que le gustaban mucho desde la niñez.

Y dejó que la mula se encaminase por donde quisiese, pues al salir de Alepo ya no sabía adónde dirigirse. Y cabalgó día y noche, hasta que una tarde, después de puesto el sol, se encontró en la ciudad de Bassra, pero no sabía que aquella ciudad fuese Bassra. Y no supo su nombre hasta después de llegado al khan, donde se lo dijeron. Se apeó entonces de la mula, la descargó de los dos tapices, de las provisiones y de la alforja, y encargó al portero del khan que la paseara un poco para que no se enfriase por descansar en seguida. Y en cuanto a Nureddin, él mismo tendió su tapiz, y se sentó en el khan para reposar.

El portero del khan cogió la mula de la brida, y se fué con ella. Pero ocurrió la coincidencia de que precisamente entonces el visir de Bassra hallábase sentado a la ventana de su palacio, contemplando la calle. Y al divisar una mula tan hermosa, con sus magníficos jaeces de gran valor, sospechó que esta mula pertenecía indudablemente a algún visir entre los visires extranjeros o acaso a algún rey entre los reyes. Y se puso a mirarla, sintiendo una gran perplejidad. Y después ordenó a uno de sus esclavos que le trajesen en seguida al portero que paseaba a la mula. Y el esclavo corrió en busca del portero y lo llevó ante el visir. Entonces el portero avanzó un paso, y besó la tierra entre las manos del visir, que era un anciano de mucha edad y muy respetable. Y el visir dijo al portero: "¿Quién es el. amo de esta mula, y qué posición tiene?" El portero contestó: "¡Oh mi señor! el amo de esta mula es un joven muy hermoso, lleno de seducciones, ricamente vestido, como hijo de algún gran mercader, y todo su aspecto impone el respeto y la admiración".

Al oírle, el visir se puso de pie, montó a caballo y marchando apresuradamente al khan, entró en el patio. Cuando lo vió Nureddin, corrió a su encuentro y le ayudó a apearse del caballo. Entonces el visir le dirigió el saludo acostumbrado, y Nureddin se lo devolvió y lo recibió muy cordialmente. Y el visir se sentó a su lado, y le dijo: "¡Oh hijo mío! ¿de dónde vienes, y por qué estás en Bassra?" Y Nureddin contestó: "¡Oh mi señor! vengo de El Cairo, mi ciudad natal. Mi padre era visir del sultán de Egipto, pero murió al ser llamado a la misericordia de Alah". Después contó toda su historia, desde el principio hasta el fin. Y luego añadió: "No he de volver a Egipto hasta después de haber recorrido el mundo, visitando todas las ciudades y todas las comarcas".

Y el visir contestó a Nureddin: "Hijo mío, prescinde de esas ideas de continuo viaje, porque causarán tu perdición. Sabe que el viajar por países extranjeros es la ruina y lo último de lo último. Atiende esta advertencia, pues temo que te perjudiquen los percances de la vida y del tiempo".

Después el visir ordenó a sus esclavos que desensillaran la mula y le quitasen los tapices y las sedas y se llevó consigo a Nureddin, alojándole en su casa, y lo dejó descansar, luego de haberle proporcionado todo lo que necesitaba.

Nureddin permaneció algún tiempo en casa del visir, y el visir le veía diariamente y le colmaba de consideraciones y favores. Y acabó por estimarle enormemente, hasta el punto de que un día le dijo: "Hijo mío, ya soy muy viejo, y no tengo ningún hijo varón. Pero Alah me ha concedido una hija que te iguala en belleza y perfecciones. Y hasta ahora se la he negado a cuantos me la pidieron en matrimonio. Pero a ti, a quien quiero con todo el cariño de mi corazón, he de preguntarte si consientes en aceptarla como esclava tuya. Porque yo deseo fervientemente que seas el esposo de mi hija. Y si quieres aceptar, marcharé en busca del sultán y le diré que eres un sobrino mío, recién llegado de Egipto, y que has venido a Bassra expresamente para pretender a mi hija en matrimonio. Y el sultán, por cariño a mí, te dará el visirato, porque yo ya estoy muy viejo y necesito descansar. Y así podré encerrarme muy a gusto en mi casa para no salir de ella".

Al oír esta proposición, bajó los ojos Nureddin, y después dijo: "Escucho y obedezco".

Entonces el visir llegó al colmo de la alegría, e inmediatamente ordenó a sus esclavos que preparasen el festín, y adornasen e iluminasen la sala de recepción, la más espaciosa de todas, reservada especialmente al más grande entre los emires.

Después reunió a todos sus amigos, e invitó a todos los nobles del reino y a todos los mercaderes de Bassra, y todos acudieron a presentarse entre sus manos. Entonces el visir, para explicarles el haber elegido a Nureddin con preferencia a todos los demás, les dijo: "Yo tenía un hermano que era visir en Egipto, y Alah le había favorecido con dos hijos, como a mí me favoreció con una hija, según sabéis. Mi hermano, poco antes de morir, me encargó que casara a mi hija con uno de sus hijos, y yo se lo prometí. Y precisamente este joven a quien veis es uno de los dos hijos de mi hermano, el visir de Egipto. Ha venido a Bassra con tal objeto. ¡Y mi mayor anhelo es que se escriba su contrato con mi hija, y que viva con ella en mi casa!"

Entonces contestaron todos: "¡Sea como dices! ¡Ponemos sobre nuestra cabeza cuanto hagas!"

Y todos tomaron parte en el gran festín, bebieron toda clase de vinos, y comieron una cantidad prodigiosa de pasteles y confituras. Y después, rociada la sala con agua de rosas, según costumbre, se despidieron del visir y de Nureddin.

Entonces el visir mandó a sus esclavos que llevasen a Nureddin al hammam y le diesen un baño. Y el visir le regaló uno de sus mejores trajes entre sus trajes, y después le envió toallas, palanganas de cobre, pebeteros y todas las demás cosas necesarias para el baño. Y Nureddin se bañó y salió del hammam con su traje nuevo y estaba más hermoso que la luna llena en la más bella de las noches.

Después Nureddin cabalgó en su mula torda, encaminándose hacia el palacio del visir, y al pasar por las calles le admiraban todos, elogiando su hermosura y la obra de Alah. Y descendió de la mula, entró en casa del visir y le besó la mano. Entonces el visir...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Notas del traductorEditar

  1. Mesr o Massr es el nombre con que los árabes designan indistintamente a Egipto y a la ciudad de El Cairo (Al Kahirat).
  2. Chamseddin: Sol de la Religión. Nureddin: Luz de la Religión.



Las mil y una noches
Pero cuando llegó la 20ª noche
 de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 20ª NOCHE

Ella dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado!, que entonces el visir se levantó, acogiendo con júbilo al hermoso Nureddin y diciéndole: "Entra, ¡oh hijo mío! en la cámara de tu esposa, y sé dichoso. Mañana te llevaré a ver al sultán. Y ahora sólo me resta implorar de Alah que te conceda todos sus favores y todos sus bienes".

Entonces Nureddin besó otra vez la mano del visir, su suegro, y entró en el aposento de la doncella. ¡Y sucedió lo que había de suceder!

¡Y esto fué referente a Nureddin!

En cuanto a Chamseddin, su hermano... he aquí lo que ocurrió. Terminada la expedición que hizo con el sultán de Egipto, hacia el lado de las Pirámides, regresó inmediatamente a su casa. Y se inquietó mucho al no encontrar a su hermano Nureddin. Y preguntó por él a sus esclavos, que le respondieron: "Nuestro amo Nureddin, el mismo día que te fuiste con el sultán, montó en una mula enjaezada con gran lujo, como en los días solemnes, y nos dijo: "Me voy hacia la parte de Kaliubia, estaré fuera unos días, pues noto opresión en el pecho y necesito aire libre; pero que no me siga nadie.

Y desde entonces no hemos vuelto a tener noticias suyas".

Entonces Chamseddin deploró mucho la ausencia de su hermano y fué aumentando su dolor de día en día, hasta que acabó por convertirse en una aflicción inmensa. Y pensaba: "Seguramente, el motivo de que se haya marchado no es otro que aquellas palabras tan duras que le dije la víspera de mi viaje con el sultán. Y esto y no otra cosa le ha obligado a huir. Pero es preciso que repare la falta cometida contra él y que disponga que lo busquen".

Y Chamseddin fué inmediatamente a ver al sultán, y le refirió lo que ocurría. Y el sultán mandó escribir mensajes autorizados con su sello y los envió con emisarios de a caballo en todas direcciones a todos sus lugartenientes de todas las comarcas, y les decía en estos pliegos que Nureddin había desaparecido y que precisaba buscarle fuese donde fuese.

Pero transcurrido algún tiempo, todos los correos regresaron sin ninguna noticia, porque ni uno solo había ido a Bassra, donde estaba Nureddin. Entonces Chamseddin, lamentándose hasta el límite de las lamentaciones, exclamó: "¡Mía es toda la culpa! ¡Todo esto me ocurre por mi poco tacto y mi falta de discreción!"

Pero como todo tiene su término, Chamseddin acabó por consolarse, y un día pidió en matrimonio a la hija de un gran comerciante de El Cairo, hizo su contrato con ella y con ella se casó. ¡Y sucedió lo que había de suceder!

Y se dió la coincidencia de que la misma noche que penetró Chamseddin en la cámara nupcial, fué justamente la misma en que Nureddin penetró en el aposento de la hija del visir de Bassra. Y permitió Alah esta coincidencia del matrimonio de los dos hermanos en la misma noche, para demostrar que manda en el destino de las criaturas.

Y todo se verificó, además, según lo habían combinado los dos hermanos antes de su querella, pues las dos esposas quedaron preñadas la misma noche: parieron el mismo día y a la misma hora, y la de Chamseddin, visir de Egipto, parió una niña cuya hermosura no tuvo igual en todo el país, y la de Nureddin, de Bassra, dió a luz un niño tan hermoso que no había otro como él en todo el mundo.

Ya lo dijo el poeta:

¡El niño! ... ¡Cuán delicado es! ... ¡Y qué gentil! ¡Y qué gracioso!.. . ¡Beber su boca! ¡Beber esta boca hace olvidar las copas llenas y los vasos desbordantes!
¡Beber en sus labios, apagar la sed en la frescura de sus mejillas y mirarse en el manantial de sus ojos, es olvidar la púrpura de los vinos, sus aromas, su sabor y toda su embriaguez!
¡Si viniese la misma Belleza a compararse con este niño, bajaría humillada la cabeza!
Y si le preguntaseis: "¡Oh Belleza! ¿Qué te parece? ¿Viste jamás nada semejante?" Ella contestaría: "¡Como él, verdaderamente, ninguno!"

Al hijo de Nureddin se le llamó Hassan Badreddin, a causa de su hermosura.[1] Su nacimiento motivó grandes regocijos públicos. Y el séptimo día se dieron fiestas y banquetes dignos de príncipes.

Terminados los festejos, el visir de Bassra fué con Nureddin a ver al sultán. Entonces Nureddin besó la tierra entre las manos del sultán, y como estaba dotado de una gran elocuencia y era muy versado en las bellezas literarias, le recitó estos versos del poeta:

¡Ante él se inclina y se eclipsa el mayor de los bienhechores; pues ha conquistado el corazón de todos los seres elegidos!
¡Canto sus obras, aunque no son sus obras, sino cosas tan bellas que debería formarse con ellas un collar que adornara su cuello!
¡ Y si beso la plata de tus dedos, es porque no son dedos, sino la llave de todos los beneficios!


Tanto gustaron al sultán estos versos, que obsequió espléndidamente a Nureddin y a su suegro el visir, ignorando aún lo del matrimonio y cuanto se relacionaba con su existencia, por lo cual preguntó al visir, después de haber felicitado a Nureddin: "¿Quién es este joven tan hermoso y tan elocuente?"

Entonces el visir contó al sultán toda la historia, desde el principio al fin, y le dijo: "Este joven es sobrino mío". Y el sultán exclamó: "¿Y cómo no había yo oído hablar de él?"

Y el visir dijo: "¡Oh mi soberano y señor! Sabe que un hermano mío era visir de Egipto. Al morir dejó dos hijos, el mayor de los cuales heredó el cargo, y el otro, que es éste, ha venido a buscarme, pues prometí y juré a mi hermano que casaría a mi hija con uno de mis sobrinos. Así es que apenas llegó lo casé con mi hija. Este sobrino mío es joven, como ves, y yo ya soy demasiado viejo y estoy sordo y no puedo atender a los negocios del reino. Por eso vengo a pedir a mi soberano el sultán que se digne nombrar a mi sobrino, que es también mi yerno, para el cargo de visir. Y puedo asegurarte que merece este cargo, pues es hombre de buen consejo, pródigo en ideas excelentes y muy ducho en el modo de despachar los asuntos.

Entonces el sultán miró con más detenimiento a Nureddin, y quedó encantado de este examen, aceptó el consejo de su anciano visir y nombró para el cargo a Nureddin en lugar de su suegro, y le regaló un magnífico traje de honor, el mejor de todos los que pudo encontrar, y una mula de sus propias caballerizas y le señaló sus guardias y sus chambelanes.

Nureddin besó entonces la mano del sultán, y salió con su suegro. y ambos regresaron a su casa en el colmo de la alegría y besaron al recién nacido Hassan Badreddin y dijeron: "El nacimiento de esta criatura nos trajo buena suerte".

Al día siguiente, Nureddin fué a palacio a desempeñar sus nuevas funciones, y al llegar besó la tierra entre las manos del sultán, y recitó estas dos estrofas:

¡Para ti sean nuevas las felicidades todos los días, las prosperidades también! ¡ Y que el envidioso se consuma de despecho!
¡Ojalá sean blancos para ti todos los días, y negros los días de todos los envidiosos!

Entonces el sultán le permitió que se sentara en el diwán del visirato, y Nureddin se sentó en el diwán del visirato. Y empezó a desempeñar su cargo, despachando los asuntos pendientes y administrando justicia como si llevara muchos años de visir, y lo hizo tan a conciencia ante el sultán, que se maravilló de su inteligencia, de su comprensión para aquellos asuntos y de su admirable manera de administrar justicia, y le distinguió más aún, entrando en gran intimidad con él.

Y Nureddin siguió desempeñando a maravilla sus elevadas funciones; pero no por eso olvidó la educación de su hijo Hassan Badreddin, a pesar de todos los asuntos del reino. Porque Nureddin era cada día más poderoso y más favorecido del sultán, que aumentó el número de sus chambelanes, servidores, guardias y correos. Y llegó a ser tan rico, que pudo dedicarse al comercio en gran escala, fletando naves mercantes que recorrían todo el mundo; construyendo molinos y ruedas elevadoras de agua y plantando magníficos huertos y jardines. Y todo esto antes de que su hijo cumpliera los cuatro años.

Falleció entonces el anciano visir, suegro de Nureddin, y éste le hizo un entierro solemne, al cual asistieron él y todos los grandes del reino.

Y desde entonces Nureddin se consagró exclusivamente a la educación de su hijo. Y lo confió al sabio más versado en leves religiosas y civiles. Este sabio venerable iba todos los días a dar lecciones de lectura al niño Hassan Badreddin, y poco a poco, con método, le inició en la interpretación del Corán, que acabó por aprenderse de memoria, y después el sabio siguió años y años enseñando a su discípulo todos los conocimientos útiles. Y Hassan no dejaba de crecer en hermosura, gracia y perfección, como dice el poeta:

¡Este joven! ¡Es la luna y, como ella, resplandece de hermosura, aunque el sol tome el esplendor de sus rayos de las anémonas de sus mejillas!
¡Es el rey de la hermosura por su distinción sin igual! ¡Y habrá que suponer que prestó su lozanía a las flores y las praderas!

Durante todo aquel tiempo, el joven Hassan Badreddin no abandonó un instante el palacio de su padre Nureddin, pues el sabio le exigía una gran atención a sus lecciones. Pero cuando Hassan cumplió los quince años y ya no tuvo que aprender nada más del viejo maestro, su padre le llamó, le puso el traje más lujoso que encontró entre los suyos, le hizo que montara en la mejor de sus mulas y se dirigió con él al palacio del sultán, atravesando con numeroso séquito las calles de Bassra.

Y todos los habitantes, al ver al joven Hassan Badreddin, prorrumpían en gritos de admiración, por su hermosura, la esbeltez de su talle, su gracia y sus modales encantadores. Y exclamaban: "¡Por Alah! ¡Es hermoso como la luna! ¡Que Alah lo libre del mal de ojo!" Y aquello duró hasta la llegada de Badreddin y su padre al palacio.

Cuando el sultán vió la hermosura del joven Hassan Badreddin, quedó tan sorprendido, que perdió la respiración y se olvidó de respirar durante un buen rato. Y le mandó acercarse, y le estimó mucho, le hizo su favorito, colmándole de regalos, y dijo a su padre Nureddin: "Visir, es absolutamente indispensable que me lo envíes todos los días, pues comprendo que no podría pasarme sin él". Y el visir Nureddin tuvo que contestar: "Escucho y obedezco".

Cuando Hassan Badreddin hubo llegado a ser amigo y favorito del sultán, su padre Nureddin cayó gravemente enfermo, y sospechando que no tardaría Alah en llamarle a Su misericordia, mandó a buscar a su hijo y le dirigió las últimas advertencias, diciéndole: "Sabe, ¡oh hijo mío! que este mundo es para nosotros una morada pasajera, porque el mundo futuro es eterno. Por eso antes de morir quiero darte algunas instrucciones; óyelas bien y ábreles tu corazón". Y Nureddin explicó a su hijo Hassan las mejores normas para conducirse como es debido con sus semejantes y guiarse en la vida.

Luego se acordó Nureddin de su hermano Chamseddin, el visir de Egipto, y de su país y de sus parientes y de todos sus amigos de El Cairo, y al recordarlos no pudo dejar de llorar por no haberlos vuelto a ver. Pero en seguida se acordó de que tenía que aconsejarle algo más a Hassan, y le dijo: "Hijo mío, conserva en tu memoria las palabras que voy a decirte, porque son muy importantes. Sabe que tengo en El Cairo un hermano llamado Chamseddin, que es tío tuyo, y además visir de Egipto. Hace tiempo que nos separamos algo disgustados, y yo estoy aquí, en Bassra, sin licencia suya. Voy, pues, a dictarte mis últimas disposiciones sobre esto. Toma un papel y un cálamo y escribe lo que dicte”

Entonces Hassan Badreddin cogió una hoja de papel, extrajo el tintero del cinturón, sacó del estuche el mejor cálamo, que era el que estaba mejor cortado, lo mojó en la estopa empapada en tinta sobre la mano izquierda, y cogiendo el cálamo con la derecha, le dijo a Nureddín: "¡Oh padre mío, escucho tus palabras!" Y Nureddín empezó a dictar: "En nombre de Alah el Clemente, el Misericordioso..."

Y continuó dictando en seguida a su hijo toda su historia, desde el principio hasta el fin, y además le dictó la fecha de su llegada a Bassra, y de su casamiento con la hija del viejo visir, y le dictó su genealogía completa, sus ascendientes directos e indirectos, con sus nombres; el nombre de su padre y de su abuelo, su origen, su grado de nobleza personal adquirida, y en fin, todo su linaje paterno y materno.

Después le dijo: "Conserva cuidadosamente ese pliego de papel. Y si por mandato del Destino te ocurriese alguna desgracia en tu vida, regresa al país de origen de tu padre, en donde nací yo, o sea El Cairo, la ciudad próspera; pregunta allí por tu tío el visir, que vive en nuestra casa, y salúdale de mi parte deseándole la paz, y dile que he muerto afligido por morir en el extranjero, lejos de él, y que antes de morir no tenía más deseo que verle. He aquí, ¡oh mi hijo Hassan! los consejos que quería darte. ¡Te conjuro a que no los olvides!"

Entonces Hassan Badreddin dobló cuidadosamente el papel, después de echarle arenilla, secarlo y sellarlo con el sello de su padre el visir, y luego lo colocó en el forro de su turbante, y lo cosió allí, habiéndolo envuelto en un pedazo de hule para preservarlo de la humedad.

Hecho esto, no pensó más que en llorar, besando la mano de su padre Nureddin y afligiéndose al comprender que se quedaba solo, siendo tan joven, y privado de la compañía de su padre. Y Nureddin no dejó de dar consejos a su hijo Hassan Badreddin hasta que entregó el alma.

Entonces Hassan Badreddin sintió un pesar grandísimo, así como el sultán y todos los emires, y los grandes y los humildes. Y enterraron a Nureddin según su rango.

Hassan Badreddin hizo durar dos meses las ceremonias del luto, y durante todo este tiempo no salió un instante de su casa y hasta olvidó la visita a palacio para saludar al sultán según costumbre.

Y el sultán no comprendió que era la aflicción la que retenía al hermoso Hassan Badreddin lejos de él, sino que pensó que Hassan lo abandonaba y lo menospreciaba. Y entonces se indignó mucho, y en vez de nombrar a Hassan sucesor de su padre el visir Nureddin, nombró a otro para este cargo haciendo privado suyo a un joven chambelán. No contento con esto, hizo más el sultán contra Hassan Badreddin. Mandó sellar y confiscar todos sus bienes, todas sus casas y todas sus propiedades, y después dispuso que prendiesen a Hassan Badreddin y se lo llevasen encadenado.

Y en seguida el nuevo visir, en compañía de varios chambelanes, se dirigió a la casa del joven Hassan, que no podía sospechar la desgracia que le amenazaba.

Pero afortunadamente, había entre los esclavos de su palacio un joven mameluk que quería mucho a Hassan Badreddin. En cuanto supo lo que pasaba, echó a correr, y llegó a casa del joven Hassan, al cual halló muy triste, con la cabeza baja y el corazón dolorido, sin dejar de pensar en la muerte de su padre. Y el esclavo le enteró entonces lo que ocurría. Y Hassan le preguntó: "¿Pero no tendré tiempo para coger algo con qué subsistir durante mi huída al extranjero?" Y el mameluk le dijo: "El tiempo urge. No pienses más que en salvar tu persona".

Al oírle, el joven Hassan, vestido tal como estaba, y sin llevar nada consigo, salió apresuradamente, después de echarse la orla de su túnica por encima de la cabeza para que no lo conociesen. Y siguió caminando hasta que se vió fuera de la ciudad.

Al saber los habitantes de Bassra que se había intentado prender a Hassan Badreddin, hijo del difunto visir Nureddin, y la confiscación de sus bienes y su probable sentencia de muerte, se afligieron en extremo y exclamaron: "¡Qué lástima de hermosura y de joven tan agradable!" Y Hassan, al recorrer las calles sin que le conociesen, oía estos lamentos y exclamaciones. Pero aun se apresuró más, y siguió andando, hasta que la suerte y el destino hicieron que precisamente pasase por el cementerio donde estaba la turbeh (tumba) de su padre. Entonces entró en el cementerio, y caminando por entre las tumbas llegó a la turbeh de su padre. Y se quitó la ropa que le cubría la cabeza, entró bajo la cúpula de la turbeh, y resolvió pasar allí la noche.

Pero mientras permanecía sentado y sumido en sus pensamientos, vió que se le acercaba un judío de Bassra, mercader conocidísimo en la ciudad. Este mercader judío regresaba de un pueblo cercano, encaminándose a Bassra. Y al pasar cerca de la turbeh de Nureddin, miró hacia el interior, y vió al joven Hassan Badreddin, a quien conoció en seguida. Entonces entró, se acercó a él respetuosamente y le dijo: "¡Oh mi señor! ¡qué mal semblante tienes y qué desmejorado estás, siendo tan hermoso! ¿Te ha ocurrido alguna nueva desgracia además del fallecimiento de tu padre el visir Nureddin, a quien respeté, y que tanto me quería y estimaba? ¡Téngale Alah en Su misericordia!"

Pero Hassan Badreddin no quiso revelarle el verdadero motivo de su trastorno, y le contestó: "Esta tarde, mientras estaba durmiendo, se me presentó mi difunto padre, y me ha reconvenido porque no visitaba su turbeh. De pronto me desperté, lleno de terror y remordimiento, y me vine aquí en seguida. Y aun estoy bajo aquella impresión tan penosa".

Entonces el judío le dijo: ";.0h mi señor! Hace tiempo que pensaba ir en tu busca para hablarte de un asunto, y ahora me favorece la casualidad, puesto que te encuentro. Sabes, pues, ¡oh mi joven señor! que tu padre el visir, con quien estaba yo en relaciones mercantiles, había fletado naves que ahora vuelven cargadas de mercancías. Estas naves vienen consignadas a él. Si quisieras cederme su carga, te ofrecería mil dinares por cada una, y te pagaría al contado".

Y el judío sacó de su bolsillo un monedero lleno de oro, contó mil dinares, y se los ofreció en seguida a Hassan, que no dejó de aceptar este ofrecimiento ordenado por Alah para sacarlo del apuro en que se hallaba. Y el judío añadió: "Ahora. ¡oh mi señor! ponme el recibo, provisto de tu sello". Y Hassan Badreddin cogió el papel que le alargaba el judío, así como el cálamo, mojó éste en el tintero de cobre, y escribió en el papel:

"Declaro que quien ha escrito este papel es Hassan Badreddin, hijo del difunto visir Nureddin (¡Alah lo haya acogido en su misericordia), y que ha vendido al judío N., hijo de N., mercader de Bassra, el cargamento de la primera nave que llegue a la ciudad de Bassra y forme parte de las pertenecientes a mi padre Nureddin. Y vendo esto por mil dinares, y nada más". Luego puso su sello en la parte inferior de la hoja, y se la entregó al judío, que lo saludó respetuosamente, y se fué.

Entonces Hassan rompió a llorar, pensando en su padre, en su posición pasada y en su suerte presente; pero como ya se había hecho de noche, le venció el sueño y se quedó dormido en la turbeh. Y así siguió hasta que salió la luna, y como en aquel momento se le había escurrido la cabeza encima de la piedra de la turbeh, hubo de dar una vuelta completa, echándose de espaldas, y la luna iluminó por completo su rostro, que resplandecía con toda su belleza.

Aquel cementerio era frecuentado por efrits de la buena especie, efrits musulmanes y creyentes. Y por casualidad, aquella noche, una encantadora efrita volaba por allí, tomando el fresco, y vió a la luz de la luna al joven Hassan que estaba durmiendo, y observó su belleza y sus hermosas proporciones, y quedándose maravillada, dijo: "¡Gloria a Alah! ¡Oh, qué hermoso joven! ¡Cómo me enamoran sus hermosos ojos, que me figuro muy negros y de una blancura ... !" Pero después pensó: "Mientras se despierta, voy a seguir mi paseo por los aires". Y echó a volar, subió muy arriba buscando el fresco, y se encontró en lo más alto con uno de sus compañeros, un efrit también musulmán. Le saludó muy gentilmente y él le devolvió el saludo con mucha deferencia. Entonces ella le preguntó: "¿De dónde vienes, compañero?" Y él le contestó: "De El Cairo". Y la efrita volvió a preguntar: "¿Les va bien a los buenos creyentes de El Cairo?" Y el efrit contestó: "Gracias a Alah, les va bien". Entonces la efrita le dijo: "Compañero, ¿quieres venir conmigo para admirar la hermosura de un joven que está durmiendo en el cementerio de Basrra?" Y el efrit dijo: "Estoy a tus órdenes".

Entonces se cogieron de la mano, descendieron juntos al cementerio, y se pararon delante de Hassan, dormido. Y la efrita dijo al efrit, guiñándole el ojo: "¿Eh? ¿Tenía yo razón?" Y el efrit, asombrado por la maravillosa hermosura de Hassan Badreddin, exclamó: "¡Por Alah! ¡No he visto cosa parecida! ¡Ha sido creado para poner en combustión todas las vulvas!" Después reflexionó un momento, y dijo: "Sin embargo, hermana mía, he de decirte que he visto a otra persona que puede compararse con este joven tan hermoso". Y la efrita exclamó: "¡No es posible!" Y dijo el efrit: "¡Por Alah, que la he visto. Ha sido bajo el clima de Egipto, en El Cairo, y es la hija del visir Chamseddin". La efrita dijo: "Pues no la conozco". Y el efrit le replicó: "Escucha. He aquí la historia de esa joven:

"Su padre, el visir Chamseddin, ha caído en desgracia por causa de ella. Habiendo oído el sultán de Egipto hablar a sus mujeres de la belleza extraordinaria de la hija del visir, se la pidió en matrimonio a su padre. Pero el visir Chamseddin, que había pensado otra cosa para su hija, se vió en una gran confusión, y dijo al sultán: "¡Oh, mi señor y soberano! Ten la bondad de permitirme que me excuse, y perdóname por ello. Ya sabes la historia de mi pobre hermano Nureddin, que era visir conmigo. Ya sabes que desapareció un día, sin que hayamos vuelto a saber de él. Y el motivo de su marcha no pudo ser más leve". Y contó al sultán detalladamente este motivo. Y después añadió: "He jurado ante Alah, el día que nació mi hija, que ocurriera lo que ocurriera, no la casaría más que con el hijo de mi hermano Nureddin. Y han transcurrido desde entonces dieciocho años. Pero afortunadamente, he sabido hace pocos días que mi hermano Nureddin se había casado con la hija del visir de Bassra, y que había tenido un hijo. Por lo tanto, mi hija, nacida de mis obras con su madre, está destinada y escriturada a su primo, el hijo de mi hermano Nureddin. En cuanto a ti, ¡oh mi señor y soberano! puedes elegir otra joven. El Egipto está lleno de ellas. ¡Y muchas son bocado de rey!"

Pero el sultán, al oírle, se enfureció mucho, y gritó: "¡Qué has dicho, miserable visir! ¡Te quise honrar descendiendo hasta ti para casarme con tu hija, y aun te atreves a negármela, alegando ese pretexto tan estúpido! ¡Está muy bien! Pero juro por mi cabeza que te obligaré a casarla, a despecho de tu nariz, con el último de mis servidores". Y el sultán tenía un palafrenero contrahecho y jorobado, con una joroba delante y otra joroba detrás, y le mandó llamar en seguida y dispuso que se escribiese su contrato de matrimonio con la hija del visir Chamseddin, a pesar de las súplicas del padre. Y ordenó al jorobado que se acostara aquella misma noche con la joven. Además, mandó que la boda se celebrase lujosamente y con música".

Así los he dejado, ¡oh hermana mía! en el momento en que los esclavos de palacio rodeaban al jorobado y le dirigían bromas egipcias muy graciosas, llevando cada uno en la mano las velas de la boda para acompañar al novio. Y éste tomaba el baño en el hammam, entre las risas y las burlas de los esclavos, que decían: "¡Mejor quisiéramos tener la herramienta pelada de un borrico, que el asqueroso zib de este jorobeta!" Y efectivamente, hermana mía, el jorobado es muy feo y repulsivo".

Y el efrit, al recordarle, escupió en el suelo con un gesto de repugnancia. Después dijo: "En cuanto a la joven, es la criatura más bella que he visto en mi vida. Puedo asegurarte que es todavía más hermosa que este mancebo. La llaman Sett El-Hosn, (Soberana de la Belleza) y se merece el nombre.

Ha quedado llorando amargamente, alejada de su padre al cual se le ha prohibido asistir a la ceremonia. Y está sola, en medio de los festejos, entre los músicos, danzarinas y cantadoras. Y el repugnante palafrenero no tardará en salir del hammam, y le aguardan para empezar la fiesta.

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Notas del traductorEditar

  1. Hassan: Hermano. Badreddin: Luna llena de la Religión.


Las mil y una noches
Pero cuando llegó la 21ª noche
 de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 21ª NOCHE

Ella dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el efrit terminó su relato con estas palabras: "Y no esperan otra cosa sino que el jorobado salga del hammam". Y la efrita repuso: "Se me figura, ¡oh compañero! que te equivocas al afirmar que Sett El-Hosn es más hermosa que este joven. No es posible. Es, indudablemente, el más hermoso de su tiempo". Pero el efrit respondió: "¡Por Alah, hermana mía! te aseguro que aquella joven es más bella todavía. No tienes más que venir conmigo para que a su vista te convenzas. Bien fácil te ha de ser esto. Además, podríamos aprovechar la ocasión para birlar al maldito jorobado aquella maravilla hecha carne. Porque los dos jóvenes son dignos el uno del otro, y tanto se parecen, que diríase que son hermanos, o primos por lo menos. Y sería una lástima que el jorobado copulase a Sett El-Hosn".

Entonces contestó la efrita: "Razón tienes, hermano mío. Llevemos en brazos a ese mancebo dormido, y juntémoslo con la joven de quien hablas. Así haremos una buena obra, y veremos además cuál es más hermoso de los dos". Y el efrit dijo: "¡Escucho y obedezco! Tus palabras están llenas de rectitud y justicia. ¡Vamos, pues!"

Y entonces el efrit se echó a cuestas al joven, y comenzó a volar, seguido de cerca por la efrita, que le ayudaba para llegar antes, y ambos, de este modo, llegaron cargados a El Cairo con toda rapidez. Allí soltaron al hermoso Hassán, dejándole dormido sobre el banco de una calle próxima al palacio, que rebosaba de gente. Y entonces le despertaron.

Hassan se despertó, y quedó en la más extrema perplejidad al no verse en Bassra, en la turbeh de su padre. Y miró a la derecha. Y miró a la izquierda. Y no conocía nada de aquello. Pues aquello era una ciudad, pero una ciudad muy distinta a la de Bassra.

Tan sorprendido quedó, que abrió la boca para gritar; pero en seguida vió delante de sí a un hombre gigantesco y barbudo, que le guiñó el ojo para indicarle que no gritase. Y Hassan se contuvo. Y aquel hombre, que era el efrit, le presentó una vela encendida, y le mandó que se uniera a las muchas personas que llevaban velas encendidas para acompañar a la boda, v le dijo: "¡Sabe que soy un efrit, pero creyente! Te transporté aquí durante tu sueño. Esta ciudad es El Cairo. Te he traído porque te quiero y deseo favorecerte sin ningún interés, sólo por amor a Alah y por tu hermosura. Toma esta vela encendida, intérnate entre la muchedumbre y marcha con ella hasta ese hammam que allí ves.

De él ha de salir una especie de jorobado a quien llevarán triunfalmente. ¡Síguele! Ve siempre a su lado, pues es el novio. Entrarás en el palacio con él, y al llegar a la gran sala de recepciones te colocarás a su derecha, como si fueses de la casa. Y cada vez que veas llegar ante vosotros un músico, una cantora o una danzarina, métete la mano en el bolsillo, que ya cuidaré yo que siempre esté lleno de oro, y cógelo a puñados sin vacilación alguna y arrójaselo a todos.

No temas que se te acabe, que eso es cuenta mía. Obsequia, pues, con puñados de oro a cuantos se te acerquen. Aventúrate y no te detengas ante nada. Confía en Alah que te creó tan hermoso y en mí que te estimo. Además, todo lo que te suceda, te sucederá por la voluntad y el poder del Altísimo". Y dichas estas palabras, el efrit desapareció.

Entonces Hassan Badreddin de Bassra dijo para sí: "¿Qué querrá decir todo esto? ¿De que favores me ha hablado este asombroso efrit? Pero sin perder más tiempo en estas preguntas, echó a andar, encendió la vela en la de un invitado, y llegó al hammam cuando el jorobado había acabado de bañarse y salía a caballo con un traje magnífico. Hassan Badreddin se internó entonces entre la muchedumbre, dándose tanta maña, que llegó a la cabeza de la comitiva, junto al jorobado.

Y entonces brilló en todo su esplendor la maravillosa hermosura de Hassan. Iba vestido con el más suntuoso de sus trajes de Bassra, llevaba un manto de seda tejido con hilo de oro, y en la cabeza un birrete rodeado de un magnífico turbante bordado en oro y plata, puesto a la usanza de Bassra. Y todo ello realzaba su apuesto continente y su hermosura.

Durante la marcha del cortejo, cada vez que una cantora o una danzarina se separaba del grupo de los músicos y se acercaba a él para llegar frente al jorobado, Hassan Badreddin se echaba mano al bolsillo, y sacándola llena de oro, lo derramaba a puñados a su alrededor, y echaba más en la pandereta de la danzarina o de la cantora, llenándola de oro, con ademanes de sin igual donosura.

Y por eso todas estas mujeres, lo mismo que la muchedumbre, quedaron asombradas de aquella esplendidez, admirando la belleza y los encantos de Hassan.

La comitiva acabó por llegar al palacio. Entonces los chambelanes detuvieron la multitud, y sólo dejaron entrar detrás del jorobado a los músicos, las danzarinas y las cantoras.

Pero las cantoras y las danzarinas interpelaron unánimemente a los chambelanes, y les dijeron: "¡Por Alah! Hacéis bien en impedir a esos hombres que entren con nosotras en el harén para presenciar cómo se viste la novia. Pero por nuestra parte, nos negaremos a entrar si no nos acompaña este joven que nos ha colmado de beneficios. Y no hemos de festejar a la novia como no sea en presencia de este joven, amigo nuestro".

Entonces las mujeres se apoderaron a la fuerza del joven Hassan y lo llevaron con ellas al harén, en medio de la gran sala de fiestas. Y fué el único hombre que estuvo en el harén a despecho de la nariz del jorobado, que no pudo impedirlo. Allí se halaban reunidas todas las damas de palacio, las esposas de los emires, visires y chambelanes. Y se alineaban en dos filas, sosteniendo cada una en la mano un gran cirio; y todas tenían la cara cubierta con el velillo de seda blanca, a causa de la presencia de aquellos dos hombres.

Y Hassan y el jorobado pasaron por entre las dos hileras y fueron a sentarse en una tarima alta, teniendo que atravesar las dos filas de mujeres, que se prolongaban desde la sala de festejos hasta la cámara nupcial, de donde había de salir la novia para la boda.

Al ver a Hassan Badreddin y advertir su hermosura, sus encantos y su rostro luminoso cual la luna creciente, las mujeres se emocionaron hasta casi quedarse sin aliento y perder la razón. Y ardía cada cual en deseos de abrazar a aquel joven maravilloso, y traerle a su regazo, permaneciendo unidos un año, o un mes, o siquiera una hora, solamente el tiempo preciso para que la asaltase una vez y sentirlo dentro de ella.

Y en un momento dado, todas estas mujeres, no pudiendo resistir por más tiempo, se descubrieron el rostro, levantando el velillo. ¡Y se mostraron sin pudor, olvidando la presencia del jorobado! Y todas se acercaron a Hassan Badreddin para admirarle más de cerca y decirle palabras de amor, o siquiera guiñarle un ojo para que pudiese comprender cuánto le deseaban.

Y además las danzarinas y las cantoras ponderaban la generosidad de Hassan, alentando a las damas a que le sirviesen lo mejor posible. Y las damas decían: "¡Por Alah! ¡He aquí un hermoso joven! ¡Este sí que puede dormir con Sett El-Hosn! ¡Nacieron el uno para el otro! ¡Confunda, pues, Alah a ese maldito jorobado!

Y mientras las damas seguían alabando a Hassan y lanzando imprecaciones contra el jorobado, las tañedoras de instrumentos rompieron a tocar, se abrió la puerta de la cámara nupcial y la novia Sett El-Hosn entró en la sala de festejos rodeada de eunucos y doncellas.

Sett El-Hosn, hija del visir Chamseddin, apareció en medio de su servidumbre, y brillaba como una hurí. Las otras, comparadas con ella, no eran más que unos astros que formaron su cortejo, como estrellas que rodean a la luna al salir de una nube. Se había perfumado con ámbar, almizcle y rosa, y su peinada cabellera brillaba bajo la seda que la cubría. Sus hombros admirables marcábanse a través de su traje suntuoso. Iba de un modo regio: entre otras galas, llevaba un vestido bordado de oro rojo, con dibujos de pájaros y flores. Y esto era el traje exterior, pues los interiores sólo Alah sería capaz de conocerlos y estimarlos en su verdadero mérito. En la garganta lucía un collar que suponía incalculables millares de dinares. Y cada una de sus piedras era de tal valor, que ningún mortal, ni el rey en persona, las había visto iguales.

En una palabra, Sett El-Hosn aparecía tan hermosa como la luna llena en la decimacuarta noche.

Y Hassan Badreddin seguía sentado entre el grupo de damas, causando la admiración de todas. Y la novia avanzó con un gracioso movimiento, dirigiéndose hacia el estrado. Entonces el jorobado se levantó y quiso besarla. Pero ella, horrorizada, lo rechazó y fué a colocarse rápidamente al lado del hermoso Hassan. ¡Y pensar que era su primo, y ella no lo sabía, lo mismo que él!

Y todas las damas se echaron, a reír, principalmente cuando la novia se detuvo ante el hermoso Hassan, por el cual se sintió al instante abrasada en deseos, y exclamó, levantando al cielo las manos: "¡Alahumma! ¡Haz que este hermoso joven sea mi marido, y líbrame de ese palafrenero jorobado!"

Entonces Hassan Badreddin, siguiendo las instrucciones del efrit, metió la mano en su bolsillo y la sacó llena de oro, echándoselo a puñados a las servidoras de Sett El-Hosn y a las cantoras y danzarinas, que exclamaron: "¡Ojalá poseas a la novia!" Y Badreddin correspondió con una gentil sonrisa a este deseo y a estas felicitaciones.

Y el jorobado se veía, durante esta escena, abandonado de todos, y hallábase solo, más feo que un mico. Y todas las personas que por casualidad se le acercaban, al pasar junto a él apagaban la vela en señal de burla. Y así permaneció algún tiempo, aburriéndose y poniéndose cada vez de peor humor. Y todas las damas se reían al mirarle, y le dirigían bromas escandalosas. Una le decía: "¡Mico, ya podrás masturbarte en seco y copular en el aire!" Otra le increpaba: "¡Mira! ¡Apenas abultas lo que el zib de nuestro buen amo! ¡Y tus dos jorobas son la medida exacta de sus compañones!" Y decía una tercera: "Si te diese un golpe con su zib, irías a caer de trasero en la cuadra".

Y todo el mundo se reía.

La novia dió la vuelta al salón siete veces consecutivas, vestida cada una de diferente modo, y seguida por todas las damas, y se paraba a cada vuelta delante de Hassan Badreddin El-Bassrauí. Y cada traje nuevo era mucho más hermoso que el anterior, y cada aderezo infinitamente superior a los otros aderezos. Y mientras avanzaba lentamente la novia, las tañedoras hacían maravillas, y las cantoras decían las canciones más apasionadamente amorosas y excitantes, y las danzarinas, acompañándose con las panderetas, saltaban como pájaros. Y Hassan Badreddin El-Bassrauí no dejaba de lanzar puñados de oro, esparciéndolo por todo el salón, y las mujeres se precipitaban a recogerlo para tocar algo que hubiera pasado por la mano del Joven Y hasta hubo algunas que, aprovechándose de la hilaridad y la excitación generales, del sonar de los instrumentos y de la embriaguez de las canciones, se tumbaron en tierra, una encima de otra, para simular una copulación, contemplando a Hassan, que desde su asiento sonreía. Y el jorobado presenciaba todo esto muy desolado. Y su desolación aumentaba cada vez que veía a una de las mujeres volverse hacia llassan, y con la mano tendida y bajada bruscamente, ofrecerle, por señas, la vulva; o a otra agitar el dedo del corazón, guiñando el ojo; o a otra menear las caderas retorciéndose, y dando con la mano derecha abierta en la izquierda cerrada; o a otra, con ademán más lúbrico, golpearse las nalgas, y decirle al jorobado: "¡Lo catarás en tiempo de los albaricoques!"

Y todo el mundo se reía.

Terminada la séptima vuelta, se acabó la boda, que había durado gran parte de la noche. Y las tañedoras dejaron de pulsar los instrumentos, la danzarinas y las cantoras se detuvieron, pasando con todas las damas por delante de Hassan, besándole la mano o tocándole la orla del traje. Y todo el mundo le miraba al salir, haciéndole entender que no se moviera de aquel sitio. Y en efecto, sólo quedaron en el salón el joven Hassan, el jorobado y la novia con su servidumbre. Entonces las doncellas se llevaron a Sett El-Hosn a la estancia destinada a desnudarse, quitándole uno por uno los vestidos, diciendo al caer cada prenda: "¡En nombre de Alah!" para librarla del mal de ojo. Y después se fueron, dejándola sola con su vieja nodriza, que antes de conducirla a la cámara nupcial tenía que aguardar que entrase primero el novio jorobado.

Y el jorobado se levantó entonces de la tarima, y advirtiendo que Hassan no se movía de su asiento, le dijo secamente: "En verdad, señor, que nos honraste mucho con tu presencia, colmándonos de beneficios esta noche. Pero ahora, para salir, no esperarás que te echen". Entonces el joven, que ignoraba lo que tenía que hacer, contestó: "¡En nombre de Alah!" Y levantándose, salió. Pero apenas había franqueado los umbrales de la sala, se le apareció el efrit, y le dijo:

"¿Adónde vas, Badreddin? Detente, y oye mis instrucciones. El jorobado acaba de marchar al retrete. Allí se las entenderá conmigo. Tú encamínate a la cámara nupcial, y cuando veas entrar a la novia, le dices: "Tu verdadero marido soy yo. El sultán, de acuerdo con tu padre, ha empleado esta estratagema por temor al mal de ojo. Y en cuanto al palafrenero, que es el más miserable de los palafreneros, para indemnizarle le están preparando en la caballeriza un buen jarro de leche cuajada para que refresque a tu salud". Luego te acercarás a ella, y quitándole el velo, harás con su persona lo que debes hacer". Y dicho esto, desapareció el efrit.

El jorobado había ido efectivamente al retrete para descargarse antes de entrar en la cámara dé la novia. Y poniéndose de cuclillas sobre el mármol, comenzó su obra. Pero súbitamente el efrit tomó la forma de una rata y salió del agujero del retrete, dando gritos de rata: "¡Sik! ¡sik!" Y el jorobado dió una palmada para que huyese, v le chilló: "¡Hesch! ¡hesch!" Pero la rata empezó a crecer v se convirtió en un enorme gato de ojos feroces y brillantes. que rompió a maullar muy enfurecido. Después, como el jorobado prosiguiese en su operación, el gato fué creciendo, y se convirtió en un perro enorme, que se puso a ladrar: "¡Guau! ¡guau!" Entonces el jorobado comenzó a asustarse, y le dijo: "¡Marcha de ahí, monstruo!" Pero el perro, creciendo siempre, se convirtió en un borrico, que se puso a rebuznar en la misma cara del jorobado y a ventosear con un estrépito terrible.

Y el jorobado, lleno de terror, sintió que todo su vientre se deshacía en diarrea, y apenas si pudo gritar: "¡Socorro! ¡socorro!" Y en seguida el borrico creció aún más y se transformó en un búfalo monstruoso, que obstruyó por completo la puerta del retrete para que no se le escapase, y el búfalo, esta vez, habló con voz de hombre, y dijo: "¡Caiga la desgracia sobre ti, jorobeta de mi trasero! ¡Eres el palafrenero más inmundo!"

Al oír estas palabras, sintió el jorobado que le invadía el frío de la muerte, y resbaló a medio vestir hasta el pavimento, y las mandíbulas se le entrechocaron, acabando el espanto por soldárselas. Entonces el búfalo gritó: "¡Jorobado de betún! ¿No has podido buscar otra mujer más que a mi querida para atacarla con tu innoble herramienta?" Y el palafrenero, lleno de terror, no pudo articular palabra. Y el efrit le dijo: "¡Responde, o te haré morder tus excrementos!" Entonces el jorobado, todo tembloroso por esta terrible amenaza, pudo decir: "¡Por Alah! ¡Yo no tengo la culpa, pues sabe que me han obligado! Y además, ¡oh poderoso soberano de los búfalos! yo no iba a adivinar que la joven tuviese un búfalo por amante. Pero juro que me arrepiento y que pido perdón a Alah y a ti".

Entonces el efrit le dijo: "Vas a jurar por Alah que obedecerás mis órdenes". Y el jorobado se apresuró a jurar, y el efrit le dijo: "Pasarás aquí la noche, hasta que salga el sol, y no te marcharás hasta esa hora. Pero sobre todo, no digas una palabra de esto, si no quieres que te rompa la cabeza en mil pedazos. Y no vuelvas a poner los pies en esta parte del palacio, ni a acercarte al harén, porque te repito que he de aplastarte la cabeza y hundirte en el pozo negro". Y luego añadió: "Ahora voy a ponerte en una postura, y no te moverás hasta el amanecer". Entonces el búfalo agarró con los dientes al palafrenero y lo metió de cabeza en el agujero del retrete, sin dejarle fuera más que los pies. Y le repitió: "¡Mucho cuidado con hacer ni un movimiento!" Y desapareció en seguida.

Y esto es todo lo que le acaeció al jorobado.

Por su parte, Hassan Badreddin El-Bassrauí, dejando que se las entendiesen el efrit y el jorobado, atravesó los aposentos particulares y entró en la cámara nupcial, yendo a sentarse en el testero. Y apenas había llegado, apareció la recién casada apoyada en su nodriza, que se detuvo a la puerta, dejando entrar sólo a Sett El-Hosn. Y sin ver bien al que estaba en el testero, y creyendo hablar con el jorobado, le dijo: “¡Levántate, héroe valiente, coge a tu esposa y pórtate de una manera brillante! ¡Y ahora, hijos míos, Alah sea con vosotros!" Y la vieja se retiró.

Entonces entró muy desesperada Sett El-Hosn, y se decía: "¡Es preferible la muerte, antes que este jorobado inmundo!"

Pero apenas hubo reconocido al maravilloso Badreddin, dió un grito de felicidad, y dijo: "¡Oh querido mío! ¡Qué amable fuiste aguardándome tanto tiempo! Pero ¿estás solo? ¡Oh, qué dicha tan grande! Te confieso que al verte en la sala junto a ese odioso jorobado, creí que os habíais asociado los dos para poseerme".

Y Badreddin contestó: "¡Oh mi señora! ¡qué pensaste! ¿Es posible que te toque ese maldito jorobado? Y ¿cómo íbamos a asociarnos para tal cosa?"

Entonces Sett El-Hosn preguntó: "Pero en fin, ¿quién de los dos es mi marido: él o tú?"

Y Badreddin repuso: "¡Soy yo, querida mía! Se ha inventado esta farsa del jorobado para hacernos reír, y también para librarnos del mal de ojo; pues todas las damas han oído hablar de tu hermosura sin igual, y tu padre alquiló a ese palafrenero para qué conjurase el mal de ojo, gratificándole con diez dinares. Y ahora está en la caballeriza a punto de tragarse a nuestra salud un jarro de leche fresca bien cuajada".

Al oír a Badreddin, Sétt El-Hosn llegó al colmo de la alegría, y sonrió gentilmente, y rompió a reír más gentilmente aún.

Y luego, sin poder contenerse más, exclamó: "¡Por Alah, querido mío! ¡Poséeme! ¡Apriétame bien! ¡Ven en seguida a mi regazo!" Y como Sett El- Hosn se había despojado de las ropas interiores y estaba toda desnuda, sólo cubierta por una falda, cuando dijo:” ¡Ven enseguida a mi regazo”!, la levantó rápidamente hasta la altura de la vulva, mostrando en toda su magnificencia sus muslos y sus nalgas de jazmín. Y a la vista de los encantos de aquella carne de hurí, Badreddin sintió que el deseo recorría todo su cuerpo y despertaba al niño dormido, y levantándose apresuradamente se desnudó, despojándose del calzón de innumerables pliegues y de la bolsa que contenía los mil dinares que le había dado el judío de Bassra, y la colocó en el diván, junto a los calzones, y luego se quitó el hermoso turbante y lo puso en una silla, cubriéndose con otro ligero de dormir que habían dejado allí para el jorobado y sólo se quedó con la fina camisa de muselina de seda bordada de oro, y con el ancho calzoncillo de seda azul, sujeto a la cintura por un cordones con borlas de oro.

Y soltando estos cordones, abrazó a Sett El-Hosn, que le ofrecía todo su cuerpo. La levantó en alto, la tendió en la cama, y se echó sobre ella. Y agachado, abiertas las piernas, cogió los muslos de Sett El-Hosn, los atrajo hacia él y los separó. En seguida apuntó contra la ciudadela su ariete, que estaba ya dispuesto. Empujó este ariete poderoso, hundiéndolo en la brecha, y la brecha cedió. Y Badreddin pudo entusiasmarse al comprobar que la perla no estaba perforada y no había penetrado en ella más ariete que el suyo, ni la habían tocado siquiera con la punta de la nariz. Y comprobó también que aquel trasero bendito nunca había resistido el peso de un cabalgador.

Y en el colmo de la dicha, le arrebató la virginidad y se deleitó a su gusto con el sabor de aquella juventud. Y ataque tras ataque, el ariete funcionó quince veces seguidas, entrando y saliendo sin interrumpirse. Y todas ellas le parecieron deliciosas.

Y desde aquel instante, sin género de duda, quedó preñada Sett El-Hosn, según verás en lo que sigue, ¡oh Emir de los Creyentes!

Y cuando Badreddin acabó de hincar los quince clavos, dijo para sí: "¡Me parece que es bastante por ahora!" Y se tendió al lado de Sett El-Hosn, pasándole con suavidad la mano por debajo de la cabeza, y ella le rodeó también con su brazo, enlazándose ambos estrechamente, y antes de dormirse se recitaron estas estrofas admirables:

¡No temas nada! ¡Penetra tu lanza en el objeto de tu amor! ¡Y no hagas caso de los consejos del envidioso, pues no será el envidioso quien sirva a tus amores!
¡Piensa que el Clemente no creó más hermoso espectáculo que el de dos amantes entrelazados en la cama!
¡Míralos! ¡Ahí están, pegados uno a otro, cubiertos de bendiciones! ¡Sus manos y sus brazos les sirven de almohadas!
¡Cuando el mundo ve a dos corazones unidos por ardiente pasión, trata de herirlos con el acero frío!
¡Pero tú no hagas caso! ¡Cuando el Destino pone una beldad a tu paso, es para que la ames y para que con ella únicamente vivas!

Y esto es todo lo que acaeció a Hassan Badreddin y a Sett El-Hosn, la hija de su tío.

El efrit, por su parte, se apresuró a ir en busca de su compañera la efrita, y uno y otra admiraron a los dos jóvenes dormidos, asistiendo antes a sus juegos y contando los ataques del ariete. Luego el efrit dijo a la efrita: "Habrás visto, hermana, que tenía yo razón. Ahora debes cargar con el joven y llevarlo al mismo sitio de donde lo cogí, al cementerio de Bassra, en la turbeh de su padre Nureddin. Y hazlo pronto, que yo te ayudaré, pues ya apunta el día y no es posible que dejemos así las cosas".

Entonces la efrita levantó al joven Hassan dormido, se lo echó a cuestas, sin más ropa que la camisa, porque el calzoncillo se le había caído en uno de sus embates, y voló con él, seguida de cerca por el efrit. De improviso, durante esta carrera por el aire, al efrit le asaltaron ideas lúbricas respecto a la efrita,. y quiso violarla yendo cargada con el hermoso Hassan. Y la efrita no se hubiese opuesto en otra ocasión, pero ahora temía por el joven. Además, intervino, afortunadamente, Alah, enviando contra el efrit a unos ángeles, que le echaron encima una columna de fuego y lo abrasaron. Y la efrita y Hassan se vieron libres del terrible efrit, que acaso los hubiese desplomado desde aquella altura. ¡Porque el efrit es terrible en su copulación! Entonces la efrita descendió al suelo, hacia el mismo sitio donde había caído el efrit, con el cual habría copulado de no llevar a Hassan, por el que temía mucho la efrita.

Pero había escrito el Destino que el lugar donde la efrita depositara a Hassan Badreddin (por no atreverse a transportarlo ella sola más lejos) estaría muy próximo a la ciudad de Damasco, en el país de Scham (Siria o la ciudad de Damasco).

Y entonces la efrita llevó a Hassan muy cerca de una de las puertas de la ciudad, lo dejó suavemente en tierra y echó a volar otra vez.

Cuando llegó la aurora abriéronse las puertas de la ciudad, y los que salieron de ella se asombraron ante aquel maravilloso joven dormido, sin más ropa que la camisa y con un gorro de dormir en la cabeza en vez de turbante.

Y se decían unos a otros: "¡Es asombroso! ¡Mucho habrá tenido que velar para estar ahora dormido tan profundamente!" Y otros dijeron: "¡Alah, Alah! ¡Hermoso joven! ¡Dichosa y afortunada la mujer que con él se ha acostado! Pero ¿por qué estará completamente desnudo?"

Otros contestaron: "Probablemente, este pobre joven habrá pasado en la taberna más tiempo del preciso, y habrá bebido más de lo que pueda resistir. Y al regresar de noche, habrá encontrado cerradas las puertas, decidiéndose a dormir en el suelo".

Pero mientras conversaban de este modo, se levantó la brisa matinal, y acariciando al hermoso joven, le alzó la camisa. ¡Y entonces se vió aparecer un vientre, un ombligo, unas piernas y unos muslos como de cristal! Y un zib y unos compañones muy bien proporcionados. Y este espectáculo maravilló a las gentes, que admiraban todo aquello.

Despertó entonces Badreddin, y hallándose tumbado cerca de aquella puerta desconocida y rodeado por tantas personas, se sorprendió mucho, y exclamó: "¿Dónde estoy buena gente? Os ruego que lo digáis. ¿Y por qué me rodeáis así? ¿Qué es lo que ocurre?" Y le contestaron: "Nos hemos detenido por el gusto de verte. Pero ¿no sabes que te hallas a las puertas de Damasco? ¿En dónde has pasado la noche para estar completamente en cueros?"

Y Hassan replicó: "¡Por Alah, buena gente! ¿qué me decís? He pasado la noche en El Cairo. ¿Y me decís que estoy en Damasco?" Entonces se echaron a reír todos, y uno de ellos dijo: "¡Ah, gran tragador de haschich!"

Y dijeron otros: "Está loco, sin remedio. ¡Lástima que esté demente un joven tan hermoso!" Y otros añadieron: "Pero en fin, ¿qué historia es esa con que has querido engañarnos?" Entonces Hassan Badreddin contestó: "¡Por Alah! ¡buena gente, yo no miento nunca! Os afirmo y repito que esta noche la he pasado en El Cairo, y la anterior en mi pueblo, que es Bassra". Al oírle, uno gritó: "¡Qué cosa más sorprendente!" 0tro dijo: "¡Está loco!" Y algunos se desternillaban de risa, dando palmadas. Y otros dijeron: "¿No es una verdadera lástima que un joven tan admirable haya perdido la razón? ¡Qué loco tan singular!" Y otro, más prudente, le dijo: "Hijo mío, vuelve en ti y no digas semejantes extravagancias".

Entonces Hassan contestó: "Sé muy bien lo que digo. Además, habéis de saber que anoche, en El Cairo, pasé una noche muy agradable como recién casado".

Entonces todos se convencieron de su locura. Y uno de ellos exclamó riéndose: "Ya veis que este pobre joven se ha casado en sueños. ¿Y qué tal es ese matrimonio? ¿Cuántos cayeron? ¿Era una hurí o una ramera?" Pero Badreddin empezaba a enfadarse, y les dijo: "Pues sí que era una hurí, y no he copulado en sueños, sino quince veces entre sus muslos, y he ocupado el lugar de un asqueroso jorobado, y me he puesto su gorro de dormir, que es éste".

Luego recapacitó un momento y dijo: “Pero ¡por Alah! buena gente, ¿en donde está mi turbante, y mis calzoncillos, y mi ropón, y mis calzones? Y sobre todo, ¿en dónde está mi bolsillo?".

Y Hassan se levantó, y buscó su traje a su alrededor. Y entonces i-d„ empezaron a guiñarse el ojo y hacerse señas de que el joven estaba loco de remate.

Entonces el pobre Hassan se decidió a entrar en la ciudad tal como estaba, y tuvo que atravesar las calles y los zocos en medio de un gran cortejo de niños y de mayores, que gritaban: "¡Es un loco! ¡un loco!" Y el pobre Hassan ya no sabía qué hacer, cuando Alah, temiendo que al hermoso joven le ocurriese algo, le hizo pasar por junto a una pastelería que acababa de abrirse. Y Hassan se refugió en la tienda, y como el pastelero era un hombre de puños, cuyas hazañas eran muy conocidas en la ciudad, la gente tuvo miedo y se retiró, dejando en paz al joven.

Cuando el pastelero, que se llamaba El-Hadj Abdalá, vió al joven Hassan Badreddin y pudo examinarle a su gusto, le maravilló su hermosura, sus encantos y sus dones naturales, y rebosante de cariño el corazón, le dijo: "¡Oh, gentil mancebo! dime de dónde vienes. Nada temas; pero refiéreme tu historia, pues ya te quiero más que a mi misma vida". Y Hassan contó entonces toda su historia al pastelero Hadj Abdalá, desde el principio hasta el fin.

Y el pastelero, profundamente maravillado, dijo a Hassan: "¡Oh mi joven Badreddin! En verdad que esa historia es muy sorprendente y muy extraordinario tu relato. Pero te aconsejo, hijo mío, que a nadie se lo cuentes, pues es peligroso hacer confidencias. Te ofrezco mi tienda, y vivirás conmigo hasta que Alah se digne dar término a las desgracias que te afligen. Además, yo no tengo hijos, y me darás mucho gusto si quieres aceptarme por padre. Yo te adoptaría como hijo". Y Hassan respondió: "¡Aceptado! ¡sea según tu deseo!"

En seguida fué al zoco el pastelero, y compró trajes magníficos con que vestir al joven, y lo llevó a casa del kadí, y ante testigos prohijó a Hassan Badreddin.

Y Hassan permaneció en la pastelería como hijo del amo. y cobraba el dinero de los parroquianos, y les vendía pasteles, tarros de dulce, fuentes llenas de crema y toda la confitería famosa de Damasco, y aprendió en seguida el oficio de pastelero, que le gustaba mucho, por las lecciones recibidas de su madre, la mujer del visir Nureddin, que preparaba pasteles y dulces delante de él cuando era niño.

Y como en toda la ciudad de Damasco fué elogiada la hermosura de Hassan, el gallardo joven de Bassra, hijo adoptivo del pastelero, la tienda de Hadj Abdalá llegó a ser la más frecuentada de todas las pastelerías de Damasco.

¡Y esto fué todo lo de Hassan Badreddin!

En cuanto a la recién casada Sett El-Hosn, hija del visir Chamseddin, he aquí lo que hubo de ocurrirle:

Cuando se despertó Sett El-Hosn, la mañana siguiente a la noche de sus bodas, no encontró a su lado al hermoso Hassan, pero figurándose que habría ido al retrete, le aguardó muy tranquila.

En aquel momento se presentó a saber de ella su padre el visir Chamseddin. Llegaba muy inquieto. Estaba poseído de indignación por la injusticia del sultán obligándole a casar a la hermosa Sett El-Hosn con el palafrenero jorobado. Y al entrar en las habitaciones de su hija, se dijo: "Como sepa que se ha entregado a ese inmundo jorobado, la mato".

Golpeó en la puerta de la cámara nupcial, y llamó: "¡Sett ElHosn!" Y desde dentro ella contestó: "¡Ya voy a abrir, padre mío!" Y levantándose en seguida, abrió la puerta. Parecía más hermosa que de costumbre, y mostraba resplandeciente el rostro y el alma, satisfecha por haber sentido las briosas caricias de aquel hermoso ciervo. E inclinándose ante su padre con coquetería, le besó las manos. Pero su padre, al verla tan contenta, en lugar de encontrarla afligida por su unión con el jorobado, le dijo: "¡Ah desvergonzada! ¿Cómo te atreves a mostrarte con esa cara de alegría, después de haber dormido con el horrendo jorobado?" Y Sett El-Hosn, al oírlo, se echó a reír, y exclamó: "¡Por Alah, padre mío, dejémonos de bromas! Bastante tengo con haber sido la irrisión de todos los invitados, a causa de mi supuesto marido, ese jorobado que no vale ni la cortadura de una uña de mi verdadero esposo de esta noche. ¡ Oh, qué noche! ¡Cuán llena de delicias junto a mi amado! Basta, pues, de bromas padre mío. No me hables más del jorobado".

El visir temblaba de coraje escuchando a su hija, y sus ojos estaban azules de furor y dijo: "¿Qué dices, desdichada? ¿No pasaste aquí la noche con el jorobado?" Y ella contestó: "¡Por Alah sobre ti, oh padre mío! No me hables más del jorobado. ¡Confúndalo Alah, a él, a su padre, a su madre y a toda su familia! Sabe de una vez que estoy enterada de la superchería que inventaste para defenderme del mal de ojo". Y dió a su padre todos los pormenores de la boda y de cuanto le había ocurrido aquella noche, añadiendo: "¡Qué bien lo pasé sintiendo en mi regazo a mi adorado esposo, el hermoso joven de exquisitas maneras y espléndidos negros ojos y de arqueadas cejas!"

Oído esto, gritó el visir: "Pero hija, ¿estás loca? ¿sabes lo que dices? ¿Dónde se halla el joven a quien llamas tu esposo? Y Sett El-Hosn respondió: "Ha ido al retrete". Entonces el visir, muy alarmado, se precipitó afuera de la habitación, y corriendo hacia el retrete, se encontró al jorobado que seguía inmóvil, con los pies hacia arriba y la cabeza dentro del agujero. Estupefacto hasta más no poder, exclamó el visir: "¿Qué veo?" ¿Eres tú, jorobeta?" Y como no le contestase, repitió esta pregunta en voz más alta. Pero el jorobado tampoco quiso contestar, porque seguía aterrado, creyendo que quien le hablaba era el efrit ...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana y se calló discretamente.


Las mil y una noches
Pero cuando llegó la 22ª noche
 de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 22ª NOCHE


Ella dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que Giafar prosiguió así la historia al califa Harún Al-Raschid:

"El cobarde jorobeta, creyendo que le hablaba el efrit, tenía un miedo horrible, y no se atrevía a contestar. Entonces, muy enfurecido el visir, le increpó: "¡Respóndeme, jorobado maldito, o te atravieso con este alfanje!" Y entonces el jorobado, sin sacar del agujero la cabeza, contestó desde dentro: "¡Por Alah! ¡Oh jefe de los efrits, tenme compasión! Te juro que te he obedecido sin moverme de aquí en toda la noche". Al oírle, el visir ya no supo qué pensar, y exclamó: "¿Pero, qué estás diciendo?" No soy ningún efrit, sino el padre de la novia". Y el jorobado, dando un gran suspiro, contestó entonces: "Pues márchate de aquí, que nada tengo que ver contigo. Y vete antes de que aparezca el terrible efrit, arrebatador de almas. Además; te odio, porque tú tienes la culpa de todas mis desdichas, al casarme con la querida de los búfalos, los asnos y los efrits.

¡Malditos seáis tú, tu hija y todos los que obran tan mal como vosotros!" Y el visir le dijo: "¿Pero estás loco? Sal de ahí, para que escuche bien eso que acabas de contar". Entonces el jorobado replicó: "Acaso esté loco; pero no lo estaré hasta el punto de moverme de este sitio sin permiso del terrible efrit.

Porque me ha prohibido salir del agujero antes de que amanezca. Así, pues, vete y déjame en paz. Pero antes dime: ¿falta mucho para que salga el sol?"

El visir, cada vez más perplejo, contestó: "¿Pero qué efrit es ese del cual hablas?" Y entonces el jorobado contó su historia, su ida al retrete para hacer sus necesidades antes de entrar en el cuarto de la desposada, la aparición del efrit bajo las diversas formas de rata, gato, perro, asno y búfalo, y por fin la prohibición hecha y el trato sufrido. Y terminado el relato rompió a llorar.

Entonces el visir se acercó al jorobado, y tirándole de los pies le sacó del agujero. Y el jorobado, con la faz lastimosamente embadurnada de amarillo, gritó al visir: "¡Maldito seas tú, y maldita tu hija, la amante de los búfalos!" Y por temor de que se le apareciese de nuevo el efrit, echó a correr con todas sus fuerzas, dando alaridos y sin atreverse a volver la cara. Y llegó al palacio, y fué a ver al sultán, y le explicó su aventura con el efrit.

En cuanto al visir Chamseddin, regresó como loco al aposento de su hija Sett El-Hosn y le dijo: "Hija mía, noto que pierdo la razón. Aclárame lo sucedido". Entonces, Sett El-Hosn le dijo: "Sabe, ¡oh padre mío! que el joven encantador que logró los honores de la boda durmió toda la noche conmigo, gozando mis primicias; y tendré un hijo seguramente. Y en prueba de lo que hablo, ahí en la silla tienes su turbante, sus calzones en el diván, y su calzoncillo en mi cama. Además, en sus calzones encontrarás algo que ha escondido y que yo no pude adivinar".

A estas palabras, se dirigió el visir hacia la silla, sacó el turbante, y le dió vueltas en todos sentidos para examinarlo bien, y luego exclamó: "¡Es un turbante como el de los visires de Bassra y de Mussul!" Después desenrolló la tela, y encontró un pliego que allí estaba cosido, y se apresuró a guardarlo, y examinó luego los calzones, encontrando en ellos el bolsillo con los mil dinares que el judío había dado a Hassan Badreddin. Y en el bolsillo había un papel, donde el judío había escrito lo siguiente: "Yo, comerciante, de Bassra, declaro haber entregado la cantidad de mil dinares al joven Hassan Badreddin, hijo del visir Nureddin (a quien Alah haya recibido en Su misericordia), por el cargamento de la primera nave que arribe a Bassra". Al leer el papel, el visir Chamseddin lanzó un grito y quedó desmayado.

Cuando volvió en sí, se apresuró a abrir el pliego que había encontrado en el turbante, e inmediatamente conoció la letra de su hermano Nureddin. Y entonces empezó a llorar y a lamentarse, diciendo: "¡Pobre hermano mío! ¡pobre hermano mío!"

Y cuando se hubo calmado un poco exclamó: "¡Alah es Todopoderoso!" Y dijo a Sett El-Hosn: "¡Oh hija mía! ¿sabes el nombre de aquel a quien te has entregado esta noche? Pues es Hassan Badreddin, mi sobrino, el hijo de tu tío Nureddin. Y esos mil dinares son tu dote: "¡Alah sea loado!" Después recitó estas dos estrofas:

¡Vuelvo a encontrar sus huellas, y al instante me domina el deseo!
¡Y al recordar la mansión de la dicha, derramo todas las lágrimas de mis ojos!

Y pregunto, y grito, sin lograr respuesta: ¿Quién me ha arrancado lejos de él? ¡Oh! ¡tenga piedad de mí el autor de mis desventuras, y permítame que vuelva!"

En seguida leyó cuidadosamente la Memoria de su hermano, y encontró relatada toda la vida de Nureddin, y el nacimiento de su hijo Badreddin. Y quedó muy maravillado, sobre todo cuando contrastó las fechas anotadas por su hermano con las de su propio casamiento en El Cairo, y del nacimiento de Sett El-Hosn. Y vió que estas fechas concordaban perfectamente.

Y tanto hubo de asombrarse, que se apresuró a ir en busca del sultán para contarle la historia y mostrarle aquellos papeles. Y el sultán se asombró también de tal modo, que mandó a los escribas de palacio redactasen tan admirable historia para conservarla escrupulosamente en el archivo.

En cuanto al visir Chamseddin, marchó a su casa y esperó en compañía de su hija el regreso de su sobrino Hassan Badreddin. Pero acabó por darse cuenta de que Hassan había desaparecido. Y no pudiendo explicarse la causa, se dijo: "¡Por Alah! ¡Qué aventura tan extraordinaria es esta aventura! No he conocido otra semejante ..."

Al llegar a este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y discreta interrumpió su relato, para no cansar al sultán Schahriar, rey de las islas de la India y de la China.



Las mil y una noches
Pero cuando llegó la 23ª noche
 de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 23ª NOCHE


Ella dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que Giafar al-Barmakí, visir del rey Harún Al-Raschid, prosiguió de este modo la historia que contaba al califa:

"Cuando el visir Chamseddin se convenció de que su sobrino Hassan Badreddin había desaparecido, se dijo: "Puesto que el mundo está hecho de vida y de muerte, nada tan oportuno como que procure que mi sobrino Hassan encuentre a su regreso esta vivienda igual que la ha dejado". Y el visir Chamseddin cogió un tintero, un cálamo y un pliego de papel, y anotó uno por uno todos los muebles y enseres de la casa, en esta forma: Tal armario está en tal sitio; tal cortina en tal otro", y así sucesivamente. Cuando terminó, selló el papel después de leérselo a su hija Sett El-Hosn, y lo guardó con mucho cuidado en la caja de los papeles. Después recogió el turbante, el gorro, los calzones, el ropón y el bolsillo, e hizo con todo ello un paquete, que guardó con el mismo esmero.

En cuanto a Sett El-Hosn, la hija del visir, quedó preñada efectivamente la primera noche de bodas, y a los nueve meses cumplidos parió un hijo tan hermoso como la luna y que se parecía a su padre en todo, en lo bello, lo gentil y lo perfecto. En seguida que nació lo lavaron las mujeres y le ennegrecieron los ojos con kohl. Después le cortaron el cordón umbilical, y lo confiaron a las criadas y a la nodriza. Y por su hermosura sorprendente se le llamó Agib (esto es: Maravilloso).

Pero cuando el admirable Agib llegó, día por día, mes por mes y año por año, a cumplir los siete de su edad, su abuelo, el visir Chamseddin, le mandó a la escuela de un maestro muy famoso, recomendándoselo mucho a este maestro. Y Agib, acompañado diariamente del esclavo negro Said, eunuco de su padre, iba a la escuela para regresar a su casa al mediodía y al anochecer. Y así fué a la escuela durante cinco años, hasta cumplir los doce. Pero a todo esto los demás niños de la escuela no podían soportar a Agib, que les pegaba y les insultaba y les decía: "¿Cuál de vosotros puede compararse conmigo? Mi padre es el visir de Egipto". Al fin se reunieron los niños y fueron a quejarse al maestro contra la conducta de Agib. Y el maestro, al ver que sus exhortaciones al hijo del visir no daban resultado, sin atreverse a despedirle, por ser quien era, dijo a los otros niños:

"Os voy a indicar una cosa que en cuanto se la digáis le impedirá volver a la escuela. Mañana a la hora del recreo os reuniréis todos en torno a Agib y os diréis los unos a los otros: "¡Por Alah! ¡Vamos a jugar a un juego maravilloso! Pero para jugarlo es preciso que diga en alta voz cada uno su nombre, y el nombre de su padre y de su madre. Pues el que no pueda decir el nombre de su padre y de su madre será considerado como hijo adulterino y no jugará con nosotros".

Y aquella mañana, cuando Agib hubo llegado a la escuela, todos los niños se reunieron a su alrededor, y uno de ellos dijo: "¡Vamos a jugar a un juego maravilloso! Pero nadie podrá jugar sino con la condición de decir su nombre y los de sus padres. ¡Empecemos, uno a uno!" Y les guiñó el ojo.

Entonces avanzó uno de los niños y dijo: "Me llamo Nahib, mi madre se llama Nahiba y mi padre Izeddin". Y otro dijo: "Yo me llamo Naguib, mi madre se llama Gamila y mi padre se llama Mustafá". Y el tercero y el cuarto y los otros se expresaron en la misma forma". Cuando le tocó el turno a Agib, dijo orgullosamente: "Yo soy Agib, mi madre se llama Sett El-Hosn y mi padre se llama Chamseddin, visir de Egipto".

Pero todos los niños replicaron: "¡No, por Alah! ¡El visir no es tu padre!" Y Agib gritó enfurecido: "¡Alah os confunda! ¡El visir es mi padre!" Pero los niños comenzaron a reírse y a palmotear, y le volvieron la espalda, gritando: "Vete, vete! ¡No sabes cómo se llama tu padre! ¡Chamseddin no es tu padre, sino tu abuelo, el padre de tu madre! ¡No jugarás con nosotros!" Y los niños se desbandaron, riendo a carcajadas.

Entonces Agib sintió que se le oprimía el pecho y le ahogaban los sollozos. Y en seguida se le acercó el maestro, y le dijo: "Pero ¡cómo, Agib! ¿no sabías que el visir no es tu padre, sino tu abuelo, el padre de tu madre Sett El-Hosn? A tu padre, ni tú, ni nosotros, ni nadie le conoce. Porque el sultán había casado a Sett El-Hosn con un palafrenero jorobado, pero el tal no pudo acostarse con ella, y ha ido contando por toda la ciudad que la noche de su boda los efrits le habían encerrado a él, para dormir ellos con Sett El-Hosn. Y ha contado también historias asombrosas de búfalos, perros, borricos y otros seres semejantes. De modo, ¡oh mi querido Agib! que nadie sabe el nombre de tu padre. Sé, pues, humilde ante Alah y con tus compañeros, que te miran como a hijo adulterino. Considera que te hallas en la misma situación que un niño vendido en el mercado y que ignora quién es su padre. Sabe pues, que el visir Chamseddin no es más que tu abuelo, y que a tu padre nadie lo conoce. Y en adelante procura ser modesto".

Después de oír al maestro de escuela, Agib salió corriendo a casa de su madre Sett El-Hosn, llorando tanto, que no pudo al principio articular palabra. Entonces su madre empezó a consolarle, y viéndole tan conmovido, se le llenó el corazón de lástima y le dijo: "¡Hijo mío, cuéntale a tu madre la causa de tu pena!" Y le besó y le acarició. Entonces el pequeño le dijo: "Dime, madre, ¿quién es mi padre?" Y Sett El-Hosn, muy asombrada, dijo: "¡Pues el visir!" Y Agib le contestó, ahogado por el llanto: "¡No; ese no es mi padre! ¡No me ocultes la verdad! ¡El visir es tu padre, pero no el mío! Si no me dices la verdad, con este puñal me mataré ahora mismo". Y Agib le repitió a su madre las palabras del maestro de escuela.

Entonces, al recordar a su primo y marido, la hermosa Sett ElHosn recordó también su primera noche de bodas y la belleza y encantos del maravilloso Hassan Badreddin El-Bassrauí, y lloró muy emocionada, suspirando estas estrofas:

¡Encendió el deseo en mi corazón, y se ausentó muy lejos! ¡Y se ausentó hacia lo más distante de nuestra morada!
¡Mi pobre razón no he de recobrarla hasta que él vuelva! ¡Y aguardándole, he perdido asimismo el sueño reparador y toda la paciencia!
¡Me abandonó, y con él me abandonó la dicha, arrebatándome la tranquilidad! ¡Y desde entonces perdí todo reposo!
¡Me dejó, y las lágrimas de mis ojos lloran su ausencia, y al correr, sus arroyos llenan los mares;
Que no pasa un día que mi deseo me empuje hacia él y palpite mi corazón con el dolor de su ausencia!
¡Por eso su imagen se alza frente a mí, y al mirarla, aumentan mi cariño, mi anhelo y mis recuerdos!
¡Oh! ¡ su imagen amada es siempre lo primero que se presenta a mis ojos en la primera hora de la mañana! ¡Y así ha de ser siempre, pues no tengo otro pensamiento ni otros amores!

Después prosiguió en sus sollozos. Y Agib, viendo llorar a su madre, se echó a llorar también. Y mientras los dos estaban llorando, entró en la habitación el visir Chamseddin, que había oído los llantos y las voces. Y al ver cómo lloraban, se le oprimió el corazón, y dijo muy alarmado: "Hijos míos, ¿por qué lloráis así?" Entonces Sett El-Hosn le refirió la aventura de Agib con los chicos de la escuela. Y el visir, al oírla, se acordó de todas las desventuras pasadas, las que le habían ocurrido a él, a su hermano Nureddin, a su sobrino Hassan Badreddin, y por último a su nieto Agib, y al reunir todos estos recuerdos no pudo menos de llorar también. Y se fue muy desesperado en busca del emir, y le contó lo que pasaba, diciéndole que aquella situación no podía durar, ni por su buen nombre ni por el de sus hijos; y le pidió su venia para partir hacia los países de Levante, y llegar a la ciudad de Bassra, en donde pensaba encontrar a su sobrino Hassan Badreddin.

Rogó asimismo que el sultán le escribiera unos decretos que le permitiesen realizar por los países las gestiones necesarias para encontrar y traerse a su sobrino. Y como no cesaba en su amargo llanto, se enterneció el sultán y le concedió los decretos. Y después de darle gracias mil y hacer votos por su engrandecimiento, prosternándose ante él y besando la tierra entre sus manos, el visir se despidió. Inmediatamente hizo los preparativos para la marcha y partió con su hija Sett El-Hosn y con Agib.

Anduvieron el primer día y el segundo y el tercero, y así sucesivamente, en dirección a Damasco, y por fin llegaron sin dificultades a Damasco. Y se detuvieron cerca de las puertas, en el Meidán de Asba, donde armaron sus tiendas para descansar dos días antes de seguir el camino. Y les pareció Damasco una ciudad admirable, llena de árboles y aguas corrientes, siendo en realidad como la cantó el poeta:

¡He pasado un día y una noche en Damasco! ¡Damasco! ¡Su creador juró no hacer en adelante nada parecido!
¡La noche cubre amorosamente a Damasco con sus alas! ¡Y cuando llega el día, tiende por encima la sombra de sus árboles frondosos!
¡El rocío en las ramas de. estos árboles no es rocío, sino perlas, perlas que caen como copos de nieve a merced de la brisa que las empuja!
¡En sus bosques luce la Naturaleza todas sus galas: el ave da su lectura matutina; el agua es como una página blanca abierta; la brisa responde y escribe lo que dicta el ave, y las blancas nubes derraman gotas para la escritura!

La servidumbre del visir fué a visitar la ciudad y sus zocos para comprar lo que necesitaban y vender las cosas traídas de Egipto. Y no dejaron de bañarse en los hammams famosos, y entraron en la mezquita de los Bani-Ommiah (u Omníadas, dinastía de califas de Damasco) ,situada en el centro de la población, y que no tiene igual en todo el mundo.

Agib marchó también a la ciudad para distraerse, acompañado de su fiel eunuco Said. Y el eunuco le seguía muy próximo y llevaba en la mano un látigo capaz de matar a un camello, pues sabía la fama que tienen los habitantes de Damasco, y con aquel látigo quería impedirles acercarse a su amo el hermoso Agib. Y efectivamente, no se engañaba, pues apenas hubieron visto al hermoso Agib, los habitantes de Damasco se percataron de lo encantador y gracioso que era, hallándole más suave que la brisa del Norte, más delicioso que el agua fresca para el paladar del sediento y más grato que la salud para el convaleciente. Y en seguida la gente de la calle, de las casas y de las tiendas siguieron a Agib, sin dejarle, a pesar del látigo del eunuco. Y otros corrían para adelantarse y se sentaban en el suelo, a su paso, para contemplarle más tiempo y mejor. Al fin, por voluntad del Destino, Agib y el eunuco llegaron a una pastelería, donde se detuvieron para escapar de tan indiscreta muchedumbre.

Y precisamente aquélla pastelería era la de Hassan Badreddin, padre de Agib. Había muerto el anciano pastelero que adoptó a Hassan, y éste había heredado la tienda. Y aquel día Hassan estaba ocupado en preparar un plato delicioso con granos de granada y otras cosas azucaradas y sabrosas. Y cuando vió pararse a Agib y al eunuco, quedó encantado con la hermosura de Agib, y no solamente encantado, sino conmovido con una emoción cordial y extraordinaria, que le hizo exclamar lleno de cariño: "¡Oh mi joven señor! Acabas de conquistar mi corazón y reinas para siempre en lo íntimo de mi ser, sintiéndome atraído hacia ti desde el fondo de mis entrañas. ¿Quieres honrarme entrando en mi tienda? ¿Quieres hacerme la merced de probar mis dulces, sencillamente por piedad?" Y Hassan, al decir esto, sentía que, sin poder remediarlo, sus ojos se arrasaban en lágrimas, y lloró mucho al recordar entonces su pasado y su situación presente.

Y cuando Agib oyó las palabras de su padre, se le enterneció también el corazón, y volviéndose hacia el esclavo, le dijo: "¡Said! Este pastelero me ha enternecido. Se me figura que ha de tener algún hijo ausente y que yo le recuerdo este hijo. Entremos, pues, en su tienda para complacerte, y probemos lo que nos ofrece. Y si aliviamos con esto su pena, es probable que Alah se apiade a su vez de nosotros y haga que logren buen éxito las pesquisas para encontrar a mi padre".

Pero Said, al oír a Agib, exclamó: "¡Oh mi señor, no hagamos eso! ¡Por Alah! ¡De ningún modo! No es propio del hijo de un visir entrar en una pastelería del zoco, y menos todavía comer públicamente en ella. ¡Oh! ¡No puede ser! Si lo haces por temor a estas gentes que te siguen, y por eso quieres entrar en esa tienda, ya sabré yo espantarlas y defenderte con mi látigo. ¡Pero lo que es entrar en la pastelería, en modo alguno!"

Y Hassan Badreddin se afectó muchísimo al oír al eunuco. Y luego, volviéndose hacia él, con los ojos llenos de lágrimas, le dijo: "¡Oh eunuco! ¿Por qué no quieres apiadarte y darme el gusto de entrar en mi tienda? ¡Por que tú, como la castaña, eres negro por fuera, pero por dentro blanco! Y te han elogiado todos nuestros poetas en versos admirables, hasta el punto de que puedo revelarte el secreto de que aparezcas tan blanco por fuera como por dentro lo eres". Entonces el buen eunuco se echó a reír a carcajadas, y exclamó: "¿Es de verdad? ¿Puedes hacerlo así? ¡Por Alah, apresúrate a decírmelo!" En seguida Hassan le recitó estos versos admirables en loor de los eunucos:

¡Su cortesía exquisita, la dulzura de sus modales y su noble apostura han hecho de él el guardián respetado de las casas de los reyes!
¡Y para el harén, qué servidor tan incomparable! ¡Tal es su gentileza que los ángeles del cielo bajan a su vez para servirle!

Estos versos, eran, efectivamente, tan maravilloso y tan oportunos, y fueron tan admirablemente recitados por Hassan, que el eunuco se conmovió y se sintió halagadísimo, hasta el punto de que, cogiendo de la mano a Agib, entró con él en la tienda.

Entonces Hassan Badreddin llegó al colmo de la alegría y se apresuró a hacer cuanto pudo para honrarlos. Cogió un tazón de porcelana de los más ricos, lo llenó de granos de granada preparados con azúcar y almendras mondadas perfumado todo deliciosamente, y muy en su punto, y lo presentó sobre la más suntuosa de sus bandejas de cobre repujado. Y al verlos comer con manifiesta satisfacción, se sintió muy halagado y muy complacido, y exclamó: "¡Oh, qué honor para mí! ¡Qué fortuna la mía! ¡Que os sea tan agradable como provechoso!"

Agib, después de probar los primeros bocados, invitó a sentarse al pastelero, y le dijo: "Puedes quedarte con nosotros y comer con nosotros. Porque Alah lo tendrá en cuenta, haciendo que encontremos al que buscamos". Y Hassan Badreddin se apresuró a replicar: `Pero ¡cómo, hijo mío! ¿Acaso lamentas ya, siendo tan joven, la pérdida de un ser querido?" Y Agib contestó: "¡Oh buen hombre! ¡La ausencia de un ser querido ha destrozado ya mi corazón! ¡Y ese ser por quien lloro es nada menos que mi padre! porque mi abuelo y yo hemos abandonado nuestro país para recorrer todas las comarcas en su busca". Y Agib, al recordar su desgracia, rompió a llorar, mientras que Badreddin, emocionado por aquel dolor, lloraba también. Y hasta el eunuco inclinó la cabeza en señal de asentimiento. Sin embargo, hicieron los honores al magnífico tazón de granada perfumada, dispuesta con tanto arte. Y comieron hasta la saciedad, pues tan exquisita estaba.

Pero como apremiaba el tiempo, Hassan no pudo saber más, porque el eunuco hizo que Agib partiese con él hacia las tiendas del visir.

Y apenas se hubo marchado Agib, Hassan sintió que su alma se iba con él, y no pudo sustraerse al deseo de seguirle. Cerró en seguida su tienda, y sin sospechar que Agib era su hijo, marchó a buen paso, para alcanzarles antes de que hubiesen transpuesto la puerta principal de la ciudad.

Entonces el eunuco se apercibió de que el pastelero les seguía, y volviéndose hacia él, le dijo: "Pastelero, ¿por qué nos sigues?" Y Badreddin respondió: "Tengo que despachar un asunto fuera de la ciudad, y he querido alcanzaros para que vayamos juntos y regresar después en seguida. Además, vuestra partida me ha arrancado el alma del cuerpo".

Estas palabras indignaron profundamente al eunuco, que exclamó: "¡Parece que va a salirnos muy caro el dichoso dulce! ¡Qué maldito tazón! ¡Este hombre nos lo va a amargar! y he aquí que ahora nos seguirá a todas partes!" Entonces Agib, al volverse y ver al pastelero, se puso muy colorado, y balbuceó: "¡Déjalo, Said, que el camino de Alah es libre para todos los musulmanes!" Y añadió después: "Si viene hasta las tiendas, ya no habrá duda de que nos persigue, y entonces lo echaremos". Y dicho esto, Agib bajó la cabeza y continuó andando, y el eunuco marchaba a pocos pasos detrás de él.

En cuanto a Hassan, no dejó de seguirles hasta el Meidán de Hasba, donde estaban las tiendas. Y entonces Agib y el eunuco se volvieron, viéndole a pocos pasos detrás de ambos. Y esta vez acabó por enfadarse Agib, temiendo que el eunuco se lo contase todo a su abuelo: ¡que Agib había entrado en una pastelería y que el pastelero había seguido a Agib! Y asustado de que esto ocurriese, cogió una piedra y volvió a mirar a Hassan, que seguía inmóvil, contemplándole siempre con una extraña luz en los ojos.

Y Agib, sospechando que esta llama de los ojos del pastelero era una llama equívoca; se puso aún más furioso y lanzó con toda su fuerza la piedra contra él, hiriéndole de gravedad en la frente. Después, Agib y el eunuco huyeron hacia las tiendas. En cuanto a Hassan Badreddin, cayó al suelo, desmayado y con la cara cubierta de sangre. Pero afortunadamente no tardó en volver en sí, se restañó la sangre, y con un trozo de su turbante se vendó la herida. Después comenzó a reconvenirse de este modo: "¡Verdaderamente toda la culpa la tengo yo! He procedido muy mal al cerrar la tienda y seguir a ese hermoso muchacho, haciéndole creer que le acosaba con fines sospechosos". Y suspiró después: "¡Alah karim!" (Dios es generoso).

Luego regresó a la ciudad, abrió la tienda y siguió preparando sus pasteles y vendiéndolos como antes hacía, pensando siempre, lleno de dolor, en su pobre madre, que en la ciudad de Basara le había enseñado desde muy niño las primeras lecciones del arte de la pastelería. Y se puso a llorar, y para consolarse, recitó esta estrofa:

¡No pidas justicia al infortunio! ¡Sólo hallarás el desengaño! ¡Porque el infortunio jamás te hará justicia!

En cuanto al visir Chamseddin, tío del pastelero Hassan Badreddin, transcurridos los tres días de descanso en Damasco, dispuso que levantasen el campamento del Meidán, y continuando su viaje a Bassra, siguió el camino de Homs, luego el de Hama y por fin el de Alepo. Y en todas partes hacía investigaciones. De Alepo marchó a Mardin, después a Mossul y luego a Diarbekir. Y llegó por último a la ciudad de Bassra.

Entonces, apenas hubo descansado, se apresuró a presentarse al sultán de Bassra, que le recibió con mucha amabilidad, preguntándole el motivo de su viaje. Y Chamseddin le relató toda la historia, y le dijo que era hermano de su antiguo visir Nureddin. Al oír el nombre de Nureddin exclamó el sultán: "Alah lo tenga en su gracia!" Y añadió: "Efectivamente, Nureddin fué mi visir, y lo quise mucho, y murió hace quince años. Y dejó un hijo llamado Hassan Badreddin, que era mi favorito predilecto; mas un día desapareció, y no hemos vuelto a saber de él. Pero en Bassra está todavía su madre, la esposa de tu hermano, e hijos de mi antiguo visir, el antecesor de Nureddin.

Esta noticia colmó de alegría a Chamseddin, que dijo: "¡Oh rey! ¡Quisiera ver a mi cuñada!" Y el rey lo consintió.

Chamseddin corrió a casa de su difunto hermano inmediatamente después de haber averiguado las señas. Y no tardó en llegar, pensando todo el camino en Nureddin, muerto lejos de él, con la tristeza de no poder abrazarle. Y llorando, recitó estas dos estrofas:

¡Oh! ¡Vuelva yo a la morada de mis antiguas noches! ¡Logre yo besar sus paredes!
¡Pero no es el amor a estos muros de la casa querida el que me ha herido en mitad del corazón, sino el amor al que en ella vivía!

Atravesó Chamseddin la puerta principal, llegando a un gran patio, en cuyo fondo se alzaba la morada. La puerta era una maravilla de arcadas de granito, embellecida con mármoles de todos los colores. En el umbral, sobre una magnífica losa de mármol, vió el nombre de su hermano Nureddin grabado con letras de oro. Se inclinó para besar aquel nombre, y se afectó mucho, recitando estas estrofas:

¡Todas las mañanas pido noticias suyas al sol que sale! ¡Y todas las noches se las pido al relámpago que brilla!
¡Cuando duermo, hasta cuando duermo, el deseo, el aguijón del deseo, el peso del deseo, la sierra afilada del deseo trabaja en mí!! ¡Y nunca calma estos dolores!
¡Oh dulce amigo! ¡No prolongues más la dura ausencia! ¡MI corazón está destrozado, cortado en pedazos, por el dolor de este ausencia!
¡Oh! ¡Qué día. bendito, qué día tan incomparable sería aquel en que al fin pudiéramos reunirnos!
¡Pero no temas que por tu ausencia se haya llenado mi corazón con el amor de otro! ¡Mi corazón no es bastante grande para encerrar otro amor!

Después entró Chamseddin en la casa y atravesó varios aposentos, hasta llegar a aquel en que estaba generalmente su cuñada, la madre de Hassan Badreddin El Bassrauí.

Desde la desaparición de su hijo, se había encerrado en aquella estancia, y allí pasaba días y noches en continuo llanto. Y había mandado construir en medio de la habitación un pequeño edificio con su cúpula, para que figurase la tumba de su pobre hijo, al cual creía muerto desde mucho tiempo atrás. Y allí dejaba transcurrir entre lágrimas su vida, y allí, extenuada por el dolor, abatía la cabeza aguardando la muerte.

Al llegar junto a la puerta, Chamseddin oyó a su cuñada, que con voz doliente recitaba estos versos:

¡Oh tumba! ¡Dime, por Alah, si han desaparecido la hermosura y los encantos de mi amigo! ¿Se desvaneció para siempre el magnífico espectáculo de su belleza?
¡Oh tumba! No eres seguramente el jardín de las delicias ni el elevado cielo; pero dime, ¿cómo veo resplandecer dentro de ti la luna y florecer el ramo?

Entonces entró el visir Chamseddin, saludó a su cuñada con el mayor respeto, y la enteró de que era el hermano de su esposo Nureddin. Después le refirió toda la historia, haciéndole saber que Hassan, su hijo, se había acostado una noche con su hija Sett El-Hosn y había desaparecido por la mañana, y Sett El-Hosn quedó preñada y parió a Agib. Después añadió: "Agib ha venido conmigo. Es tu hijo, por ser el hijo de tu hijo y mi hija".

La viuda, que hasta aquel momento había estado sentada, como una mujer de riguroso luto que renuncia a los usos sociales, al saber que vivía su hijo y que su nieto estaba allí y tenía delante a su cuñado el visir de Egipto, se levantó apresuradamente y se echó a los pies de Chamseddin, besándole, y recitó en honor suyo estas estrofas:

¡Por Alah! ¡Colma de beneficios a aquel que acaba de anunciarme esta nueva feliz, pues para mí es la noticia más dichosa y mejor de cuantas pueden oírse!
¡Y si le agradan los regalos, puedo hacerle el de un corazón desgarrado por las ausencias!

El visir ordenó que buscasen en seguida a Agib, y cuando éste se presentó, su abuela se abrazó a él llorando. Y Chamseddin le dijo: "¡Oh señora! No es el momento de llorar, sino de que prepares tu viaje a Egipto en compañía de nosotros. ¡Y quiera Alah reunirnos con tu hijo y sobrino mío Hassan!" Y la abuela de Agib respondió: "Escucho y obedezco". Y en el mismo instante fué a disponer todas las cosas necesarias, y los víveres, y toda su servidumbre, no tardando en hallarse dispuesta.

Entonces el visir Chamseddin fué a despedirse del sultán de Bassra. Y el sultán le entregó muchos regalos para él y para el sultán de Egipto. Después Chamseddin, las dos damas y Agib emprendieron la marcha acompañados de todo su séquito.

Y no se detuvieron hasta llegar nuevamente a Damasco. Hicieron alto en la plaza de Kânun, armaron las tiendas, y el visir dijo: "Ahora nos detendremos en Damasco toda una semana, para tener tiempo de comprar regalos como se los merece el sultán de Egipto".

Y mientras el visir recibía a los ricos mercaderes que habían acudido para ofrecerles sus géneros, Agib dijo al eunuco: "Baba Said, tengo ganas de distraerme un rato. Vámonos al zoco para saber qué novedades hay y qué le ocurrió a aquel pastelero cuyos dulces nos comimos, y teniendo que agradecerle su hospitalidad le pagamos partiéndole la cabeza de una pedrada. Realmente, le volvimos mal por bien".

Y el eunuco respondió: "Escucho y obedezco".

Entonces Agib y el eunuco abandonaron el campamento, porque Agib obraba con un ciego impulso, como movido por un cariño filial inconsciente.

Llegados a la ciudad, anduvieron por todos los zocos hasta que encontraron la pastelería. Y era la hora en que los creyentes marchaban a la mezquita de los Baní-Ommiah para la oración del asr.

Y precisamente en dicho momento estaba Hassan Badreddin en su tienda, ocupado en confeccionar el mismo plato delicioso de la otra vez: granos de granada con almendras, azúcar y perfumes en su punto. Y entonces Agib pudo observar al pastelero, y ver en su frente la cicatriz de la pedrada con que le había herido. Y se le enterneció más el corazón: "¡Oh pastelero, la paz sea contigo! El interés que me inspiras hace venir a saber de ti. ¿No me recuerdas?" Y apenas lo vió Hassan se le conmovieron las entrañas, le palpitó el corazón desordenadamente, abatió la cabeza hacia el suelo, y su lengua, pegada al paladar, le impedía decir palabra. Por fin hubo de levantar la vista hacia el muchacho, y sumisa y humildemente recitó estas estrofas:

¡Pensé reconvenir a mi amante, pero en cuanto lo vi lo olvidé todo, pude dominar mi lengua ni mis ojos!
¡He callado y bajé los ojos ante su apostura imponente y altiva, y quise disimular lo que sentía pero no lo pude conseguir!
¡He aquí cómo después de haber escrito pliegos y pliegos de reconvenciones, al hallarle ante mi me fue imposible leer ni una palabra!

Luego añadió: "¡Oh mis señores! ¿Queréis entrar sólo por condescendencia y probar este plato? Porque, ¡por Alah! apenas te he visto, ¡oh lindo muchacho! mi corazón se ha inclinado hacia tu persona, como la otra vez. Y me arrepiento de haber cometido la locura de seguirte". Y Agib contestó: "¡Por Alah, que eres un amigo peligroso! Por unos dulces que nos diste, estuvo en poco que nos comprometieras. Pero ahora no entraré, ni comeré nada en tu casa, como no jures que no saldrás detrás de nosotros como la otra vez. Y sabe que de otra manera nunca volveremos aquí, porque vamos a pasar toda la semana en Damasco, a fin de que mi abuelo pueda comprar regalos para el sultán". Entonces Badreddin exclamó: "¡Lo juro ante vosotros!" Y en seguida Agib y el eunuco entraron en la tienda, y Badreddin les ofreció en seguida una terrina de granos de granada, su deliciosa especialidad. Y Agib le dijo: "Ven, y come con nosotros. Y así puede que Alah conceda el éxito a nuestras pesquisas". Y Hassan se sintió muy feliz al sentarse frente a ellos. Pero no dejaba ni un instante de contemplar a Agib.

Y lo miraba de un modo tan extraño y persistente que Agib, cohibido, le dijo: "¡Por Alah! ¡Qué enamorado tan pesado y tan molesto eres! Ya te lo dije la otra vez. No me mires de esa manera, pues parece que quisieras devorar mi cara con tus ojos". Y a sus frases respondió Badreddin con estas estrofas:

¡En lo más profundo de mi corazón hay para ti un secreto que no puedo revelar, un pensamiento íntimo y oculto que nunca traduciré en palabras!
¡Oh tú, que humillas a la brillante luna, orgullosa de su belleza ¡oh tú, rostro radiante, que avergüenzas a la mañana y a la resplandeciente aurora!
¡Te he consagrado un culto mudo; te dediqué, ¡oh vaso selecto! un signo mortal y unos votos que de continuo se acrecientan y embellecen!
¡Y ahora ardo y me derrito por completo! ¡Tu rostro es mi paraíso! ¡Estoy seguro de morir de esta sed abrasadora! ¡Y sin embargo, tus labios podrían apagarla y refrescarme con su miel!

Terminadas estas estrofas, recitó otras no menos admirables, pero en otro sentido, dirigidas al eunuco. Y así estuvo diciendo versos durante una hora, tan pronto dedicados a Agib como al esclavo. Y luego que sus huéspedes se hubieron saciado, Hassan se levantó a fin de traerles lo indispensable para que se lavasen. Y al efecto les presentó un hermoso jarro de cobre muy limpio; les echó agua perfumada en las manos y se las limpió después con una hermosa toalla de seda que le pendía de la cintura. Y en seguida les roció con agua de rosas, sirviéndose de un aspersorio de plata que guardaba cuidadosamente en el estante más alto de su tienda, sacándolo nada más que en las ocasiones solemnes.

No contento aún, salió un instante para volver en seguida, trayendo en la mano dos alcarrazas llenas de sorbete de agua de rosas, y les ofreció una a cada uno, diciendo: "Aceptadlo y coronad así vuestra condescendencia". Entonces Agib cogió una alcarraza y bebió, y luego se la entregó al eunuco, que bebió y se la entregó otra vez a Agib, que bebió y se la volvió a entregar al esclavo, y así sucesivamente, hasta que llenaron bien el vientre y se vieron hartos como nunca lo habían estado en su vida. Y por último, dieron las gracias al pastelero, y se retiraron muy de prisa para llegar al campamento antes de que se pusiese el sol.

Y llegados a las tiendas, Agib se apresuró a besar la mano de su abuela y a su madre Sett El-Hosn. Y la abuela le dió otro beso, acordándose de su hijo Badreddin, y hubo de suspirar y llorar mucho. Y después recitó estas dos estrofas:

!Si no tuviese la esperanza de que los objetos separados han de reunirse algún día, nada habría aguardado yo desde que te fuiste!
¡Pero hice el juramento de que no entraría en mi corazón más amor que el tuyo! ¡Y Alah, mi señor, que conoce todos los secretos puede atestiguar que lo he cumplido!

Después le dijo a Agib: "Hijo mío, ¿por dónde estuviste?" Y él contestó: "Por los zocos de Damasco". Y ella dijo: "Ya debes temer mucho apetito". Y se levantó y le trajo una terrina llena del famoso dulce de granada, deliciosa especialidad en que era muy diestra, y cuyas primeras nociones había dado a su hijo Badreddin siendo él muy niño. Y ordenó al eunuco: "Puedes comer con tu amo Agib". Y el eunuco, haciendo muecas, se decía: "¡Por Alah! ¡Maldito el apetito que tengo! ¡No podré comer ni un bocado!" Pero fué a sentarse junto a su señor.

Y Agib, que se había sentado también, se encontraba con el estómago lleno de cuanto había comido y bebido en la pastelería. Sin embargo, tomó un poco de aquel dulce, pero no pudo tragarlo por lo harto que estaba. Además le pareció muy poco azucarado. Y en realidad no era así ni mucho menos. Porque la culpa era de él, pues no podía estar más ahíto de lo que estaba. Así es que haciendo un gesto de repugnancia, dijo a su abuela: "¡Oh abuela! Este dulce no está bien hecho. Y la abuela, despechada, exclamó: "¿Cómo te atreves a decir que no están bien hechos mis dulces? ¿Ignoras que no hay en el mundo quien me iguale en el arte de la repostería y la confitería, como no sea tu padre Hassan Badreddin, y eso porque yo le enseñé?" Pero Agib repuso: "¡Por Alah, abuela, que a este plato le falta algo de azúcar! No se lo digas a mi madre, ni a mi abuelo"; pero sabe que acabamos de comer en el zoco, donde nos ha obsequiado un pastelero, ofreciéndonos este mismo plato. ¡Ah... ! ¡sólo su perfume ensanchaba el corazón! Y su sabor delicioso habría despertado el apetito de un enfermo. Y realmente, este plato preparado por ti no se le puede comparar ni con mucho, abuela mía".

Y la abuela enfurecida al oír estas palabras, lanzó una terrible mirada al eunuco Said y le dijo...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Entonces su hermana, la joven Doniazada, le dijo: "¡Oh hermana mía! ¡Cuán dulces y agradables son tus palabras, y cuán delicioso y encantador ese cuento!"

Y Schehrazada sonrió y dijo: "Sí, hermana mía; pero nada vale comparado con lo que os contaré la próxima noche, si vivo aún, por merced de Alah y gusto del rey".

Y el rey dijo para sí: "¡Por Alah! No la mataré antes de oír la continuación de su historia, pues realmente es una historia en extremo asombrosa y extraordinaria".

Después el rey Schahriar y Schehrazada pasaron enlazados el resto de la noche, hasta que salió el sol.

Inmediatamente el rey Schahriar fue a la sala de sus justicias, y se llenó el diwán con la multitud de visires, chambelanes, guardias y gente de palacio. Y el rey juzgó y dispuso nombramientos y destituciones, y gobernó, y despachó los asuntos pendientes, hasta que hubo acabado el día. Luego se levantó el diwán, regresó el rey al palacio, y cuando llegó la noche fué a buscar a Schehrazada, la hija del visir, y no dejó de hacer con ella su cosa acostumbrada.

La joven Doniazada, en cuanto se hubo terminado la cosa, se apresuró a levantarse del tapiz y dijo a Schehrazada:

"¡Oh hermana mía! Te suplico que termines ese cuento tan sabroso de la historia del bello Hassan Badreddin y de su mujer, la hija de su tío Chamseddin. Estabas precisamente en estas palabras: "La abuela lanzó una terrible mirada al eunuco Said, y le dijo..." ¿Qué le dijo?

Y Schehrazada, sonriendo a su hermana, repuso: "La proseguiré de todo corazón y buena voluntad, pero no sin que este rey tan bien educado me lo permita".

Entonces el rey, que aguardaba impaciente el final del relato, dijo a Schehrazada: "Puedes hablar".


Las mil y una noches
Historia del jorobado con el sastre, el corredor nazareno, el intendente y el médico judío; lo que de ello resultó, y sus aventuras sucesivamente referidas
 de Anónimo



Entonces Schehrazada dijo al rey Schahriar:

"He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que en la antigüedad del tiempo y en lo pasado de las edades y de los siglos, hubo en una ciudad de la China un hombre que era sastre y estaba muy satisfecho de su condición. Amaba las distracciones apacibles y tranquilas y de cuando en cuando acostumbraba salir con su mujer, para pasearse y recrear la vista con el espectáculo de las calles y los jardines. Pero cierto día que ambos habían pasado fuera de casa, al regresar a ella, al anochecer, encontraron en el camino a un jorobado de tan grotesca facha, que era antídoto de toda melancolía y haría reír al hombre más triste, disipando todo pesar y toda aflicción.

Inmediatamente se le acercaron el sastre y su mujer, divirtiéndose tanto con sus chanzas, que le convidaron a pasar la noche en su compañía.

El jorobado hubo de responder a esta oferta como era debido, uniéndose a ellos, y llegaron juntos a la casa. Entonces el sastre se apartó un momento para ir al zoco antes de que los comerciantes cerrasen su tienda, pues quería comprar provisiones con qué obsequiar al huésped. Compró pescado frito, pan fresco, limones, y un gran pedazo de halaua[1] para postre.

Después volvió, puso todas estas cosas delante del jorobado, y todos se sentaron a comer.

Mientras comían alegremente, la mujer del sastre tomó con los dedos un gran trozo de pescado, y lo metió por broma todo entero en la boca del jorobado, tapándosela con la mano para que no escupiera el pedazo, y dijo: "¡Por Alah! Tienes que tragarte ese bocado de una vez sin remedio, o si no, no te suelto".

Entonces el jorobado, tras de muchos esfuerzos, acabó por tragarse el pedazo entero. Pero desgraciadamente para él, había decretado el Destino que en aquel bocado hubiese una enorme espina. Y esta espina se le atravesó en la garganta, ocasionándole en el acto la muerte.

Al llegar a este punto de su relato, vió Schehrazada, hija del visir, que se acercaba la mañana, y con su habitual discreción no quiso proseguir la historia, para no abusar del permiso concedido por el rey Schahriar.

Entonces su hermana, la joven Doniazada, le dijo: "¡Oh hermana mía! ¡Cuán gentiles, cuán dulces y cuán sabrosas son tus palabras!" Y Schehrazada respondió: "¿Pues qué dirás la noche próxima, cuando oigas la continuación, si es que vivo aún, porque así lo disponga la voluntad de este rey lleno de buenas maneras y de cortesía?"

Y el rey Schahriar dijo para sí: "¡Por Alah! No la mataré hasta no oír lo que falta de esta historia, que es muy sorprendente".

Después el rey Schahriar cogió a Schehrazada entre sus brazos, y pasaron enlazados el resto de la noche, hasta que llegó la mañana. Entonces el rey se levantó y se fué a la sala de justicia.

Enseguida entró el visir, y entraron asimismo los emires, los chambelanes y los guardias, y el diwán se llenó de gente. El rey empezó a juzgar y a despachar asuntos, dando un cargo a éste, destituyendo a aquél, sentenciando en los pleitos pendientes, y ocupando su tiempo de este modo hasta acabar el día. Terminado el diwán, el rey volvió a sus aposentos y fué en busca de Schehrazada.

Doniazada dijo a Schehrazada: "¡Oh hermana mía! Te ruego que nos cuentes la continuación de esa historia del jorobado con el sastre y su mujer". Y Schehrazada repuso: "¡De todo corazón y como debido homenaje! Pero no sé si lo consentirá el rey". Entonces el rey se apresuró a decir: "Puedes contarla".


Notas del traductorEditar

  1. Halaua, pasta blanca hecha con aceite de sésamo, azúcar, nueces, etc., en forma de panes grandes y semiesféricos
Las mil y una noches
Relato del corredor nazareno
 de Anónimo



"Sabe, ¡oh rey del tiempo! que vine a este país para un asunto comercial. Soy un extranjero a quien el Destino encaminó a tu reino. Porque yo nací en la ciudad de El Cairo y soy copto entre los coptos. Y es igualmente cierto que me crié en El Cairo, y en aquella ciudad fué corredor mi padre antes que yo.

Cuando murió mi padre ya había llegado yo a la edad de hombre. Y por eso fui corredor como él, pues contaba con toda clase de cualidades para este oficio, que es la especialidad entre nosotros los coptos.

Pero un día entre los días, estaba yo sentado a la puerta del Khan de los acreedores de granos, y vi pasar a un joven, como la luna llena, vestido con el más suntuoso traje y montado en un borrico blanco ensillado con una silla roja. Cuando me vió este joven me saludó, y yo me levanté por consideración hacia él. Sacó entonces un pañuelo que contenía una muestra de sésamo, y me preguntó: "¿Cuánto vale el ardeb (irdab, medida de capacidad actual) de esta clase de sésamo?"

Y yo le dije: "Vale cien dracmas". Entonces me contestó: "Avisa a los medidores de granos y ve con ellos al Khan Al-Gaonali, en el barrio de Bab Al-Nassr; allí me encontrarás". Y se alejó, después de darme el pañuelo que contenía la muestra de sésamo.

Entonces me dirigí a todos los mercaderes de granos y les enseñé la muestra que yo había justipreciado en cien dracmas. Y los mercaderes la tasaron en ciento veinte dracmas por ardeb. Entonces me alegré sobremanera, y haciéndome acompañar de cuatro medidores, fui en busca del joven, que, efectivamente, me aguardaba en el Khan. Y al verme, corrió a mi encuentro y me condujo a un almacén donde estaba el grano, y los medidores llenaron sus sacos, y lo pesaron todo, que ascendió en total a cincuenta medidas en ardebs. Y el joven me dijo: "Te corresponden por comisión diez dracmas por cada arbed que se venda a cien dracmas. Pero has de cobrar en mi nombre todo el dinero, y lo guardarás cuidadosamente en tu casa, hasta que lo reclame. Como su precio total es cinco mil dracmas, te quedarás con quinientos, guardando para mí cuatro mil quinientos. En cuanto despache mis negocios, iré a buscarte para recoger esa cantidad". Entonces yo le contesté: "Escucho y obedezco". Después le besé las manos y me fuí.

Y efectivamente, aquel día gané mil dracmas de corretaje, quinientos del vendedor y quinientos de los compradores, de modo que me correspondió el veinte por ciento, según la costumbre de los corredores egipcios.

En cuanto al joven, después de un mes de ausencia, vino a verme y me dijo: "¿Dónde están los dracmas?" Y le contesté en seguida: "A tu disposición; hételos aquí metidos en ese saco". Pero él me dijo: "Sigue guardándolos algún tiempo, hasta que yo venga a buscarlos". Y se fué y estuvo ausente otro mes, y regresó y me dijo "¿Dónde están los dracmas?" Entonces yo me levanté, le saludé y le dije: "Ahí están a tu disposición. Hételos aquí". Después añadí: "¿Y ahora quieres honrar mi casa viniendo a comer conmigo un plato o dos, o tres o cuatro?" Pero se negó y me dijo: "Sigue guardando el dinero, hasta que venga a reclamártelo, después de haber despachado algunos negocios urgentes". Y se marchó. Y yo guardé cuidadosamente el dinero que le pertenecía, y esperé su regreso.

Volvió al cabo de un mes, y me dijo: "Esta noche pasaré por aquí y recogeré el dinero". Y le preparé los fondos; pero aunque le estuve aguardando toda la noche y varios días consecutivos no volvió hasta pasado un mes, mientras yo decía para mí: "¡Qué confiado es ese joven! En toda mi vida, desde que soy corredor en los khanes y los zocos, he visto confianza como esta". Se me acercó y le vi, como siempre, en su borrico, con suntuoso traje; y era tan hermoso como la luna llena, y tenía el rostro brillante y fresco como si saliese del hammam, y sonrosadas mejillas y la frente como una flor lozana, y en un extremo del labio un lunar, como gota de ámbar negro, según dice el poeta:

¡La luna llena se encontró con el sol en lo alto de una torre, ambos en todo el esplendor de su belleza!
¡Tales eran los dos amantes! ¡Y cuantos los veían, tenían que admirarlos y desearles completa felicidad!
¡Y ahora son tan hermosos, que cautivan el alma!
¡Gloria, pues a Alah, que realiza tales prodigios y forma sus criaturas a sus deseos

Y al verle, le besé las manos, e invoqué para él todas las bendiciones de Alah, y le dije: "¡Oh mi señor! Supongo que ahora recogerás tu dinero". Y me contestó: "Ten todavía un poco de paciencia; pues en cuanto acabe de despachar mis asuntos vendré a recogerlo". Y me volvió la espalda y se fué. Y yo supuse que tardaría en volver, y saqué el dinero, y lo coloqué con un interés de veinte por ciento, obteniendo de él cuantiosa ganancia. Y dije para mí: "¡Por Alah! Cuando vuelva, le rogaré que acepte mi invitación, y le trataré con toda largueza, pues me aprovecho de sus fondos y me estoy haciendo muy rico".

Y transcurrió un año, al cabo del cual regresó, y le vi vestido con ropas más lujosas que antes, y siempre montado en su borrico blanco, de buena raza.

Entonces le supliqué fervorosamente que aceptase mi invitación y comiera en mi casa, a lo cual me contestó: "No tengo inconveniente, pero con la condición de que el dinero para los gastos no lo saques de los fondos que me pertenecen y están en tu casa". Y se echó a reír. Y yo hice lo mismo. Y le dije: "Así sea, y de muy buena gana".

Le llevé a casa, y le rogué que se sentase, y corrí al zoco a comprar toda clase de víveres, bebidas y cosas semejantes, y lo puse todo en el mantel entre sus manos, y le invité a empezar, diciendo: "¡Bismilah!" Entonces se acercó a los manjares, pero alargó la mano izquierda, y se puso a comer con esta mano izquierda. Y yo me quedé sorprendidísimo, y no supe qué pensar. Terminada la comida, se lavó la mano izquierda sin auxilio de la derecha, y yo le alargué la toalla para que se secase, y después nos sentamos a conversar.

Entonces le dije: "¡Oh mi generoso señor! Líbrame de un peso que me abruma y de una tristeza que me aflige. ¿Por qué has comido con la mano izquierda? ¿Sufres alguna enfermedad en tu mano derecha? Y al oírlo el mancebo, me miró y recitó estas estrofas:

¡No preguntes por los sufrimientos y dolores de mi alma! ¡Conocerías mi mal!
¡Y sobre todo, no preguntes si soy feliz! ¡Lo fui! ¡Pero hace tiempo! ¡Desde entonces, todo ha cambiado! ¡Y contra lo inevitable no hay más que invocar la cordura!

Después sacó el brazo derecho de la manga del ropón, y vi que la mano estaba cortada, pues aquel brazo terminaba en un muñón. Y me quedé asombrado profundamente., Pero él me dijo: "¡No te asombres tanto! Y sobre todo, no creas que he comido con la mano izquierda por falta de consideración a tu persona, pues ya ves que ha sido por tener cortada la derecha. Y el motivo de ello no puede ser más sorprendente". Entonces le pregunté: "¿Y cuál fué la causa?" Y el joven suspiró, se le llenaron de lágrimas los ojos, y dijo:

"Sabe que yo soy de Bagdad. Mi padre era uno de los principales personajes entre los personajes. Y yo, hasta llegar a la edad de hombre, pude oír los relatos de los viajeros, peregrinos y mercaderes que en casa de mi padre nos contaban las maravillas de los países egipcios.

Y retuve en la memoria todos esos relatos, admirándolos en secreto, hasta que falleció mi padre. Entonces cogí cuantas riquezas pude reunir, y mucho dinero, y compré gran cantidad de mercancías en telas de Bagdad y de Mossul, y otras muchas de alto precio y excelente clase; lo empaqueté todo y salí de Bagdad. Y como estaba escrito por Alah que había de llegar sano y salvo al término de mi viaje, no tardé en hallarme en esta ciudad de El Cairo, que es tu ciudad".

Pero en este momento el joven se echó a llorar y recitó estas estrofas:

¡A veces el ciego, el ciego de nacimiento, sabe sortear la zanja donde cae el que tiene buenos ojos!
¡A veces el insensato sabe callar las palabras que pronunciadas por el sabio, son la perdición del sabio!
¡A veces el hombre piadoso y creyente sufre desventuras, mientras que el loco, el impío, alcanza la felicidad!
¡Así, pues, conozca el hombre su impotencia! ¡La fatalidad es la única reina del mundo!

Terminados los versos, siguió en esta forma su relación:

"Entré, pues, en El Cairo, y fui al Khan Serur, deshice mis paquetes, descargué mis camellos y puse las mercancías en un local que alquilé para almacenarlas. Después di dinero a mi criado para que comprase comida, dormí en seguida un rato, y al despertarme salí a dar una vuelta por Bain Al-Kasrein, regresando después al Khan Serur, en donde pasé la noche.

Cuando me desperté por la mañana, dije para mí, desliando un paquete de telas: "Voy a llevar esta tela al zoco y a enterarme de cómo van las compras". Cargué las telas en los hombros de un criado, y me dirigí al zoco, para llegar al centro de los negocios, un gran edificio rodeado de pórticos y de tiendas de todas clases y de fuentes. Ya sabes que allí suelen estar los corredores, y que aquel sitio se llama la kaisariat Guergués.

Cuando llegué, todos los corredores, avisados de mi viaje, me rodearon, y yo les di las telas, y salieron en todas direcciones a ofrecer mis géneros a los principales compradores de los zocos. Pero al volver me dijeron que el precio ofrecido por mis mercaderías no alcanzaba al que yo había pagado por ellas ni a los gastos desde Bagdad hasta El Cairo.

Y como no sabía qué hacer, el jeique principal de los corredores me dijo: "Yo sé el medio de que debes valerte para que ganes algo. Es sencillamente que hagas lo que hacen todos los mercaderes. Vender al por menor tus mercaderías a los comerciantes con tienda abierta, por tiempo determinado, ante testigos y por escrito, que firmaréis ambos, con intervención de un cambiante. Y así, todos los lunes y todos los jueves cobraréis el dinero que te corresponda. Y de este modo, cada dracma te producirá dos dracmas y a veces más. Y durante este tiempo tendrás lugar de visitar El Cairo y de admirar el Nilo".

Al oír estas palabras, dije: "Es en verdad una idea excelente". Y en seguida reuní a los pregoneros y corredores y marché con ellos al Khan Serur y les di todas las mercaderías, que llevaron a la kaisariat. Y lo vendí todo al por menor a los mercaderes, después que se escribieron las cláusulas de una y otra parte, ante testigos, con intervención de un cambista de la kaisariat.

Despachado este asunto, volví al Khan, permaneciendo allí tranquilo, sin privarme de ningún placer ni escatimar ningún gasto. Todos los días comía magníficamente, siempre con la copa de vino encima del mantel. Y nunca faltaba en mi mesa buena carne de carnero; dulces y confituras de todas clases. Y así seguí hasta que llegó el mes en que debía cobrar con regularidad mis ganancias. En efecto, desde la primera semana de aquel mes, cobré como es debido mi dinero. Y los jueves y los lunes me iba a sentar en la tienda de alguno de los deudores míos, y el cambista y el escribano público recorrían cada una de las tiendas, recogían el dinero y me lo entregaban.

Y fue en mí una costumbre el ir a sentarme, ya en una tienda, ya en otra. Pero un día, después de salir del hammam, descansé un rato, almorcé un pollo, bebí algunas copas de vino, me lavé en seguida las manos, me perfumé con esencias aromáticas y me fui al barrio de la kaisariat Guergués, para sentarme en la tienda de un vendedor de telas llamado Badreddin Al-Bostaní. Cuando me hubo visto me recibió con gran consideración y cordialidad, y estuvimos hablando una hora.

Pero mientras conversábamos vimos llegar una mujer con un largo velo de seda azul. Y entró en la tienda para comprar géneros, y se sentó a mi lado en un taburete. Y el velo, que le cubría la cabeza y le tapaba ligeramente el rostro, estaba echado a un lado, y exhalaba delicados aromas y perfumes. Y la negrura de sus pupilas, bajo el velo, asesinaba las almas y arrebataba la razón. Se sentó y saludó a Badreddin, que después de corresponder a su salutación de paz, se quedó de pie ante ella, y empezó a hablar, mostrándole telas de varias clases y yo, al oír la voz de la dama tan llena de encanto y tan dulce, sentí que el amor apuñalaba mi hígado.

Pero la dama, después de examinar algunas telas, que no le parecieron bastante lujosas, dijo a Badreddin: "¿No tendrías por casualidad una pieza de seda blanca tejida con hilos de oro puro?" Y Badreddin fué al fondo de la tienda, abrió un armario pequeño, y de un montón de varias piezas de tela sacó una de seda blanca tejida con hilos de oro puro, y luego la desdobló delante de la joven. Y ella la encontró muy a su gusto y a su conveniencia, y le dijo al mercader: "Como no llevo dinero encima, creo que me la podré llevar, como otras veces, y en cuanto llegue a casa te enviaré el importe".

Pero el mercader le dijo: "¡Oh mi señora! No es posible por esta vez, porque esa tela no es mía, sino del comerciante que está ahí sentado, y me he comprometido a pagarle hoy mismo". Entonces sus ojos lanzaron miradas de indignación, y dijo: "Pero desgraciado, ¿no sabes que tengo la costumbre de comprarte las telas más caras y pagarte más de lo que me pides? ¿No sabes que nunca he dejado de enviarte su importe inmediatamente?" Y el mercader contestó: "Ciertamente, ¡oh mi señora! Pero hoy tengo que pagar ese dinero en seguida". Y entonces la dama cogió la pieza de tela, se la tiró a la cara al mercader, y le dijo: "¡Todos sois lo mismo en tu maldita corporación!" Y levantándose airada, volvió la espalda para salir.

Pero yo comprendí que mi alma se iba con ella, me levanté apresuradamente, y le dije: "¡Oh mi señora! Concédeme la gracia de volverte un poco hacia mí, y desandar generosamente tus pasos". Entonces ella volvió su rostro hacia donde yo estaba, sonrió discretamente, y me dijo: "Consiento en pisar otra vez esta tienda, pero es sólo en obsequio tuyo". Y se sentó en la tienda frente a mí.

Entonces volviéndome hacia Badreddin le dije: "¿Cuál es el precio de esta tela?"

Badreddin contestó: "Mil cien dracmas". Y yo después: "Está bien. Te pagaré además cien dracmas de ganancia. Trae un papel para que te dé el precio por escrito".

Y cogí la pieza de seda tejida con oro, y a cambio le di el precio por escrito, y luego entregué la tela a la dama, diciéndole: "Tómala, y puedes irte sin que te preocupe el precio, pues ya me lo pagarás cuando gustes. Y para esto te bastará venir un día entre los días a buscarme en el zoco, donde siempre estoy sentado en una o en otra tienda. Y si quieres honrarme aceptándola como homenaje mío, te pertenece desde ahora".

Entonces me contestó: "¡Alah te lo premie con toda clase de favores! ¡Ojalá alcances todas las riquezas que me pertenecen, convirtiéndote en mi dueño y en corona de mi cabeza! ¡Así oiga Alah mi ruego!"

Yo le repliqué: "¡Oh señora mía, acepta, pues, esta pieza de seda! ¡Y que no sea esta sola! Pero te ruego que me otorgues el favor de que admire un instante el rostro que me ocultas". Entonces se levantó el finísimo velo que le cubría la parte inferior de la cara y no dejaba ver más que los ojos.

Vi aquel rostro de bendición, y esta sola mirada bastó para aturdirme, avivar el amor en mi alma y arrebatarme la razón. Pero ella se apresuró a bajar el velo, cogió la tela, y me dijo: "¡Oh dueño mío, que no dure mucho tu ausencia, o moriré desolada!" Y después se marchó. Y yo me quedé solo con el mercader, hasta la puesta de sol. Y me hallaba como si hubiese perdido la razón y el sentido, dominado en absoluto por la locura de aquella pasión tan repentina. Y la violencia de este sentimiento hizo que me arriesgase a preguntar al mercader respecto a aquella dama. Y antes de levantarme para irme, le dije: "¿Sabes quién es esa dama?" Y me contestó: "Claro que sí. Es una dama muy rica. Su padre fué un emir ilustre, que murió dejándole muchos bienes y riquezas".

Entonces me despedí del mercader y me marché, para volver al Khan Serur, donde me alojaba. Y mis criados me sirvieron de comer; pero yo pensaba en ella, y no pude probar bocado. Me eché a dormir; pero el sueño huía de mi persona, y pasé toda la noche en vela, hasta por la mañana.

Entonces me levanté, me puse un traje más lujoso todavía que el de la víspera, bebí una copa de vino, me desayuné con un buen plato, y volví a la tienda del mercader, a quien hube de saludar, sentándome en el sitio de costumbre. Y apenas había tomado asiento, vi llegar a la joven, acompañada de una esclava. Entró, se sentó y me saludó, sin dirigir el menor saludo de paz a Badreddin. Y con su voz tan dulce y su incomparable modo de hablar, me dijo: "Esperaba que hubieses enviado a alguien a mi casa para cobrar los mil doscientos dracmas que importa la pieza de seda". A lo cual contesté: "¿Por qué tanta prisa, si a mí no me corre ninguna?" Y ella me dijo: "Eres muy generoso; pero yo no quiero que por mí pierdas nada". Y acabó por dejar en mi mano el importe de la tela no obstante mi oposición. Y empezamos a hablar. Y de pronto me decidí a expresarle por señas la intensidad de mi sentimiento.

Pero inmediatamente se levantó, y se alejó a buen paso, despidiéndose por pura cortesía. Y sin poder sostenerme, abandoné la tienda, y la fui siguiendo hasta que salimos del zoco. Y la perdí de vista; pero se me acercó una muchacha, cuyo velo no me permitía adivinar quién fuese, y me dijo: "¡Oh mi señor! Ven a ver a mi señora, que quiere hablarte". Entonces, muy sorprendido, le dije: "¡Pero si aquí nadie me conoce!" Y la muchacha replicó: "¡Oh cuán escasa es tu memoria! ¿No recuerdas a la sierva que has visto ahora mismo en el zoco, con su señora, en la tienda de Badreddin?"

Entonces eché a andar detrás de ella, hasta que vi a su señora en una esquina de la calle de los Cambios.

Cuando ella me vió, se acercó a mí rápidamente, y llevándome a un rincón de la calle, me dijo: "¡Ojo de mi vida! Sabe que con tu amor llenas todo mi pensamiento y mi alma. Y desde la hora que te vi, ni disfruto del sueño reparador, ni como, ni bebo". Y yo le contesté: "A mí me pasa igual; pero la dicha que ahora gozo me impide quejarme". Y ella dijo: "¡Ojo de mi vida! ¿Vas a venir a mi casa, o iré yo a la tuya?" Yo repuse: "Soy forastero, y no dispongo de otro lugar que el Khan, en donde hay demasiada gente. Por lo tanto, si tienes bastante confianza en mi cariño para recibirme en tu casa, colmarás mi felicidad". Y ella respondió: "Cierto que sí, pero esta noche es la noche del viernes y no puedo recibirte... Pero mañana, después de la oración del mediodía, monta en tu borrico, y pregunta por el barrio de Habbanía, y cuando llegues a él, averigua la casa de Barakat, el que fué gobernador, conocido por Aby-Schama. Allí vivo yo. Y no dejes de ir, que te estaré esperando".

Yo estaba loco de alegría; después nos separamos. Volví al Khan Serur, en donde habitaba, y no pude dormir en toda la noche. Pero al amanecer me apresuré a levantarme, y me puse un traje nuevo, perfumándome con los más suaves aromas, y me proveí de cincuenta dinares de oro, que guardé en un pañuelo. Salí del Khan Serur, y me dirigí hacia el lugar llamado Bab-Zauilat, alquilando allí un borrico, y le dije al burrero: "Vamos al barrio de Habbanía". Y me llevó en muy escaso tiempo, llegando a una calle llamada Darb Al-Monkari, y dije al burrero: "Pregunta en esta calle por la casa del nakib[1] Aby-Schama". El burrero se fué, y volvió a los pocos momentos con las señas pedidas, y me dijo: "Puedes apearte". Entonces eché pie a tierra, y le dije: "Ve adelante para enseñarme el camino". Y me llevó a la casa, entonces le ordené: "Mañana por la mañana volverás aquí para llevarme de nuevo al Khan". Y el hombre me contestó que así lo haría. Entonces le di un cuarto de dinar de oro, y cogiéndolo, se lo llevó a los labios, y después a la frente, para darme las gracias, marchándose en seguida.

Llamé entonces a la puerta de la casa. Me abrieron dos jovencitas, dos vírgenes de pechos firmes y blancos, redondos como lunas, y me dijeron: "Entra, ¡oh señor! nuestra ama te aguarda impaciente. No duerme por las noches a causa de la pasión que le inspiras".

Entré en un patio, y vi un soberbio edificio con siete puertas; y aparecía toda la fachada llena de ventanas, que daban a un inmenso jardín. Este jardín encerraba todas las maravillas de árboles frutales y de flores; lo regaban arroyos y lo encantaba el gorjeo de las aves. La casa era toda de mármol blanco, tan diáfano y pulimentado, que reflejaba la imagen de quien lo miraba, y los artesonados interiores estaban cubiertos de oro y rodeados de inscripciones y dibujos de distintas formas. Todo su pavimento era de mármol muy rico y de fresco mosaico. En medio de la sala hallábase una fuente incrustada de perlas y pedrerías. Alfombras de seda cubrían los suelos, tapices admirables colgaban de los muros, y en cuanto a los muebles, el lenguaje y la escritura más elocuentes no podrían describirlos.

A los pocos momentos de entrar y sentarme...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Notas del traductorEditar

  1. Nakib: gobernador de una provincia


Las mil y una noches
Pero cuando llegó la 26ª noche
 de Anónimo


PERO CUANDO LLEGO LA 26ª NOCHE


Ella dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el mercader prosiguió así su historia al corredor copto de El Cairo, el cual se la contaba al sultán de aquella ciudad de la China:

"Vi que se me acercaba la joven, adornada con perlas y pedrería, luminosa la cara y asesinos los negros ojos. Me sonrió, me cogió entre sus brazos, y me estrechó contra ella. Enseguida juntó sus labios con los míos, y gustó de mi lengua con la suya. Y yo hice lo propio.

Y ella me dijo: "¿Es cierto que te tengo aquí o es un sueño?" Yo respondí: "¡Soy tu esclavo!" Y ella dijo: "¡Hoy es un día de bendición! ¡Por Alah! ¡Ya no vivía, ni podía disfrutar comiendo y bebiendo!" Yo contesté: "Y yo igualmente". Luego nos sentamos, y yo, confundido por aquel modo de recibirme, no levantaba la cabeza.

Pero pusieron el mantel y nos presentaron platos exquisitos: carnes asadas, pollos rellenos y pasteles de todas clases. Y ambos comimos hasta saciarnos, y ella me ponía los manjares en la boca, invitándome cada vez con dulces palabras y miradas insinuantes. Después me presentaron el jarro y la palangana de cobre, y me lavé las manos, y ella también, y nos perfumamos con agua de rosas y almizcle, y nos sentamos para departir.

Entonces ella empezó a contarme sus penas, y yo hice lo mismo. Y con esto me enamoré todavía más. Y en seguida empezamos con mimos y juegos, y nos estuvimos besando y haciéndonos mil caricias, hasta que anocheció. Pero no sería de ninguna utilidad detallarlos. Después nos fuimos al lecho, y permanecimos enlazados hasta la mañana. Y lo demás, con sus pormenores, pertenece al misterio.

A la mañana siguiente me levanté, puse disimuladamente debajo de la almohada el bolsillo con los cincuenta dinares de oro, me despedí de la joven, y me dispuse a salir. Pero ella se echó a llorar, y me dijo: "¡Oh dueño mío! ¿Cuándo volveré a ver tu hermoso rostro?" Y yo le dije: "Volveré esta misma noche".

Y al salir encontré a la puerta al borrico que me condujo la víspera, y allí estaba también el burrero esperándome. Monté en el burro, y llegué al khan Serur, donde hube de apearme, y dando medio dinar de oro al burrero, le dije: "Vuelve aquí al anochecer". Y me contestó: "Tus órdenes están sobre mi cabeza". Entré entonces en el khan y almorcé. Después salí para recoger de casa de los mercaderes el importe de mis géneros. Cobré las cantidades, regresé a casa, dispuse que preparasen un carnero asado, compré dulces, y llamé a un mandadero, al cual di las señas de la casa de la joven, pagándole por adelantado y ordenándole que llevara todas aquellas cosas. Y yo seguí ocupado en mis negocios hasta la noche, y cuando vino a buscarme el burrero, cogí cincuenta dinares de oro, que guardé en un pañuelo, y salí.

Al entrar en la casa pude ver que todo lo habían limpiado, lavado el suelo, brillante la batería de cocina, preparados los candelabros, encendidos los faroles, prontos los manjares y escanciados los vinos y demás bebidas. Y ella, al verme, se echó en mis brazos, y acariciándome me dijo: "¡Por Alah! ¡Cuánto te deseo!" Y después nos pusimos a comer avellanas y nueces hasta media noche. Entonces nos enlazamos hasta por la mañana. Y me levanté, puse los cincuenta dinares de oro en el sitio de costumbre, y me fuí.

Monté en el borrico, me dirigí al khan, y allí estuve durmiendo. Al anochecer me levanté y dispuse que el cocinero del khan preparase la comida: un plato de arroz saltado con manteca y aderezado con nueces y almendras, y otro plato de cotufas fritas, con varias cosas más. Luego compré flores, frutas y varias clases de almendras, y las envié a casa de mi amada. Y cogiendo cincuenta dinares de oro, los puse en un pañuelo y salí. Y aquella noche me sucedió con la joven lo que estaba escrito que sucediese.

Y siguiendo de este modo acabé por arruinarme en absoluto, y ya no poseía un dinar, ni siquiera un dracma. Entonces dije para mí que todo ello había sido obra del Cheitán. Y recité las siguientes estrofas:

¡Si la fortuna abandonase al rico, lo veréis empobrecerse y extinguirse sin Gloria, como el sol que amarillea al ponerse!
¡Y al desaparecer, su recuerdo se borra para siempre de todas las memorias! ¡Y si vuelve algún día, la suerte no le sonreirá nunca!
¡Ha de darle vergüenza presentarse en las calles! ¡Y a solas consigo mismo, derramará todas las lágrimas de sus ojos!
¡Oh Alah! ¡El hombre nada puede esperar de sus amigos, porque si cae en la miseria, hasta sus parientes renegarán de él!

Y no sabiendo qué hacer, dominado por tristes pensamientos, salí del khan para pasear un poco, y llegué a la plaza de Bain Al-Kasraín, cerca de la puerta de Zauilat. Allí vi un gentío enorme que llenaba toda la plaza, por ser día de fiesta y de feria. Me confundí entre la muchedumbre, y por decreto del Destino hallé a mi lado un jinete muy bien vestido.

Como la gente aumentaba, me apretaron contra él, y precisamente mi mano se encontró pegada a su bolsillo, y noté que el bolsillo contenía un paquetito redondo. Entonces metí rápidamente la mano y saqué el paquetito; pero no tuve bastante destreza para que él no lo notase. Porque el jinete comprobó por la disminución de peso que le había vaciado el bolsillo. Volviose iracundo, blandiendo la maza de armas, y me asestó un golpazo en la cabeza. Caí al suelo, y me rodeó un corro de personas, algunas de las cuales impidieron que se repitiera la agresión cogiendo al caballo de la brida y diciendo al jinete: "¿No te da vergüenza aprovecharte de las apreturas para pegar a un hombre indefenso?" Pero él dijo: "¡Sabed todos que ese individuo es un ladrón!"

En aquel momento volví en mí del desmayo en que me encontraba, y oí que la gente decía: "¡No puede ser! Este joven tiene sobrada distinción para dedicarse al robo". Y todos discutían si yo habría o no robado, y cada vez era mayor la disputa. Hube de verme al fin arrastrado por la muchedumbre, y quizá habría podido escapar de aquel jinete, que no quería soltarme, cuando, por decreto del Destino, acertaron a pasar por allí el walí y su guardia, que atravesando la puerta de Zauilat, se aproximaron al grupo en que nos encontrábamos. Y el walí preguntó: "¿Qué es lo que pasa?" Y contestó el jinete: "¡Por Alah! ¡Oh Emir! He aquí a un ladrón. Llevaba yo un bolsillo azul con veinte dinares de oro, y entre las apreturas ha encontrado manera de quitármelo". Y el walí preguntó al jinete: "¿Tienes algún testigo?" Y el jinete contestó: "No tengo ninguno". Entonces el walí llamó al mokadem, jefe de policía, y le dijo: "Apodérate de ese hombre y regístralo". Y el mokadem me echó mano, porque ya no me protegía Alah, y me despojó de toda la ropa, acabando por encontrar el bolsillo, que era efectivamente de seda azul. El walí lo cogió y contó el dinero, resultando que contenía exactamente los veinte dinares de oro, según el jinete había afirmado.

Entonces el walí llamó a sus guardias, y les dijo: "Traed acá a ese hombre". Y me pusieron en sus manos, y me dijo: "Es necesario declarar la verdad. Dime si confiesas haber robado este bolsillo". Y yo, avergonzado, bajé la cabeza y reflexioné un momento diciendo entre mí: "Si digo que no he sido yo no me creerán, pues acaban de encontrarme el bolsillo encima, y si digo que lo he robado, me pierdo". Pero acabé por decidirme, y contesté: "Sí, lo he robado".

Al oírme quedó sorprendido el walí, y llamó a los testigos, para que oyesen mis palabras, mandándome que las repitiese ante ellos. Y ocurrió todo aquello en la Bab-Zauilat.

El walí mandó entonces al porta alfanje que me cortase la mano, según la ley contra los ladrones. Y el porta alfanje me cortó inmediatamente la mano derecha. Y el jinete se compadeció de mí e intercedió con el walí para que no me cortasen la otra mano. Y el walí le concedió esa gracia y se alejó. Y la gente me tuvo lástima, y me dieron un vaso de vino para infundirme alientos, pues había perdido mucha sangre, y me hallaba muy débil. En cuanto al jinete, se acercó a mí, me alargó el bolsillo y me lo puso en la mano, diciendo: "Eres un joven bien educado, y no se hizo para ti el oficio de ladrón". Y dicho esto se alejó, después de haberme obligado a aceptar el bolsillo. Y yo me marché también, envolviéndome el brazo con un pañuelo y tapándolo con la manga del ropón. Y me había quedado muy pálido y muy triste a consecuencia de lo ocurrido.

Sin darme cuenta me fui hacia la casa de mi amiga. Y al llegar, me tendí extenuado en el lecho.

Pero ella, al ver mi palidez y mi decaimiento, me dijo: "¿Qué te pasa? ¿Cómo estás tan pálido?" Y yo contesté: "Me duele mucho la cabeza; no me encuentro bien". Entonces, muy entristecida, me dijo: "¡Oh dueño mío! ¡No me abrases el corazón! Levanta un peco la cabeza hacia mí, te lo ruego, ¡ojo de mi vida! y dime lo que te ha ocurrido. Porque adivino en tu rostro muchas cosas". Pero yo dije: "¡Por favor! Ahórrame la pena de contestarte".

Ella, echándose a llorar, replicó: "¡Ya veo que te cansaste de mí, pues no estás conmigo como de costumbre!" ¡Y derramó abundantes lágrimas mezcladas con suspiros, y de cuando en cuando interrumpía sus lamentos para dirigirme preguntas, que quedaban sin respuesta, y así estuvimos hasta la noche. Entonces nos trajeron de comer, y nos presentaron los manjares como solían. Pero yo guardé muy bien de aceptar, pues me habría avergonzado coger los alimentos con la mano izquierda, y temía que me preguntase el motivo de ello. Y por lo tanto exclamé: "No tengo ningún apetito ahora". Y ella dijo: "Ya ves como tenía razón. Entérame de lo que te ha pasado, y por qué estás tan afligido y con luto en el alma y en el corazón".

Entonces acabé por decirle: "Te lo contaré todo, pero poco a poco, por partes. Y ella, alargándome una copa de vino, repuso: "¡Vamos, hijo mío! Déjate de pensamientos tristes. Con esto se cura la melancolía. Bebe este vino, y confíame la causa de tus penas". Y yo le dije: "Si te empeñas, dame tú misma de beber con tu mano". Y ella acercó la copa a mis labios, inclinándola con suavidad, y me dió de beber. Después la llenó de nuevo, y me la acercó otra vez. Hice un esfuerzo, tendí la mano izquierda y cogí la copa. Pero no pude contener las lágrimas y rompí a llorar...

Y cuando ella me vió llorar, tampoco pudo contenerse, me cogió la cabeza con ambas manos, y dijo: "¡Oh, por favor! ¡Dime el motivo de tu llanto! ¡Me estás abrasando el corazón! Dime también por qué tomaste la copa con la mano izquierda". Y yo le contesté: "Tengo un tumor en la derecha". Y ella replicó: "Enséñamelo; lo sanaremos, y te aliviarás". Y yo respondí: "No es el momento oportuno para tal operación. No insistas, porque estoy resuelto a no sacar la mano". Vacié por completo la copa, y seguí bebiendo cada vez que ella me la ofrecía, hasta que me poseyó la embriaguez, madre del olvido. Y tendiéndome en el mismo sitio en que me hallaba, me dormí.

Al día siguiente, cuando me desperté, vi que me había preparado el almuerzo: cuatro pollos cocinados, caldo de gallina y vino abundante. De todo me ofreció, y comí y bebí, y después quise despedirme y marcharme. Pero ella me dijo: "¿Adónde piensas ir?" Y yo contesté: "A cualquier sitio en que pueda distraerme y olvidar las penas que me oprimen el corazón". Y ella me dijo: "¡Oh, no te vayas! ¡Quédate un poco más!" Y yo me senté, y ella me dirigió una intensa mirada, y me dijo: "Ojo de mi vida, ¿qué locura te aqueja? Por mi amor te has arruinado. Además, adivino que tengo también la culpa de que hayas perdido la mano derecha. Tu sueño me ha hecho descubrir tu desgracia. Pero ¡por Alah! jamás me separaré de ti. Y quiero casarme contigo legalmente".

Y mandó llamar a los testigos, y les dijo: "Sed testigos de mi casamiento con este joven. Vais a redactar el contrato de matrimonio, haciendo constar que me ha entregado la dote".

Los testigos redactaron nuestro contrato de matrimonio. Y ella les dijo: "Sed testigos asimismo de que todas las riquezas que me pertenecen, y que están en esa arca que veis, así como cuanto poseo, es desde ahora propiedad de este joven". Y los testigos lo hicieron constar, y levantaron un acta de su declaración, así como de que yo aceptaba, y se fueron después de haber cobrado sus honorarios.

Entonces la joven me cogió de la mano, y me llevó frente a un armario, lo abrió y me enseñó un gran cajón, que abrió también, y me dijo: "Mira lo que hay en esa caja". Y al examinarla, vi que estaba llena de pañuelos, cada uno de los cuales formaba un paquetito. Y me dijo: "Todo esto son los bienes que durante el transcurso del tiempo fui aceptando de ti. Cada vez que me dabas un pañuelo con cincuenta dinares de oro, tenía yo buen cuidado de guardarlo muy oculto en esa caja. Ahora recobra lo tuyo. Alah te lo tenía reservado y lo había escrito en tu Destino. Hoy te protege Alah, y me eligió para realizar lo que él había escrito. Pero por causa mía perdiste la mano derecha, y no puedo corresponder como es debido a tu amor ni a tu adhesión a mi persona, pues no bastaría aunque para ello sacrificase mi alma". Y añadió: "Toma posesión de tus bienes". Y yo mandé fabricar una nueva caja, en la cual metí uno por uno los paquetes que iba sacando del armario de la joven.

Me levanté entonces y la estreché en mis brazos. Y siguió diciéndome las palabras más gratas y lamentando lo poco que podía hacer por mí en comparación de lo que yo había hecho por ella. Después, queriendo colmar cuanto había hecho, se levantó e inscribió a mi nombre todas las alhajas y ropas de lujo que poseía, así como sus valores, terrenos y fincas, certificándolo con su sello y ante testigos.

Y aquella noche, a pesar de los transportes de amor a que nos entregamos, se durmió muy entristecida por la desgracia que me había ocurrido por su causa.

Y desde aquel momento no dejó de lamentarse y afligirse de tal modo, que al cabo de un mes se apoderó de ella un decaimiento que se fué acentuando y se agravó, hasta el punto de que murió a los cincuenta días.

Entonces dispuse todos los preparativos de los funerales, y yo mismo la deposité en la sepultura y mandé verificar cuantas ceremonias preceden al entierro. Al regresar del cementerio entré en la casa y examiné todos sus legados y donaciones, y vi que entre otras cosas me había dejado grandes almacenes llenos de sésamo. Precisamente de este sésamo cuya venta te encargué, ¡oh mi señor! por lo cual te aviniste a aceptar un escaso corretaje, muy inferior a tus méritos.

Y esos viajes que he realizado y que te asombraban eran indispensables para liquidar cuanto ella me ha dejado, y ahora mismo acabo de cobrar todo el dinero y arreglar otras cosas.

Te ruego, pues, que no rechaces la gratificación que quiero ofrecerte, ¡ oh tú que me das hospitalidad en tu casa y me invitas a compartir tus manjares! Me harás un favor aceptando todo el dinero que has guardado, y que cobraste por la venta del sésamo.

Y tal es mi historia, y la causa de que coma siempre con la mano izquierda.

Entonces yo, ¡oh poderoso rey! dijo al joven: "En verdad que me colmas de favores y beneficios". Y me contestó: "Eso no vale nada. ¿Quieres ahora, ¡oh excelente corredor! acompañarme a mi tierra, que, como sabes, es Bagdad? Acabo de hacer importantes compras de géneros en El Cairo, y pienso venderlos con mucha ganancia en Bagdad. ¿Quieres ser mi compañero de viaje y mi socio en las ganancias?" Y contesté: "Pongo tus deseos sobre mis ojos". Y determinamos que partiríamos a fin de mes.

Mientras tanto, me ocupé en vender sin pérdida ninguna todo lo que poseía, y con el dinero que aquello me produjo compré también muchos géneros. Y partí con el joven hacia Bagdad, y desde allí, después de obtener ganancias cuantiosas y comprar otras mercancías, nos encaminamos a este país que gobiernas, ¡oh rey de los siglos!

Y el joven vendió aquí todos sus géneros y ha marchado de nuevo a Egipto, y me disponía a reunirme con él, cuando me ha ocurrido esta aventura con el jorobado, debida a mi desconocimiento del país, pues soy un extranjero que viaja para realizar sus negocios.

Tal es, ¡oh rey de los siglos! la historia, que juzgo más extraordinaria que la del jorobado".

Pero el rey contestó: "Pues a mí no me lo parece. Y voy a mandar que os ahorquen a todos, para que paguéis el crimen cometido en la persona de mi bufón, este pobre jorobado a quien matasteis".

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana v se calló discretamente.


Las mil y una noches
Relato del intendente del rey de la China
 de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 27ª NOCHE


Ella dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que cuando el rey de la China dijo: "Voy a mandar que os ahorquen a todos", el intendente dió un paso, prosternándose ante el rey, y dijo: "Si me lo permites, te contaré una historia que ha ocurrido hace pocos días, y que es más sorprendente y maravillosa que la del jorobado. Si así lo crees después de haberla oído, nos indultarás a todos". El rey de la China dijo: "¡Así sea!" Y el intendente contó lo que sigue:


RELATO DEL INTENDENTE DEL REY DE LA CHINAEditar

"Sabe, ¡oh rey de los siglos y del tiempo! que la noche última me convidaron a una comida de boda a la cual asistían los sabios versados en el Libro de la Nobleza. Terminada la lectura del Corán, se tendió el mantel, se colocaron los manjares y se trató todo lo necesario para el festín.

Pero entre otros comestibles, había un plato de arroz preparado con ajos, que se llama rozbaja, y que es delicioso si está en su punto el arroz y se han dosificado bien los ajos y especias que lo sazonan. Todos empezamos a comerlo con gran apetito, excepto uno de los convidados, que se negó rotundamente a tocar este plato de rozbaja. Y como le instábamos a que lo probase, juró que no haría tal cosa. Entonces repetimos nuestro ruego, pero él nos dijo: "Por favor, no me apremiéis de ese modo. Bastante lo pagué una vez que tuve la desgracia de probarlo". Y recitó esta estrofa:

¡Si no quieres tratarte con el que fue tú amigo y deseas evitar su saludo, no pierdas el tiempo en inventar estratagemas: huye de él!

Entonces no quisimos insistir más. Pero le preguntamos: "¡Por Alah! ¿Cuál es la causa que te impide probar este delicioso plato de rozbaja?" Y contestó: "He jurado no comer rozbaja sin haberme lavado las manos cuarenta veces seguidas con soda, otras cuarenta con potasa y otras cuarenta con jabón, o sea ciento veinte veces".

Y el amo de la casa mandó a los criados que trajesen inmediatamente agua y las demás cosas que había pedido el convidado. Y después de lavarse se sentó de nuevo el convidado, y aunque no muy a gusto, tendió la mano hacia el plato en que todos comíamos, y trémulo y vacilante empezó a comer. Mucho nos sorprendió aquello, pero más nos sorprendimos cuando al mirar su mano vimos que sólo tenía cuatro dedos, pues carecía del pulgar. Y el convidado no comía más que con cuatro dedos. Entonces le dijimos: "¡Por Alah sobre ti! Dinos por qué no tienes pulgar. ¿Es una deformidad de nacimiento, obra de Alah, o has sido víctima de algún accidente?"

Y entonces contestó: "Hermanos, aun no lo habéis visto todo. No me falta un pulgar, sino los dos, pues tampoco le tengo en la mano izquierda. Y además, en cada pie me falta otro dedo. Ahora lo vais a ver". Y nos enseñó la otra mano, y descubrió ambos pies, y vimos que, efectivamente, no tenía más que cuatro dedos en cada uno. Entonces aumentó nuestro asombro, y le dijimos: "Hemos llegado al límite de la impaciencia, y deseamos averiguar la causa de que perdieras los dos pulgares y esos otros dos dedos de los pies, así como el motivo de que te hayas lavado las manos ciento veinte veces seguidas".

Entonces nos refirió lo siguiente:

"Sabed, ¡oh todos vosotros! que mi padre era un mercader entre los grandes mercaderes, el principal de los mercaderes de la ciudad de Bagdad en tiempo del califa Harún Al-Raschid. Y eran sus delicias el vino en las copas, los perfumes de las flores, las flores en su tallo, cantoras y danzarinas, los negros ojos y las propietarias de estos ojos. Así es que cuando murió no me dejó dinero, porque todo lo había gastado. Pero como era mi padre, le hice un entierro según su rango, di festines fúnebres en honor suyo, y le llevé luto días y noches. Después fui a la tienda que había sido suya, la abrí, y no hallé nada que tuviese valor; al contrario, supe que dejaba muchas deudas. Entonces fui a buscar a los acreedores de mi padre, rogándoles que tuviesen paciencia, y los tranquilicé lo mejor que pude. Después me puse a vender y comprar, y a pagar las deudas, semana por semana, conforme a mis ganancias. Y no dejé de proceder del mismo modo hasta que pagué todas las deudas y acrecenté mi capital con mis legítimas ganancias.

Pero un día que estaba yo sentado en mi tienda, vi avanzar montada en una mula torda, un milagro entre los milagros, una joven deslumbrante de hermosura. Delante de ella iba un eunuco y otro detrás. Paró la mula, y a la entrada del zoco se apeó, y penetró en el mercado, seguida de uno de los dos eunucos. Y éste le dijo: "¡Oh mi señora! Por favor, no te dejes ver de los transeúntes. Vas a atraer contra nosotros alguna calamidad. Vámonos de aquí". Y el eunuco quiso llevársela. Pero ella no hizo caso de sus palabras, y estuvo examinando todas las tiendas del zoco, una tras otra, sin que viera ninguna más lujosa ni mejor presentada que la mía. Entonces se dirigió hacia mí, siempre seguida por el eunuco, se sentó en mi tienda y me deseó la paz. Y en mi vida había oído voz más suave, ni palabras más deliciosas. Y la miré, y sólo con verla me sentí turbadísimo, con el corazón arrebatado. Y no pude apartar mis miradas de su semblante, y recité estas dos estrofas:

¡Dí a la Hermosa del velo suave, tan suave como el ala de un palomo!
¡Dile que al pensar en lo que padezco, creo que la muerte me aliviaría!
¡Dile que sea buena un poco nada más! ¡Por ella, para acercarme a sus alas, he renunciado a mi tranquilidad!

Cuando oyó mis versos, me correspondió con los siguientes:

¡He gastado mi corazón amándote! ¡Y este corazón rechaza otros amores!
¡Y si mis ojos viesen alguna vez otra beldad, ya no podrían alegrarse!
¡Juré no arrancar nunca tu amor de mi corazón! ¡Y sin embargo, mi corazón está triste y sediento de tu amor!
¡He bebido en una copa en la cual encontré el amor puro! ¿Por qué no han humedecido tus labios esa copa en que encontré el amor...?

Después me dijo: "¡Oh joven mercader! ¿Tienes telas buenas que enseñarme?" A lo cual contesté: "¡Oh mi señora! Tu esclavo es un pobre mercader, y no posee nada digno de ti. Ten, pues, paciencia, porque como todavía es muy temprano, aun no han abierto las tiendas los demás mercaderes. Y en cuanto abran, iré a comprarles yo mismo los géneros que buscas". Luego estuve conversando con ella, sintiéndome cada vez más enamorado.

Pero cuando los mercaderes abrieron sus establecimientos, me levanté y salí a comprar lo que me había encargado, y el total de las compras, que tomé por mi cuenta, ascendía a cinco mil dracmas. Y todo se lo entregué al eunuco. Y en seguida la joven partió con él, dirigiéndose al sitio donde la esperaba el otro esclavo con la mula. Y yo entré en mi casa embriagado de amor. Me trajeron la comida y no pude comer, pensando siempre en la hermosa joven. Y cuando quise dormir huyó de mí el sueño.

De este modo transcurrió una semana, y los mercaderes me reclamaron el dinero, pero como no volví a saber de la joven, les rogué que tuviesen un poco de paciencia, pidiéndoles otra semana de plazo. Y ellos se avinieron. Y efectivamente, al cabo de la semana vi llegar a la joven, montada en su mula y acompañada por un servidor y los dos eunucos. Y la joven me saludó y me dijo: "¡Oh mi señor! Perdóname que hayamos tardado tanto en pagarte. Pero ahí tienes el dinero. Manda venir a un cambista, para que vea estas monedas de oro". Mandé llamar un cambista, y en seguida uno de los eunucos le entregó el dinero, lo examinó y lo encontró de ley. Entonces tomé el dinero, y estuve hablando con la joven hasta que se abrió el zoco y llegaron los mercaderes a sus tiendas. Y ella me dijo: "Ahora necesito éstas y aquellas cosas. Ve a comprarlas". Y compré por mi cuenta cuanto me había encargado, entregándoselo todo. Y ella lo tomó como la primera vez, y se fué en seguida. Y cuando la vi alejarse, dije para mí: "No entiendo esta amistad que me tiene. Me trae cuatrocientos dinares y se lleva géneros que valen mil. Y se marcha sin decirme siquiera dónde vive. ¡Pero solamente Alah sabe lo que se oculta en un corazón!"

Y así transcurrió todo un mes, cada día más atormentado mi espíritu por estas reflexiones. Y los mercaderes vinieron a reclamarme su dinero en forma tan apremiante, que para tranquilizarlos hube de decirles que iba a vender mi tienda con todos los géneros, y mi casa y todos mis bienes. Me hallé, pues, próximo a la ruina, y estaba muy afligido, cuando vi a la joven que entraba en el zoco y se dirigía a mi tienda. Y al verla se desvanecieron todas mis zozobras, y hasta olvidé la triste situación en que me había encontrado durante su ausencia. Y ella se me acercó, y con voz llena de dulzura me dijo: "Saca la balanza para pesar el dinero que te traigo". Y me dió, en efecto, cuanto me debía y algo más, en pago de las compras que para ella había hecho.

En seguida se sentó a mi lado y me habló con gran afabilidad, y yo me moría de ventura. Y acabó por decirme: "¿Eres soltero o tienes esposa?" Y yo dije: "¡Por Alah! No tengo ni mujer legítima ni concubina". Y al decirlo, me eché a llorar. Entonces ella me preguntó: "¿Por qué lloras?" Y yo respondí: "Por nada; es que me ha pasado una cosa por la mente". Luego me acerqué a su criado, le di algunos dinares de oro y le rogué que sirviese de mediador, entre ella y mi persona para lo que yo deseaba. Y él se echó a reír, y me dijo: "Sabe que mi señora está enamorada de ti. Pues ninguna necesidad tenía de comprar telas, y sólo las ha comprado para poder hablar contigo y darte a conocer su pasión. Puedes, por lo tanto, dirigirte a ella, seguro de que no te reñirá ni ha de contrariarte".

Y cuando ella iba a despedirse, me vió entregar el dinero al servidor que la acompañaba. Y entonces volvió a sentarse y me sonrió. Y yo le dije: "Otorga a tu esclavo la merced que desea solicitar de ti y perdónale anticipadamente lo que va a decirte". Después le hablé de lo que tenía en mi corazón. Y vi que le agradaba, pues me dijo: "Este esclavo te traerá mi respuesta y te señalará mi voluntad. Haz cuanto te diga que hagas".

Después se levantó y se fué.

Entonces fui a entregar a los mercaderes su dinero con los intereses que les correspondían. En cuanto a mí, desde el instante que dejé de verla perdí todo mi sueño durante todas mis noches. Pero en fin, pasados algunos días, vi llegar al esclavo y lo recibí con solicitud y generosidad, rogándole que me diese noticias. Y él me dijo: "Ha estado enferma estos días". Y yo insistí: "Dame algunos pormenores acerca de ella". Y él respondió: "Esta joven ha sido educada por nuestra ama Zobeida, esposa favorita de Harún Al-Raschid, y ha entrado en su servidumbre. Y nuestra ama Zobeida la quiere como si fuese hija suya, y no le niega nada. Pero el otro día le pidió permiso para salir, diciéndole: "Mi alma desea pasearse un poco y volver en seguida a palacio". Y se le concedió permiso. Y desde aquel día no dejó de salir y de volver a palacio, con tal frecuencia, que acabó por ser expertísima en compras, y se convirtió en la proveedora de nuestra ama Zobeida. Entonces te vió, y le habló de ti a nuestra ama, rogándole que la casase contigo. Y nuestra ama le contestó: "Nada puedo decirte sin conocer a ese joven. Si me convenzo de que te iguala en cualidades, te uniré con él". Pero ahora vengo a decirte que nuestro propósito es que entres en palacio. Y si logramos hacerte entrar sin que nadie se entere, puedes estar seguro de casarte, pero si se descubre te cortarán la cabeza. ¿Qué dices a esto?" Yo respondí: "Que iré contigo". Entonces me dijo: "Apenas llegue la noche, dirígete a la mezquita que Sett-Zobeida ha mandado edificar junto al Tigris. Entra, haz tu oración, y aguárdame". Y yo respondí: "Obedezco, amo y honro".

Y cuando vino la noche fui a la mezquita, entré, me puse a rezar, y pasé allí toda la noche. Pero al amanecer vi, por una de las ventanas que dan al río, que llegaban en una barca unos esclavos llevando dos cajas vacías. Las metieron en la mezquita y se volvieron a su barca.

Pero uno de ellos, que se había quedado detrás de los otros, era el que me había servido de mediador. Y a los pocos momentos vi llegar a la mezquita a mi amada, la dama de Sett-Zobeida. Y corrí a su encuentro, queriendo estrecharla entre mis brazos. Pero ella huyó hacia donde estaban las cajas vacías e hizo una seña al eunuco, que me cogió, y antes de que pudiese defenderme me encerró en una de aquellas cajas. Y en el tiempo que se tarda en abrir un ojo y cerrar el otro, me llevaron ¡al palacio del califa. Y me sacaron de la caja. Me entregaron trajes y efectos que valdrían lo menos cincuenta mil dracmas. Después vi a otras veinte esclavas blancas, todas con pechos de vírgenes. Y en medio de ellas estaba Sett-Zobeida, que no podía moverse de tantos esplendores como llevaba a partir del ombligo.

Y las damas formaban dos filas frente a la sultana.

Yo di un paso y besé la tierra entre sus manos. Entonces me hizo seña de que me sentase, y me senté entre sus manos. En seguida me interrogó acerca de mis negocios, mi parentela y mi linaje, contestándole yo a cuanto me preguntaba. Y pareció muy satisfecha, y dijo: "¡Alah! ¡Yo veo que no he perdido el tiempo criando a esta joven, pues le encuentro un esposo cual éste!" Y añadió: "¡Sabe que la considero como si fuese mi propia hija, y será para ti una esposa sumisa y dulce ante Alah y ante ti!". Y entonces me incliné, besé la tierra y consentí en casarme.

Y Sett-Zobeida me invitó a pasar en el palacio diez días. Y allí permanecí estos diez días, pero sin saber nada de la joven. Y eran otras jóvenes las que me traían el almuerzo y la comida y servían a la mesa.

Transcurrido el plazo indispensable para los preparativos de la boda, Sett-Zobeida rogó al emir de los Creyentes el permiso para la boda. Y el califa, después de dar su venia, regaló a la joven diez mil dinares de oro. Y Sett-Zobeida mandó a buscar al kadí y a los testigos, que escribieron el contrato de matrimonio. Después empezó la fiesta. Se prepararon dulces de todas clases y los manjares de costumbre. Comimos, bebimos y se repartieron platos de comida por toda la ciudad, durando el festín diez días completos. Después llevaron a la joven al hammam para prepararla, según es uso.

Y durante este tiempo se puso la mesa para mí y mis convidados, y se trajeron platos exquisitos, y entre otras cosas, en medio de pollos asados, pasteles de todas clases, rellenos deliciosos y dulces perfumados con almizcle y agua de rosas, había un plato de rozbaja capaz de volver loco al espíritu más equilibrado.

Y yo, ¡por Alah! en cuanto me senté a la mesa, no pude menos de precipitarme sobre este plato de rozbaja y hartarme de él. Después me sequé las manos.

Y así estuve tranquilo hasta la noche. Pero se encendieron las antorchas y llegaron las cantoras y tañedoras de instrumentos. Después se procedió a vestir a la desposada. Y la vistieron siete veces con trajes diferentes, en medio de los cantos y del sonar de los instrumentos. En cuanto al palacio, estaba lleno completamente por una muchedumbre de convidados. Y yo, cuando hubo terminado la ceremonia, entré en el aposento reservado, y me trajeron a la novia, procediendo su servidumbre a despojarla de todos los vestidos, retirándose después.

Cuando la vi toda desnuda y estuvimos solos en nuestro lecho, la cogí entre mis brazos; y tal era mi ventura, que me parecía mentira el poseerla. Pero en este momento notó el olor de mi mano con la cual había comido la rozbaja, y apenas lo notó lanzó un agudo chillido. Inmediatamente acudieron por todas partes las damas de palacio, mientras que yo, trémulo de emoción, no me daba cuenta de la causa de todo aquello. Y le dijeron: "¡Oh hermana nuestra! ¿Qué te ocurre?" Y ella contestó: "¡Por Alah sobre vosotras! ¡Libradme a escape de este estúpido, al cual creí hombre de buenas maneras!" Y yo le pregunté: "¿Y por qué me juzgas estúpido o loco?"

Ella dijo: "¡Insensato! ¡Ya no te quiero, por tu poco juicio y tu mala acción!" y cogió un látigo que estaba cerca de ella, y me azotó con tan fuertes golpes, que perdí el conocimiento. Entonces ella se detuvo, y dijo a las doncellas: "Cogedlo y llevádselo al gobernador de la ciudad, para que le corten la mano con que comió los ajos". Pero ya había yo recobrado el conocimiento, y al oír aquellas palabras, exclamé: "¡No hay poder y fuerza más que en Alah Todopoderoso! ¿Pero por haber comido ajos me han de cortar una mano? ¿Quién ha visto nunca semejante cosa?" Entonces las doncellas empezaron a interceder en mi favor, y le dijeron: "¡Oh hermana, no le castigues esta vez! ¡Concédenos la gracia de perdonarle!" Entonces ella dijo: "Os concedo lo que pedís; no le cortarán la mano, pero de todos modos algo he de cortarle de sus extremidades". Después se fué y me dejó solo.

En cuanto a mí, estuve diez días completamente solo y sin verla. Pero pasados los diez días, vino a buscarme y me dijo: "¡Oh tú, el de la cara ennegrecida!"[1]


¿Tan poca cosa soy para ti, que comiste ajo la noche de la boda? Después llamó a sus siervas y les dijo: "¡Atadle los brazos y las piernas!" Y entonces me ataron los brazos y las piernas, y ella cogió una cuchilla de afeitar bien afilada y me cortó los dos pulgares de las manos y los dedos gordos de ambos pies. Y por eso, ¡oh todos vosotros! me veis sin pulgares en las manos ni en los pies.

En cuanto a mí, caí desmayado. Entonces ella echó en mis heridas polvos de una raíz aromática, y así restañó la sangre. Y yo dije, primero entre mí y luego en alta voz: "¡No volveré a comer rozbaja sin lavarme después las manos cuarenta veces con potasa, cuarenta con soda y cuarenta con jabón!" Y al oírme, me hizo jurar que cumpliría esta promesa, y que no comería rozbaja sin cumplir con exactitud lo que acababa de decir.

Por eso, cuando me apremiabais todos los aquí reunidos a comer de ese plato de rozbaja que hay en la mesa, he palidecido, y me he dicho: "He aquí la rozbaja que me costó perder los pulgares". Y al empeñaros en que la comiera, me vi obligado por mi juramento de hacer lo que visteis".

Entonces, ¡oh rey de los siglos! -dijo el intendente continuando la historia, mientras los demás circunstantes estaban escuchando- pregunté al joven mercader de Bagdad: "¿Y qué te ocurrió luego con tu esposa?" Y él me contestó:

"Cuando hice aquel juramento ante ella, se tranquilizó su corazón, y acabó por perdonarme.

Entonces la cogí y me acosté con ella. Y ¡por Alah! recuperé bien el tiempo perdido y olvidé mis pesares. Y permanecimos unidos largo tiempo de aquel modo. Después ella me dijo: "Has de saber que nadie de la corte del califa sabe lo que ha pasado entre nosotros. Eres el único que logró introducirse en este palacio. Y has entrado gracias al apoyo de El-Sayedat (la gran Señora, el ama) Zobeida".

Después me entregó diez mil dinares de oro, diciéndome: "Toma este dinero y ve a comprar una buena casa en que podamos vivir los dos".

Entonces salí, y compré una casa magnífica. Y allí transporté las riquezas de mi esposa y cuantos regalos le habían hecho, los objetos preciosos, telas, muebles y demás cosas bellas. Y todo lo puse en aquella casa que había comprado. Y vivimos juntos hasta el límite de los placeres y de la expansión.

Pero al cabo de un año, por voluntad de Alah, murió mi mujer. Y no busqué otra esposa, pues quise viajar. Salí entonces de Bagdad, después de haber vendido todos mis bienes, y cogí todo mi dinero y emprendí el viaje hasta que llegué a esta ciudad.

Y tal es, ¡oh rey de este tiempo! -prosiguió el intendente- la historia que me refirió el joven mercader de Bagdad. Entonces todos los invitados seguimos comiendo, y después nos fuimos. Pero al salir me ocurrió la aventura con el jorobado. Y entonces sucedió lo que sucedió.

Esta es la historia. Estoy convencido de que es más sorprendente que nuestra aventura con el jorobado. ¡Uasalam!" (saludo de despedida: que la paz sea sobre ti).

Pues te equivocas, no es más maravillosa que la aventura del jorobado. Porque la aventura del jorobado es mucho más sorprendente. Y por eso van a crucificaros a todos, desde el primero hasta el último".

Pero en este momento avanzó el médico judío, besó la tierra entre las manos del sultán, y dijo: "¡Oh rey del tiempo! Te voy a contar una historia que es seguramente más extraordinaria que todo cuanto oíste y que la misma aventura del jorobado".

Entonces dijo el rey de la China: "Cuéntala pronto, porque no puedo aguardar más".

Y el médico judío dijo:


Notas del traductorEditar

  1. Expresión muy usada: significa que no se ha ejecutado bien un acto cualquiera. En cambio, cuando se dice: "Tu cara se ha blanqueado", se quiere decir que alguien ha salido airosamente de algún trance.
Las mil y una noches
Relato del médico judío
 de Anónimo



La cosa más extraordinaria que me ocurrió en mi juventud es precisamente esta que vais a oír, ¡oh mis señores llenos de cualidades!

Estudiaba entonces medicina y ciencias en la ciudad de Damasco. Y cuando tuve bien aprendida mi profesión, empecé a ejercerla y a ganarme la vida.

Pero un día entre los días, cierto esclavo del gobernador de Damasco vino a mi casa, y diciéndome que le acompañase, me llevó al palacio del gobernador. Y allí, en medio de una gran sala, vi un lecho de mármol chapeado de oro. En este lecho estaba echado y enfermo un hijo de Adán. Era un joven tan hermoso, que no se habría encontrado otro como él entre todos los de su tiempo. Me acerqué a su cabecera, y le deseé pronta curación y completa salud. Pero él sólo me contestó haciéndome una seña con los ojos. Y yo le dije: "¡Oh mi señor, dame la mano!" Y él me alargó la mano izquierda, lo cual me asombró mucho, haciéndome pensar: "¡Por Alah! ¡Qué cosa tan sorprendente! He aquí un joven de buena apariencia y de elevada condición, y que está sin embargo muy mal educado". No por eso dejé de tomarle el pulso, y receté un medicamento a base de agua de rosas. Y le seguí visitando, hasta que pasados diez días, recuperó las fuerzas y pudo levantarse como de costumbre. Entonces le aconsejé que fuese al hammam y que después volviese a descansar.

El gobernador de Damasco me demostró su gratitud regalándome un magnífico ropón de honor y nombrándome, no sólo médico suyo, sino también del hospital de Damasco. En cuanto al joven, que durante su enfermedad había seguido alargándome la mano izquierda, me rogó que le acompañase al hammam que se había reservado para él solo, prohibiendo entrar a los demás clientes. Y cuando llegamos al hammam se acercaron los criados del joven, le ayudaron a desnudarse, cogiendo su ropa y dándole otra, limpia y nueva. Y al ver desnudo al joven, noté que carecía de mano derecha. Y me sorprendió y apenó grandemente el descubrimiento. Y aumentó mi asombro cuando vi huellas de varazos en todo su cuerpo. Entonces el joven se volvió hacia mí, y me dijo: "¡Oh médico del siglo! No te asombre el verme como me ves, pues voy a contarte el motivo, y oirás una relación muy extraordinaria. Pero tenemos que aguardar a estar fuera del hammam".

Después de salir del hammam llegamos al palacio, y nos sentamos para descansar y comer luego. Pero el joven me dijo: "¿No prefieres que subamos a la sala alta?" Y yo le contesté que sí, y entonces mandó a los criados que asaran un carnero y lo subieran a la sala alta, a la cual nos encaminamos. Y los esclavos no tardaron en subir el carnero asado y toda clase de frutas. Y nos pusimos a comer, y él siempre se servía de la mano izquierda. Entonces yo le dije: "Cuéntame ahora esa historia". Y él contestó: "¡Oh médico del siglo! te la voy a contar. Escucha, pues.

Sabe que nací en la ciudad de Mossul, donde mi familia figuraba entre las más principales. Mi padre era el mayor de los diez vástagos que dejó mi abuelo al morir, y cuando esto ocurrió, mi padre estaba ya casado, como todos mis tíos. Pero él era el único que tuvo un hijo, que fui yo, pues ninguno de mis tíos los tuvo. Por eso fui creciendo entre las simpatías de todos mis tíos, que me querían muchísimo y se alegraban mirándome.

Un día que estaba con mi padre en la gran mezquita de Mossul para rezar la oración del viernes, vi que después de la plegaria todo el mundo se había marchado, menos mi padre y mis tíos. Se sentaron todos en la gran estera, y yo me senté con ellos. Y se pusieron a hablar, versando la conversación sobre los viajes y las maravillas de los países extranjeros y de las grandes ciudades lejanas. Pero sobre todo hablaron de Egipto y de El Cairo. Y mis tíos repitieron los relatos admirables de los viajeros que habían estado en Egipto, y decían que no había en la tierra país más bello ni río más maravilloso que el Nilo.

Por eso los poetas han hecho muy bien en cantar ese país y su Nilo, y dice la verdad el poeta cuando dice:

¡Por Alah! ¡Te conjuro que digas al río de mi país, al Nilo de mi país, que aquí no puedo extinguir la sed, que el Eufrates no puede apagar la sed que me atormenta!

Mis tíos empezaron a enumerar las maravillas de Egipto y de su río, con tal elocuencia y tanto calor, que cuando dejaron de hablar y se fué cada cual a su casa, quedé muy pensativo y preocupado, y no podía apartarse de mi espíritu el grato recuerdo de todas aquellas cosas que acababa de oír con motivo de aquel país tan admirable. Y cuando volví a casa, no pude pegar los ojos en toda la noche, y perdí el apetito.

Averigüé a los pocos días que mis tíos estaban preparando un viaje a Egipto, y rogué con tanto ardor a mi padre, y tanto laboré para que me dejase ir con ellos, que me lo permitió y hasta compró mercaderías muy estimables. Y encargó a mis tíos que no me llevasen con ellos a Egipto, sino que me dejasen en Damasco, donde debía yo ganar dinero con los géneros que llevaba. Me despedí de mi padre, me junté con mis tíos, y salimos de Mossul.

Así viajamos hasta Alepo, donde nos detuvimos algunos días, y desde allí reanudamos el viaje hacia Damasco, adonde no tardamos en llegar.

Y vimos que Damasco es una hermosa ciudad, entre jardines, arroyos, árboles, frutas y pájaros. Nos albergamos en uno de los khanes, mis tíos se quedaron en Damasco hasta que vendieron sus mercaderías de Mossul, comprando otras en Damasco para despacharlas en El Cairo, y vendieron también mis géneros tan ventajosamente, que cada dracma de mercadería me valió cinco dracmas de plata. Después mis tíos me dejaron solo en Damasco y prosiguieron su viaje a Egipto.

En cuanto a mí, continué viviendo en Damasco, en donde alquilé una casa maravillosa, cuyas bellezas no puede enumerar la lengua humana. Me costaba dos dinares de oro al mes. Pero no me contenté con esto. Empecé a hacer grandes gastos, satisfaciendo todos mis caprichos, sin privarme de ninguna clase de manjares ni bebidas. Y esta vida duró hasta que hube gastado el dinero con que contaba.

Y por entonces, estando sentado un día a la puerta de mi casa para tomar el fresco, vi acercarse a mí, viniendo no sé de dónde, a una joven ricamente vestida, sobrepasando en elegancia a todo cuanto yo había visto en mi vida. Me levanté súbitamente y la invité a que honrase mi casa con su presencia.

No hizo ningún reparo sino que traspuso el umbral y penetró en la casa gentilmente. Cerré entonces la puerta detrás de nosotros, y lleno de júbilo la cogí en brazos y la transporté al salón. Allí se descubrió, se quitó el velo, y se me apareció en toda su hermosura. Y tan hechicera la encontré, que me sentí completamente dominado por su amor.

Salí en seguida en busca del mantel, lo cubrí con manjares suculentos y frutas exquisitas y cuanto era de mi obligación en aquellas circunstancias. Y nos pusimos a comer y a jugar, y luego a beber, y de tal manera lo hicimos, que nos emborrachamos por completo. La poseí entonces. Y la noche que pasé con ella hasta la mañana se contará entre las más benditas.

Al día siguiente creí que hacía bien las cosas ofreciéndole diez dinares de oro. Pero los rechazó y dijo que nunca aceptaría nada de mí. Después me dijo: "Y ahora, ¡oh querido mío! sabe que volveré a verte dentro de tres días, al anochecer. Aguárdame, porque no he de faltar. Y como yo misma me convido, no quiero ocasionarte gastos; de modo que te voy a dar dinero para que prepares otro festín como el de hoy". Y me entregó diez dinares de oro que me obligó a aceptar, y se despidió, llevándose tras ella toda mi alma.

Pero, como me había prometido, volvió a los tres días, más ricamente vestida que la primera vez. Por mi parte, había preparado todo lo indispensable, y en realidad no había escatimado nada. Y comimos y bebimos como la otra vez, y no dejamos de hacer juntos aquello que hicimos hasta que brilló la mañana. Entonces me dijo: "¡Oh mi dueño amado! ¿De veras me encuentras hermosa?" Yo le contesté: "¡Por Alah! Ya lo creo". Y ella me dijo: "Si es así puedo pedirte permiso para traer a una muchacha más hermosa y más joven que yo, a fin de que se divierta con nosotros y podamos reírnos y jugar juntos, pues me ha rogado que la saque conmigo, para regocijarnos y hacer locuras los tres". Acepté de buena gana, y dándome entonces veinte dinares de oro, me encargó que no economizase nada para preparar lo necesario y recibirlas dignamente en cuanto llegasen ella y la otra joven. Después se despidió y se fué.

Al cuarto día me dediqué, como de costumbre, a prepararlo todo con la largueza de siempre, y aun más todavía, por tener que recibir a una persona extraña. Y apenas puesto el sol, vi llegar a mi amiga acompañada por otra joven que venía envuelta en un velo muy grande. Entraron y se sentaron. Y yo, lleno de alegría, me levanté, encendí los candelabros y me puse enteramente a su disposición. Ellas se quitaron entonces los velos, y pude contemplar a la otra joven. ¡Alah, Alah! Parecía la luna llena. Me apresuré a servirlas, y les presenté las bandejas repletas de manjares y bebidas, y empezaron a comer y beber. Y yo, entretanto, besaba a la joven desconocida, y le llenaba la copa y bebía con ella. Pero esto acabó por encender los celos de la otra, que supo disimularlos, y hasta me dijo: "¡Por Alah! ¡Cuán deliciosa es esta joven! ¿No te parece más hermosa que yo?" Y yo respondí ingenuamente: "Es verdad; razón tienes". Y ella dijo: "Pues cógela y ve a dormir con ella. Así me complacerás". Yo respondí: "Respeto tus órdenes y las pongo sobre mi cabeza y mis ojos". Ella se levantó entonces, y nos preparó el lecho, invitándonos a ocuparlo. Y después me tendí junto a mi nueva amiga, y la poseí hasta por la mañana.

Pero he aquí que al despertarme me encontré la mano llena de sangre, y vi que no era sueño, sino realidad. Como ya era día claro, quise despertar a mi compañera, dormida aún, y le toqué ligeramente la cabeza. Y la cabeza se separó inmediatamente del cuerpo y cayó al suelo.

En cuanto a mi primera amiga, no había de ella ni rastro ni olor. Sin saber qué hacer, estuve una hora recapacitando, y por fin me decidí a levantarme, para abrir una huesa en aquella misma sala. Levanté las losas de mármol, empecé a cavar, e hice una hoya lo bastante grande para que cupiese el cadáver, y lo enterré inmediatamente. Cegué luego el agujero y puse las cosas lo mismo que antes estaban.

Hecho esto fuí a vestirme, cogí el dinero que me quedaba, salí en busca del amo de la casa, y pagándole el importe de otro año de alquiler, le dije: "Tengo que ir a Egipto, donde mis tíos me esperan". Y me fui, precediendo mi cabeza a mis pies.

Al llegar a El Cairo encontré a mis tíos, que se alegraron mucho al verme, y me preguntaron la causa de aquel viaje. Y yo les dije: "Pues únicamente el deseo de volveros a ver y el temor de gastarme en Damasco el dinero que me quedaba". Me invitaron a vivir con ellos y acepté. Y permanecí en su compañía todo un año, divirtiéndome, comiendo, bebiendo, visitando las cosas interesantes de la ciudad, admirando el Nilo y distrayéndome de mil maneras. Desgraciadamente, al cabo del año, como mis tíos habían realizado buenas ganancias vendiendo sus géneros, pensaron en volver a Mossul; pero como yo no quería acompañarlos, desaparecí para librarme de ellos, y se marcharon solos, pensando que yo habría ido a Damasco para prepararles alojamiento, puesto que conocía bien esta ciudad. Después seguí gastando y permanecí allí otros tres años, y cada año mandaba el precio del alquiler al casero de Damasco. Transcurridos los tres años, como apenas me quedaba dinero para el viaje y estaba aburrido de la ociosidad, decidí volver a Damasco.

Y apenas llegué, me dirigí a mi casa, y fui recibido con gran alegría por mi casero, que me dió la bienvenida, y me entregó las llaves enseñándome la cerradura, intacta y provista de mi sello. Y efectivamente, entré y vi que todo estaba como lo había dejado.

Lo primero que hice fué lavar el entarimado, para que desapareciese toda huella de sangre de la joven asesinada, y cuando me quedé tranquilo fui al lecho, para descansar de las fatigas del viaje. Y al levantar la almohada para ponerla bien, encontré debajo un collar de oro con tres filas de perlas nobles. Era precisamente el collar de mi amada, y lo había puesto allí la noche de nuestra dicha. Y ante este recuerdo, derramé lágrimas de pesar y deploré la muerte de aquella joven. Oculté cuidadosamente el collar en el interior de mi ropón.

Pasados tres días de descanso en mi casa, pensé ir al zoco, para buscar ocupación y ver a mis amigos. Llegué al zoco, pero estaba escrito por acuerdo del Destino que había de tentarme el Cheitán, y yo había de sucumbir a su tentación, porque el Destino tiene que .cumplirse. Y efectivamente, me dió la tentación de deshacerme de aquel collar de oro y de perlas. Lo saqué del interior del ropón, y se lo presenté al corredor más hábil del zoco. Este me invitó a sentarme en su tienda, y en cuanto se animó el mercado, cogió el collar, me rogó que le esperase, y se fué a someterlo a las ofertas de mercaderes y parroquianos. Y al cabo de una hora volvió y me dijo: "Creí a primera vista que este collar era de oro de ley y perlas finas, y valdría lo menos mil dinares de oro; pero me equivoqué: es falso. Está hecho según los artificios de los francos, que saben imitar el oro, las perlas y las piedras preciosas; de modo que no me ofrecen por él más que mil dracmas, en vez de mil dinares". Y contesté: "Verdaderamente, tienes razón. Este collar es falso. Lo mandé construir para burlarme de una amiga, a quien se lo regalé. Y ahora esta mujer ha muerto y le ha dejado el collar a la mía; de modo que hemos decidido venderlo por lo que den. Tómalo, véndelo en ese precio y tráeme los mil dracmas". Y el astuto corredor se fué con el collar, pero después de haberme mirado con el ojo izquierdo".

En este momento de su narración. Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches
Pero cuando llegó la 28ª noche
 de Anónimo


PERO CUANDO LLEGO LA 28ª NOCHE


Ella dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el médico judío continuó de este modo la historia del joven:

"El corredor, al ver que el joven no conocía el valor del collar, y se explicaba de aquel modo, comprendió en seguida que lo había, robado o se lo había encontrado, cosa que debía aclararse. Cogió, pues, el collar, y se lo llevó al jefe de los corredores del zoco, que se hizo de él en seguida, y fué en busca del walí de la ciudad, a quien dijo: "Me habían robado este collar, y ahora hemos dado con el ladrón, que es un joven vestido como los hijos de los mercaderes, y está en tal parte, en casa de tal corredor".

Y mientras yo aguardaba al corredor con el dinero, me vi rodeado y apresado por los guardias, que me llevaron a la fuerza a casa del walí. Y el walí me hizo preguntas acerca del collar, y yo le conté la misma historia que al corredor. Entonces el walí se echó a reír, y me dijo: "Ahora te enseñaré el precio de ese collar". E hizo una seña a sus guardias, que me agarraron, me desnudaron, y me dieron tal cantidad de palos y latigazos, que me ensangrentaron todo el cuerpo. Entonces, lleno de dolor, les dije: "¡Os diré la verdad! ¡Ese collar lo he robado!" Me pareció que esto era preferible a declarar la terrible verdad del asesinato de la joven, pues me habrían sentenciado a muerte, y me habrían ejecutado, para castigar el crimen.

Y apenas me había acusado de tal robo, me asieron del brazo y me cortaron la mano derecha, como a los ladrones, y me cocieron el brazo en aceite hirviendo para cicatrizar la herida. Y caí desmayado de dolor. Y me dieron de beber una cosa que me hizo recobrar los sentidos. Entonces cogí mi mano cortada y regresé a mi casa.

Pero al llegar a ella, el propietario, que se había enterado de todo, me dijo: "Desde el momento que te has declarado culpable de robo y de hechos indignos, no puedes seguir viviendo en mi casa. Recoge, pues, lo tuyo y ve a buscar otro alojamiento". Yo contesté: "Señor, dame dos o tres días de plazo para que pueda buscar casa". Y él me dijo: "Me avengo a otorgarte ese plazo". Y dejándome, se fué.

En cuanto a mí, me eché al suelo, me puse a llorar, y decía: "¡Cómo he de volver a Mossul, mi país natal; cómo he de atreverme a mirar a mi familia después de que me han cortado una mano! Nadie me creerá cuando diga que soy inocente. No puedo hacer más que entregarme a la voluntad de Alah, que es el único que puede procurarme un medio de salvación".

Los pesares y la tristeza me pusieron enfermo, y no pude ocuparme en buscar hospedaje. Y al tercer día, estando en el lecho, vi invadida mi habitación por los soldados del gobernador de Damasco, que venían con el amo de la casa y el jefe de los corredores. Y entonces el amo de la casa me dijo: "Sabe que el walí ha comunicado al gobernador general lo del robo del collar. Y ahora resulta que el collar no es de este jefe de corredores, sino del mismo gobernador general, o mejor dicho, de una hija suya, que desapareció también hace tres años. Y vienen para prenderte".

Al oír esto, empezaron a temblar todos mis miembros y coyunturas, y me dije: "Ahora sí que me condenan a muerte sin remisión. Más me vale declarárselo todo al gobernador general. El será el único juez de mi vida o de mi muerte". Pero ya me habían cogido y atado, y me llevaban con una cadena al cuello a presencia del gobernador general. Y nos pusieron entre sus manos a mí y al jefe de los corredores.

El gobernador, mirándome, dijo a los suyos: "Este joven que me traéis no es un ladrón, y le han cortado la mano injustamente. Estoy seguro de ello. En cuanto al jefe de los corredores, es un embustero y un calumniador. ¡Apoderaos de él y metedle en un calabozo!" Después el gobernador dijo al jefe de los corredores: "Vas a indemnizar en seguida a este joven por haberle cortado la mano; si no, mandaré que te ahorquen y confiscaré todos tus bienes, corredor maldito". Y añadió, dirigiéndose a los guardias: "¡Quitádmelo de delante, y salid todos!" Entonces el gobernador y yo nos quedamos solos. Pero ya me habían libertado de la argolla del cuello, y tenía también los brazos libres.

Cuando todos se marcharon, el gobernador me miró con mucha lástima y me dijo: "¡Oh, hijo mío! Ahora vas a hablarme con franqueza, diciéndome toda la verdad, sin ocultarme nada. Cuéntame, pues, cómo llegó este collar a tus manos". Yo le contesté: "¡Oh, mi señor y soberano! Te diré la verdad". Y le referí cuanto me había ocurrido con la primera joven, cómo ésta me había proporcionado y traído a la casa a la segunda joven, y cómo, por último, llevada de los celos, había sacrificado a su compañera. Y se lo conté con todos los pormenores. Pero no es de ninguna utilidad repetirlos.

El gobernador, en cuanto lo hubo oído, inclinó la cabeza, lleno de dolor y de amargura, y se cubrió la cara con el pañuelo. Y así estuvo durante una hora, y su pecho se desgarraba en sollozos. Después se acercó a mí, y me dijo:

"Sabe, ¡oh, hijo mío! que la primera joven es mi hija mayor. Fué desde su infancia muy perversa, y por ese motivo hube de criarla muy severamente. Pero apenas llegó a la pubertad, me apresuré a casarla, y con tal fin la envié a El Cairo, a casa de un tío suyo, para unirla con uno de mis sobrinos, y por lo tanto, primo suyo. Se casó con él, pero su esposo murió al poco tiempo, y entonces ella volvió a mi casa. Y no había dejado de aprovechar su estancia en Egipto para aprender todo género de libertinaje. Y tú, que estuviste en Egipto, ya sabes cuán expertas son en esto aquellas mujeres. No les basta con los hombres, y se aman y se mezclan unas con otras, y se embriagan y se pierden. Por eso, apenas estuvo de regreso mi hija, te encontró y se entregó a ti, y te fué a buscar cuatro veces seguidas. Pero con esto no le bastaba.

Como ya había tenido tiempo para pervertir a su hermana, mi segunda hija, hasta el punto de inspirarle un amor apasionado, no le costó trabajo llevarla a tu casa, después de contarle cuanto hacía contigo. Y mi segunda hija me pidió permiso para acompañar a su hermana al zoco, y yo se lo concedí. ¡Y sucedió lo que sucedió!

Pero cuando mi hija mayor regresó sola, le pregunté dónde estaba su hermana. Y me contestó llorando, y acabó por decirme, sin cesar en sus lágrimas: "Se me ha perdido en el zoco, y no he podido averiguar qué ha sido de ella". Eso fué lo que me dijo a mí. Pero no tardó en confiarse a su madre, y acabó por decirle en secreto la muerte de su hermana, asesinada en tu lecho por sus propias manos. Y desde entonces no cesa de llorar, y no deja de repetir día y noche: "¡Tengo que llorar hasta que me muera!"

Tus palabras, ¡oh, hijo mío! no han hecho más que confirmar lo que yo sabía, probando que mi hija había dicho la verdad. ¡Ya ves, hijo mío, cuán desventurado soy! De modo que he de expresarte un deseo y pedirte un favor, que confío no has de rehusarme. Deseo ardientemente que entres en mi familia, y quisiera darte por esposa a mi tercera hija, que es una joven buena, ingenua y virgen, y no tiene ninguno de los vicios de sus hermanas. Y no te pediré dote para este casamiento, sino que, al contrario, te remuneraré con largueza, y te quedarás en mi casa como un hijo".

Entonces le contesté: "Hágase tu voluntad, ¡oh mi señor! Pero antes, como acabo de saber que mi padre ha muerto, quisiera mandar recoger su herencia".

En seguida el gobernador envió un propio a Mossul, mi ciudad natal, para que en mi nombre recogiese la herencia dejada por mi padre. Y efectivamente, me casé con la hija del gobernador, y desde aquel día todos vivimos aquí la vida más próspera y dulce.

Y tú mismo, ¡oh médico! has podido comprobar con tus propios ojos cuán amado y honrado soy en esta casa. ¡Y no tendrás en cuenta la descortesía que he cometido contigo durante toda mi enfermedad tendiéndote la mano izquierda, puesto que me cortaron la derecha!"

En cuanto a mí -prosiguió el médico judío-, mucho me maravilló esta historia, y felicité al joven por haber salido de aquel modo de tal aventura. Y él me colmó de presentes y me tuvo consigo tres días en palacio, y me despidió cargado de riquezas y bienes.

Entonces me dediqué a viajar y a recorrer el mundo, para perfeccionarme en mi arte. Y he aquí que llegué a tu Imperio, ¡oh rey espléndido y poderoso! Y entonces fué cuando la noche pasada me ocurrió la desagradable aventura con el jorobado. ¡Tal es mi historia!" Entonces el rey de la China dijo: "Esa historia, aunque logró interesarme, te equivocas, ¡oh médico! porque no es tan maravillosa ni sorprendente como la aventura del jorobado; de modo que no me queda más que mandaros ahorcar a los cuatro, y principalmente a ese maldito sastre, que es causa y principio de vuestro crimen".

Oídas tales palabras, el sastre se adelantó entre las manos del rey de la China, y dijo: "¡Oh rey lleno de gloria! Antes de mandarnos ahorcar, permíteme hablar a mí también, y te referiré una historia que encierra cosas más extraordinarias que todas las demás historias juntas, y es más prodigiosa que la historia misma del jorobado".

Y el rey de la China, dijo: "Si dices la verdad, os perdonaré a todos. Pero desdichado de ti si me cuentas una historia poco interesante y desprovista de cosas sublimes. Porque no vacilaré entonces en empalaros a ti y a tus tres compañeros, haciendo que os atraviesen de parte a parte, desde la base hasta la cima".

Entonces el sastre dijo:


Las mil y una noches
Relato del sastre
 de Anónimo



"Sabe, pues, ¡oh rey del tiempo! que antes de mi aventura con el jorobado me habían convidado en una casa donde se daba un festín a los principales miembros de los gremios de nuestra ciudad: sastres, zapateros, lenceros, barberos, carpinteros y otros.

Y era muy de mañana. Por eso, desde el amanecer, estábamos todos sentados en coro para desayunarnos, y no aguardábamos más que al amo de la casa, cuando le vimos entrar acompañado de un joven forastero, hermoso, bien formado, gentil y vestido a la moda de Bagdad. Y era todo lo hermoso que se podía desear, y estaba tan bien vestido como pudiera imaginarse. Pero era ostensiblemente cojo. Luego que entró adonde estábamos, nos deseó la paz, y nos levantamos todos para devolverle su saludo. Después íbamos a sentarnos, y él con nosotros, cuando súbitamente le vimos cambiar de color y disponerse a salir. Entonces hicimos mil esfuerzos para detenerlo entre nosotros. Y el amo de la casa insistió mucho y le dijo: "En verdad, no entendemos nada de esto. Te ruego que nos digas qué motivo te impulsa a dejarnos".

Entonces el joven respondió: "¡Por Alah te suplico, ¡oh mi señor! que no insistas en retenerme! Porque hay aquí una persona que me obliga a retirarme, y es ese barbero que está sentado en medio de vosotros".

Estas palabras sorprendieron extraordinariamente al amo de la casa, y nos dijo: "¿Cómo es posible que a este joven, que acaba de llegar de Bagdad, le moleste la presencia de ese barbero que está aquí?" Entonces todos los convidados nos dirigimos al joven, y le dijimos: "Cuéntanos, por favor, el motivo de tu repulsión hacia ese barbero".

El contestó: "Señores, ese barbero de cara de alquitrán y alma de betún fué la causa de una aventura extraordinaria que me sucedió en Bagdad, mi ciudad, y ese maldito tiene también la culpa de que yo esté cojo. Así es que he jurado no vivir nunca en la ciudad en que él viva ni sentarme en sitio en donde él se sentara. Y por eso me vi obligado a salir de Bagdad, mi ciudad, para venir a este país lejano. Pero ahora me lo encuentro aquí. Y por eso me marcho ahora mismo, y esta noche estaré lejos de esta ciudad, para no ver ese hombre de mal agüero".

Y al oírlo, el barbero se puso pálido, bajó los ojos, y no pronunció palabra. Entonces insistimos tanto con el joven, que se avino a contarnos de este modo su aventura con el barbero.



Las mil y una noches
Historia del joven cojo con el barbero de Bagdad
 de Anónimo



(Contada por el cojo y repetida por el sastre)


"Sabed, oh, todos los aquí presentes, que mi padre era uno de los principales mercaderes de Bagdad, y por voluntad de Alah fui su único hijo. Mi padre, aunque muy rico y estimado por toda la población, llevaba en su casa una vida pacífica, tranquila y llena de reposo. Y en ella me educó, y cuando llegué a la edad de hombre me dejó todas sus riquezas, puso bajo mi mando a todos sus servidores y a toda la familia, y murió en la misericordia de Alah, a quien fué a dar cuenta de la deuda de su vida. Yo seguí, como antes, viviendo con holgura, poniéndome los trajes más suntuosos y comiendo los manjares más exquisitos. Pero he de deciros que Alah, Omnipotente y Gloriosísimo, había infundido en mi corazón el horror a la mujer y a todas las mujeres de tal modo, que sólo verlas me producía sufrimiento y agravio. Vivía, pues, sin ocuparme de ellas, pero muy feliz y sin desear nada más.

Un día entre los días, iba yo por una de las calles de Bagdad, cuando vi venir hacia mí un grupo numeroso de mujeres. Enseguida, para librarme de ellas, emprendí rápidamente la fuga y me metí en una calleja sin salida. Y en el fondo de esta calle había un banco, en el cual me senté a descansar.

Y cuando estaba sentado se abrió frente a mí una celosía, y apareció en ella una joven con una regadera en la mano, y se puso a regar las flores de unas macetas que había en el alféizar de la ventana. ¡Oh, mis señores! He de deciros que al ver a esta joven sentí nacer en mí algo que en mi vida había sentido. Así es que en aquel mismo instante mi corazón quedó hechizado y completamente cautivo, mi cabeza y mis pensamientos no se ocuparon más que de aquella joven, y todo mi pasado horror a las mujeres se transformó en un deseo abrasador. Pero ella, en cuanto hubo regado las plantas, miró distraídamente a la izquierda, y luego a la derecha, y al verme me dirigió una larga mirada que me sacó por completo el alma del cuerpo. Después cerró la celosía y desapareció. Y por más que la estuve esperando hasta la puesta del sol, no volvió a aparecer. Y yo parecía un sonámbulo o un ser que ya no pertenece a este mundo.

Mientras seguía sentado de tal suerte, he aquí que llegó y bajó de su mula, a la puerta de la casa, el kadí de la ciudad, precedido de sus negros y seguido de sus criados. El kadí entró en la misma casa en cuya ventana había yo visto a la joven, y comprendí que debía ser su padre.

Entonces volví a mi casa en un estado deplorable, lleno de pesar y zozobra, y me dejé caer en el lecho. Y en seguida se me acercaron todas las mujeres de la casa, mis parientes y servidores, y se sentaron a mi alrededor y empezaron a importunarme acerca de la causa de mi mal. Y como nada quería decirles sobre aquel asunto, no les contesté palabra. Pero de tal modo fué aumentando mi pena de día en día que caí gravemente enfermo y me vi muy atendido y muy visitado por mis amigos y parientes.

Y he aquí que uno de los días vi entrar en mi casa a una vieja, que en vez de gemir y compadecerse, se sentó a la cabecera del lecho y empezó a decirme palabras cariñosas para calmarme. Después me miró, me examinó atentamente, y pidió a mi servidumbre que me dejaran solo con ella. Entonces me dijo: "Hijo mío, sé la causa de tu enfermedad, pero necesito que me dés pormenores". Y yo le comuniqué en confianza todas las particularidades del asunto, y me contestó: "Efectivamente, hijo mío, esa es la hija del kadí de Bagdad, y aquella casa es ciertamente su casa. Pero sabe que el kadí no vive en el mismo piso que su hija, sino en el de abajo. Y de todos modos, aunque la joven vive sola, está vigiladísima y bien guardada. Pero sabe también que yo voy mucho a esa casa, pues soy amiga de esa joven, y puedes estar seguro de que no has de lograr lo que deseas más que por mi mediación.

¡Anímate, pues, y ten alientos!"

Estas palabras me armaron de firmeza, y en seguida me levanté y me sentí el cuerpo ágil y recuperada la salud. Y al ver esto se alegraron todos mis parientes. Y entonces la anciana se marchó, prometiéndome volver al día siguiente para darme cuenta de la entrevista que iba a tener con la hija del kadí de Bagdad.

Y en efecto, volvió al día siguiente. Pero apenas le vi la cara comprendí que no traía buenas noticias. Y la vieja me dijo: Hijo mío, no me preguntes lo que acaba de suceder. Todavía estoy trastornada. Figúrate que en cuanto le dije al oído el objeto de mi visita, se puso de pie y me replicó muy airada: "Malhadada vieja, si no te callas en el acto y no desistes de tus vergonzosas proposiciones, te mandaré castigar como mereces". Entonces, hijo mío, ya no dije nada, pero me propongo intentarlo por segunda vez. No se dirá que he fracasado en estos empeños en los que soy más experta que nadie. Después me dejó y se fué.

Pero yo volví a caer enfermo con mayor gravedad, y dejé de comer y beber.

Sin embargo, la vieja, como me había ofrecido, volvió a mi casa a los pocos días, y su cara resplandecía, y me dijo sonriendo: "Vamos, hijo, ¡dame albricias por las buenas nuevas que te traigo!" Y al oírla sentí tal alegría, que me volvió el alma al cuerpo, y le dije en seguida a la anciana: "Ciertamente, buena madre, te deberé el mayor beneficio". Entonces ella me dijo: "Volví ayer a casa de la joven. Y cuando me vió triste y abatida, y con los ojos arrasados en lágrimas, me preguntó: "¡Oh, mísera! ¿Por qué está tan oprimido tu pecho? ¿Qué te pasa?" Entonces se aumentó mi llanto, y le dije: "¡Oh, hija mía y señora! ¿No recuerdas que vine a hablarte de un joven apasionadamente prendado de tus encantos? Pues bien: hoy está por morirse por culpa tuya". Y ella, con el corazón lleno de lástima, y muy enternecida, preguntó: "¿Pero quién es ese joven de quien me hablas?" Y yo le dije: "Es mi propio hijo, el fruto de mis entrañas. Te vió hace algunos días, cuando estabas regando las flores, y pudo admirar un momento los encantos de tu cara, y él, que hasta ese momento no quería ver a ninguna mujer y se horrorizaba de tratar con ellas, está loco de amor por ti. Por eso, cuando le conté la mala acogida que me hiciste, recayó gravemente en su enfermedad. Y ahora acabo de dejarle tendido en los almohadones de su lecho, a punto de rendir el último suspiro al Creador. Y me temo que no haya esperanza de salvación para él". A estas palabras palideció la joven, y me dijo: "¿Y todo eso por causa mía?" Yo le contesté: "¡Por Alah, que así es! ¿Pero qué piensas hacer ahora? Soy tu sierva, y pondré tus órdenes sobre mi cabeza y sobre mis ojos". Y la muchacha dijo: "Vé en seguida a su casa y transmítele de mi parte el saludo, y dile que me da mucho dolor su pena. Y en seguida le dirás que mañana viernes, antes de la plegaria, le aguardo aquí. Que venga a casa, y yo diré a mi gente que le abran la puerta, le haré subir a mi aposento, y pasaremos juntos toda una hora. Pero tendrá que marcharse antes que mi padre vuelva de la oración".

Oídas las palabras de la anciana, sentí que recobraba las fuerzas y que se desvanecían todos mis padecimientos y descansaba mi corazón. Y saqué del ropón una bolsa repleta de dinares y rogué a la anciana que la aceptase. Y la vieja me dijo: "Ahora reanima tu corazón v ponte alegre". Y yo le contesté: "En verdad que se acabó mi mal". Y en efecto, mis parientes notaron bien pronto mi curación y llegaron al colmo de la alegría, lo mismo que mis amigos.

Aguardé, pues, de este modo hasta el viernes, y entonces vi llegar a la vieja. Y en seguida me levanté, me puse mi mejor traje, me perfumé con esencia de rosas, e iba a correr a casa de la joven, cuando la anciana me dijo: "Todavía queda mucho tiempo. Más vale que entretanto vayas al hammam a tomar un buen baño y que te den masaje, que te afeiten y depilen, puesto que ahora sales de una enfermedad. Verás qué bien te sienta".

Y yo respondí: "Verdaderamente, es una idea acertada. Pero mejor será llamar a un barbero para que me afeite la cabeza y después iré a bañarme al hammam".

Mandé entonces a un sirviente que fuese a buscar a un barbero, y le dije: "Vé en seguida al zoco y busca un barbero que tenga la mano ligera, pero sobre todo que sea prudente y discreto, sobrio en palabra y nada curioso, que no me rompa la cabeza con su charla, como hacen en su mayor parte los de su profesión". Y mi servidor salió a escape y me trajo un barbero viejo.

Y el barbero era ese maldito que veis delante de vosotros, ¡oh, mis señores!

Cuando entró, me deseó la paz, y yo correspondí a su saludo de paz. Y me dijo: "¡Que Alah aparte de ti toda desventura, pena, zozobra, dolor y adversidad!" Y contesté: "¡Ojalá atienda Alah tus buenos deseos!" Y prosiguió: "He aquí que te anuncio la buena nueva, ¡ah, mi señor! y la renovación de tus fuerzas y tu salud. ¿Y qué he de hacer ahora? ¿Afeitarte o sangrarte? Pues no ignoras que nuestro gran Ibn-Abbas dijo: "El que se corta el pelo el día del viernes, alcanza el favor de Alah, pues aparta de él setenta clases de calamidades". Y el mismo Ibn-Abbas ha dicho: "Pero el que se sangra en viernes o hace que le apliquen ese mismo día ventosas escarificadas, se expone a perder la vista y corre el riesgo de coger todas las enfermedades". Entonces le contesté: "¡Oh, jeique! basta ya de chanzas; levántate en seguida para afeitarme la cabeza, y hazlo pronto, porque estoy débil y no puedo hablar, ni aguardar mucho".

Entonces se levantó y cogió un paquete cubierto con un pañuelo, en que debía llevar la bacia, las navajas y las tijeras; lo abrió y sacó, no la navaja, sino un astrolabio de siete facetas. Lo cogió, se salió al medio del patio de mi casa, levantó gravemente la cara hacia el sol, lo miró atentamente, examinó el astrolabio, volvió, y me dijo: "Has de saber que este viernes es el décimo día del mes de Safar del año 763 de la Hégira de nuestro Santo Profeta; ¡vayan a él la paz y las mejores bendiciones! Y lo sé por la ciencia de los números, la cual me dice que este viernes coincide con el preciso momento en que se verifica la conjunción del planeta Mirrikh con el planeta Hutared, por siete grados y seis minutos. Y esto viene a demostrar que el afeitarse hoy la cabeza es una acción fausta y de todo punto admirable. Y claramente me indica también que tienes la intención de celebrar una entrevista con una persona cuya suerte se me muestra como muy afortunada. Y aun podría contarte más cosas que te han de suceder, pero son cosas que debo callarlas".

Yo contesté: "¡Por Alah! Me ahogas con tanto discurso y me arrancas el alma. Parece también que no sabes más que vaticinar cosas desagradables. Y yo sólo te he llamado para que me afeites la cabeza. Levántate, pues, y aféitame sin más discursos". Y el barbero replicó: ¡Por Alah! Si supieses la verdad de las cosas, me pedirías más pormenores y más pruebas. De todos modos, sabe que, aunque soy barbero, soy algo más que barbero. Pues además de ser el barbero más reputado de Bagdad, conozco admirablemente, aparte del arte de la medicina, las plantas y los medicamentos, la ciencia de los astros, las reglas de nuestro idioma, el arte de las estrofas y de los versos, la elocuencia, la ciencia de los números, la geometría, el álgebra, la filosofía, la arquitectura, la historia y las tradiciones de todos los pueblos de la tierra,. Por eso tengo mis motivos para aconsejarte, ¡oh, mi señor! que hagas exactamente lo que dispone el horóscopo que acabo de obtener gracias a mi ciencia y al examen de los cálculos astrales. Y da gracias a Alah que me ha traído a tu casa, y no me desobedezcas, porque sólo te aconsejo tu bien por el interés que me inspiras. Ten en cuenta que no te pido más que servirte un año entero sin ningún salario. Pero no hay que dejar de reconocer, a pesar de todo, que soy un hombre de bastante mérito y que me merezco esta justicia".

A estas palabras le respondí: "Eres un verdadero asesino, que te has propuesto volverme loco y matarme de impaciencia".

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana y se calló discretamente.


Las mil y una noches
Pero cuando llegó la 29ª noche
 de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 29ª NOCHE


Ella dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que cuando el joven dijo al barbero: "Vas a volverme loco y a matarme de impaciencia", el barbero respondió:

"Sabe, sin embargo, ¡oh mi señor!, que soy un hombre a quien todo el mundo llama el Silencioso, a causa de mi poca locuacidad. De modo que no me haces justicia creyéndome un charlatán, sobre todo si te tomas la molestia de compararme, siquiera sea por un momento, con mis hermanos. Porque sabe que tengo seis hermanos que ciertamente son muy charlatanes, y para que los conozcas te voy a decir sus nombres: el mayor se llama El-Bacbuk, o sea el que al hablar hace un ruido como un cántaro cuando se vacía; el segundo, El-Haddar, o el que muge repetidas veces como un camello; el tercero, Bacbac, o el Cacareador hinchado; el cuarto, El-Kuz El-Assuaní, o el Botijo irrompible de Assuan; el quinto, El-Aschá, o la Camella preñada, o el Gran Caldero; el sexto, Schakalik, o el Tarro hendido, y el séptimo, El Samet, o el Silencioso; y este silencioso es tu servidor".

Cuando oí este flujo de palabras, sentí que la impaciencia me reventaba la vejiga de la hiel, y exclamé dirigiéndome a mis criados: "¡Dadle en seguida un cuarto de dinar a este hombre y que se largue de aquí! Porque renuncio en absoluto a afeitarme". Pero el barbero, apenas oyó esta orden, dijo: "¡Oh, mi señor! ¡Qué palabras tan duras acabo de escuchar de tus labios! Porque ¡por Alah! sabe que quiero tener el honor de servirte sin ninguna retribución, y he de servirte sin remedio, pues considero un deber el ponerme a tus órdenes y ejecutar tu voluntad. Y me creería deshonrado para toda mi vida si aceptara lo que quieres darme tan generosamente. Porque sabe que si tú no tienes idea alguna de mi valía, yo, en cambio, estimo en mucho la tuya. Y estoy seguro de que eres digno hijo de tu difunto padre. ¡Alah lo haya recibido en su misericordia! Pues tu padre era acreedor mío por todos los beneficios de que me colmaba. Y era un hombre lleno de generosidad y de grandeza, y me tenía gran estimación, hasta el punto de que un día me mandó llamar, y era un día bendito como éste; y cuando llegué a su casa le encontré rodeado de muchos amigos, y a todos los dejó para venir a mi encuentro, y me dijo: "Te ruego que me sangres". Entonces saqué el astrolabio, medí la altura del sol, examiné escrupulosamente los cálculos, y descubrí que la hora era nefasta, y que aquel día era muy peligrosa la operación de sangrar. Y en seguida comuniqué mis temores a tu difunto padre, y tu padre se sometió dócilmente a mis palabras, y tuvo paciencia hasta que llegó la hora fausta y propicia para la operación. Entonces le hice una buena sangría, y se la dejó hacer con la mayor docilidad, y me dió las gracias más expresivas, y por si no fuese bastante, me las dieron también todos los presentes. Y para remunerarme por la sangría, me dió en el acto tu difunto padre cien dinares de oro".

Yo, al oír estas palabras, le dije: "¡Ojalá no haya tenido Alah compasión de mi difunto padre, por lo ciego que estuvo al recurrir a un barbero como tú!"

Y el barbero, al oírme, se echó a reír, meneando la cabeza, y exclamó: "¡No hay más Dios que Alah, y Mahoma es el enviado de Alah! ¡Bendito sea el nombre de Aquel que se transforma y no se transforma! Ahora bien, ¡oh, joven! yo te creía dotado de razón, pero estoy viendo que la enfermedad que tuviste te ha perturbado por completo el juicio y te hace divagar. Por esto no me asombra, pues conozco las palabras santas dichas por Alah en nuestro Santo y Precioso Libro, en un versículo que empieza de este modo: "Los que reprimen su ira y perdonan a los hombres culpables..." De modo que me avengo a olvidar tu sinrazón para conmigo y olvidó también tus agravios, y de todo ello te disculpo.

Pero, en realidad, he de confesarte que no comprendo tu impaciencia ni me explico su causa. ¿No sabes que tu padre no emprendía nunca nada sin consultar antes mi opinión? Y a fe que en esto seguía el proverbio que dice: "¡El hombre que pide consejo, se resguarda". Y yo, está seguro de ello, soy un hombre de valía, y no encontrarás nunca tan buen consejero como este tu servidor, ni persona más versada en los preceptos de la sabiduría y en el arte de dirigir hábilmente los negocios.

Heme, pues, aquí, plantado sobre mis dos pies, aguardando tus órdenes y dispuesto por completo a servirte. Pero dime, ¿cómo es que tú no me aburres, y en cambio te veo fastidiado y tan furioso? Verdad es que si tengo tanta paciencia contigo, es sólo por respeto a la memoria de tu padre, a quien soy deudor de muchos beneficios". Entonces le repliqué: "¡Por Alah! ¡Ya es demasiado! Me estás matando con tu charla. Te repito que sólo te he mandado llamar para que me afeites la cabeza y te marches en seguida".

Y diciendo esto, me levanté furioso, y quise echarle y alejarme de allí, a pesar de tener ya mojado y jabonado el cráneo. Entonces, sin alterarse, prosiguió: "En verdad que acabo de comprobar que te fastidio sobremanera. Pero no por eso te tengo mala voluntad, pues comprendo que tu inteligencia no es muy poderosa, y que, además, eres todavía demasiado joven. Pues no hace mucho tiempo que aun te llevaba yo a caballo sobre mis espaldas, para conducirte de este modo a la escuela, a la cual no querías ir". Y le contesté: "¡Vamos, hermano, te conjuro por Alah y por su verdad santa, que te vayas de aquí y me dejes dedicarme a mis ocupaciones! ¡Vete por tu camino!" Y al pronunciar estas palabras, me dió tal ataque de impaciencia, que me desgarré las vestiduras, y empecé a dar gritos inarticulados como un loco.

Y cuando el barbero me vió en aquel estado, se decidió a coger la navaja y a pasarla por la correa que llevaba a la cintura. Pero gastó tanto tiempo en pasar y repasar el acero por el cuero, que estuve a punto de que me saliese el alma del cuerpo. Pero, al fin, acabó por acercarse a mi cabeza, y empezó a afeitarme por un lado, y efectivamente, iban desapareciendo algunos pelos. Después se detuvo, levantó la mano, y me dijo: "¡Oh, joven dueño mío! Los arrebatos son tentaciones del Cheitán". Y me recitó estas estrofas:

¡Oh sabio! ¡Medita mucho tiempo tus propósitos, y no tomes nunca resoluciones precipitadas, sobre todo cuando te elijan para ser juez en la tierra!
¡Oh juez! ¡Nunca juzgues con dureza, y encontrarás misericordia cuando te toque el turno fatal!
¡Y no olvides jamás que no hay en la tierra mano tan poderosa que no pueda ser humillada por la mano de Alah, que la domina!
¡Y tampoco olvides que el tirano ha de encontrar siempre otro tirano que le oprimirá!

Después me dijo: "¡Oh, mi señor! Ya veo sobradamente que no te merecen ninguna consideración mis méritos ni mi talento. Y, sin embargo, esta misma mano que hoy te afeita es la misma mano que toca y acaricia la cabeza de los reyes, emires, visires y gobernadores; en una palabra, la cabeza de toda la gente ilustre y noble. Y debía referirse a mí, o a alguien que se me pareciese, el poeta que habló de este modo:

¿Considero todos los oficios como collares preciosos, pero el barbero es la perla más hermosa del collar!
¡Supera en sabiduría y grandeza de alma a los más sabios y a los más ilustres, y su mano domina la cabeza de los reyes!
Y replicando a tanta palabrería, le dije: "¿Quieres ocuparte en tu oficio, sí o no? Has conseguido destrozarme el corazón y hundirme el cerebro". Y entonces exclamó: "Voy sospechando que tienes prisa de que acabe". Y le dije: "¡Sí que la tengo! ¡Sí que la tengo! ¡Y sí que la tengo!" Y él insistió: "Que aprenda tu alma un poco de paciencia y de moderación. Porque sabe, ¡oh mi joven amo! que el apresuramiento es una mala sugestión del Tentador, y sólo trae consigo el arrepentimiento y el fracaso.

Además, nuestro soberano Mohamed (¡sean con él las bendiciones y la paz!) ha dicho: "Lo más hermoso del mundo es lo que se hace con lentitud y madurez". Pero lo que acabas de decirme excita grandemente mi curiosidad, y te ruego que me expliques el motivo de tanta impaciencia, pues nada perderás con decirme qué es lo que te obliga a apresurarte de este modo. Confío, en mi buen deseo hacia ti, que será una causa agradable, pues me causaría mucho sentimiento que fuese de otra clase. Pero ahora tengo que interrumpir por un momento mi tarea, pues como quedan pocas horas de sol, necesito aprovecharlas". Entonces soltó la navaja, cogió el astrolabio, y salió en busca de los rayos del sol, y estuvo mucho tiempo en el patio. Y midió la altura del sol, pero todo esto sin perderme de vista y haciéndome preguntas. Después, volviéndose hacia mí, me dijo: "Si tu impaciencia es sólo por asistir a la oración, puedes aguardar tranquilamente, pues sabe que en realidad aun nos quedan tres horas, ni más ni menos. Nunca me equivoco en mis cálculos". Y yo contesté: "¡Por Alah! ¡Ahórrame estos discursos, pues me tienes con el hígado hecho trizas!"

Entonces cogió la navaja, y volvió a suavizarla como lo había hecho antes, y reanudó la operación de afeitarme poco a poco, pero no podía dejar de hablar, y prosiguió: "Mucho siento tu impaciencia, y si quisieras revelarme su causa, sería bueno y provechoso para ti. Pues ya te dije que tu difunto padre me profesaba gran estimación; y nunca emprendía nada sin oír mi parecer". Entonces hube de convencerme que para librarme del barbero, no me quedaba otro recurso que inventar algo para justificar mi impaciencia, pues pensé: "He aquí que se aproxima la hora de la plegaria, y si no me apresuro a marchar a casa de la joven, se me hará tarde, pues la gente saldrá de las mezquitas, y entonces todo lo habré perdido". Dije, pues, al barbero: "Abrevia de una vez y déjate de palabras ociosas y de curiosidades indiscretas. Y ya que te empeñas en saberlo, te diré que tengo que ir a casa de un amigo que acaba de enviarme una invitación urgente, convidándome a un festín".

Pero cuando oyó hablar de convite y festín, el barbero dijo: "¡Que Alah te bendiga y te llene de prosperidades! Porque precisamente me haces recordar que he convidado a comer en mi casa a varios amigos, y se me ha olvidado prepararles comida. Y me acuerdo ahora, cuando ya es demasiado tarde".

Entonces le dije: "No te preocupe ese retraso, que lo voy a remediar en seguida. Ya que no como en mi casa por haberme convidado a un festín, quiero darte cuantos manjares y bebidas tenía dispuestos, pero con la condición de que termines en seguida tu negocio y acabes a escape de afeitarme la cabeza". Y el barbero contestó: "¡Ojalá Alah te colme de sus dones y te lo pague en bendiciones en su día! Pero ¡oh, mi señor! ten la bondad de enumerar, aunque sea muy sucintamente, las cosas con que va a obsequiarme, tu generoso desprendimiento, para que yo las conozca". Y le dije: "Tengo a tu disposición cinco marmitas llenas de cosas excelentes: berenjenas y calabacines rellenos, hojas de parra sazonadas con limón, albondiguillas con trigo partido y carne mechada, arroz con tomate y filetes de carnero, guisado con cebolletas. Además, diez pollos asados y un carnero a la parrilla. Después, dos grandes bandejas: una de kenafa y la otra de pasteles, quesos, dulces y miel. Y frutas de todas clases: pepinos, melones, manzanas, limones, dátiles frescos y otras muchas más". Entonces me dijo: "Manda traer todo eso aquí para verlo". Y yo mandé que lo trajesen, y lo fué examinando y lo probó todo, y me dijo: "¡Grande es tu generosidad; pero faltan las bebidas!" Y yo contesté: "También las tengo". Y replicó: "Di que las traigan". Y mandé traer seis vasijas, llenas de seis clases de bebidas, y las probó una por una, y me dijo: "¡Alah te provea de todas sus gracias! ¡Cuán generoso es tu corazón! Pero ahora falta el incienso, y el benjuí, y los perfumes para quemar en la sala, y el agua de rosas y la de azahar para rociar a mis huéspedes". Entonces mandé traer un cofrecillo lleno de ámbar gris, madera de áloe, nadd, almizcle, incienso y benjuí, que valía más de cincuenta dinares de oro, y no se me olvidaron las esencias aromáticas ni los hisopos de plata con agua de olor. Y como el tiempo se acortaba tanto como se me oprimía el corazón, dije al barbero: "Toma todo esto, pero acaba de afeitarme la cabeza, por la vida de Mohamed (¡sean con El la oración y la paz de Alah!)"

Y el barbero dijo entonces: "¡Por Alah ! No cogeré este cofrecillo sin haberlo abierto a fin de saber su contenido". Y no hubo más remedio que llamar a un criado para que abriese el cofrecillo. Y entonces el barbero soltó el astrolabio, se sentó en el suelo, y empezó a sacar todos los perfumes, incienso, benjuí, almizcle, ámbar gris, áloe, y los olfateó uno tras otro con tanta lentitud y tanta parsimonia, que se me figuró otra vez que el alma se me salía del cuerpo. Después se levantó, me dió las gracias, cogió la navaja y volvió a reanudar la operación de afeitarme la cabeza. Pero apenas había empezado, se detuvo de nuevo y me dijo:

"¡Por Alah! ¡Oh, hijo de mi vida! ¡No sé a cuál de los dos alabar y bendecir hoy más extremadamente, si a ti o a tu difunto padre! Porque en realidad, el festín que voy a dar en mi casa se debe por completo a tu iniciativa generosa y a tus magnánimos donativos. Pero, ¿te lo diré? Permíteme que te haga esta confianza: Mis convidados son personas poco dignas de tan suntuoso festín. Son, como yo, gente de diversos oficios, pero resultan deliciosos. Y para que te convenzas, nada mejor que los enumere: en primer lugar, el admirable Zeitún, el que da masajes en el hammam; el alegre y bromista Salih, que vende torrados; Haukal, vendedor de habas cocidas; Hakraschat, verdulero; Hamid, basurero, y finalmente, Hakaresch, vendedor de leche cuajada.

Todos estos amigos a quienes he invitado, no son, ni con mucho, de esos charlatanes, curiosos e indiscretos, sino gente muy festiva, a cuyo lado no puede haber tristeza. El que menos, vale más en mi opinión que el rey más poderoso. Pues sabe que cada uno de ellos tiene fama en toda la ciudad por un baile y una canción diferentes. Y por si te agradase alguna, voy a bailar y cantar cada danza y cada canción.

Fíjate bien: he aquí la danza de mi amigo Zeitún, el del hammam. ¿Qué te ha parecido? Y en cuanto a su canción, es ésta:

¡Mi amiga es tan gentil, que el cordero más dulce no la iguala en dulzura!¡La quiero apasionadamente, y ella me ama lo mismo! ¡Y me quiere tanto, que apenas me alejo un instante, la veo acudir y echarse en mi cama!
¡Mi amiga es tan gentil, que el cordero más dulce no la iguala en dulzura!

Pero, ¡oh, hijo de mi vida! -prosiguió el barbero- he aquí ahora la danza de mi amigo el basurero Hamid. ¡Observa cuán sugestiva es, cuánta es su alegría y cuánta es su ciencia! Y escucha la canción:

¡Mi mujer es avara, y si le hiciese caso me moriría de hambre!
¡Mi mujer es fea, y si le hiciese caso estaría siempre encerrado en mi casa!
¡Mi mujer esconde el pan en la alacena! ¡Pero si no como pan y sigue siendo tan fea que haría correr a un negro de narices aplastadas, tendré que acabar por castrarme!

Después, el barbero, sin darme tiempo ni para hacer una seña de protesta, imitó todas las danzas de sus amigos y entonó todas sus canciones. Y luego me dijo: "Eso es lo que saben hacer mis amigos. De modo que si quieres reírte de veras, he de aconsejarte, por interés tuyo y placer para todos, que vengas a mi casa, para estar en nuestra compañía y dejes a esos amigos a quienes me has dicho que tenías intención de ver. Porque observo aún en tu cara huellas de fatiga, y además de esto, como acabas de salir de una enfermedad, convendría que te precavieses, pues es muy posible que haya entre esos amigos alguna persona indiscreta, de esas aficionadas a la palabrería, o cualquier charlatán sempiterno, curioso e importuno, que te haga recaer en tu enfermedad de modo más grave que la primera vez".

Entonces dije: "Hoy no me es posible aceptar tu invitación; otro día será". Y él contestó: "Lo más ventajoso para ti es que apresures el momento de venir a mi casa, para que disfrutes de toda la urbanidad de mis amigos y te aproveches de sus admirables cualidades. Así, obrarás según dice el poeta:

¡Amigo, no difieras nunca el aprovecharte del goce que se te ofrece! ¡No dejes nunca para otro día la voluptuosidad que pasa! ¡Porque la voluptuosidad no pasa todos los días, ni el goce ofrece diariamente sus labios a tus labios! ¡Sabe que la fortuna es mujer, y como la mujer, mudable!

Entonces, con tanta arenga y tanta habladuría, hube de echarme a reír, pero con el corazón lleno de rabia. Y después dije al barbero: "Ahora te mando que acabes de afeitarme y me dejes ir por el camino de Alah, bajo su santa protección, y por tu parte, ve a buscar a tus amigos, que a estas horas te estarán aguardando". Y el barbero repuso: "Pero, ¿por qué te niegas? Realmente, no es que te pida una gran cosa. Fíjate bien: que vengas a conocer a mis amigos, que son unos compañeros deliciosos y que nada tienen de indiscretos ni de importunos. Y aun podría decirte que, en cuanto los veas una vez nada más, no querrás tener trato con otros, y abandonarás para siempre a tus actuales amigos".

Y yo dije: "¡Aumente Alah la satisfacción que su amistad te causa! Algún día los convidaré a un banquete que daré para ellos".

Entonces este maldito barbero me dijo: "Ya veo que de todos modos prefieres el festín de tus amigos y su compañía a la compañía de los míos, pero te ruego que tengas un poco de paciencia y que aguardes a que lleve a mi casa estas provisiones que debo a tu generosidad. Las pondré en el mantel, delante de mis convidados, y como mis amigos no cometerán la majadería de molestarme si los dejo solos para que honren mi mesa, les diré que hoy no cuenten conmigo ni guarden mi regreso. Y en seguida vendré a buscarte, para ir contigo adonde quieras ir". Entonces exclamé: "¡Oh! ¡Sólo hay fuerzas y recursos en Alah Altísimo y Omnipotente! Pero tú ¡oh, ser humano! vete a buscar a tus amigos, diviértete con ellos cuanto quieras, y déjame marchar en busca de los míos, que a esta hora precisamente esperan mi llegada". Y el barbero dijo: "¡Eso nunca! De ningún modo consentiré en dejarte solo". Y yo, haciendo mil esfuerzos para no insultarle, le dije: "Sabe, en fin, que al sitio donde voy no puedo ir más que solo". Y él dijo: "¡Entonces ya comprendo! es que tienes cita con una mujer, pues si no, me llevarías contigo. Y sin embargo, sabe que no hay en el mundo quien merezca ese honor como yo, y sabe además que podría ayudarte mucho en cuanto quisieras hacer. Pero ahora se me ocurre que acaso esa mujer sea una forastera embaucadora. Y si es así, ¡desdichado de ti si vas solo! ¡Allí perderás el alma, seguramente! Porque esta ciudad de Bagdad no se presta a esa clase de citas. ¡Oh, nada de eso! Sobre todo, desde que tenemos este nuevo gobernador, cuya severidad es tremenda para estas cosas. Y dicen que no tiene zib ni compañones, y por odio y por envidia castiga con tal crueldad esa clase de aventuras".

Entonces, no pudiendo reprimirme, exclamé violentamente: "¡Oh tú el más maldito de los verdugos! ¿Vas a acabar de una vez con esa infame manía de hablar?" Y el barbero consintió en callar un rato, y cogió de nuevo la navaja, y por fin acabó de afeitarme la cabeza. Y a todo esto, ya hacía rato que había llegado la hora de la plegaria. Y para que el barbero se marchase, le dije: "Ve a casa de tus amigos a llevarles esos manjares y bebidas, que yo te prometo aguardar tu vuelta para que puedas acompañarme a esa cita". E insistí mucho, a fin de convencerle. Y entonces me dijo: "Ya veo que quieres engañarme para deshacerte de mí y marcharte solo. Pero sabe que te atraerás una serie de calamidades de las que no podrás salir ni librarte. Te conjuro, pues, por interés tuyo, a que no te vayas hasta que yo vuelva, para acompañarte y saber en qué para tu aventura". Yo le dije: "Sí, pero ¡por Alah! no tardes mucho en volver".

Entonces el barbero me rogó que le ayudara a echarse a cuesta todo lo que le había regalado, y a ponerse encima de la cabeza las dos grandes bandejas de dulces, y salió cargado de este modo. Pero apenas se vió fuera el maldito, cuando llamó a dos ganapanes, les entregó la carga, les mandó que la llevasen a su casa, y se emboscó en una calleja, acechando mi salida.

En cuanto a mí, apenas desapareció el barbero, me lavé lo más de prisa posible, me puse la mejor ropa, y salí de mi casa. E inmediatamente oí la voz de los muezines, que llamaban a los creyentes a la oración aquel santo día de viernes:

¡Bismillahi'rramani'rrahim! ¡En nombre de Alah, el Clemente sin límites, el Misericordioso!
¡Loor a Alah, Señor de los hombres, Clemente y Misericordioso! ¡Supremo soberano, Árbitro absoluto el día de la Retribución! ¡A ti adoramos, tú socorro imploramos!
¡Dirígenos por el camino recto, por el camino de aquellos a quienes colmaste de beneficios,
Y no por el camino de aquellos que incurrieron en tu cólera, ni de los que se han extraviado!

Al verme fuera de casa, me dirigí apresuradamente a la de la joven. Y cuando llegué a la puerta del kadí, instintivamente volví la cabeza y vi al maldito barbero a la entrada del callejón. Pero como la puerta estaba entornada, esperando que yo llegase, me precipité dentro y la cerré en seguida. Y vi en el patio a la vieja que me guió al piso alto, donde estaba la joven.

Pero apenas había entrado, oímos gente que venía por la calle.

Era el kadí que, con su séquito, volvía de la oración. Y vi en la esquina barbero, que seguía aguardándome. En cuanto al kadí, me tranquilizó la joven, diciéndome que la visitaba pocas veces, y que además siempre se encontraría medio de ocultarme.

Pero, por mi desgracia, había dispuesto Alah que ocurriera un incidente, cuyas consecuencias no pudieron serme más fatales. Se dió coincidencia de que precisamente aquel día una de las esclavas del kadí hubiese merecido un castigo. Y el kadí, en cuanto entró, se puso apalearla, y debía pegarle muy recio, porque la esclava empezó a dar alaridos. Y entonces uno de los negros de la casa intercedió por ella, pero, enfurecido el kadí, le dió también de palos, y el negro empezó gritar. Y se armó tal tumulto, que alborotó toda la calle, y el maldito barbero creyó que me habían sorprendido y que era yo quien chillaba. Entonces comenzó a lamentarse, y se desgarró la ropa, cubrió de polvo la cabeza y pedía socorro a los transeúntes que empezaban a reunirse a su alrededor. Y llorando decía: "¡Acaban de asesinar a mi amo en la casa del kadí!" Después, siempre chillando, corrió a mi casa seguida de la multitud, y avisó a mis criados, que en seguida se armaron de garrotes y corrieron hacia la casa del kadí, vociferando y alentándose mutuamente. Y llegaron todos, con el barbero a la cabeza. Y el barbero seguía destrozándose la ropa y gritando a voz en cuello delante de la puerta del kadí junto adonde yo estaba.

Y cuando el kadí oyó este tumulto, miró por una ventana y vió a todos aquellos energúmenos que golpeaban su puerta con los palos. Entonces, juzgando que la cosa era bastante grave, bajó, abrió la puerta y preguntó: "¿Qué pasa, buena gente?" Y mis criados le dijeron: "¿Eres tú quien ha matado a nuestro amo?" Y él repuso: "¿Pero quién es vuestro amo, y qué ha hecho para que yo lo mate?"

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches
Pero cuando llegó la 30ª noche
 de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 30ª NOCHE


Ella dijo:

He llegado a saber ¡oh rey afortunado! que el kadí, sorprendido, les dijo: "¿Qué ha hecho vuestro amo para que yo lo mate? ¿Y por qué está entre vosotros ese barbero que chilla y se revuelve como un asno?" Entonces el barbero exclamó: "Tú eres quien ha matado a palos a mi amo, pues yo estaba en la calle y oí sus gritos".

Y el kadí contestó:

"¿Pero quién es tu amo? ¿De dónde viene? ¿Adónde va? ¿Quién lo ha traído aquí?" Y el barbero dijo: "Malhadado kadí, no te hagas el tonto, pues sé toda la historia, la entrada de mi amo en tu casa y todos los demás pormenores. Sé, y ahora quiero que todo el mundo lo sepa, que tu hija está prendada de mi amo, y mi amo la corresponde. Y le he acompañado hasta aquí. Y tú lo has sorprendido en la cama con tu hija, y lo has matado a palos, sin ayuda de tu servidumbre. Y yo te voy a obligar ahora mismo a que vengas conmigo al palacio de nuestro único juez, el califa, como no prefieras devolvernos inmediatamente a nuestro amo, indemnizarle de los malos tratos que le has hecho sufrir y entregárnoslo, sano y salvo, a mí y a sus parientes. Si no, me obligarás a entrar a viva fuerza en tu casa para libertarlo. Apresúrate, pues, a entregárnoslo".

Al oír estas palabras, el kadí quedó cortado y lleno de confusión y de vergüenza ante toda aquella gente que estaba escuchando. Pero de todos modos, volviéndose hacia el barbero, le dijo: "Si no eres un embaucador, te autorizo para que entres en mi casa y busques a tu amo por donde quieras, y lo libertes". Entonces el barbero se precipitó dentro de la casa.

Y yo, que asistía a todo esto detrás de una celosía, cuando vi que el barbero había entrado en la casa, quise huir inmediatamente. Pero por más que buscaba escaparme, no hallé ninguna salida que no pudiese ser vista por la gente de la casa o no la pudiese utilizar el barbero. Sin embargo, en una de las habitaciones encontré un cofre enorme que estaba vacío, y me apresuré a esconderme en él, dejando caer la tapa. Y allí me quedé bien quieto, conteniendo la respiración.

Pero el barbero, después de rebuscar por toda la casa, entró en aquel cuarto, y debió mirar a derecha e izquierda y ver el cofre. Entonces, el maldito comprendió que yo estaba dentro, y sin decir nada, lo cogió, se lo puso a la cabeza y buscó a escape la salida, mientras que yo me moría de miedo. Pero dispuso la fatalidad que el populacho se empeñase en ver lo que había en el cofre, y de pronto levantaron la tapa. Y yo, no pudiendo soportar aquella vergüenza, me levanté súbitamente y me tiré al suelo, pero con tal precipitación, que me rompí una pierna, y desde entonces estoy cojo. Y luego sólo pensé en escapar y esconderme, y como me vi entre una muchedumbre tan extraordinaria, me puse a echar puñados de monedas, y mientras se detuvieron a recoger el oro, me escurrí y escapé lo más aprisa que pude. Y así recorrí las calles más oscuras y más apartadas. Pero juzgad cuál sería mi temor cuando de pronto vi al barbero detrás de mí. Y decía a gritos: "¡Oh buenas gentes! ¡Gracias a Alah que he encontrado a mi amo!" Después, sin dejar de correr detrás de mí me dijo: "¡Oh mi señor! Ya ves ahora cuán mal hiciste en obrar con impaciencia y sin atender a mis consejos, porque, según has podido comprobar, no eras hombre de muchas luces, pues eres muy arrebatado y hasta algo simple. Pero señor, ¿adónde corres así? ¡Aguárdame!" Y yo, que no sabía ya cómo deshacerme de aquella calamidad a no ser por la muerte, me paré y le dije: "¡Oh barbero! ¿No te basta con haberme puesto en el estado en que me ves? ¿Quieres, pues, mi muerte?"

Pero al acabar de hablar vi abierta delante de mí la tienda de un mercader amigo mío. Me precipité dentro y supliqué al mercader que le impidiera entrar detrás de mí a ese maldito. Y pudo lograrlo con la amenaza de un garrote enorme y echándole miradas terribles. Pero el barbero no se fué sin maldecir al mercader y también al padre y al abuelo del mercader, vomitando insultos, injurias y maldiciones tanto contra mí como contra el mercader. Y yo di gracias al Recompensador por aquella liberación que no esperaba nunca.

El mercader me interrogó entonces, y le conté mi historia con este barbero, y le rogué que me dejara en su tienda hasta mi curación, pues no quería volver a mi casa por miedo a que me persiguiese otra vez ese barbero de betún.

Pero por la gracia de Alah mi pierna acabó de curarse. Entonces cogí todo el dinero que me quedaba, mandé llamar testigos y escribí un testamento, en virtud del cual legaba a mis parientes el resto de mi fortuna, mis bienes y mis propiedades después de mi muerte, y elegí a una persona de confianza para que administrase todo aquello, encargándole que tratase bien a todos los míos, grandes y pequeños. Para perder de vista definitivamente a este barbero maldito, decidí salir de Bagdad y marcharme a cualquiera otra parte donde no corriese el riesgo de encontrarme cara a cara con mi enemigo.

Salí, pues, de Bagdad, y no dejé de viajar día y noche hasta que llegué a este país, donde creía haberme librado de mi perseguidor. Pero ya veis que todo fué trabajo perdido, ¡oh mis señores! pues me lo acabo de encontrar entre vosotros, en este banquete a que me habéis invitado.

Por eso os explicaréis que no pueda tener tranquilidad mientras no huya de este país, como del otro, ! y todo por culpa de ese malvado, de esa calamidad con cara de piojo, de ese barbero asesino, a quien Alah confunda, a él, a su familia y a toda su descendencia!"

Cuando aquel joven -prosiguió el sastre, hablando al rey de la China- acabó de pronunciar estas palabras, se levantó con el rostro muy pálido, nos deseó la paz, y salió sin que nadie pudiera impedírselo.

En cuanto a nosotros, una vez que oímos esta historia tan sorprendente, miramos al barbero, que estaba callado y con los ojos bajos, y le dijimos: "¿Es verdad lo que ha contado ese joven? Y en tal caso, ¿por qué procediste de ese modo, causándole tanta desgracia?" Entonces el barbero levantó la frente, y nos dijo: "¡Por Alah! Bien sabía yo lo que me hacía al obrar así, y lo hice para ahorrarle mayores calamidades. Pues a no ser por mí, estaba perdido sin remedio. Y tiene que dar gracias a Alah y dármelas a mí por no haber perdido más que una pierna en vez de perderse por completo. En cuanto a vosotros, ¡oh mis señores! Para probaros que no soy ningún charlatán, ni un indiscreto, ni en nada semejante a ninguno de mis seis hermanos, y para demostraros también que soy un hombre listo y de buen criterio, y sobre todo muy callado, os voy a contar mi historia, y juzgaréis". Después de estas palabras, todos nosotros -continuó el sastre- nos dispusimos a escuchar en silencio aquella historia, que juzgábamos había de ser extraordinaria.



Las mil y una noches
Historia del barbero
 de Anónimo



HISTORIAS DEL BARBERO DE BAGDAD Y DE SUS SEIS HERMANOS

(Contadas por el barbero y repetidas por el sastre)

HISTORIA DEL BARBEROEditar

El barbero dijo:

"Sabed, pues, ¡oh mis señores! Que yo viví en Bagdad durante el reinado del Emir de los Creyentes El-Montasser Billah (El victorioso con ayuda de Alah) Y bajo su gobierno vivíamos, porque amaba a los pobres y a los humildes, y gustaba de la compañía de los sabios y poetas.

Pero un día entre los días, el califa tuvo motivos de queja contra diez individuos que habitaban no lejos de la ciudad, y mandó al gobernador-lugarteniente que trajese entre sus manos a estos diez individuos. Y quiso el Destino que precisamente cuando les hacían atravesar el Tigris en una barca, estuviese yo en la orilla del río. Y vi a aquellos hombres en la barca, y dije para mí: "Seguramente esos hombres se han dado cita en esa barca para pasarse en diversiones todo el día, comiendo y bebiendo. Así es que necesariamente me tengo que convidar para tomar parte en el festín".

Me aproximé a la orilla, y sin decir palabra, que por algo soy el Silencioso, salté a la barca y me mezclé con todos ellos. Pero de pronto vi llegar a los guardias del walí, que se apoderaron de todos, les echaron a cada uno una argolla al cuello y cadenas a las manos, y acabaron por cogerme a mí también y ponerme asimismo la argolla al cuello, y las cadenas a las manos. Y yo no dije palabra, lo cual os demostrará ¡oh mis señores! mi firmeza de carácter y mi poca locuacidad. Me aguanté, pues, sin protestar, y me vi llevado con los diez individuos a la presencia del Emir de los Creyentes, el califa Montasser Billah.

Y en cuanto nos vió, el califa llamó al portaalfanje, y le dijo: "¡Corta inmediatamente la cabeza a esos diez malvados!" Y el verdugo nos puso en fila en el patio, a la vista del califa, y empuñando el alfanje, hirió la primera cabeza y la hizo saltar, y la segunda, y la tercera, hasta la décima. Pero cuando llegó a mí, el número de cabezas cortadas era precisamente el de diez, y no tenía orden de cortar ni una más. Se detuvo, por lo tanto, y dijo al califa que sus órdenes estaban ya cumplidas. Pero entonces volvió la cara el califa, y viéndome todavía en pie, exclamó: "¡Oh mi portaalfanje! Te he mandado cortar la cabeza a los diez malvados! ¿Cómo es que perdonaste al décimo?" Y el portaalfanje repuso: "¡Por la gracia de Alah sobre ti y por la tuya sobre nosotros! He cortado diez cabezas". Y el califa dijo: "Vamos a ver; cuéntalas delante de mí". Las contó, y efectivamente, resultaron diez cabezas. Y entonces el califa me miró y me dijo: "¿Pero tú quién eres? ¿Y qué haces ahí entre esos bandidos, derramadores de sangre?"

Entonces, ¡oh señores! y sólo entonces, al ser interrogado por el Emir de los Creyentes, me resolví a hablar. Y dije: "¡Oh Emir de los Creyentes! Soy el jeique a quien llaman El-Samed, a causa de mi poca locuacidad. En punto a prudencia, tengo un buen acopio en mi persona, y en cuanto a la rectitud de mi juicio, la gravedad de mis palabras, lo excelente de mi razón, lo agudo de mi inteligencia y mi ninguna verbosidad, nada he de decirte, pues tales cualidades son en mí infinitas. Mi oficio es el de afeitar cabezas y barbas, escarificar piernas y pantorrillas y aplicar ventosas y sanguijuelas. Y soy uno de los siete hijos de mi padre, y mis seis hermanos están vivos.

Pero he aquí la aventura. Esta misma mañana me paseaba yo a lo largo del Tigris, cuando vi a esos diez individuos que saltaban a una barca, y me junté con ellos, y con ellos me embarqué, creyendo que estaban convidados a algún banquete en el río. Pero he aquí que, apenas llegamos a la otra orilla, adiviné que me encontraba entre criminales, y me di cuenta de esto al ver a tus guardias que se nos echaban encima y nos ponían la argolla al cuello. Y aunque nada tenía yo que ver con esa gente, no quise hablar ni una palabra ni protestar de ningún modo, obligándome a ello mi excesiva firmeza de carácter y mi ninguna locuacidad. Y mezclado con estos hombres fui conducido entre tus manos, j oh Emir de los Creyentes! Y mandaste que cortasen la cabeza a esos diez bandidos, y fui el único que quedó entre las manos de tu portaalfanje, y a pesar de todo, no dije tan siquiera ni una palabra. Creo, pues, que esto es una buena prueba de valor y de firmeza muy considerable. Y además, el sólo hecho de unirme con esos diez desconocidos es por sí mismo la mayor demostración de valentía que yo sepa.

Pero no te asombre mi acción, ¡oh Emir de los Creyentes pues toda mi vida he procedido del mismo modo, queriendo favorecer a los extraños".

Cuando el califa oyó mis palabras, y advirtió en ellas que en mí era nativo el valor y la virilidad, y amor al silencio y a la compostura, y mi odio a la indiscreción y a la impertinencia, a pesar de lo que diga ese joven cojo que estaba ahí hace un momento, y a quien salvé de toda clase de calamidades, el Emir dijo: "¡Oh venerable jeique. barbero espiritual e ingenio lleno de gravedad y de sabiduría!

Dime: ¿y tus seis hermanos son como tú? ¿Te igualan en prudencia, talento y discreción? Y yo respondí: "¡Alah me libre de ellos! ¡Cuán poco se asemejan a mí, oh Emir de los Creyentes! ¡Acabas de afligirme con tu censura al compararme con esos seis locos que nada tienen de común conmigo, ni de cerca ni de lejos! Pues por su verbosidad impertinente, por su indiscreción y por su cobardía, se han buscado mil disgustos, y cada cual tiene una deformidad física, mientras que yo estoy sano y completo de cuerpo y espíritu. Porque, efectivamente, el mayor de mis hermanos es cojo; el segundo, tuerto; el tercero, mellado; el cuarto, ciego; el quinto, no tiene narices ni orejas, porque se las cortaron, y al sexto le han rajado los labios.

Pero ¡oh Emir de los Creyentes! no creas que exagero con esto mis cualidades, ni aumento los defectos de mis hermanos. Pues si te contase su historia, verías cuán diferente soy de todos ellos. Y como su historia es infinitamente interesante y sabrosa, te la voy a contar sin más dilaciones.


Las mil y una noches
Historia de Bacbuk, primer hermano del barbero
 de Anónimo



Así, ¡oh Emir de los Creyentes! que el mayor de mis hermanos, el que quedó cojo, se llama El-Bacbuk, porque cuando se pone a charlar parece oírse el ruido que hace un cántaro al vaciarse. Su oficio ha sido el de sastre en Bagdad.

Ejercía su oficio de sastre en una tiendecilla cuyo propietario era un hombre cuajado de dinero y de riquezas. Este hombre habitaba en lo alto de la misma casa en que estaba situada la tienda de mi hermano Bacbuk. Y además, en el subterráneo de la casa había un molino donde vivían un molinero y el buey del molinero.

Pero un día que mi hermano Bacbuk estaba cosiendo, sentado en su tienda, teniendo debajo de él al molinero y al buey del molinero, y encima al enriquecido propietario, he aquí que mi hermano Bacbuk levantó de pronto la cabeza, y vió asomada en una de las ventanas altas a una hermosa mujer como la luna saliente, que se distraía mirando a los transeúntes. Y esta mujer era la esposa del propietario de la casa.

Al verla mi hermano Bacbuk sintió que su corazón se prendaba apasionadamente de ella, y le fué imposible coser ni hacer otra cosa que mirar a la ventana. Y se pasó todo el día como aturdido y en contemplación hasta por la noche. Y al día siguiente, en cuanto amaneció, se sentó en su sitio de costumbre, y mientras cosía, muy poco a poco, levantaba a cada momento la cabeza para mirar a la ventana. Y a cada puntada que daba con la aguja se pinchaba los dedos, pues tenía los ojos en la ventana constantemente. Y así estuvo varios días, durante los cuales apenas si trabajó ni su labor valió más de un dracma.

En cuanto a la joven, comprendió en seguida los sentimientos de mi hermano Bacbuk. Y se propuso sacarles todo el partido posible y divertirse a su costa. Y un día que estaba mi hermano más entontecido que de costumbre, la joven le dirigió una mirada asesina, que se clavó inmediatamente en el corazón de Bacbuk. Y Bacbuk miró en seguida a la joven, pero de un modo tan ridículo, que ella se quitó de la ventana para reírse a su gusto, y fué tal su explosión de risa, que se cayó de trasero sobre el piso. Pero el infeliz de Bacbuk llegó al límite de la alegría pensando que la joven le había mirado cariñosamente.

Así es que al día siguiente no se asombró, ni con mucho, mi hermano Bacbuk, cuando vió entrar en su tienda al propietario de la casa, que llevaba debajo del brazo una hermosa pieza de hilo envuelta en un pañuelo de seda, y le dijo: "Te traigo esta pieza de tela para que me cortes unas camisas". Entonces Bacbuk no dudó que aquel hombre estaba allí enviado por su mujer, y contestó: "¡Sobre mis ojos y sobre mi cabeza! Esta misma noche estarán acabadas tus camisas". Y efectivamente, mi hermano se puso a trabajar con tal ahínco, privándose hasta de comer, que por la noche, cuando llegó el propietario de la casa, ya tenía las veinte camisas cortadas, cosidas y empaquetadas en el pañuelo de seda. Y el propietario de la casa le preguntó: "¿Qué te debo?" Pero precisamente en aquel instante se presentó furtivamente en la ventana la joven, y dirigió una mirada a Bacbuk, haciéndole una seña con los ojos, como indicándole que no aceptase nada. Y mi hermano no quiso cobrarle nada al propietario de la casa, por más que en aquella ocasión estuviese muy apurado y cualquier dinero habría sido para él una gran ayuda. Pero se consideró dichoso con trabajar para el marido y favorecerle por amor a la linda cara de la mujer.

Y al día siguiente al amanecer se presentó el propietario de la casa con otra pieza de tela debajo del brazo, y le dijo a mi hermano Bacbuk: "He aquí que acaban de advertirme en mi casa que necesito también calzoncillos nuevos para ponérmelos con las camisas nuevas. Y te traigo esta otra pieza de tela para que me hagas calzoncillos. Pero que sean muy anchos. Y no escatimes para nada los pliegues ni la tela". Mi hermano contestó: "Escucho y obedezco". Y se estuvo tres días completos cose que te cose, sin tomar otro alimento que el estrictamente necesario, pues no quería perder tiempo, y además no tenía ni un dracma para comprar comida.

Y cuando hubo terminado los calzoncillos, los envolvió en el pañuelo, y muy contento, fué a llevárselos él mismo al propietario de la casa.

No es necesario decir, ¡oh Emir de los Creyentes! que la joven se había puesto de acuerdo con su marido para burlarse del infeliz de mi hermano y hacerle las más sorprendentes jugarretas. Porque cuando mi hermano le presentó los calzoncillos al propietario de la casa, éste hizo como que iba a pagarle, pero inmediatamente apareció en la puerta la linda cara de la mujer, sonriéndole con los ojos y haciéndole señas con las cejas para que no cobrase.

Y Bacbuk se negó en redondo a recibir nada del marido. Entonces el marido se ausentó un instante para hablar con su esposa, que había desaparecido también, y volvió en seguida junto a mi hermano y le dijo: "Para agradecer tus favores, hemos resuelto mi mujer y yo casarte con nuestra esclava blanca, que es muy hermosa y muy gentil, y de tal suerte serás de nuestra casa". Y Bacbuk se figuró en seguida que era una excelente astucia de la mujer para que él pudiera entrar con libertad en la casa. Y aceptó en el acto. Y al momento mandaron llamar a la esclava, y la casaron con mi hermano Bacbuk.


Pero cuando llegó la noche, quiso acercarse Bacbuk a la esclava blanca, y ésta le dijo: "¡No, no! ¡Esta noche no!" Y por mucho que lo deseara Bacbuk, no pudo darle ni siquiera un beso.

Además, el propietario de la casa había dicho a mi hermano Bacbuk que aquella noche, en lugar de dormir en la tienda, durmiese en el molino que había en el sótano de la casa, a fin de que estuviesen más anchos él y su mujer. Y como la esclava, después de resistirse a la copulación, se subió a casa de su señora, Bacbuk tuvo que acostarse solo. Y al amanecer aun dormía Bacbuk, cuando entró el molinero y dijo en alta voz: "Ya ha descansado bastante este buey. Voy a engancharlo al molino para moler todo ese trigo que se me está amontonando en cantidad considerable". Y se acercó entonces a mi hermano, fingiendo confundirle con el buey, y le dijo: "¡Vaya, arriba, holgazán, que tengo que engancharte!" Y mi hermano Bacbuk no quiso hablar, tal era su estupidez, y se dejó enganchar al molino. Y el molinero lo ató por la cintura al cilindro del molino, y dándole un fuerte latigazo, exclamó: "¡Yallah!" Y cuando Bacbuk recibió aquel golpe no pudo menos que mugir como un buey. Y el molinero siguió dándole fuertes latigazos y haciéndole dar vueltas al molino durante mucho tiempo. Y mi hermano mugía absolutamente como un buey, y resoplaba al recibir los estacazos.

Y no tardó en llegar el propietario de la casa, que, al verle en tal estado, dando vueltas y recibiendo golpes, fué en seguida a avisar a su mujer, y ésta envió a la esclava blanca, que desató a mi hermano y le dijo muy compasivamente: "Mi señora acaba de saber el mal trato que te han hecho sufrir, y lo siente muchísimo. Todos lamentamos tus sufrimientos". Pero el infeliz Bacbuk había recibido tanto palo y estaba tan molido, que no pudo contestar palabra.

Hallándose en tal estado, se presentó el jeique que había escrito su contrato de matrimonio con la esclava blanca. Y le deseó la paz, y le dijo: "¡Concédate Alah larga vida! ¡Así sea bendito tu matrimonio! Estoy seguro de que acabas de pasar una noche feliz y que has gozado los transportes más dulces y más íntimos, abrazos, besos y copulaciones desde la noche hasta la mañana". Y mi hermano Bacbuk le contestó: "¡Alah confunda a los embaucadores y a los pérfidos de tu clase, traidor a la milésima potencia! Tú me metiste en todo esto para que diese vueltas al molino en lugar del buey del molinero, y eso hasta la mañana". Entonces el jeique le invitó a que se lo contase todo, y mi hermano se lo contó. Y entonces el jeique le dijo: "Todo eso está muy claro. No es otra cosa sino que tu estrella no concuerda con la estrella de la joven". Y Bacbuk le replicó: "¡Ah, maldito! Anda a ver si puedes inventar más perfidias".

Después mi hermano se fué y volvió a meterse en su tienda, con el fin de aguardar algún trabajo que le permitiese ganar el pan, ya que tanto había trabajado sin cobrar.

Y mientras estaba sentado, hete aquí que se presentó la esclava blanca, y le dijo: "Mi ama te quiere muchísimo, y me encarga te diga que acaba de subir a la azotea para tener el gusto de contemplarte desde el tragaluz". Y efectivamente, mi hermano vió aparecer en el tragaluz a la joven, deshecha en lágrimas, y se lamentaba y decía: "¡Oh querido mío! ¿por qué me pones tan mala cara y estás tan enfadado que ni siquiera me miras? Te juro por tu vida que cuanto te ha pasado en el molino se ha hecho a espaldas mías. En cuanto a esa esclava loca, no quiero que la mires siquiera. En adelante, yo sola seré tuya". Y mi hermano Bacbuk levantó entonces la cabeza y miró a la joven. Y esto le bastó para olvidar todas las tribulaciones pasadas y para hartar sus ojos contemplando aquella hermosura. Después se puso a hablarle por señas, y ella con él, hasta que Bacbuk se convenció de que todas sus desgracias no le habían pasado a él, sino a otro cualquiera.

Y con la esperanza de ver a la joven, siguió cortando y cosiendo camisas, calzoncillos, ropa interior y ropa exterior, hasta que un día fué a buscarle la esclava blanca, y le dijo: "Mi señora te saluda. Y como mi amo y esposo suyo se marcha esta noche a un banquete que le dan sus amigos, y no volverá hasta la mañana, te aguardará impaciente mi señora para pasar contigo esta noche entre delicias y lo que sabes". Y el infeliz de Bacbuk estuvo a punto de volverse loco al oír tal noticia.

Porque la astuta casada había combinado un último plan, de acuerdo con su marido, para deshacerse de mi hermano, y verse libres, ella y él, de pagarle toda la ropa que le habían encargado. Y el propietario de la casa había dicho a su mujer: "¿Cómo haríamos para que entrase en tu aposento para sorprenderle y llevarle a casa del walí?" Y la mujer contestó: "Déjame obrar a mi gusto, y lo engañaré con tal engaño y lo comprometeré en tal compromiso, que toda la ciudad se ha de burlar de él".

Bacbuk no se figuraba nada de esto, pues desconocía en absoluto todas las astucias y todas las emboscadas de que son capaces las mujeres. Así es que, llegada la noche, fué a buscarle la esclava, y lo llevó a las habitaciones de su señora, que en seguida se levantó, le sonrió, y dijo: "¡Por Alah! ¡Dueño mío, qué ansias tenía de verte junto a mí!" Y Bacbuk contestó: "¡Y yo también! ¡Pero démonos prisa, y ante todo, un beso! Y en seguida..."

¡Pero aun no había acabado de hablar, cuando se abrió la puerta y entró el marido con dos esclavos negros, que se precipitaron sobre mi hermano Bacbuk, le ataron le arrojaron al suelo y empezaron por acariciarle la espalda con sus látigos. Después se lo echaron a cuestas para llevarle a casa del walí. Y el walí le condenó a que le diesen doscientos azotes, y después le montaron en un camello y le pasearon por todas las calles de Bagdad. Y un pregonero iba gritando: "¡De esta manera se castigará a todo cabalgador que asalte a la mujer del prójimo!"

Pero mientras así paseaban a mi hermano Bacbuk, se enfureció de pronto el camello y empezó a dar grandes corcovos. Y Bacbuk, como no podía valerse, cayó al suelo y se rompió una pierna, quedando cojo desde entonces. Y Bacbuk, con su pata rota, salió de la ciudad. Pero me avisaron de todo ello a tiempo, ¡oh Príncipe de los Creyentes! y corrí detrás de él, y le traje aquí en secreto, he de confesarlo, y me encargué de su curación, de sus gastos y de todas sus necesidades. Y así seguimos.

Y cuando hube contado esta historia de Bacbuk, ¡oh mis señores! el califa Montasser-Billah se echó a reír a carcajadas, y dijo: "¡Qué bien la contaste! ¡Qué divertido relato!" Y yo repuse: "En verdad que no merezco aún tanta alabanza tuya. Porque entonces, ¿qué dirás cuando hayas oído la historia de cada uno de mis otros hermanos? Pero temo que me tomes por un charlatán indiscreto".

Y el califa contestó:

"¡Al contrario, barbero sobrenatural!

Apresúrate a contarme lo que ocurrió a tus hermanos, para adornar mis oídos con esas historias que son pendientes de oro, y no temas entrar en pormenores.. pues juzgo que tu historia ha de tener tantas delicias como sabor".

Y entonces dije:


Las mil y una noches
Historia de El-Haddar, segundo hermano del barbero
 de Anónimo



"Sabed, pues, ¡oh Emir de los Creyentes! que mi segundo hermano se llama El-Haddar, porque muge como un camello. Y además está mellado. Como oficio no tiene ninguno, pero en cambio me da muchos disgustos. Juzgad con vuestro entendimiento al oír esta aventura.

Un día que vagaba sin rumbo por las calles de Bagdad, se le acercó una vieja y le dijo en voz baja: "Escucha, ¡oh ser humano! Te voy a hacer una proposición, que puedes aceptar o rechazar, según te plazca". Y mi hermano se detuvo, y dijo: "Ya te escucho". Y la vieja prosiguió: "Pero antes de ofrecerte esa cosa, me has de asegurar que no eres un charlatán indiscreto". Y mi hermano respondió: "Puedes decir lo que quieras". Y ella le dijo: "¿Qué te parecería un hermoso palacio con arroyos y árboles frutales, en el cual corriese el vino en las copas nunca vacías, en donde vieras caras arrebatadoras, besaras mejillas suaves, poseyeras cuerpos flexibles y disfrutaras de otras cosas por el estilo, gozando desde la noche hasta la mañana? Y para disfrutar de todo eso, no necesitarás más que avenirte a una condición".

Mi hermano El-Haddar replicó a estas palabras de la vieja: "Pero ¡oh señora mía! ¿cómo es que vienes a hacerme precisamente a mí esa proposición, excluyendo a otro cualquiera entre las criaturas de Alah? ¿Qué has encontrado en mí para preferirme?" Y la vieja contestó: "Ya te he dicho que ahorres palabras, que sepas callar, y conducirte en silencio. Sígueme, pues, y no hables más".

Después se alejó precipitadamente. Y mi hermano, con la esperanza de todo lo prometido, echó a andar detrás de ella, hasta que llegaron a un palacio magnífico, en el cual entró la vieja e hizo entrar a mi hermano Haddar. Y mi hermano vió que el interior del palacio era muy bello, pero que era más bello aún lo que encerraba. Porque se encontró en medio de cuatro muchachas como lunas. Y estas jóvenes estaban tendidas sobre riquísimos tapices y entonaban con una voz deliciosa canciones de amor.

Después de las zalemas acostumbradas, una de ellas se levantó, llenó la copa y la bebió. Y mi hermano Haddar le dijo: "Que te sea sano y delicioso, y aumente tus fuerzas".

Y se aproximó a la joven, para tomar la copa vacía y ponerse a sus órdenes. Pero ella llenó inmediatamente la copa y se la ofreció. Y Haddar, cogiendo la copa, se puso a beber. Y mientras él bebía, la joven empezó a acariciarle la nuca; pero de pronto le golpeó con tal saña, que mi hermano acabó por enfadarse. Y se levantó para irse, olvidando su promesa de soportarlo todo sin protestar. Y entonces se acercó la vieja y le guiñó el ojo, como diciéndole: "¡No hagas eso! Quédate y aguarda hasta el fin". Y mi hermano obedeció, y hubo de soportar pacientemente todos los caprichos de la joven. Y las otras tres porfiaron en darle bromas no menos pesadas: una le tiraba de las orejas como para arrancárselas, otra le daba papirotazos en la nariz, y la tercera le pellizcaba con las uñas. Y mi hermano lo tomaba con mucha resignación, porque la vieja le seguía haciendo señas de que callase.

Por fin, para premiar su paciencia, se levantó la joven más hermosa y le dijo que se desnudase. Y mi hermano obedeció sin protestar. Y entonces la joven cogió un hisopo, le roció con agua de rosas, y le dijo: "Me gustas mucho, ¡ojo de mi vida! Pero me fastidian las barbas y los bigotes, que pinchan la piel. De modo que, si quieres de mí lo que tú sabes, te has de afeitar la cara". Y mi hermano contestó: "Pues eso no puede ser, porque sería la mayor vergüenza que me podría ocurrir". Y ella dijo: "Pues no podré amarte de otro modo. No hay más remedio". Y entonces mi hermano dejó que la vieja le llevase a una habitación contigua, donde le cortó la barba y se la afeitó, y después los bigotes y las cejas. Y luego le embadurnó la cara con coloretes y polvos, y lo condujo a la sala donde estaban las jóvenes. Y al verle les entró tal risa, que se doblaron sobre sus posaderas.

Después se le acercó la más hermosa de aquellas jóvenes, y le dijo: "¡Oh dueño mío! Tus encantos acaban de conquistar mi alma. Y sólo he de pedirte un favor, y es que así, desnudo como estás y tan lindo, ejecutes delante de nosotras una danza que sea graciosa y sugestiva". Y como El-Haddar no pareciese muy dispuesto, prosiguió la joven: "Te conjuro por mi vida a que lo hagas. Y después lograrás de mí lo que tú sabes". Entonces, al son de la darabuka, manejada por la vieja, mi hermano se ató a la cintura un pañuelo de seda y se puso a bailar en medio de la sala.

Pero tales eran sus gestos y sus piruetas, que las jóvenes se desternillaban de risa, y empezaron a tirarle cuanto vieron a mano: los almohadones, las frutas, las bebidas y hasta las botellas. Y la más bella de todas se levantó entonces y fué adoptando toda clase de posturas, mirando a mi hermano con ojos como entornados por el deseo, y después se fué despojando de todas sus ropas, hasta quedarse sólo con la finísima camisa y el amplio calzón de seda.

El-Haddar, que había interrumpido el baile tan pronto como vió a la joven desnuda, llegó al límite más extremo de la excitación.

Pero entonces se le acercó la vieja y le dijo: "Ahora te toca correr detrás de ella. Porque cuando se excita con la bebida y con la danza, acostumbra desnudarse por completo, pero no se entrega a ningún amante sin haber examinado su cuerpo desnudo, su zib en erección y su ligereza para correr, juzgándole entonces digno de ella. De modo que la vas a perseguir por todas partes, de habitación en habitación, hasta que la puedas atrapar. Y sólo entonces consentirá que la cabalgues".

Y mi hermano, al oír aquello, se quitó el cinturón de seda y se dispuso a correr. Y la joven se despojó de la camisa y de lo demás, y apareció toda desnuda, cimbreándose como una palmera nueva. Y echó a correr, riéndose a carcajadas y dando dos vueltas al salón. Y mi hermano la perseguía con su zib erguido".

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches
Pero cuando llegó la 31ª noche
 de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 31ª NOCHE


Ella dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el barbero prosiguió su relato en esta forma:

"Mi hermano Haddar, con su zib erguido, empezó a perseguir a la joven, que, ligera, huía de él y se reía. Y las otras jóvenes y la vieja, al ver correr a aquel hombre con su rostro pintarrajeado, sin barbas, ni bigotes, ni cejas, y erguido su zib hasta no poder más, se morían de risa y palmoteaban y golpeaban el suelo con los pies.

Y la joven, después de dar dos vueltas a la sala, se metió por un pasillo muy largo, y luego cruzó dos habitaciones, una tras otra, siempre perseguida por mi hermano, completamente loco. Y ella, sin dejar de correr, reía con toda su alma, moviendo las caderas.

Pero de pronto desapareció en un recodo, y mi hermano fué a abrir una puerta por la cual creía que había salido la joven, y se encontró en medio de una calle. Y esta calle era la calle en que vivían los curtidores de Bagdad. Y todos los curtidores vieron a El-Haddar afeitado de barbas, sin bigotes, las cejas rapadas y pintado el rostro como una ramera. Y escandalizados, se pusieron a darle correazos, hasta que perdió el conocimiento. Y después le montaron en un burro, poniéndole al revés, de cara al rabo, y le hicieron dar la vuelta a todos los zocos, hasta que lo llevaron al walí, que les preguntó: "¿Quién es ese hombre?"

Y ellos contestaron: "Es un desconocido que salió súbitamente de casa del gran visir. Y lo hemos hallado en este estado". Entonces el walí mandó que le diesen cien latigazos en la planta de los pies, y lo desterró de la ciudad. Y yo ¡oh Emir de los Creyentes!, corrí en busca de mi hermano, me lo traje secretamente, y le di hospedaje. Y ahora lo sostengo a mi costa. Comprenderás, que si yo no fuera un hombre lleno de entereza y de cualidades, no habría podido soportar a semejante necio.

Pero en lo que se refiere a mi tercer hermano, ya es otra cosa, como vas a ver.



Las mil y una noches
Historia de Bacbac, tercer hermano del barbero
 de Anónimo



"Bacbac el ciego, por otro nombre el Cacareador hinchado, es mi tercer hermano. Era mendigo de oficio, y uno de los principales de la cofradía de los pordioseros de Bagdad, nuestra ciudad.

Cierto día, la voluntad de Alah y el Destino permitieron que mi hermano llegase a mendigar a la puerta de una casa. Y mi hermano Bacbac, sin prescindir de sus acostumbradas invocaciones para pedir limosna: "¡Oh donador, oh generoso!", dió con el palo en la puerta. Pero conviene que sepas, ¡oh Comendador de los Creyentes! que mi hermano Bacbac, igual que los más astutos de su cofradía, no contestaba cuando, al llamar a la puerta de una casa, le decían: "¿Quién es?"

Y se callaba para obligar a que abriesen la puerta, pues de otro modo, en lugar de abrir, se contentaban con responder desde adentro: "¡Alah te ampare!" Que es el modo de despedir a los mendigos.

De modo que aquel día, por más que desde la casa preguntasen "¿Quién es?", mi hermano callaba. Y acabó por oír pasos que se acercaban, y que se abría la puerta. Y se presentó un hombre al cual Bacbac, si no hubiera estado ciego, no habría pedido limosna seguramente.

Pero aquel era su Destino. Y cada hombre lleva su Destino atado al cuello. Y el hombre le preguntó: "¿Qué deseas?" Y mi hermano Bacbac respondió: "Que me des una limosna, por Alah el Altísimo". El hombre volvió a preguntar: "¿Eres ciego?" Y Bacbac dijo, "Sí, mi amo, y muy pobre". Y el otro repuso: "En ese caso, dame la mano para que te guíe". Y le dió la mano, y el hombre lo metió en la casa, y lo hizo subir escalones y más escalones, hasta que lo llevó a la azotea, que estaba muy alta. Y mi hermano, sin aliento, se decía: "Seguramente, me va a dar las sobras de algún festín".

Y cuando hubieron llegado a la azotea, el hombre volvió a preguntar: "¿Qué quieres, ciego?" Y mi hermano, bastante asombrado, respondió: "Una limosna, por Alah". Y el otro replicó: "Que Alah te abra el día en otra parte". Entonces Bacbac le dijo: "¡Oh tú, un tal! ¿no podías haberme contestado así cuando estábamos abajo? A lo cual replicó el otro: "¡Oh tú, que vales menos que mi trasero! ¿por qué no me contestaste cuando yo preguntaba desde dentro: "¿Quién es? ¿Quién está a la puerta? ¡Conque lárgate de aquí en seguida, o te haré rodar como una bola, asqueroso mendigo de mal agüero!" Y Bacbac tuvo que bajar más que de prisa la escalera completamente solo.

Pero cuando le quedaban unos veinte escalones dió un mal paso, y fué rodando hasta la puerta. Y al caer se hizo una gran contusión en la cabeza, y caminaba gimiendo por la calle. Entonces varios de sus compañeros, mendigos y ciegos como él, al oírle gemir le preguntaron la causa, y Bacbac les refirió su desventura. Y después les dijo: "Ahora tendréis que acompañarme a casa para coger dinero con qué comprar comida para este día infructuoso y maldito. Y habrá que recurrir a nuestros ahorros, que, como sabéis, son importantes, y cuyo depósito me habéis confiado".

Pero el hombre de la azotea había bajado detrás de él y le había seguido. Y echó a andar detrás de mi hermano y los otros dos ciegos, sin que nadie se apercibiese, y allí llegaron todos a casa de Bacbac. Entraron, y el hombre se deslizó rápidamente antes de que hubiesen cerrado la puerta. Y Bacbac dijo a los dos ciegos: "Ante todo, registremos la habitación por si hay algún extraño escondido".

Y aquel hombre, que era todo un ladrón de los más hábiles entre los ladrones, vió una cuerda que pendía del techo, se agarró de ella, y silenciosamente trepó hasta una viga, donde se sentó con la mayor tranquilidad. Y los dos ciegos comenzaron a buscar por toda la habitación, insistiendo en sus pesquisas varias veces, tentando los rincones con los palos. Y hecho esto, se reunieron con mi hermano, que sacó entonces del escondite todo el dinero de que era depositario, y lo contó con sus dos compañeros, resultando que tenían diez mil dracmas juntos.

Después, cada cual cogió dos o tres dracmas, volvieron a meter todo el dinero en los sacos, y los guardaron en el escondite. Y uno de los tres ciegos marchó a comprar provisiones y volvió en seguida, sacando de la alforja tres panes, tres cebollas y algunos dátiles. Y los tres compañeros se sentaron en corro y se pusieron a comer.

Entonces el ladrón se deslizó silenciosamente a lo largo de la cuerda, se acurrucó junto a los tres mendigos y se puso a comer con ellos. Y se había colocado al lado de Bacbac, que tenía un oído excelente. Y Bacbac, oyendo el ruido de sus mandíbulas al comer, exclamó: "¡Hay un extraño entre nosotros!" Y alargó rápidamente la mano hacia donde oía el ruido de las mandíbulas, y su mano cayó precisamente sobre el brazo del ladrón. Entonces Bacbac y los dos mendigos se precipitaron encima de él, y empezaron a gritar y a golpearle con sus palos; ciegos como estaban, y pedían auxilio a los vecinos, chillando: "¡Oh musulmanes, acudid a socorrernos! ¡Aquí hay un ladrón! ¡Quiere robarnos el poquísimo dinero de nuestros ahorros!" Y acudiendo los vecinos, vieron a Bacbac, que, auxiliado por los otros dos mendigos, tenía bien sujeto al ladrón, que intentaba defenderse y escapar. Pero el ladrón, cuando llegaron los vecinos, se fingió también ciego, y cerrando los ojos, exclamó: "¡Por Alah! ¡Oh musulmanes! Soy ciego y socio de estos tres, que me niegan lo que me corresponde de los diez mil dracmas de ahorros que poseemos en comunidad. Os lo juro por Alah el Altísimo, por el sultán, por el emir. Y os pido que me llevéis a presencia del walí, donde se comprobará todo". Entonces llegaron los guardias del walí, se apoderaron de los cuatro hombres y los llevaron entre las manos de walí.

Y el walí preguntó: "¿Quiénes son esos hombres?" Y el ladrón exclamó: "Escucha mis palabras, ¡oh walí justo y perspicaz! y sabrás lo que debes saber. Y si no quisieras creerme, manda que nos den tormento, a mí primero, para obligarnos a confesar la verdad. Y somete en seguida al mismo tormento a estos hombres para poner en claro este asunto". Y el walí dispuso: "¡Coged a ese hombre, echadlo en el suelo, y apaleadle hasta que confiese!" Entonces los guardias agarraron al ciego fingido, y uno le sujetaba los pies, y los demás principiaron a darle de palos en ellos. A los diez palos, el supuesto ciego empezó a dar gritos y abrió un ojo, pues hasta entonces los había tenido cerrados. Y después de recibir otros cuantos palos, no muchos, abrió ostensiblemente el otro ojo.

Y el walí, enfurecido, le dijo: "¿Qué farsa es ésta, miserable embustero?" Y el ladrón contestó: "Que suspendan la paliza y lo explicaré todo". Y el walí mandó suspender el tormento, y el ladrón dijo: "Somos cuatro ciegos fingidos, que engañamos a la gente para que nos dé limosna. Pero además simulamos nuestra ceguera para poder entrar fácilmente en las casas, ver las mujeres con la cara descubierta, seducirlas, cabalgarlas y al mismo tiempo examinar el interior de las viviendas y preparar los robos sobre seguro. Y como hace bastante tiempo que ejercemos este oficio tan lucrativo, hemos logrado juntar entre todos hasta diez mil dracmas. Y al reclamar mi parte a estos hombres, no sólo se negaron a dármela, sino que me apalearon, v me habrían matado a golpes si los guardias no me hubiesen sacado de entre sus manos. Esta es la verdad, ¡oh walí! Pero ahora, para que confiesen mis compañeros, tendrás que recurir al látigo, como hiciste conmigo. Y así hablarán.

Pero que les den de firme, porque de lo contrario no confesarán nada. Y hasta verás cómo se obstinan en no abrir los ojos, como yo hice".

Entonces el walí mandó a azotar a mi hermano el primero de todos. Y por más que protestó y dijo que era ciego de nacimiento, le siguieron azotando hasta que se desmayó. Y como al volver en sí tampoco abrió los ojos, mandó el walí que le dieran otros trescientos palos, y luego trescientos más, y lo mismo hizo con los otros dos ciegos, que tampoco los pudieron abrir, a pesar de los golpes y a pesar de los consejos que les dirigía el ciego fingido, su compañero improvisado.

Y en seguida el walí encargó a este ciego fingido que fuese casa de mi hermano Bacbac y trajese el dinero. Y entonces dió a este ladrón dos mil quinientos dracmas, o sea la cuarta parte del dinero, y se quedó con lo demás.

En cuanto a mi hermano y los otros dos ciegos, el walí les dijo: "¡Miserables hipócritas! ¿Conque coméis el pan que os concede la gracia de Alah, y luego juráis en su nombre que sois ciegos? Salid de aquí y que no se os vuelva a ver en Bagdad ni un solo día".

Y yo, ¡oh Emir de los Creyentes! en cuanto supe todo esto salí en busca de mi hermano, lo encontré, lo traje secretamente a Bagdad, lo metí en mi casa, y me encargué de darle de comer y vestirlo mientras viva.

Y tal es la historia de mi tercer hermano, Bacbac el ciego.

Y al oírla el califa Montasser Billah, dijo: "Que den una gratificación a este barbero, y que se vaya en seguida". Pero yo, ¡oh mis señores! contesté: "¡Por Alah! ¡Oh Príncipe de los Creyentes! No puedo aceptar nada sin referirte lo que les ocurrió a mis otros tres hermanos".

Y concedida la autorización, dije:



Las mil y una noches
Historia del El-Kuz, cuarto hermano del barbero
 de Anónimo



Mi cuarto hermano, el tuerto El-Kuz, El Assuaní, o el botijo irrompible, ejercía en Bagdad el oficio de carnicero. Sobresalía en la venta de carne y picadillo, y nadie le aventajaba en criar y engordar carneros de larga cola. Y sabía a quién vender la carne buena y a quién despachar la mala. Así es que los mercaderes más ricos y los principales de la ciudad sólo se abastecían en su casa y no compraban más carne que la de sus carneros; de modo que en poco tiempo llegó a ser muy rico y propietario de grandes rebaños y hermosas fincas.

Y seguía prosperando mi hermano El-Kuz, cuando cierto día entre los días, que estaba sentado en su establecimiento, entró un jeique de larga barba blanca, que le dió dinero y le dijo: "¡Corta carne buena!" Y mi hermano le dió de la mejor carne, cogió el dinero y devolvió el saludo al anciano, que se fué.

Entonces mi hermano examinó las monedas de plata que le había entregado el desconocido, y vió que eran nuevas, de una blancura deslumbradora. Y se apresuró a guardarlas aparte en una caja especial, pensando: "He aquí unas monedas que me van a dar buena sombra".

Y durante cinco meses seguidos el viejo jeique de larga barba blanca fué todos los días a casa de mi hermano, entregándole monedas de plata completamente nuevas a cambio de carne fresca y de buena calidad. Y todos los días mi hermano cuidaba de guardar aparte aquel dinero. Pero un día mi hermano El-Kuz quiso contar la cantidad que había reunido de este modo, a fin de comprar unos hermosos carneros, y especialmente unos cuantos moruecos para enseñarles a luchar unos con otros, ejercicio muy gustado en Bagdad, mi ciudad. Y apenas había abierto la caja en que guardaba el dinero del jeique de la barba blanca, vió que allí no había ninguna moneda, sino redondeles de papel blanco. Entonces empezó a darse puñetazos en la cara y en la cabeza, y a lamentarse a gritos. Y en seguida le rodeó un gran grupo de transeúntes, a quienes contó su desventura, sin que nadie pudiera explicarse la desaparición de aquel dinero. Y El-Kuz seguía gritando y diciendo: "¡Haga Alah que vuelva ahora ese maldito jeique para que le pueda arrancar las barbas y el turbante con mis propias, manos!"

Apenas había acabado de pronunciar estas palabras, cuando apareció el jeique. Y el jeique -atravesó por entre el gentío, y llegó hasta mi hermano para entregarle, como de costumbre, el dinero. En seguida mi hermano se lanzó contra él, y sujetándole por un brazo, dijo: "¡Oh musulmanes! ¡Acudid en mi socorro! ¡He aquí al infame ladrón!" Pero el jeique no se inmutó para nada, pues inclinándose hacia mi hermano le dijo de modo que sólo pudiera oírle él: "¿Qué prefieres, callar o que te comprometa delante de todos? Y te advierto que tu afrenta ha de ser más terrible que la que quieres causarme".

Pero El-Kuz contestó: "¿Qué afrenta puedes hacerme, maldito viejo de betún? ¿De qué modo me vas a comprometer? Y el jeique dijo: "Demostraré que vendes carne humana en vez de carnero". Y mi hermano repuso: "¡Mientes, oh mil veces embustero y mil veces maldito!" Y el jeique dijo: "El embustero y el maldito es quien tiene colgando del gancho de su carnicería un cadáver en vez de un carnero".

Mi hermano protestó violentamente, y dijo: "¡Perro, hijo de perro! Si pruebas semejante cosa, te entregaré mi sangre y mis bienes". Y entonces el jeique se volvió hacia la muchedumbre y dijo a voces: "¡Oh vosotros todos, amigos míos! ¿veis a este carnicero? Pues hasta hoy nos ha estado engañando a todos, infringiendo los preceptos de nuestro Libro. Porque en vez de matar carneros degüella cada día a un hijo de Adán y nos vende su carne por carne de carnero, Y para convenceros de que digo la verdad, entrad a registrar la tienda".

Entonces surgió un clamor, y la muchedumbre se precipitó en la tienda de mi hermano El-Kuz, tomándola por asalto. Y a la vista de todos apareció colgado de un gancho el cadáver de un hombre, de sollado, preparado y destripado. Y en el tablón de las cabezas de carnero había tres cabezas humanas, desolladas, limpias, y cocidas al horno, para la venta.

Al ver esto, todos los presentes se lanzaron sobre mi hermano, gritando: "¡Impío, sacrílego, asesino!" Y la emprendieron con él a palos y latigazos. Y los más encarnizados contra él y los que más cruelmente le pegaban eran sus parroquianos más antiguos y sus mejores amigos. Y el viejo jeique le dió tan violento puñetazo en un ojo, que se lo saltó sin remedio.

Después cogieron el supuesto cadáver degollado, ataron a mi hermano El-Kuz, y todo el mundo, precedido del jeique, se presentó delante del ejecutor de la ley. Y el jeique le dijo: "¡Oh Emir! He aquí que te traemos, para que pague sus crímenes, a este hombre que desde hace mucho tiempo degüella a sus semejantes y vende su carne como si fuese de carnero.

No tienes más que dictar sentencia y dar cumplimiento a la justicia de Alah, pues he aquí a todos los testigos". Y esto fué todo lo que pasó. Porque el jeique de la blanca barba era un brujo que tenía el poder de aparentar cosas que no lo eran realmente.

En cuanto a mi hermano El-Kuz, por más que se defendió, no quiso oírle el juez, y lo sentenció a recibir quinientos palos. Y le confiscaron todos sus bienes y propiedades, no siendo poca su suerte con ser tan rico, pues de otro modo le habrían condenado a muerte sin remedio. Y además le condenaron a ser desterrado.

Así, mi hermano, con un ojo menos, con la espalda llena de golpes y medio muerto, salió de Bagdad camino adelante y sin saber adónde dirigirse, hasta que llegó a una ciudad lejana, desconocida para él, y allí se detuvo, decidido a establecerse en aquella ciudad y ejercer el oficio de remendón, que apenas si necesita otro capital que unas manos hábiles.

Fijó, pues, su puesto en un esquinazo de dos calles, y se puso a trabajar para ganarse la vida. Pero un día que estaba poniendo una pieza nueva a una babucha vieja oyó relinchos de caballos y el estrépito de una carrera de jinetes. Y preguntó el motivo de aquel tumulto, y le dijeron: "Es el rey, que sale de caza con galgos, acompañado de toda la corte".

Entonces mi hermano El-Kuz dejó un momento la aguja y el martillo y se levantó para ver cómo pasaba la comitiva regia. Y mientras estaba de pie, meditando sobre su pasado y su presente y sobre las circunstancias que le habían convertido de famoso carnicero en el último de los remendones, pasó el rey al frente de su maravilloso séquito, y dió la casualidad que la mirada del rey se fijase en el ojo hueco de mi hermano El-Kuz.

Al verlo, el rey palideció, y dijo: "¡Guárdeme Alah de las desgracias de este día maldito y de mal agüero!" Y dió vuelta inmediatamente a las bridas de su yegua y desanduvo el camino, acompañado de su séquito y de sus soldados. Pero al mismo tiempo mandó a sus siervos que se apoderaran de mi hermano y le administrasen el consabido castigo. Y los esclavos, precipitándose sobre mi hermano El-Kuz, le dieron tan tremenda paliza, que lo dejaron por muerto en medio de la calle.

Cuando se marcharon se levantó El-Kuz y se volvió penosamente a su puesto debajo del toldo que le resguardaba, y allí se echó completamente molido. Pero entonces pasó un individuo del séquito del rey que venía rezagado. Y mi hermano El-Kuz le rogó que se detuviese, le contó el trato que acababa de sufrir y le pidió que le dijera el motivo. El hombre se echó a reír a carcajadas, y le contestó: "Sabe, hermano, que nuestro rey no puede tolerar ningún tuerto, sobre todo si el tuerto lo es del ojo derecho. Porque cree que ha de traerle desgracia. Y siempre manda matar al tuerto sin remisión. Así es que me sorprende mucho que todavía estés vivo".

Mi hermano no quiso oír más. Recogió sus herramientas, y aprovechando las pocas fuerzas que le quedaban, emprendió la fuga y no se detuvo hasta salir de la ciudad. Y siguió andando hasta llegar a otra población muy lejana que no tenía rey ni tirano.

Residió mucho tiempo en aquella ciudad, cuidando de no exhibirse, pero un día salió a respirar aire puro y a darse un paseo. Y de pronto oyó detrás de él relinchar dé caballos, y recordando su última desventura, escapó lo más a prisa que pudo, buscando un rincón en que esconderse, pero no lo encontró. Y delante de él vió una puerta, y empujó la puerta y se encontró en un pasillo largo y oscuro, y allí se escondió. Pero apenas se había ocultado aparecieron dos hombres, que se apoderaron de él, le encadenaron, y dijeron: "¡Loor a Alah, que ha permitido que te atrapásemos, enemigo de Alah y de los hombres! Tres días y tres noches llevamos buscándote sin descanso. Y nos has hecho pasar amarguras de muerte". Pero mi hermano dijo: "¡Oh señores! ¿A quién os referís? ¿De qué órdenes habláis?" Y le contestaron: "¿No te ha bastado con haber reducido a la indigencia a todos tus amigos y al amo de esta casa? ¡Y aun nos querías asesinar! ¿Dónde está el cuchillo con que nos amenazabas ayer?"

Y se pusieron a registrarle, encontrándole el cuchillo con que cortaba el cuero para las suelas. Entonces lo arrojaron al suelo, y le iban a degollar, cuando mi hermano exclamó: "Escuchad, buena gente: no soy ni un ladrón ni un asesino, pero puedo contaros una historia sorprendente, y es mi propia historia. Y ellos, sin hacerle caso, le pisotearon, le golpearon y le destrozaron la ropa. Y al desgarrarle la ropa vieron en su espalda desnuda las cicatrices de los latigazos que había recibido en otro tiempo. Y exclamaron: "¡Oh miserable! He aquí unas cicatrices que prueban todos tus crímenes pasados". Y en seguida lo llevaron a presencia del walí, y mi hermano, pensando en todas sus desdichas, se decía: "¡Oh, cuán grandes serán mis pecados, cuando así los expío siendo inocente de cuanto me achacan! Pero no tengo más esperanza que en Alah el Altísimo".

Y cuando estuvo en presencia del walí, el walí lo miró airadísimo y le dijo: "Miserable desvengozado; los latigazos con que marcaron tu cuerpo son una prueba sobrada de todas tus anteriores y presentes fechorías". Y dispuso que le dieran cien palos. Y después lo subieron y ataron a un camello y le pasearon por toda la ciudad, mientras el pregonero gritaba: "He aquí el castigo de quien se mete en casa ajena con intenciones criminales".

Pero entonces supe todas estas desventuras de mi desgraciado hermano. Me dirigí en seguida en su busca, y lo encontré precisamente cuando lo bajaban desmayado del camello. Y entonces, ¡oh Emir de los Creyentes! cumplí mi deber de traérmelo secretamente a Bagdad, y le he señalado una pensión para que coma y beba tranquilamente hasta el fin de sus días.Tal es la historia del desdichado El-Kuz.

En cuanto a mi quinto hermano, su aventura es aún más extraordinaria, y te probará ¡oh Príncipe de los Creyentes! que soy el más cuerdo y el más prudente de mis hermanos".


Las mil y una noches
Historia de El-Aschar, quinto hermano del barbero
 de Anónimo



Este hermano mío, ¡oh Emir de los Creyentes! fué precisamente aquel a quien cortaron la nariz y las orejas. Le llaman El-Aschar porque ostenta un vientre voluminoso como una camella preñada, y también por su semejanza con un caldero grande. Y es muy perezoso durante el día, pero de noche desempeña cualquier comisión, procurándose dinero por toda suerte de medios ilícitos y extraños.

Al morir nuestro padre heredamos cien dracmas de plata cada uno. El-Aschar cogió los cien dracmas que le correspondían, pero no sabía en qué emplearlos. Y se decidió por último a comprar cristalería para venderla al por menor, prefiriendo este oficio a cualquier otro porque no le obligaba a moverse mucho.

Se convirtió, pues, en vendedor de cristalería, para lo cual compró un canasto grande, en el que puso sus géneros, buscó una esquina frecuentada y se instaló tranquilamente en ella, apoyada la espalda contra la pared y delante el canasto, pregonando su mercadería de esta suerte:

"¡Oh cristal! ¡Oh gotas de sol! ¡Oh senos de adolescente! ¡Ojos de mi nodriza! ¡Soplo endurecido de las vírgenes! ¡Oh cristal, oh cristal!"

Pero más tiempo se lo pasaba callado. Y entonces, apoyando con mayor firmeza la espalda contra la pared, empezaba a soñar despierto. Y he aquí lo que soñaba un viernes, en el momento de la oración:

"Acabo de emplear todo mi capital, osea cien dracmas, en la compra de cristalería. Es seguro que lograré venderla en doscientos dracmas. Con estos doscientos dracmas compraré otra vez cristalería y la venderé en cuatrocientos dracmas. Y seguiré vendiendo y comprando hasta que me vea dueño de un gran capital. Entonces compraré toda clase de mercancías, drogas y perfumes, y no dejaré de vender hasta que haya hecho grandísimas ganancias.

Así podré adquirir un gran palacio y tener esclavos, y tener caballos con sillas y gualdrapas de brocado y de oro. Y comeré y beberé soberbiamente, y no habrá cantora en la ciudad a la que no invite a cantar en mi casa. Y luego me concertaré con las casamenteras más expertas de Bagdad, para que me busquen novia que sea hija de un rey o de un visir. Y no transcurrirá mucho tiempo sin que me case, ya que no con otra; con la hija del gran visir, porque es una joven hermosísima y llena de perfecciones. De modo que le señalaré una dote de mil dinares de oro. Y no es de esperar que su padre el gran visir vaya a oponerse a esta boda; pero si no la consintiese, le arrebataría a su hija y me la llevaría a mi palacio. Y compraré diez pajecillos para mi servicio particular. Y me mandaré hacer ropa regia, como la que llevan los sultanes y los emires, y encargaré al joyero más hábil que me haga una silla de montar toda de oro, con incrustaciones de perlas y pedrería. Y montado en el corcel más hermoso de los corceles, que compraré a los beduínos del desierto o mandaré traer de la tribu de Anezi, me pasearé por la ciudad precedido de numerosos esclavos y otros detrás y alrededor de mí; y de este modo llegaré al palacio del gran visir. Y el gran visir cuando me vea se levantará en honor mío, y me cederá su sitio, quedándose de pie algo más abajo que yo, y se tendrá por muy honrado con ser mi suegro. Y conmigo irán dos esclavos, cada uno con una gran bolsa. Y en cada bolsa habrá mil dinares. Una de las bolsas se la daré al gran visir como dote de su hija, y la otra se la regalaré como muestra de mi generosidad y munificencia y para que vea también cuán por encima estoy de todo lo de este mundo. Y volveré solemnemente a mi casa, y cuando mi novia me envíe a una persona con algún recado, llenaré de oro a esa persona y le regalaré telas preciosas y trajes magníficos. Y si el visir llega a mandarme algún regalo de boda, no lo aceptaré, y se lo devolveré, aunque sea un regalo de gran valor, y todo esto para demostrarle que tengo gran altura de espíritu y soy incapaz de la menor falta de delicadeza. Y señalaré después el día de mi boda y todos los pormenores, disponiendo que nada se escatime en cuanto al banquete ni respecto al número y calidad de músicos, cantoras y danzarinas. Y prepararé mi palacio tendiendo alfombras por todas partes, cubriré el suelo de flores desde la entrada hasta la sala del festín, y mandaré regar el pavimento con esencias y agua de rosas.

La noche de bodas me pondré el traje más lujoso, me sentaré en un trono colocado en un magnífico estrado, tapizado de seda con bordados de flores y pájaros. Y mientras mi mujer se pasee por el salón con todas sus preseas, más resplandeciente que la luna llena del mes de Ramadán, yo permaneceré muy serio, sin mirarla siquiera ni volver la cabeza a ningún lado, probando con todo esto la entereza de mi carácter y mi cordura.

Y cuando me presenten a mi esposa, deliciosamente perfumada y con toda la frescura de su belleza, yo no me moveré tampoco. Y seguiré impasible, hasta que todas las damas se me acerquen y digan: "¡Oh señor, corona de nuestra cabeza! aquí tienes a tu esposa, que se pone respetuosamente entre tus manos y aguarda que la favorezcas con una mirada. Y he aquí que, habiéndose fatigado al estar de pie tanto tiempo, sólo espera tus órdenes para sentarse". Y yo no diré tampoco ni una palabra, haciendo desear más mi respuesta. Y entonces todas las damas y todos los invitados se presentarán y besarán la tierra muchas veces ante mi grandeza. Y hasta entonces no consentiré en bajar la vista para dirigir una mirada a mi mujer, pero sólo una mirada, porque volveré en seguida a levantar los ojos y recobraré mi aspecto lleno de dignidad. Y las doncellas se llevarán a mi mujer, y yo me levantaré para cambiar de ropa y ponerme otra mucho más rica. Y volverán a llevarme por segunda vez a la recién casada con otros trajes y otros adornos, bajo el hacinamiento de las alhajas, el oro y la pedrería y perfumada con nuevos perfumes más gratos todavía. Y cuando me hayan rogado muchas veces, volveré a mírar a mi mujer, pero en seguida levantaré los ojos para no verla más. Y guardaré esta prodigiosa compostura hasta que terminen por completo todas las ceremonias.

Pero en este momento de su relato, Schehrazada vió aparecer la mañana, y discreta como siempre, no quiso abusar más aquella noche del permiso otorgado.



Las mil y una noches
Pero cuando llegó la 32ª noche
 de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 32ª NOCHE


Siguió contando la historia al rey Schahriar:

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el barbero prosiguió así la aventura de su quinto hermano El-Aschar:

" ... hasta que terminen por completo todas las ceremonias. Entonces mandaré a algunos de mis esclavos que cojan un bolsillo con quinientos dinares en moneda menuda, y la tiren a puñados por el salón, y repartan otro tanto entre músicos y cantoras y otro tanto, a las doncellas de mi mujer. Y luego las doncellas llevarán a mi esposa a su aposento. Y yo me haré esperar mucho. Y cuando entre en la habitación atravesaré por entre las dos filas de doncellas. Y al pasar cerca de mi esposa le pisaré el pie de un modo ostensible para demostrar mi superioridad como varón. Y pediré una copa de agua azucarada, y después de haber dado gracias a Alah, la beberé tranquilamente.

Y seguiré no haciendo caso a mi mujer, que estará en la cama dispuesta a recibirme, y a fin de humillarla y demostrarle de nuevo mi superioridad y el poco caso que hago de ella, no le dirigiré ni una vez la palabra, y así aprenderá cómo pienso conducirme en lo sucesivo, pues no de otro modo se logra que las mujeres sean dóciles, dulces y tiernas. Y en efecto, no tardará en presentarse mi suegra, que me besará la frente y las manos, y dirá: "¡Oh mi señor! dígnate mirar a mi hija, que es tu esclava y desea ardientemente que la acompañes, y le hagas la limosna de una sola palabra tuya"

Pero yo, a pesar de las súplicas de mi suegra, que no se habrá atrevido a llamarme yerno por temor de demostrar familiaridad, no le contestaré nada. Entonces me seguirá rogando, y estoy seguro de que acabará por echarse a mis pies y los besará, así como la orla de mi ropón. Y me dirá entonces: "¡Oh mi señor! ¡Te juro por Alah que mi hija es virgen! ¡Te juro por Alah que ningún hombre la vió descubierta, ni conoce el color de sus ojos! No la afrentes ni la humilles tanto. Mira cuán sumisa la tienes. Sólo aguarda una seña tuya para satisfacerte en cuanto quieras".

Y mi suegra se levantará para llenar una copa de un vino exquisito, dará la copa a su hija, que en seguida vendrá a ofrecérmela, toda temblorosa. Y yo, arrellanado en los cojines de terciopelo bordados en oro, dejaré que se me acerque, sin mirarla, y gustaré de ver de pie a la hija del gran visir delante del ex vendedor de cristalería, que pregonaba en una esquina:

¡Oh gotas de sol! ¡Oh senos de adolescente! ¡Ojos de mi nodriza! ¡Soplo endurecido de las vírgenes! ¡Oh cristal! ¡Ombligo de niño! ¡Cristal ¡Miel coloreada! ¡Cristal!

Y ella, al ver en mí tanta grandeza, habrá de tomarme por el hijo de algún sultán ilustre cuya gloria llene el mundo. Y entonces insistirá para que tome la copa de vino, y la acercará gentilmente a mis labios. Y furioso al ver esta familiaridad, le dirigiré una mirada terrible, le daré una gran bofetada y un puntapié en el vientre, de esta manera..."

Y mi hermano hizo ademán de dar el puntapie a su soñada esposa y se lo dió de lleno al canasto que encerraba la cristalería. Y el cesto salió rodando con su contenido. Y se hizo añicos todo lo que constituía la fortuna de aquel loco.

Ante aquel irreparable destrozo, El-Aschar empezó a darse puñetazos en la cara y a desgarrarse la ropa y a llorar. Y entonces, como era precisamente viernes e iba a empezar la plegaria, las personas que salían de sus casas vieron a mi hermano, y unos se paraban movidos de lástima, y otros siguieron su camino creyéndole loco.

Mientras estaba deplorando la pérdida de su capital y de sus intereses, he aquí que pasó por allí, camino de la mezquita, una gran señora. Un intenso perfume de almizcle se desprendía de toda ella. Iba montada en una mula enjaezada con terciopelo y brocado de oro, y la acompañaba considerable número de esclavos y sirvientes.

Al ver todo aquel cristal roto y a mi hermano llorando, preguntó la causa de tal desesperación. Y le dijeron que aquel hombre no tenía más capital que el canasto de cristalería, cuya venta le daba de comer, y que nada le quedaba después del accidente. Entonces la dama llamó a uno de los criados y le dijo: "Da a ese pobre hombre todo el dinero que lleves encima". Y el criado se despojó de una gran bolsa que llevaba sujeta al cuello con un cordón, y se la entregó a mi hermano. Y El-Aschar la cogió, la abrió, y encontró después de contarlos quinientos dinares de oro. Y estuvo a punto de morirse de emoción y de alegría, y empezó a invocar todas las gracias y bendiciones de Alah en favor de su bienhechora.

Y enriquecido en un momento, se fué a su casa para guardar aquella fortuna. Y se disponía a salir para alquilar una buena morada en que pudiese vivir a gusto, cuando oyó que llamaban a la puerta. Fué a abrir, y vió a una vieja desconocida que le dijo: "¡Oh hijo mío! sabe que casi ha transcurrido la hora de la plegaria en este santo día de viernes, y aun no he podido hacer mis abluciones. Te ruego que me permitas entrar para hacerlas, resguardada de los importunos".

Y mi hermano dijo: "Escucho y obedezco". Y abrió la puerta de par en par y la llevó a la cocina, donde la dejó sola.

A los pocos instantes fué a buscarle la vieja, y sobre el miserable pedazo de estera que servía de tapiz terminó su plegaria haciendo votos en favor de mi hermano, llenos de compunción. Y mi hermano le dió las gracias más expresivas, y sacando del cinturón dos dinares de oro se los alargó generosamente. Pero la vieja los rechazó con dignidad, y dijo:

"¡Oh hijo mío! ¡alabado sea Alah, que te hizo tan magnánimo! No me asombra que inspires simpatías a las personas apenas te vean. Y en cuanto a ese dinero que me ofreces, vuelva a tu cinturón, pues a juzgar por tu aspecto debes ser un pobre saalik, y te debe hacer más falta que a mí, que no lo necesito. Y si en realidad no te hace falta, puedes devolvérselo a la noble señora que te lo dió por habérsete roto la cristalería".

Y mi hermano dijo: "¡Cómo! Buena madre, ¿conoces a esa dama? En ese caso, te ruego que me indiques dónde la podré ver". Y la vieja contestó: "Hijo mío, esa hermosa joven sólo te ha demostrado su generosidad para expresar la inclinación que le inspiran tu juventud, tu vigor y tu gallardía. Pues su marido es impotente y nunca logrará satisfacerle, porque Alah le ha castigado con unos compañones tan fríos, que dan lástima.

Levántate, pues, guarda en tu cinturón todo el dinero para que no te lo roben en esta casa tan poco segura, y ven conmigo. Pues has de saber que sirvo a esa señora hace mucho tiempo y me confía todas sus comisiones secretas. Y en cuanto estés con ella, no te encojas para nada, pues debes hacer con ella todo aquello de que eres capaz. Y cuanto más hagas, más te querrá. Y por su parte se esforzará en proporcionarte todos los placeres y todas las alegrías, y serás dueño absoluto de su hermosura y sus tesoros".

Cuando mi hermano oyó estas palabras de la vieja, se levantó, hizo lo que le había dicho, y siguió a la anciana, que había echado a andar. Y mi hermano marchó detrás de ella hasta que llegaron ambos a un gran portal, en el que la vieja llamó a su modo. Y mi hermano se hallaba en el límite de la emoción y de la dicha.

Ante aquel llamamiento salió a abrir una esclava griega muy bonita, que les deseó la paz y sonrió a mi hermano de una manera muy insinuante. Y le introdujo en una magnífica sala, con grandes cortinajes de seda y oro fino y magníficos tapices. Y mi hermano, al verse solo, se sentó en un diván, se quitó el turbante, se lo puso en las rodillas y se secó la frente. Y apenas se hubo sentado se abrieron las cortinas y apareció una joven incomparable, como no la vieron las miradas más maravilladas de los hombres. Y mi hermano El-Aschar se puso de pie sobre sus dos pies.

La joven le sonrió con los ojos y se apresuró a cerrar la puerta, que se había quedado abierta. Y se acercó a El-Aschar, le cogió la mano, y lo llevó consigo al diván de terciopelo. Y como antes de ejercer de cabalgador quisiera hablar, la joven, con una mano en la boca, le indicó que callase, mientras que con la otra le invitaba a que no perdiese el tiempo con más dilaciones. Y en el mismo instante mi hermano hizo a la joven cuanto sabía hacer en punto a copulaciones, abrazos, besos, mordiscos, caricias, contorsiones y variaciones una, dos, tres veces, y así durante algunas horas del tiempo.

Después de aquellos transportes, la joven se levantó y le dijo a mi hermano: "¡Ojo de mi vida! no te muevas de aquí hasta que yo vuelva". Después salió rápidamente y desapareció.

Pero de pronto se abrió violentamente la puerta y apareció un negro horrible, gigantesco, que llevaba en la mano un alfanje desnudo. Y gritó al aterrorizado El-Aschar: "¡Oh, grandísimo miserable! ¿Cómo te atreviste a llegar hasta aquí, ¡oh tú!, producto mixto de los compañones corrompidos de todos los criminales?" Y mi hermano no supo qué contestar a lenguaje tan violento, se le paralizó la lengua, se le aflojaron los músculos y se puso muy pálido.

Entonces el negro le cogió, lo desnudó completamente y se puso a darle de plano con el alfanje más de ochenta golpes, hasta que mi hermano se cayó al suelo y el negro lo creyó cadáver. Llamó entonces con voz terrible, y acudió una negra con un plato lleno de sal. Lo puso en el suelo y empezó a llenar de sal las heridas de mi hermano, que a pesar de padecer horriblemente, no se atrevía a gritar por temor de que le remataran. Y la negra se marchó después que hubo cubierto completamente de sal todas las heridas.

Entonces el negro dió otro grito tan espantoso como el primero, y se presentó la vieja, que ayudada por el negro, después de robar todo el dinero a mi hermano, lo cogió por los pies, lo arrastró por todas las habitaciones hasta llegar al patio, donde lo lanzó al fondo de un subterráneo, en el que acostumbraba precipitar los cadáveres de todos aquellos a quienes con sus artificios había atraído a la casa para que sirviesen de cabalgadores a su joven señora.

El subterráneo en cuyo fondo habían arrojado a mi hermano El-Aschar era muy grande y oscurísimo, y en él se amontonaban los cadáveres unos sobre otros. Allí pasó El-Aschar dos días enteros, imposibilitado de moverse por las heridas y la caída. Pero Alah (¡alabado y glorificado sea!) quiso que mi hermano pudiese salir de entre tanto cadáver y arrastrarse a lo largo del subterráneo, guiado por una escasa claridad que venía de lo alto. Y pudo llegar hasta el tragaluz, de donde descendía aquella claridad, y una vez allí salir a la calle, fuera del subterráneo.

Se apresuró entonces a regresar a su casa, a la cual fui a buscarle, y le cuidé con los remedios que sé extraer de las plantas. Y al cabo de algún tiempo, curado ya completamente mi hermano, resolvió vengarse de la vieja y de sus cómplices por los tormentos que le habían causado. Se puso a buscar a la vieja, siguió sus pasos, y se enteró bien del sitio a que solía acudir diariamente para atraer a los jóvenes que habían de satisfacer a su ama y convertirse después en lo que se convertían. Y un día se disfrazó de persa, se ciñó un cinto muy abultado, escondió un alfanje bajo su holgado ropón, y fue a esperar la llegada de la vieja, que no tardó en aparecer.

En seguida se aproximó a ella, y fingiendo hablar mal nuestro idioma remedó el lenguaje bárbaro de los persas. Dijo: "¡Oh, buena madre! soy forastero y quisiera saber dónde podría pesar y reconocer unos novecientos dinares de oro que llevo en el cinturón, y que acabo de cobrar por la venta de unas mercaderías que traje de mi tierra". Y la maldita vieja de mal agüero le respondió:

"¡Oh, no podías haber llegado más a tiempo! Mi hijo, que es un joven tan hermoso como tú, ejerce el oficio de cambista, y te prestará el pesillo que buscas. Ven conmigo, y te llevaré a su casa". Y él contestó: "Pues ve delante". Y ella fué delante y él detrás, hasta que llegaron a la casa consabida. Y les abrió la misma esclava griega de agradable sonrisa, a la cual dijo la vieja en voz baja: "Esta vez le traigo a la señora músculos sólidos y un zib bien a punto".

Y la esclava cogió a El-Aschar de la mano, y le llevó a la sala de las sedas, y estuvo con él entreteniéndole algunos momentos; después avisó a su ama, que llegó e hizo con mi hermano lo mismo que la primera vez. Pero sería ocioso repetirlo.

Después se retiró, y de pronto apareció el negro terrible, con el alfanje desenvainado en la mano, y gritó a mi hermano que se levantara y lo siguiese. Y entonces mi hermano, que iba detrás del negro, sacó de pronto el alfanje de debajo del ropón, y del primer tajo le cortó la cabeza.

Al ruido de la caída acudió la negra, que sufrió la misma suerte; después la esclava griega, que al primer sablazo quedó también descabezada. Inmediatamente le tocó a la vieja, que llegó corriendo para echar mano al botín. Y al ver a mi hermano con el brazo cubierto de sangre y el acero en la mano, se cayó espantada en tierra, y El-Aschar la agarró del pelo y le dijo: "¿No me conoces, vieja zorra, podrida entre las podridas?"

Y respondió la vieja: "¡Oh, mi señor no te conozco!"

Pero mi hermano dijo: "Pues sabe, ¡oh alcahueta! que soy aquel en cuya casa fuiste a hacer las abluciones, trasero de mono viejo!". Y al decir esto, mi hermano partió en dos mitades a la vieja de un solo sablazo. Después fué a buscar a la joven que había copulado con él dos veces.

No tardó en encontrarla, ocupada en componerse y perfumarse en un aposento retirado. Y cuando la joven le vió cubierto de sangre, dió un grito de terror, y se arrojó a sus pies, rogándole que le perdonase la vida. Y mi hermano, recordando los placeres compartidos con ella, le otorgó generosamente la vida, y le preguntó: "¿Y cómo es que estás en esta casa, bajo el dominio de ese negro horrible a quien he matado con mis manos?" La joven respondió: "¡Oh, dueño mío! antes de estar encerrada en esta maldita casa, era yo propiedad de un rico mercader de la población, y esta vieja solía venir a verme y nos manifestaba mucha amistad. Un día entre los días fui a su casa y me dijo: "Me han invitado a una gran boda, pues no habrá en el mundo otra parecida. Y vengo a llevarte conmigo". Yo le contesté: "Escucho y obedezco". Me puse mis mejores ropas, cogí un bolsillo con cien dinares y salí con la vieja. Llegamos a esta casa, en la cual me introdujo con su astucia, y caí en manos de ese negro atroz, que después de arrebatarme la virginidad, me sujetó aquí a la fuerza y me utilizó para sus criminales designios, a costa de la vida de los jóvenes que la vieja le proporcionaba.

Así he pasado tres años entre las manos de esa vieja maldita". Entonces mi hermano dijo: "Pero llevando aquí tanto tiempo, debes saber si esos criminales han amontonado riquezas". Y ella contestó: "Hay tantas, que dudo mucho que tú solo pudieras llevártelas. Ven a verlo tú mismo".

Se llevó a mi hermano, y le enseñó grandes cofres llenos de monedas de todos los países y de bolsillos de todas las formas. Y mi hermano se quedó deslumbrado y atónito. Ella entonces le dijo: "No es así como podrás llevarte este oro. Ve a buscar unos mandaderos y tráelos para que carguen con él. Mientras tanto, yo prepararé los fardos".

Apresuróse El-Aschar a buscar a los mozos, y al poco tiempo volvió con diez hombres que llevaban cada uno una gran banasta vacía.

Pero al llegar a la casa vió el portal abierto de par en par. Y la joven había desaparecido con todos los cofres. Y comprendió entonces que se había burlado de él para poderse llevar las principales riquezas. Pero se consoló al ver las muchas cosas preciosas que quedaban en la casa y los valores encerrados en los armarios con todo lo cual podía considerarse rico para toda su vida. Y resolvió llevárselo al día siguiente; pero como estaba muy fatigado, se tendió en el magnífico lecho y se quedó dormido.

Al despertar al día siguiente, llegó hasta el límite del terror al verse rodeado por veinte guardias del walí, que le dijeron: "Levántate a escape y vente con nosotros". Y se lo llevaron, cerraron y sellaron las puertas, y lo pusieron entre las manos del walí, que le dijo: "He averiguado tu historia, los asesinatos que has cometido y el robo que ibas a perpetrar".

Entonces mi hermano exclamó: "¡Oh walí! Dame la señal de la seguridad, y te contaré lo ocurrido". Y el walí entonces le dió un velo, símbolo de la seguridad, y El-Aschar le contó toda la historia desde el principio hasta el fin. Pero no sería útil repetirla. Después mi hermano añadió: "Ahora, ¡oh walí de ideas justas y rectas! consentiré, si quieres, en compartir contigo lo que queda en aquella casa".

Pero el walí replicó: "¿Cómo te atreves a hablar de reparto? ¡Por Alah! No tendrás nada, pues debo cogerlo todo. Y date por muy contento al conservar la vida. Además, vas a salir inmediatamente de la ciudad y no vuelvas por aquí, bajo pena del mayor castigo". Y el walí desterró a mi hermano, por temor a que el califa se enterase de la historia de aquel robo. Y mi hermano tuvo que huir muy lejos.

Pero para que se cumpliese por completo el Destino, apenas había salido de las puertas de la ciudad le asaltaron unos bandidos, y al no hallarle nada encima, le quitaron la ropa, dejándole en cueros, le apalearon y le cortaron las orejas y la nariz.

Y supe entonces, ¡oh Emir de los Creyentes! las desventuras del pobre El-Aschar. Salí en su busca, y no descansé hasta encontrarlo. Lo traje a mi casa, donde le curé, y ahora le doy para que coma y beba durante el resto de sus días.

¡Tal es la historia de El-Aschar!

Pero la historia de mi sexto y último hermano, ¡oh, Emir de los Creyentes! merece que la escuches antes que me decida a descansar".


Las mil y una noches
Historia de Schakalik, sexto hermano del barbero
 de Anónimo



"Se llama Schakalik o el Tarro hendido, ¡oh Comendador de los Creyentes! Y a este hermano mío le cortaron los labios, y no sólo los labios, sino también el zib. Pero le cortaron los labios y el zib a consecuencia de circunstancias extremadamente asombrosas.

Porque Schakalik, mi sexto hermano, era el más pobre de todos nosotros, pues era verdaderamente pobre. Y no hablo de los cien dracmas de la herencia de nuestro padre, porque Schakalik, que nunca había visto tanto dinero junto, se comió los cien dracmas en una noche, acompañado de la gentuza más deplorable del barrio izquierdo de Bagdad.

No poseía, pues, ninguna de las vanidades de este mundo, y sólo vivía de las limosnas de la gente que lo admitía en su casa por su divertida conversación y por sus chistosas ocurrencias.

Un día entre los días había salido Schakalik en busca de un poco de comida para su cuerpo extenuado por las privaciones, y vagando por las calles se encontró ante una magnífica casa, a la cual daba acceso un gran pórtico con varios peldaños. Y en estos peldaños y a la entrada había un número considerable de esclavos, sirvientes, oficiales y porteros.

Mi hermano Schakalik se aproximó a los que allí estaban y les preguntó de quién era tan maravilloso edificio. Y le contestaron: "Es propiedad de un hombre que figura entre los hijos de los reyes".

Después se acercó a los porteros, que estaban sentados en un banco en el peldaño más alto, y les pidió limosna en el nombre de Alah. Y le respondieron: "¿Pero de dónde sales para ignorar que no tienes más que presentarte a nuestro amo para que te colme en seguida de sus dones?" Entonces mi hermano entró y franqueó el gran pórtico, atravesó un patio espacioso y un jardín poblado de árboles hermosísimos y de aves cantoras.

Lo rodeaba una galería calada con pavimento de mármol, y unos toldos le daban frescura durante las horas de calor. Mi hermano siguió andando y entró en la sala principal, cubierta de azulejos de colores verde, azul y oro, con flores y hojas entrelazadas. En medio de la sala había una hermosa fuente de mármol, con un surtidor de agua fresca, que caía con dulce murmullo.

Una maravillosa estera de colores alfombraba la mitad del suelo, más alta que la otra mitad, y reclinado en unos almohadones de seda con bordados de oro se hallaba muy a gusto un hermoso jeique de larga barba blanca y de rostro iluminado por benévola sonrisa. Mi hermano se acercó, y dijo al anciano de la hermosa barba: "¡Sea la paz contigo!" Y el anciano, levantándose en seguida, contestó: "¡Y contigo la paz y la misericordia de Alah con sus bendiciones! ¿Qué deseas, ¡oh, tú!"

Y mi hermano respondió: "¡Oh, mi señor! sólo pedirte una limosna, pues estoy extenuado por el hambre y las privaciones".

Y al oír estas palabras, exclamó el viejo jeique: "¡Por Alah! ¿Es posible que estando yo en esta ciudad se vea un ser humano en el estado de miseria en que te hallas? ¡Cosa es que realmente no puedo tolerar con paciencia!"

Y mi hermano, levantando las dos manos al cielo, dijo: "¡Alah te otorgue su bendición! ¡Benditos sean tus generadores!" Y el jeique repuso: "Es de todo punto necesario que te quedes en esta casa para compartir mi comida y gustar la sal en mi mesa". Y mi hermano dijo: "Gracias te doy, ¡oh, mi señor y dueño! Pues no podía estar más tiempo en ayunas, como no me muriese de hambre".

Entonces el viejo dió dos palmadas y ordenó a un esclavo que se presentó inmediatamente: "¡Trae en seguida un jarro y la palangana de plata para que nos lavemos las manos!"

Y dijo a mi hermano Schakalik: "¡Oh, huésped! Acércate y lávate las manos".

Y al decir esto, el jeique se levantó, y aunque el esclavo no había vuelto, hizo ademán de echarse agua en las manos con un jarro invisible y restregárselas como si tal agua cayese.

Al ver esto, no supo qué pensar mi hermano Schakalik; pero como el viejo insistía para que se acercase a su vez, supuso que era una broma y como él tenía también fama de divertido, hizo ademán de lavarse las manos lo mismo que el jeique. Entonces el anciano dijo: "¡Oh, vosotros! poned el mantel y traed la comida, que este pobre hombre está rabiando de hambre".

En seguida acudieron numerosos servidores, que empezaron a ir y venir como si pusieran el mantel y lo cubriesen de numerosos platos llenos hasta los bordes. Y Schakalik, aunque muy hambriento, pensó que los pobres deben respetar los caprichos de los ricos, y se guardó mucho de demostrar impaciencia alguna.

Entonces el jeique le dijo: "¡Oh huésped! siéntate a mi lado, y apresúrate a hacer honor a mi mesa". Y mi hermano se sentó a su lado, junto al mantel imaginario, y el viejo empezó a fingir que tocaba a los platos y que se llevaba bocados a la boca, y movía las mandíbulas y los labios como si realmente masticase algo. Y le decía a mi hermano: "¡Oh, huésped! mi casa es tu casa y mi mantel es tu mantel; no tengas cortedad y come lo que quieras, sin avergonzarte. Mira qué pan; cuán blanco y bien cocido. ¿Cómo encuentras este pan?"

Schakalik contestó: "Este pan es blanquísimo y verdaderamente delicioso; en mi vida he probado otro que se le parezca". El anciano dijo: "¡Ya lo creo! La negra que lo amasa es una mujer muy hábil. La compré en quinientos dinares de oro. Pero ¡oh huésped! Prueba de esta fuente en que ves esa admirable pasta dorada de kebeba con manteca, cocida al horno. Cree que la cocinera no ha escatimado ni la carne bien machacada, ni el trigo mondado y partido, ni el cardamomo, ni la pimienta. Come, ¡oh pobre hambriento! y dime qué te parecen su sabor y su perfume".

Y mi hermano respondió: "Esta kebeba es deliciosa para mi paladar, y su perfume me dilata el pecho. Cuanto a la manera de guisarla, he de decirte que ni en los palacios de los reyes se come otra mejor". Y hablando así, Schakalik empezó a mover las quijadas, a mascar y a tragar como si lo hiciera realmente. Y el anciano dijo: "Así me gusta ¡oh huésped! Pero no creo que merezca tantas alabanzas, porque entonces, ¿qué dirás de ese plato que está a tu izquierda, de esos maravillosos pollos asados, rellenos de alfónsigos, almendras, arroz, pasas, pimienta, canela y carne picada de carnero? ¿Qué te parece el humillo?" Mi hermano exclamó: "¡Alah, Alah! ¡Cuán delicioso es su humillo, qué sabrosos están y qué relleno tan admirable!"

Y el anciano dijo: "En verdad eres muy indulgente y muy cortés para mi cocina. Y con mis propios dedos quiero darte a probar ese plato incomparable". Y el jeique hizo ademán de preparar un pedazo tomado de un plato que estuviese sobre el mantel, y acercándoselo a los labios a Schakalik, le dijo: "Ten y prueba este bocado, ¡oh huésped! y dame tu opinión acerca de este plato de berenjenas rellenas que nadan en apetitosa salsa". Mi hermano hizo como si alargase el cuello, abriese la boca y tragara el pedazo, y dijo cerrando los ojos de gusto: "¡Por Alah! "¡Cuán exquisito y cuán en su punto! Sólo en tu casa he probado tan excelentes berenjenas. Todo está preparado con el arte de dedos expertos: la carne de cordero picada, los garbanzos, los piñones, los granos de cardamomo, la nuez moscada, el clavo, el jengibre, la pimienta y las hierbas aromáticas. Y tan bien hecho está, que se distingue el sabor de cada aroma".

El anciano dijo: "Por eso, ¡oh mi huésped! espero de tu apetito y de tu excelente educación que te comerás las cuarenta y cuatro berenjenas rellenas que hay en ese plato".

Schakalik contestó: "Fácil ha de serme el hacerlo, pues están más sabrosas que el pezón de mi nodriza y acarician mi paladar más deliciosamente que dedos de vírgenes". Y mi hermano fingió coger cada berenjena una tras otra, haciendo como si las comiese, y meneando la cabeza y dando con la lengua grandes chasquidos. Y al pensar en estos platos se le exasperaba el hambre y se habría contentado con un poco de pan seco, de habas o de maíz. Pero se guardó de decirlo.

Y el anciano repuso: "¡Oh huésped! tu lenguaje es el de un hombre bien educado, que sabe comer en compañía de los reyes y de los grandes. Come, amigo, y que te sea sano y de deliciosa digestión".

Y mi hermano dijo: "Creo que ya he comido bastante de estas cosas". Entonces el viejo volvió a palmotear y dispuso: "¡Quitad este mantel y poned el de los postres! ¡Vengan todos los dulces, la repostería y las frutas más escogidas!" Y los esclavos empezaron otra vez a ir y venir, y a mover las manos, y a levantar los brazos por encima de la cabeza, y a cambiar un mantel por otro. Y después, a una seña del viejo, se retiraron.

El anciano dijo a Schakalik: "Llegó, ¡oh huésped! el momento de endulzarnos el paladar. Empecemos por los pasteles. ¿No da gusto ver esa pasta fina, ligera, dorada y rellena de almendra, azúcar y granada, esa pasta de katayefs sublimes que hay en ese plato? ¡Por vida mía! Prueba uno o dos para convencerte. ¿Eh? ¡Cuán en su punto está el almíbar! ¡Qué bien salpicado está de canela! Se comería uno cincuenta sin hartarse, pero hay que dejar sitio para la excelente kenafa que hay en esa bandeja de bronce cincelado. Mira cuán hábil es mi repostera, y cómo ha sabido trenzar las madejas de pasta. Apresúrate a comerla antes de que se le vaya el jarabe y se desmigaje. ¡Es tan delicada! Y esa mahallabieh de agua de rosas, salpicada con alfónsigos pulverizados; y esos tazones llenos de natillas aromatizadas con agua de azahar.

¡Come, huésped, métele mano sin cortedad! ¡Así! ¡Muy bien!" Y el viejo daba ejemplo a mi hermano, y se llevaba la mano a la boca con glotonería, y fingía que tragaba como si fuese de veras, y mi hermano le imitaba admirablemente, a pesar de que el hambre le hacía la boca agua.

El anciano continuó: "¡Ahora, dulces y frutas! Y respecto a los dulces, ¡oh huésped! sólo lucharás con la dificultad de escoger. Delante de ti tienes dulces secos y otros con almíbar. Te aconsejo que te dediques a los secos, pues yo los prefiero, aunque los otros sean también muy gratos. Mira esa transparente y rutilante confitura seca de albaricoque tendida en anchas hojas. Y ese otro dulce seco de cidras con azúcar cande perfumado con ámbar. Y el otro, redondo, formando bolas sonrosadas, de pétalos de rosa y de flores de azahar. ¡Ese, sobre todo, me va a costar la vida un día! Resérvate, resérvate, que has de probar ese dulce de dátiles rellenos de clavo y almendra. Es de El Cairo, pues en Bagdad no lo saben hacer así. Por eso he encargado a un amigo de Egipto que me mande cien tarros llenos de esta delicia. Pero no comas tan aprisa, pues por más que tu apetito me honre en extremo, quiero que me des tu parecer sobre ese dulce de zanahorias con azúcar y nueces perfumado con almizcle".

Y Schakalik dijo: "¡Oh! ¡Este dulce es una cosa soñada! ¡Cómo adora sus delicias mi paladar! Pero se me figura que tiene demasiado almizcle". El anciano replicó: "¡Oh no, oh no! Yo no pienso que sea excesivo, pues no puedo prescindir de ese perfume, como tampoco del ámbar. Y mis cocineros y reposteros lo echan a chorros en todos mis pasteles y dulces. El almizcle y el ámbar son los dos sostenes de mi corazón".

Y el viejo prosiguió: "Pero no olvides estas frutas, pues supongo que habrás dejado sitio para ellas. Ahí tienes limones, plátanos, higos, dátiles frescos, manzanas, membrillos y muchas más. También hay nueces y almendras frescas y avellanas. Come, ¡oh huésped! que Alah es misericordioso".

Pero mi hermano, que a fuerza de mascar en balde ya no podía mover las mandíbulas, y cuyo estómago estaba cada vez más excitado por el incesante recuerdo de tanta cosa buena, dijo:

"¡Oh señor! He de confesar que estoy ahito, y que ni un bocado me podría entrar por la garganta". El anciano replicó: "¡Es admirable que te hayas hartado tan pronto! Pero ahora vamos a beber, que aun no hemos bebido".

Entonces el viejo palmoteó, y acudieron los esclavos con las mangas levantadas y los ropones cuidadosamente recogidos, y fingieron llevárselo todo y poner después en el mantel dos copas y frascos, alcarrazas y tarros magníficos. Y el anciano hizo como si echara vino en las copas, y cogió una copa imaginaria y se la presentó a mi hermano, que la aceptó con gratitud, y después de llevársela a la boca dijo: "¡Por Alah! ¡Qué vino tan delicioso! E hizo ademán de acariciarse placenteramente el estómago. Y el anciano fingió coger un frasco grande de vino añejo y verterlo delicadamente en la copa, que mi hermano se bebió de nuevo. Y siguieron haciendo lo mismo, hasta que mi hermano hizo como si se viera dominado por los vapores del vino, y empezó a menear la cabeza y a decir palabras atrevidas. Y pensaba: "Llegó la hora de que pague este viejo todos los suplicios que me ha hecho pasar".

Y como si estuviera completamente borracho, levantó el brazo derecho y descargó tan violento golpe en el cogote del anciano, que resonó en toda la sala. Y alzó de nuevo el brazo, y le dió el segundo golpe más recio todavía. Entonces el anciano exclamó: "¿Qué haces, ¡oh tú el más vil entre los hombres!"

Mi hermano Schakalik respondió: "¡Oh dueño mío y corona de mi cabeza! soy tu esclavo sumiso, aquel a quien has colmado de dones, acogiéndole en tu mansión y alimentándole en tu mesa con los manjares más exquisitos, como no los probaron ni los reyes. Soy aquel a quien has endulzado con las confituras, compotas y pasteles más ricos, acabando por saciar su sed con los vinos más deliciosos.

Pero bebí tanto, que he perdido el seso. ¡Disculpa, pues, a tu esclavo, que levantó la mano contra su bienhechor! ¡Disculpa, ya que tu alma es más elevada que la mía, y perdona mi locura!"

Entonces el anciano, lejos de encolerizarse, se echó a reír a carcajadas, y acabó por decir: "Mucho tiempo he estado buscando por todo el mundo, entre las personas con más fama de bromistas y divertidas, un hombre de tu ingenio, de tu carácter y de tu paciencia. Y nadie ha sabido sacar tanto partido como tú de mis chanzas y juegos. Hasta ahora has sido el único que ha sabido amoldarse a mi humor y a mis caprichos, conllevando la broma y correspondiendo con ingenio a ella. De modo que no sólo te perdono este final, sino que quiero que me acompañes a la mesa, que está realmente cubierta de manjares, dulces y frutas enumerados. Y en adelante, ya no me separaré jamás de ti".

Y dió orden a sus esclavos para que los sirvieran en seguida, sin escatimar nada, lo cual se ejecutó puntualmente.

Después que comieron los manjares y se endulzaron con pasteles, confituras y frutas, el anciano invitó a Schakalik a pasar con él al segundo comedor, reservado especialmente a las bebidas. Y al entrar fueron recibidos al son de armoniosos instrumentos y con canciones de las esclavas blancas, deliciosas jóvenes más hermosas que lunas. Y mientras el viejo y mi hermano bebían exquisitos vinos, no cesaron las cantoras de entonar admirables melodías. Y algunas bailaron después como pájaros de alas rápidas.

Y este día de fiesta terminó con besos y goces más positivos que soñados.

Pero el jeique tomó tal afecto a mi hermano, que fué su amigo íntimo y su compañero inseparable, demostrándole un inmenso cariño, y le obsequiaba cada día con mayor regalo. Y no dejaron de comer, beber y vivir deliciosamente durante veinte años más.

Pero tenía que cumplirse lo que había escrito el Destino. Y pasados los veinte años murió el viejo, e inmediatamente el walí mandó embargar todos sus bienes, confiscándolos en provecho propio, pues el jeique carecía de herederos, y mi hermano no era su hijo. Entonces Schakalik, obligado a escaparse por la persecución del walí, tuvo que buscar la salvación huyendo de Bagdad.

Y resolvió atravesar el desierto para dirigirse a la Meca y santificarse. Pero cierto día, la caravana a la cual se había unido fué atacada por los nómadas, salteadores de caminos, malos musulmanes que no practicaban los preceptos de nuestro Profeta (¡sean con él la plegaria y la paz de Alah!).

Y los viajeros fueron despojados y reducidos a esclavitud, y a Schakalik le tocó el más feroz de aquellos bandidos beduínos, que lo llevó a su tribu y lo hizo su esclavo. Y todos los días le pegaba una paliza y le hacía sufrir todos los suplicios, y le decía: "Debes ser muy rico en tu país, y si no me pagas un buen rescate, acabarás por morir a mis propias manos". Y mi hermano, llorando, exclamaba: "¡Por Alah! Nada poseo, ¡oh jefe de los árabes! pues desconozco el camino de la riqueza. Y ahora soy tu esclavo y estoy en tu poder; puedes hacer de mí lo que quieras".

Pero el beduíno tenía por esposa a una admirable mujer entre las mujeres, de negras cejas y ojos de noche. Y era ardiente en la copulación. Por eso, cada vez que el beduíno se alejaba de la tienda, esta criatura del desierto iba a buscar a mi hermano para ofrecerle su cuerpo. Y Schakalik, que se diferencia de todos nosotros en no ser gran cabalgador, no podía satisfacer plenamente a la ardorosa beduína, que se insinuaba y ponía en juego todos sus recursos, jugando las caderas, los pechos y el ombligo.

Pero un día que estaban a punto de besarse se precipitó en la tienda el terrible beduíno, y los sorprendió en aquella postura. Y sacó del cinturón un cuchillo tan ancho que de un solo golpe podía rebanar la cabeza de un camello, de una a otra yugular. Y agarró a mi hermano, empezó por cortarle los dos labios, metiéndoselos en la boca, y le dijo: "¡Miserable! ¿Cómo te atreviste a seducir a mi esposa?" Y empuñando el zib de mi hermano se lo cortó de un golpe y luego los compañones. En seguida, arrastrándolo por los pies, lo echó sobre un camello, lo llevó a lo alto de una montaña, lo tiró al suelo y se marchó para seguir su camino.

Como la tal montaña está situada en el camino por donde van los peregrinos, algunos de estos peregrinos, que eran de Bagdad, hallaron a Schakalik; y al reconocer al chistosísimo Tarro hendido, que tanto los había hecho reír, vinieron a avisarme, después de haberle dado de comer y beber.

Y fui en su busca, ¡oh Emir de los Creyentes! me lo eché a cuestas, lo traje a Bagdad, y luego de curarle, le he dado con qué mantenerse mientras viva.

He aquí en pocas palabras, ¡oh Príncipe de los Creyentes! la historia de mis seis hermanos, que habría podido contarte con más detenimiento. Pero he preferido no abusar de tu paciencia, probando de este modo lo poco charlatán que soy, y que además de hermano de mis hermanos podría llamarme su padre, y que el mérito de ellos desaparece al presentarme yo, apellidado el Samet.

Y el califa Montasser Billah se echó a reír a carcajadas y me dijo:

"Efectivamente, ¡oh Samet! hablas bien poco, y nadie podrá acusarte de indiscreción, ni de curiosidad, ni de malas cualidades. Pero tengo mis motivos para exigir que inmediatamente salgas de Bagdad y te vayas a otra parte. Y sobre todo, date prisa". Y así me desterró el califa, tan injustamente, sin explicarme la causa de aquel castigo.

Entonces, ¡oh mis señores! empecé a viajar por todos los climas y todos los países, hasta que supe el fallecimiento de Montaser Billah y el reinado de su sucesor el califa El-Mostasen.

Volví a Bagdad enseguida, pero me encontré con que todos mis hermanos habían muerto. Y entonces ese joven que se acaba de marchar tan descortésmente me llamó a su casa para que le afeitase la cabeza. Y contra todo lo que ha dicho puedo aseguraros, ¡oh mis señores! que le hice un grandísimo favor, y a no ser por mi ayuda, probable es que el kadí, padre de la joven, lo hubiese mandado matar. De modo que todo lo que ha dicho es una calumnia, y cuanto ha contado sobre mi supuesta curiosidad, indiscreción, charlatanería y falta de tacto es falso absolutamente, ¡oh vosotros cuantos aquí estáis!"

Tal es, ¡oh rey afortunado! -prosiguió Schehrazada-, la historia en siete partes que el sastre de la China refirió al rey.

Y después añadió: "Cuando el barbero Samet hubo terminado su historia, no necesitamos oír más para convencernos de que era realmente el charlatán más extraordinario y el rapista más indiscreto de toda la tierra. Y quedamos persuadidos de que el joven cojo de Bagdad había sido la víctima de su insoportable indiscreción.

Entonces, aunque sus historias nos habían hecho pasar un buen rato, acordamos castigarle. Y nos apoderamos de él, a pesar de sus chillidos, y lo encerramos en un cuarto oscuro lleno de ratas. Y los demás seguimos comiendo, bebiendo y disfrutando hasta que llegó la hora de la plegaria. Y entonces nos retiramos, y yo fui en busca de mi esposa.

Pero al llegar a mi casa encontré a mi mujer de muy mal humor, y me dijo: "¿Te parece bien dejarme sola mientras andas de diversión con tus amigos? Si no me sacas enseguida a pasear, me presentaré al walí para entablar la demanda de divorcio".

Y como soy enemigo de disturbios conyugales, quise que hubiera paz, y a pesar del cansancio salí a pasear con mi mujer. Y anduvimos recorriendo calles y jardines hasta la puesta del sol.

Y cuando regresábamos a casa encontramos por casualidad a ese jorobeta que se hallaba a tu servicio, ¡oh rey poderoso y magnánimo!

Y el jorobado estaba borracho completamente, diciendo chistes a cuantos le rodeaban, y recitó estos versos:

¡No sé si elegir la copa transparente y coloreada o el vino sutil y purpurino!
¡Porque la copa es como el vino sutil y purpurino, y el vino es como la copa coloreada y transparente!

Y se interrumpía para embromar a los transeúntes o para danzar, golpeando la pandereta. Y yo y mi mujer supusimos que sería para nosotros un agradable comensal, y le convidamos a comer con nosotros. Y juntos comimos, y mi esposa se quedó con nosotros, pues no creía que la presencia de un jorobado fuese como la de un hombre regular, pues de no pensarlo así no habría comido delante de un extraño.

Entonces fué cuando a mi esposa se le ocurrió bromear con el jorobeta y meterle en la boca la comida que lo ahogó.

Y en seguida, ¡oh rey poderoso! cogimos el cadáver del jorobeta y lo dejamos en la casa del médico judío que está presente. Y a su vez el médico judío lo dejó en la casa del intendente, que hizo responsable al corredor copto.

Y tal es, ¡oh rey generoso! la más extraordinaria de las historias que te hayan referido. Y esta historia del barbero y sus hermanos es, con seguridad, más sorprendente que la del jorobado".

Cuando el sastre hubo acabado de hablar, el rey de la China dijo: "He de confesar que es muy interesante esa historia, y acaso más sugestiva que la del pobre jorobeta.

Pero ¿dónde está ese asombroso barbero? Quiero verle y oírle antes de adoptar mi decisión respecto a vosotros cuatro.

Después enterraremos a nuestro jorobeta. Y le erigiremos un buen sepulcro por lo mucho que me divirtió en vida, y aun después de muerto, pues me ha dado ocasión de oír la historia del joven cojo, la del barbero con sus seis hermanos y las otras tres historias".

Y dicho esto, el rey mandó a sus chambelanes que se fuesen con el sastre a buscar al barbero. Y una hora después, el sastre y los chambelanes, que habían ido a sacar al barbero del cuarto oscuro, lo trajeron al palacio y se lo presentaron al rey.

El rey examinó al barbero, y vio que era un anciano jeique lo menos de noventa años, de cara muy negra, barbas muy blancas, lo mismo que las cejas, orejas colgantes y agujereadas, narices de pasmosa longitud y aspecto lleno de presunción y altanería.

Al verlo, el rey de la China se echó a reír ruidosamente y le dijo: "¡Oh silencioso! Me han dicho que sabes contar historias admirables y llenas de maravilla.

Quisiera oírte algunas de las que sabes referir tan bien". El barbero contestó: "¡Oh rey del tiempo! no te han engañado al ponderarte mis cualidades, pero en primer lugar desearía saber lo que hacen aquí, reunidos, ese corredor nazareno, ese judío, ese musulmán, y ese jorobeta muerto, tumbado en el suelo. ¿De dónde procede esta extraña reunión?"

Y el rey de la China se rió mucho y replicó: "¿Y por qué me interrogas respecto a gente que te es desconocida?"

El barbero dijo: "Pregunto solamente para demostrar a mi rey que no soy un charlatán indiscreto, que no me ocupo nunca en lo que no me importa, y que soy inocente de las calumnias que me dirigen, como la de llamarme hablador y lo demás. Sabe, por lo tanto, que soy digno de ostentar el sobrenombre de Silencioso, pues el poeta dijo:

Cuando tus ojos vean a una persona con un sobrenombre, sabe que, como indagues bien, siempre acabará por surgir el sentido del sobrenombre.

Entonces dijo el rey: "Mucho me agrada este barbero. Voy a contarle la historia del jorobado, y luego las relatadas por el nazareno, el judío, el intendente y el sastre". Y el rey refirió al barbero todas las historias, sin omitir una particularidad.

Pero no es necesario repetirlas.

Cuando el barbero hubo oído las historias y supo la causa de la muerte del jorobado, empezó a menear gravemente la cabeza, y exclamó: "¡Por Alah! ¡Cosa extraordinaria es ésa y me sorprende grandemente! A ver, levantad el velo que cubre el cadáver, que yo lo vea". Y cuando se descubrió el cadáver, el barbero se sentó en el suelo, puso la cabeza del jorobado en sus rodillas v le miró atentamente a la cara. Y de pronto soltó tal carcajada, que la fuerza de la risa le hizo caer de trasero. Y exclamó: "En verdad, toda muerte tiene una causa entre las causas. Y la causa de la muerte de este jorobado es la cosa más sorprendente de las cosas sorprendentes. Porque merece ser escrita con hermosas letras de oro en los registros del reino, para enseñanza de los hombres futuros".

Y el rey, pasmado al oír las palabras del barbero, le dijo: "¡Oh barbero, oh Silencioso! explícanos el sentido de tus palabras". Y el barbero replicó: "¡Oh rey! te juro por tu gracia y tus beneficios que tu jorobeta tiene el alma en el cuerpo. Y lo vas a ver". Y en seguida sacó de su cinturón un frasquito con un ungüento, empapó con él el pescuezo del jorobado y le vendó el cuello con un paño de lana, Después aguardó que transcurriese una hora. Sacó entonces del mismo cinturón unas largas tenazas de hierro, las introdujo en el garguero del jorobado, manipuló en varios sentidos y las sacó al fin, llevando en ellas el pedazo de pescado y la espina, causa de lo ocurrido al jorobeta.

Y éste estornudó estrepitosamente, abrió los ojos, volvió en sí, se palpó la cara con las manos, dió un brinco, se puso de pie y exclamó: "¡La ilah ile Alah! Y Mohamed es el Enviado de Alah! ¡Sean con él la plegaria y la salvación de Alah!"

Y todos los circunstantes quedaron estupefactos y llenos de admiración hacia el barbero. Y después, al reponerse de su emoción, el rey y todos los presentes empezaron a reír a carcajadas al ver la cara del jorobeta. Y el rey dijo: "¡Por Alah! ¡Qué aventura tan prodigiosa! ¡En mi vida he visto nada más sorprendente y extraordinario!" Y añadió: "¡Oh vosotros aquí presentes! ¿Ha visto alguno que así se muera un hombre para resucitar después? Si, gracias a Alah, no hubiese estado aquí este barbero, nuestro jeique Samet, el día de hoy habría sido el último de la vida del jorobado. Y sólo por la ciencia y el mérito de este barbero admirable y lleno de capacidad hemos podido salvar su vida". `Y todos los presentes dijeron: "Verdad es, ¡oh rey! Pues esta aventura es el prodigio de los prodigios y el milagro de los milagros".

Entonces el rey de la China, lleno de júbilo, mandó que inmediatamente se escribieran con letras de oro la historia del jorobado y del barbero, y que se conservasen en los archivos del reino. Y así se ejecutó puntualmente. En seguida regaló un magnífico traje de honor a cada uno de los acusados, al médico judío, al corredor nazareno, al intendente y al sastre, y los agregó al servicio de su persona y del palacio, y les mandó hacer las paces con el jorobeta. Y a éste le hizo maravillosos regalos, le colmó de riquezas, le nombró para altos cargos y lo eligió como compañero de mesa y bebida.

Pero aun tuvo más extraordinarias atenciones con el barbero; le hizo vestir un suntuoso traje de honor, mandó que le construyesen un astrolabio todo de oro, otros instrumentos de oro, tijeras y navajas con perlas y pedrería; le nombró barbero y peluquero de su persona y del reino, y también le tomó por compañero íntimo.

Y siguieron viviendo la vida más próspera y más dichosa, hasta que puso término a su felicidad la Arrebatadora de todo goce, la Dislocadora de toda intimidad, la Separadora de los amigos, la Sepultadora, la Invencible, la Inevitable.

Y Schehrazada dijo al rey Schariar, sultán de las islas de la India y de la China: "No creas que esta historia sea más admirable que la de la hermosa Dulce-Amiga". Y el sultán Schahriar preguntó: "¿Qué Dulce-Amiga?"

Entonces Schehrazada dijo:


Las mil y una noches
Historia de Dulce-Amiga
 de Anónimo



He llegado a saber, !oh rey afortunado! que el trono de Bassra fué ocupado por un sultán tributario de su soberano el califa Harún AlRaschid, que le llamaba el rey Mohammad ben-Soleimán El-Zeiní.

Amparaba a los pobres y a los necesitados, se compadecía de sus súbditos desgraciados y repartía su fortuna entre los que creían en nuestro Profeta Mohamed (¡con él sean la plegaria y la paz de Alah!)

Era, pues, verdaderamente digno de este elogio del poeta:

¡Transformó en su pluma la punta de la lanza, el corazón de los enemigos en una hoja donde escribir, y en tinta su sangre!

Tenía dos visires llamados respectivamente El-Mohín ben Sauí y El-Faldl ben-Khacán. Pero hay que saber que El-Faldl era el hombre más generoso de su tiempo, dotado de buen carácter, admirables costumbres y excelentes cualidades, que le granjearon el cariño de todos los corazones y la estimación de los hombres prudentes y sabios, quienes le consultaban y pedían su parecer en los asuntos más difíciles. Y todos los habitantes del reino, sin ninguna excepción, le deseaban larga vida y muchas prosperidades, porque hacía todo el bien posible y odiaba la injusticia.

En cuanto al otro visir, llamado El-Mohín, era muy diferente: tenía horror al bien y cultivaba el mal, hasta tal punto, que un poeta dijo:

¡Le vi! Y en seguida me dispuse a huir ante la mancilla de su aproximación, y me levanté la orla del ropón para evitar su torpe contacto! ¡Y confié mi salvación a la ligereza de mi corcel para que me llevase lejos de aquel elemento tan impuro!

De modo que a cada uno de estos dos visires, tan distintos entre sí, se les puede aplicar cada uno de estos versos de otro poeta:

¡Goza la deliciosa compañía del hombre noble, de alma noble, hijo de noble, pues siempre observarás que el hombre noble ha nacido noble y de padre noble!
¡Pero aléjate del contacto del hombre vil, de alma vil, de extracción vil, porque siempre verás que el hombre vil ha nacido de padre vil!

La gente sentía, pues, tanto odio y repulsión hacia el visir ElMohín, como amor le inspiraba el visir El-Faldl. Así es que El-Mohín tenía una gran enemistad hacia su compañero, y no desperdiciaba ninguna ocasión de perjudicarle ante el sultán.

Un día entre los días, Mohammad ben-Soleimán El-Zeiní, estaba sentado en el trono de su reino, en la sala de justicia, rodeado de todos los emires y de todos los notables y grandes de su corte. Y este día había llegado al mercado un lote de esclavas de todos los países. El rey se dirigió a su visir El-Faldl, y le dijo: "Quiero que me busques una esclava que no tenga igual en el mundo. Que además de su perfección y su belleza, tenga una admirable dulzura de carácter".

Al oír estas palabras del rey dirigidas a su visir El-Faldl Fadleddín, el visir El-Mohín, lleno de envidia porque el rey depositaba toda su confianza en su rival, quiso desalentar al soberano, y exclamó: "¡Pero si se pudiese encontrar a esa mujer, habría que pagarla lo menos en diez mil dinares de oro!" Entonces el rey, más obstinado por tal dificultad, llamó inmediatamente a su tesorero, y le dijo: "Toma en seguida diez mil dinares de oro y llévalos a casa de mi visir El-Faldl". Y el tesorero se apresuró a ejecutar la orden.

El visir se dirigió en seguida al zoco de los esclavos, pero nada encontró que ni de cerca ni de lejos se ajustase a las condiciones requeridas para la compra. Reunió entonces a todos los corredores que se ocupaban de la compra y de la venta de esclavas blancas y negras, y les encargó que buscasen una esclava como la quería el rey. Y les dijo: "Cuando una esclava alcance el precio de mil dinares de oro avisadme en seguida, y ya veré si conviene".

Y desde entonces no pasaba día sin que dos o tres corredores propusiesen una linda esclava al visir, que siempre despedía al corredor y a la esclava sin ultimar la compra. Y vió durante un mes más de mil muchachas, a cual más hermosas y capaces de infundir virilidad a mil viejos impotentes. Pero no podía decidirse por ninguna de ellas. Un día entre los días iba a montar a caballo para visitar al rey y rogarle que aguardara algún tiempo, cuando se le acercó un corredor a quien conocía, y que, teniéndole el estribo, lo saludó respetuosamente y recitó en honor suyo estas dos estancias:

¡Oh tú, que das mayor realce a la gloria del reinado y restauras el añoso edificio de los antepasados! ¡Oh tú, siempre victorioso gran visir!
¡Das nueva vida a los míseros y a los moribundos con tu generosidad y tus beneficios! ¡Y todas tus acciones son siempre gratas al Recompensador y las ponemos sobre nuestra frente!

Y recitados los versos, dijo el corredor al visir: "¡Oh noble ElFaldl! te anuncio que ha aparecido la esclava que tuviste la bondad de encargarme que buscara, y está a tu disposición". Y el visir dijo: "Tráela para que yo la vea". Y regresó a su palacio, adonde una hora después llegaba el corredor con la esclava.

Unicamente diré para discribirla que era de una esbeltez deliciosa, de pechos rectos y gloriosos, párpados oscuros, ojos de noche, mejillas redondas, fina barbilla adornada con un hoyuelo, caderas poderosas y sólidas, cintura de abeja y nalgas soberanas. Iba vestida de telas raras y escogidas. Pero olvidaba decirte, ¡oh rey! que su boca era una flor, su saliva jarabe, sus labios nuez moscada y su cuerpo fino y flexible como una tierna rama de sauce. Su voz, canto de la brisa, era más agradable que el céfiro que se perfuma al pasar entre las flores de los jardines. Y era digna de estos versos del poeta:

¡Su piel es más suave que la seda, su voz canta como el agua, con las ondulaciones del agua, y como ella también reposada y pura!
¡Y sus ojos! Alah dijo: “!Sed!” y fueron hechos. ¡Son la obra de un Dios! ¡ y su mirada turba a los humanos más que el vino y su fermento!
¡Pensando en ella en las horas nocturnas, mi alma se turba y mi cuerpo arde! ¡Y al pensar en su crencha, negra como la noche y en su frente de aurora, iluminadora de la mañana, me siento morir!


Y a causa de sus gracias y de su dulzura, la llamaron desde la pubertad Dulce-Amiga. (En árabe Anis Al- Dialis)

Por eso cuando la vió el visir quedó completamente maravillado, y preguntó al corredor: "¿Qué precio tiene esta esclava?" Y el otro contestó: "Su amo pide diez mil dinares, y en eso hemos quedado, porque me parece justo. Pero él jura que pierde al venderla en ese precio por una porción de cosas que yo quisiera que oyeses de sus mismos labios".

Entonces el visir dijo: "Pues que venga en seguida".

El corredor salió en busca del amo de la esclava y lo llevó ante el visir. Y el visir vió que el amo de la maravillosa joven era un persa viejísimo, aniquilado por la edad, que lo había reducido a huesos y pellejo. Como dice el poeta:

¡El Tiempo y el Destino me envejecieron; mi cabeza tiembla y mi cuerpo se viene abajo! ¿Quién es capaz de resistir a la fuerza y la violencia del Tiempo?
¡Hace muchos años me tenía derecho y erguido y andaba hacia el sol! ¡Ahora, caído de aquella altura, mi compañía es la enfermedad y la inmovilidad, mi amada!

Y el amo de la esclava deseó la paz al visir. Y el visir le dijo: "¿Estás conforme en venderme esta esclava en diez rnil dinares? Has de saber que no es para mí, sino para el rey". El anciano contestó: "Siendo para el rey, prefiero ofrecérsela como un presente, sin aceptar precio alguno.

Pero ¡oh visir magnánimo! ya que me interrogas, mi deber es contestarte. Sabe que esos diez mil dinares apenas me indemnizan del importe de los pollos con que la alimenté desde su infancia, de los magníficos vestidos con que siempre la adorné y de los gastos que he hecho para instruirla. Porque ha tenido varios maestros y aprendió a escribir con muy buena letra; conoce también las reglas de la lengua árabe y de la lengua persa, la gramática y la sintaxis, los comentarios del Libro, las reglas de derecho divino y sus orígenes, la jurisprudencia, la moral, la filosofía, la medicina, la geometría y el catastro.

Pero sobresale especialmente en el arte de versificar, en tañer los más variados instrumentos, en el canto y en el baile; y por último, ha leído todos los libros de los poetas e historiadores. Y todo ello ha contribuido a hacer más admirable su ingenio y su carácter, por eso la he llamado Dulce-Amiga".

El visir dijo: "Verdaderamente tienes razón, pero sólo puedo dar diez mil dinares. Además, los haré pesar y comprobar inmediatamente".

Y en efecto, el visir mandó pesar inmediatamente los diez mil dinares de oro en presencia del anciano persa, que los tomó. Pero antes de marcharse, el viejo mercader de esclavos se acercó al visir y le dijo: "Quisiera, ¡oh mi señor! que me permitieses un consejo".

Y el visir repuso: "Di lo que quieras". Y prosiguió el anciano: Aconsejo a mi señor el visir que no lleve inmediatamente al palacio del rey Mohammad ben-Soleimán El-Zeiní a mi esclava Dulce-Amiga, porque mi esclava ha llegado hoy de viaje, y el cambio de clima y de aguas la ha fatigado mucho. Por eso lo mejor para ti y para ella es que la conserves en tu casa diez días, y así reposará y ganará en hermosura y tomará un baño en el hammam y se cambiará de vestidos. Y entonces la podrás presentar al rey, y con esto tu gestión parecerá más honrosa y meritoria a los ojos de nuestro sultán". Y el visir comprendió que el viejo persa era buen consejero y le hizo caso. Y retuvo en su palacio a Dulce-Amiga, mandando que preparasen un aposento reservado para que descansase.

Pero el visir El-Faldl tenía un hijo de admirable hermosura, como la luna cuando sale. Su cara era de una blancura maravillosa, sus mejillas sonrosadas, y en una de ellas tenía un lunar como una gota de ámbar gris, según dice el poeta:

¡Las rosas de sus mejillas! ¡Más deliciosas que los dátiles rojos en sus racimos!
¡Si su cuerpo es tierno y dulce, su corazón es duro e inexorable! ¿Por qué no poseerá su corazón algunas de las cualidades de su cuerpo?
¡Porque si su cuerpo, tan tierno y tan dulce, influyera algo en su corazón, no sería tan injusto ni tan duro para mi amor!
¡Y tú, amigo, que me reconvienes por el amor que me domina, cree que tengo disculpas, pues no soy ya dueño de mí, y mi cuerpo y todas mis fuerzas se encuentran bajo el poder de esa pasión dominadora!
¡Y sabe que el único culpable no es él ni soy yo, sino mi corazón! ¡Y no me verías languidecer si mi joven tirano fuese más compasivo!

Pero el hijo del visir, que se llamaba Alí-Nur, nada sabía de la compra de la esclava. Y además, el visir había empezado por encargar a Dulce-Amiga que no olvidase los consejos que tenía que darle. Y le dijo: "Sabe ¡oh hija mía! que te he comprado por cuenta de nuestro amo el rey para que seas la preferida entre sus favoritas. De modo que debes tener mucho cuidado en evitar todas las ocasiones de comprometerte y comprometerme.

Así es que he de advertirte que tengo un hijo algo mala cabeza, pero guapo mozo. No hay en este barrio ninguna doncella que no se haya entregado a él y de cuya flor no haya gozado. Por lo tanto, evita su encuentro; que no oiga tu voz ni vea tu rostro, pues de otra suerte te perderías sin remedio".

Y Dulce-Amiga dijo: "Escucho y obedezco". Y el visir, tranquilizado sobre este punto, se alejó para seguir su camino.

Pero por voluntad escrita de Alah, las cosas llevaron un rumbo muy diferente. Porque algunos días después, Dulce-Amiga fué al hammam del palacio del visir, y las esclavas emplearon toda su habilidad en darle un baño que fuera el mejor de su vida.

Después de haberle lavado los miembros y el cabello, le dieron masaje. Y la depilaron esmeradamente, frotaron con almizcle su cabellera, le tiñeron conhenné las uñas de los pies y de las manos, le alargaron con kohl las cejas y las pestañas, y quemaron junto a ella pebeteros de incienso macho y ámbar gris, perfumándole de este modo toda la piel.

Después la envolvieron con una sábana embalsamada con azahar y rosas, le sujetaron la cabellera con un paño caliente, y la sacaron del hammam para llevarla al aposento donde la aguardaba la mujer del visir, madre del hermoso Alí-Nur.

Dulce-Amiga, al ver a la mujer del visir, corrió a su encuentro y le besó la mano, y la esposa del visir la besó en las dos mejillas, y le dijo: "¡Oh Dulce-Amiga! ¡ojalá te dé ese baño todo el bienestar y todas las delicias! ¡Oh Dulce-Amiga, cuán hermosa estás, cuán limpia y perfumada! Iluminas nuestro palacio, que no necesita más luz que la tuya"

Y Dulce-Amiga, muy emocionada, se llevó la mano al corazón, a los labios y a la frente, e inclinando la cabeza, respondió: "Gracias, ¡oh madre y señora! ¡Proporciónete Alah todos los goces de la tierra y del paraíso! En verdad ha sido delicioso este baño, y sólo me ha dolido una cosa: no compartirlo contigo. Entonces la madre de Alí-Nur mandó que llevasen a Dulce-Amiga sorbetes y pastas, y se dispuso a marchar al hammam para tomar su baño.

Pero no quiso dejar sola a Dulce-Amiga, por temor y por prudencia. Llamó, pues, a dos esclavas jóvenes, y les mandó que guardasen la puerta del aposento de Dulce-Amiga, diciéndoles: "No dejéis entrar a nadie bajo ningún pretexto, porque Dulce-Amiga está desnuda y podría enfriarse". Y las dos esclavas contestaron respetuosamente: "Escuchamos Y obedecemos".

Y entonces la madre de Alí-Nur, rodeada de sus doncellas, se fué al hammam después de haber besado otra vez a Dulce-Amiga, que le deseó un baño delicioso.

Pero en aquel momento entraba en la casa el joven Alí-Nur, buscó a su madre para besarle la mano, como todos los días, y como no la encontrara en su habitación, la fué buscando por todas las demás, hasta que llegó frente a la puerta de aquella en que estaba encerrada Dulce-Amiga. Y vió a las dos esclavas que guardaban la puerta, y las dos esclavas le sonrieron, porque era muy gentil, y le adoraban en secreto. Pero asombrado al ver aquella puerta tan bien guardada, les dijo: "¿Está ahí mi madre?" Y las esclavas, intentando rechazarle, le contestaron: "¡Oh, no, amo Alí-Nur, no está ahí nuestra ama! ¡No está ahí! ¡Ha ido al hammam! ¡Está en el hammam, amo Alí-Nur!" Y les dijo: "Pues entonces, ¿qué hacéis aquí, corderas? Apartaos para que pueda descansar". Y ellas replicaron: "¡No entres, oh Alí-Nur, no entres ahí! ¡Ahí sólo está nuestra ama joven Dulce-Amiga!" Alí-Nur exclamó: "¿Qué Dulce-Amiga?" Y ellas contestaron: "La hermosa, Dulce-Amiga que tu padre y amo nuestro el visir Fadleddin ha comprado en diez mil dinares para el sultán. Acaba de salir del hammam y está desnuda, sin más ropa que la sábana del baño. ¡No entres, oh Alí-Nur, no entres! podría enfriarse, y nuestra ama nos pegaría. ¡No entres, oh Alí-Nur!"

Entretanto, Dulce-Amiga oía estas palabras desde su habitación, y pensaba: "¡Por Alah! ¿Cómo será ese joven Alí-Nur, cuyas hazañas me ha enumerado su padre el visir? ¿Cómo será ese mancebo que no ha dejado en el barrio doncella intacta ni mujer sin ataque?

¡Por Alah, que desearía verle!"

Y no pudiendo aguantarse, se puso de pie, y perfumada aún con todos los aromas del hammam, llena de frescura. con los poros abiertos a la vida, se acercó a la puerta, la entreabrió poco a poco y se puso a mirar. Y vió a Alí-Nur. Y le pareció como la luna llena. Y sólo con mirarle le sacudió la emoción y se estremeció toda su carne.

Y al mismo tiempo, Alí-Nur había tenido ocasión de mirar por la puerta. entreabierta, apreciando toda la hermosura de Dulce-Amiga.

Y arrebatado por el deseo, dió tal grito y sacudió tan fuertemente a las dos esclavas, que llorando huyeron de entre sus manos, refugiándose en la habitación contigua, y desde allí se pusieron a mirar, pues Alí-Nur no se había tomado el trabajo de cerrar la puerta después de haber llegado junto a Dulce-Amiga. Y así vieron todo lo que ocurrió.

Y efectivamente, Alí-Nur avanzó hacia donce estaba Dulce-Amiga, que, aturdida, se había dejado caer en el diván, y le aguardaba desnuda, toda temblorosa y con los ojos muy abiertos. Y Alí-Nur, llevándose la mano al corazón, se inclinó ante Dulce-Amiga, y le dijo: "¡Oh Dulce-Amiga! ¿Eres tú la que ha comprado mi padre en diez mil dinares de oro? ¿Te pesaron acaso en el otro platillo para contrastar bien tu verdadero valor? ¡Oh Dulce-Amiga! ¡Eres más hermosa que el oro fundido, tu cabellera más abundante que la de una leona del desierto y tus pechos más frescos y más suaves que el musgo de los arroyos!"

Ella contestó: "Alí-Nur, ante mis ojos asombrados apareces más poderoso que el león del desierto; ante mi carne que te desea, más fuerte que el leopardo, y ante mis labios que palidecen, más rasgador que el duro acero. ¡Alí-Nur, mi sultán!"

Y ebrio Alí-Nur, se precipitó sobre Dulce-Amiga. Y las dos esclavas se asombraron al ver todo esto desde fuera. Pues aquello era para ellas muy extraño, y no lo comprendían. Porque Alí-Nur, después de cambiar ruidosos besos con Dulce-Amiga, se apoderó de sus piernas y penetró en la casa de la misericordia. Y Dulce-Amiga le rodeó con sus brazos, y durante algún tiempo sólo hubo besos, contorsiones y elocuencia sin palabras.

Entonces las dos siervas quedaron sobrecogidas de terror. Y gritando, huyeron espantadas, yendo a refugiarse en el hammam, cuando precisamente salía del baño la madre de Alí-Nur, humedecida por el sudor que le corría por el cuerpo. Y les dijo a las esclavas: "¿Qué os pasa para chillar y correr de este modo, hijas mías?" Y ellas clamaban: "¡Oh señora, oh señora!" Y ella insistió: "¿Pero qué ocurre, desdichadas?"

Y ellas, llorando, dijeron: "Oh señora, he aquí que nuestro joven amo Alí-Nur ha empezado a darnos golpes y nos ha echado! Y luego le vimos entrar en la habitación de nuestra ama Dulce-Amiga y él gustó su lengua y ella también. Y no sabemos qué le haría después, porque ella suspiraba mucho, y él también suspiraba encima de ella. ¡Y estamos aterradas por todo eso!

Entonces, la esposa del visir, aunque iba calzada con los altos zuecos de madera que se gastan para el baño, echó a correr a pesar de su avanzada edad, seguida por todas sus doncellas, y llegó a la habitación de Dulce-Amiga, precisamente cuando Alí-Nur, habiendo oído los gritos de las esclavas, había huido más que aprisa, una vez terminada la cosa.

Y la mujer del visir, pálida de emoción, se acercó a Dulce-Amiga y le dijo: "¿Qué es lo que ha ocurrido?" Y Dulce-Amiga repitió las palabras que Alí-Nur le había enseñado: "¡Oh mi señora! Mientras estaba descansando del baño, echada en el diván, entró un joven a quien nunca he visto. Y era muy hermoso, ¡oh señora! y hasta se te parecía en los ojos y en las cejas.

Y me dijo: "¿Eres tú, Dulce-Amiga, la que ha comprado mi padre en diez mil dinares?"

Y yo le contesté: "Sí; soy Dulce-Amiga, comprada por el visir en diez mil dinares, pero estoy destinada al sultán Mohammad ben-Soleimán El-Zeiní".

Y el joven, riéndose replicó: "¡No lo creas, oh Dulce-Amiga! acaso haya tenido mi padre esa intención, pero ha cambiado de parecer y te ha destinado toda para mí". Entonces, ¡oh señora! a fuer de esclava sumisa desde mi nacimiento, hube de obedecer. Además, creo haber hecho bien, pues prefiero ser esclava de tu hijo Alí-Nur, ¡oh mi señora! que convertirme en esposa del mismo califa que reina en Bagdad".

La madre de Alí-Nur contestó: "¡Ah, hija mía, qué desdicha para todos nosotros! Mi hijo Alí-Nur es un gran malvado, y te engañó. Pero dime, hija mía, ¿qué ha hecho contigo?" Dulce-Amiga respondió: "Me rendí a su voluntad, y él se apoderó de mí y nos enlazamos". Y la mujer del visir dijo: "¿Pero te ha poseído por completo?"

Y replicó Dulce-Amiga: "Ciertamente, y hasta tres veces. ¡oh madre mía!" Al oír esto la madre de Alí-Nur, dijo: "¡Oh hija mía! ¡Cómo te ha destrozado!" Y empezó a llorar y a abofetearse, y todas sus esclavas lloraban lo mismo, y clamaban: "¡Qué calamidad, qué calamidad!"

Porque en el fondo lo que aterraba a la madre de Alí-Nur y a las doncellas de la madre de Alí-Nur, era el temor que les inspiraba el padre de Alí-Nur.

En efecto, el visir, aunque bueno y generoso, no podía tolerar aquella usurpación, sobre todo tratándose de cosa del rey, pudiendo ponerse en tela de juicio el honor y el comportamiento del visir. Y en el arrebato de su ira era capaz de matar a su hijo Alí-Nur, al cual lloraban todas aquellas mujeres, considerándole perdido para su amor y su afecto.

Y entonces entró el visir Fadleddin y vió a todas las mujeres llorando, llenas de desolación. Y preguntó: "¡Pero qué os ocurre, hijas mías?" Y la madre dé Alí-Nur se secó los ojos y dijo: "¡Oh esposo mío! Empieza por jurarme por la vida de nuestro profeta (¡sean con él la plegaria y la paz de Alah!) que has de conformarte de todo punto con lo que te diga, si no, moriré antes que hablar".

Juró el visir, y. su mujer le contó el supuesto engaño de Alí-Nur y la irremediable pérdida de la virginidad de Dulce-Amiga.

Alí-Nur había hecho pasar muy malos ratos a sus padres, pero Fadleddin, al enterarse de su reciente fechoría, quedó aterrado, se desgarró las vestiduras, se dió de puñetazos en la cara, se mordió las manos, se mesó las barbas y tiró por los aires el turbante.

Entonces su esposa trató de consolarle, y le dijo: "No te aflijas de ese modo, pues los diez mil dinares te los restituiré por completo sacándolos de mi peculio y vendiendo parte de mis pedrerías". Pero el visir Fadleddin exclamó: "¿Qué piensas?, ¡oh mi señora! ¿Se te figura que lamento la pérdida de ese dinero, que para nada necesito?

Lo que me aflige es la mancha que ha caído en mi honor y la probable pérdida de mi vida". Y su esposa dijo: "En realidad, nada se ha perdido, pues el rey ignora hasta la existencia de Dulce-Amiga, y con mayor razón la pérdida de su virginidad. Con los diez mil dinares que te daré podrás comprar otra esclava, y nosotros nos quedaremos con Dulce-Amiga, que adora a nuestro hijo. Y es un verdadero tesoro el haberla encontrado, porque es de todo punto perfecta".

El visir replicó: "¡Oh madre de Alí-Nur! Te olvidas del enemigo que queda detrás de nosotros, del segundo visir, llamado El-Mohín ben-Sauí, que acabará por enterarse de todo alguna vez.

Aquel día avanzará entre las manos del rey y le dirá. . ."

Al llegar a este momento de su narración, vió Schehrazada que iba a nacer el día, e interrumpió discretamente su relato.


Las mil y una noches
Pero cuando llegó la 33ª noche
 de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 33ª NOCHE


Schehrazada prosiguió:

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el visir Fadleddin dijo a su mujer: "Aquel día mi enemigo el visir Sauí se presentará entre las manos del sultán y le dirá "¡Oh rey! He aquí que el visir a quien tanto ponderas y de cuya adhesión pretendes estar seguro te sacó diez mil dinares para comprarte una esclava, y efectivamente, compró una esclava sin igual en el mundo.

Y como la encontraba maravillosa, le dijo a su hijo Alí-Nur, mozalbete corrompido: "Tómala, hijo mío; más vale que la goces tú que ese sultán viejo, que tiene no sé cuántas concubinas, cuya virginidad no puede disfrutar". Y el joven Alí-Nur, que es una especialidad en lo de robar virginidades, se apoderó de la hermosa esclava, y en un abrir y cerrar de ojos la perforó de parte a parte. Pero he aquí que sigue pasando agradablemente el tiempo con ella en el palacio de su padre, y el joven perforador, disoluto y holgazán, no sale de las habitaciones de las mujeres".

"Al oír estas palabras de mi enemigo -siguió diciendo el visir Fadleddin- el sultán, que me estima, se negará a creerlo, y dirá: "Mientes, ¡oh Mohín ben-Sauí!"

Pero Sauí le contestará: "Permíteme cercar con soldados la casa de Fadleddin, y te traeré inmediatamente la esclava, y con tus propios ojos comprobarás la cosa". Y el sultán, que es mudable, le dará permiso, y Sauí vendrá aquí con los soldados, apoderándose de Dulce-Amiga, que arrebatará de vosotras y la llevará entre las manos del sultán. Y el sultán interrogará a Dulce-Amiga, que tendrá que confesarlo todo.

Entonces mi enemigo Sauí, afirmando su triunfo, dirá "¡Oh mi señor! ¿Ves cómo soy para ti un buen consejero? Pero ¿qué le vamos a hacer? Está escrito que me has de despreciar, mientras que el traidor Fadleddin será tu preferido". Y el sultán, rectificando su opinión con respecto a mí, me castigará severamente. Y seré la irrisión de cuantos hoy me estiman, y perderé mi vida y con ella toda la casa".

Al oír esto la madre de Alí-Nur, respondió a su esposo: "Créeme; no hables a nadie de este asunto, y nadie se enterará. Confía tu suerte a la voluntad de Alah, el muy poderoso. Sólo ocurrirá lo que haya de ocurrir". Entonces el visir se sintió tranquilizado con estas palabras, calmándose su inquietud en cuanto a las consecuencias futuras, pero no por ello se aplacó su cólera contra Alí-Nur.

Por lo que se refiere al joven Alí-Nur, había salido apresuradamente del aposento de Dulce-Amiga al oír los gritos de las dos esclavas, y se pasó el día dando vueltas por aquellos alrededores. No volvió al palacio hasta que fué de noche, y se apresuró a deslizarse junto a su madre, en el departamento de las mujeres, para evitar la cólera del visir. Y su madre, a pesar de todo lo ocurrido, acabó por abrazarle y perdonarle, y lo ocultó cuidadosamente, ayudada por todas sus doncellas, que envidiaban secretamente a Dulce-Amiga por haber tenido entre sus brazos a aquel ciervo incomparable.

Además, todas estaban de acuerdo para prevenirle contra la ira del visir. De modo que Alí-Nur, durante un mes entero, fué amparado por aquellas mujeres, que por la noche le abrían la puerta de las habitaciones de su madre. Y allí se deslizaba Alí-Nur sigilosamente, y allí, con connivencia de su madre, le iba a buscar en secreto Dulce-Amiga.

Por último, un día la madre de Alí-Nur, viendo al visir menos indignado que de costumbre, le preguntó: "¿Hasta cuándo va a durar ese persistente enojo contra nuestro hijo Alí-Nur? ¡Oh mi señor! realmente hemos perdido una esclava del rey, pero ¿quieres que perdamos también a nuestro hijo? Pues sabe que si continúa esta situación, nuestro hijo Alí-Nur huirá para siempre de la casa paterna, y entonces lloraremos a este hijo, único fruto de mis entrañas".

Conmovido el visir, preguntó: "¿Y qué medio emplearemos para impedirlo?" Y la mujer respondió: "Ven a pasar esta noche con nosotros, y cuando llegue Alí-Nur yo os pondré en paz. Por lo pronto finge quererlo castigar, pero acaba por casarlo con Dulce-Amiga. Porque Dulce-Amiga, según lo que en ella he podido ver, es admirable en todo y quiere a Alí-Nur que está enamoradísimo de ella. Además, ya te he dicho que te daré de mi peculio el dinero que gastaste en comprarla".

El visir se conformó con lo que proponía su esposa, y apenas entró Alí-Nur en las habitaciones de su madre, se arrojó sobre él, lo tiró al suelo y levantó un puñal como para matarle. Pero entonces la madre de Alí-Nur se precipitó entre el puñal y su hijo, y dirigiéndose al visir, exclamó: "¿Qué intentas hacer?"

Y el visir repuso: "Lo voy a matar para castigarle". Y la madre replicó: "¿Pero no sabes que está arrepentido?"

Alí-Nur dijo: "¡Oh padre! ¿tendrás valor para sacrificarme de esta suerte?" Entonces el visir, sintiendo que los ojos se le arrasaban en lágrimas, dijo: "¡Oh desventurado! ¿no tuviste tú valor para arrebatarme la tranquilidad y acaso la vida?" Y Alí-Nur respondió: "Oye ¡oh padre mío! lo que dice el poeta:

Supón por un momento que haya obrado muy mal y cometido todos los delitos; ¿No sabes que los seres nobles gozan con perdonar, concediendo un indulto completo?
¿No sabes también que al proceder así te realzas, singularmente si el enemigo está entre tus manos, o te implora desde el fondo de una sima abierta al pie de la montaña desde cuya cumbre tú le dominas?"

Al oír estos versos, el visir soltó a su hijo, a quien tenía sujeto con las rodillas; entró en su alma la compasión y le perdonó. Entonces Alí-Nur se incorporó, besó la mano a sus padres, y quedó en una actitud sumisa. Y su padre le dijo: "¡Oh hijo mío! ¿por qué no me advertiste que querías de veras a Dulce-Amiga, y que no se trataba de uno más de tus caprichos? Si yo hubiese sabido que ibas a conducirte con ella como es debido, no habría vacilado en otorgártela".

Y Alí-Nur contestó: "Efectivamente, ¡oh padre mío! estoy dispuesto a cumplir con Dulce-Amiga como se merece".

Y el visir dijo: "En ese caso, ¡oh mi querido hijo! el único ruego que he de hacerte, y que no debes olvidar nunca, para que siempre te acompañe mi bendición; consiste en que me prometas no contraer legítimas nupcias con otra mujer que no sea Dulce-Amiga, ni maltratarla jamás, ni venderla". Y Alí-Nur contestó: "Juro por la vida de nuestro Profeta y por el Korán sagrado no tomar otra esposa legítima mientras viva Dulce-Amiga, no maltratarla nunca y no venderla jamás!"

Después de esto toda la casa se llenó de Júbilo. Alí-Nur pudo poseer libremente a Dulce-Amiga, y siguió viviendo con ella durante un año, siendo muy felices. En cuanto al rey, Alah quiso que olvidase completamente los diez mil dinares que le había entregado al visir Fadleddin para la compra de la esclava. Y por lo que se refiere al malvado Ben-Sauí, no tardó en descubrir todo lo ocurrido, pero no se atrevió a decir todavía nada al rey, porque el padre de Alí-Nur era estimadísimo, no sólo del sultán, sino de todo el pueblo de Bassra.

Y he aquí que un día el visir Fadleddin fué al hammam, salió apresuradamente todo sudoroso del baño, y cogió un enfriamiento, que le obligó a meterse en la cama. Después se agravó, y ya no pudo dormir ni de noche ni de día, y fué tal su consunción. que parecía la sombra de lo que había sido.

Entonces no quiso demorar el cumplimiento de sus últimos deberes, y mandó que compareciese su hijo Alí-Nur, el cual se presentó en seguida con los ojos llenos de lágrimas.

Y el visir le dijo: "¡Oh hijo mío! no hay felicidad que no tenga su término; ni bien su límite, ni plazo sin vencimiento, ni copa sin brebaje amargo. Hoy me toca a mí gustar la copa de la muerte".

Y el visir recitó estas estrofas:

¡Podrá hoy olvidarte la muerte, pero no te olvidará mañana! ¡Todos caminamos apresuradamente al abismo de la anulación!
¡Para los ojos del muy altísimo, no hay llanos ni cumbres! ¡todas las alturas están niveladas: no hay hombre pequeño, ni gigante!
¡Y Jamás ha habido rey, imperio ni profeta que haya podido desafiar la ley de la muerte!

Después prosiguió de este modo: "¡Oh hijo mío! No me queda ahora más que encargarte una cosa: que cifres tu fuerza en Alah, no pierdas nunca de vista los fines primordiales del hombre, y sobre todo, que cuides mucho de nuestra hija y esposa tuya Dulce-Amiga".

Entonces contestó Alí-Nur: "¡Oh padre mío! ¿Cómo es posible que nos dejes? Desaparecido tú de la tierra ¿qué nos quedará? Eres famoso por tus beneficios, y los oradores sagrados citan tu nombre desde el púlpito de nuestras mezquitas el santo día del viernes para bendecirte y desearte larga vida".

Y Fadleddin dijo: "¡Oh hijo mío! sólo ruego a Alah que me reciba y no me rechace". Después pronunció en voz alta los dos actos de fe de nuestra religión: "¡Juro que no hay más Dios que Alah! ¡Juro que Mahomed es el profeta de Alah!" Y luego exhaló el último suspiro, y quedó inscripto para siempre entre los elegidos bienaventurados.

Y en seguida todo el palacio se llenó de gritos y lamentos. Llegó la noticia al sultán, y toda la ciudad de Bassra supo el fallecimiento del visir Fadleddin ben-Khacán. Y todos los habitantes lo lloraban, sin exceptuar a los niños de las escuelas. Por su parte, Alí-Nur, a pesar de su abatimiento, nada escatimó para hacer unos funerales dignos de la memoria de su padre. Y a estos funerales asistieron todos los emires y visires, incluso el malvado Ben-Sauí, que, como los demás, tuvo que ayudar a transportar el féretro. También concurrieron los altos dignatarios, los grandes del reino, y todos los habitantes de Bassra, sin excepción. Y al salir de la casa mortuoria, el jeique principal, que dirigía los funerales, recitó en honor del muerto las siguientes estancias:

¡Al hombre encargado de recoger sus despojos mortales le dijo: Obedece mis órdenes, pues sabe que en vida atendió a mis consejos!
¡Si te place, haz correr por encima de él el agua lustral; pero cuida de regar su cuerpo con las lágrimas vertidas por los ojos de la Gloria, de la Gloria que llora!
¡Aparta de él los bálsamos mortuorios y los aromas! ¡Sírvete más bien para embalsamarle de los perfumes de sus beneficios y del suave olor de sus buenas acciones!
¡Bajen del cielo los ángeles gloriosos para rendirle homenaje y llevar sus mortales despojos, dejando correr el llanto!
¡Es inútil cansar con el peso de su ataúd los hombros de los portadores, pues los hombros de todos los humanos están rendidos por el peso de sus beneficios y por la carga del bien que les echó encima cuando vivía!

Alí-Nur, después de los funerales, guardó prolongado luto y estuvo encerrado mucho en su casa, negándose a ver a nadie y a ser visto, y así permaneció entregado a su aflicción. Pero un día entre los días, estando sentado, lleno de dolor, oyó llamar a la puerta, se levantó a abrir, y vió entrar a un joven de su edad, hijo de uno de los antiguos amigos y comensales de su difunto padre.

Y este joven besó la mano a Alí-Nur, y le dijo: "¡Oh mi señor y dueño! todo humano, aunque perezca, vive en sus descendientes, y tú tienes que ser el hijo ilustre de tu padre; por lo tanto, no debes afligirte eternamente, ni olvidar las santas palabras del señor de los antiguos y modernos, nuestro profeta Mahomed (¡la plegaria y la paz de Alah sean con él!), que dijo: "Cura tu alma, y no guardes más luto a la criatura".

Nada pudo contestar Alí-Nur, y resolvió en seguida poner término a su aflicción, por lo menos exteriormente. Se levantó, fué a la sala de reuniones y mandó que llevasen a ella todo lo necesario para recibir dignamente a los visitantes. Y desde aquel momento abrió las puertas de su casa y empezó a recibir a todos sus amigos, viejos y jóvenes. Pero tomó particular afecto a diez jóvenes, que eran hijos de los principales mercaderes de Bassra. Y pasaba el tiempo en su compañía, entre diversiones y festines.

Y a todo el mundo regalaba objetos de valor, y en cuanto le visitaba alguien, daba en seguida una fiesta en honor suyo. Pero todo lo hacía con tal prodigalidad, a pesar de las prudentes advertencias de Dulce-Amiga, que su administrador, asustado de aquel procedimiento, se le presentó un día y le dijo: "¡Oh mi señor y dueño! ¿no sabes que es perjudicial la excesiva generosidad, y que los regalos harto numerosos acaban con las riquezas? Recuerda que el que se va sin contar se empobrece. Ya lo expuso el poeta, que expresó la verdad cuando dijo:

¡Mi dinero! ¡Lo conservo cuidadosamente, y en vez de derrocharlo, lo convierto en barras fundidas; el dinero es mi espada y es también mi escudo!
¡Dárselo a mis enemigos, a mis peores enemigos, sería una locura! ¡Entre los hombres equivale obrar así a transformar la felicidad en infortunio!
¡Pues mis enemigos se apresurarán a comérselo y bebérselo alegremente, y no pensarán en dar una limosna al necesitado!
¡Por eso hago bien ocultando mi dinero al perverso que no sabe compadecer los males de sus semejantes!
¡Conservaré mi dinero! ¡Desdichado del pobre que pide una limosna, lleno de sed, como el camello apartado del abrevadero durante cinco días! ¡Su alma llegará a ser más vil que la misma alma del perro!
¡Oh! ¡Desgraciado del hombre sin dinero y sin recursos, aunque sea el más sabio de los sabios y sus méritos resplandezcan más que el sol!”

Oídos estos versos, Alí-Nur miró a su administrador, y le dijo: "Tus palabras no han de influir en mí para nada. Sabe de una vez para siempre esto que te voy a decir: Cuando hechas tus cuentas resulte que aun me quede dinero para el desayuno, procura no molestarme con la preocupación de la cena. Porque tiene razón el poeta cuando dice:

Si algún día me viese abandonado por la fortuna y rendido a la pobreza, ¿que haría yo? ¡Pués precisamente, privarme de mis placeres y no mover ni brazos ni piernas!
¡Desafío a todo el mundo a que me presente un avaro que haya merecido alabanzas por su avaricia, y también lo reto a que me enseñe un pródigo que haya muerto a causa de su prodigalidad”

Al oír estos versos, el administrador no podía hacer más que retirarse, saludando respetuosamente a su amo, para ir a ocuparse en sus asuntos.

En cuanto a Alí-Nur, ya no supo reprimir desde aquel día su generosidad, que le incitaba a dar cuanto poseía, regalándolo a sus amigos y hasta a los extraños. Bastaba que cualquier convidado exclamase: "¡Qué bonita es tal cosa!", para que inmediatamente le contestara: "Tuya es".

Si otro decía: "¡Oh mi querido señor, qué hermosa es esta finca!", inmediatamente le replicaba Alí-Nur: "Voy a mandar que la inscriban ahora mismo a tu nombre". Y mandaba traer el cálamo, el tintero de cobre y el papel, e inscribía la casa a nombre del amigo, sellando el documento con su propio sello.

Y así durante todo un año; y por la mañana daba un banquete, a todos sus amigos, y por la tarde les ofrecía otro, al son de los instrumentos, amenizándolo los mejores cantantes y las danzarinas más notables.

Y ya no hacía caso de las advertencias de Dulce-Amiga, y hasta llegó a tenerla olvidada; pero ella no se quejaba nunca y se consolaba con la lectura de los libros de los poetas.

Un día que Alí-Nur entró en su gabinete, le dijo: "¡Oh luz de mis ojos! escucha estas estrofas:

¡Cuanto más bien se hace, más firme aparece la ventura de la vida, pero hay que temer los ciegos golpes del Destino!
¡La noche se hizo para el sueño y el descanso; la noche es la salvación del alma, pero tú derrochas locamente esas horas reparadoras, y no ha de asombrarte que una mañana te sorprenda súbitamente la desdicha!"

Y apenas acababa de recitar estos versos, se oyó llamar a la puerta. Y Alí-Nur, saliendo del gabinete, fué a abrir, y se encontró con el administrador al que condujo a una habitación contigua a la sala de reuniones, donde estaban varios amigos de Alí-Nur, que apenas se separaban de él. Y Alí-Nur preguntó a su administrador: "¿Qué ocurre para que pongas esa cara tan triste?"

Y el otro dijo: "¡Oh mi señor! ¡Ya ha llegado lo que tanto temía!" Y Alí-Nur insistió: "¿Pero qué pasa?" Y el administrador dijo: "Sabe que ya ha terminado mi cometido, pues ya no tengo nada tuyo que administrar. Ya no te quedan fincas, ni nada que valga un óbolo ni menos de un óbolo. Y he aquí que traigo las cuentas de lo que has gastado, hasta derrochar todo tu capital".

Y al oír estas palabras, Alí-Nur bajó la cabeza, y dijo: "¡Alah es el único fuerte, el único poderoso!"

Pero precisamente, uno de los amigos que estaba en la sala oyó esta conversación y se apresuró a comunicarla a los demás. Diciendo: "¡Oh mis señores, sabed que a Alí-Nur no le queda ya ni por valor de un óbolo".

Y en este momento entró Alí-Nur muy preocupado y muy pálido, confirmando con su gesto la exactitud de la mala nueva.

Al verle, uno de los convidados se levantó, y le dijo: "¡Oh mi señor! con tu venia me voy a retirar, porque mi mujer está de parto y no puedo abandonarla, de modo que he de marchar a su lado". AlíNur se lo permitió; y entonces se levantó otro amigo y le dijo: "¡Oh mi dueño Alí-Nur! necesariamente he de ir ahora mismo a casa de mi hermano, que celebra las ceremonias de la circuncisión de su hijo". Y Alí-Nur se lo permitió.

Así todos los demás amigos fueron alegando pretextos para marcharse, desde el primero hasta el último, y Alí-Nur acabó por verse solo en medio de la gran sala de reuniones. Entonces mandó llamar a Dulce-Amiga, y le dijo: "¡Oh Dulce-Amiga! aun ignoras la desgracia que se me ha venido encima". Y le refirió cuanto le acababa de ocurrir. Y ella contestó: "¡Oh dueño mío! ya hace tiempo que te lo anunciaba, y tú, en vez de hacerme caso, hasta me recitaste un día estos versos:

¡Si la Fortuna pasara un día por delante de tu puerta, acógela enseguida, y disfruta de ella a gusto, y que la gocen también todos tus amigos, pues podría escabullirse de entre tus manos!
¡Pero si se detuviese para siempre en tu casa, usa ampliamente de ella, pués la generosidad no ha de agotarla, ni tiene porqué sujetarla la avaricia!

De modo que cuando oí estos versos me callé y no quise contrariarte". Y Alí-Nur le dijo: "¡Oh Dulce-Amiga! Bien sabes que nada he escatimado a mis amigos, pues con ellos he derrochado todos mis bienes. Y ahora no puedo creer que me abandonen en la desgracia".

Pero Dulce-Amiga replicó: "Te juro por Alah que para nada te han de servir!" Y Alí-Nur dijo: "Ahora mismo voy a verlos, uno por uno; y llamaré a su puerta, y cada cual me dará generosamente alguna cantidad, y de este modo reuniré un capital con el que me dedicaré al comercio, y me apartaré para siempre del juego y de las diversiones".

Y efectivamente, se levantó en seguida y recorrió la calle de Bassra en que vivían sus amigos, pues todos sus amigos vivían en aquella calle, que era la más hermosa de la ciudad. Y llamó a la primera puerta, y le abrió una negra que le dijo: "¿Quién eres?"

El contestó: "Avisa a tu amo que ha venido hasta su puerta Alí-Nur para decirle: "Tu servidor Alí-Nur besa tus manos, y espera una muestra de tu generosidad". Y la negra fué a avisar a su amo. Y éste contestó: "Sal en seguida y dile que no estoy en casa".

Y la negra volvió, y le dijo a Alí-Nur: "¡Oh señor, no está mi amo!"

Y Alí-Nur dijo para sí: "Este es un mal nacido que se me niega, pero los demás no serán mal nacidos". Y fué a llamar a la puerta de otro amigo, y le mandó el mismo recado que el primero, y recibió de él la misma respuesta negativa.

Entonces Alí-Nur recitó esta estrofa:

¡Apenas llegué frente a la casa, se apresuraron a dejarla vacía, y ví huir a todos los moradores, temerosos de que pusiese a prueba su generosidad!

Y después dijo: "¡Por Alah! que he de visitar a todos, pues espero encontrar por lo menos uno que haga lo que estos traidores se han negado a hacer". Pero no pudo encontrar a nadie que le recibiese, ni que le enviase un pedazo de pan.

Y entonces se consoló recitando estos versos:

¡El hombre próspero es como un árbol: le rodea la gente mientras lo cubren los frutos!
¡Pero apenas estos frutos caen, se dispersa la gente para buscar otro arbol mejor!
¡Todos los hijos de este tiempo padecen la misma enfermedad, y no he encontrado uno solo que estuviese libre de ella!

Y después fué a buscar a Dulce-Amiga, y le dijo: "¡Por Alah! ¡Ni siquiera uno me ha recibido!" Y ella contestó: "¡Oh dueño mío, yo te había advertido que no te ayudarían en nada! Ahora te aconsejo que empieces por vender los muebles y objetos preciosos que tenemos en casa, y con eso nos podremos sostener algún tiempo". Y Alí-Nur hizo lo que Dulce-Amiga le aconsejaba. Pero pasados los días ya no les quedó nada que vender, y entonces Dulce-Amiga, aproximándose a Alí-Nur, que lloraba lleno de desesperación, le dijo: "¡Oh dueño mío! ¿por qué lloras,? ¿No estoy yo todavía aquí? ¿No sigo siendo la misma Dulce-Amiga a quien llamas la más hermosa de las mujeres? Cógeme, pues, llévame al zoco de los esclavos y véndeme. ¿Has olvidado que tu difunto padre me compró en diez mil dinares de oro? Espero que Alah nos ayude en esta venta, y la haga fructuosa, y hasta que te paguen por mí más que la primera vez. Y en cuanto a nuestra separación, ya sabes que si Alah ha escrito que nos hemos de encontrar algún día, acabaremos por reunirnos".

Alí-Nur contestó: "¡Oh Dulce-Amiga, nunca accederé a separarme de ti, ni siquiera por una hora!" Y ella replicó: "Tampoco lo quisiera yo, ¡oh mi dueño Alí-Nur! pero la necesidad no tiene ley, como dijo el poeta:

¡No dudes en hacer aquello a que te obligue la necesidad! ¡No retrocedas ante nada, siempre que esté en los límites de la decencia!
¡No te preocupes sin un motivo fundado, y cree que son muy escasas las aflicciones que tengan un verdadero motivo de constante preocupación!

Alí-Nur cogió entonces en brazos a Dulce-Amiga, le besó la cabellera. Y con lágrimas en los ojos recitó estas estrofas:

¡Detente, por favor! ¡Déjame recoger una mirada de tus ojos, una sola mirada, para que me acompañe durante todo el camino; una mirada que sirva de remedio a mi alma, herida por esta separación mortal!
¡Pero si hasta esto te parece exagerado,no me lo des, y déjame entregado a mi dolor y sin más compañía que mi tristeza!

Entonces Dulce-Amiga habló con palabras tan dulces a Alí-Nur, que acabó por decidirle a que tomase la resolución que le acababa de proponer, pues era el único medio de evitar que el hijo de Fadleddin ben-Khacán se viese en aquella pobreza indigna de su rango. Salió, pues, con Dulce-Amiga, y la llevó al zoco de los esclavos; se dirigió al más experto de los corredores, y le dijo: "Es necesario, ¡oh corredor! que sepas el valor de esta joya que vas a pregonar en el mercado. No vayas a equivocarte".

Y el corredor respondió: "¡Oh mi señor Alí-Nur! Soy tuyo, conozco, además de mis deberes, las consideraciones que te debo”. Entonces Alí-Nur entró en una habitación del khan, y levantó el velo que cubría el rostro a Dulce-Amiga. Y al verla, exclamó el corredor: "¡Por Alah! ¡Si es la esclava que apenas hace dos años vendí en diez mil dinares de oro al difunto visir!". Y Alí-Nur "La misma es". Entonces dijo el corredor:

“Oh Ali-Nur! Cada criatura lleva pendiente del cuello su destino, y no se puede librar de él. Te juro que he de poner toda mi inteligencia en vender tu esclava al precio más alto del mercado".

E inmediatariente marchó al sitio en que solían reunirse los mercaderes, y aguardó a que llegasen, pues en aquel momento andaban dispersos, comprando esclavas de todos los países y llevándolas hacia aquel punto del zoco en que se juntaban mujeres turcas, griegas, circasianas, georgianas,abisinias y de otras partes. Y cuando vió el corredor que estaban allí todos y que la plaza se había llenado con la muchedumbre de corredores y compradores, se subió a un poyo y dijo:

"¡Oh vosotros todos, mercaderes y hombres de riquezas! sabed que no todo lo redondo es nuez; no todo lo alargado es plátano; no todo lo colorado es carne; no todo lo blanco es grasa; no todo lo tinto es vino, ni todo lo pardo es dátil.

¡Oh mercaderes ilustres entre los de Bassra y Bagdad! he aquí que presento hoy a vuestro justiprecio y valoración una perla noble y única que, si hubiera equidad en apreciarla, valdría más que todas las riquezas reunidas. A vosotros corresponde señalar el precio que ha de servir como base de pujas, pero antes venid a ver con vuestros ojos"

Y los hizo aproximarse, les mostró a Dulce-Amiga, en seguida, por unanimidad, acordaron empezar por anunciarla en cuatro mil dinares, como base de pujas. Entonces el corredor gritó: "¡Cuatro mil dinares la perla de las esclavas blancas!" Y en seguida un mercader pujó a cuatro mil quinientos.

Pero precisamente en aquel instante el visir Ben-Sauí pasaba a caballo por el zoco de las esclavas, y vió a Alí-Nur de pie al lado del corredor, y a éste pregonando un precio.

Y dijo para sí: "Ese calavera de Alí-Nur está vendiendo el último de sus esclavos después de haber vendido el último de sus muebles". Pero pronto se enteró de que lo que se pregonaba era una esclava blanca, y pensó: "Alí-Nur debe estar vendiendo su esclava, porque ya no posee ni un óbolo. ¡Cómo se alegraría mi corazón si esto fuese verdad!"

Llamó entonces al pregonero, que acudió en cuanto conoció al visir, y besó la tierra entre sus manos. Y el visir le dijo: "Quiero comprar esa esclava que pregonas. Tráela en seguida para que la vea".

Y el pregonero, que no podía negarse a obedecer al visir, se apresuró a llevarle a Dulce-Amiga, y le levantó el velo.

Al ver aquel rostro sin igual y al admirar todas las perfecciones de la joven, se maravilló el visir y preguntó: "¿Qué precio es el que ha alcanzado?" Y el corredor respondió: "Cuatro mil quinientos dinares a la primera puja". Y el visir dijo: "Pues bien; a ese precio me quedo con ella". Y al hablar así miró fijamente a todos los mercaderes, que no se atrevieron a pujar, y ni uno solo tuvo valor para ofrecer mayor precio, temiendo la venganza del visir.

Después el visir dijo al corredor: "¿Qué haces ahí parado? Ya sabes que tomo la esclava en cuatro mil dinares de oro, y te doy quinientos de corretaje". El corredor no supo qué responder, y con la cabeza baja se fué a buscar a Alí-Nur, que estaba algo más lejos, y le dijo: "¡Oh señor, cuánta es nuestra desgracia! Se nos va de entre las manos Dulce-Amiga por un precio irrisorio; se la llevan por nada. Ahí tienes al malvado visir Ben-Sauí, enemigo de tu padre, que lo ha adivinado todo y no nos ha dejado llegar al verdadero precio. Quiere quedarse con ella por sólo el importe de la primera puja. Y si estuviéramos seguros de que la pagase al contado, podríamos dar gracias a Alah, aunque el precio sea tan mezquino; pero ese maldito visir es el peor pagador del mundo, y conozco todas sus astucias y maldades. Y he aquí lo que va a hacer; te dará una letra de crédito para uno de sus agentes, al cual ordenará secretamente que no te pague nada. Y cada vez que vayas a cobrar, el agente te dirá: "Mañana pagaré", y ese mañana no llegará nunca. Y tanto te aburrirá esta serie de retrasos, que acabarás por hacer un arreglo con el agente y le confiarás el papel firmado por el visir, v el agente se apresurará a hacerlo pedazos, y de este modo perderás sin remedio el precio de la esclava".

Alí-Nur, desesperado al oír todo esto, preguntó al corredor: "¿Y qué haremos ahora?"

Y el corredor respondió: "Voy a darte un buen consejo. Me llevaré al zoco a Dulce-Amiga, y tú nos alcanzarás, y arrancándola de entre mis manos, le hablarás de este modo: "¡Desdichada! ¿Qué te propones? ¿No sabes que hice juramento de fingir tu venta en el zoco para humillarte y corregir tu mal genio?" En seguida le darás unos golpes y te la llevarás.

Y entonces todo el mundo, incluso el visir, creerá que, en realidad, no trajiste la esclava más que para cumplir tu juramento". Le pareció muy bien a Alí-Nur, y dijo: "Es realmente una buena idea".

Entonces el corredor marchó al centro del zoco, cogió de la mano a la esclava, y la llevó a presencia del visir El-Mohín ben-Sauí, y le dijo: "Señor, el propietario de la esclava es ese hombre que está allí, a pocos pasos de nosotros. Pero he aquí que se aproxima". Y efectivamente, Alí-Nur se acercó al grupo, se apoderó violentamente de Dulce-Amiga, le dió un puñetazo, y le dijo: "¡Desdichada! ¿No sabes que no te he traído al zoco más que para cumplir un juramento? Vuelve a casa y procura ser obediente. Y no creas que necesito el precio de tu venta, pues aunque me viese muy apurado, preferiría desprenderme de todos mis muebles y hasta lo último de cuanto me pertenece antes que pensar en traerte al zoco".

Al oírlo, gritó el visir: "¡Pobre de ti, loco mancebo! Hablas como si aun te quedase algún mueble o cualquier cosa que vender. Pero ya sabemos todos que no tienes ni un óbolo". Y al hablar así quiso apoderarse violentamente de Dulce-Amiga. Pero todos los mercaderes y corredores miraban con simpatía a Alí-Nur, muy estimado por todos ellos, que se acordaban de los favores de su padre, su buen protector.

Entonces Alí-Nur les dijo: "Acabáis de oír las palabras insultantes de este hombre, y os tomo a todos por testigos de ello".

Por su parte, el visir dijo: "¡Oh mercaderes! por consideración a todos vosotros no mato ahora mismo a ese insolente". Pero los mercaderes se miraban unos a otros, como diciéndose con los ojos: "Ayudemos a Alí-Nur". Y añadieron en voz alta: "Este asunto no nos incumbe. Arreglaos como podáis".

Y Alí-Nur, que era audaz y valiente, sujetó por las bridas al caballo del visir, después agarró a su enemigo, lo sacó de la silla y lo tiró al suelo. Le puso la rodilla en el pecho, empezó a darle puñetazos en la cabeza y en el vientre y en todas partes, le escupió en la cara y le dijo: "¡Perro, hijo de perro, mal nacido! Maldito sea tu padre, y el padre de tu padre, y el padre de tu madre, ¡oh corrompido!" Y le dió tan fuerte puñetazo en la quijada, que le rompió varios dientes. Y la sangre corría por las barbas del visir, que había ido a caer en medio de un charco de lodo.

Al ver esto, los diez esclavos que acompañaban al visir desenvainaron los alfanjes y quisieron echarse encima de Alí-Nur y despedazarle; pero el gentío se lo impidió, y les decía: "¿Qué vais a hacer? Vuestro amo es visir; ¿pero no sabéis que el otro es hijo de visir? ¿No teméis que mañana se reconcilien y paguéis vosotros las consecuencias?" Y los esclavos vieron que era más prudente abstenerse.

Y como Alí-Nur se había cansado de dar golpes, soltó al visir, que se levantó cubierto de sangre y de barro, y se dirigió al palacio del sultán seguido por las miradas de la muchedumbre, que no sentía por él ninguna compasión.

En seguida Alí-Nur cogió de la mano a Dulce-Amiga y se volvió a su casa aclamado por el gentío.

El visir llegó en un estado lamentable al palacio del rey Mohammad ben-Soleimán El-Zeiní, se detuvo a la puerta y comenzó a gritar: "¡Oh rey! ¡Te implora un afligido!" Y el rey mandó que se lo presentasen, y vió que era su visir El-Mohín ben-Sauí. Y en el límite del asombro, le dijo: "¿Pero quién se ha atrevido a tratarte de esa manera?"

Y el visir se echó a llorar y recitó estos versos:

¿Es posible que existiendo tú entre los vivientes me haga su victima el Tiempo? ¿Es posible que siendo tú mi intrépido defensor hagan de mí su presa los perros enfurecidos?
¿Es posible, ¡oh nube benéfica que nos das la lluvia! que todo sediento pueda extinguir su sed en tus aguas vivas, y que yo, tu protegido, me muera de sed bajo tu cielo?

Y después añadió: "¡Oh señor! ¿Permitirás que así traten a todos los servidores que te aman y te sirven? ¿Tolerarás que se cometan con ellos semejantes infamias?" Y el rey preguntó: "¿Pero quién te ha tratado de ese modo?" Entonces el visir dijo: "Has de saber, ¡oh rey! que he salido hoy a dar una vuelta por el zoco para comprar una buena esclava que supiera condimentar los manjares, pues mi cocinera los quema todos los días, y vi en el zoco una esclava joven como no vi otra en toda mi vida. Y el corredor a quien me dirigí me contestó: "Creo que pertenece al joven Alí-Nur, hijo del difunto visir Khacán".

Ahora bien; recordarás, ¡oh mi señor y soberano! que entregaste tiempo ha diez mil dinares de oro al visir Fadleddin para comprar una hermosa esclava que reuniese todas las perfecciones. Y en aquel tiempo el visir no tardó en encontrar y comprar la tal esclava, pero como era verdaderamente maravillosa y le había gustado mucho, se la regaló a su hijo Alí-Nur. Y Alí-Nur, muerto su padre, se entregó a tales locuras que no tardó en vender todos sus bienes, sus fincas y hasta los muebles de su casa. Y cuando ya no tuvo ni un óbolo para vivir, llevó al zoco a la esclava para venderla, y la entregó a un corredor, el cual la subastó en seguida. Y los mercaderes empezaron a pujar de tal modo, que el precio de la esclava llegó inmediatamente a cuatro mil dinares. Entonces la vi, y quise comprarla para mi soberano el sultán, que ya había dado por ella una importante suma.

Llamé al corredor y le dije: Hijo mío, yo te daré los cuatro mil dinares. Pero el corredor me mostró al propietario de la esclava, y éste apenas me vió corrió hacia mí, gritando como un energúmeno: "¡Sucia cabeza vieja! ¡Jeique maldito y nefasto! Antes que cedértela se la vendería a un nazareno o a un judío, aunque me llenases de oro el velo que la cubre".

Y yo dije: Pero joven, si no la quiero para mí, pues la destino a nuestro señor el sultán, que es nuestro buen soberano, nuestro bienhechor. Y al oír estas palabras, en vez de ceder se enfureció más aún, se tiró a la brida de mi caballo, me agarró de una pierna y me echó al suelo, y sin hacer caso de mi avanzada edad edad ni respetar mis barbas blancas,empezó a pegarme y a insultarme de todas maneras, y acabó por ponerme en el deplorable estado en que me ves en este momento, ¡ oh rey bueno y justo! Y todo esto me ha pasado por querer complacer a mi sultán y comprarle una esclava que le pertenecía y que juzgué digna del honor de compartir su lecho".

Entonces el visir se echó a las plantas del rey, y rompió nuevamente a llorar, implorando justicia. Y al verle y oír su relato, se encolerizó de tal manera el sultán, que el sudor le brotaba por entre los ojos, y volviéndose hacia los emires y grandes del reino, les hizo una seña. Inmediatamente se presentaron ante él cuarenta guardias con las espadas desenvainadas. Y el sultán les dijo: "Marchad inmediatamente a la casa del que fué mi visir El-Fadl ben-Khacán, y saqueadla y destruidla por completo. Apoderaos de Alí-Nur y de su esclava, atadles los brazos, arrastradlos sobre el lodo y traedlos a mi presencia'".

Los cuarenta guardias contestaron: "Escuchamos y obedecemos", y se dirigieron en seguida a casa de Alí-Nur.

Pero había en el palacio un joven chambelán llamado Sanjar, que había sido mameluco del difunto Fadleddin, y se había criado con su amo Alí-Nur, a quien profesaba gran cariño. Y dispuso la Suerte que presenciara la queja del visir Ben-Suaí y cómo el sultán daba sus crueles órdenes. Y salió corriendo, tomando el camino más corto para llegar a la casa de Alí-Nur, que al oír llamar precipitadamente a la puerta fué a abrir en persona, y al ver a su amigo el joven Sanjar quiso abrazarle; pero éste, sin consentirlo, exclamó: "¡Oh mi querido dueño! no son a propósito estos intantes para palabras cariñosas ni para saludos, pues oye lo que dice el poeta:

¡Liberta tu alma, desátala de la tiranía de las cadenas y vuela enseguida! ¡Vuela a lo lejos y deja que las casas se derrumben sobre quienes las construyeron!
¡Oh amigo mio! ¡encontrarás muchos países distintos del tuyo, pues la tierra de Alah es infinita; pero otra alma que sea tu alma no la has de encontrar!

Y Alí-Nur dijo: "!Oh amigo Sanjar! ¿qué vienes a anunciarme?"

Sanjar contestó: "Sálvate, y salva a la esclava Dulce-Amiga, porque El-Mohín ben-Sauí os ha tendido un lazo, y como caigáis en él moriréis sin misericordia.

Sabe que el sultán, por instigación del visir, ha enviado contra vosotros a cuarenta guardias con los alfanjes desenvainados. Debéis emprender la fuga antes de que os ocurra una desgracia". Y Sanjar alargó su mano, que estaba llena de oro, a Ali-Nur, y le dijo: "¡Oh mi señor! he aquí cuarenta dinares que han de serte útiles en estos momentos, y perdóname que no pueda ser más generoso. Pero no perdamos tiempo. ¡Levántate y huye!"

Entonces Alí-Nur se apresuró a avisar a Dulce-Amiga, que se cubrió inmediatamente con su velo, y ambos salieron de la casa, y después de la ciudad, y llegaron a orillas del mar, amparados por el muy Altísimo. Y divisaron un bajel que precisamente se disponía a desplegar las velas, acercándose vieron al capitán que estaba de pie en medio del barco, y decía: "El que no se haya despedido que se despida inmediatamente; el que no haya acabado de proveerse de víveres que acabe en el acto; el que haya olvidado algo en su casa vaya ligero a buscarlo, porque he aquí que vamos a zarpar". Y todos los viajeros contestaron: "Nada nos queda que hacer, capitán; ya estamos listos". Entonces el capitán gritó a sus hombres: "¡Hola! ¡Desplegad las velas y soltad las amarras!" Y en aquel momento preguntó Alí-Nur: "¿Para dónde zarpas, capitán?" Y el capitán contestó: "Para Bagdad, morada de paz".

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y discreta como siempre, interrumpió su relato.



Las mil y una noches
Pero cuando llegó la 34ª noche
 de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 34ª NOCHE


Ella dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que cuando el capitán contestó a Alí-Nur: "Para Bagdad, morada de paz", Alí-Nur suplicó: "Aguarda, que allá vamos". Y seguido de Dulce-Amiga, subió a bordo de la nave, que en seguida tendió sus velas y zarpó volando como la enorme ave llamada Roch, según dice el poeta:

¡Mira la nave: su aspecto seduce a quien la ve! ¡El viento quiere igualarle en rapidez, pero no se sabe quién vence en esta gran carrera de velocidad!
¡Es como un ave que con las alas desplegadas se hubiese precipitado sobre el mar, y se balancease en él!

Y el bajel bogaba con viento favorable, llevando a todos los viajeros. Esto en cuanto a Alí-Nur y Dulce-Amiga.

Por lo que se refiere a los cuarenta guardias enviados por el sultán para apoderarse de Alí-Nur, llegaron a la casa de éste, la cercaron por todos lados, echaron abajo las puertas, invadieron la morada y comenzaron a buscar por todas partes, pero no pudieron encontrar a nadie. Entonces destruyeron totalmente la casa y marcharon a comunicar al sultán lo infructuoso de sus pesquisas. Y el sultán ordenó: "¡Buscadlos por todas partes y registrad si es preciso toda la ciudad!" Y como en aquel momento llegase el visir Ben-Sauí, le llamó el sultán, y para consolarle le dió un hermoso ropón de honor, y le dijo: "¡Te prometo que sólo yo he de vengarte!" Y el visir le deseó larga vida y todas las felicidades.

Después el rey mandó que los pregoneros promulgaran por toda la ciudad el siguiente bando: "¡Si alguno de vosotros, ¡oh habitantes! encontrase a Alí-Nur, hijo del difunto visir Ben-Khacán, se apoderará de él y lo presentará al sultán, y en recompensa se le darán mil dinares y un traje de honor! ¡Pero si alguien le ve y le oculta, sufrirá un ejemplar castigo!" Sin embargo, a pesar de todas las pesquisas, nadie pudo averiguar qué había sido de Alí-Nur.

Este y Dulce-Amiga llegaron sin contratiempo a Bagdad, y el capitán les dijo: "He ahí la famosa Bagdad, la dulce morada. Es la ciudad feliz que nunca ha sufrido las escarchas del invierno, la ciudad que vive a la sombra de sus rosales en una eterna primavera en medio de flores y jardines, mecida por el canto de sus aguas murmuradoras". Y Alí-Nur dió las gracias al capitán por sus bondades durante el viaje, le pagó cinco dinares de oro por el pasaje, y saliendo del navío seguido de Dulce-Amiga, penetró en Bagdad.

Pero quiso el Destino que Alí-Nur, en vez de tomar el camino usual, emprendiera otro, que le llevó al centro de los jardines que rodean a la ciudad. Y se detuvieron a la puerta de un jardín con una cerca muy grande, cuya entrada estaba bien barrida y regada, y tenía a cada lado un banco. La puerta, que era magnífica, estaba cerrada, y la coronaban hermosas lámparas de todos colores. Contiguo a ella había un estanque lleno de agua muy clara. Más allá de la puerta partía una avenida entre dos hileras de postes con magníficas telas de brocado que ondeaban al viento.

Entonces Alí-Nur dijo a Dulce-Amiga: "¡Por Alah! ¡Hermoso es este lugar!"

Y ella contestó: "Descansemos una hora en estos bancos". Y después de haberse lavado la cara y las manos con el agua fresca del estanque, se sentaron a tomar el aire en un banco, y respiraron deliciosamente la suave brisa que corría. Y tan a gusto se encontraban allí, que no tardaron en dormirse, después de haberse tapado con una manta.

Ahora bien; el jardín a cuya puerta estaban dormidos se llamaba el Jardín de las Delicias, y había en medio de él un palacio llamado de las Maravillas, que era propiedad del califa Harún-Al-Raschid.

Cuando el califa sentía el cansancio de la ciudad, iba a distraerse y a olvidar sus preocupaciones en aquel jardín y en aquel palacio. Todo el palacio formaba un inmenso salón con ochenta ventanas, y de cada una pendía una gran lámpara y en el centro había una inmensa araña de oro macizo, resplandeciente como el sol.

Aquel salón sólo se abría cuando llegaba el califa, y entonces se encendían las lámparas y la araña y se abrían todas las ventanas, y el califa se sentaba en un magnífico diván forrado de seda, terciopelo y oro, y mandaba a las cantoras que cantasen y a los músicos que tañesen sus instrumentos; pero lo que prefería era oír al ilustre cantor Ishak, cuyos cantos e improvisaciones admiraba todo el mundo. Y en medio de la calma de la noche y respirando aquel aire perfumado con las flores del jardín, el califa descansaba de las fatigas de la ciudad.

Había nombrado guarda del palacio y del jardín a un buen anciano, llamado el jeique Ibrahim, que vigilaba día y noche para que los paseantes y los curiosos no entrasen en el jardín, singularmente mujeres y niños, que podían estropear o robar las flores y las frutas. Y aquella noche, al dar su vuelta acostumbrada, abrió la puerta principal del jardín y vió dormidas en el banco a dos personas desconocidas, cubiertas con una misma manta. Y se indignó, y dijo: "He aquí dos audaces que han infringido las órdenes del califa, y como me ha autorizado para imponer cualquier castigo a todo el que se acerque a este palacio, voy a hacerles saber lo que cuesta el apoderarse de ese banco, que está reservado a los servidores del califa". Y el jeique Ibrahim cortó una rama de un árbol y se acercó a los durmientes, e iba a darles de latigazos, cuando de pronto pensó: "¡Oh Ibrahim! ¿Qué vas a hacer? Vas a golpear despiadadamente a personas que no conoces, que tal vez sean extranjeras o mendigos del camino de Alah, a quienes haya encaminado hacia aquí el Destino. Lo mejor es verles primeramente la cara".

Y el jeique Ibrahim levantó la manta que les ocultaba el rostro, y se quedó encantado al ver aquellas dos caras maravillosas, cuyas mejillas había juntado el sueño, y que parecían más hermosas que las flores del jardín. Y pensó: "¿Qué iba yo a hacer? ¿Qué ibas a hacer, ciego Ibrahim? Merecerías que te golpearan a ti, para castigarte por tu injusta cólera". Después les tapó nuevamente la cara, se sentó a sus pies, y empezó a dar masaje a los de Alí-Nur, que le había inspirado una inmensa simpatía. Y Alí-Nur, al sentir aquellas manos que lo acariciaban, no tardó en despertarse, y vió a un respetable anciano. Avergonzado de que éste le diera masaje, apartó los pies en seguida, se incorporó, y cogiendo la mano del jeique Ibrahim se la llevó a los labios y luego a la frente.

Entonces el jeique le preguntó: "¿De dónde venís, hijos míos?" Y Alí-Nur dijo: "¡Oh señor, somos extranjeros!" Y se le arrasaron los ojos en lágrimas. Ibrahim repuso: "¡Oh hijo mío! no soy de los que olvidan que el Profeta (¡sean con él la plegaria y la paz de Alah!) recomendó en varios pasajes del Libro Noble la hospitalidad para los forasteros, y que se les recibiera cordialmente y con agrado.

Venid, pues, conmigo; os enseñaré este jardín y el palacio, y así olvidaréis vuestras penas y respiraréis a gusto".

Entonces Alí-Nur le preguntó: "¡Oh señor! ¿de quién es este jardín?" Y el jeique Ibrahim, para no intimidar a AlíNur y algo también por jactancia, dijo: "Este palacio y este jardín me pertenecen, y los he heredado de mi familia". Entonces se levantaron Dulce-Amiga y Alí-Nur, y franquearon la puerta del jardín precedidos por Ibrahim.

Alí-Nur había visto en Bassra hermosos jardines, pero no había ni soñado con uno parecido a aquél. Formaban la entrada principal magníficos arcos superpuestos, de un efecto grandioso y la cubrían unas parras que dejaban colgar espléndidos racimos, rojos unos como rubíes, negros otros como el ébano. Arboles frutales doblados al peso de la fruta madura sombreaban aquella avenida. Cantaban los pájaros en las ramas sus alegres motivos: el ruiseñor modulaba melodías; la tórtola entonaba su lamento de amor; el mirlo silbaba como un hombre; el palomo arrullaba como un embriagado con licores fuertes. Cada frutal estaba representado por sus dos especies mejores: había albaricoques de almendra, dulce y amarga; había sabrosos frutales del Khorasán: ciruelos cuyos frutos tenían el color de labios hermosos; mirabeles de dulce encanto; higos rojos, blancos y verdes, de aspecto admirable. Las flores eran como perlas y coral; las rosas aparecían más bellas que las mejillas de una mujer hermosa; las violetas recordaban la llama del azufre. Había flores blancas de arrayán, alelíes, alhucemas y anémonas, cuyas corolas se cubrían con una diadema de lágrimas de nubes. Las manzanillas sonreían, mostrando todos sus dientes, y los narcisos miraban a las rosas con hondos y negros ojos. La cidra redonda parecía una copa sin asa y sin cuello; los limones colgaban como bolas de oro. Flores de todos los colores alfombraban la tierra: la primavera reinaba en los planteles y en los bosquecillos; los fecundos ríos crecían, rodaban los manantiales, y cantaba la brisa como una flauta, contestándole suavemente el céfiro, y esta canción del aire armonizaba toda aquella alegría.

Así entraron Alí-Nur y Dulce-Amiga con el jeique Ibrahim en el Jardín de las Delicias. Y entonces el jeique Ibrahim, que no quería hacer las cosas a medias, les invitó a penetrar en el Palacio de las Maravillas, y abriendo la puerta les hizo entrar.

Alí-Nur y Dulce-Amiga se detuvieron deslumbrados ante el esplendor de aquel salón nunca visto y lleno de cosas extraordinarias y asombrosas. Estuvieron admirando largo tiempo aquella belleza, y después, para descansar la vista de tanto esplendor, fueron a apoyarse en una ventana que daba al jardín. Y Alí-Nur, contemplando el vergel y los mármoles bañados por la luz de la luna, empezó a pensar en sus penas pasadas, y dijo a Dulce-Amiga: "¡Oh Dulce-Amiga! ¡Este lugar lleno de encanto me recuerda tantas cosas! Y he aquí que la paz desciende sobre mi alma y extingue el fuego que me consume, apartando de mí la tristeza!"

El jeique Ibrahim les llevó las provisiones que había ido a buscar, y comieron cuanto quisieron; después se lavaron las manos, y se apoyaron de nuevo en la ventana, contemplando los árboles cargados de fruta sabrosa. Al cabo de un rato, Alí-Nur preguntó al jeique Ibrahim: "¡Oh jeique Ibrahim! ¿puedes darnos algo para beber? Juzgo muy natural beber algo después de haber comido".

Y entonces Ibrahim les llevó una vasija llena de agua dulce y fresca. Pero Alí-Nur le dijo: "¿Qué nos traes? No es esto lo que yo quiero". Ibrahim preguntó: "¿Acaso deseas vino?"

Y Alí-Nur dijo: "¡Claro que sí!"

Y el jeique Ibrahim repuso: "¡Guárdeme Alah bajo su protección! Hace trece años que me abstengo de esa bebida funesta, porque el Profeta (¡sean con él la plegaria y la paz de Alah !) , maldijo a todo aquel que beba cualquiera bebida fermentada, al que la exprima y al que la venda!"

Entonces le contestó Alí-Nur: "Permíteme, ¡oh jeique! que te diga dos palabras".

El otro respondió: "Dilas". Y Alí-Nur dijo: "Si te indico el medio de que me facilites lo que te pido, sin que seas tú el bebedor, ni el fabricante, ni el portador del vino, ¿serás culpable o maldito?"

El jeique repuso: "Creo que no". Y Alí-Nur dijo: "Pues entonces toma estos dos dinares y estos dos dracmas, monta en el burro que está a la puerta del jardín y que nos trajo hasta aquí, ve al zoco, detente a la puerta de cualquier mercader de aguas destiladas de rosas y flores, pues estos mercaderes siempre tienen vino en lo más retirado de la tienda, y al primer transeúnte que halles ruégale, dándole el dinero, que entre a comprarte la bebida por el precio de los dos dinares de oro, y le darás dos dracmas por el recado; y él mismo colocará en el borrico los cántaros de vino, y como será el burro quien lo traiga, el transeúnte quien lo compre, y nosotros los que lo bebamos, no intervendrás para nada en el lance, pues no serás ni el bebedor, ni el fabricante, ni el portador.

De este modo nada tendrás que temer por haber faltado a la santa ley del Libro". El jeique, al oír a AlíNur, se echó a reír a carcajada, y dijo: "¡Por Alah! Nunca he encontrado persona más simpática que tú, ni con tanto ingenio y encanto". Y Alí-Nur contestó: "¡Por Alah! muy agradecidos te estamos, ¡oh jeique Ibrahim! y no aguardamos de ti más que ese favor, que te pedimos con insistencia". Entonces el jeique Ibrahim, que no había querido revelar hasta aquel momento que había en el palacio toda clase de bebidas fermentadas, dijo a Alí-Nur: "¡Oh amigo'. Toma estas llaves de mi bodega y de mi despensa, que siempre están llenas para obsequiar al Emir de los Creyentes cuando me honra con su visita. Puedes entrar en ellas y tomar a tu gusto lo que te plazca".

Entonces Alí-Nur entró en la bodega, y quedó estupefacto ante lo que veía. A lo largo de las paredes estaban ordenadas sobre tablas, vasijas y más vasijas de oro macizo, de plata maciza y de cristal, con incrustaciones de toda clase de pedrerías. Alí-Nur acabó por decidirse, eligió lo que fué de su mayor agrado, y volvió al salón. Puso las preciosas vasijas sobre la alfombra, se sentó al lado de Dulce-Amiga, escanció el vino en copas de cristal con cerco de oro, y Dulce-Amiga y él empezaron a beber, maravillándose de todas las cosas encerradas en aquel palacio. No tardó Ibrahim en ofrecerles olorosas flores, y después se apartó discretamente, como manda la buena educación, cuando se ve a un joven sentado con su esposa. Y ambos siguieron bebiendo hasta que les dominó el vino; y entonces se les colorearon las mejillas, les brillaron los ojos como los de las gacelas, y Dulce-Amiga acabó por desatar sus cabellos.

Ibrahim sintió una gran envidia, y se dijo: "¿Por qué he de apartarme de ellos, cuando puedo disfrutar de su compañía? ¿Cuándo me hallaré en otra fiesta tan encantadora como la de ver a estos dos admirables jóvenes que parecen dos lunas?"

E Ibrahim volvió sobre sus pasos y fué a sentarse al otro extremo del salón. Entonces Alí-Nur le dijo: "¡Oh señor! te pido por tu vida que te acerques y te sientes con nosotros". Y el jeique Ibrahim se sentó a su lado, y Alí-Nur cogió una copa, la llenó y se la alargó, diciéndole: "¡Oh jeique, toma y bebe! Verás qué bien sabe, y comprenderás las delicias que encierra el fondo de la copa".

Pero el jeique Ibrahim respondió: "¡Protéjame Alah! ¿No sabes, ¡oh joven! que hace trece años que no he cometido esa falta? ¿Ignoras que he cumplido dos veces mis deberes en hadj en la gloriosa Meca?" Y Alí :Nur, que estaba empeñadísimo en emborrachar al anciano Ibrahim viendo que por la persuasión no lo lograría, no insistió más; se bebió la copa llena, la volvió a llenar, se la bebió otra vez, y a los pocos momentos imitó todos los ademanes de un borracho, y acabó tendiéndose en el suelo, en donde fingió dormir.

Entonces Dulce-Amiga dirigió una insistente mirada al viejo Ibrahim y le dijo: "¡Oh jeique lbrahiin! ¡Mira cómo se porta conmigo este hombre!" Y él contestó: ";Qué desventura! ¿Pero por qué hace eso?" Dulce-Amiga dijo: “¡Si fuera ésta la primera vez! Pero siempre hace lo mismo. Bebe y bebe. y luego se emborracha y se duerme, y me deja sola, sin nadie que me haga compañía y beba conmigo. Y así no le encuentro gusto a la bebida, pues nadie comparte mi copa, y ni siquiera tengo ganas de cantar, porqueno hay quien me escuche". Entonces el jeique Ibrahim, cuyos músculos se estremecían al influjo de aquellas miradas ardientes y de aquella voz armoniosa, le dijo: "Realmente, así no ha de serte agradable beber".

Y Dulce-Amiga llenó entonces la copa, se la alargó sonriendo, y le dijo: "Por mi vida te ruego que tomes esa copa y la aceptes por darme gusto. Y de este modo merecerás mi gratitud".

Entonces el jeique Ibrahim tendió la mano, cogió la copa y acabó por beber. Y Dulce-Amiga se la llenó de nuevo e hizo que la bebiese, y luego otra más, y le dijo: "¡Oh mi señor! ¡nada más que ésta!" Pero él contestó: "¡Por Alah! No puedo complacerte. Bastante he bebido ya". Ella volvió a insistir muy afable, e inclinándose hacia él, le dijo: "¡Por Alah! ¡No hay más remedio!"

Y el jeique tomó la copa y se la llevó a los labios. Pero en aquel momento Alí-Nur se echó a reír y se incorporó bruscamente...

Al llegar a este punto de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y discreta, dejó para la noche siguiente la prosecución de su historia.



Las mil y una noches
Pero cuando llegó la 35ª noche
 de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 35ª NOCHE


Ella dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que Alí-Nur se echó a reír, se incorporó bruscamente, y dijo a Ibrahim: ¿Qué estás haciendo? ¿No te rogué hace una hora que me acompañaras, y te negaste entonces, y dijiste que llevabas trece años sin hacer semejante cosa?"

Entonces el jeique Ibrahim se avergonzó mucho, pero se sobrepuso en seguida y se apresuró a decir: "¡Por Alah! ¡Nada tienes que echarme en cara! Toda la culpa es de ella, que ha insistido hasta que ha logrado convencerme". Entonces se echó a reír de nuevo Alí-Nur, y lo mismo hizo Dulce-Amiga, que acabó por acercarse a su oído, y le dijo: "Déjame hacer, y ya verás cómo nos reímos a su costa". Después echó vino en su copa y la bebió, escanció otra a Alí-Nur, sin hacer caso alguno del jeique Ibrahim. Entonces' éste, que los miraba asombrado, acabó por decirles: "¿Qué manera es esa de convidar a los demás a beber con vosotros? ¿Es sólo para que miren lo que hacéis?"

Y Alí-Nur y Dulce Amiga se echaron a reír y consintieron que bebiera con ellos y así estuvieron hasta pasada la tercera harte de la noche.

En ese momento Dulce-Amiga dijo al jeique Ibrahim: "¡Oh jeique Ibrahim! ¿quieres permitirme que encienda una de esas velas?" Y él contestó, ya medio borracho: "Sí, puedes hacerlo, pero no enciendas más que una sola". Y ella se levantó en seguida, y no encendió una sola, sino todas las velas de los ochenta candelabros del salón, y se volvió a su sitio.

Entonces Alí-Nur dijo a Ibrahim: "¡Oh jeique, cuánto me place estar a tu lado! Confío en que me permitirás encender una de esas antorchas". Y el jeique Ibrahim contestó: "¡Bueno levántate y enciende una, pero nada más que una! ¡no creas que me vas a engañar!"

Y Alí-Nur se levantó, y no encendió una, sino las ochenta antorchas de la sala y además las ochenta arañas, sin que el jeique Ibrahim se diese la menor cuenta de ello. Entonces todo el salón, todo el palacio y todo el jardín quedaron iluminados.

Y el jeique Ibrahim dijo: "Verdaderamente, sois más libertinos que yo". Y como ya estaba completamente ebrio, se levantó y recorrió el salón por uno y por el otro lado, abrió las ochenta ventanas, volvió a sentarse y a seguir bebiendo con los dos jóvenes, y llenaron el salón con la alegría de sus risas y sus canciones.

Pero el Destino, que está en manos de Alah el Omnisciente, el Entendedor de todo, el Creador de causas y efectos, quiso que el califa Harún-Al Raschid estuviese precisamente a aquella hora tomando el fresco, a la claridad de la luna, sentado junto a una de las ventanas de su palacio que daba al Tigris. Y mirando por casualidad en aquella dirección, vió toda aquella iluminación que brillaba en el aire y se reflejaba a través del agua. Y no sabiendo qué pensar, empezó por llamar a su gran visir Giafar Al-Barmaki. Y cuando se le presentó Giafar, le dijo a gritos: "¡Oh perro visir! ¿Eres mi servidor, y no me das cuenta de lo que ocurre en mi ciudad de Bagdad?"

Y Giafar contestó: "No sé lo que quieres decirme con esas palabras" Y el califa volvió a gritarle: "¡Me parece asombroso! Si a estas horas asaltasen a Bagdad nuestros enemigos, no sería menos estupendo, ¿no ves, ¡oh maldito visir, que mi Palacio de las Maravillas está completamente iluminado? ¿Quién es el hombre lo suficientemente audaz o suficientemente poderoso que haya podido iluminarlo encendiendo todas las arañas y abriendo todas las ventanas? ¡Desdichado de ti! Es irrisorio que me llamen el califa y que, sin embargo, puedan ocurrir semejantes cosas sin mi permiso".

Y Giafar, todo tembloroso, contestó: "¿Pero quién ha dicho que el Palacio de las Maravillas está con las ventanas abiertas y las luces encendidas?" Y el califa dijo: "Acércate aquí y mira". Y Giafar se aproximó, miró hacia los jardines, y vió toda aquella iluminación, que parecía como si el palacio estuviese incendiado, brillando más que la claridad de la luna. Entonces Giafar comprendió que aquello debía ser una imprudencia del jeique Ibrahim, y como era hombre naturalmente bueno y compasivo, se le ocurrió inmediatamente indagar algo para disculpar al anciano guardián del palacio, que probablemente no habría hecho aquello más que para obtener alguna ganancia.

Dijo, pues, al califa: "¡Oh Emir de los Creyentes! El jeique Ibrahim vino a verme la semana pasada, y me dijo: "¡Oh amo Giafar! mi mayor deseo es celebrar las ceremonias de la circuncisión de mis hijos bajo tus auspicios, y durante tu vida y la vida del Emir de los Creyentes". Yo le contesté: "¿Y qué deseas de mí, ¡oh jeique!? Y él respondió: "Deseo nada más que por tu mediación se logre permiso del califa para celebrar las ceremonias de la circuncisión de mis hijos en el salón del Palacio de las Maravillas". Y yo le dije: "¡Oh jeique! ya puedes preparar lo necesario para la fiesta. En cuanto a mí, si Alah quiere, tendré audiencia del califa v le enteraré de tus deseos.

Entonces el jeique Ibrahim se marchó. En cuanto a mí, ¡oh Emir de los Creyentes! se me olvidó por completo hablarte de ese asunto". Entonces el califa contestó: "¡Oh Giafar¡ en vez de una falta has cometido dos, y he de castigarte por ambos motivos. En primer lugar, no le has concedido lo que deseaba en realidad, pues si vino a hacerte aquella súplica fué para darte a entender que necesitaba algún dinero para los gastos. Y he aquí que nada le diste, ni me avisaste de su deseo para que yo le pudiese dar algo". Y Giafar contestó: "¡Oh Emir de los Creyentes! ha sido un olvido". Y el califa transigió: "Está bien; por esta vez te perdono. Pero ¡por la memoria de mis padres y mis antepasados! te mando que vayas a pasar la noche en casa del jeique Ibrahim, que es un hombre de bien, muy escrupuloso y muy estimado de los ancianos de Bagdad, que lo visitan frecuentemente.

Ya sabes cuán caritativo es para los pobres y cuán compasivo para todos los necesitados, y seguramente en este momento tendrá en su casa a mucha gente, que albergará y alimentará por amor a Alah. Acaso, si fuésemos allí, alguno de esos pobres haría en nuestro favor algún voto que nos sería provechoso en este mundo y en el otro. Quizá también sea provechosa nuestra visita al buen jeique Ibrahim, que, lo mismo que todos sus invitados se llenará de júbilo al vernos". Pero Giafar repuso: "¡Oh Emir de los Creyentes! ha transcurrido la mayor parte de la noche, y todos los invitados de Ibrahim se dispondrán ya a dejar el palacio".

Y el califa dijo: "Es mi voluntad que vayamos a reunirnos con ellos". Entonces tuvo que callarse, pero se quedó muy pensativo, sin saber qué partido tomar.

El califa se levantó inmediatamente, hizo lo mismo Giafar, y seguidos de Massrur el portaalfanje, se dirigieron hacia el Palacio de las Maravillas, no sin haber tomado la precaución de disfrazarse de mercaderes.

Después de haber atravesado las calles de la ciudad, llegaron al Jardín de las Delicias. Y el califa se adelantó el primero, y vió que la puerta principal estaba abierta, y se quedó muy sorprendido, y dijo a Giafar: "He aquí que el jeique Ibrahim ha dejado la puerta abierta, cuando no es esa su costumbre". Entraron los tres, atravesaron el jardín y llegaron al palacio.

Y el califa dijo: "¡Oh, Giafar! tengo que verlo todo sin que se enteren, pues he de saber quiénes son los convidados del jeique Ibrahim y cuántos son los venerables ancianos que vinieron a su fiesta y qué regalos le han hecho. Pero en este momento deben estar cada uno en su rincón, abstraídos por las prácticas religiosas de las ceremonias, ya que no se oyen voces, ni vemos a nadie".

Y el califa, señalando un nogal cuya altura dominaba el palacio; dijo: "¡Oh, Giafar! quiero subirme a ese árbol que extiende su ramaje cerca de las ventanas, y desde ahí podré mirar adentro. Conque ayúdame". Y el califa subió al árbol, y no dejó de trepar de rama en rama hasta que llegó a una muy a propósito para atisbar el salón. Entonces se sentó en ella y miró a través de una de las ventanas que estaban abiertas.

Y he ahí que vió a un joven y a una joven, ambos hermosos como lunas (¡gloria a quien los creó!), y vió también al jeique Ibrahim, guardián de su palacio, sentado entre los dos jóvenes con la copa en la mano, y oyó que decía a Dulce-Amiga: "Oh, soberana de la belleza! La bebida no sabe bien si no la acompaña la canción.

Y para que nos permitas oír el encanto de tu voz maravillosa, escucha lo que dice el poeta:

¡Ya leilí! ¡Ya einí! (1)
¡Nunca bebas sin que cante tu amiga! ¡Obseva que el caballo no bebe sin el ritmo del silbido!
¡Ya leilí! ¡Ya einí!
¡Después alaba a tu amiga, y acaríciala! ¡En seguida lánzate sobre ella y tiéndela! ¡Lo tuyo es grande y lo suyo pequeño... !

Al ver al jeique Ibrahim en aquella postura, y al oír de su boca aquella canción escandalosa y nada conveniente para su edad, el califa se encolerizó de tal modo que le brotaba el sudor de entre los ojos. Y se apresuró a descender del árbol, y miró a Giafar, y le dijo: "¡Oh, Giafar! en mi vida he presenciado un espectáculo tan edificante como el de esos respetables jeiques de nuestra mezquita que están reunidos en esa sala para cumplir religiosamente las piadosas ceremonias de la circuncisión. Esta noche es verdaderamente una noche bendita.

Sube ahora tú al árbol, y apresúrate a mirar, y no desperdicies esta ocasión de santificarte, gracias a las bendiciones de esos santos jeiques". Cuando Giafar oyó estas palabras del Emir de los Creyentes se quedó muy perplejo, pero no pudo vacilar en obedecerle y se apresuró a trepar al árbol, llegó frente a la ventana y miró hacia el interior del salón. Y vió el espectáculo de los tres bebedores: el anciano Ibrahim, con la copa en la mano, cantando y moviendo la cabeza, Alí-Nur y Dulce Amiga mirándole fijamente, oyéndole y riéndose a carcajadas.

Al verlo Giafar se creyó perdido, pero bajó del árbol y se postró ante el Emir de los Creyentes. Y el califa dijo: "¡Oh Giafar! bendito sea Alah, que nos ha hecho seguir fervorosamente las ceremonias de la purificación, como la de esta noche, y nos aparta del mal camino, de las tentaciones y del error, y de la vida de los libertinos".

Y Giafar estaba tan confuso que no sabía que contestar. Y el califa, mirando a Giafar, prosiguió: "Vamos a otra cosa. Quisiera saber quién ha guiado hasta este lugar a esos dos jóvenes, que se me figuran forasteros. En verdad he de decirte, Giafar, que nunca han visto mis ojos belleza, perfecciones, delicadeza ni encantos como los de ellos".

Entonces Giafar pidió permiso al califa, que se lo otorgó y dijo: "¡Oh califa! ciertamente has dicho la verdad. Son muy hermosos". Y el califa repuso: "¡Oh, Giafar! subamos otra vez al árbol, y observémosle desde la rama".

Y haciéndolo así, treparon hasta la rama que daba al salón y se pusieron a contemplarles.

Precisamente en aquel momento decía el jeique Ibrahim: "¡Oh, soberana mía! Este vino de los collados me ha hecho perder la serenidad, lo que me parece una cosa ridícula. Pero para ser completamente feliz necesito que pulses las cuerdas armoniosas".

Y Dulce-Amiga contestó: "¡Por Alah! ¡Oh jeique Ibrahim! ¿Cómo voy a pulsar las cuerdas si carezco de instrumento?"

Apenas oyó el jeique Ibrahim estas palabras de Dulce-Amiga, salió del aposento. Y el califa dijo a Giafar: "¿Quién sabe lo que irá a hacer ahora ese viejo libertino?" Y Giafar respondió: "¡Quién ha de saberlo!" Entretanto, el jeique Ibrahim volvió al salón con un laúd en la mano. Y el califa se fijó en aquel laúd y vió que era el que solía tocar su cantor favorito Ishak cuando había fiesta en el palacio o quería distraer a su señor. Y el califa dijo: "¡Por Alah! ¡Esto ya es demasiado! Pero quiero oír a esa maravillosa joven, y si canta mal os he de crucificar a todos, y si canta bien perdonaré a esos tres, pero a ti, ¡oh Giafar! te crucificaré de todos modos".

Y Giafar exclamó: "¡Alahumma! ¡Ojalá no sepa cantar!"

Asombrado el califa, preguntó: "¿Por qué prefieres el primer caso al segundo?" Y contestó Giafar: "¡Porque crucificado en su compañía pasaré mejor las horas del suplicio, y nos consolaremos mutuamente".

Y el califa, al oírle, rió en silencio.

Mientras tanto, Dulce-Amiga había cogido el laúd y lo templaba diestramente. Después de algunos preludios, pulsó las cuerdas y vibraron con toda su alma, con una intensidad capaz de liquidar al hierro, de despertar a los muertos y de conmover corazones de roca y de bronce.

Y súbitamente, acompañándose con el laúd, empezó a cantar:

¡Ya leilí!... cuando me vió mi enemigo, vió también que el amor se complacía en apagar mi sed en su manantial, y dijo: “!Esa agua está turbia!”
¡Ya einí!...
¡Si mi amigo atiende a esas voces, debe huir lo más lejos posible. Pero ¿podrá olvidar que me debe todas las delicias y todas las locuras de nuestro amor? ¡Oh, locuras y delicias de nuestros amores!
¡Ya leilí!

Dulce-Amiga, después de haber cantado, siguió tañendo el armonioso laúd de cuerdas animadas, y el califa tuvo que reprimirse para no contestar con un "¡Ya einí!" de admiración.

Y dijo: "¡Oh Giafar! En mi vida he oído voz tan maravillosa como la de esa esclava". Giafar, sonriendo, dijo: "Espero que se habrá desvanecido la ira del califa contra su servidor". Y el califa dijo: "Verdad es, ¡oh Giafar! que se ha desvanecido". Entonces bajaron del árbol, y dijo el califa: "Quiero entrar en el salón, sentarme entre ellos, y oír a esa esclava cantar delante de mí".

Pero Giafar advirtió: "¡Oh Emir de los Creyentes! Si te presentases entre ellos les molestarías, y el jeique Ibrahim se moriría del susto". Entonces el califa dijo: "¡Oh Giafar! tienes que indicarme un medio de saber todo lo que se refiere a este lance, sin que ellos lo adviertan ni me conozcan".

Y el califa y Giafar, mientras pensaban cómo se las compondrían para lograr lo que deseaban, iban avanzando hacia el estanque que estaba en medio del jardín y comunicaba con el Tigris. Contenía una enorme cantidad de peces, que iban a refugiarse allí en busca del alimento que se les echaba. Así es que el califa había sabido que allí acudían algunos pescadores, pues cierto día estaba asomado á una de las ventanas del Palacio de las Maravillas y vió a los pescadores, y dió orden al jeique Ibrahim de que no les permitiese la entrada en el jardín ni la pesca en el estanque, encargándole que castigara severamente al que se desmandase.

Pero aquella noche, como había quedado la puerta abierta, entró un pescador, que se había dicho: "¡He aquí una buena ocasión de hacer una pesca magnífica!" Y se llamaba Karim este pescador, y era muy conocido entre todos los pescadores del Tigris. Echadas las redes en el estanque, se puso a esperar, mientras recitaba estos versos:

¡Oh, tú que viajas por el agua! Al viajar olvidas los peligros y la perdición! Pero ¿cuándo dejarás de inquietarte, cuándo te convencerás que la fortuna nunca viene cuando se la busca?
¿No ves al mar enfurecido y al pescador cansado? ¡Rendido está de cansancio por las noches, mientras las noches están llenas de estrellas, mientras las noches están serenas y llenas de estrellas!
¡Echó su red de cuerdas, la golpean las olas, y sus ojos no miran mas que el seno de la red!
¡No hagas como el pescador, oh viajero! ¡Mira! ¡He aquí al hombre que conoce el valor de la vida y de la tierra, que sabe gozar de los días y de las noches, de la tierra y de sus bienes! ¡Es dichoso, su espíritu está tranquilo, y él vive de todos los frutos de la tierra!
¡Mira! ¡He aquí que se despierta por la mañana, después de una noche de delicias! ¡Se despierta por la mañana bajo la sonrisa de una joven gacela, bajo la mirada de dos ojos de gacela que le pertenecen y le sonríen!
¡Gloria al Señor! ¡Da a unos y priva a otros! ¡Unos pescan y otros se comen el pescado! ¡Gloria al Señor!

Cuando el pescador Karim acabó de cantar avanzó hacia él el califa, y le dijo de pronto: "¡Oh Karim!"

Y Karim se volvió sobresaltado al oír su nombre. Y a la claridad de la luna conoció al califa, v se quedó paralizado de terror. Después se repuso un poco, y dijo: "¡Por Alah! ¡Oh Emir de los Creyentes! no creas que hago esto por infringir tus órdenes, pues la pobreza y el tener una familia tan numerosa como la mía me han impulsado a obrar así esta noche". Y el califa dijo: "Está bien, ¡oh Karim! Hagamos cuenta de que no te he visto. ¿Quieres echar la red en mi nombre para ver qué tal suerte tengo?" Entonces, contentísimo el pescador, se apresuró a echar la red invocando el nombre de Alah, y esperó a que llegara al fondo. La sacó después, encontrándola llena de pescados de todas clases y en cantidad incalculable.

Y el califa quedó muy satisfecho, y le dijo: "Ahora, ¡oh Karim! desnúdate". Y Karim se apresuró a despojarse de sus prendas una por una: el ropón de anchas mangas, remendado con piezas de todos colores y lleno de chinches y de pulgas en número suficiente para cubrir la superficie de la tierra; el turbante, que no habría desenrollado en tres años, hechos con trapos, y que encerrraba piojos grandes y chicos, blancos y negros y de otras clases. Y luego de haberse quitado el ropón y el turbante, se quedó desnudo delante del califa.

Entonces el califa empezó también a desnudarse, quitándose el ropón de seda, iskandarní y el de seda baalbakí, el de terciopelo y el chaleco, y dijo al pescador: "Karim, toma esta ropa y póntela". Por su parte, el califa cogió el ropón del pescador y su turbante, y se los puso, se enrolló la bufanda de Karim, y le dijo: "Ya te puedes ir por tu camino".

Y el hombre dió las gracias al califa, y le recitó estas dos estrofas:

¡Me has hecho dueño de una riqueza sin límites, y no lo ha de olvidar mi gratitud! ¡Me colmaste de todos los dones sin llevar cuenta!
¡He de honrarte, pues, mientras esté entre los vivos, y después de muerto aún te darán mis huesos las gracias dentro del sepulcro!

Pero apenas había acabado de recitar estos versos el pescador, cuando notó el califa que le invadían los piojos y las chinches domiciliados en aquellos andrajos, y toda aquella miseria empezó a circular activamente a lo largo de su cuerpo. Y empezó a coger puñados de parásitos que le corrían por el cogote, el pecho y todas partes, y los tiraba muy lejos, lleno de repugnancia.

Y tal fué su espanto, que llegó a decir al pescador: "¡Oh, desgraciado Karim! ¿Cómo hiciste para reunir en tus mangas y en tu turbante todos estos animales dañinos?"

Y Karim respondió: "¡Oh mi señor! no los temas para nada, pues ahora sientes sus picaduras; pero si tienes paciencia y haces lo que yo, nada sentirás dentro de una semana, y como ya no te molestará que te piquen, no les harás pizca de caso".

El califa, a pesar de su horror, se echó a reír, y dijo: "Pero desdichado, ¿cómo voy a resistir esta suciedad sobre mi cuerpo?" Y repuso el pescador: "¡Oh Emir de los Creyentes! quería decirte una cosa, pero me impone la presencia de mi augusto califa". El rey dijo: "Habla en seguida". Y así habló el pescador: "Se me ocurre, ¡oh Príncipe de los Creyentes! que para tener un oficio con qué ganarte la vida has querido aprender a pescar. Si así fuese, ¡oh soberano Emir! he aquí que esa ropa y ese turbante han de serte muy a propósito para eso".

Entonces el califa, riéndose de esto que le decía el pescador, se despidió de él. Y Karim se fué por su camino, mientras que el califa cogió la banasta de palma donde estaban los peces, la cubrió con hierba fresca y corrió en busca de Giafar y de Massrur, que le aguardaban a cierta distancia.

Y al verle creyeron que era Karim el pescador, y Giafar, temiendo que descargase sobre el pescador la cólera del califa, le dijo: "¡Oh Karim! ¿qué vienes a hacer aquí? Huye a escape, que el califa está en el jardín esta noche".

Y cuando el califa oyó esto que decía Giafar, le dió tal risa, que se caía de trasero. Y Giafar exclamó: "¡Por Alah! ¡Si es nuestro amo y califa, el mismo Emir de los Creyentes!" Y dijo el califa: "Efectivamente, ¡oh Giafar! Y si tú que tú eres mi gran visir, al llegar a tu lado no me has conocido. ¿Cómo quieres que me reconozca el jeique Ibrahim, que está completamente borracho?

Quédate aquí y espera a que yo vuelva". Y Giafar dijo: "Escucho y obedezco".

Entonces el califa llamó a la puerta del palacio. Y el jeique Ibrahim se levantó para preguntar: ¿Quién llama? Y contestó el califa: "Soy yo, jeique Ibrahim".

Y el anciano dijo: "¿Pero quién eres tú?"

Respondióle el califa: "Soy el pescador Karim. He sabido que tenías convidados esta noche, y he venido a traerte buen pescado, vivito y coleando".

Precisamente a Alí-Nur y a Dulce-Amiga les gustaba mucho el pescado. Y al oír al pescador se alegraron hasta el límite de la alegría. Y Dulce-Amiga dijo: "Abre pronto, ¡oh jeique Ibrahim! y déjale entrar con el pescado que trae". Entonces el jeique Ibrahim se decidió a abrir la puerta, y el califa, disfrazado de pescador, pudo entrar sin ningún contratiempo y fué a saludar a los presentes.

Pero el jeique le contestó con una carcajada, y le dijo: "¡Bien venido sea entre nosotros el más ladrón de sus compañeros! ¡Ven a enseñarnos ese pescado tan bueno que traes!" Y el pescador quitó la hierba fresca y mostró el pescado que llevaba en la cesta, y vieron que estaba vivo aún y coleando todavía; y Dulce-Amiga exclamó entonces: "¡Por Alah! ¡Oh señores míos, qué hermoso es ese pescado! ¡Lástima que no esté frito!"

El anciano Ibrahim asintió en seguida: "¡Por Alah! verdad dices'". Y volviéndose hacia el califa, exclamó: "¡Oh,pescador! ¡qué lástima que no hayas traído frito este pescado! Cógelo, ve a freírlo y tráenoslo en seguida". Y comentó el califa: "Pongo tus órdenes sobre mi cabeza. Lo voy a freír y en seguida lo traigo". Y todos le contestaron a un tiempo: "¡Sí, sí; fríelo pronto y tráenoslo!".

El califa se apresuró a salir, y fué a buscar a Giafar, a quien dijo: "¡Oh Giafar! ahora quieren que se fría el pescado". Y el visir contestó: "¡Oh Emir de los Creyentes! dámelo y yo mismo lo freiré". Pero el califa repuso: "Por la tumba de mis padres y de mis ascendientes, nadie más que yo ha de freír este pescado".

Fué a la choza en que vivía el jeique Ibrahim y empezó a buscar por todas partes, hasta que encontró los utensilios de cocina y todos los ingredientes: sal, tomillo, hojas de laurel y otras cosas semejantes. Se acercó al hornillo y exclamó: "¡Oh, Harún recuerda que en tus mocedades te gustaba andar por la cocina con las mujeres y te metías a guisar. Ha llegado el momento de demostrar tus habilidades. Cogió la sartén, la puso a la lumbre, le echó la manteca y aguardó. Y cuando hirvió la manteca echó en la sartén los peces, que ya había limpiado, escamado y untado con harina.

Bien frito el pescado por un lado, lo volvió del otro con mucho arte, y cuando estuvo a punto lo sacó de la sartén y lo puso sobre grandes hojas de plátano. Después fué al jardín a coger limones y los puso cortados en rajas sobre las hojas de plátano. Entonces se lo llevó a los invitados y se lo puso delante. Y Alí-Nur, Dulce-Amiga y el jeique Ibrahim se pusieron a comer, y cuando hubieron acabado, se lavaron las manos, y Alí-Nur dijo: "¡Por Alah! ¡oh pescador! nos has hecho un gran favor esta noche".

Y echó mano al bolsillo, sacó tres dinares de oro de los que le había dado generosamente el joven chambelán y se los tendió al pescador, diciéndole: "Perdona ¡oh pescador! si no te doy más, porque ¡por Alah! si te hubiese conocido antes de los últimos acontecimientos que me han ocurrido, podría haber arrancado para siempre de tu corazon la amargura de la pobreza. Toma, pues, esos dinares, que son los únicos que mi actual situación me permite darte".

Y obligó al califa a tomar el oro que le alargaba, y el califa lo tomó y se lo llevó a los labios, y después a la frente, como para dar gracias a Alah y a su bienhechor por aquel donativo, y luego se metió los dinares en la faltriquera.

Pero lo que quería ante todo el califa era oír a la esclava cantar delante de él, de modo que le dijo a Alí-Nur: "¡Oh dueño y señor! tus beneficios y tu generosidad están sobre mi cabeza y sobre mis ojos, pero mi más ardiente deseo se realizaría, gracias a tu bondad, si esta esclava tocase algo en ese laúd que a su lado veo y me dejase oír su voz, que debe ser admirable. Porque me encantan las canciones acompañadas con las melodías del laúd, y son lo que más me gusta en el mundo".

Entonces Alí-Nur dijo: "¡Oh Dulce-Amiga!" y contestó ésta: "¡Oh mi señor!" Y dijo Alí-Nur: "Por mi vida, si la estimas en algo, te ruego que cantes para complacer a este pescador, que tanto desea oírte".

Y Dulce-Amiga, al oír estas palabras de su enamorado Alí-Nur, cogió el laúd en seguida, pulsó las cuerdas, ejecutó un preludio que hubo de encantar a todos los presentes, y después cantó estas dos estrofas:

¡La joven esbelta y flexible tañía el laúd con las delicadas yemas de sus dedos, y al oírla voló mi alma!

Sonó su voz, y los sordos recobraron el oído, y los mudos rompieron a hablar de pronto, diciendo:” !Oh, que encanto el de esa voz!”

Y Dulce-Amiga, después de haber cantado esto, siguió pulsando el laúd con arte tan maravilloso, que enloquecía a los que allí estaban. Después sonrió y cantó estas otras dos estrofas:

¡Con tu pie, joven grácil pisaste nuestro suelo, que se estremeció de placer, al mismo tiempo que la claridad de tus ojos disipaban las tinieblas de la noche!
¡Oh mancebo querido! !Cuando te vuelva a ver he de perfumar mi morada com almízcle, resina de olor y agua de rosas!

Y Dulce-Amiga cantó tan admirablemente, que el califa llegó al límite del placer y se apasionó de tal modo, que no pudo reprimir el arrebatado entusiasmo de su alma, y exclamó: "¡Por Alah! ¡Por Alah!" Y Alí-Nur le dijo: "Pescador, ¿te ha encantado la voz de mi esclava y su arte de pulsar las cuerdas armoniosas?"

Y contestó el califa: "Sí, ¡por Alah!" Entonces Alí-Nur, no pudiendo reprimir su costumbre de dar a los amigos todo lo que les gustaba, dijo: "¡Oh, pescador! ya que tanto te entusiasmó mi esclava, he aquí que te la ofrezco y te la regalo, como obsequio de un corazón generoso que nunca recogió lo que dió una vez. Toma, pues, la esclava. ¡Tuya es desde ahora!" Y Alí-Nur se levantó inmediatamente, cogió su manto, se lo echó al hombro, y sin despedirse siquiera de Dulce-Amiga, se apercibió a abandonar el salón y a dejar que el supuesto pescador tomase libremente posesión de la esclava.

Entonces Dulce-Amiga, dirigiéndole una mirada llena de lágrimas, le dijo: "Oh mi dueño Alí-Nur! ¿Vas a repudiarme de este modo? Detente por favor un momento, sólo para que pueda despedirme de ti. ¡Oye, Alí-Nur!" Y Dulce-Amiga recitó amargamente estas dos estrofas:

¿Vas a huir de mí ¡oh sangre pura de mi corazón! Cuando tu sítio está en este corazón herido, entre mi pecho y mis entrañas?
¡Ah! ¡Te suplico ¡oh tú, el Clemente sin límites! Que reúnas a los que se separaron! ¡Que repartas,oh Generoso tus benefícios entre los hombres!

Y terminada su lamentación, Dulce-Amiga se aproximó a Alí-Nur y le dijo:

El día de la separación, al despedirse de mí, llorando lágrimas ardientes me dijo:” ¿Qué harás ahora, lejos de mí? Y yo contesté: ¡Oh! ¡Pregúntaselo mas bien a quien se queda a tu lado!

Al oír estas palabras se impresionó mucho el califa, creyéndose causante de la separación de los dos jóvenes. Y sorprendiéndole la facilidad con que Alí-Nur le regalaba aquella maravilla, dijo: "Explícate ¡oh joven! y no temas confesármelo todo, pues tengo tanta edad que podría ser tu padre: ¿temes ser detenido y castigado por haber robado acaso a esa joven, o piensas cedérmela por tus deudas?" Entonces le contestó Alí-Nur: "¡Por Alah! ¡Oh pescador! a esta esclava y a mí nos ha ocurrido una aventura tan asombrosa, y somos víctimas de desdichas tan extraordinarias, que si se escribieran con una aguja en el ángulo interior del ojo, servirían de lección a quien las leyera con respeto”. Y el califa dijo: "Apresúrate a contarnos detalladamente tu historia, pues acaso esto sea para ti causa de alivio y hasta de socorro, ya que el consuelo y el auxilio de Alah siempre están cercanos.

Entonces Alí-Nur dijo: ”¡Oh pescador! ¿Cómo quieres que te lo relate, en verso o en prosa?"

A lo cual respondió el califa: "La prosa es un bordado de sederías y los versos hilos de perlas". Entonces dijo Alí-Nur: "He aquí por lo pronto el hilo de perlas". Y entornando los ojos, bajó la frente e improvisó estas estrofas:

¡Oh amigo mío! ¡El reposo ha huido de mi lecho! Al verme tan alejado del país donde nací, me destroza el alma la amargura.
Sabe que tuve un padre a quien armaba y que fue para mí el más cariñoso de los padres! ¡Ya no está junto a mí, pues la tumba le sirve de lecho!
Desde entonces, todas las aflicciones y todas las desventuras han caído sobre mí de tal modo, que mis entrañas están destrozadas y mi corazón hecho trizas!
¡Mi padre eligió para mí una hermosa entre las hermosas, una joven esbelta como un tallo nuevo, esbelta y ondulante como una rama que cimbrea al viento!
¡La amé apasionadamente, quemé por ella toda la herencia de mi padre, y hasta tal punto la quise que hube de preferirla al más querido de mis rápidos corceles!
¡Pero un día me ví falto de todo y tuve que emprender el camino del mercado, a pesar de temer con toda mi alma el dolor de la separación!
¡El pregonero la subastó en el zoco: y de pronto un viejo libertino pujó para apoderarse de ella!
¡Al ver aquel viejo innoble, me enfurecí, cogí de la mano a mi esclava, y quise llevármela del mercado!
¡Pero el viejo libertino se creía ya a punto de saciar su concupiscencia; el maldito viejo de corazón lleno de fuego infernal!
¡Y le dí un puñetazo con la mano derecha y otro con la izquierda! ¡Y desahogué en él la ira que me devoraba!
¡Después, por temor de que me prendiesen, y para librarme de mi enemigo, huí de casa!
¡El rey de la ciudad mandó que me prendieran; pero entonces ví acudir en mi ayuda a un joven chambelán hermoso y leal!
¡Y para librarme de las asechanzas de mis enemigos, me aconsejó que huyera muy lejos!
¡Y cogí a mi amiga, y en alas de la noche salímos de nuestro país tomando el camino de Bagdad!
¡Y ahora sabe que no tengo más tesoro que mi amiga, y te la regalo, ¡oh pescador!
¡Y sabe que te entrego a la amada de mi corazón, y que al quedarte con ella, te quedas con mi propio corazón, ¡oh pescador!

Cuando Alí-Nur acabó de desgranar la última perla, el califa dijo: "¡Oh mi señor! después de haberme maravillado con tu sarta de perlas, ¿querrías darme algunos pormenores sobre los preciosos bordados de esa historia tan maravillosa?" Y entonces Alí-Nur, que creía estar hablando con el pescador Karim, le refirió todas las particularidades de la historia, desde el principio hasta el fin.

Pero cuando el califa se hubo enterado perfectamente de toda la historia, dijo: "¿Y ahora adónde piensa ir, oh mi señor Alí-Nur?

Y Alí-Nur contestó: "¡Oh pescador! las tierras de Alah son vastas hasta lo infinito".

Entonces el califa dijo: "Escúchame, ¡oh joven! Aunque sea como soy, pobre pescador oscuro y sin luces, voy a darte una carta para que la entregues en propia mano al sultán de Bassra, Mohammad ben-Soleimán El-Zeiní. Y cuando la haya leído, ya verás qué resultado tan favorable tendrá para ti".

Al llegar a este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana y no prolongó más el hilo de su relato.


Notas del traductor