Las mil y una noches:88

Las mil y una noches
de Anónimo
Capítulo 88: Pero cuando llegó la 58ª noche



PERO CUANDO LLEGO LA 58ª NOCHE


Ella dijo:

Por lo que se refiere a la joven Nozhatú, he aquí que el buen mercader la llevó a su casa, le dió vestidos muy ricos, los más Hermosos que había, y después fué con ella al zoco de los orífices y joyeros, para que escogiese las alhajas y joyas que le agradasen, y las metió en una bolsa de seda, las llevó a su casa y se las entregó.

Después dijo: "Ahora te ruego que cuando te lleve a palacio no dejes de decir al príncipe Scharkán el precio en que te he comprado, para que no se olvide mencionarlo en la carta de recomendación que deseo pedirle para el rey Omar Al-Nemán. Y además, quisiera que el príncipe me diese un salvoconducto, para que las mercancías que en lo sucesivo lleve a Bagdad no paguen derechos de entrada".

Y al oírlo, suspiró Nozhatú y los ojos se le llenaron de lágrimas.

Entonces el mercader le dijo: "¡Oh hija mía! ¿por qué cada vez que pronuncio el nombre de Bagdad te veo suspirar y acuden las lágrimas a tus ojos? ¿Tienes allí algún ser amado, un pariente, o conoces a algún mercader?

No temas decirlo, pues conozco a todos los mercaderes de Bagdad y a todos los otros". Entonces Nozhatú dijo: "¡Por Alah! ¡No conozco a nadie más que al rey Omar Al-Nemán en persona, señor de Bagdad!

Cuando el mercader de Damasco oyó aquella cosa tan extraordinaria, no pudo reprimir un suspiro de satisfacción, y dijo para sí: "Ya tengo lo que buscaba". Y preguntó a la joven: "¿Le fuiste propuesta antes de ahora por algún mercader de esclavos?"

Ella respondió: "No es eso, sino que me he criado en palacio, con su hija. Y me quería mucho. Así, pues, si pretendes alcanzar de él algún favor, no tienes más que traerme una pluma, un tintero y una hoja de papel, y te escribiré una carta, que entregarás en propia mano al rey Omar AlNemán, y le dirás: "Tu humilde esclava Nozhatú ha sufrido las vicisitudes de la suerte y del tiempo y los padecimientos de las noches y los días. Y ha sido vendida y revendida, ha cambiado de amos y de casas, y se encuentra ahora en la morada de tu representante en Damasco. Y te trasmite su saludo de paz".

Al oír estas palabras, el mercader llegó al límite de la alegría y del asombro, y su afecto hacia Nozhatú aumentó considerablemente; y lleno de respeto, le preguntó: "Indudablemente, ¡oh joven maravillosa! has debido ser robada de tu palacio y vendida, pues debes estar versada en las letras y en la lectura del Corán".

Y Nozhatú dijo: "En efecto, ¡oh venerable jeique! conozco el Corán, los preceptos de la sabiduría, las ciencias médicas, la Introducción a los arcanos, los comentarios de las obras de Hipócrates y de Galeno, los libros de filosofía y lógica, las virtudes de los cuerpos simples y las explicaciones de Ibn-Bitar; he discutido con los sabios el Kanun de Ibn-Sina; he dado con la explicación de las alegorías, y he estudiado la geometría y la arquitectura, la higiene y los libros Chafiat, la sintaxis, la gramática y las tradiciones del idioma, y he frecuentado la sociedad de los sabios y eruditos en todos los ramos. Soy autora de varios libros sobre la elocuencia, la retórica, la aritmética y el silogismo puro; conozco las ciencias espirituales y divinas, ¡ y me acuerdo de todo lo que he aprendido! Y ahora dame pluma y papel para que escriba la carta en versos bien rimados y puedas leerla durante el camino, ahorrándote de llevar libros de viaje, pues será para ti una dulzura en la soledad y un amigo discreto en los ratos de ocio".

Y el pobre mercader, completamente atolondrado, exclamó: "¡Ya Alah! ¡Ya Alah! ¡Dichosa la morada que te sirva de albergue! ¡Cuán dichoso el que la habite contigo!" Y le llevó respetuosamente la escribanía con los accesorios. Y Nozhatú cogió la pluma, la mojó en la almohadilla empapada de tinta, la probó en la uña, y escribió estos versos:

"Esta carta es la de la propia mano de aquella cuyos pensamientos igualan al tumulto de las olas.
"Aquella cuyos párpados ha quemado el insomnio y cuya belleza han gastado las vigilias.
"Aquella que en su dolor ya no distingue el día de la noche y se retuerce en el lecho solitario.
"Y que no tiene por confidentes más que a los astros silenciosos en la soledad de las noches.
"He aquí mi queja, tejida en versos cadenciosos y de buena rima, en memoria de tus ojos.
"No he sentido vibrar en mi alma ninguna cuerda de las delicias de la vida.
"Mi juventud no ha gozado ninguna alegría, ni mis labios han sonreído dichosos en un día de felicidad.
"Porque tu ausencia ha enseñado a mis ojos las vigilias y me ha arrebatado para siempre el sueño.
"Por más que he confiado a la brisa mis suspiros, nunca los llevó hacia aquel a quien los dirigiera.
"Así es que estoy desesperada y no me atrevo a insistir. Pero quiero firmar esta queja con mi nombre.
"Yo la dolorosa, la apartada de su familia y de su país, la torturada de corazón y de espíritu.
Nozhatu´zaman”

Cuando acabó de escribir, echó arenilla, dobló con mucho cuidado la hoja, y la entregó al mercader, que la cogió muy respetuoso y se la llevó a los labios y después a la frente. La guardó en una bolsa de raso, y exclamó: "¡Gloria al que te ha modelado, ¡oh maravillosa criatura!"

En estos momentos de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.