La pulga que asesinó


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LA PULGA QUE ASESINO


P

OR aquellos días en el mundo moderno de las pulgas, el nombre era como la etiqueta, y al decir, Pascuala, se recordaba inmediatamente a la mujer chulísima del zapatero.

Al zapatero le decían, simplemente, el zapatero; porque ya se creía mucho en la personalidad. Y al amante siempre le decían don Juan porque dentro de las teorías de la simplicidad los medios no eran tan importantes como para dar personalidad. Se trataba de una pulga perseguidora, de ojos melancólicos, de pose varonil, y aparentando reserva de los honores de las pulgas que se había colgado en el pecho

El zapatero, mató a don Juan, desde luego por la pulga Pascuala. El nunca lo habría matado, menos aún con el martillo de remendar zapatos si no hubiese sido, porque Pascuala, le confesó todo su pecado. Ya en las pulgas se estilizaba la sinceridad y pertenecían a un club que se llamaba la Mujer Sincera. Es verdad que muchas de las pulgas tenían amantes, pero era porque algunas de las socias practicaban lo que se llama la sinceridad interior, que era ser honradas con los propios deseos.

Al zapatero se lo llevaron preso, y con ser simplemente el zapatero, notó que lo metían sólo en edificios grandes, de rejas por dentro, pero en realidad eran los más grandes y tal vez atractivos de la ciudad.

Al zapatero le ofrecieron un abogado, él dijo que no, que su crimen, si era crimen, no tenía reveses.

Habló con serenidad y dijo: el hombre muerto quería quitarme mi hogar, yo ponía suelas y tacones a los zapatos, zapatos muy feos de gentes que caminan mucho. La gente bien no compone sus zapatos, y los mejores no usan. Yo componía zapatos para darle a mi compañera toda esa ropa que ella tan bien revolea ¿Cuál camino, señores, era más corto? Y lo maté.

El fiscal: señores no os habréis de embaucar por las palabras simples de este simple, ya hace mucho tiempo se vienen perdonando los crímenes pasionales, y son simple pretexto para matar y salir perdonados. Y enseñó una lista de toda la gente del barrio que nunca había tenido nada que ver con la mujer del pecado.

Las pulgas del jurado se retiraron, como hacen siempre, a deliberar, uno del jurado dijo: "no nos dejemos engañar por la palabra simple y desde luego convincente del zapatero"; todos dijeron: "no nos dejemos engañar".

La pulga zapatero como los círculos de la piedra caída en el agua fué perdiendo sus pensamientos de rebelión. ¿Cómo lo juzgaba a él una gente que tal vez no había sido engañada, o que por lo menos no lo sabía? El, cuando blandió el martillo, estaba ciego. Los del jurado tranquilamente almorzados. Eso era la venganza social que él había leído, la venganza a sangre fría El mismo en un caso igual volvería a matar, aquello entonces tampoco servía de escarmiento.

Pero los pensamientos se fueron perdiendo en la Isla Presidio. No podía hablar porque en la dirección los pulgones oficiales lo oían todo: ya casi no comía porque no daban de comer; y se fue apagando el hombre; y quedaban sólo restos del zapatero en el taller del presidio. Una que otra droga que compraba con su trabajo, una que otra botella de alcohol, lo hacían sospechar un mundo exterior; y recordar sus noches con la pulga Pascuala, y el crepúsculo dividido por el enrejado, se llevaba sus últimas exhalaciones, el reflejo de un sueño que apenas esbozaba el dolor, los recuerdos de las últimas noticias que había oído.

Pascuala se había unido con otra pulga zapatero, más joven, porque ella había dicho que ya tenía experiencia. ¡Ella! la causante de todo, estaba libre, y las noches... y el otro tan joven...