El capítulo de las decepciones


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EL CAPITULO DE LAS DECEPCIONES


E

L domador de pulgas se estaba quedando sin barba, porque se la jalaba, el sistema nervioso se le había descontrolado y se tiraba pelo por pelo, ya se había arrancado media barba. Tenía mucho miedo de volverse loco.

Y añoraba: cuanto más feliz era él, con sus pulguitas amaestradas, cuando tenía lentes para que cada espectador viera las acrobacias de sus pulgas, aquella pulga española que estuvo tanto años a su servicio tan trabajadora, de ojos penetrantes, tan regordeta, las pulgas italianas tan vivaces. ¡Oh tiempo! cuando él tenía a su servicio 500 pulgas, cuando de él vivía tanta gente, de sólo colectarle los animalitos, cuando de los hospitales y de los conventos le enviaban sobres llenos de pulgas de enfermiza pero penetrante inteligencia.

Sus anuncios: la pulga que saltaba el aro, la que le daba vueltas a una noria, la que empujaba el carretillo, la equilibrista, la que trabajaba con una bofa del tamaño de un guisante, la que disparaba un cañón, los duelistas la corrida de toros, los bailarines, los reyes en carroza y tantos otros oficios que habían ennoblecido la vida de las pulgas.

El hasta tenía pulgas descendientes de las que educaron los soldados de Napoleón 1º. Es verdad que ahora los circos de pulgas habían decaído. Un domador amigo suyo, en los buenos tiempos hasta había alquilado blancos muslos, de damas pletóricas, de donde extraían las pulgas la roja sangre dejando el punto del martirio. Se permitía al público por cuantiosas monedas y al través de un vidrio, ver la comida de las pulgas sobre los vastísimos y suculentos muslos.

Ahora las pulgas en libertad, trabajando con fuerzas independientes, y algunas ya recriminándolo por haberlas sacado de su vida primitiva. El mundo que él había creado debía de ser infeliz, lleno de ambiciones y de odios, como si la carne fuera inmortal.

¡Ah sus pulgas! ah la señorita Esperanza, ¡ah mademoiselle Marie! antes tan sanas, de mentes tan puras, y ahora tal vez en prédicas feministas.

Él, que con sus inflexiones había llegado a educar las pulgas; tal vez ese era el daño, la voz es la trasmisión material del pensamiento. ¡Qué impulso, oh Dios, le dió él a sus pulgas! Como se parecía él a un Cristóbal Colón, ¡ya aquellos animalitos empezaban a ponerle cadenas!

¡Cuánta responsabilidad para un domador y redentor de pulgas!