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La pobre gente: 16


Segundo ActoEditar

ESCENA IEditar

La misma decoración. Las máquinas han desaparecido. Debe notarse una pobreza extremada.

ZULMA e ISIDORA

ZULMA. -(Cosiendo en una silla.) La verdad, hijita, es que me siento cada vez más desconsolada... Tenía razón, tata...

ISIDORA. -No pensés locuras... Si tu padre no hubiera sido un haragán, que se pasaba la vida esperanzado en el trabajo de ustedes, otro gallo les cantara...

ZULMA. -Sin embargo, en el fondo no es malo el viejo... No le faltaba nada, nos veía felices, y se echó bartola, pensando que la cosa iba a durar siempre... Cuando todo se vino barranca abajo y se dio cuenta de que no podría remediarlo, empezó a cismar con la cosa y a cismar, y a cismar, hasta que le vinieron esas malas ideas a la cabeza... Después los otros, echaban leña a la hoguera, diciéndole que era muy feo que yo tuviese novio, que Cuaterno los había amenazado, que yo era una grosera, y siempre estaba engetada con ellos, que ofrecía un mal ejemplo a las oficialas, y patatí y patatán...

ISIDORA. -¿Y ellos no los han mandado llamar otra vez?

ZULMA. -Ya lo creo... la mar de veces... Él, lo creerás, hasta ha tenido el coraje de venirse a casa...

ISIDORA. -¿Qué me contás?

ZULMA. -Como lo oís. Una tarde lo agarró al vicio por la calle, le hizo tomar unas cuantas copas y se vinieron los dos a casa...

ISIDORA. -¿Y tú?... ¿Te escondiste?

ZULMA. -No... Estaba mamá delante y las dos le pusimos una cara que no le quedaron ganas de volver...

ISIDORA. -¿Y Cuaterno?

ZULMA. -Lo vieras al pobre... Te lo juro. Si no lo hubiera querido antes, me habría enamorado de su buen corazón.

ISIDORA. -Lo que nos reímos aquel día, que te quiso zamarrear.

ZULMA. - Estaba como loco. Y creelo, si yo no lo contengo, hace una barbaridad... Ahora trabaja algo, como suplente en el Anglo Argentino, y pesito que consigue, pesito que me trae en seguida... Hoy creo que tenía medio turno... así es que ahora nomás cae...

ISIDORA. -¿Hizo las paces con el viejo?

ZULMA. -Claro está... Le paga todas las tardes el suisse, en el almacén de la esquina y están amigazos...

ISIDORA. -Me han dicho que chupa mucho...

ZULMA. -¿Tata?... Una barbaridad... Me da una pena... Y cuando le aconsejo que deje la bebida, se pone hecho una furia, diciéndome que por mi culpa es un desgraciado... ¿Ves?... Ese es mi mayor remordimiento. Pensar que tiene razón...

ISIDORA. -Muchacha...

ZULMA. -Sé lo que vas a decir... que es preferible la miseria a la deshonra... pero si te hallaras en mi caso... si tuvieras que presenciar a cada momento las escenas terribles que se producen entre estas cuatro paredes; cuando falta para la carne y viene Raúl del trabajo, fatigado el pobrecito, Raúl que es quien nos paga la casa, y no hay un bocado que darle; cuando aparece el viejo borracho perdido, babeando insultos; cuando hasta mi misma madre, desesperada, llega a sublevarse conmigo... si vieras cómo voy viendo yo a los míos, a mis hermanos chicos pervertirse y degradarse con el mal ejemplo y la vagancia, todo relajado, todo desmoronado por la miseria, te lo aseguro, temblarías por tu honradez... (Se detiene emocionada.)

ISIDORA. -(Conmovida.) La verdad... la verdad es que...

ZULMA. -Y si una piensa en que hay tantos, pero tantos que han claudicado y (con mucha pena) se conservan tan felices... francamente... la abandonan... la abandonan poco a poco los escrúpulos...

ISIDORA. -¡Qué desgracia!... ¡Qué desgracia, hijita!... Yo en tu lugar, no sé lo que haría... Sin embargo...

ZULMA. -¡Chist!... creo que viene gente... (Se pone de nuevo a coser tarareando una vidalita.)