La noche inquieta

A Roma
La noche inquieta
Fantasía
 de José Zorrilla
del tomo tercero de las Poesías.


I. La última luzEditar

Hay unas horas sin hora
En que nuestras horas cesan,
lloras que en el alma pesan
Como inmensa eternidad.
Unas horas sin oriente,
Sin occidente y sin nombre,
En que atosigan al hombre
La mentira y la verdad.


Horas sin voz, en que quiere
Escuchar algo el oído,
Y el aire no tiene ruido
Que poderle dar a oír;
En que quiera hablar la lengua
Y se detiene medrosa,
Porque teme alguna cosa
Que la pueda interrumpir.


En que con ojos avaros
Miramos lo que no vemos,
En que delirar creemos
Y deliramos creer:
Horas en que duerme entero
Este mundo que habitamos,
Y nosotros despertamos
Su descanso a sorprender.


En los pliegues de la sombra,
Como antípodas del día,
Estas horas de agonía
Caminando amargas van:
El tiempo abortó esas horas
Para el alma que medita,
Que el cuerpo no necesita
Horas de tan noble afán.


Pasan sobre el grato sueño
Del labrador fatigado,
Sobre el sueño descuidado
Del indolente señor;
Sobre el del tranquilo esposo,
Y el del necio indiferente,
Y el de la hermosa inocente
Que sueña el primer amor.


Pasan sobre la sonrisa
De la madre cariñosa,
Que amante, madre y esposa,
En un amor goza tres:
Pasan respetando el sueño
Del olvidado mendigo,
Que al dar a la sien abrigo
Deja desnudos los pies.


Y buscan el sueño inquieto
De algún pensador profundo,
Que aguarda más ancho mundo
De este otro mundo detrás;
Buscan al hombre que piensa,
Y que al pensar que es eterno,
Cambiara por un infierno
El posible de ser más.


Al asentarse en su lecho
A sus párpados llamando,
El ánima, despertando,
Por el párpado miró.
Presentósele la sombra
Como imagen de la nada,
A la roja llamarada
Que la lámpara brotó.


Escucha, y oye silencio,
Mira, y los ojos ven sombra,
Habla, y el eco le asombra
Sin responder a su voz:
Sólo aprende que es de noche,
Que su mente inquieta vaga,
Que su lámpara se apaga
Y que el sueño huyó precoz.


Entonces lucha afanado
El cuerpo con la costumbre,
El ojo busca la lumbre,
Busca el oído rumor;
Y el alma, sin luz ni ruido
Que su pensamiento estorbe,
Vuela libre por el orbe
En pos de mundo mejor.


Pero estando condenada
A la cárcel de la tierra,
Vuelve al cuerpo que la encierra
Para meditar en él.
Entonces, sujeta al cuerpo,
Mar que en las rocas se estrella,
Para sentir como aquélla
Sentidos le presta aquél.


Débil corno el cuerpo entonces,
Por ojos de carne mira,
Y ve lo que ver delira
Por aquel turbio cristal.
Ve que la lámpara seca
La luz postrera derrama,
Y ve en la convulsa llama
Un no sé qué de infernal.


Aquellas ráfagas tibias,
Llamaradas de un momento
Que alumbran el aposento
Para ofuscarle otra vez;
Que confundiendo las formas,
Dando espacio a los objetos,
Pintan manchas y esqueletos
Que cruzan por la pared.


Aquella lumbre oscilante
Que en torno al pábilo flota
Aérea, vibrante, rota,
De indefinible color,
Dibuja en los pardos vidrios
Y en las blancas muselinas
Creaciones peregrinas
Que nos llenan de terror.


Asoma rostros, deformes
De diabólicos contornos,
Que en colgaduras y adornos
Nos parece ver girar;
Ya son gigantes monstruosos
Que desparecen livianos,
Ya ridículos enanos
Que se juntan a danzar.


Ya son pájaros flotantes,
Ya son repugnantes viejas,
Ya son fantasmas distantes,
Negras visiones sin luz;
Ya son vivientes que pasan,
Ya son antorchas que cruzan,
Cuyo fulgor desmenuzan
Líneas hendidas en cruz.


Ya charolado vacío
De estrellas rojas orlado,
u hondo hueco iluminado
Por agonizante hachón;
Ya pardos grupos de sombra,
Ya misteriosos paisajes,
Ya pabellones de encajes
O tapices de crespón.


La llama trémula, en tanto,
De un momento a otro momento
Su resplandor ceniciento
Amaga inquieta matar:
Flota en el aire exhalada
Del pábilo desprendida,
Y torna, al pábilo asida,
Segunda vez a brotar.


O lame blanda los bordes
Del vaso que la contiene,
Y a reconcentrarse viene
En el pábilo otra vez:
Y moribunda vacila,
Como vibra y pestañea
Mal herido en la pupila
Un ojo con rapidez.


Acaso un insecto imbécil,
De nuestro pavor objeto,
Viene a revolar inquieto
De la llama en derredor;
Y en su fantástico vuelo
Cruzando la luz, parece
Que aumenta en formas y crece
Como ensueño aterrador.


Se desvanece un momento,
Luego flotando aparece,
Y con la llama se mece
Cual si la hiciera vivir;
Mil veces la hiende y cruza,
Cual si un espíritu fuera
Que danzara en una hoguera
Donde alguno ha de morir.


Se le ve sobre la llama
Volar errante zumbando,
O bien, las alas plagando,
La opaca lumbre beber;
Se le ve en el vidrio hueco,
Sobre sus pies transparentes,
Sus pasos indiferentes
De uno a otro lado mover.


Y si, del fuego aturdido,
La claridad evitando,
y su vuelo acelerando,
Se le ve cerca pasar,
El rostro se hunde en las ropas;
Y mientras el miedo pasa,
La luz, que ilumina escasa,
Se acaba al fin de apagar.


II. El silencio y la oscuridad.Editar

Cuando tras vela afanosa
Fatigados nos dormimos,
Soñamos con lo que vimos
O lo que creímos ver.
Así en tropel misterioso
Se agitan confusamente
Los delirios que la mente
Despreció velando ayer.


Por huir de ella tan sólo,
En ella se cobijaron,
Y dentro de ella aguardaron
De revelarse ocasión;
Que esos fantásticos sueños
Que turban nuestro reposo,
Del ánimo religioso
Secretos abortos son.


Porque el que cree y el que duda,
Por descuidado que viva,
En algo el creer estriba
Y en algo estriba el dudar;
Y alguna vez engañado
Por las que creyó evidencias,
En sus dadas y creencias
Ha por fin de vacilar.


El ruido y el movimiento,
La voz y la compañía
Que nos da la luz del día,
Impiden pensar tal vez;
Y entonces creencias, dudas,
Dentro del ánimo callan,
Y en él guarecidas hallan
Asilo en su timidez.


Por eso en órgia insensata
El disoluto mancebo
Dice: «En el licor que bebo,
Ahogo cuanto creí.»
Por eso, en placer sumido,
Dice el embriagado amante:
«Yo no creo en este instante,
¡Vida mía!, más que en ti.»


Por eso ante sus monedas
El jugador avariento
Dice con audaz acento:
«Creo en el oro y no más.»
Y por eso el pendenciero
Que el triunfo lidiando alcanza,
Dice osado a su venganza:
«Honra, satisfecha estás.»


Pero si en la noche umbría
Tras sueño inquieto despierta,
Cada sentido una puerta
A sus creencias le da;
Y duda, y tome, y vacila,
Y azorado el hondo pecho,
En derredor de su lecho
Fantasmas fingiendo está.


Su lámpara ya apagada,
Al matar la última lumbre
Dejó sombra en la techumbre,
Dejó sombra en la pared;
Cerrado dentro la alcoba,
El aire falto de ruido,
Escucha en vano el oído
La voz de la lobreguez.


En vano miran los ojos
La sombra descolorida;
Con una ilusión mentida
Vienen a topar al fin;
Doquier que avaros se tornan,
Ven una masa uniforme,
Una sombra espesa, enorme,
Que no se ciñe a confín.


La mente duda medrosa,
Los sentidos se adormecen,
Y embriagados se estremecen
Con cada nueva ilusión:
Todo en la mente se agita,
Todo en la mente se embota,
Todo en torno nuestra flota
En callada confusión.


Y a tanto mirar los ojos,
A tanto oír los oídos,
Fatigados, aturdidos,
Rumor oyen, sombras ven;
El ánima se amedrenta,
Y brotan los pensamientos
Medrosos y antiguos cuentos
Que la atosigan también.


Entonces es cuando el eco
De un cabello que tropieza
Nos retumba en la cabeza
Con chasquido colosal;
Entonces semeja el roce
De la ropa mal plegada
La voz seca y prolongada
De rápido vendaval.


Entonces es cuando el ruido
De nuestro azorado aliento
Nos parece el sordo acento,
La lejana confusión
De las invisibles alas
De aves mil desconocidas,
Que van cruzando perdidas
Los aires en rebelión.


Y escuchamos a lo lejos
Huellas de pies recelosos
Y vagidos vaporosos
Que se apagan al nacer;
Y crujen en las vidrieras
Confusos sacudimientos,
Y aullidos, gritos y acentos,
De rabia, espanto y placer.


Entonces fingen los ojos
A compás de estos rumores
Mil fantásticos colores,
Sombras y delirios mil;
Bultos que ruedan informes,
Círculos de luces bellas,
Vagas y raudas centellas,
Del miedo aborto febril.


Y fantasmas que en tumulto
Pasan, corren, flotan, vuelan,
Y se apagan y rielan
Sin tener luz ni color;
Y parece que, cruzando
Por las tinieblas oscuras,
Arrastran sus vestiduras
Con repugnante rumor.


Caprichos, menos que nada,
De esencia desconocida,
Delirios sin voz, sin vida;
Nada pueden, nada son:
Mas sin cuerpos ni colores,
Tienen cuerpos y semblantes
Que los ojos delirantes
Les prestan en su ilusión.


Les presta voz el oído,
Y movimientos la mente,
Y vienen confusamente
Mente y oído a acosar;
Y mente, y ojos, y oídos,
Con tan fantástico empeño
Alejan el blando sueño
Y empiezan a delirar.


Llenan entonces el aire
Peregrinas ilusiones
Y frágiles creaciones
De la duda y de la fe,
Donde entre iguales contornos,
Una en otra confundida,
La miseria de la vida
y la religión se ve.


Allí, entre un miedo mundano
Y entre una creencia errada,
Va una idea de la nada
o una olvidada verdad;
Y en tan cumplidas tinieblas,
En silencio tan completo,
Se transparenta un objeto
Inmenso…: la eternidad.


¿Quién no cree y quién no dada
Cuando a solas en su lecho,
En el reloj de su pecho
Sus horas contando está?
¿Quién no cree y no duda entonces
En el silencio y la sombra?
¿Quién pensando no se asombra
o que existe más allá?


Porque esos seres aéreos
Que en redor nuestro sentimos,
El rumor que percibimos
En torno nuestro bullir;
Aquel extraño delirio,
En que creemos dudando
Que hay quien nos está mirando
Sin podérselo impedir;


Ese rumor misterioso
Con-que la sombra murmura,
Esa luz leve, insegura,
Que radia la oscuridad;
Ese temor sin objeto
Que la sombra nos infunde
Y en la mente nos confunde
La mentira y la verdad;


Ese insectillo nocturno
Que nos asalta y aterra,
Que con nosotros se cierra
Importuno a combatir;
Que en monótona algazara,
En ronco y sonoro ruido,
Acosa nuestro descuido
Sin dejar de ir y venir;


Ese insecto, a quien juzgamos
En nuestra aflicción medrosa
Un ser, un soplo, una cosa,
Que nos dice no sé qué,
Un no sé qué misterioso
Que nos traspasa de miedo,
Que de un labio revoltoso
Se derrama y no se ve;


Y aquel afanoso empeño
Con que dormir procuramos,
Y con quien tanto porfiamos,
Que hace inútil nuestro afán,
Son voces de nuestra nada
Que soñando comprendemos,
Y que a gritos -si creemos-
Preguntándonos están.


Por eso, si en órgia inmunda
El disoluto mancebo
Dice: «En el licor que bebo,
Ahogo cuanto creí»;
Por eso, si en sus placeres
Dice el insensato amante:
«Yo no creo en este instante,
¡Vida mía!, más que en ti»;


Por eso, si ante su oro
El jugador avariento
Dice con seguro acento:
«Creo en el oro y no más»;
Por eso, si el pendenciero
Que el triunfo lidiando alcanza
Dice altivo a su venganza:
«Honra, satisfecha estás»,


En la sombra de la noche,
Con su corazón a solas,
Luchan con las turbias olas
De la duda y el temor:
El uno por sus festines,
El otro por su dinero;
Por su honor el pendenciero,
Y el amante por su amor.


Porque ese fugaz murmullo,
Ese crepúsculo vago,
Son el reflejo, el amago
Del final de nuestro ser:
Y dudar en el silencio,
Temer en la sombra oscura,
No es ni dada ni pavura,
Es conocerse y creer.


Que la sombra y el silencio
Reflejan la eternidad
Como la luz de los cielos
Reverbera en un cristal;
Y recordando su polvo
A la flaca humanidad,
Son clamor de nuestra nada
Que diciéndonos está:
«Creed, o velad.»


Que el no atreverse a creer
Es decidirse a dudar,
Y dudar es tener miedo
De creer una verdad;
Dudar es estar en vela,
Creer es tranquilo estar,
Y es fuerza por duda o miedo,
Puesto que tan juntos van,
Creer o velar.


Pues no es más el corazón
Que un indestructible altar
De donde nuestras creencias
No se separan jamás;
Y el jugador y el valiente,
Y el disoluto galán,
Tienen allá en la alta noche
Un momento sin solaz
En que sus vagos temores
Y su inquietud y su afán
Les están diciendo a voces
En la muda oscuridad:
«Creed, o velad.»


Que ese rumor del silencio,
Y esa ráfaga fugaz
Que deliramos que alumbra
La callada oscuridad,
Y ese temor sin objeto,
Y ese insecto pertinaz
Que zumba, y silba, y se agita,
Sube y baja, y viene y va,
y ese empeño, esa porfía
Con que en nuestro torpe afán
Procuramos el descanso,
¡Vive Dios! que no son más
Que el miedo a nosotros mismos,
Que nos impone tenaz
Creer o velar.


Es la sombra incomprensible
De ese oculto más allá
Tras de cuyo pensamiento
No alcanzamos a ver más
Que lo que envuelve la noche:
Silencio y oscuridad.

III. El amanecer.Editar

Y al fin de tanto temer,
Tanto soñar sin dormir,
Y tanto afán,
El alba esperando ver,
Cerrándose ¡sin sentir
Los ojos van.


Al menor ruido que oímos,
Vuelven a abrirse otra vez
Lentamente,
Mas apenas los abrimos,
Tornan a su lobreguez
Muellemente.


Y todavía creemos
Que sentimos y miramos
Desvelados,
Y lo que oímos y vemos
Es sólo lo que soñamos
Fatigados.


Todavía en la cabeza
Se agitan los pensamientos
Confundidos,
Y con lánguida pereza
Dejamos sus movimientos
Vagar perdidos.


Y las nocturnas visiones
Quo nuestro capricho loco
Nos fingía,
Sus medrosas ilusiones
Desvanecen poco a poco
Con el día.


Una luz tibia, insegura,
EL quicio de alguna reja
Iluminando,
Sobre la pared oscura
La luz que fuera refleja
Va pintando.


Y en el rayo fugitivo
Que se pierde en el flotante
Polvo leve,
Aquel insectillo esquivo,
Cruzando a su torno errante,
La luz le bebe.


Y pasa, y se mece, y gira,
Sube y baja, y huye, y viene
Sin recelo,
Y se pierde y se retira,
Y sobre la luz se tiene
En ronco vuelo.


De alguna torre cercana
El esquilón nos despierta
Un momento,
Y en una ilusión liviana
Concibe la luz incierta
El pensamiento.


Y el rayo del sol naciente
Y el insecto pertinaz
Que bulle en torno,
Pasan un punto en la mente
Como una sombra fugaz
Sin contorno.


Y en la duda vacilando
Si velamos o dormimos,
Nos parece
Que el sueño a que nos rendimos
Nos va la luz apagando
Que amanece.


Y pasando del dudar
Al descanso del dormir,
Olvidamos
Lo que nos vino a turbar
Y lo que pudo existir
O soñamos.


Y al despertar otro día
Ya no guardamos memoria
Ni recelo
De la inquietud y agonía,
De la fantástica historia
De aquel desvelo.


Porque así pasan sombrías
Las horas de nuestros días
Revoltosos,
Las noches de dudas llenas,
Los días llenos de penas
Y azarosos.


Las noches creyendo ver
Lo que habemos de creer
Y dudamos,
Y los días sin pensar
En lo que hemos de soñar
Cuando durmamos.


¡Oh! Verted blando beleño,
Tardas noches, en mi sueño
Al resbalar,
Y tras sueño inquieto y largo
No tenga un recuerdo amargo
Al despertar.