La colonia agrícola



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LA COLONIA AGRICOLA


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N alivio del casi ya santo domador, fué el notar un grupo de pulgas de una santa apacibilidad; seguramente aquellas pulgas serían labradores. Se había empezado a notar la falta de verdura para llenar con eficiencia, las obligaciones de los distintos sectores. Ahora no se trataba simplemente de vivir, sino de llenar la vida, y eso, aunque fuera como pretexto para olvidarse de la muerte y de los males, estaba sostenido por la vanidad y hasta vanidad después de la muerte. Muchas pulgas ya empezaban a decir, todo me lo darán cuando me muera, como a los músicos y a los pintores.


Entonces, con arados gradas, azadas y rastrillos, comenzaron a sacarle a la tierra gavillas y mazorcas. Todo parecía ir bien y se crearía un intercambio de energías sociales. No se usaría la moneda sino medida de energías. Las pulgas iban muy lejos.

Pero, el problema moral se complicó mucho, el amor trastornó el campo: a una pulga hijo llegaron a decirle que su mama se había ido con un pulgón sano y fuerte de la colonia, el mismo pulgón que usaba un pañuelo de seda al cuello, lo cual era bastante para que nadie se le resistiera. El hijo pensó: mi mamá no puede ser puta (era gente de pensamiento simple) y se trajo a la mama. El pulgón padre y esposo, estaba herido en su moral, y por la opinión del pueblo, pero debajo de una chayotera, aceptó la vuelta de la pulga pródiga, aún sin honor, por la adjudicación de los bienes, que ya la pulga ingrata había amasado con su trabajo.

También se vió un caso feo, asuntos de familia, cosa íntima feísima: un pulgón zángano perseguía a una hermana por el cafetal, ella huía, y como sufrir mata, aún a las gentes humildes, la pulguita se murió, y entonces él, infería cuchilladas a las pulgas que venían a manifestar su duelo, y a la vela nocturna.

Fue terrible para el domador, enterarse de los desarreglos de la colonia, eso de santos labradores debía ser mentira.

Y por esos días de las pulgas, ya existían pastores, y se vestían de negro. Varios no pudieron resistir las ingratitudes de la gente mala, había buenos en el pueblo, pero los malos, aunque pocos, eran irresistibles, y se había creado en el pueblo una cosa que era, "no ser nada pendejo'", lo cual significaba que había que meterse en toda riña, y no salir corriendo en el momento de las puñaladas. Además los pastores que les llegaban eran de pensamiento muy elevado, hablaban de teología, y ellos, más creían en los bosques de las noches negras.

Se envió un pastor de más humilde calidad, que les predicara en sus costumbres. Entonces, un día desde el púlpito del pequeño templo les dijo: "las mujeres se sientan en las bancas de atrás, las cuales les corresponden a los hombres, entonces los hombres como se quedan parados se resfrían el culo"'. Palabras muy eficientes para el orden interior del templo.

Además, les había dado por casarse con el pecado original muy andado, él lo evitó diciéndoles: "si me vienen con panza, nada de vestido blanco, una simple toalla, los azahares para la virginidad pero no redonda".

Al santo pastor le enviaban anónimos; un anónimo entre las pulgas era una cartita sin firma, pero que siempre dejaba adivinar de quien era. Las pulgas malas, cuando escribían un anónimo ya se habían refinado muchísimo, y gastado mucho tiempo en el estudio de la herida que habían de causar.

Bueno pues, el santo pastor recibió un anónimo que decía: lo vamos a bañar en mierda; él lo leyó en el sagrado púlpito y dijo: "el que escribió esta cobardía mal oliente; al sólo hacerlo, ya está bañado en lo que dice, y buen trabajo va a tener Satanás en los infiernos para limpiarlo.

La fuerza simple en mucho disminuyó los recaditos, en papel sin firma de pulga, pero el mal ya estaba muy arraigado en el pueblo.

Las pulgas no muy malas, le decían al pastor sus pecados, los volvían a cometer pero después de pasado un tiempo largo.

Algunas pulgas se volvieron lo que se llamaba muy meritoriamente arrepentidas.

Siempre robaban mazorcas en la mata, leche en la ubre, pero el sacerdote de palabra humilde, que oía las confesiones claras de su pueblo, era la mejor voz para llegar al padre de los cielos, y le pedía, que iluminara, como él sabía y no le era dado revelarlo, al que había perdido la yunta, el maíz, la leña, la esposa, la vaca o el arado.