Dos gotas de sudor


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DOS GOTAS DE SUDOR


E

N la frente del domador se cristalizaron dos gotas de sudor, él se las enjugó con la manga, manchada de los puntos, residuo de las pulgas. Aquellos puntos, probablemente serían suspensivos de una futura generación. La frente del domador ya era rugosa como las montañas; las ideas fijas, son movimientos sísmicos que arrugan las frentes y surcan de anillos los ojos; como las piedras que caen en los lagos. En círculos concéntricos nos vamos devolviendo a lo que es nada.

El domador de pulgas se dio cuenta, de que lo que hace falta en la vida, es solamente un impulso inicial. Ya sus pulgas no iban siendo los animalitos saltones, de patas traseras casi aladas, sus pulgas, se estaban dividiendo:

grandes masas, pequeños círculos, y hasta pulgas solas, pasándose la mano por la frente.

El domador había dado el impulso y ¡oh terror!, allí se estaba formando una generación, como las nebulosas, tan parecidas a los vientres, que amasan dentro de su seno las futuras desgracias y los futuros finales. El domador pensó en la trascendencia de las cosas redondas, la pérdida de los salientes en la vida, tal vez todo se iba sacrificando por hacerse redondo.

Dentro de aquel cuarto se estaba formando un mundo. Aquellas pulgas que perdían el andar de pulgas, y los gestos de pulgas, estaban anidando dentro de su cuerpo la ilusión, la ilusión que se había dado el brazo con la esperanza, a él esa unión no había hecho otra cosa que engañarlo, para que llevara por !a vida una carga de pesares, de daños orgánicos, y hasta un más allá, sacado de la más cruel de las realidades, de reintegrarse al polvo que redondea los mundos.

En aquel cuerpo mortal de sus pulgas, se presentía el amor, el amor con toda su cola de odios, y que él había visto, como se sintetizaba en purísimo egoísmo.

Sus pulgas llanas, a quienes lo mismo les era una pierna de reina, o de andarín pordiosero, que solamente andaban buscando la sangre, su alimento; empezaban a sentir el azote de las diferencias. Ya una selva perfumada y cuidada para la amorosa hospitalidad, no era el rincón olvidado dentro de las obligaciones diarias y trabajo mecánico.

Unas pulgas, más grandes, indudablemente eran hombres, habrían de creerse de más capacidad, sin darse cuenta de que serían humildes servidores de las pulguitas pequeñas. Los pulgones empezaban a perseguir a las pulguitas, y se creaba lo bello y lo feo, y la envidia, sería el balance de los pulgones despreciados por las pulguitas.

El deseo del domador de crear una generación nueva, solamente parecía reflejarse en un pequeño grupo de renovadores, un grupo que por su agitación parecía descontento, ese grupor a su vez se desintegraría. Siempre quedaría una masa estúpida, que aceptaría buenamente todo lo que le ofreciera una minoría.

Se crearía el pago a las entradas de los teatros, para que al hacer gastar a las pulgas, fuera con la santa resignación de encontrar todo espectáculo maravilloso. La masa de pulgas tonta, se crearía tiranos, y se rebajaría a la absoluta nulidad, a la igualdad, para darle el poder a un sólo hombre, tirano que probablemente se llamaría, “el amigo del pueblo".

Cuatro pulgones y pulguillas, decretarían las guerras, y las pulgas chivos, irían en rebaños a asesinarse contra otros infelices, cuyo único pecado era hablar un idioma diferente. ¡Ah!, pero los pulgones impulsadores de la guerra, pasarían a la historia, parte de las masas, tal vez las que se creían letradas, se aprenderían sus vidas, y creerían que aquellas pulgas estaban dotadas de poder divino.

¡Terrible! sus pulgas, tan pulga una como la otra, ya no eran las mismas pulgas ¡qué diferencia! antes organizadas por igual, del mismo principio, del mismo fin, ahora se estaban haciendo pulgas distintas. ¡Todo por su deseo de redimir pulgas! Ya su impulso estaba dado. Ahora él estaba pasando a espectador, nadie podría retornar ahora, las pulgas a pulgas.

¡Qué culpable era! ¿Por qué había él buscado tanto el parecido con aquel cuadro de familia? El padre de las barbas largas, el padre del hijo, de rayos sobre la cabeza, y de paloma...