La campana de Huesca: 34

Capítulo XXXIII
Pág. 34 de 35
La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


Que trata de cosas místicas; es quizá más que ninguno gustoso, por ser el último de los que escribió el mozárabe


Pourquoy fus ie mis en ce monde
Pourquoy ay ie prebistre Fortune
Divant de vince tres immunde.
«Les grans regretz du Prebistre Fortune, par avarice».


(Decir francés)


Mea culpa, mea culpa, mea gravísima culpa.


Ya el lector inteligentísimo habrá comprendido por qué fue la extraña desaparición de Aznar, de que dimos cuenta en el capítulo XXVIII de esta verídica historia. El cronista mozárabe suele hacer cosas como esta, que es dejar de explicar los sucesos cuando tienen lugar; y luego, al cabo de tiempo, hacer de modo que mal o bien se entiendan, sin ponerse a decirlo claramente.

Así debe de suceder ahora con el rey don Ramiro, pues dice que acabado el juicio de Dios salió del palenque, sin saber nadie adónde iba, y no vuelve a nombrarle en su relato. En nuestra opinión, harto deja entender, no obstante, a qué fue y lo que hizo, con el siguiente caso particular que fielmente trasladamos de sus páginas a las nuestras.

Al despuntar el día que siguió al de las justas, y no imaginado juicio de Dios, dice que salieron de Huesca tres hombres; montado uno de ellos, que llevaba la delantera, en una mula, y los otros en buenos caballos. El aparato no era guerrero; pero con todo, bien podía distinguirse desde lejos el relumbrar de las espadas que, los dos que montaban caballos, llevaban pendientes del cinto.

Cualquiera habría dicho que estos eran escuderos de algún abad que caminaba a su iglesia, dado que por aquel tiempo no era prudente viajar sin tan razonable compañía, aun llevando tonsura y hábitos sagrados.

Y que fuese abad el jinete de la mula, no podía decirse de seguro, porque iba muy bien embozado en una ancha capa de lana, toscamente labrada; pero lo de eclesiástico, no podía faltar en él, según el corte de su pelo y el ancho sombrero de tal que traía.

Pues es el caso, que los tres jinetes se encaminaron al cercano lugar de Quicena, y atravesando sus polvorosas y desiguales calles, se encaminaron silenciosamente por la frondosa orilla del Flumen a Mont-Aragón.

Pronto llegaron al pie de la redonda y alta montaña, en cuya cima se levantaban sus altos y almenados torreones; y dejando a la derecha la villa de Mont-Aragón, de que no quedan hoy rastros siquiera, la cual había recibido su nombre del famoso monasterio, comenzaron lentamente a subir a lo alto.

La campana de la iglesia tocaba a misa a la sazón, y sus acentos, despedidos de la alta torre del centro, donde estaba situada, llenaban el aire, produciendo un indefinible sentimiento de melancolía y devoción.

De las vecinas montañas bajaban presurosos los campesinos a oír la misa del alba en el celebrado santuario, y todo lo largo del revuelto camino que a él subía mirábase lleno de gente fiel y pecadora que acudía a implorar la gracia de Dios.

A la verdad hay pocas tan poéticas como la misa del alba en el campo; los himnos espirituales de la Iglesia se juntan con el himno universal de la Naturaleza, aquel que cantan los pájaros de la arboleda y los manantiales de las rocas, y el eco de la soledad que va repitiendo, sin olvidar ninguno, todos los murmullos y todas las voces que se levantan por las vecinas tierras.

Los tres desconocidos jinetes echaron pie a tierra antes de llegar al foso, y se dirigieron al puente levadizo, que entonces estaba echado. La hora y la ocasión los eximieron de toda formalidad, y así nuestros tres caminantes, cruzando un claustro cuadrado, que encerraba en sí un patio pequeño con arriates de flores, entraron en la única y estrecha nave de la iglesia, donde ya había bastante gente esperando la misa.

El que había traído la mula se desembozó al entrar, y se mostró vestido de monje benito; sus dos escuderos (conozcámosles por este nombre), se arrodillaron a la puerta, y él fue a colocarse de rodillas delante del altar mayor.

En el retablo había una tabla con la imagen de Jesús Nazareno, la misma que Sancho Ramírez trajo de la montaña para levantar allí iglesia y fortaleza, que fuese cuartel general, como ahora se dice, del ejército de Cristo.

Delante de aquella imagen milagrosa habían consolado sus cultas durante diez años los sitiadores de Huesca; allí también tomaron aliento para ejecutar tan gran conquista y emprender otras mayores.

El monje no debía de ignorar tales historias, según lo devotamente que tenía puestos los ojos en la imagen y la verdadera contrición que mostraba su rostro.

Oyó misa sin levantarse un solo momento; y, terminada, estuvo aún por largo rato orando. Después se encaminó a la sacristía, preguntó por el venerable abad de la casa. Uno de los acólitos le mostró un confesionario, en donde a la sazón se hallaba practicando santamente su ministerio, rodeado de gran muchedumbre de fieles, que enardecidos en cristiano celo, se disputaban el puesto con acres palabras y descompuestas acciones, no de todo punto conformes con la ocasión y el lugar, mas, no por eso, menos piadosas.

El monje fue allá, y lejos de precipitarse como los otros, aguardó pacientemente a que todo hubiesen acabado. Luego, acercándose al confesionario:

-Padre -dijo-, concededme la gracia divina.

-Hermano -respondió el abad-, gran favor me haríais con aguardar a mañana, porque en verdad os digo que me faltan ya las fuerzas. Hace tres horas que estoy aquí sentado, y tengo más de sesenta años conmigo; conque perdonadme, digo, y volved mañana, que ya oiré largamente vuestras culpas.

-No puedo aguardar más, padre. Hace tres años que aguardo la absolución, y cada día necesito más de ella. Ha muchas noches que no he dormido; voy a volverme loco.

-¡Tres años! -exclamó el abad sorprendido.

-Tres años, sí -continuó el penitente-. Yo soy un mal monje que se casó contra sus votos, y contra sus votos tuvo y gozó algunos bienes; yo soy aquel a quien mandasteis que dejara mujer y bienes para poder lograr y merecer la absolución de tantas culpas; yo soy el mal abad, que a todos los de su orden, por ser en ella el primero, debió de dar ejemplo, y al contrario, por su causa...

-Vos..., ¿sois vos? -dijo el abad, y se levantó asombrado.

-Sentaos, padre mío, sentaos, y oídme por la misericordia de Dios. Soy sólo un gran pecador que viene a pedir absolución de sus culpas. Así me otorguen su intercesión también los santos monjes benitos San Agapito y San Félix de Córdoba; y el insigne mártir San Zoíl, en cuyo honrado monasterio de Santa María de Carrión tantos consuelos tengo recibidos de Dios, cuando no había podido excusarme de la vecina prelacía de Sahagún todavía.

-Decís bien, hijo, que no hermano -respondió el abad, sentándose al poco tiempo-. Quien quiera que seáis, poco importa ante el tribunal de Dios. Acercaos, acercaos más, para que nadie nos oiga.

Y el abad y el penitente hablaron bajo por largo espacio de tiempo. Gemía el segundo de cuando en cuando; sonaba grave, lenta y alterada la voz de aquel; pero nada más se percibía.

Muy grande debió de ser uno de los pecados, no obstante, porque el abad, alzando la voz, de suerte que casi pudo ya oírse en toda la iglesia, dijo:

-Y qué, hijo mío, ¿eso imaginasteis? ¿Tanto os seduce contra vuestros votos la belleza de aquella mujer? ¿Y aun osáis decir que la amáis?

-Padre mío, sí, la amo todavía, y con toda mi alma: es un ángel. ¡Ah! Es imposible verla y hablarle sin sentir por ella el amor que yo siento.

-¡Pecador! -replicó interrumpiéndole el abad-. Mirad que estáis ante el tribunal de Dios. Mirad que es gran pecado el pensar siquiera en lo que habláis.

-¡Oh, perdón, perdón! -repuso el monje sollozando-. Me ha hecho compañía muchas noches, en mis desvelos y vigilias agitadas y medrosas; me ha asistido enfermo; me ha preguntado siempre los afanes que dejaban traslucir mis suspiros; me ha enjugado con su cendal no pocas lágrimas. Ha sido, al fin, por mucho tiempo la compañera de mis desdichas, y es madre de mi hija. ¡Me he separado ya de ella para siempre! ¡No he de volver a verla jamás!

-No basta -continuó el abad-. Procurad también apartarla de vuestra mente, y no acordaros más de ella, si queréis ser agradable a Dios.

-¡Temo, padre, que me sea imposible olvidarla! ¿No os he ya dicho también que es la madre de mi hija?

-Bastará que sinceramente lo deseéis, para que Dios os perdone y preste su poderosa protección. No os acordéis de su belleza; no os acordéis siquiera de su virtud; el enemigo es sutil y se introduce por donde menos se piensa en los pensamientos del hombre. Olvidadla, olvidadla: no hay otro remedio, ya que tuvisteis la desgracia de haberla conocido.

-En cuanto a desearlo, padre, deseándolo estoy ya con toda mi alma; no hay cosa que más desee en este bajo mundo, aunque no lo haya logrado todavía.

-Bien, bien dicho, pecador. ¿Según eso, estáis verdaderamente arrepentido de vuestras culpas?

-Sí lo estoy, padre mío. Diera mil vidas, si las tuviera, por no haber cometido la menor de ellas.

-Pues entonces -dijo el abad-, bien podéis entrar en la gracia de Dios, mediante mi absolución espiritual.

Confesor y penitente hablaron por algún rato todavía, y al cabo, levantándose aquel, pronunció con voz solemne la absolución; tanto, que llamó la atención de los circunstantes.

Un momento después, el monje benito salió de la iglesia y del monasterio, y se encaminé de nuevo a Huesca.

En una de las primeras calles dejó a los escuderos que le acompañaban, y se entró solo en la iglesia antigua de San Pedro el Viejo, aquella que tal se llamaba ya en tiempos de la conquista por los años 1094 de Cristo.

Los dos, al parecer, escuderos, se encaminaron en seguida al alcázar, entrando en él como en casa propia; y las gentes que los miraban pasar, se iban diciendo al oído:

-Ese es el conde de Barcelona con su favorito Moncada.


La campana de Huesca de Antonio Cánovas del Castillo

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI - XXXII - XXXIII - XXXIV