La campana de Huesca: 35

Capítulo XXXIV
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La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


De algunas averiguaciones y descubrimientos que no estarían de más, y omite, sin saberse por qué, el prolijo cronista


Sonar gli archi d’ un portico acuti
fa una squilla a rintocchi pereossa:
l’un con l’altro guardandosi muti
atanno i monaci intorno a uno fossa,
atteggiati di cupo dolor.


(Tomasso Grossi: Canto di un Trovatore)


Hasta aquí escribió el viejo mozárabe, cuya relación hemos seguido fidelísimamente, puesto que mucho nos haya dado que hacer con su pesadez y monotonía, y el sonsonete de antigüedad de su estilo, y, más que todo, con la mala letra gótica en que hemos hallado escritos estos pergaminos.

Trabajo nos ha costado también, y mucho, el trashojar y compulsar y revolver libros por acá y por allá, y el recoger detalles y pormenores sobre el fin de algunos de los personajes que hemos conocido en esta crónica.

La princesa doña Petronila, que, como sabemos, contaba sólo dos años de edad, quedó bajo la tutela del conde don Berenguer de Barcelona, después de unirse con él en esponsales de futuro, y de concertarse que se llevaría a término y consumaría el matrimonio en tiempo oportuno.

Y en efecto, este matrimonio se verificó, y los años adelante fueron famosos por España, y por todo el mundo, el rey don Berenguer y la reina doña Petronila, hombre aquel de gran valor y cordura, modelo esta de esposas honradas y de buenas reinas.

Y de Aragón y Cataluña se hizo entonces aquel poderoso Estado, que dio al mundo tanta envidia con sus leyes y tanto pavor con sus armas y conquistas.

Nadie hubiera creído, antes de verlo, que pudiera llevarse a dichoso término; unión que tenía por cimiento un matrimonio concertado entre personas de edad tan diversa. Pero el suceso demostró que la virtud de los príncipes y el patriotismo de los pueblos hace de ejecución fácil lo que más absurdo parece a los ojos descontentadizos del sentido común.

No hubo en uno u otro pueblo quien recordase más en adelante si era catalán o aragonés, ni se diese por vencedor o vencido, por dominado o dominante, por señor o vasallo. Y cierto que es imposible distinguir en las historias cuál de los pueblos lidió más y mejor en los ejércitos de don Berenguer y don Jaime, don Pedro y don Alfonso; cuál de ellos contaba más diestros soldados en las naves de Roger de Lauria, o en los escuadrones de Berenguer de Entenza; cúya fue la principal gloria en las empresas de las Baleares, de Sicilia y de África; cúyas el esfuerzo mayor cuando fue preciso arrojar a los franceses del otro lado del Pirineo, o ganar los castillos de Nápoles; cúyo el más acendrado patriotismo, cuando, unidas las dos naciones hermanas con su otra hermana Castilla, arrancaron entre las tres la media luna de las torres de la Alhambra. Aragoneses y catalanes corrieron el mundo buscando campos de batalla: no bien conquistada Murcia por los castellanos, se hallaron sin frontera de moros donde ejercitar su valentía, y hubieron de oír, a su pesar, el temeroso grito del almogávar los sofistas corrompidos de Constantinopla y los feroces jinetes de la Tartaria, los espléndidos barones de Atenas y los crueles jerifes de África. Siempre vencedores, jamás vencidos, sus chuzos, sus dardos, su desnudez, su miseria, dieron envidia y espanto a las más afortunadas naciones, así a las que nacían como a las que morían, lo mismo al Imperio turco que al Bajo Imperio. Siglos y siglos han pasado después de aquella unión afortunada, y todavía los pueblos hermanos no se han hartado de bendecir los nombres de sus autores, el conde don Berenguer y la reina doña Petronila.

No quedó tan glorioso el de don Ramiro, bien que viviese en San Pedro el Viejo, con muy santa vida, el resto de sus años. Cuéntase que no podía oír el sonido de la campana del monasterio, aquella campana de perdón tan siniestramente sustituida por Aznar, sin que las lágrimas viniesen a sus ojos, y salieran de sus labios algunas oraciones.

Pero es de creer, sin embargo, que allí, entre las columnas del sombrío claustro, y en las lóbregas capillas bizantinas en él enclavadas, y en el cercano cementerio de los mozárabes, se fuesen apagando sus pensamientos de amor, y sus recuerdos de doña Inés y del mundo.

Y si Dios no quiso quitarle los remordimientos de todo punto, algo, los aminoraría, por lo menos, aquella mansión devota, donde todo respira penitencia, y todo impone al alma resignación y silencio.

Porque de instante en instante debió de irse allí acortando su fantasía, secándose de momento en momento su corazón; y fuerza es que, al morir su fantasía, murieran también sus temores, y que, al agotarse su corazón, fueran desapareciendo en él los continuos dolores que antes le devoraban.

Y ¿quién sabe si le alentaría a llevar con resignación su infortunio el recuerdo por todas partes escrito en las piedras del muro, y en las losas del pavimento, de los infelices cristianos que allí iban a llorar su cautividad y miseria, en los días que poseyeron a Huesca los sectarios del islamismo? Como Dios los favoreció, al fin a aquellos, sacándolos de las manos de los infieles, pudo ciertamente favorecerle a él, librándole del peso de sus pecados antiguos.

Murió, al fin; murió don Ramiro, a solas con las piedras de San Pedro el Viejo, sin que nadie pueda ya decir cuáles fueron sus postreras palabras, ni sus esperanzas postreras, ni a quién iba encaminado el último de los pensamientos humanos que ocuparon su mente, o el último de los suspiros que por humano sentimiento salió de sus labios. Sus hermanos recogieron su cadáver, envuelto en bayetas, y con el cilicio puesto todavía, y vaciando el sepulcro de un romano, hallado entre los restos de la grande Osca de Sertorio, dentro de él lo depositaron. En aquella urna gentílica se ven representados con las acostumbradas figuras de ancianos, volcando sus cántaros, los dos humildes ríos que pasean el llano de Huesca: la Isuela el uno; el otro, sin nombre, que denomina Flumen a secas la geografía, desde los tiempos latinos. Dos alados genios parecen sostener el busto del primer vecino de aquella habitación fúnebre; quizá algún epicúreo, muerto al fin de uno de los convites cuya alegre descripción ha dejado Petronio, o en medio de los viles amores que el mismo ha descrito. Allí -¡singular capricho del tiempo!- ha permanecido el rey monje, bien olvidado por muchos siglos; hasta estos años últimos, en que los versos inmortales de un gran poeta, y la humilde prosa mía, se han ocupado en dibujar su persona.

De su esposa doña Inés se sabe que vivió también muy santamente lo que le quedó de vida, sin olvidar un momento a su esposo, mas sin quejarse por eso del abandono en que se hallaba.

Aznar se casó con Castana, según consta de unas viejas escrituras, heredándolos los reyes muy razonablemente, según la promesa de doña Inés. Y cuéntase que Aznar fue famoso siempre entre los almogávares por su valor y crueldad, y que dejó hijos que no desmintieron del padre, los cuales engendraron a otros que fueron de los más nombrados en las campañas de Italia y en la expedición a Oriente de la Gran Compañía. Mas pienso que no haya de desagradar a las lectoras el saber que Aznar, a pesar de su crueldad, trató amorosísimamente toda su vida a Castana, y que esta fue tan feliz con él como merecía serlo.

Del fin de Fortuñón, Carmesón y los demás almogávares, nada se ha podido averiguar, aunque es de creer que perecieran, como casi todos los de su laya, en alguna lid contra moros, o despeñados por algún precipicio, o enterrados en las nieves de la montaña.

Ni tampoco se sabe cosa alguna del buen monje Gaufrido, si no es que se le encontró en una taberna no bien salió del zaquizamí donde le metió Aznar tan en contra de su voluntad; y sin duda volvería a su convento, fiándose menos que solía de persona que le llamase para ejercitar sus letras.

Y casi nos atrevemos a asegurar también que en muchas ocasiones recordaría el trato que tuvo con el almogávar, echando a un tiempo de menos algún diente de los que le dejó resentidos y a punto de caer el golpe tremendo que recibiera, y aquellos sueldos jaqueses, tan prometidos como mal pagados después, por causa de las heridas del que debió de satisfacerlos.

Ramón Dapifer fue de los principales caballeros que se hallaron en el matrimonio y guerras de don Berenguer, y de los que acompañaron luego su cadáver, cuando vino, haciendo milagros, y en olor de santidad, desde Italia a Barcelona. Lo que prueba que murió muy viejo.

Pedro de Fivallé tuvo un descendiente harto más atrevido que él, y que ha dejado memoria en Cataluña de esforzadísimo, patricio.

Ruderico tomó órdenes sagradas, y fue canónigo andando el tiempo, sospechándose que lo pretendiera, más que por otra cosa, por satisfacer su afición a las golosinas y a los buenos bocados. Y aunque no hay bastantes datos para afirmarlo, sospéchase también que él fuese el paje que dio el pergamino del abad de Tomeras a Férriz de Lizana, mediante ciertas monedas de plata; lo cual probaría, siendo cierto, que era venal de suyo, y que no se contentaba con ser tercero de amor, sino que servía a todo el que bien le pagaba sus servicios. Cosa reprensible, sin duda, que obliga a decir la imparcialidad severa de la Historia.

Del abad de Mont-Aragón, algo también se ha de contar, que puesto que no sea personaje muy importante en este caso, la fortuna nos ha favorecido, deparándonos el hallazgo de cierta hoja suelta, en pergamino, que contiene una curiosa noticia de su vida. El hallazgo fue en una tarde de septiembre, durante la cual andaba yo, el humilde copista de esta crónica, visitando, en compañía de cierto amigo mío, las ruinas de Mont-Aragón.

Debajo de una gran torre de piedra, que permanece intacta, y que, al parecer, sirvió de campanario, hay una habitación que debió de ser la sacristía, con labores góticas de no mal gusto. Picome la curiosidad aquella sacristía, y más las labores, porque la iglesia, aunque tan antigua, como restaurada después en tiempo de gran corrupción, no muestra cosa alguna respetable y digna de atención por su antigüedad o mérito artístico; y entrando en la sacristía, no sin dificultad grande, porque estaba a medio tapiar y llena de escombros, de entre ellos alzó mi amigo, que no yo, la hoja a que me refiero, desprendida, sin duda, de algún librote que por allí anduvo.

Aquella hoja rezaba que en el año no sé cuántos, porque estaba muy borroso, de San Benito, y de la era de Mont-Aragón, estuvo el rey don Ramiro a hacer confesión general de sus culpas, y recibió la absolución de mano del santo prelado Fortuño, abad de la casa; y que en este hizo tanta impresión aquella conferencia, que mientras le duró la vida, no dejó de arrodillarse un solo día en el claustro, a la propia hora en que se verificó, orando muy devotamente por la salvación del rey monje.

¡Dios haya oído al santo prelado!



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