La campana de Huesca: 33

Capítulo XXXII
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La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


Donde se pone tan en claro como suele andar el sol a mediodía que fueron aleves los ricoshombres


Il frappe si fort que la pointe tout entière sort de l’autre côté.
...Il lui brise l’écu et lui rompt les mailles du hambert
lui fait entrer dans le corps les pans de son gonfanon,
et, à pleine lance, l’abat mort des arçons.


(La Chançon de Roland)


Abajan las lanzan delant’los corazones...
Martín Antolínez, metió mano al espada.


(Poema del Cid)


-¡Oh, alma fuerte e ingenio de buen humor! -no sin razón exclama al comenzar este capítulo el cronista. Nadie en lo uno ni en lo otro igualó jamás, como el romance dijo, a


¡este conde don Ramón
flor de la caballería!


Ninguno de los espectadores del reto contaba ya que hubiera quien lo aceptase, cuando


ya que el plazo se cumplía
armado de todas armas,
bien a punto se ponía,


el inesperado campeón que al fin había de venir a batalla con los retadores.

Pero no bien sonó la trompeta del conde, todos comprendieron antes de divisarle que alguien acudía al campo. De allí a poco entró ya el que se daba por retado en el palenque,


en un caballo morcillo,
muy rijoso en demasía.


según viene a decir el texto original del romance en la crónica, seguido de un fiel de fechos o notario de Huesca, que parecía de mal talante y como si antes que el propio gusto las amenazas le trajesen. Todos los ojos, añade el mozárabe, se fijaron en el campeón, pero ninguno supo conocerle.

Venía sin mote ni divisa, trayendo el puntiagudo bacinete o casco normando, que fue de general uso antes de las Cruzadas, encima de la capucha de aquella cota de malla primitiva, forrada de anillos gordos y toscamente juntos, que antes que en otras naciones debieron de tomar de los árabes que la inventaron nuestros guerreros españoles. Bajaba por delante del bacinete hasta tocar con el labio superior por medio de una pieza de hierro, que formaba parte intrínseca de él, ancha cuanto la distancia entre ojo y ojo, y más hacia la boca que hacia la frente, con lo cual, y el embozo de la capucha de malla, que subía hasta el labio inferior, defendiendo casi totalmente las mejillas, ocultábase el rostro de manera que era dificilísimo dar por él con la persona. El escudo era alto, no muy ancho y en forma de cóncavo canalón, al modo romano, con el cual hasta la misma barba se cubría. Cosa sabida es, sin duda, que los hombres de armas entonces no se solían encerrar totalmente la cabeza en hierro, como hicieron después, a la usanza de los antiguos gladiadores.

Mientras todos se fijaban inútilmente en el recién venido, llegó este al sitio donde estaban los mantenedores, y, con majestuoso continente y reposada voz, dijo:

-Tened por alzados del suelo todos esos gajes, caballeros, y quien quiera de vosotros ser primero en la lid, salga adelante.

-Don Jaime -gritó al paladín que se movió antes otro de los que venían con él-: tened, y averigüemos primero si ese hombre no es persona vil, sino nuestro igual, y con quien podamos venir al juicio de Dios, sin contravenir a los buenos fueros y costumbres de Aragón.

-Y ¿cómo sé yo que vosotros seáis mis iguales? -replicó el recién venido con firme acento-, ¿ni quién os mete en averiguar si soy caballero o no, cuando yo no sé si sois personeros, que aquí asistís contra fuero, si agraviados, si deudos, ni he preguntado siquiera vuestros nombres, cuanto más vuestros linajes? Digan luego las obras quién somos.

-Bien habla, valeroso don García -repuso el don Jaime-; que puesto que nosotros no estamos para descubrirnos, ni hace falta, por fuerza hemos de aceptar el combate tomando por igual nuestro a cualquiera en este trance. Demás que todo vasallo puede, en ley de caballería, sacar la cara por su señor si está este impedido para aceptar un reto, y bien sabe Dios que lo está el que sin duda ordenó las injustas muertes.

Y no hubo más sino que rasgó luego don Jaime su largo capuz, quedando, no en armas lucidas, como Arias Gonzalo en parecida ocasión, sino, con cota de armas de negro cuero, cubierta, por defensa, de espesos anillos de hierro cosidos a la misma piel en figura de gruesas lentejas. Montó en el caballo arzonado de negro también, que le presentó su escudero, tomó de él la lanza, que llevaba una seña a manera de grímpola igualmente de jerga negra, embrazó el triangular escudo normando, y trotó hasta plantarse enfrente de su adversario.

-Paso, paso, no ha de ser así, sino con sujeción a las reglas de caballería, leyes y fueros, este encuentro y batalla; paso, si queréis tener seguro el campo, como buenos caballeros.

Así gritó en aquel propio punto a los contendientes uno de los dos jueces de la estacada, los cuales de antemano sabían por el mensaje del conde que el rey daba licencia para la lid, y que, bien que elegidos sólo para intervenir en el juego de armas corteses, también eran hombres de espantarse de los verdaderos hechos de armas, ni de excusar su oficio en formales y sangrientas ocasiones. Tiempos eran estos en que con frecuencia solía suceder, como dijo luego también el romance, aquello de que


las cañas se vuelven lanzas.



No podía ser de otro modo, ciertamente, cuando el valor y la fuerza eran la ley común de las cosas humanas y todo, por uno u otro camino, se sometía a su imperio.

Detuvieron con dificultad ya el arranque a los poderosos bridones que montaban ambos contendientes; mientras, se les tomaba a ellos y todos los demás paladines el juramento de no traer hierbas, ni armas encentadas, y el de tener por justa su causa, y se daba una grita y pregón ordenando lo siguiente: «Que ninguno fuere osado, por cosa que sucediere a cualquier caballero, de dar voces o aviso, o menear mano, ni hacer seña, so pena de que por hablar le cortarían la lengua, y por hacer seña le cortarían la mano».

Hecho esto, los propios jueces o fieles mandaron sonar toda la música que allí había, con grandes estruendos y en el rasgado tono de romper batalla; y un rey de armas gritó tres veces, y arrojando a la última uno de sus propios guantes, el laissez aller.

Entonces, lanza en ristre, partieron a encontrarse los dos caballeros; con tan triste suerte para el de las negras armas, que, dándole su adversario por el poco espacio de rostro que en aquellas armaduras quedaba indefenso, le metió todo el hierro por el ojo izquierdo hasta los sesos, haciéndole saltar el ojo del casco, y dejándole clavado un palmo de su lanza rota.

La curiosidad con que hasta entonces asistió al imprevisto caso el auditorio, se convirtió de repente en admiración o espanto. Nadie, sin embargo, se atrevió a aplaudir al vencedor, por compasión al caballero infeliz, que tan pronto había mordido la tierra.

En este punto dijo el conde a grandes voces, disimulando cuanto pudo la voz, algo parecido a aquello de


-Esto os haré conocer,
ansí como estoy armado,
y lidiaré con aquellos
que no quieran confesarlo,
o con cinco, uno a uno,
como en España es usado.


o con todos -añadió dejando ya el romance- cuantos mantengáis que fueran homes buenos los magnates castigados.

Pero no bien había pronunciado tales palabras y, cual suele decirse, en un abrir y cerrar de ojos, otro guerrero negro ocupó el lugar del muerto. Ni tardó en oírse nueva señal, ni tardaron en partir los caballeros; mas no se encontraron en las dos primeras carreras, por culpa del caballo que traía el de las negras armas, que no quiso arrancar derechamente, por más esfuerzos que su jinete hizo para ello. Al cabo se toparon a la tercera vez, y con no menor fortuna para el que pleiteaba en contra de los ricoshombres; porque hiriendo a su contendor en medio del pecho, resbaló de allí el hierro y le entró por debajo del sobaco izquierdo, donde no traía hierro el desdichado, sino sólo cuero, por lo cual le hizo una grande herida, pasándole un buen trozo de lanza de parte a parte el antebrazo, y derribándole con la fuerza del dolor en tierra.

Al ver que el hierro de la lanza rota le salía por el pecho y la espalda, y notar que no movía brazo ni pierna, los circunstantes le tuvieron también por muerto. Pero el rey de armas y un faraute le cataron o registraron, hallándole con herida que no parecía mortal; bien que por la respiración y el pulso comprendieran luego que, al caer del caballo, había perdido el sentido del golpe que dio con la cabeza en tierra.

Diose naturalmente por vencido a aquel segundo retador; y el pueblo, libre esta vez de parecer angustiado, se dejó llevar de su afición, prorrumpiendo en clamores de aplauso al caballero sin divisa. Como ninguno llevaba el solitario campeón, y sus contendores traían todos un moñudo fénix multicolor en la cota de armas, comenzose a apellidar a aquel así por todos lados desde entonces. Luego, tras los aplausos al vencedor, vinieron vayas de desprecio al malhadado escuadrón de los capuces. Todo en su caso y lugar como en los toros de ahora.

-Callad, villanos -dijo uno de los enlutados-, que ya haré de modo que por mi persona rescate los pasados vencimientos.

Y quitándose el capuz, cual sus predecesores, y tomando caballo y lanza, se adelantó a ocupar el puesto del recién caído, sin que por el orden en que estaban le hubiese llegado la vez.

Sonaron de nuevo atabales y trompetas, oyose otra vez el laissez aller, y los caballeros partieron uno contra otro. Al recio encuentro, volaron las lanzas en trizas, pero en esta ocasión sin que ni uno ni otro vacilara en los arzones.

Una aclamación inmensa se oyó por todas partes viendo ya igualado, al parecer, el combate; y el general interés se acrecentó con esto todavía más.

Volvieron a arremeterse los caballeros con nuevas lanzas, y también las hicieron astillas, y el furor de ambos fue tanto, que, precipitándose uno sobre otro en la carrera, llegaron a chocar sus propios cuerpos, estando en poco que del encuentro no midiesen los dos el suelo.

Fue este contendedor de los quince el que puso por algún espacio el juicio en duda, pero también cayó al cabo, y según dice casi textualmente la crónica, que lo más de este capítulo lo pone en versos de los que con cortas variaciones se leyeron después en los Romanceros.


siete lanzadas tenía
desde el hombro al calcañal,
y otras tantas su caballo
desde la cincha al pretal;


que eran hartas señales para probar el encarnizamiento con que allí peleó el vencido.

Otros dos ocuparon el puesto de los caídos, y por modos diferentes sucumbieron; pero el vencedor, después de haber derribado los cinco jinetes, que el uso de España le obligaba a rendir por sí solo, comenzó a moverse algo tardamente, cual si le aquejase la fatiga. Muchos del concurso comenzaron a clamar, a voces, sin respeto al pregón, que el retado había ya de sobra cumplido con su deber y que el lidiar con más de cinco, era, con efecto, contrario a nuestras leyes de caballería.

-Por San Jorge -dijo, entre tanto, uno de los catalanes, con quien poco antes hemos trabado conocimiento-, que no hay mejor lanza que esa en todo el mundo, y es gran dolor que su mala causa no nos permita ayudarle.

-¡Mala causa! -respondió el barbinegro, que tampoco nos es desconocido-: mirad si puede serlo una que consiente a su campeón derribar cinco honrados caballeros tan seguidos. No he visto igual caso en mis días.

-Tampoco he visto yo -repuso otro- que Dios deje tan solo a quien defiende buen derecho: el campeón valiente es, sin duda; pero claro está que Dios quiere que muera. ¿Ni cómo es posible que él sólo resista tantos encuentros? Reparad en su maltrecha y mohína apostura; quizá el primer hierro que dé en él le eche por tierra. Y ¿quién ha de tomar ya su demanda?

-Yo -dijo el barbinegro, levantándose súbitamente-. ¿No reparasteis en aquel postrer bote de lanza? Pues para mí tengo ya quién es el que los sabe asestar así en caso de apuro: dame eso indicios de quién sea el buen caballero, que ha desaparecido de otro lugar, tiempo hace, y está comprometido en la liza más de lo que pensáis todavía. Y puesto que no hay rey que mande cesar esta lid desigual, allá voy yo cuando menos, si no a vencer, a sucumbir también en la demanda.

-Pero reparad que si os conocen corre gran peligro vuestra persona: aquí mismo es, en este tablado, y parecíame a mí ya imprudencia que estuvieseis -le advirtió en voz baja un circunstante.

-No importa -respondió el determinado caballero secamente, y partió cual un rayo.

No muchos momentos después, ya no era uno, que eran dos los caballeros opuestos a otros tantos acusadores vestido el segundo con armas casi idénticas al primero. Y como si un mismo pensamiento hubiese brotado en dos personas a un tiempo, o la fortuna quisiera de una vez ponerse al lado del solitario caballero, antes que aquel nuevo campeón, que destrísimamente peleaba, y se revolvía también en un brioso alazán, rompiese lanza, apareció en su favor otro tercero, no de tan apuesto continente por cierto, ni tan bien armado, ni mucho menos tan hombre de a caballo cuanto sus compañeros, pero en la apariencia no menos ardido y esforzado. No traía este ningún linaje de casco o celada, sino la capucha sola del largo saco moruno de malla de hierro, que le pasaba de las rodillas, espada corta, mucho más que la de los demás contendores, y tosco calzado. Ágil a maravilla en su persona, todo lo más parecía hombre de armas de cualquier mesnada, que no particular y buen caballero.

Pero nadie estaba allí para reparar en tales menudencias. Ni siquiera tomaban ya los jueces del campo los usados juramentos. Todo el mundo simpatizaba con el caballero que de por sí solo había tomado a su cargo tamaña empresa, y tan lucidamente la llevaba hasta allí a cabo. Quienquiera, pues, que acudiese en su favor, seguro estaba de ser bien recibido, así por los jueces del campo como por el vulgo. A la verdad, los primeros, y la generalidad de los cortesanos, desde los principios entendieron bien la importancia política de aquel juicio de Dios, sobre todo los catalanes, tan interesados por la causa de la reina niña y del conde. Hasta se susurraba ya, por todas partes, que este último y no otro era el solitario y valerosísimo campeón. Los tres retadores, en suma, contaron de allí adelante con casi universal aprobación.

A todo esto, y mientras que sus dos auxiliares en traban en liza, el sin divisa tuvo que pelear con otros dos. Grande fue la fortuna con que dio todavía. Después de derribar a los cinco primeros adversarios con no muchos motes de lanza, según se ha visto, partió tres veces sin resultado contra uno de ellos, y hubo de poner mano a la espada. Valiole para echarle por tierra sin sentido de una gran cuchillada de revés sobre la capucha de la cara, el que su adversario esgrimía el hierro con mucha menos destreza que él y parecía menos suelto en el manejo del caballo. Con el otro contendiente hizo también un falso encuentro, y sin duda atribuyéndolo a culpa de su caballo, que no arrancaba como al principio, echó pie a tierra. Viose, con efecto, que el rendido era el caballo antes que no él, porque espada a espada combatió con aquel nuevo adversario hasta rendirlo, con muy graves estocadas, sin muestra de flaqueza. No obstante, a los peritos en casos tales no les cabía duda de que también él estuviese cansadísimo. Por eso, sin duda, los más valientes de los acusadores tuvieron algo a menos medirse con él y fueron en adelante a buscar a los que llegaban de refuerzo, de suerte que no se las hubo ya sino con otros dos de los más jóvenes y más flacos.

Cuando hubo vencido a pie al último de ellos, y héchole desmentir puñal en mano de su acusación y demanda, volvió los ojos en derredor buscando para sí nuevo enemigo, pero no encontró ya ninguno.

Sólo vio aún en pie a dos de los caballeros acusadores que todavía lidiaban desesperadamente con sus dos compañeros.

De estos el uno permanecía montado, y peleando lanza a lanza el otro tenía su caballo a pocos pasos tan sano y descansado, como si no hubiera llegado a servirse de él, y combatía a pie con la espada. El sin divisa, apoyado sobre su espada, roja de sangre la espuela que manaba de la ijada del caballo allí cercano, rojo también el petral y la cincha de este, y casi hecho pedazos el freno, se puso entonces a observar los diversos trances de aquella doble lid, en que bien podía tocarle parte todavía.

-Malsín -gritó de pronto, al ver que uno de los del fénix venía a toda rienda sobre el que peleaba a pie-. ¿Cómo no tiras la lanza, y del caballo te derribas y peleas de espada a espada con ese buen caballero que tienes delante? ¿Así osas lidiar con ventaja delante de hombres honrados?

No debía de ser muy grande con todo la que el interpelado alcanzara así, porque en aquel momento mismo fue vencido por su adversario.

Este esperó a pie firme el arranque del caballo, bien embrazada su rodela de cuero, y, hurtando el golpe de lanza. Dando luego instantáneamente un salto, sepultó su espada, hecha ya una sierra de tantas cuchilladas como a diestro y siniestro repartiera en el pecho del bruto generoso, que cayó al suelo, no sin aprisionar con su cuerpo al jinete, que no pudo levantarse sin dificultad, ni se habría levantado de ningún modo a no tardar algo, cual si tuviese herida que gravemente le molestase en el cuerpo, su adversario.

Muchos del concurso, avezados a tales ejercicios y combates, en voz alta se maravillaban de la extraña resolución del campeón, que, sin motivo aparente, se había derribado en el primer encuentro del caballo, tirando lejos la lanza, y más todavía de que por aquella propia manera hubiese vencido a sus dos primeros adversarios. Y, lo mismo que sobre estos había caído luego como un rayo, en bastante parte descubierto, para no ofrecer, según sabemos, en casos tales, defensa alguna, pensaban que haría con su tercer contendedor, matándole fácilmente.

Pero este último, a quien tan inesperadamente había apostrofado el conde, era hombre qui moult fu grantz, según observó uno de los espectadores, al parecer francés. Fiado, pues, en su aventajada estatura y grandes fuerzas, echose sobre nuestro campeón de a pie y dio con él al punto en tierra, poniéndosele encima. Todos le juzgaban ya vencedor, cuando el caballero transpirenaico, que debía de tener perspicaz la vista, dijo, tornando la cabeza a los que tenía detrás:

-Un costel prist a son costé... en ad frappé.

Y muy poco después:

-En son corps lui ad embatu per force le cotel agu.

Todos, sin saber el francés de entonces, se hicieron bien pronto cargo de lo sucedido, porque instantáneamente se puso el que parecía vencido en pie, haciendo a todos patente su victoria.

Y entre tanto, el otro caballero mantenedor había dado al primero de sus contrarios tan gran herida de lanza, que le falseó todo el escudo, y le quebrantó el arzón de la silla, parando al jinete tal, que después de bambolearse unos instantes, cayó al suelo, donde, estuviéralo o no, parecía muerto. Al segundo, a quien se le encabritó en un encuentro el caballo, le alcanzó su lanza por las faldas de la cota de armas, de ambos lados abiertas, según el uso, y caídas a un lado y otro del arzón por iguales partes, atravesándole el muslo, y la silla hasta penetrar en el cuerpo del bruto, el cual se dio a correr desbocado por el campo. Persiguió al desventurado caballero su enemigo, espada en mano, hasta que, perdidos los estribos, y saltando su caballo por las tablas que cerraban el palenque, quedó aquel echado del campo, y por consiguiente, vencido.

Al punto en que se puso a observar el conde el estado del combate, peleaba su primer auxiliar con el postrer caballero del fénix, que podía tocarle en suerte, al cual bien poco después de soltar el capuz negro, y tomar armas y caballo, le desarzonó de un soberbio golpe de lanza; pero estando su contrario muy en sí, todavía hubo de luchar con él cuerpo a cuerpo, y no queriendo desmentirse después, dio lugar a que con la daga de misericordia lo matase.

-¡Dios mío! -exclamó el primero de los mantenedores cuando vio aquel último trance de la contienda-, ¿quién es ese que así maneja las armas? -y dirigiéndose al victorioso jinete, le dijo-: Paréceme que nos conocemos, y que sabéis harto por quién habéis lidiado, señor caballero; ¿no podríais decirme, pues, vuestro nombre?

-No he de decirlo, mi señor, sin que me concedáis antes el perdón que pido.

-¿Perdón decís? ¿No acabáis de merecer mi agradecimiento y el de todo Aragón, con ayudarme a mostrar que fue justo el castigo de los rebeldes vasallos del rey? ¿No os debo a vos y al que está con vos la vida, porque de cierto no habría podido ya resistir muchos encuentros?

-Mas es, señor, que he sido yo como quien más rebelde.

-Y ¿no pensáis que acierte a excusar mi buena amistad vuestra mala rebeldía?

-Pero es, señor, que también he sido ya amigo y amigo ingrato.

-Para mí, sin duda.

-Para vos precisamente.

-Luego sois... Sois Dapifer... Sois don Guillén... Ya veis que no he olvidado vuestras lecciones en armas... ¿Mas qué me habláis de perdón? Con lo que por mí habéis aquí hecho, no sólo lo pasado se me olvida, sino que nuevamente os cuento por amigo. Mi senescal sois, y demás tened por vuestra de ahora para adelante la villa de Moncada, a fin de que en ella fundéis apellido y casa ilustre que recuerde al mundo la gran parte que habéis sido para acabar esta jornada. Devuélvoos, en suma, toda mi gracia... De vos depende, el Dapifer, alias de Moncada, no perderla ya nunca más.

Dicho esto, tendió su mano, que Dapifer se arrodilló delante del concurso para besar. Al propio tiempo se quitó el bacinete el conde, y gritó todo el pueblo entusiasmado:

-¡Es con efecto don Berenguer! ¡La flor de la caballería! ¡El príncipe de Aragón! ¡Es el rey de Aragón! ¡El conde de Barcelona!

Tales eran los gritos diversos.

Don Berenguer, en el ínterin, sin hacer alto en ellos, se dirigió hacia el otro caballero, que estaba en pie y con su capuchón de malla calado todavía.

-Y vos -le dijo-, ¿quién sois que tan valerosamente me habéis asistido también?

-Soy, señor, uno que merece perdón por haber usurpado, aunque sin gran fortuna, el nombre y prez de caballero. Pero ¿quién sino yo debía poner, señor, su pecho al fallo de este juicio de Dios? ¡Perdonadme!

Y descubriendo entonces el rostro, se vieron claras en él las pálidas y flacas facciones de Aznar.

-Caballero te he de armar yo ahora mismo -dijo el conde-, ya que tanto tu valentía lo merece. Pero..., ¿cómo osaste venir a pelear tan mal parado y enfermo? Dígote que bien te cuadra por esto sólo ser caballero, y has de serlo en este punto y hora.

-No en mis días, señor -respondió Aznar-. No sientan bien espuelas de oro en los hombres de mi laya; esta tarde misma he tenido que tirar la lanza y dejar el caballo, porque no sé pelear sino al modo que me enseñaron mis padres, y con él me va bien, y no quiero aprender otro, aunque sea el de personas que valen mucho más que yo por las armas. Almogávar he de ser, si lo permitís, toda la vida.

-Pues sé, y haz lo que bien te plazca -respondió el conde-, que para ti, Maniferro, he de ser yo siempre de todos modos, en cambio, y el mismo caso he de hacer de tu valor con hábitos de caballero, que con esotros humildes que sueles traer.

La ira había ya desaparecido de los ojos del conde, y en compañía de Dapifer y de Aznar se salió sonriendo del palenque; mientras las turbas del pueblo se retiraban pensando generalmente:

-«¡Bueno es esto del juicio de Dios! Ya no puede quedar a nadie duda: ni hay más sino que eran de verdad aleves los ricoshombres».

A la par de esto, un buen caballero de Aragón, y diz que deudo de más de uno de los muertos ricoshombres, decía a otro de sus iguales tristemente y acariciando sus canas barbas:

-Por las armas queda ya averiguado haber ellos cometido mal caso. ¡Ah malsines! ¡Quién lo pensara en tan bien nacidos caballeros como eran!

Poco a poco fue dispersándose luego el gentío, y ocupando solas el suelo, como el espacio, las tinieblas; porque apenas había ya dejado tiempo para acabar aquel suceso el día.

Cuando soltó don Berenguer en el ínterin su caballo y subió al tablado lujoso donde habían quedado los reyes, halló todavía allí, rodeada de olorosas antorchas, a doña Inés, que le dio gracias colmadas con una sonrisa de profunda melancolía; y a la infanta, que más cándida y linda que nunca, se puso a juguetear con sus armas: las mismas armas que acababan de mantener la autoridad de su corona. Don Ramiro había desaparecido por su parte, y al notarlo, dijo don Berenguer a uno de sus continuos y familiares:

-Lástima es, porque con esta lealtad espontánea de mi Dapifer, tan opuesta a la tenaz deslealtad de sus vasallos, le habría acabado, sin duda, de enseñar y mostrar todo lo que para regir bien su reino le ha faltado.


La campana de Huesca de Antonio Cánovas del Castillo

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