La campana de Huesca: 32

Capítulo XXXI
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La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


Donde se relata un famoso reto y desafío que, cuando menos se pensaba, tuvo lugar en la renombrada ciudad de Huesca


Por eso fueron traidores
en consejo, hecho y dicho:
por eso riepto a los viejos,
por eso riepto a los niños...
Riepto el pan, riepto las carnes,
riepto las aguas y el vino,
desde las hojas del monte
hasta las piedras del río.


(Reto a los de Zamora)


A la Emperatriz pregunta
le responda por su vida
¿quién era su caballero?


(Romance del Conde de Barcelona)


Los gritos y voces que se oyeron en el alcázar significaban que traían ya en triunfo a la tierna princesa doña Petronila desde la casa del difunto Miguel de Azlor.

El conde de Barcelona la hacía vitorear de los señores de su comitiva; seguíala el pueblo con antorchas, y derramando juncias y flores: todo era júbilo y entusiasmo en derredor de la augusta niña.

-¡Viva Aragón! ¡Viva Cataluña! ¡Viva la nueva reina doña Petronila! ¡Viva el buen príncipe don Berenguer! -tales eran los clamores por todas partes.

Don Ramiro y doña Inés se levantaron a un tiempo, y volaron al encuentro de su hija, olvidándose por un momento de todo al verla y oír las dulces palabras con que sabía ya nombrarlos.

¿Qué tiene de extraño? Al fin, con remordimientos y todo, eran padres.

Y por más que fueran grandes los extremos que en esta ocasión hiciesen don Ramiro y doña Inés, de seguro los lectores de esta historia podrán de por sí imaginarlos, sin necesidad de que empleemos en ello tiempo y tinta.

Después del de aquellas vistas vino el día de los contratos entre el rey don Ramiro y el conde don Berenguer de Barcelona; y luego la jura y coronación, que fueron semejantes a aquellas otras, con cuya relación comienza este libro, bien que más bulliciosas y alegres.

Verdad es que ahora faltaban los mejores ricoshombres aragoneses; verdad que las más notables familias de Huesca estaban sumidas en dolor profundo, y algunas anegadas en llanto.

¿Pero qué le importa nunca al pueblo del dolor de los potentados?

¿Ni qué había entonces de común entre los pobres burgueses, que, sin saber bien por qué, reían y cantaban, y los ricos y poderosos nobles, que con harta razón lloraban y gemían?

Bien dijo el viejo Lizana, tan diestro en todo, menos en evitar la muerte: bien dijo que los burgueses de Huesca eran como los almogávares, enemigos de los ricoshombres, por más que no osasen mostrarlo tan a las claras.

De tal suerte nos suelen representar las viejas y nuevas historias, divididos entre sí a los altos y a los bajos, a los nobles y a los plebeyos, a los ricos y a los pobres, conteniéndose unos por otros, y unos a otros oprimiéndose, hasta dar lugar a que los dictadores o tiranos los igualen en humillación y servidumbre.

A la verdad, no puede llamársele a don Ramiro tirano; y el pueblo de Huesca antes se inclinaba a su causa, aun desdeñándole, que no a la de los ricoshombres, a quienes no podía menos de admirar con frecuencia: no sin culpa de ellos, que no sabían ser afables como valientes, ni justos y modestos, cuanto poderosos en oro, tierras y armas, o ricos en reputación y servicios.

Por su culpa asimismo los aborreció tanto Aznar; por culpa de ellos el hijo de la montaña movió su brazo al hecho terrible que había estado hasta allí pagando con su propia sangre, en el lecho del dolor donde le hemos visto, sin otra compañía que la de Fortuñón y Castana. ¡Fue uno de aquellos magnates tan despiadado para su hermano!

Si los plebeyos hubieran seguido siempre la voz de los grandes, si en todas partes los grandes hubieran sabido atraerse el amor de los plebeyos, jamás el despotismo monárquico habría pesado sobre el mundo, y todos los pueblos tendrían lo que tiene hoy alguno: libertades tradicionales, veneradas, eternas.

Pero nos apartamos de nuestro propósito: estamos extractando una crónica novelesca, que no componiendo discursos políticos.

Íbamos, pues, por la jura y coronación de doña Petronila y don Berenguer, como reyes de Aragón, y no habíamos salido, ni teníamos a qué salir, de los vicios muros de Huesca.

Dio don Ramiro al conde el reino tal como a la sazón estaba y había sido adquirido y poseído por don Sancho, su padre, y los reyes don Pedro y don Alonso, sus hermanos, recomendándole encarecida y piadosamente sus tierras y súbditos. Y obligolos juntamente a ellos, bajo juramento, a guardar siempre la vida y cuerpo del conde, sin ningún engaño, y obedecerle en todo por la fidelidad que a su hija debían como natural señora. Dicho se está que juró en cambio el conde no enajenar parte alguna del reino, y mantener en su fuerza y vigor los fueros, usos y costumbres de sus nuevos vasallos; que no eran gente los aragoneses, aun desacordes y mal unidos como a la sazón andaban, para sufrir que los gobernase hombre que no ofreciese respetar y guardar sus heredadas leyes; aquellas que el consentimiento común daba por justas y venerables.

Por la tarde del día, de clara y venturosa memoria, que ya se llamaba de la abdicación, acudieron los reyes viejos y los reyes nuevos a las usadas justas y ejercicios caballerescos, que más que nunca parecían indispensables en tamaño caso.

Inmenso pueblo rodeaba las entradas, y muchos hidalgos y damas de pro ocupaban los escalones sobrepuestos al palenque, con tal ocasión levantado.

Y eran ciertamente las damas más ricas y hermosas y los más apuestos galanes, no ya de aquellos contornos, sino de toda la montaña pirenaica, y aun de Zaragoza y Barcelona, las que embellecían, o los que coronaban, los andamios. Hasta muy bien mediada la fiesta, nada de particular había acontecido todavía. Sin rumor notable, o percance desdichado que turbasen el ¡Viva la gala! con que asordaban el aire los farautes, ni la alegría del pueblo, tenían ya probadas su gallardía y destreza los mejores caballeros allí presentes de Aragón y Cataluña.

-¡Bona carrera, bona carrera! -gritaban los últimos con frecuencia.

Veíase al par que los justadores aragoneses quedaban muy por debajo de los de la comitiva del conde de Barcelona; con lo cual no faltaba quien para al recordase a los muertos ricoshombres.

-¡Com arremet! -decía a lo mejor un catalán-. ¡Com dona les sperons! ¡Comporta les cames! ¡Y com lo cors sobre la sella!

A lo cual Contestaba cierto aragonés que lo oía con impaciencia:

-¡Oh, si estuviese aquí nuestro Roldán!

-Aun Férriz de Lizana daría harto que entender a los catalanes, con ser sus años tantos -añadió alguna vez otro vecino.

Pero no se oía por de pronto más. La multitud indiferente siguió aplaudiendo a los vencedores y saludando con vayas y desdeñosos motes a los vencidos; ya cuando en un juego tiraban los caballeros al tablado, ya cuando en otro corrían sortijas, ya cuando rompían lanzas sin hierro, repartidos en contrapuestas cuadrillas o escuadrones. Y fueron sobre todo celebrados los caballeros que alanceaban toros, ejercicio poco usado aún, y que se tenía por invención del Cid en ciertas antiguas fiestas de Castilla. Hasta hubo plácemes y vivas para los ciegos que, vendados los ojos, y armados de sendos palos, salieron a perseguir cerdos, haciendo suyos los que tocaban; regocijo con que a modo de moderno sainete se daba lugar al descanso de los caballeros.

De repente el son estridente y robusto de una trompeta sarracena hirió y maravilló los oídos de los circunstantes.

Todos miraron de acá para allá sin acertar nadie con el motivo de aquella novedad extraña, cuando vieron entrar por las puertas del palenque precedidos de un escudero con larga trompeta, horquilla para apoyarla en el punto de tocar, y arrastrando grande luto, hasta quince encapuzados de negro, que traían sendos caballos detrás con arzones igualmente negros, altas y puntiagudas lanzas y escudos triangulares con un fénix por divisa.

Tocó el trompetero nuevamente su melancólico y guerrero instrumento y en medio del silencio que se estableció al punto, gritó con voz desaforada:

-Fijosdalgo, caballeros, barones, quienquiera que seáis, aun de menor guisa, de los que nos han hecho tuerto y deshonra, en la traición y alevosía con que han matado a los principales caballeros establecidos para guardar la persona del rey, que eran de consuno homes honrados de su Consejo, y sus adelantados mayores, oíd, oíd este riepto: Presentes están estos quince caballeros que en corte del rey le demandan os dé a vosotros y vuestros favorecedores, sean cuales fueren, por traidores y alevosos, los cuales caballeros, si por batalla queréis desmentirlos, meterán las manos a ello, haciéndooslo confesar por vuestras lenguas, o lo probarán con mataros o echaros del campo. Licencia, señor rey, licencia para que estos caballeros defiendan a los dichos matadores que son tales traidores y aleves; y vosotros los retados salid pronto a hacer batalla para este juicio de Dios, que con su ayuda, la de la Virgen María y del señor San Jorge, hoy ha de quedar patente aquí que hubo con efecto traición y alevosía en la muerte de caballeros tan honrados. Recoged, recoged estos gajes.

Y diciendo tal arrojó el escudero, que hacía así de faraute, al suelo tantos guanteletes cuantos los paladines eran.

Imposible fuera pintar la confusión que estalló en los andamios y tablados del palenque, al ver entrar a los paladines desconocidos y oír después aquel inesperado pregón y atrevido reto.

Hubo al punto quien sospechó que fuesen los enlutados almas en pena de los ricoshombres. Y de ser esto, por cierto que se levantaban de sus tumbas muy bien pegadas las cabezas a los hombros, ágiles y poderosos como en los mejores días, para amparar su propia honra.

Mas otros, los menos quizá, sustentaban que no debían de ser sino hijos o deudos de los ricoshombres, que retaban, según podían y debían, por sus padres, hermanos o cercanos parientes.

Y mientras tal decía: «Aquel ha de ser Férriz de Lizana», replicaba tal otro: «No será él, sino Corberán, el mayor de sus hijos; y este de aquí puede muy bien ser Fortún, el menor de ellos, que vendrá por Roldán, o por alguno de los ricoshombres, que no dejaron sino amigos o vasallos que retasen por ellos».

De todas suertes, la confusión y la curiosidad eran grandes, y, más todavía que entre la multitud, en la Corte, y en el preeminente y pintado cadalso o tablado, donde asistían los reyes.

Don Ramiro, que durante toda la tarde no había mirado una vez siquiera a doña Inés, fijó en ella los ojos ahora, cual si le pidiese amparo, y los clavó luego en el suelo con espanto. A doña Inés, como mujer al fin, aunque reina, pronto se le agolparon las lágrimas a los ojos, que ni era tardía ni avara en ellas. Tan sólo el conde don Berenguer conservó aparentemente su serenidad y buen humor ordinario.

-Pardiez -dijo-, que son los quince de buena traza, y aun deben de ser lanzas poderosas y virtuosos caballeros. ¡Hola! Garcés, buen escudero, despáchate y ve a decir a esos valerosos paladines que el rey les da luego licencia de meterse en campo, exonerándolos, por lo particular del caso, de toda amonestación y consejo, y dispensándoles, por virtud de su potestad real, el plazo acostumbrado.

Ya había partido el mensajero, cuando añadió:

-Todo esto digo, con vuestra venia, don Ramiro, y júroos, por los negros ojos de esta mi dama niña, que por mi propia persona quisiera experimentar qué tal sonaban algunos de los hierros que tras de sí traen en mi armadura. Bienaventurado aquel que mostraret hoc verum esse per sacramentum quod defenderet per duellum, como decía el pergamino aquel que por delante me pusieron en cierta discordia de caballeros sabidores de leyes; pero ya aquí ahora, judicatum est decerni per duellum.

A nada de esto contestó don Ramiro, aunque más debía de entender de tales latines que el conde mismo, el cual los repetía sin saber quizá su exacto sentido, como ayudan no pocos a misa en nuestros días.

Y el negro trompeta, en el entretanto, volvió a tender sobre su horquilla el interminable instrumento, sopló, cual suele decirse ahora, de lo lindo, y luego que aquel sonó largamente, repitió el reto.

-Traidores serán los hijos cuanto sus padres, si es que lo son esos de los ajusticiados -dijo a la sazón, de modo que se le oyera, y no lejos de las personas reales, un cierto hidalgo aragonés, cortesano viejo, y anheloso, por mostrar adhesión al de Barcelona.

-No, por Dios, no lo son ahora -respondió este al punto- en defender la honra de sus padres, y procurar que resucite la suya propia. Y cierto que antes es de loar el deseo que traen de esclarecer en este reto y juicio de Dios, si fue o no justo el tal castigo, que yo en lugar de ellos hiciera otro tanto. Ya veréis cuán ciertamente dice aquí Dios hoy, cúya es la justicia, y cúya la injusticia: que yo no sé que en casos tales deje de decirlo jamás. Todo honrado caballero ha de ser amigo de estos tales juicios de Dios, precisamente. Y en él y en mi ánima que debía otorgárseles batalla, según la tienen ya acordada, dejando que pase el hecho adelante.

Calló avergonzado el cortesano, mas no por eso parecía que hubiera de hacer buena el suceso la opinión del conde. Porque a la verdad, si los de los capuces se mantenían plantados allí, mostrándose muy bien dispuestos al combate, y ni la trompeta ni la voz del retador enmudecían, no se descubría hombre ni caballo en derredor que pareciesen encaminados a entrar en liza respondiendo al reto.

Quizá tenía esto previsto el buen conde de Barcelona, porque bien que mostrase talante alegre y aparente indiferencia, viósele desde el principio cuchichear con Pedro de Fivallé y algún otro familiar de menos cuenta, encomendándoles algo que ambos se prestaron sin demora a cumplir, desapareciendo del tablado, aunque por su lado cada uno al tiempo mismo.

Pero el público, poco paciente en todos los siglos, murmuraba, en el ínterin, por acá y por allá que nadie se presentaría al combate, como no se había presentado hasta allí en la estacada ni retado ni campeón alguno.

-Ahora se verá -decía ya uno en los andamios, haciendo corro con caballeros aragoneses-, ahora se verá por esta prueba cuánto eran inocentes y leales los ricoshombres, y cómo son aleves sus matadores.

-No diré tal yo -respondió un joven infanzón-; mas no temo afirmar con todo eso que justo o injusto no habrá en Aragón caballero que quiera hacer campo por mantener lo primero, según se acostumbra en todo el mundo cuando siquiera es la razón dudosa en tan difíciles casos.

-Así es la verdad -añadió un tercero, que por el porte y traje parecía de mediana fortuna-. Aquí me tenéis a mí que pienso que el castigo fue justo, porque todo querían gobernárselo ellos de por sí, sin otros títulos que ser más ricos o más viejos, no mirando que corría por Aragón tan buena o mejor sangre que la suya. Mas, con todo eso...

-¡Ah! Sí, con todo eso -continuó otro, interrumpiéndole- no sostendríais tal opinión con la lanza, porque no parecía eso bien en ninguno de los castillos roqueros ni casas fuertes del reino. Y harto bien se comprende, que cierto pienso otro tanto yo.

-Y yo, y yo -dijo a la espalda una voz.

-Eso mantengo -añadió otro.

-Y yo, y yo -repitieron no pocos de los que podían oír aquella plática.

En otro lugar, un poco más apartado del que ocupaban estos aragoneses, hallábanse varios caballeros catalanes, los más de los cuales habían acompañado a don Berenguer desde el llano de Lérida.

-¿No saldréis vos a mantener el campo? -dijo uno de ellos al que tenía más cerca.

-No, por cierto -respondió este, añadiendo a su vez con tono irónico casi al propio tiempo: -¿Y vos?

-Tampoco -contestó el otro.

-¿Cuánto ha que os dejáis rogar para hacer campo y batalla, buenos caballeros? -exclamó uno de luenga barba negra, mirando a varios de los concurrentes-. No era así eso cuando andábamos juntos y por cualquier niñería solíamos trotar armados a espaldas de Santa María del Mar.

-Ni fuera hoy así -le replicó uno de los oyentes-, a presentársenos en Barcelona trance tal. Porque ¿pensáis -añadió, acercándose a su interlocutor-, pensáis, temerario caballero, que esta sea causa en que pueda poner mano un catalán honrado?

-Aut in campo aut in cruce, tengo yo para mí que fue traición la de los muertos y que pueda muy bien probarse -dijo un clérigo, con agria voz, e interviniendo en la conversación sin que nadie le llamase.

-Eso el juicio de Dios lo habría de decir -respondió a los dos precedentes interlocutores el barbinegro-; y yo en todo caso al campo y no más me atengo.

A tal punto llegaba la conversación cuando nuestro bien conocido Pedro de Fivallé se acercó a los caballeros que en tales discursos andaban, y les dijo:

-Manda nuestro buen señor el conde que os avise y declare que otorga cumplidísima licencia y permiso para hacer campo a cualquier hombre bueno y caballero de Cataluña que quisiere lidiar sobre esta querella. Sabéis no embargante que de él mismo sería tenido por malsín y aleve quien a combatir se prestara si en su ánimo no tuviese por justa la causa como lo es.

-Eso nos salve -dijo uno-. Ve, pues, y respóndele a nuestro buen conde que prontos estamos a lidiar, si él a todo riesgo nos lo manda; pero que, de voluntad propia, no nos permiten que lo hagamos nuestras buenas conciencias.

-Lo propio me acaban de contestar ciertos caballeros de Aragón, a quienes me ha enviado asimismo don Berenguer de parte de su rey don Ramiro -dijo oficiosamente Fivallé, y partió con la respuesta.

Al oírla, y ver que las horas pasaban en vano, sin que ni un solo paladín entrase en la liza, la alegre y serena faz del conde de Barcelona se fue ya nublando y las arrugas que tal cual vez se dibujaban en su frente comenzaron a parecer hinchadas y como preñadas de ira. De cuando en cuando volvía los ojos a don Ramiro, y la postración de aquel encendía más y más el fuego de su sangre, mientras el profundísimo dolor de doña Inés, la cándida sonrisa de la princesa doña Petronila, los murmullos de la plebe impaciente, que ponía de nuevo en tela de juicio si habría sido o no justo el castigo de los ricoshombres, todo le impulsaba, según podía juzgarse, a una resolución desesperada.

-Oídme un punto en puridad, don Ramiro -dijo al fin.

Don Ramiro alzó los ojos tristemente.

-Ayudadme en lo que os toca, procurando sólo disculpar mi partida, o hacer de modo que no me echen siquiera por un breve plazo de menos. En cuanto a mí, voy a tomar mis armas, que téngolas ya mandadas preparar por si acaso, para derribar por mi persona a esos campeones arrogantes; que los varones de mi casa eso y más sabrán siempre hacer, y hoy ha de quedar por ante notario, y en presencia de todos los caballeros honrados que aquí hay per bo e per lleyal e per quiti, aquel que para serviros bien quitó de este mundo a los osadísimos magnates.

-¿Y si os mataran? ¡Oh! ¿Qué va a ser de nosotros? -exclamó don Ramiro, asustado.

-Este ha de ser juicio de Dios -repuso don Berenguer-. ¿No sabéis que es infalible su justicia? Él peleará por el bueno y humillará a los malos.

-Pero el malo, el más malo, el peor de todos soy yo -dijo no sin gran suspiro el rey.

-¡Que eso penséis! -contestó don Berenguer-. Para mí tengo que los dichos ricoshombres están ya condenados por malos pecadores en la otra vida.

-Pero yo lo estoy en esta, yo lo estoy ya en esta: tan condenado como haya podido estarlo cualquiera... ¿Creeríais -añadió bajando la voz- que todavía me hubiese dejado vencer de la lujuria? Pues he estado a pique de repetir no ha mucho aún el más mortal de todos los pecados.

Y diciendo esto miró a la llorosa doña Inés con horror, y con disimulo se dio dos golpes de pecho.

-Idos a un fraile, que no a mí, con esas -repuso don Berenguer, que en otra ocasión se habría reído a carcajadas del escrúpulo, ardiendo entonces en cólera-. Daos buenos golpes de pecho, que yo por mi parte voy a defender a mi dama y mi reina, según me toca hacerlo. Armas son estas mías no de las voluntarias, sino necesarias. ¿Queréis que queden nuestros contrarios vencedores en este juicio de Dios, y en él sea declarado por alevosía, lo que fue, todo lo más, un tantico rigurosa justicia? Si no ponemos de nuestra parte la sabia sentencia, que no deja Dios de pronunciar nunca en la prueba solemne del combate, ¿qué autoridad tendrá en adelante el trono? ¿Qué respeto vuestra hija? Los mismos que os han ayudado a recobrar el cetro, que malamente habíais perdido, se conjurarán contra el de la princesa; y trocaranse en dolientes de ello, muchísimos que hoy parecen enemigos de la memoria de los ricoshombres. Tal es la gente, don Ramiro: yo con ser mozo bien sé estas cosas, porque he procurado aprovechar las lecciones de mi padre.

-¿Y así vos -replicó el de Aragón todavía- habréis de poneros de igual a igual delante de cada uno de esos vasallos?

A lo cual respondió el conde:

-Reys o fills de reys per que exercint actes militars no son mes que cavallers; tal es el fuero.

-Haced, pues, lo que os plazca -contestó don Ramiro-, que en verdad, a mí nada se me alcanza en esto del reinar, ni ya lo quiero tampoco. Protéjaos Dios y haga que sea este el último día de mi infeliz reinado, cual tengo dispuesto.

-Ya veréis qué traza me doy para descargar acero de esas acémilas, a estilo de Alemania y de Hungría.

Y en esto, el público prorrumpía ya en voces que sonaban hasta a irrespetuosas. Don Berenguer no hablé más, sino que rápidamente se deslizó entre los cortesanos, seguido de los celebérrimos Yussuf y Assaleh, que aquel día parecían más galanes que otras veces, y con alfanjes más recorvados, más anchos hacia la mitad, y más brillantes que nunca. Armáronle entre uno y otro bien pronto, como que armas y caballo estaban dispuestos, de resultas del aviso anterior; y, mientras tanto, al decir del cronista, cantaba alegremente a media voz el paladín coronado este romance viejo, en lenguaje mucho más anticuado aún, y que no copio al pie de la letra del códice mozárabe por hacer más inteligibles los versos, que no eran otros sino aquellos tan popularizados después:


¡Ah, mal haya el caballero
que cabalga sin paje,
si se le cae la lanza
no tiene quien se la alce,
y si se le cae la espuela
no tiene quien se la calce!


Dio luego, a Fivallé en particular, ciertos pergaminos que sacó del seno, y llevaba siempre consigo en las arriesgadas empresas y aventuras que a cada paso solía acometer. Sin duda se contenía en ellos su última voluntad; y en verdad que no era preocupación sobrada esta vez, cuando, al parecer, había de lidiar él solo contra quince defensores o campeones. Antes de salir, en fin, de la tienda o pabellón en que se hallaban los príncipes, por aquel instante retirados de la vista del público para despedirle, dulcemente puso, sus labios en la frente de la reina niña: era el primer beso de esposo.


La campana de Huesca de Antonio Cánovas del Castillo

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