La campana de Huesca: 31

Capítulo XXX
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La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


Que el espíritu es fuerte, pero débil la carne, es lección de un santo padre, que halla aquí alguna demostración y ejemplo


¿Qui es lo foll, quin contramor se yguala?
Segurs son dell, los morts...


(Ausiàs March: Obres de Amors)


Morir me conviene
pues grosero fui:
¡Ay, que Inglaterra
ya no es para mí!


(Anónimo: Cancionero general)


Largo iba ya siendo el capítulo anterior, tan largo, que ha sido fuerza que para otro dejemos el fin de las pláticas sentimentales de doña Inés y de don Ramiro. Mas cierto que el relato no pudo cortarse en mejor punto, porque así como la reina dio aquel grito de alegría de que hablamos a lo último del capítulo anterior, y don Ramiro se quedó como postrado en uno de los cojines del aposento, dice el cronista que hubo entre ambos ciertos instantes de silencio.

Miraba doña Inés a don Ramiro con amor, con curiosidad, con ansia, como deseando leer en su rostro los menores pensamientos. No quitaba sus ojos del suelo entre tanto don Ramiro, como si tuviese miedo de mirarla cara a cara. Y ni él ni ella se atrevían a reanudar una conversación, quién sabe para cuál de los dos más difícil entonces.

Un pretexto faltaba; un pequeño incidente o motivo, insignificante en otra ocasión cualquiera, bastaba ahora para que la conversación nuevamente comenzara y dieran suelta entrambos a los indefinibles y vagos pensamientos de que estaban poseídos.

Ese pretexto, ese incidente, ese motivo, se puso a buscarle doña Inés, y, como era natural, no tardó en encontrarlo.

-Veo, mi señor, que traéis aún atada al brazo la cinta blanca que os di por divisa -dijo.

-¿No veis que ella ha sido mi compañera desde entonces? -respondió don Ramiro-. En verdad que, cuanto yo he podido, he hecho por sacarla con honra del trance de armas en que, mal de mi grado, me he visto.

-¡Oh!, quitaosla, quitaosla ya.

-¿Por qué, doña Inés? -preguntó el rey algún tanto sorprendido-. ¿Pues no es vuestra divisa misma?

-Lo fue.

-Lo fue... Lo fue... ¿Y no lo es ya? Así Dios me ayude como no acierto...

-¿No veis -repuso graciosamente la reina- que dice la letra sin esperanza?

Bajó aquí la vista doña Inés, como si temiese haber dicho demasiado; y las rosas del rubor se abrieron incontinenti en sus mejillas. Don Ramiro en cambio abrió impensadamente sus ojos al oír aquellas inocentes, pero sin duda peligrosas palabras, y halló a doña Inés tan bella, tan lánguida, tan dulce, tan cerca de sí, que tornó a clavar impetuosamente la vista en el suelo, no sin que se notase antes en su persona cierto estremecimiento general, aunque pasajero.

-¿Y de qué tenéis esperanza, doña Inés? ¿No sabéis que a mí no me es posible tenerla ya en este mundo?

Tal dijo don Ramiro, después de otra larga pausa; su voz comenzaba a bajar de tono, y su lengua parecía más trabada que otras veces. La de doña Inés parecía en cambio cada vez más expedita y más dulce.

-No digo yo que vos la tengáis; hablo de que yo comienzo a tenerla -respondió ella.

-¿Vos? ¿Y por qué?

-¿Por qué? Yo os lo diré, puesto que sólo de vos depende ya el que se cumpla, o no, mi esperanza.

-Pues hablad, que si es cosa que yo puedo hacer, bien podéis contar con ella desde ahora..., a no ser que sea contrario a mis votos.

Muy débilmente debió de decir estas últimas palabras, porque la reina exclamó alegremente y como si no hubieran ellas llegado a sus oídos:

-¿De veras? ¿Me dais palabra, pues, de concederme cuanto os pida?

-Con tal digo, doña Inés, que no se oponga a mis votos -replicó don Ramiro, alzando la cabeza de nuevo para dirigir a su esposa una mirada que parecía como de súplica.

-No, no se opone, según creo -respondió doña Inés, mirándole a su vez con vivos y alegres ojos y pronunciando estas palabras, por lo que da a entender el mozárabe, con sabrosa y en ella desusada coquetería.

-Pues hablad -dijo el rey, tornando otra vez los ojos medio cerrados hacia el suelo.

Aquí ya doña Inés estuvo vacilando por algunos instantes, y tartamudeando luego, sin atreverse a decir de un golpe lo que quería; pero al fin, comenzó a hablar de esta manera:

-Es el caso, don Ramiro, que yo quisiera que..., ya veis que con esto en nada faltáis a vuestros votos..., quisiera, digo... ¿No me hicisteis ya un favor muy grande con quedaros a amparar a nuestra hija? ¿No dilatasteis ya un tal intento por dos años, a fin de ser piadoso con el fruto de nuestros amores? Pues sedlo conmigo ahora, señor, y no penséis más en la soledad del monasterio, sino veníos a vivir conmigo, o más bien dejad que yo vaya con vos a habitar en alguna ermita y retiro oculto, donde podamos los dos a un tiempo servir a Dios como hermanos.

-¡Doña Inés! -exclamó don Ramiro entre asombrado y confuso; pero también al parecer un poco distraído.

-¿Qué? ¿No os place contentar mi súplica? ¿Queréis, por ventura, que no desaparezca más de mi divisa esa letra impía que dice sin esperanza?

-Pero es el caso, doña Inés, que aún no acierto yo a entender bien qué cosa sea esa que meditáis.

-¡Oh!, yo os lo explicará claramente -respondió la reina más alentada, y sentando una de sus manos en el hombro de don Ramiro, sin que este huyese ya el cuerpo como antes-. Figuraos que en lugar de meteros en el sombrío y húmedo claustro de San Pedro el Viejo, os vinieseis conmigo a una de las mil ermitas que en tiempo de moros fundaron los cristianos por la montaña, menos habitadas hoy ya desde que se ganó a Huesca, que antes. Allí podríamos estar separados del mundo para siempre, y haciendo juntos vida ascética y devota. Dios os manda, sin duda, que os apartéis de una esposa, mas no de esta hermana y sierva doña Inés, que no desea otra cosa sino pasar el resto de sus años haciendo penitencia en vuestra compañía. Sí, por Dios, señor y antes esposo mío; yo labraré allí con mis propias manos el huerto, y prepararé por mí misma nuestras pobres colaciones; yo hilaré la lana de los corderos y haré por mí propia los sayales; vos leeréis en tanto los pergaminos que soléis leer, y oraremos y viviremos así constantemente como eremitas, ya que no nos es dado vivir y gozar como reyes.

Hemos descrito tantas veces las gracias de doña Inés, que por fuerza había de parecer importuno el describirlas de nuevo. Pero crean nuestros buenos lectores que, según lo que aquí indica el cronista, jamás había estado tan bella. Y el peso blando de su mano, y lo tierno de sus ojos, y las lágrimas que se dejaban entrever ahora en ellos, por miedo de no ser atendida, y su actitud entera suplicante, anhelosa, abandonada, hacían de ella un ser temible en la seducción para un alma de roca, que no para la del infeliz don Ramiro.

Y el monje tomó entonces entre sus dos manos la que le quedaba libre a doña Inés, y comenzó a acariciársela con suavidad suma.

Y aun quiso el azar que mientras doña Inés más suplicaba, se fuese más acercando e inclinándose involuntariamente más hacia don Ramiro, de manera que, al dejar de hablar ella, se hallaban los dos ya tan juntos, que sus alientos se confundían, y se tocaban todos sus vestidos, y, al mirarse, recíprocamente en los ojos se retrataban.

Y en esta disposición se mantuvo doña Inés embebecida por largo rato, y esperando favorable respuesta. Y don Ramiro estaba en el ínterin sin acertar a responder palabra, sintiendo que un fuego intenso le quemaba las entrañas, y sin que un solo pensamiento devoto pareciese ya por su mente; diríase, al verle, que les sentidos le arrastraban ya a su pesar, sin que más pudiese la razón contenerlos. Nada era tan peligroso como el silencio, entonces; pero no había cosa más difícil tampoco que el hablar en ocasión como aquella.

A don Ramiro no se le ocurrieron al fin otras palabras que las siguientes:

-¡Qué hermosa estáis, doña Inés! ¡Qué hermosa estáis!

Y ¡oh fatalidad! Fatalidad la de don Ramiro entonces, nada menos encaminada que a inutilizar todas sus penitencias en un punto. No bien dijo estas palabras, que envolvían en sí tan manifiesto amor, los flotantes cabellos de doña Inés vinieron a herir por casualidad su rostro; y Dios nos perdone, pero cualquiera habría dicho que cuando él los sintió pasar cerca, puso en ellos muy anhelosamente los labios.

-¡Ah don Ramiro, don Ramiro! -dijo la reina, no ya sin alguna turbación al ver aquellas demostraciones inesperadas-. Si me amáis todavía, ¿qué dificultad habéis de tener en concederme lo que os pido?

-Esposa mía, esposa mía -respondió tartamudeando don Ramiro-; no entiendo aún lo que decís: mas dejad que estreche esta vuestra mano entre las mías; yo necesito sentir algo vuestro en mí, y conmigo.

-Toda yo estaré con vos siempre -le dijo loca de júbilo doña Inés, al mismo tiempo que le estrechaba también por su parte una mano.

-¡Cómo te adoro, Inés! -dijo en esto, y fijando ya en ella sus ojos, sin más titubear, don Ramiro.

-¡Oh, gracias, mi señor! ¿Queréis que dé ahora mismo las órdenes para que juntos nos marchemos a una ermita de la montaña? Veréis allá cómo pasamos la vida en penitencia y soy toda vuestra, orando yo por vos, y vos por mí, sin otra idea que la de nuestro común y eterno reposo.

-No, no me has entendido, Inés -repuso ya arrebatado don Ramiro con voz ronca; y asiéndola de un brazo con todas sus fuerzas, le dio entonces un verdadero ósculo de amor en los labios.

Doña Inés le miró a la sazón conmovida, y vio que sus ojos brotaban llamas, que sus labios estaban cárdenos, que todo su semblante denotaba los impulsos mal reprimidos de una pasión desatentada, ciega, al parecer irresistible.

Mirole y tembló, y en aquel punto mismo, tornó a desaparecer su alegría, y sin saber por qué prorrumpió de repente en un copiosísimo llanto.

-Qué, ¿lloras, mi amor, lloras? -dijo don Ramiro, recogiendo las primeras lágrimas que rodaron por las mejillas de doña Inés, con sus propios labios.

-Lloro -respondió la reina-, porque claramente veo ya que es imposible que vivamos más juntos.

-¡Imposible!

-¡Imposible, ay de mí! Sí, imposible; este arrebato de pasión que estáis sintiendo pasará pronto, y en el propio punto que pase, os arrepentiréis, y aunque sea tan sin culpa mía, llegaréis a aborrecerme del todo, por haberlo excitado en vos.

Un verdadero torrente de lágrimas descendía en tanto por las mejillas de doña Inés, que se había levantado ya y tendía los brazos trémulos hacia el cielo.

La luz de la razón alumbró entonces de repente a don Ramiro, y exclamó cubriéndose el rostro con las manos:

-¡Infeliz, infeliz! ¿Qué hago? ¡Mujer fatal! ¡Ah, triste de mí!... -y saltando también del asiento se alejó largo trecho.

-Quería -continuó doña Inés entre sollozos- que viviésemos ya siempre como hermanos, como verdaderos hermanos; yo tengo, ¡ay!, valor para eso, ¿por qué no habéis de tenerlo también vos, esposo mío?

-Porque yo soy un miserable, y vos un ángel -gritó don Ramiro dándose a la par fuertes golpes de pecho-. Porque yo estoy condenado irremisiblemente; porque mi carne es flaca, de tal suerte, que no basta el espíritu para refrenarla; porque yo no sé mantenerme en mi deber; porque yo no merezco sino tormentos eternos.

-¡Oh, calmaos, calmaos, don Ramiro! -dijo doña Inés, enjugándose con las manos las lágrimas y dirigiéndose a él de nuevo afectuosamente.

-No, no hay calma para mí, ni puede haberla en este mundo; pero no os acerquéis, doña Inés; vuestra funesta hermosura ciega los ojos de mi entendimiento, y me pone a merced del infierno... Si es verdad que me amáis, si no me aborrecéis de veras, huid para siempre de mí..., que no os vuelva yo más a ver en esta vida.

-Pero es -replicó la reina- que yo no tengo fuerzas para tamaño sacrificio: téngolas para vivir con vos, como con un hermano, fuera del mundo y sus pompas: téngolas para morir en un desierto, y aun para no deciros que os amo; y no las tengo para perderos de vista, para dejar de oír vuestra voz, de sentir vuestro aliento, de respirar el mismo aire que vos respiráis, y al cabo morir con vos.

-Doña Inés, doña Inés, ¿queréis volverme loco? -exclamó desesperado el rey-. ¿No veis que necesito en esto de vuestra ayuda? ¿Por qué me la negáis?

-Y ¿quién me la dará a mí? -respondió la reina otra vez anegada en llanto.

Pero en aquel punto se oyó una gran gritería en el alcázar, y pocos instantes después resonó en las inmediatas salas la poderosa voz del conde de Barcelona.

Y oportunamente aconteció esto para cortar aquel diálogo imposible.


La campana de Huesca de Antonio Cánovas del Castillo

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