La campana de Huesca: 27

Capítulo XXVI
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La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


Que Aznar no dejaba de acudir a las citas de amor


Aún la medianoche
no era llegada,
ya subía Hernando
por una escala.
Y entra muy feroz
por la ventana
un arnés vestido
y espada sacada.
-Caballeros malos,
¿qué hacéis aquí?


(Cancionero)


Aznar tomó el camino de la Misleida, colocándose a la parte de oriente de la plaza donde estaba situada. Los gallos de la vecindad cantaron la medianoche; un instante después llegó Fortuñón con algunos almogávares, y luego, unos tras otros, fueron apareciendo los demás.

-¿Fortuñón? -dijo Aznar.

-El mismo -respondió este-. ¿Tienes el pergamino que me dijiste? Porque conmigo traigo una linterna, a cuya luz podré muy bien leerlo.

-Prevenido y receloso eres, por vida mía.

-No en balde pasan años, y se padecen trabajos y se ven reinar reyes.

Aznar sacó de la faltriquera el pergamino que acababa de escribir Gaufrido, y lo puso en manos de Fortuñón. Este dio una vuelta a su linterna: la luz escondida hasta allí apareció de pronto, y se puso a leer el pergamino, muy lentamente sin duda, porque tardó largo rato en separar de él los ojos.

-¿Has acabado ya? ¿Estás satisfecho, viejo marrullero? -dijo Aznar al cabo de un rato-. Mira que el tiempo se pasa.

-Sí, acabé -respondió Fortuñón-; mas cosas son estas que no deben leerse una vez sola.

Y de nuevo, dio comienzo a su tarea.

Aznar dio una patada en el suelo; su cólera iba a estallar, pero se detuvo instantáneamente; a pique estuvo una vez más de echarlo todo a perder en aquel trance.

Mas el tiempo corría, Aznar contenía ya, muy a duras penas, su impaciencia, y Fortuñón, en tanto, seguía leyendo tranquilamente.

-¿No acabarás? -le dijo Aznar al fin.

-Acabé por segunda vez -respondió Fortuñón y veo que el escrito está bien, y tan como pienso que debe estar; de suerte, que no habrá más sino hacer lo que tú ordenas.

-Pues vamos en nombre de Dios -dijo Aznar.

-Deja, deja -replicó el viejo almogávar- que le dé al escrito el último repaso.

Y tornó a la tarea.

De cuantas empresas había llevado a cabo Aznar, ninguna le había costado tanto trabajo como esta de contener la ira, que contra Fortuñón le rebosaba en el ánimo, si exceptuamos aquella de negarse al reto que Fivallé le dirigiera momentos antes. Ahora acabó de agotar su paciencia; pero calló y aguardó, tranquilo al parecer, a que se terminase la tercera lectura.

-¡Si vieras -dijo luego Fortuñón- la dificultad que me cuesta entender una endiablada abreviatura que hay! No puedo con ella, a pesar de los muchos y buenos cachetes que me costó el que me enseñasen a leer los reverendos padres de Jaca.

-¡Por los santos del cielo! -prorrumpió ya Aznar-. Acaba, Fortuñón, acaba, o harás que carguen conmigo todos los diablos.

-¡Siempre con tus impaciencias, muchacho! -respondió el otro devolviéndole el pergamino y cerrando la linterna-. Quédome sin entender esa abreviatura, y lo siento a fe mía, porque pudiera ser que en ella se contuviese alguna cosa en contrario de lo que rezan las demás letras.

-¡Satanás confunda al abreviador y la abreviatura!

-No jures tanto, hijo mío, mira -que faltas con ello al respeto y autoridad de mis años.

-¿Vamos?

-Vamos -respondió Fortuñón Pero a todo esto no hemos caído en lo principal. ¿Qué vamos a hacer? ¿De qué manera han de cumplirse nuestros propósitos, digo, los propósitos del rey?

-Iremos -respondió Aznar- a los alojamientos de los ricoshombres; yo sé ya de algunos, tú sabrás de muchos, y entre unos y otros lograremos dar con todos. No hay más que romper las puertas, o asaltar las ventanas, y pasar luego a hierro a cuantos hallemos.

-Aznar -contestó Fortuñón-, Aznar, no pasemos de aquí sin inventar otro mejor plan, porque ese es de todo punto impracticable. He ahí de lo que sirve el ser viejo; he, ahí de lo que vale el conocer a los ricoshombres desde los tiempos gloriosos en que se dio aquella batalla famosa del Alcoraz, y haber visto esta ciudad de Huesca desde que se ganó. No puede ser eso así, no puede ser.

-Callarás lo del Alcoraz, que es la milésima vez que me lo dices en la vida, o dieras algún mejor consejo, y fueran cosas ambas más dignas que eso de agradecimiento -respondió el joven almogávar.

-Cada casa de ricohombre es un castillo -continuó Fortuñón, sin curarse de la reconvención de su compañero-: en cada una de ellas hay siempre bastante número de hombres armados para acabar con nosotros. Y en cuanto a lo de romper las puertas y escalar las ventanas, ¿sabes lo que te dices, Aznar? Unas y otras están forradas de planchas de hierro, y aun hay puerta defendida con su foso y puente levadizo y su torre como la de cualquier fortaleza.

-Será preciso, pues -replicó Aznar-, que quebrantemos esas planchas de hierro y ceguemos esos fosos, y acabemos con esos hombres armados, aunque tan capaces sean, según dices, de acabar con nosotros.

-Bueno es eso para hablado; pero de ahí a ejecutarlo, no deja de haber su distancia. Dígote, Aznar, que lo que tú propones es de ejecución imposible.

-¿Sabes de algún mejor consejo? -preguntó secamente Aznar.

-No.

-Pues marchemos a casa de Lizana, que debe caer el primero de todos -repuso el joven almogávar; y echó a andar adelante.

Habrían andado poco más de cincuenta pasos, cuando Fortuñón se paró de repente.

-Aznar, Aznar -dijo-, una cosa se me ha ocurrido ya mejor que la que tú propones; para, para, y la oirás.

Paró, con efecto, Aznar, y puso oídos a sus palabras.

Fortuñón continuó:

-Lo mejor será que aguardemos a mañana...

-¡El diablo te confunda! -exclamó Aznar-. ¿Para eso me hiciste detener el paso?

-Oye, Aznar, hijo mío -repuso Fortuñón-: mira que es bueno el consejo, óyelo todo y decidirás luego.

-Dilo por tu vida, y acabemos.

-El asaltar en sus casas a los ricoshombres ya te le dicho que es difícil, muy difícil, casi imposible para nosotros.

-Prosigue.

-Pues para hacer más fácil el asalto, paréceme a mí que debiéramos aguardar a mañana...

-¡Ira de Dios!

-Paso, paso, hijo mío; dígote que es bueno el consejo, y que no has de condenarlo sin oírlo antes todo entero de mis labios. Pues como te decía, lo mejor será aguardar a mañana y acudir al alcázar, ¿lo entiendes?... Al alcázar, donde se reúnen de diario los principales de los ricoshombres del reino a disponer y concertar las cosas. No cabe duda en que se reúnen, porque los han visto mis propios ojos, así como vieron tan grandes hazañas, así como han de comer la tierra antes de mucho, según es de larga mi edad.

Aznar, sin parar mientes en lo demás de la retahíla, se fijó con mucha atención en las primeras palabras; pareciole que el viejo almogávar podía tener razón, y con tono más afable que de ordinario, le dijo:

-¿Conque, es decir, que tú te decidirías a acometer en medio del día a los ricoshombres dentro de los salones del alcázar, para acabar con ellos de un golpe?

-Yo..., yo..., sí, puesto que el rey lo manda, según reza ese pergamino que tú traes, y a no ser que haya leído mal o la abreviatura que te digo...

-Tate, tate; que eso bien averiguado está ya; no vengas a levantarme nuevas dificultades, y a quemarme la sangre con nuevas retahílas de palabras.

-Es que, para cosas tales, todo cuidado es poco, Aznar, hijo mío.

-Por eso mismo estoy por aceptar el consejo que tú me das ahora; paréceme más seguro el golpe hallándolos a todos reunidos en el alcázar, que no en sus casas, y como es poco todo cuidado, según tú dices...

-Es que yo...

-Silencio, Fortuñón, silencio, y no hablemos más en ello; los asaltaremos en el alcázar. Pero eso de aguardar a mañana... ¿No tendrán sospechas de estos almogávares? ¿Y no temes tú que estén mejor guardadas para nosotros las puertas del alcázar, que no las de sus propias casas?

-Eso es cierto -replicó Fortuñón-, porque así como así, no es mucho lo que confían en nosotros, y ya he visto yo algunos pícaros de escuderos que han venido a espiarnos los días anteriores. Muy bien que saben ellos que no pueden contar con los almogávares; y si nos han dejado aquí, no ha sido por miedo de que fuera hiciésemos mayor daño. Soy tan viejo como otro cualquiera, y no pueden escapárseme estas agudezas.

-Pues, entonces, ¿qué nos haremos? -preguntó Aznar, titubeando entre varios pensamientos.

-La dificultad está en entrar dentro del alcázar.

-¡Ah! Pues entraremos, entraremos, Fortuñón. ¡Que no se me hubiera ocurrido antes! Sígueme y apresura el paso, no se nos haga tarde, que ya es pasada, rato ha la medianoche, según leo claramente en las estrellas. Y cierto que sería gran desdicha que hubiésemos perdido tal ocasión. ¡Oh, con tantas dificultades y entorpecimientos como me ponéis todos, tengo la cabeza perdida! Yo no me he visto en ninguna cosa tan enmarañada como esta; y Dios quiera que no me vea en otra. Las cosas quiero yo hacerlas solo, yo solo, sin este lidiar de palabras que tanto me enfada, y este continuo disputar que me abate el ánimo y me enflaquece las fuerzas.

El almogávar había dado suelta por un instante a los sentimientos que a la sazón le agitaban; aquel hombre no era para coordinar, era para obrar; no tenía instintos de conjurado, sino de guerrero. Y habría, sin duda, preferido vencer dobles peligros, que no tener que urdir aquella que para él era tan dificultosa trama.

Muy cerca debía estar ya del logro de sus deseos, muy luminoso debió de ser su último pensamiento, porque en su rostro brillaba el regocijo. Regocijo siniestro en verdad, pero sincero, completo.

Y en tanto, caminaba a largo paso, seguido de los otros almogávares; y a medida que pasaban los instantes, más apresuraban ellos el andar, hasta que llegaron todos al alcázar, por la parte que miraba hacia el río, debajo del torreón ochavado.

De lo alto de este colgaba una escala de cuerda. Aznar, al verla, lanzó una exclamación de júbilo.

-Fortuñón, triunfamos -dijo-; ahora entraremos en el alcázar, y mañana la justicia del rey se habrá cumplido.

Y diciendo esto, cogió la escala y empezó a subir el primero. Iría a la mitad, cuando gritó a Fortuñón que se disponía a seguirle:

-¿Tienes reunidos a todos los compañeros?

-Sí tengo -respondió Fortuñón-; y ahora vendrán los que faltan, que quedaron un tanto a la zaga para asegurar nuestra marcha.

-¿Son cincuenta?

-Cincuenta y uno.

-Pues adelante y Dios nos ayude.

Siguió montando la escala Aznar, y detrás de él subieron los dos esclavos negros. Luego, uno tras otro, se fueron encaramando todos los almogávares, silenciosos, indiferentes, sin preguntar adónde iban, ni qué iban a hacer en el alcázar. Confiaban mucho en Fortuñón, por ser el más viejo, y bastante ya en Aznar, por ser hijo de quien era, y por lo valiente que parecía de su persona. Y conque ellos les dijesen que la empresa era buena y justa, no necesitaban otra cosa. Los riesgos, sabido es que nunca tal gente los midió, y que no necesitaba de más cebo y aliento para menear las manos, sino saber que habían de hartarse de sangre.


La campana de Huesca de Antonio Cánovas del Castillo

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