La campana de Huesca: 28

Capítulo XXVII
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La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


Que Aznar Garcés, con ser tan rudo, sabía fundir campanas de muy gran sonido


Despreciadores de la vida propia, y así señores despiadados de las ajenas... Complaciéndose en herir o matar.


(Fragmentos de
una historia de la infantería española,

por El Solitario)


-Aznar, Aznar, ¿eres tú? -preguntó Castana desde lo alto.

-Yo soy, mi amor -le respondió este, poniéndose de un salto en la azotea con que remataba la torre.

-Te esperaba con impaciencia. Cuánto has tardado. Pero ¡Dios mío! ¿Qué es eso, Aznar? ¿No vienes solo?

-Escucha, Castana -dijo Aznar-. La salvación de la reina, y la tuya, y la mía propia, dependen de tu discreción en este trance. Son amigos nuestros; no temas nada.

En esto, saltó uno, y luego otro, y otro de sus compañeros dentro de la azotea.

-¿Qué piensas hacer? -repuso Castana temblando.

-Castana, por mi amor que no temas, que todo será para bien nuestro; ¿no hay algún sitio en esta torre donde pudiéramos pasar la noche sin ser vistos?

-No lo hay, Aznar.

-¿Ninguno?

-Como no sea allá abajo en el gran patio; pero es habitación muy estrecha y húmeda; parece una mazmorra, y hay quien dice que de allí salen duendes y vestiglos, de puro horrenda que es.

-Cabalmente eso es lo que necesitamos, Castana; guíanos allá, y sea sin que lo sienta la tierra.

Castana cogió una pequeña lámpara que había dejado colgada en una almena, y comenzó a bajar las angostas escaleras de caracol por donde se comunicaba la torre con los pisos bajos. Al cabo de un cuarto de hora de bajar y andar se encontraron junto a una ancha puerta cubierta con planchas de hierro.

-¿Llegamos ya? -dijo Aznar.

-No por cierto -respondió Castana-; antes conviene que no hagáis ruido tú y tus compañeros, porque esta puerta da al campo, y aunque está cerrada, por lo que dicen, desde el tiempo de los moros, bien pudiera ser que anduviese cerca alguna ronda o atalaya.

-¿Una puerta? -dijo Aznar reflexionando un momento-. Y ¿dices que da al campo, muchacha?

-Lo que oyes -respondió Castana-, y el estar siempre cerrada es, según dicen, porque fue por ella por donde entraron los cristianos la vez primera; y el rey de entonces, que se llamaba don Sancho, don Pedro, o no sé cómo, no quiso que usase de tal entrada quien no lo mereciese tanto como él y los suyos.

-Tanto o más han de merecer los que mañana entren por ella, Castana -respondió el almogávar-. ¡Una puerta! ¡Una puerta! Foso habrá; pero no será difícil cegarlo.

-Foso hay, pero para pasarlo hay una puente todavía entera, que sirvió también, sin duda, en el tiempo de los moros.

-¡Eso más! -dijo Aznar-. Castana, mañana se me depara un buen día: tal, que he de dejar contento y satisfecho al rey, y al reino, y a mí propio.

En esto llegaron al aposento que antes Castana había descrito.

Y en verdad que no pecaba de exagerada su descripción. Dos arcos apuntados, cruzándose en el centro, componían la bóveda del techo, y del punto donde los dos arcos se juntaban, colgaba un garfio de hierro. La bóveda y las paredes eran de grandísimos sillares, mal asentados los unos sobre los otros, por manera que los unos parecían próximos a soltar de por sí la carga, y los otros prontos a rendirse al menor esfuerzo. Y, sin embargo, hoy los halla el viajero lo mismo que entonces estaban.

El suelo no tenía abrigo alguno, y la arena que lo formaba estaba tan húmeda, que de intento parecía mojada. Tres solas ventanas se contaban allí, y esas abiertas como nuestras modernas aspilleras, de modo que, comenzando por ser anchas hacia la parte de adentro, no mostraban por de fuera sino una línea, una cinta, el espacio indispensable para que se distinguiera la claridad en medio del día. Aznar, al ver este sitio tan lúgubre, soltó una carcajada feroz.

-¡Aznar! -exclamó Castana-; no pases tú, por Dios, la noche aquí; es un lugar enfermizo, espantoso.

-Sosiégate, Castana -replicó Aznar-: ya te he dicho que todo esto es para nuestro bien, y que mañana saldremos de cuidado. ¿Duerme alguno de los ricoshombres en el alcázar?

-No duerme aquí ninguno de ellos -respondió Castana.

-Y ¿a qué hora acuden a celebrar sus concilios, o cabildos, o juntas, o como se llamen?

-A cosa de las doce.

-Bien está, Castana. Hasta la una no avistará los muros el rey: hay tiempo para todo. Dinos ahora antes de retirarte si está muy apartada de este lugar la sala adonde se reúnen.

-No, aquí mismo -repuso Castana-. Sal por la puerta, y en lugar de tomar la escalera de la derecha, que es por donde hemos bajado nosotros, toma la de la izquierda, y a los pocos escalones te hallarás en el magnífico salón donde antes resplandecían nuestros reyes, y ahora imperan y se ostentan las personas de esos ricoshombres que Dios maldiga.

-Malditos están ya sus cuerpos, Castana, y bien puedes rogar, si eres misericordiosa, por sus almas. Mas ya es tiempo de que te retires, y nos dejes aquí a cumplir con lo que el rey nos tiene mandado.

Castana se dirigió a la puerta, y al pasar por junto a Aznar, le dijo con triste acento:

-¡Y yo que había creído pasar la noche en pláticas contigo! ¿Por qué me engañaste, Aznar? Después de tanto tiempo, y más cuando, la última noche que nos vimos, tampoco logré hablarte...

-Así Dios me ayude, Castana -repuso interrumpiéndola el almogávar-, como imaginado no tenía que para tal cosa sirviese nuestra cita. Yo no pensaba sino en verte y gozar a tu lado las alegrías de amante; pero después que te hablé, vinieron de suerte los sucesos, que fue menester aprovecharme de esta coyuntura para mayores cosas.

-¡Ingrato! -exclamó Castana.

-¡Ingrato! Júrote, Castana, que en cuanto el rey quede victorioso y se apacigüen estas turbulencias que me traen hecha ascuas la cabeza, me he de casar contigo, si es que quieres seguirme a la montaña.

Castana se sonrió y miró a Aznar con dulzura. Y saliendo del aposento, subió precipitadamente a su cuarto, por temor de verse acometida al paso de las sombras encantadas que, al decir de todos, solían vagar durante las noches por el alcázar.

Y cuenta la crónica que la pobre, aun viendo tan engañadas sus esperanzas en la cita, no pudo pegar los ojos en toda la noche de puro regocijo; y que no paró mientes, ni por un momento siquiera, en los propósitos de Aznar y sus compañeros, ni se puso a considerar si habría hecho bien o mal en esconderlos debajo de la torre.

Con la nueva promesa de matrimonio, juntaba ella la promesa que ya tenía de la reina, de que la heredaría de manera que dichosamente pudiera pasar sus días con su esposo; y sin cesar revolvía en su cabeza ilusiones, y esperanzas, y venturas. ¡Dichosa Castana! ¿Qué emperatriz ni qué reina pudiera compararse con ella en tales momentos? ¿Qué estado ni qué riquezas, ni qué esplendor han de brindar con más felicidad que aquella que daban a Castana un amor correspondido, y modestos y posibles deseos?

¡Ah, y qué bien se cambiara por Castana la reina doña Inés misma!

Ella tampoco dormía; pero no era de dichosa, por cierto, sino de infeliz. Porque había pasado ya el primer impulso de júbilo que la causó la nueva de la vuelta de su esposo. Y su situación era tan singular, que apenas podía decirse cuándo debiera más padecer, si al estar su esposo ausente, o al estar presente: si al ver que se dificultaban los deseos de don Ramiro, o al ver que, finalmente, los ponía por obra.

El triunfo de los grandes era la humillación, era la desesperación de su esposo querido; el triunfo de este era su propia desesperación y su humillación propia. Mientras don Ramiro estuvo fuera, deseó su vuelta, y al saber que estaba cerca, la temió. Porque ¿a qué volvía don Ramiro sino a abandonarla definitivamente? ¿Por qué peleaba don Ramiro sino por divorciarse de ella? Y si no volvía, ¿cómo había de recobrar por otra parte a su hija? ¿Cómo había de soportar la afrenta de su marido? ¡Pobre reina! ¡Pobre mujer!

Así pasaron la noche, como siempre, a pocos pasos de distancia una de otra, la reina doña Inés y su doncella Castana.

No bien amaneció, se levantaron entrambas.

-¿Oíste por azar a qué hora se espera que llegue ante la ciudad el rey? -dijo doña Inés.

-A cosa de la una -respondió Castana, recordando confusamente lo que había oído la noche anterior. Representósele luego toda la escena, y no pudo evitar se le demudase el rostro.

Doña Inés no lo notó, y lentamente comenzó a hacer su tocado, con ayuda, cual siempre, de Castana.

Tocado no tan espléndido ya como aquel que hacían juntas la tarde que precedió al triste sarao de que dimos cuenta a nuestros lectores en el comienzo de este relato. Mas, sin embargo, o miente el cronista, o doña Inés tuvo más cuenta con su tocado este día que no los otros anteriores. ¿Quería intentar el último esfuerzo? ¿Conservaría en su corazón la esperanza de seducir de nuevo el alma de su esposo?

El respeto religioso que le había inspirado la resolución de este, parece desmentirlo de todo punto; pero ¿quién sabe? Ello es que doña Inés se esmeró, y que halló medio de parecer más bella todavía: bella, cuando su tez estaba marchita, decaído su color, apagados sus ojos; cuando el llanto continuo y la continua pena se habían empleado por más de dos años en destruir sus encantos.

¡Oh, la decadencia de las mujeres bellas tiene un mérito singular para las almas sensibles! Es el hechizo del otoño con sus celajes rojizos y sus hojas secas que el viento va dejando caer una por una. Nunca es acaso la mujer tan bella como cuando está ya a punto de no serlo.

Llegó el sol al mediodía en los relojes pintados en las torres del alcázar, y doña Inés sintió latir su corazón fuertemente; faltaba poco, según Aznar le había dicho, para que estuviese en Huesca su esposo. Verdad es que temía aún que los ricoshombres le cerrasen las puertas; que tuviese que combatir para abrirlas. Pero acaso porque era más su miedo al triunfo que a la derrota, por el momento no pensaba en esta, y daba aquel como indudable. No se acordaba ya del poder, ni de las armas de los ricoshombres; no pensaba más sino en que había llegado la ocasión de separarse de su esposo, y separarse para siempre. El dolor ahogaba su corazón; sus ojos no podían ya guardar el secreto de las lágrimas, y alguna que otra gruesa y transparente rodaba con lentitud por sus mejillas. Ni siquiera se acordaba en aquel punto de Castana, y preocupada y sola fue a colocarse en una ventana de la torre que daba frente a la puerta principal del alcázar.

Había allí apostados unos cuantos almogávares de tan feroz catadura como todos los de su laya, entretenidos en afilar contra las piedras del muro las puntas de sus dardos, que en verdad no lo necesitaban; pero doña Inés no hizo alto en ello, porque ya los había visto en diversas partes, lo mismo recorriendo los caminos, que guarneciendo ciudades y fortalezas. Además, que después de conocer a Aznar, y de medir su gran valor y fidelidad, había también desaparecido de ella el horror que le inspiraban, y aun comenzaba a mirarlos a todos como amigos.

A poco de estar allí asomada, vio llegar a Gil de Atrosillo y a Lizana, muy presurosos, entretenidos en ardiente conversación, de tal suerte, que no pusieron los ojos siquiera en los almogávares.

-Ya lo dejo todo dispuesto -decía Lizana-; y por mi fe, que si tan cerca están como se cuenta, pronto sabrán que corre aún por nuestras venas la sangre de los guerreros del monte Pano. Juremos, Atrosillo, como juraron allí nuestros padres, perder la vida antes que consentir que los tiranos nos arranquen nuestros fueros santos.

-¿Y no os parece -repuso Atrosillo- que deberíamos haber salido a pelear a campo abierto? ¿No será mengua de nuestro honor defendernos detrás de estos muros inexpugnables?

-Soy más viejo que vos, Atrosillo, y no extrañaréis que me tenga también por más prudente. Muy bueno que sería eso, si a campo raso no pudiera aplastarnos su muchedumbre. Pero siendo tantos como dicen que son, mejor es que detrás de estos muros demos tiempo a que se disminuyan sus fuerzas, y se reúnan todas las nuestras, y podamos elegir el día y la hora de la batalla, saliendo cuando nos convenga al campo. No intentarán el asalto; pero si a tanto llegase su locura, al primer sonido de la trompeta acudiremos al muro, y daremos ración de carne a los cuervos para muchas semanas. Por Jesucristo vivo, que han de aprender a su costa estos mercaderes catalanes lo que es el pendón de Lizana.

Llegaron en esto al pie de la escalera principal, desde donde se descubrían muy bien la puerta y los almogávares, y Gil de Atrosillo dijo a Lizana:

-¡Qué veo! Por las barbas de mi abuelo, Lizana, que aquellos que allí están son almogávares, y no lo había reparado hasta ahora. ¿Quién ha encomendado a esos miserables la guarda del alcázar?

-Peor sería -dijo Lizana- que estuvieran en las torres o en las puertas de la ciudad. En punto están donde no pueden hacer mal alguno, ni abrir un rastrillo, ni echar una escala; y conque los muros exteriores del alcázar estén llenos de gente nuestra, basta para el seguro que necesitamos. Ya dije otra vez delante de vos que no conviene irritarlos ahora; tiempo llegará de que, a nuestro sabor, exterminemos su casta maldita... Sin duda, dispuso esto así Roldán, a quien ayer dejé encomendado que cuidase de la guarda del alcázar.

¡Triste sagacidad humana! Aquel viejo político, que tan lejos veía venir las cosas, no las reconocía luego cuando las tocaba ya quizás con sus propias manos.

¿Quién se fiara más de la previsión de ningún político, aunque sea viejo y sabio, si ahora le jugasen los almogávares alguna mala pasada a los señores?

Tras de aquella conversación breve, Lizana con sereno semblante, Atrosillo con aire de no ir satisfecho todavía, desaparecieron en las revueltas de la escalera que caía debajo del aposento en donde estaba la reina; y un instante después, se sintió un espantoso ruido.

-¡A mí, villanos! ¿No me conocéis? -exclamaba uno. Y era sin duda la voz de Férriz de Lizana.

Sintiose también otra voz que parecía de Gil de Atrosillo, la cual gritaba o hablaba muy alto; pero no pudo entenderse lo que decía. Hubo fragor de armas y voces sordas, y luego no se oyó más rumor alguno.

La reina, que no podía dudar de quién eran las voces, quedó aterrada, inmóvil, sin osar apartarse del alféizar de la ventana.

Pasados algunos momentos, entró Roldán.

-¿Qué hacéis aquí, almogávares? -preguntó más con desprecio que cólera a los que guardaban la puerta.

Mas ellos no contestaron.

-¿Qué hacéis, digo, cuando debiera custodiar esta puerta mi buena mesnada? -tornó a preguntarles con voz alterada y fiera.

Nadie le contestó tampoco; pero cuatro de los almogávares saltaron instantáneamente sobre el caballero: el uno le puso la mano en la espada, el otro le tapó la boca con un pedazo de malla, y alzándole a un tiempo en alto comenzaron a subir con él las escaleras. Momentos después bajaron como si tal cosa, como si nada hubiera acontecido. La reina, agitada con sus sentimientos contradictorios, con la conversación de Lizana y Atrosillo, y con los siniestros sonidos que había escuchado después, estaba ya aterrada; y esta escena de Roldán llevó al último punto su espanto.

Y en seguida vio llegar unos tras otros a los principales señores de la corte: muchos no repararon en los almogávares; otros, los miraron con extrañeza; pero no dijeron palabra. Y cada vez que subía alguno, se oía el mismo estruendo que la vez primera.

-¡Traidores! -decía este.

-¡Villanos! -clamaba otro.

Y luego, se sentían sordas voces y algunos gemidos; y poco después, nada, nada absolutamente.

-¡Castana! ¡Castana! -gritó doña Inés quitándose de la ventana, y al cabo de un rato que vio que más no subían, ni se sentía rumor ninguno.

Castana acudió al punto alegre, lozana, más linda y más graciosa que nunca. Pero al ver a doña Inés desencajada y llena de espanto, desapareció de su rostro toda muestra de alegría, y exclamó:

-¿Qué tenéis, señora mía? ¿Qué sucede?

-Castana -dijo la reina-; aquí debajo de nosotros están pasando horribles escenas; he sentido el son del hierro contra el hierro, y he oído muchos ayes de moribundos.

-¡Ay! -prorrumpió Castana, recordando que abajo estaban con Aznar otros muchos almogávares, y las palabras vagas, siniestras de la noche anterior-. ¿Conque ha habido lid? ¿Conque ha habido moribundos o muertos? Dios tenga piedad de Aznar, señora.

-¡De Aznar! ¿Qué dices, Castana?

Y la pobre doncella, bañada en llanto, contó a su señora cuanto había hecho, y visto, y oído.

-¡Han asesinado, pues, a los ricoshombres! -exclamó la reina, con tanto horror como asombro.

-¿Creéis que habrán sido ellos los muertos? ¿Estáis segura de que no habrá perecido Aznar? -dijo sencillamente Castana.

-Bien decía yo -continuó la reina sin prestarla atención, y sin pensar ya en sus propios agravios- que esos almogávares son de raza de lobos; ¡han asesinado, Dios se lo perdone, soberbios y todo, a los mejores varones de Aragón!

Pero al propio tiempo, se oyó ya lejano ruido de trompetas y clarines, y confuso estruendo y vocería. Por la puerta misma del alcázar entró un soldado de las mesnadas corriendo a más correr, y gritando:

-¡Al arma, al arma!, estamos perdidos; ¿no hay quien defienda la puerta cerrada del alcázar que da al campo? Por allí están entrando los almogávares en la ciudad. Bien podéis verlo desde el muro.

Al punto, los almogávares quisieron apoderarse de su persona; pero el fugitivo, mudando de camino al verlos venir hacia él, volvió a salirse a la calle gritando. Y, aunque ellos le dispararon algunos dardos, no debieron de acertarle, porque volvieron a recogerse pronto en el patio, no sin algunos votos e imprecaciones.

El estruendo y las voces en el ínterin se fueron poco a poco acercando; y luego, el concertado son de muchos instrumentos militares, y el pisar de muchos caballos, llegó ya a los oídos de doña Inés y de Castana.

-¡Viva el rey don Ramiro! -clamaba la muchedumbre.

Doña Inés cayó desfallecida, sin poder sufrir más en su corazón tan contrarios efectos. Castana, sentada a su lado, lloraba amargamente; ni una ni otra hablaron palabra por muy largo rato.

Y en esto, la vocería fue aumentándose, hasta inundar con su eco inmenso el alcázar; sonaron dentro del mismo patio los clarines y músicas militares, y el ruido de los caballos que allí paraban. No era posible dudar más; oíase la voz misma del rey, que venía entonando el Tedeum muy devotamente.

Doña Inés no pudo contenerse más entonces, y se asomó de nuevo a la ventana. El rey don Ramiro y el conde de Barcelona, ricamente armados ambos, acababan con efecto ya de apearse, y comenzaban a subir las escaleras; el patio del alcázar era un mar de puntas de lanzas y cascos y plumeros, y por entre los caballeros y caballos vagaban, rotos y espantosos, multitud de almogávares.

-¡Qué airoso está! -exclamó, olvidada ya, al parecer, de los difuntos ricoshombres, doña Inés-. ¡Qué bien le caen ya las armas!

Y después de dudar un momento sobre si debiera o no bajar al patio mismo a recibir al rey, se encaminó a esperar a sus aposentos, precipitadamente, y, como siempre, seguida de la fiel Castana.

Notábase que no entraba el gentío por la puerta principal que daba a la ciudad, sino por un pasadizo opuesto que debía de comunicarse con alguna otra, acaso aquella misma de que hablaron Aznar y Castana. Debía de ser por allí mismo, por donde ya tardíamente había advertido que entraba uno de los mesnaderos, puesto sin duda de atalaya en el muro.

Y en verdad que todos estos rápidos y dudosos y varios sucesos son de lo menos verosímil que el mozárabe apunta en este libro; pero no por eso parece que sea menos cierto. Cualquier azar contrario, cualquier mayor previsión, cualquier más grave tropiezo, habría hecho imposible, sin duda alguna, la sorpresa del alcázar, la prisión de los ricoshombres, la fácil entrada en aquella ciudad de tantos cubos y adarves; pero ¿cuándo empresas tales se han llevado a término de otra suerte que por mera casualidad en el mundo? Lo que hay es que, como dice un clásico, suele siempre ponerse del lado de los más audaces la fortuna.


La campana de Huesca de Antonio Cánovas del Castillo

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