La campana de Huesca: 26

Capítulo XXV
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La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


Cómo es verdad que Dios castiga sin palo ni piedra pruébase con el ejemplo del lego Gaufrido, que lo que recibió fue una puñada


Hubo mientes como puños,
hubo puños como mientes.


(Quevedo)


Aznar subió de un salto la angosta y revuelta escalera de la casa donde estaba aposentado, sita en la calle del Salvador, como en otro lugar queda dicho.

-Pedro de Fivallé -dijo al llegar a lo alto-: ya está todo compuesto. Mañana entrarán los príncipes en Huesca sin resistencia alguna, y haremos sonar tal campana, que con sólo oírla esta vez desfallezcan todos los rebeldes del mundo, cuanto más los del reino.

Fivallé le miró, como asombrado, sin hablar una palabra.

-Traed el pergamino -continuó Aznar- donde se trata del perdón de los ricoshombres rebeldes.

-Aquí lo tenéis: ¿mas vos sabéis leer, Aznar?

-No entendí en mi vida de tales brujerías; que mi padre no me crió para monje, sino para soldado, y de los almogávares, que son doblemente soldados que los otros.

-Pues ¿para qué queréis entonces el pergamino?

-Vais a oírlo. ¿Recordáis el suceso de aquel mal caballero Castellet que nos refirió el buen conde don Berenguer una noche en la montaña?

-Sí, recuerdo.

-¿Recordáis cómo dijo que aquel falsario quitó las letras que tenían unos pergaminos, y puso otras que más le convenían?

-Sí, recuerdo.

-Pues he aquí la ocasión de aprovechar el cuento. Bien decía don Berenguer, que de todo había en esto de la escritura, es decir, que unas veces servía para bien y para mal otras. Ahora le toca servir para bien, porque es fuerza que al punto quitéis lo que reza, y en su lugar pongáis lo que yo os vaya diciendo.

-No me atrevería a tanto -respondió Fivallé-. Pero aun cuando me atreviera, es el caso que, si leer sé muy razonablemente, de escribir no entiendo más que vos mismo.

-¡Diablo! -exclamó Aznar-, esta si que es gran dificultad, e inesperada.

Y sin saber qué partido tomar, comenzó a dar vueltas por la sala donde se hallaban, ora asomándose a las ventanas, ora quitándose de ellas, sin discurrir, al parecer, buena salida en el laberinto en que se veía metido.

-¡No lo harán! ¡No, no me obedecerán, si no tengo este pergamino! -gritaba de cuando en cuando.

Cosas de Aznar. Para aquel hombre, pensar y poner las obras en ejecución, era todo uno, según hemos visto en otros trances: audaz por la edad, por la raza, por el ejercicio, y alentado con el buen éxito de sus empresas, puesto que le habían salido bien hasta entonces las más arriesgadas; diestro, ágil, poderoso en fuerzas y armas, no había obstáculo que le estorbase el comenzar y llevar adelante su intento.

Mas por esta vez la dificultad que se ofrecía era realmente tan grave que, si no le hizo arrepentirse o temer, le tuvo por largo espacio confuso.

Si se trataba de derribar a un gigante brazo a brazo, o de asaltar la torre más levantada, y aunque fuera de lidiar solo con un ejército, Aznar no lo habría meditado tanto, sino que ciegamente se habría arrojado al obstáculo, y o lo habría vencido, o habría muerto en la demanda. Pero eran letras lo que había que hacer, letras, y el valeroso almogávar, ni de vista apenas las conocía. Hubo momento en que deseó ya que sus padres le hubieran criado para monje, y no para tan soldado como era.

Otras veces, abandonando el proyecto fundado en aquel pergamino, se ponía a maldecir a Fortuñón a grandes voces, afeándole su cobardía en no querer emprender nada contra los ricoshombres, sin mandato escrito del rey, y jurando que tomarla de él notable venganza, con haber sido tan amigo de su padre y todo, cuando la ocasión le viniera a cuento.

Yendo, y viniendo, Y revolviendo cosas en su cabeza, hasta llegó a fijarse en la idea de dejar aparte a Fortuñón, e ir por sí a buscar a los almogávares que había en Huesca, y persuadirlos de que acometiesen tamaña empresa. Pero ni él sabía dónde podría hallarlos, en ciudad que le era aún poco conocida, ni dado que los hallase, razonablemente podía confiar en que le siguieran.

La empresa era arriesgadísima y espantosa de imaginar: el número y fama y riqueza de los ricoshombres era para poner respeto en los más osados.

Y como Aznar no tenía aún la autoridad de los años, si viéndole en peligro de su persona, no habría almogávar que no le acudiese por amor, y algo de eso que hoy llamamos espíritu de cuerpo, no era posible que tal lograse, cuando apenas podía él explicar, ni comprender ellos, los móviles de tan sangriento y arriesgado propósito.

Y a todo esto comenzaba a anochecer, y no parecía sino que la proximidad de las tinieblas aumentase más el desasosiego del almogávar. Paseaba el aposento, miraba por las ventanas, increpaba a Fortuñón y a los padres de Jaca, maldecía a los que tan incompletas letras dieron a Fivallé, y todo en vano.

Por fin, entre la turba de escuderos y menestrales que cruzaba en bullicio la calle, vio moverse los hábitos de un monje.

-Ese monje, ese monje debe de saber escribir -exclamó-. Nada me falta.

Y de un salto se puso en la calle.

Aquello fue una dichosísima inspiración.

-Padre mío -le dijo sin más ni menos, y como si le hubiese conocido toda la vida-: por ventura ¿sabéis vos escribir?

-No habéis de llamarme padre, que no soy sino lego, hermano -respondió el monje-. Mas, ¿cómo si sé escribir? No hay en toda la comarca otro convento donde tan buenas letras se hagan como en ese glorioso Mont-Aragón, ni hay allí otra mano como la mía para toda clase de escrituras.

-Pues el caso es, buen lego, o buen diablo, o lo que seáis -dijo Aznar-, que yo necesito de vuestra habilidad maravillosa para que me escribáis un pergamino importante.

-Eso no puedo y ahora, que tengo que recoger limosna, hermano. Y hable con más reverencia, que si no soy padre de almas, todavía paso por lego de autoridad en el convento.

-De reverencia no se trate -replicó Aznar-, porque haré cuanto os plazca y parezca. Mas en lo de no escribir, será fuerza que amanséis el ánimo, porque lo propio que si escribís habrá para vos buenos sueldos jaqueses de Aragón, si en ello no consentís, me temo, que hayan de desaparecer por de pronto vuestras narices de una puñada, padre lego.

-Hablaras antes lo de los sueldos, y no hubiera en mí la dificultad más pequeña, que aunque es verdad lo del quehacer, no es tal que no dé algún espacio. Y más que, lo que tú me ofreces, limosna es, aunque para mí, que tanto las he menester como el convento. Pero en eso de la puñada habría mucho que decir; que si quieres probar estos míos luego que gane los sueldos ofrecidos, a tu costa sabrás cómo el lego Gaufrido se pinta solo para andar en carnes ajenas, ni más ni menos que para trazar letras y ringorrangos en un pergamino.

-Todo será como os cumpla, Gaufrido; que con que escribáis lo que dicte, me doy yo por mi parte por contento -respondió alegremente el almogávar.

Entraron sin más en la caza, y cerrando cuidadosamente las puertas del aposento, recogió Aznar, de manos de Fivallé, el pergamino que contenía el perdón, y lo puso en manos del buen Gaufrido, diciéndole:

-Quitad primero esas letras, menos lo que haya sobre el nombre, autoridad y sello del rey, que por ahí debe de andar, no sé si a los principios o a los fines.

-Un momento... -dijo Fivallé, que estaba presente.

-Y ¿para qué, Fivallé? -dijo Aznar-. Quitad eso, digo, padre lego.

El monje recordó que este era el de los sueldos ofrecidos, y no hizo caso del otro. Y sacando del pecho una cajita con ciertos instrumentos e ingredientes, comenzó lentamente a borrar lo escrito del pergamino.

Así que hubo terminado esta tarea, dijo:

-Dictad.

-Vos, Fivallé, le dictaréis todo lo que se necesite y sea de costumbre en una sentencia de muerte contra varias personas, que yo no sé tampoco de esas cosas -dijo entonces, por su parte, Aznar.

-Pero ¿estáis loco, amigo? ¿Qué pensáis hacer? -repuso Fivallé.

-Ayudadme en esto -continuó Aznar-, que para lo demás me daré yo solo trazas, y hará de modo que ambos ganemos prez en este mundo y el otro.

El rey de armas se encogió de hombros, y sin atreverse ya a contrarrestar la voluntad poderosa del almogávar, comenzó a dictar la sentencia, aunque no sin dudar y balbucir, y detenerse como quien obra de mala gana.

-Reparad que son nobles -dijo Aznar como a la mitad-. Tratadlos ahí según su condición merece.

Pedro de Fivallé se paró entonces, más que nunca dudoso; luego continuó dictando.

-¿Y los nombres? -preguntó embarazado cuando hubo llegado al punto de ponerlos.

-Eso me toca a mí, que bien lo sé todos -contestó Aznar-. Miguel de Azlor es uno.

Y el lego escribió sin decir una palabra; no así Fivallé, que sintió estremecerse todo su cuerpo.

-Otro, Gil de Atrosillo -continuó el almogávar.

Y volvió el lego a escribir y a temblar el rey de armas.

Aznar dictaba con la indiferencia más grande. Los pliegues que había levantado en su frente la pasada incertidumbre habían desaparecido del todo, y en su fisonomía, varonilmente hermosa, más bien se leía la satisfacción que ningún otro sentimiento.

Después de Gil de Atrosillo, dijo:

-Pedro de Yergues.

Y luego:

-García de Vidaura.

Pedro de Fivallé no pudo contenerse por más tiempo y exclamó:

-Si no miente la fama, esos son de los más esforzados y famosos ricoshombres de Aragón. ¿Pensáis de veras que se les pueda quitar la vida con esta falsa sentencia que mandáis escribir, o qué género de intriga y mojiganga es esta?

Aznar prosiguió sin contestarle:

-Férriz de Lizana.

-¿El héroe del Alcoraz? -Prorrumpió Fivallé-. El nombre de ese guerrero ha llegado hasta nosotros los catalanes, todo resplandeciente de gloria: allá en Barcelona os lo hemos envidiado muchas veces.

Aznar se sonrió siniestramente. Y sin cuidarse de las palabras del atribulado rey de armas, continuó:

-Roldán.

-¿También Roldán? -exclamó estupefacto Fivallé-. ¿También Roldán? Eso es imposible, Aznar; os estáis burlando de mí, y acaso de vos mismo si tal pensáis. Ni debe ser que se acabe en un día con la flor de Aragón, ni puede ser que se consiga eso. ¿Con qué medios contáis para acometer tal empresa? ¿Dónde están las gentes que han de seguiros? ¿Dónde las armas? ¿Dónde los capitanes?

Aznar le miró entonces fijamente, y con entera voz le dijo:

-Buen escudero, yo defiendo a mi rey, y sé cómo debo defenderle; cuidad vos de defender a vuestro conde y de lo que convenga a su servicio. Ya, acabando en un día con estos soberbios ricoshombres, hago libre a Aragón y libre al trono. Pues que el conde de Barcelona viene a ocupar este trono y a reinar en Aragón, ved vos si os conviene impedirlo. Sin estas muertes que deploráis, ni don Berenguer dejará de ser conde, ni Aragón y Cataluña se verán unidos jamás.

El almogávar discurría como el mejor político de su tiempo; sus palabras, rudas en la forma, estaban llenas de inteligencia, de verdad. Fivallé sintió suspensa su razón. Pero no bastaba; era preciso que se convenciese también su corazón acobardado por la magnitud de la empresa.

-Todo ello será cierto -respondió-. Y no parece, al oíros, sino que anduvisteis en cortes de reyes antes que en riscos y cuevas de la montaña. Pero es imposible, sin embargo, que lo ejecutemos nosotros solos.

-Si acaso no lo conseguimos, a bien que nosotros cumpliremos con dejar nuestras vidas en el trance.

-Con todo, con todo -murmuré el rey de armas, más temeroso de parecer cobarde que decidido a dejar pronto la vida.

-Apresurémonos, que es tarde -dijo a la sazón Gaufrido.

-Hermano -respondió Aznar-, ¿quién son los que van apuntados hasta ahora?

-Miguel de Azlor, Gil de Atrosillo, Pedro de Yergues, García de Vidaura, Férriz de Lizana, Roldán.

-Pedro, de Luesia -continuó Aznar.

-¡El arzobispo! -exclamó ya el monje, tan indiferente hasta entonces-. ¡El arzobispo! No, yo no escribo eso, no puedo, no quiero escribirlo. Págame mi trabajo, y quédate con el diablo, que no con Dios, porque esto no puede ser cosa buena.

-Proseguid, buen lego, escribiendo -le contestó Aznar-, que más cuenta os ha de traer que el resistiros.

-No, en mis días -repuso Gaufrido.

-¿Que no, don lego? Pues tomad eso a cuenta de lo que os espera, y ved luego si os convendrá mediros conmigo.

Y al decir esto, descargó Aznar una puñada en el carrillo derecho del pobre Gaufrido, con tal brío, que le derribó cuan largo era en el suelo. Alzose el lego gimiendo, y bañada en sangre la boca.

-¡Santo Dios; me ha dejado el muy perro sin un diente sano! Hijo de Lucifer, ¿así te atreves a poner las manos en un lego de mis campanillas? He de hacer que te desuellen vivo.

Tales fueron las exclamaciones de Gaufrido.

-Aún habrá más -dijo Aznar moviendo el puño...

-No, por vida de tu madre -respondió el monje, olvidando sus vengativos propósitos-. Me basta, me basta.

-Pues aún he de hacer que os sobre, si otra vez osáis resistir a lo que yo diga.

-No resistiré, pero no puedo con el dolor del carrillo; me lo has hecho cecina; si eres cristiano, deja que me repare un momento siquiera.

-No, no, escribid, escribid lo que ya os dije -respondió Aznar-. Tiempo habrá para todo.

El lego volvió a sentarse, y puso temblando: Pedro de Luesia.

Y en seguida Aznar dictó otros y otros, hasta quince, de los mejores ricoshombres del reino, aquellos que, como sabemos, ejercían entonces el gobierno de las cosas públicas.

No bien se hubo acabado la tarea, Aznar cogió el pergamino y le dijo a Fivallé:

-Leed esto, no sea que el don leguillo nos haya engañado. Y vos, Gaufrido, venid acá: los sueldos se os darán colmados, pero no será hasta mañana. Por esta noche habéis de quedar encerrado aquí abajo, porque no conviene que hombre que sabe lo que vos salga esta noche a la calle.

-¿Eso más? -exclamó el lego-. Déjame ir, que ya se me hace tarde para volver a mi convento; déjame ir, y te perdono los sueldos que me debes, con ser tanta la necesidad en que nos hallamos yo y el convento.

-No permita Dios, Gaufrido, que yo os quite el fruto de vuestro trabajo. Pasad acá abajo la noche, y amanecerá Dios, y medraréis, y medraremos todos.

Y cogiéndole de un brazo Aznar, no bien dijo esto, le arrastró a un zaquizamí muy oscuro, lleno de polvo y de muebles rotos, y cerró cuidadosamente la puerta, sin que el lego osara más oponer resistencia. Vuelto a la sala, preguntó a Pedro de Fivallé:

-¿Está bien puesto cuanto le hemos dictado?

-Bien puesto está -respondió el otro.

-Ea, pues, seguidme si bien os place, Fivallé: os aseguro que hemos de salir triunfantes en esta empresa.

-Pero, Aznar, ¿estáis loco? Mientras más pienso ello, más me confundo -respondió el rey de armas-. Paréceme -dijo- que os andáis en burlas, porque lo que es en sana razón, nadie es capaz de imaginar lo que imagináis.

-¿Y en esas estáis todavía? -contestó Aznar-. Vive el Cielo que no he de contar con vos para nada; quedaos, Fivallé, puesto que tanto miedo os asiste; quedaos, y servid a vuestro señor con cobardes palabras, que yo con las armas he de servir ahora al vuestro y al mío.

-¿Me insultáis? Por la Virgen del Mar, que he de probaros que hay valor en mí de sobra, y que si no os sigo a esa empresa es porque en ella no os asiste la menor cordura. Aquí mismo ha de ser: en este aposento.

Y el ultrajado rey de armas, lleno el rostro de vergüenza y de cólera los ojos, desnudó la espada.

Aznar le estuvo contemplando por breve rato. Dos o tres veces, así como a su pesar, llevó la mano al astil de uno de sus dardos, mas volvió a retirarla al punto.

-¿No os atrevéis? -dijo Fivallé, alentado con aquel silencio, y queriendo devolver al almogávar la afrenta que le había hecho.

-No, no me atrevo, buen Fivallé -contestó el almogávar con aparente calma.

Y en tanto, sus ojos saltaban dentro de sus órbitas, estremecíanse sus rodillas y sus brazos, y su voz temblaba.

-Nunca el almogávar había hecho tanto sobre sí mismo; nunca había reprimido de tal suerte sus sentimientos.

-No hablarais mal -repuso Fivallé- y os ahorraríais esto de que yo tuviera que mostraros quién soy.

Dijo tal con tono desdeñoso y vano, como de persona que muestra moderación en la victoria; aunque, a decir verdad, no estuviese muy descontento en su interior de hallar al almogávar tan tímido.

Este, al oírlo ahora, lanzó un rugido de cólera; toda su sangre se le agolpó a la cabeza.

-¡Oh! No puede ser... -exclamó-. Don Ramiro... Lizana..., lo perderíamos todo..., ¡paciencia!

Y sin decir más que estas palabras entrecortadas, se salió de la estancia corriendo, y en un vuelo se puso en la calle.

Allí, junto a la puerta de la casa, se encontró con Yussuf y Assaleh, que dormían a pierna suelta sobre el polvo de las no empedradas calles.

-Yussuf, Assaleh -dijo, acompañando con un puntapié cada una de estas exclamaciones-: seguidme.

-No le sigáis -gritó desde el balcón Fivallé.

Pero los siniestros africanos se levantaron y echaron a andar detrás del almogávar. No entendían apenas las lenguas de los cristianos, y siguieron a Aznar, porque en sus gestos y movimiento del brazo le conocieron la voluntad de que se fuesen con él, que no porque de sus palabras la hubiesen deducido. Por eso ni entendieron ni obedecieron al rey de armas. Parece que a la manera de ciertos animales domésticos, entendían sólo por la costumbre de oír sus mandatos a su amo el conde de Barcelona.


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