La campana de Huesca: 23

Capítulo XXII
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La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


Cómo Dios trae consuelo y ayuda a las dueñas menesterosas


-Manténgavos Dios, señor;
adalides bien vengades:
pues ¿qué nuevas me traedes
del campo de Palomares?
-Buenas las traemos, señor,
pues que venimos acá...
que nos pesó o que nos plugo
hobimos de pelear:
los cuatro de ellos matamos
los tres traemos acá.


(Romance viejo)


La crónica no dice, al fin, cómo ni cuándo se acabó esta plática de Roldán con Férriz de Lizana. Pero es natural que se acabase pronto, porque la fatiga de Roldán era grande, de modo que apenas podía tener sobre sí el peso de la armadura; y es también natural que no se separasen los dos sin quedar satisfechos y agradecido el mozo con las sabias lecciones del viejo, por más que a él le costase algún trabajo participar de sus recelos y temores.

Como era galán, aunque viejo y compasivo, aunque hijo de edad muy sangrienta, conócese que el cronista estaba impaciente por seguir a doña Inés, que quedaba en tan justo y amargo duelo; y aun por eso hizo en este punto una cosa que no suele, que es dejar interrumpida la conversación de los personajes que ponen voz y mano en los sucesos, obligándonos a presumir o dar por probable lo que debiéramos saber de seguro. Donde vuelve a su ordinaria minuciosidad es al referir lo que hizo doña Inés cuando de vuelta de ver a Lizana entró en su alcázar.

No pudo traer alivio a su espíritu en todo el día. Pronunciaba de continuo un nombre, que era, por lo común, el de su hija Petronila; pero, sin ser maliciosa Castana, le parecía oír de cuando en cuando sílabas, que más que a Petronila, sonaban a Ramiro. Y vagaba de acá para allá, sin decir ni pensar ella misma adónde iba: ya asomándose al patio del alcázar, donde sonaba continuo rumor de hombres y caballos, ya a los ajimeces, desde donde se descubrían los árboles de la hoya y las crestas, nevadas aún, de la vecina sierra.

A la noche, en tanto, la honrada doncella, que dormía a pocos pasos de su señora, se desveló un tanto, recordando aquellas horas alegres que solía pasar con Aznar, y saboreando de antemano las que había de disfrutar en lo futuro. Imaginábaselo ya a su lado, rico y glorioso, y en amante consorcio con ella, y la pobre muchacha temblaba de placer y contento. Todo lo tenía discurrido: los vestidos con que ella había de engalanarse los días de labor y los días festivos para enamorar a su Aznar; las horas que había de consagrar a verle y acariciarle; la cuna en que había de mecer al primer fruto de sus amores. Sólo dudaba y vacilaba en el ejercicio a que había de dedicarse su esposo futuro, dado que los reyes se lo diesen a elegir, como, por estar tan deseosos de hacerla merced, parecía.

«¿Caballero? -decía-. No, por cierto. No le quisiera yo tan galán y tan llano como es ahora, metido en esos tabiques de hierro que llevan los caballeros, y tan tieso y tan falso, como ellos son de ordinario. ¿Paje? No en mis días; que no son para hombres como mi Aznar, robusto y bizarro, las ropillas de colores, salpicadas de orillo y seda, que llevan los de esta profesión. Y aun paje de lanza le estaría mal, que más propio es él para blandir la propia que no para llevar la ajena. ¿Escudero? No lo consiente su altivez. ¿Qué será, que no será Aznar? ¿Qué es lo que más podrá ajustarse con sus ímpetus valerosos, y darme orgullo y felicidad a mí que seré su mujer y su amante?».

Fatigada de ver que no acertaba con lo que debía ser él en lo futuro, venía a parar en su estado presente, inclinándose a creer que lo mejor de todo sería dejarle de almogávar, como era y como fueron sus padres.

«¡Oh! Los almogávares -decía entonces- son lo más noble y lo más bizarro del mundo. ¿Qué caballeros tienen su valor? ¿Qué galanes su galanura? ¿Qué leales su lealtad?».

De tales meditaciones arrancola, al fin, la voz de su señora, que ora dejaba oír profundísimos suspiros, ora aquel nombre confuso que sonaba a Ramiro y Petronila. Y aun hubo momentos en que sorprendió Castana claras palabras, como las que siguen:

«¿No? ¿No estáis ahí, don Ramiro? ¡Ay de mí, que no os siento respirar como otras veces! ¡Y estoy sola! ¡Y no puedo ya tocar vuestra frente acalorada con mi mano! ¡Ah! ¿Dónde sois ido, señor y dueño mío? ¡Tengo miedo ahora! Si he de morir ya, ¿por qué hasta el último momento no he de sentir, al menos, que vos vivís y estáis aquí a mi lado?».

Y otras veces, estas, más inconexas:

«¿Vence?... ¿Cae?... ¡Dios de las batallas!... Ya triunfa, triunfa... ¡Ay! ¡Ay de mí!... ¿Por qué habré nacido tan desdichada?».

Entonces Castana, afligida, solía llamarla, para que aquellos sueños agitados no destruyesen su salud; y hablando doña Inés de don Ramiro, o de Petronila y por su parte del almogávar Castana, vieron ambas entrar los primeros rayos de luz por las rendijas de los ajimeces moriscos del aposento, y sintieron los primeros gorjeos de las aves que bajaban de la montaña a apagar la sed en la corriente de la Isuela, y a regocijarse entre las hojas de sus álamos.

La del alba sería ya la hora que iba corriendo, cuando Castana oyó que la llamaban en voz baja de la parte afuera del aposento. Pronto conoció la voz de Ruderico, el pajecillo de la reina, con quien trabamos conocimiento muy en los principios de esta crónica. Castana, harto escarmentada de las impertinencias del rapaz, no se apresuró por eso a levantarse, ni salió del aposento hasta ordenar sus trenzas y entretejer en ellas algunas hojas verdes de encina, que eran su ordinario tocado.

-Buenos días, señora Castana -dijo al verla el muchacho.

-Buenos días te dé Dios, mal paje -respondió Catana-. ¿Qué picardigüela te trae por aquí a estas horas? ¿Te viene persiguiendo el mayordomo del rey por hurtos en la despensa o en la cocina? ¿Has robado la fruta de algún huerto de monjas? Vamos, tú quieres que la reina te tome bajo su protección; y acaso te la otorgará por mediación mía, aunque, cierto, no la mereces.

-No vengo, señora Castana -respondió pausadamente Ruderico-, sino a que me deis cuarenta sueldos en buena moneda jaquesa que me estáis debiendo de mis mandados.


-¿Cuarenta sueldos? ¿Piensas tú, rapaz, que tengo ya para ti mi salario entero?

-¿Y piensa la señora Castana que yo dé de balde las buenas noticias que cazo?

-¿Tienes buenas noticias, Ruderico? -dijo entonces Castana, un tanto turbada-. Por el alma de tu madre que no me engañes: dime si las tienes y si son buenas. ¿Se dice algo por Huesca de la vuelta del rey? Oye, óyeme -añadió acercándose a su oído-, ¿se cuenta alguna hazaña de aquel... aquel almogávar a quien diste un recado de mi parte?

-No diré palabra, por vida mía, antes de sentir en las palmas de mis manos los dichos cuarenta sueldos.

-Cincuenta te daré yo con tal que respondas a mis preguntas.

-Pues si es así, palabras y nuevas no han de faltaros: hay más de lo que pensáis.

-Habla.

-Vengan, vengan antes los cincuenta sueldos, que nadie ha perdido nada por cobrar adelantado, hasta ahora.

Castana, desesperada, sacó un puñado de monedas de cobre y se las tiré al rostro al muchacho.

-Bien, bien -dijo este-; aquí hay más de los cincuenta, no me pico porque me los tiréis a la cara; lo mismo me han de servir en mercado, que si me los hubieseis dado en mano propia.

-Ruderico -exclamó Castana-, ¿hablas o te quito los sueldos y hago que el mayordomo te encierre en una mazmorra, que pecados tienes ya para ello?

-Todos los tenemos, señora Castana -repuso descaradamente el pajecillo-, y no hay que andarse con amenazas, que yo soy hombre de palabra, y sin ellas sabré cumplir lo ofrecido. Dígoos, para no hacer rodeos, puesto que los sueldos son colmados y no vale la pena de contarlos, dígoos que el mismo almogávar está aquí en cuerpo y alma, y que hace dos horas que le he visto rondar esas ventanas que dan al río.

Castana, que al oír las primeras palabras del paje se había puesto en extremo colorada, se fue ahora tornando pálida como la cera. La sorpresa y el regocijo la habían trastornado.

-Conque Aznar... Aznar... ¿estás seguro de ello? ¿Dónde le has visto? ¿Junto al río, dices? Mira. Esta moneda plateada es tuya si le conduces aquí al instante. Y diciendo esto Castana, abrió de par en par una ventana, y dirigió anhelosamente la vista hacia los álamos plantados al pie, los cuales se extendían en una especie de bosquecillo hasta la corriente del agua. No tardó en distinguir a Aznar, que, apoyado en uno de los árboles, no quitaba ojo de las ventanas. Aznar la vio antes aún, de suerte que cuando se encontraron con él los ojos de ella, ya él tenía puesto un dedo en la boca en señal de silencio. Luego, sacó del pecho un pergamino, y clavándolo por la margen en uno de sus dardos, sin advertirle que se apartase a Castana, lo lanzó con su ordinario empuje y desembarazo. El dardo cortó silbando el aire, y fue a clavarse en la puerta de la ventana, oscilando algunos, momentos la punta al peso del astil, pero sin caer al suelo.

Castana, que no había adivinado el propósito del almogávar, dio un grito de espanto al sentir el golpe del dardo a pocas pulgadas de su rostro; pero Aznar no tuvo tiempo ya de notarlo. Ruderico, al olor de la moneda de plata volaba, que no corría, y fue obra de un momento recibir el recado, bajar las escaleras, cruzar el patio y la puerta, salir al campo, llegarse al almogávar y traerle; algunos segundos de tiempo que se hubiese anticipado habrían excusado a Castana un buen susto.

La pobre muchacha no estaba, sin embargo, para recordarlo mucho tiempo. Al ver que Aznar se venía detrás de Ruderico, corrió a la galería del palacio desalada, y sin dar a sus sentimientos espera alguna, le gritó de lejos:

-Aznar, Aznar, ¿eres tú? ¡Cuántos deseos tenía de verte!

-No serían mayores -dijo Aznar- que los que yo tenía de ver tus ojuelos, que hieren como mis dardos, y son de sabrosos como la miel de las abejas; pero no es tiempo de pensar en nosotros, Castana. ¿Te has dejado el dardo en la ventana clavado? Ve y tráemelo al punto, que el dardo falta me hace, pero más falta le hace aún a tu señora aquel pergamino que en él vino...

-¡Ay qué espanto me diste, Aznar!...

-¡Espanto! Por la Virgen de la Huerta, Castana, que temo que no has de servir para mi esposa. ¿Espanto dices? ¿No tienes confianza en mi brazo? Jamás ha marrado el tiro a la luz del día.


Castana calló, y no sin mirarle antes dulcemente, fue y trajo el dardo. No hubo tiempo para más porque al nombre y la voz de Aznar, la reina, que se había levantado sobresaltada, apareció ya a la puerta de su aposento.

El almogávar, inclinando una rodilla, le entregó con respetuoso desembarazo el pergamino.

Desdoblolo doña Inés, y leyó para sí las siguientes palabras:

«A la muy poderosa y honrada dueña doña Inés, hija de los condes de Poitiers y...».

Aquí había cerca de un renglón muy prolijamente tachado, donde con alguna dificultad se leía: «reina y señora de Aragón». Luego, continuaba el pergamino de esta manera:

«Dios ha tenido piedad de nosotros, doña Inés. El conde de Barcelona y yo estamos ya con hueste bastante para poner en el trono a nuestra hija, la cual quedará con el dicho conde desposada. Y dentro de poco hemos de regocijarnos los dos: yo con estar en el convento, de donde no debí salir, según sabéis, y vos con estar libre de pecado mortal, porque a fuerza de meditarlo, he venido a afirmarme en que también lo estáis desde que se consumó nuestro matrimonio. Y en verdad os digo que el habérseme confirmado esta sospecha que siempre tuve, me aflige mucho, por lo sobradamente que os amo, así Dios me lo perdone. Y nunca he padecido tanto como ahora, ni hallaré algún alivio hasta que os proporcione el bien que debo, que será huir para siempre de vuestra presencia, de modo que más no me veáis ni oigáis en toda vuestra vida. Sírvaos esta promesa mía de consuelo; y ella os ayude a llevar con paciencia el tiempo que hemos de estar juntos, que, aunque breve, yo sé que os parecerá largo, según es de piadoso vuestro ánimo. A mí también me lo parecerá, no menos por vos que por mí, como ya os tengo dicho. Pero no hallo medio de impedir todavía estas vistas que vos y yo hemos de celebrar todavía en Huesca, para dar fin solemne a mi maldito reinado, aunque bien lo pienso. Y lo más que puedo hacer es abreviarlas y cuanto antes dejaros, y rezar también por vos en el convento, aunque sin nombraros, porque no hay para qué me acuerde yo más de vuestro nombre, ni vos del mío en adelante, y bastará con que diga por la pecadora a quien he ayudado a pecar, como vos deberéis decir por el pecador cuyo cómplice he sido en el pecado, si también se os ocurre dedicarme algunos rezos, que bien los necesitaría mi alma, harto más pecadora siempre que la vuestra. Y Dios nos ayude, amén.

»De la hueste en buena salud y no más que mediana conciencia. - Fray Ramiro, malamente llamado rey antes de ahora».

Luego, debía venir el día, mes y año, pero no se leía bien, merced al agujero que abriera el dardo en el pergamino.

Si Castana y Aznar no hubieran estado mirándose muy tiernamente y diciéndose con los ojos todo lo que callaban por fuerza los labios, habrían sido testigos de una extraña cosa, y es, que así como doña Inés acabó de leer esta carta placentera, donde tan buenas nuevas le enviaba su marido, se llenaron sus ojos de lágrimas. Y no eran lágrimas de sorpresa y alegría, que esas ya hubieran venido bien en ocasión como aquella, sino lágrimas amargas, gruesas y lentas, que resbalaban por el rostro de la reina, vuelto pálido de repente, sin que las manos se levantasen a secarlas o recogerlas. El propio amor impidió a los dos fieles servidores sorprender aquel extraño, pero solemne dolor de la reina. Y esta tuvo tiempo de volver en sí, al cabo de algunos instantes, y de decir a Aznar con voz entera:

-¿Sabes, fiel Aznar, que Férriz de Lizana y los ricoshombres no han querido devolverme a mi hija, y que todos los días vienen a insultarme en este alcázar, donde asisten a manera de reyes?

-¡Lizana, Lizana!, dondequiera tropiezo con este hombre -dijo Aznar entre dientes. Luego, dirigiéndose a la reina, dijo en voz alta-: Ya os devolverán a vuestra hija, o por mejor decir, ya se la quitaremos con harta mengua suya; y lo que es de las salas de este alcázar, por cierto que han de salir no tan soberbios como entraron.

-Dios lo quiera, Aznar; pero son poderosos los rebeldes.

-¿Y qué importa que lo sean, señora? Como liebres huirán de la hueste del rey, que, entre aragoneses y catalanes, es numerosa y fuerte a maravilla, o de no, caerán como haces de mies al filo de nuestros hierros. Y harto siento yo que el rey haya determinado conceder perdón a sus delitos, con tal que no hagan resistencia; resistiéranse ellos en buen hora, y acabara de una vez en Aragón tan mala semilla.

-¿Traes tú el perdón?

-No, sino el honrado Pedro de Fivallé, que es como escudero del de Barcelona, al cual llaman rey de armas.

-¿Y crees tú que lo admitirán los ricoshombres?

-Tengo por cierto que no lo admitirán. ¿Y qué hacer en tal caso?

-¿Qué hacer? El rey y el conde llegarán de todas suertes a la ciudad, y si hallan abiertas las puertas, entrarán pacíficamente, y si no, las quebrantarán con los vaivenes que están preparando, o harán portillos en el adarve. Y si al avistarlos desde los muros, tañemos cierta campana Fivallé y yo, será señal de que han solicitado el perdón los rebeldes, y no se dejará pasar a los montañeses adelante, porque son traviesa gente, y una vez dentro, no habría modo de quitarles las manos ni las cabezas ni las bolsas de los ricoshombres. Si la campana no suena, entonces las armas harán su oficio, y San Jorge nos ayudará, y sus casas serán tratadas a sangre y fuego, sus cuerpos hechos pedazos, en pena de encubrir tan traidores ánimos.

-¡Qué horror! Aznar; ¿ha mandado eso don Ramiro?

-No; mas halo por él dispuesto el conde de Barcelona, que es hombre de singular esfuerzo y dignísimo de llevar corona en la cabeza; de nuestro buen rey don Ramiro fue solamente el mandar que primero se les brindara con el perdón.

En este momento sonó una trompeta en el patio del alcázar.

-¿Qué es eso? -preguntó la reina.

-Es que Pedro de Fivallé ha terminado su encargo, y tengo que ir a juntarme con él. Mañana, señora, tendréis aquí ya al rey vuestro esposo y hallaréis en vuestros brazos a la tierna princesa.

-¡Mi esposo, mi hija! -repitió la reina con honda melancolía.

El almogávar hizo una reverencia sencilla pero respetuosa, y salió. En la galería se halló de nuevo con Castana.

-¿Tan pronto te vas? -le dijo esta.

-Tan pronto -respondió él-; y a fe que lo siento en el alma, porque has de saber, hechicera muchacha, que lo que hasta que te vi no me había sucedido, ahora más que nunca me sucede, y el desear tu habla de jilguero, y tus ojos de endrina, y tú andar de venado, y tu talle flexible como el mimbre, y ese tu pie, tan breve, que no parece tuyo, sino de una niña recién nacida. Y en Dios y en mi ánima, que, a no ofenderte, quisiera departir contigo alguna noche como las pasadas; que bien puedes fiar en mí, pues sabes que soy, aunque rudo montañés, fidelísimo en guardar promesas, y porque conmigo estés o hables, no ha de pararte mal alguno.

-Eso creo yo muy bien, Aznar -dijo Castana-; y si quieres, ven a la medianoche al pie de la torre donde están estos aposentos, que por la puerta no será ya posible que entres, y yo te arrojaré escala por donde subas; pues has de saber que como esta torre cae dentro del muro, y está tan alta, y no hay aún ruido de enemigos, suele quedar sin atalayas.

-No sé si podré venir, Castana; mas haré por no faltar esta noche misma; y queda con Dios, que abajo me esperan.

-Pero, ¿te vas así, Aznar? Ahora veo que me quieres, por más que digas, menos que antes.

-Ah, perdona, Castana, perdona. Que aunque no me olvido de tu amor, con estos condenados sucesos, me olvidaba ya de mostrártelo como lo siento.

Y al decir esto, Aznar, con su ordinaria franqueza y desembarazo, depositó un beso en los encarnados labios de la muchacha.

Castana los adelantó ya esta vez para hallar más prontamente los de su amante. Sin duda no era ya el primero, bien que se haya olvidado de contar el cronista en qué ocasión y con qué nuevos argumentos logró vencer el almogávar la repugnancia que en ello, al parecer, mostraba al principio su enamorada. ¿Y a qué contarlo, en verdad, tampoco? Sobrado sabido es que no suelen ser inflexibles o eternos, al cabo, los noes y repulsas primeras de las mujeres de veras enamoradas.

Pero lo que no se olvidó ahora de decir el cronista, es que en el punto mismo de sonar el ligero estrépito del beso, se oyó súbitamente la primera campanada del convento de monjas, que llamaba a coro a las vírgenes consagradas a Dios. Castana, como si la vibración del bronce hubiera llegado hasta su corazón, se estremeció de repente; y así como maquinalmente se llevó la diestra mano a la frente y se persignó con devoción suma. Aznar se sonrió entonces con malicia mayor que prometía su rudeza.

Mas no pudo decir palabra, porque para mayor tribulación de la amable doncella se sintieron pasos cercanos que la movieron a partir en seguida. Era la reina, que, no hallándose sin Castana, se acercó a la puerta del aposento y alcanzó a ver la amorosa caricia de los dos jóvenes. Entonces recordó aquella otra escena que había sorprendido entre los dos, en la cual se negó heroicamente Castana a imprimir sus labios en los de Aznar.

-Castana -le dijo al entrar con ella en su estancia-, veo que adelantan mucho tus amistades con el almogávar. No siempre le has querido tanto.

Castana, que era fácil de color, según sabemos, se puso como unas brasas.

-Es verdad, señora, que cada día le tengo en más; al principio me daba vergüenza de él, pero ya no, y todo lo olvido cuando estoy a su lado.

-Todo, hasta las riñas del confesor. ¿Es verdad, Castana?

-Perdón, perdón, señora; no lo he podido remediar; le amo ya tanto...

Y la vergüenza ahogaba en su garganta los sonidos de la voz.

-Sosiégate, Castana -dijo suspirando doña Inés-. Dios ha de ser benévolo con las muchachas que padecen de amor... Es preciso tener más firmeza en el corazón que tú tienes para desoír sus voces. Sé demasiado lo que cuesta sacrificar el amor al deber, para que me ofenda esa tu flaqueza inocente. No haré más, eso sí, que apresurar vuestro matrimonio.

Tras esto desdobló de nuevo el pergamino la reina, y volvió a leerlo. Entonces fue cuando advirtió aquello del desposorio de su hija, en que no había podido hacer alto a la primera lectura: tanta era la turbación de su ánimo. Y aun ahora tampoco se fijó mucho en ello, pensando sólo en que había de tener pronto en sus brazos a su hija, y cerca de sus brazos a su marido; hablando y hasta alguna vez riendo tristemente con la enamorada Castana.


La campana de Huesca de Antonio Cánovas del Castillo

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