La campana de Huesca: 17

Capítulo XVI
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La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


En el cual se narra una grande y descomunal batalla que no fuera para creída si por tan seguro conducto no nos viniera


¿E quina gent es aquesta qui van nuus, é despullets, qui no vesten mas sol un casot é no porten darga, ne escut?... E los Almugavers que oyren aço entrebunir dixeren: vuy sera queus mostrarem qui som.


(Muntaner: Chrónica. Es llibre molt antich)


El cronista de esta verídica historia debía de ser grande enemigo de los almogávares, porque al comenzar el presente capítulo desata contra ellos su mala lengua y los maldice sin caridad ni medida.

-¡Oh gente cruel -exclama-, que no perdonasteis nunca al de espuela de oro ni al de humilde cayado, que así herís en las carnes ternísimas del infante como en el acerado peto del soldado, y lo propio os cebáis que en sangre de hombres en sangre de hermosas mujeres! Todavía recuerda Huesca con espanto el día en que traspasasteis sus puertas, porque todo lo disteis al saco y violencia. Ni sirvió a mis hermanos mozárabes su fidelidad a la santa fe de nuestro Dios, ni les aprovechó el recibiros como libertadores. Vosotros nos motejasteis de cobardes, porque permanecimos en la ciudad, en lugar de escapar a los montes altos y vivir en vuestra mala compañía, dentro de cavernas y peñascales; y a la par nos tratasteis que a los mismos moros. Y aun osabais decir, al ultrajarnos, que menos criminales eran ellos en defender su ley con las almas que no nosotros en practicarla entre fieles, fiando a la oración y no a las manos la redención de nuestra esclavitud.

Mas ¿qué mucho que así obréis, almogávares, si sola en la persona horribles, en el vestir fieras, en el nacer de raza varia y diversa prosapia, de suerte que apenas hay en vosotros quien sepa de su ascendencia o pueda decir algo de sus hijos? ¿No se alistan todo género de malhechores en vuestras bandas? ¿No vivís perpetuamente en la montaña sin bajar nunca al llano, sino para traer el robo y la matanza? ¿No habláis todos en ciertos géneros de algarabías o jergas, una de las cuales llaman algunos romance; y es gran pena por cierto, el que por vuestra culpa, y la de los villanos de la villa, vaya extendiéndose en el reino, y comunicándose a los de mejor y más vieja alcurnia?

¡Oh! ¡Bien fuera que nadie entendiese vuestros gritos y voces salvajes! ¡Bien es que os alimentéis con carne de fieras y hierbas del campo, y que más moréis en soledades y desiertos que en los pueblos! ¡Bien es que durmáis en el suelo y padezcáis tan grandes miserias, puesto que sois tan semejantes a los salvajes brutos en crueldad, y en dureza a los osos, o más bien quizá a las rocas de la montaña! ¡Ay, mal haya de vosotros, almogávares, mal haya de vosotros, y así os depare el Cielo, como tenéis negros y espantosos los rostros, espantoso y negro castigo en la otra vida!

Y por este estilo prosigue el bueno del cronista en sus imprecaciones.

Mas si, prescindiendo de estas sentencias dictadas por boca enemiga, llegamos a examinar los hechos de aquella gente, parece que no faltaban en ella buenas partes que oscurecían las malas, con serlo tanto y ser tantas como asegura el cronista.

Sin ir más lejos, este Aznar Garcés, a quien de escudero hemos traído en pos del rey don Ramiro hasta las sierras que corren entre Aragón y Cataluña, si era hombre cruel, no parecía horrible por su persona, a no mentir la honrada Castana. Y mostrábase, a la par que valiente y astuto y gallardo, fidelísimo, que es prenda, no de malvados, sino de las más escasas entre los honrados hombres.

Buena prueba de ello fue el encuentro con el escuadrón de Roldán que comenzamos a relatar en el capítulo antecedente.

Aparte ociosas palabras, sin otra voz que el grito de «¡San Jorge y a ellos!», Aznar desnudó la espada corta que llevaba al cinto, y se adelantó hacia el escuadrón de los caballos.

-Para, para, hijo mío -le gritó el rey-. Pídele antes a Dios mentalmente que te perdone la sangre tuya y ajena que vas a derramar en defensa de tu rey. No he de consentir sin eso que peleemos.

-Que me place -dijo el almogávar.

Y la oración no sabemos si la hizo; pero claramente se vio que no apartaba ojo de los contrarios, como si observase sus movimientos y estudiase el modo de contrarrestarlos.

El camino iba cortando por allí la falda de una montaña frontera de otra no menos alta que ella, y si de una parte apenas los ojos acertaban a descubrir las contrapuestas cimas, de otra podía causar vahídos de cabeza lo profundo del abismo que se abría entre ellas. Todo lo ancho del camino no parecía de tres varas, formando vueltas y revueltas en esa figura que ahora llamamos de zigzag, y como ya, por entonces faltaban buenos caminos y ni siquiera había escuelas especiales que enseñaran a construirlos, notábase en este la singular circunstancia de que, en los puntos donde revolvía, se estrechase más y más, de manera que apenas podían pasar dos caballos de frente.

En una de estas revueltas, se apostó Aznar con la espada desnuda, y el rey a caballo, y desnuda también la suya, cogidas las riendas con la boca y cubierto con el escudo, se colocó detrás, haciendo como una segunda línea de combate.

Roldán, no bien que los vio, puesto que dudase que dos hombres solos osaran contraponerse a su escuadrón, donde bien se contarían cincuenta jinetes, envió a dos caballeros que los reconociesen y alejasen del puesto. Pero lejos de ceder don Ramiro y su escudero, lanzaron a la par, el grito de «¡Mueran los traidores!», y con denuestos e injurias provocaron al combate a los caballeros que venían de descubierta. Maravilloles a estos la determinación, y más viendo la apostura burlesca del jinete, y las pocas armas y defensas que el peón traía consigo, y creyendo fácil castigar aquello que imaginaban locura, pasaron adelante a la carrera ambos, al decir del romance:


La lanza como una entena,
el fuerte escudo embrazado.


Pero Aznar no pareció intimidarse por eso; antes aguardó inmóvil, y al verlos a diez pasos, calculó el espacio que entre sí dejarían los dos caballos, y se plantó en él antes que los caballeros, apercibiéndose, pudiesen variar la dirección de sus lanzas, que ya habían puesto, para herirle, en ristre. Luego, al emparejar los caballeros con él, hundió la espada en el pecho del caballo que venía de la parte del abismo; vaciló este por un instante y cayó rodando de peña en peña con su jinete desventurado. El otro caballero erró el golpe de lanza a la carrera, porque como el camino se ensanchaba de la parte en que se hallaba el rey, no pudo venir contra él rectamente, y pasó sin herirle por su lado. Entonces don Ramiro se lanzó a él, espada en mano, como quien en sí propio ignora el efecto de las armas, y ha llegado a perderles por acaso el miedo, que es decir con furia ciega.

Recibiole también su contrario con la espada, y en un momento se cubrieron de sendos golpes, abollándose bien las cotas de malla, sin que a don Ramiro le empeciera el tener asidas las riendas con la boca, ni al otro le contuviese un punto el pelear con su rey, dado que ni aun podía conocerle en tal traza. Mas pronto puso Aznar término a la contienda, derribando malherido al caballo de una tremenda estocada en el vientre, y rematando al caballero de una cuchillada terrible, con que le partió en dos trozos el bacinete o casco y la cabeza.

Y en esto acudió a rienda suelta al lugar del combate el buen caballero Roldán, seguido ya de todo su valeroso escuadrón.

Aznar cogió de las bridas al caballo muerto y en un santiamén lo arrastró hasta el sitio en que el camino se angostaba. Allí lo acabó de un solo golpe en la cabeza, y colocándolo delante, para que sirviese su cuerpo de muro, aguardó vecino del rey a los contrarios.

Caballero y escudero no se dirigieron hasta allí en el combate sino una sola vez la palabra.

-Bravamente peleáis, señor -dijo Aznar.

-Tú sí, que no hay oso o lobo de estos montes que te iguale -respondiole el rey, maravillado de la serenidad con que tales hazañas ejecutaba.

Al llegar luego los primeros caballos del escuadrón al lugar en que la batalla se hacía, retrocedieron espantados: veían allí patas arriba el cuerpo de su compañero, y por más que aguijoneaban los jinetes, no era posible hacerlos pasar adelante. Roldán fue el único que de un salto logró ponerse al punto de la otra parte, y con tamaña rapidez, que no pudo el almogávar estorbárselo. Acometiole entonces don Ramiro. Roldán, que vio sin lanza a su contrario, tiró al precipicio la suya, y desnudando la espada, le recibió con el mayor esfuerzo.

Largo rato estuvieron acuchillándose sin consecuencia. Roldán era mucho más diestro, don Ramiro tenía más coraje, más resolución entonces de morir o vencer.

Aznar, en tanto, ardía en deseos de socorrer a su señor, pero no se atrevía a desamparar el puesto, por temor de que los del escuadrón quitasen de en medio el cuerpo del caballo, que era el único estorbo que los detenía, y pasando adelante, hiciesen imposible la resistencia.

Sonaban redoblados los golpes entre Roldán y don Ramiro; impacientábanse los caballeros de su escuadrón, viendo que pasar adonde él estaba no les era posible, y pensaban en poner pie a tierra para lograrlo; rugía de cólera el almogávar y miraba a la cima del monte como si algo esperase que no venía.

-¿Quién eres -le dijo Roldán a don Ramiro-, que de tan extraño modo coges la rienda y tan rabiosamente peleas?

-Soy uno a quien debes largos agravios y que hoy piensa vengarlos por sí mismo, ya que pudiendo vengarlos por otros medios ha dejado escapar las ocasiones.

-Pues esfuérzate -replicó Roldán-, porque no te las has con hombre que deja hacer en sí venganzas.

Las últimas palabras de Roldán apenas ya pudo oírlas el rey, porque en aquel momento se oyó un son espantable en lo alto de la montaña: eran alaridos salvajes, choque rudo del hierro contra las peñas, y confusamente entre el gran ruido, se escuchaban estas voces muchas veces repetidas:

-¡Desperta, ferres! ¡Desperta, ferres!

Aznar lanzó un grito de júbilo, y cogiendo la espada con entrambas manos, comenzó a golpear con toda su fuerza en las peñas del suelo, gritando también al propio tiempo:

-¡Desperta ferres! ¡Desperta ferres!

Don Ramiro y Roldán hicieron retroceder a sus caballos, cada uno por su lado, y suspendieron a un tiempo el combate, y alzando la vista hacia la cima donde se oían aquellas voces, la vieron coronada por hasta dos docenas de hombres, cuya feroz apostura podía poner espanto en el más fuerte ánimo.

A don Ramiro le pareció que, comparado con aquella gente, podía pasar Aznar por culto y gentil caballero; así venían de rotos y mal vestidos, negra la tez, sangrientos los ojos; si unos con capellinas de malla, otros sin ellas; si este con pieles de lobo o de toro, aquel con pieles de oso o gato montés, atadas a la cintura, todos ellos con calzas y antiparas de cuero viejo y rudas abarcas de monte.

Traían chuzos en las manos, espada corta como la de Aznar, y los propios dardos de afiladísimas puntas cuadrangulares que solía traer este consigo, sin más diferencia sino que las de algunos de ellos, por falta de hierros, sin duda, parecían de agudos pedernales.

-Son los almogávares, señor -gritó Aznar-; ahora verán estos soberbios y traidores de ricoshombres con quién se las han.

Y a toda prisa bajaban, en el ínterin, los recién venidos por la pendiente escarpadísima de la montaña, tan fácilmente cual pudieran por el llano.

Tres o cuatro de ellos se plantaron de un salto al lado de Aznar, y repartidos los otros por diversas partes de la pendiente, comenzaron a arrojar dardos y piedras contra los caballeros.

Apenas hubo lugar a la defensa. Ni uno sólo de estos dardos de los almogávares se perdió en hombre o caballo, y los peñascos enormes que, cuando no tiraban con hondas, echaban a rodar de lo alto, pronto pusieron maltrechos a los que en la primera acometida quedaron sanos.

Aznar, viendo en tanta rota el escuadrón, partió como un rayo a ayudar a su señor contra Roldán, el cual, a decir verdad, le traía apurado en demasía.

-¡Detente! -exclamó don Ramiro-, que este hombre ha de ser mi prisionero: date, date, Roldán, y te otorgaré la vida.

-¿Dónde oísteis -preguntó Roldán- que así se diesen los que llevan mi nombre y son de mi casa y solar? Aun he de mostraros quién soy.

-Permitid, señor, que le baje esa altivez, y ponga en lo que razón es la reputación de su casa y nombre -dijo Aznar.

-Roldán -repuso el rey-. Yo te mando que te des, que es hora ya de que te rindas por las armas al que escarneciste sin ellas. ¿Te acuerdas de aquel juramento desacostumbrado e injurioso que me tomaste en Huesca? ¿Te acuerdas de la vanagloria que mostrabas el día en que prendiste a tu rey, acompañado de muchos otros traidores vasallos? Venías sin duda ahora a prenderme de nuevo o quitarme la vida; vas he aquí que te hago yo cautivo cuando lo pensabas menos.

Y diciendo esto se arrancó el tosco bacinete de hierro que llevaba, no pudiendo sin eso quitarse la visera que a la sazón se usaba.

-¡El rey en armas! -exclamó todo asombrado Roldán-. ¿Qué diablo anda aquí? Cosa es ella que veo y no creo: paréceme obra de encantamiento.

Miró al par en derredor y ya halló tomados por almogávares el frente y las espaldas; tendió la vista hacia donde había dejado a sus compañeros, y se encontró con poquísimos de ellos.

-¡Aragón, Aragón! ¡San Jorge, San Jorge! -gritaban al herir los raros caballeros que se mantenían firmes.

-¡Vía sus, vía sus! ¡Despierta hierro! -respondían por su parte los almogávares.

Todavía, a la verdad, estábanse defendiendo muy bien, aunque desmontados, de parte de los caballeros, tal cual veterano de los más diestros y esforzados, y este o el otro joven, que, habiendo entonces salido a su primera campaña, querían sacar a todo trance airosas las divisas y empresas de sus damas.

Tremendos, sin duda, eran los botes de lanza o los mandobles que a sus casi desnudos contrarios enderezaban, y grande la defensa que les prestaban a ellos los bruñidos anillos de hierro de sus cotas, y sus anchos escudos triangulares, todo lo cual habrá ocasión de describir más despacio.

Pero poco les aprovecharon tales ventajas.

Los almogávares alcanzaban con el combate el poderoso empuje del toro, la ligereza y cautela del tigre, la bravura del león y el rencor de la hiena.

Tan pronto avanzando cuando cejando, esquivando el golpe ajeno, y no dando sino sobre seguro el propio, rendían primero a los adalides adversos y luego sin piedad los mataban.

Así fueron cayendo uno tras otro aquellos valientes, los unos gloria ya, grande esperanza los otros del reino de Aragón.

Y a tiempo fijó Roldán en ellos sus ojos, que vio caer a su ayo Per Villanova, anciano orgulloso y valiente, a quien debía mucha parte de sus altos intentos y condición dura, y morir luego a su propio deudo Galcerán de Foch, joven que hacía sus primeras armas y en quien tenía él muy gran cariño puesto.

,Conmovido apartó la vista de allí, mas no halló donde fiar esperanza alguna, porque hacia todos lados se miraba igual espectáculo.

La pendiente que desde el camino o más bien trocha bajaba al abismo abierto entre las dos montañas fronteras, mirábase salpicada, de hombres y caballos muertos o moribundos ya aquí, ya allá tendidos en las matas, o recogidos por las salientes peñas.

En un momento había acontecido todo aquel estrago, y la confusión y desbarate de los caballeros, al sentir el inesperado ataque de los almogávares y sus piedras y dardos, debió de ser grande, porque no había dos cadáveres juntos y muy pocos hierros de lanza aparecían ensangrentados.

Aumentaba el espanto del suceso el ver rodar de cuando en cuando los cadáveres, por algún instante detenidos en la mitad de la pendiente, hasta lo profundo del abismo.

Roldán no se acobardó; antes bramaba de rabia como una fiera acorralada en el ojeo, que ve llegar ya los perros de la traílla y siente el trote de los caballos de los cazadores.

Veíase sin medios de escapar por uno y por lado del camino, y ni esperaba que el rey le perdonase la vida, ni quería debérsela tampoco, según era de soberbia su condición.

«Muramos, Roldán -dijo para sí-; muramos con la honra ilesa y sin caer en manos de estos perros».

Y luego, dirigiéndose al rey con arrogante voz le habló de esta manera:

-Rey don Ramiro; no creas que has de vengarte en mi persona de la enemiga que me tienes, ni pienses que he de pedirte perdón de mis hechos porque te vea poderoso y yo me sienta flaco y solo entre tu gente. Valor hay en mí para morir cien veces antes que soportar afrenta alguna que empañe la gloria de mi casa. El último soy de los Roldanes, y si ahora mismo aquí sucumbo, quiero hacer de suerte que no parezca menor en las historias el último que el primero.

-Prendedle -gritó Aznar a los almogávares que estaban puestos a espaldas del caballero, y al propio tiempo dio él algunos pasos adelante.

-No le hagáis daño -dijo el rey, notando que algunos de los almogávares le apuntaban sus dardos.

Pero Roldán cortó la disputa como nadie imaginara, que fue apretando los ijares de su caballo, y dirigiéndose de tal suerte que lo obligó a saltar al abismo.

Todos los presentes creyeron por un momento que se había despeñado; pero al cabo le vieron con su generoso trotón trepar por los fronteros riscos, aunque dificultosamente, y luego correr a toda brida por la cima de la opuesta montaña, y transponer al fin en breve por entre los matorrales que la vestían.

El rey, Aznar y los almogávares lanzaron todos a un tiempo una exclamación de asombro.

De la cima de una montaña a la cima de la otra había muy buen espacio, y por en medio corría un arroyo profundo y copioso, de trecho en trecho interrumpido por estrepitosas caídas de agua; que tal era el abismo dónde habían ido a parar los hombres de armas de Roldán. De suerte que nunca jinete del mundo dio tan arriesgado salto, ni antes ni después, como este.

Por eso, desde entonces es conocido aquel sitio con el nombre de Salto de Roldán; y, al través de tantos siglos se ha perpetuado así hasta nosotros el hecho memorable.

Hoy, que el tiempo ha carcomido sin saberse cómo la una y la otra montaña, hasta poner entre ellas más de doscientos pasos de distancia haciendo también desaparecer la antigua senda que fue teatro del combate, el suceso puede bien darse por increíble.

Vuelto de aquel primer asombro del rey, dijo a su escudero:

-¿Cómo podré yo pagar, mi buen Aznar, los favores que debo a esos tus compañeros?

-Pagadlos con saber y reconocer que son leales. Y ahora encaminémonos a donde bien os plazca.

-A las tierras de Poniente o de Levante, donde halle en propios o extraños soldados que me ayuden a rescatar mi trono.

-Bastáraos con los propios, si bien quisiereis -repuso Aznar.

Y cogiendo de las riendas el caballo de don Ramiro, porque no tropezase más en aquel riscoso camino, echó a andar hacia adelante, seguido de los otros almogávares.


La campana de Huesca de Antonio Cánovas del Castillo

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