La campana de Huesca: 16

Capítulo XV
Pág. 16 de 35
La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


De un miedo muy grande con que probó Dios a cierto caballero, y cómo este se dispuso a recobrar su honra con grandes hazañas


... Et Deus recessit a me
et exaudire me noluit.


(Saúl)


Las riendas tomad, señor,
con aquesta mano misma
con que asides el escudo,
y ferid en la morisma.
El Rey, como sabe poco,
luego allí les respondía:
-Con esa tengo el escudo,
tenellas yo no podría,
ponédmelas en la boca
que sin embarazo iba.


(Romance viejo)


Don Ramiro quedó solo al desaparecer Aznar: solo en el ancho y silencioso campo.

La noche no era oscura, pero los matorrales, que vestían uno de los lados del camino, hacían que lo pareciese, dando de sí una sombra densa y fatídica.

Por algunos momentos se mantuvo aún don Ramiro en medio del camino. Luego se dirigió pausadamente hacia el matorral, y se sentó en lo más áspero de él, al pie de unos enebros de agrias y verdes hojas, en sitio desde donde bien podía distinguir la vuelta del almogávar.

Las sombras le envolvían allí de suerte que no veía nada en derredor suyo. Sólo al lejos alcanzaba su vista, allí donde el matorral no extendía ya sus apretados troncos y enmarañado ramaje, donde la luna, que andaba embozada y esquiva, y las lejanas estrellas podían derramar libremente su luz pálida.

Cualquier hombre tranquilo, despreocupado, se habría conmovido en aquel lugar: cualquiera habría dado entrada en su ánimo a pensamientos melancólicos. Don Ramiro no tuvo que darles entrada, porque ya los tenía dentro de sí: no hizo más que fijarse en ellos.

¡Oh! ¡La muerte, la muerte! Este fue el primer pensamiento que ocupó su atención. Aquel hombre no se ocupaba tanto en otra cosa ninguna. Quien quiera convencerle de algo, ha de conminarle con la muerte de no hacerlo; quien quiera mantenerle en un propósito, sólo con la idea de no morir le mantendrá; quien quiera enternecerle, háblele de la muerte; quien quiera darle contento, haga, si es posible, porque no recuerde la muerte jamás.

Y sin embargo, aquel hombre corría acaso a levantar la guerra y a provocar mortíferos combates. Aquel hombre había alzado el claustro de San Pedro el Viejo, donde existe, como en su propio lugar y aposento, la idea de morir, donde se desvanece, sin querer, la idea de la vida; había edificado tranquilamente su sepulcro.

No ha de decirse por eso que don Ramiro fuese un hombre extraordinario en el bien o en el mal, en esta o en aquella calidad de espíritu. Lejos de eso, lo que principalmente le distinguió en la vida fue su vulgaridad misma, fue el parecerse al común de los hombres.

Tales contradicciones y luchas viven siempre en el alma humana, refrenadas por la voluntad poderosa, o libres y sueltas a su albedrío.

La duda en la voluntad trae al punto la contradicción en las obras. Y que don Ramiro dudaba, ¿quién ha de ignorarlo que haya seguido los pasos de la presente historia? Quería salvar su alma y salvar a su hija: atormentábale el haber pecado tanto contra sus votos y también el no haber hecho ya penitencia; y en el punto mismo en que habría dado la vida por rescatar a su hija y vengarse de los ricoshombres, consideraba que no podía darla, por nadie ni por nada, puesto que se cifraba en vivir la salvación de su alma.

En este estado del espíritu, son los sentidos absolutos señores del hombre. Porque como a la voluntad le falta norte y enmudece y se para, queda a ellos abandonado el pensamiento; y según las impresiones externas que le comunican, se inclina él de acá o de allá, ora al recelo, ora a la esperanza, ya a la desesperación, ya a la alegría.

Así es que, al verse en aquel matorral don Ramiro, ¿quién había de señorear sus pensamientos, sino la sombra espesa que cegaba sus ojos y los vagos murmullos que quebrantaban sus oídos? ¿Quién sino las inocentes matas que, viciosas, crecieron en aquel paraje, sin sospechar que rey fugitivo, no monje en pecado, ni padre amoroso, ni esposo ausente viniera a buscar albergue debajo de ellas? ¿Quién sino la turba de reptiles desconocidos que nacen para vivir un día arrastrándose por los troncos de los árboles, o removiendo, al correr por el suelo, las hojas secas?

En la duda que pesaba sobre don Ramiro, tocante a sus deberes, en aquella contradicción perpetua que le hacía amar y despreciar la vida, temer y buscar la muerte, su pensamiento quedó entregado a las tinieblas y a los ruidos de la noche, a las matas y a los reptiles, los cuales dieron la victoria al horror; y, fuerza es decirlo, el buen campeón se sintió aquejado del miedo.

Que cuesta pena creerlo cuando todos sabemos quiénes fueron sus padres: hombres de hierro que así morían como vivían mordiendo polvo y apellidando guerra. Pero a bien que de ninguno de ellos se cuenta que llevara sobre sí la duda y el remordimiento que don Ramiro; y a bien que ninguno de ellos fue criado, como este, entre salmodias y cilicios, en un monasterio humilde de benitos. ¡Cuántos latidos le costó al corazón de don Ramiro cada mecida de las ramas que aquí y allá empujaba el viento; cada silbo, cada paso, cada voz de los insectos que bullían en la espesura!

Dos o tres veces se levantó para huir; pero ¿adónde iba? Tuvo que desistir de su propósito. Temió que le hubiese abandonado Aznar y que ya no volviera; temió que todo lo pasado fuese trama de los ricoshombres para traerle allí y matarle más a su placer; temió hasta que el rayo del cielo viniera a herirle entre la maleza, o que pudieran devorarle los insectos, ministros viles de la cólera de Dios.

Hubo vez en que sintió claramente el galopar de muchos caballos; luego los vio cruzar por el camino con sus propios ojos, y rezó y tembló, y en su ánimo experimentó ya todo el arrepentimiento de la última hora y todos los tormentos del suplicio.

Pero los caballos siguieron adelante, y don Ramiro volvió a quedarse a solas con su miedo.

Y así pasó muy cerca de una hora; hora durante la cual vio don Ramiro la imagen de la muerte debajo de todas las formas posibles, y agotó todas las oraciones y toda la contrición de su espíritu.

Al cabo oyó el ruido de un solo caballo que a la carrera se acercaba, y, un momento después apareció Aznar en el camino; echó pie a tierra y miró por todas partes, por ver si hallaba a don Ramiro.

Mas este apenas acertaba a dar crédito a sus ojos, y permanecía en el suelo tendido, debajo del tronco añejo que, mudo, había presenciado sus penas.

-Señor, señor -gritó Aznar.

Don Ramiro no contestó.

-Señor, señor -volvió a gritar el almogávar, un poco inquieto ya. Hubo el mismo silencio.

Pero el almogávar tenía vista de lince e instinto de perro sabueso, y no tardó en hallarle aun en medio de tanta oscuridad.

-¿Qué es eso, señor? -le dijo-. ¿Qué? ¿No queréis responder a vuestro fiel Aznar? Si he tardado algo, ved que no fue mía la culpa, sino de esos perros lugareños que tienen harto guardada su hacienda.

Don Ramiro rompió al fin el silencio:

-¿Eres tú, Aznar? -preguntó con voz tímida.

-El mismo soy, señor; levantaos y dejad el enojo, que en Dios y en mi ánima que no pude remediarlo.

Alzose penosamente el rey, y al verse junto al almogávar, se halló otro hombre; desaparecieron de repente los fantasmas que le acosaban, y se sintió fuerte, audaz.

-¡Ah! -dijo al ver el caballo-. ¿Cómo has podido traerlo contigo?

-Montad en él, señor -contestó Aznar-, y no perdamos más instantes.

-Vamos, Aznar, porque has de saber que he sentido pasar cerca de mí un escuadrón de jinetes, y ahora sospecho que sean de los despachados en Huesca a perseguirme.

-Sí eran, señor -repuso el almogávar-, que, a la verdad, hemos perdido mucho tiempo. Subid os digo, y partamos.

-Ayúdame, Aznar; ya sabes que no soy muy gran jinete; como que no había montado nunca en otras caballerías que las sesudas mulas del convento, cuando a estas tales desdichas y pecados me trajeron.

Y diciendo esto, puso las manos don Ramiro en la espalda del almogávar, y con tal apoyo y el de las crines del bruto, logró encaramarse en la silla. Pero al retirar los dedos de la espalda del almogávar hallóselos bañados en sangre.

-¿Qué es esto, Aznar? -prorrumpió el rey-. ¿Estás herido? No pasemos de aquí sin que yo te cure; porque has de saber que, allá en Tomeras donde yo me hallaba, aprendí un tanto el arte de curar heridos y enfermos.

-No pensemos en ello, señor; coged las bridas y vamos.

-Pero ¿no te molesta la herida?

-Es una flecha harto aguda que ha logrado penetrar un poco por el tejido de la malla; mas no hayáis temor, que eso así se lo curan los almogávares -y diciendo y haciendo, se arrancó de un tirón la flecha y la arrojó de sí largo trecho.

-Pero tienes sangre también en la cabeza y en los brazos, Aznar; no, no partiremos de aquí sin que te cure -y el buen rey fue a arrojarse del caballo.

-Por Dios, que no hagáis tal -exclamó el almogávar-; lo de la cabeza no pasa de una descalabradura; piedra de mal villano que, si yo no trajera tanta prisa, hubiéranmela pagado aunque, por pacto con el demonio, se escondiera en el infierno. Y esto de los brazos debe de ser de las garras de un can, que ya estará en el otro mundo, si para los canes lo hay.

-No digas esas cosas, Aznar -replicó el escrupuloso monje.

-Y vos no os detengáis, señor. Guiad acá a la izquierda, que, si nos persiguen, ya sólo por ahí podremos escaparnos.

Picó don Ramiro y partió el caballo a la carrera; el almogávar, liada en la mano derecha la cola del bruto, corría a la par del rey.

-¿Sabes -decía don Ramiro- que cada vez temo más que se me desboque también este caballo?

-No hayáis miedo alguno mientras vaya yo aquí asido -respondió el almogávar.

Y caballero y escudero corrieron de esta manera más de dos horas.

Poco antes de romper el día, dijo Aznar al rey:

-Regocijaos, señor, porque ya estamos libres de los ricoshombres.

-¿Qué, no temes que nos alcancen aún con caballos más ligeros que este? Mira que yo pienso que unos que pasaron por cerca de mí durante tu ausencia eran caballeros de Huesca que iban en nuestra demanda. Bien que lo recuerdo ahora. Salvome el matorral que allí había de que me viesen.

-¡Ojalá que ya los encontrásemos y que fuese en estos sitios! -respondió el almogávar.

-¿Qué dices, Aznar? ¿Por qué has de querer ya aquí que los encontremos?

-Porque estoy seguro de acabar con ellos. ¿Veis esas rocas y precipicios? ¿Veis aquellas cuevas que parecen de fieras? Pues no son sino moradas de vasallos vuestros, y harto más fieles que los que atrás dejáis.

-No es la primera vez que paso por estos sitios, Aznar. Ahora que la luz del día alguna cosa ya nos alumbra, veo claramente que aquí mismo fui testigo, tiempo ha, de un suceso que también me ha traído sus remordimientos, con no estar yo en él culpado. Y es que imagino que pude, aunque no pude, a la verdad, evitarlo. Entonces apenas conocía yo ese nombre enrevesado de almogávares que lleváis, ni sabía que fuese tanta vuestra fidelidad.

Aznar se inmutó por un momento y dijo con mal reprimido despecho:

-Yo también recuerdo un suceso, señor: un suceso de aquí mismo, y tal, que no puede haberle más doloroso en el mundo. Pero no es con lamentos como yo me acuerdo de eso: es con propósitos de venganza que, juro a Dios, he de cumplir, aunque tuviera que escalar el cielo. La ofensa pide ofensa, y sangre la sangre: así dicen los buenos en la montaña.

-Mira, Aznar, que Dios manda perdonar las injurias; mira que es gran pecado el ser vengativo -replicó el rey-. Si yo venzo al fin a mis enemigos, no he de vengarme de ellos, sino obligándoles a disfrutar de mi perdón según ordena la ley de Cristo. Haz tú lo mismo, Aznar; hazlo por amor de Dios y de mí.

-¿Qué es perdón? -repuso Aznar-. No lo tendrían ellos para vos a ser los más fuertes, como no lo tuvieron para el hijo de mi padre.

-¿Era hermano tuyo el de la desdicha que dices?

-Mi hermano era.

-¿Sería robusto y valeroso como tú?

-Era mozo, muy mozo; pero a bien que hermano mayor queda, que sabrá salir por él cuando bien sea.

-También era mozo, y mucho, el que hizo destrozar aquí mismo a los pies de su caballo Férriz de Lizana. ¿No te he dicho que es horrible el suceso que recuerdo en estos lugares? Dígote que, sin ser yo culpado, no pude alejar de mí el remordimiento en muchos días, y aun ahora me parece que lo siento. ¡Pobre mozo! Bien he rezado por su alma, pero todavía le debo algunas oraciones.

-Férriz... Férriz de Lizana... el viejo Férriz- decía entre tanto el almogávar-. No..., no hay duda, es él. Mi cólera me lo decía: le aborrezco desde que oí su nombre. ¿Qué apostamos, señor -añadió ya en voz alta-, a que nos referimos a un mismo suceso entrambos?

El rey estaba ya rezando un padrenuestro y le hizo seña de que no le interrumpiera. Al cabo de algunos momentos, dijo:

-Ten cuenta, Aznar, ten cuenta con no hablarme mientras rezo, que es pecado apartar a uno de sus devociones, y aun temo que estas de ahora no le hayan aprovechado por culpa tuya al difunto.

-Decía -repitió Aznar, sin hacer caso de la exhortación-, decía que quizá sea uno el mismo suceso de que hablamos ambos, y que el hombre que visteis matar quizá no fuera otro que mi propio hermano.

-Y es verdad -respondió el rey como quien despierta de un sueño-. Su traje era igual al tuyo, y ahora recuerdo que tenía tus mismas facciones, ásperas y tostadas del sol y tu propio atrevimiento. ¡Pobre mozo! Tu hermano sería, sin duda, y yo te ofrezco rezar ahora doble por él de lo que antes rezaba; débese creer que estará en el cielo, según fue horrible la muerte que le dieron, y más no mereciéndola, porque a Dios nada se le queda por pagar en el universo. Y siendo así, casi puedes agradecérselo a sus matadores; y harta venganza será para él, que habiendo querido hacerle daño, le hayan proporcionado la gloria eterna. Y si ellos se condenan, lo que Dios no permita... Pero Aznar, ¿qué gritas? ¿No me escuchas?

-Sí, sí, escucho -contestó Aznar con amarga sonrisa. Y en tanto decía como para sí: -¿Conque erais vos, don Lizana, el hombre que yo buscaba con tanto anhelo por todas partes? ¡Ah, mal caballero! Habéismela de pagar aunque os escondáis en lo más hondo de la tierra, como las raíces de los robles viejos. Si yo, como vos, calzara espuela de oro, bien os mostrara en campo vuestra vileza; mas puesto que nos tomáis por alimañas del monte, eso seré yo para vos, y serán estos dardos mis uñas, que más os valiera haber topado con las de un oso hambriento de los de esta sierra, o las de un rabioso lobo de los que la hambre misma suele traer a aullar de noche a las huertas de Huesca.

Don Ramiro, juzgando que Aznar le oía atentamente, iba a la par diciendo:

-Recuerdo una por una todas las circunstancias. Ya iba para diez horas que corríamos estos montes sin hallar una mala cabra montés. Lizana y los caballeros que habían querido celebrar mi llegada a Huesca con una nunca vista partida, se mostraban afrentados y desesperados. Los perros ladraban alrededor de sus amos, no hallando huella de gamo o cabra que seguir por los riscos; los caracoles de caza sonaban en vano, y los ojeadores, desmayados, daban por frustradas sus más diestras estratagemas. Y sólo yo me regocijaba, porque ni la sangre de las fieras quería que se derramase por mi causa. Férriz de Lizana... Pero no te aires contra él, Aznar; a saber que era tu hermano, quizá no hubiera osado ofenderle. Ya siento haber pronunciado su nombre. Júrame «que no tomarás de él venganza alguna.

-Imposible, imposible -respondió Aznar con tal voz que hacia buena aquella comparación de sí con un lobo rabioso, que él mismo había hecho antes-. Imposible, señor; y por Dios os pido que sigáis el relato, que harto me importa ya el oírlo entero.

-Aznar, creí que eras temeroso de Dios y bueno, y que por eso consagrabas tu brazo a mí y a mi hija. Creí que preferías el servicio de Dios y del rey a los impulsos de tu cólera.

-Esa idea no os aflija, señor, que yo sé que con emplear mis armas en Lizana hoy o mañana, he de prestar muy gran servicio a Dios, y a vos y a vuestra hija.

-No, no; júrame que sólo alzarás contra él tus armas por fuerza y por servir a Dios y a tus reyes, y no por ira o venganza. Júralo, hijo mío, que ya te tengo amor y me interesa sobre manera la salvación de tu alma, la cual, si tal no hicieses, no conseguirías de modo alguno; pues Dios dijo que perdonásemos a nuestros enemigos, como Él perdonó a los suyos en este mundo. Bien sé todo este proceso y doctrina, porque aunque ahora voy en traza de guerrero, he sido, y aun soy, antiguo sacerdote y padre de almas.

-¡Que me place! -respondió el almogávar con siniestra sonrisa-. Yo sé que cumpliré con mi deber siempre que mate a Lizana, y sé que habrán de ganar con ello Dios y el rey. Dad por jurado cuanto queráis.

-No lo daré yo por tal sin que te vea hacer la señal de la cruz y jurarlo de veras.

-Pues júrolo por todas estas cruces -dijo Aznar cruzando las manos-. Mas ya que en esto os le complacido, ¿me negaréis, señor, el fin del relato? Era mi hermano, mi hermano: ya veis si me interesarán los pormenores de su muerte.

-Dígote -continuó entonces el rey-, que iban todos desesperados de no encontrar caza, cuando tropezamos con un mozo, cual ya te he dicho, de tu mismo traje y estatura, bien que de edad algo menor que la tuya.

-Sí, era dos años más mozo. Proseguid, proseguid, por vida vuestra.

El almogávar, con su natural franqueza y el interés que la conversación le inspiraba, se había olvidado de todo punto de que hablaba con el rey. Este, sin reparar en ello, continuó:

-Pues así como vio a tu hermano el de Lizana, exclamó irritado: «Estos perros son los que matan todas las reses del monte para regalar con ellas sus viles cuerpos, de modo que cuando el poderoso rey de Aragón viene a cazar con sus ricoshombres y caballeros, no halla una miserable cabra silvestre. ¡Estamos en terreno acotado! ¿Qué haces tú ahora, villano infiel, qué haces aquí con esas armas?». Decir esto y dirigirse a él con la espada desenvainada, fue todo uno; pero el mozo no se arredró, y echó mano a sus dardos. Entonces, Lizana, como si tuviera que habérselas con un jabalí, le azuzó los perros, que en un momento le destrozaron, a pesar de mis clamores; y pasó luego por encima de él con su caballo, de suerte que debió de quedar de todo punto desconocido.

-Así fue como le encontré al día siguiente de vuelta de una algarada; y antes de darle sepultura, propuse en mi ánimo tomar venganza. ¡Oh, don Lizana, don Lizana, trataremos vos y yo largamente de ese fuero que os atribuís los señores, de bien o mal tratar a los vasallos o villanos! Lo cual no se me ha logrado hasta aquí; pero se me logrará, Dios mediante, sin faltar al juramento que he prestado.

Pronunció estas palabras Aznar con más lastimoso acento que hubiera empleado hasta entonces, y hubo entre los dos silencio por algún tiempo. Rompiolo el rey al cabo, diciendo:

-¿Sabes, Aznar, que es hora de atender a nosotros mismos? En gran peligro estamos, si no mienten las señas.

-Ojalá que en mayor no se hubiese visto mi hermano, señor. Aquel día no quedaban almogávares en la montaña; pero hoy, si yo diera un silbido, vierais acudir aquí gente capaz de dar cuenta en un abrir y cerrar los ojos de todos los infanzones de Huesca.

-Dalo, Aznar, que quiero yo conocer a esa gente; habíanmelos pintado como feroces y bárbaros; pero ya sabes que, desde que te conozco a ti, me siento inclinado a estimarlos.

-No ha de llamárselos sino en la ocasión; mas hacéis bien en quererlos, que ellos son la flor de vuestros vasallos. Ellos son los que os darán la victoria cuantas veces se la pidáis, y extenderán el nombre de vuestra raza por todo el mundo. Diera un ojo de la cara porque los vierais pelear.

-Pues mira, Aznar -dijo el rey-, pienso que sin tanto han de cumplirse tus deseos. Tú no puedes distinguirlos desde ahí abajo, pero yo desde aquí veo muy bien un escuadrón de caballeros que sube hacia este alto por donde nosotros vamos.

-¿Eso hay? -respondió el almogávar-. Pues dejad que yo iré a reconocerlos y veré si son, con efecto, los que pensamos. Mas ¡voto va!, que he perdido mis dardos; erré el uno y dejé el otro en el cuerpo de un mezquino burgués que maté allá abajo, y ahora voy a despreciar la ocasión de derribar de sus caballos a dos gentiles jinetes.

-¿Otro mataste allá? Eres sanguinario, Aznar.

-Así me criaron en la montaña, señor, y así he de ser toda mi vida. Los almogávares somos ovejas con nuestros amigos y lobos con nuestros contrarios, quienquiera que sean.

-Malhadado oficio el de las armas, Aznar. Pero ¿querrás creer que ahora que te veo a ti animoso y que me acuerdo de las afrentas que esos ricoshombres me han hecho pasar, y de la cautividad de mi hija, siento así como deseos de reñir, aunque tenga que derramar mucha sangre también? Dios me perdone, Aznar; que es la primera vez que esto me ocurre en la vida.

-Eso es que recordáis de quién venís, señor. He oído contar muchas veces a la lumbre cómo vuestro abuelo murió en la jornada de Graus, y vuestro padre delante de Huesca, y vuestro hermano don Alonso en Fraga. Por eso los almogávares amamos tanto a los de vuestra casa, porque todos saben pelear como osos bravos y morir como santos. Y para mí tengo, señor, que no habéis de ser el menor de ellos, si bien nunca os ejercitasteis en armas como los otros.

En esto, distinguíase ya a la escasa claridad de la aurora el escuadrón de caballeros que venía marchando hacia ellos; veíanse flotar al viento las banderolas de las lanzas, y casi podían leerse los motes de los escudos. Aznar se adelantó algunos pasos a reconocerlos, y notó que de los primeros, y como gobernando el escuadrón, venía el esforzado Roldán. Entonces, viendo que no había duda de que fuesen adversarios, dio un silbido prolongado, y que resonó por todos aquellos contornos, y luego otro y otro hasta tres veces, y vuelto al lado de don Ramiro, le dijo:

-¡Oh, si viniera ese viejo desleal de Lizana! Vierais cómo con su sangre pagaba ahora mismo la mala muerte que ordenó dar a mi hermano. Mas ya que eso no sea, no faltará, a Dios gracias, con quien combatir. Tomad, señor, el escudo y las riendas con aquella mano, y con esta otra desnudad la espada.

-No ha de ser así -dijo el rey-, que no sé yo cómo he de poder tener las riendas con la mano izquierda y valerme de ella al propio tiempo para manejar el escudo. Tomaré las riendas con la boca, y así iré bien desembarazado.

-Señor, seguid mi consejo; tomad las riendas y el escudo con una propia mano.

-Ahora te digo yo, Aznar, que no hay que hablar más en ello, porque la ocasión es de pelear como buenos, y no de aprender galanas posturas. Júrote que me siento otro; no sé qué ardor singular siento por mis venas; paréceme que bastaría yo sólo para todos esos.

Y con efecto, sus ojos lanzaban rayos de fuego; su rostro estaba encendido; su corazón firme; no parecía el mismo hombre que horas antes había tenido miedo, y que tanto había pensado en la muerte. El almogávar había logrado imprimir en aquel espíritu incierto y vacilante su valor mismo. Aquella impresión externa imperaba tanto en don Ramiro como antes habían influido en él las sombras espesas y los desconocidos murmullos del matorral donde por largo rato estuvo a solas.


La campana de Huesca de Antonio Cánovas del Castillo

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI - XXXII - XXXIII - XXXIV