La campana de Huesca: 14

Capítulo XIII
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La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


Comienzan las pláticas y aventuras del valeroso caballero don Ramiro de Aragón y su escudero Aznar Garcés


Muerta la lumbre solar
iba la noche cerrando,
y dos jinetes cruzando
a caballo el olivar...
Llevan, porque se presuma
quién de los dos vale más,
castor con cinta el de atrás,
y el de delante con pluma.


(El capitán Montoya, cuento nuevo)


Al pisar el patio del alcázar el fugitivo rey y su compañero, tropezaron con una mesnada que vería haciendo la ronda.

-¿Vamos a ellos, Aznar? -dijo don Ramiro.

-No por cierto -respondió el almogávar- si podemos engañarlos. Reservémonos las fuerzas para más adelante, que si Dios no lo remedia, no han de estarnos de sobra las que tengamos.

-¿Quién va? -preguntaron los de la ronda.

-Mesnada es de Férriz de Lizana -respondió Aznar.

Y sin mas pasaron unos y otros adelante.

-Mucho sabes, Aznar -dijo el rey-. ¿Quién te ha enseñado que con ese nombre nos dejarían libres?

-¿Quiénes habían de ser -replicó el almogávar- los desleales que os pusieron prisionero, sino vuestros ricoshombres? ¿Ni qué otro había de ser cabeza de tal rebelión si no era Férriz de Lizana?

En esto llegaron al postigo que buscaban, y lo hallaron abierto, sin otra guarda que los cadáveres de los dos hombres de armas que allí mató Aznar.

-¿Sabes, Aznar -dijo el rey, santiguándose-, que tienes cosas muy extrañas? ¿Por qué se te ocurrió forzar este puesto y entrar en el alcázar?

Aquí el almogávar se halló por segunda vez embarazado, sin acertar a dar respuesta. Al cabo, como si no hubiese atendido a lo principal de la pregunta, respondió de esta manera:

-Llegué al postigo, sin saber que esos pobres diablos lo guardaban, y díjeles como tenía licencia y autoridad de vos para entrar en el alcázar cuando se me antojase. Oír esto y soltar la carcajada los muy perros, fue todo uno: «Váyase el mendigo», exclamaba este. «No hay moneda que darle», decía el otro. «¿Quieres una mala capa con que arroparte?», preguntó el primero; y el segundo me ofreció burlescamente un jubón hecho jirones, que halló entre las inmundicias de la calle. «Sois nuevos en armas -les dije-; sin duda no habéis visto almogávares, ni hasta aquí supisteis de ellos; mas yo os daré lección tal que otra no necesitéis en la vida». Y diciendo y haciendo, puse mano a mis armas, y San Jorge me ayudó y di con entrambos en tierra. Pero ya estamos fuera de la puerta, señor; apretemos el paso, porque temo que nos persigan. Aquella ronda que encontramos en el patio del alcázar se encaminaba, por lo que vi, a los aposentos que acabábamos de dejar; y no bien noten nuestra falta, enviarán caballos ligeros a que sigan nuestras huellas.

No dejó de ocurrírsele alguna observación a don Ramiro sobre el tal relato; pero las últimas palabras del almogávar le hicieron olvidarla, fijándose sólo en lo que más a la sazón le importaba. Y por largo rato ni don Ramiro ni el almogávar hablaron palabra.

El rey fue quien primero rompió el silencio, diciendo:

-¿Adónde me guías, Aznar?

-A la montaña, señor, adonde hallemos seguro por lo pronto; que luego será tiempo de pensar en otra cosa.

-Es que yo quisiera reunir vasallos y armas con que contrarrestar a esos empedernidos ricoshombres.

-Ni unos ni otros han de faltaros, que así aquellos montes como los vecinos de Cataluña andan poblados de almogávares, que es gente entre la cual no distinguiríais un hombre de otro, más que uno de otro negro africano, de los que alguna vez traen los moros. Por allí hay hartas fragosidades donde escondernos, y amigos que nos ayuden; pero lo primero es salir de este llano maldecido donde los caballos pueden atropellarnos a mansalva, y llegar a tierra de espinos y guijarros. Luego de monte en monte iremos hasta donde convenga.

-¿De qué gente hablas? -dijo el rey-. Mira, Aznar, que yo no me fío de nadie.

-Fiaros debéis de estos que digo, que no son los ricoshombres y caballeros que os desacatan, sino de los leales montañeses que guardan la frontera.

-Paréceme, Aznar, que tú andas descontento de mis ricoshombres, y que no es de ahora el rencor que les muestras.

-Confiésoos, señor, que no gusto de verlos hartos de oro y poseedores de ricos castillos, y soberbios y lujosos, mientras yo duermo sobre las piedras, y me alimento con la carne de las fieras que mato, y la hierba que cojo con mis propias manos.

-Eso es murmurar de Dios, Aznar: no todos han de ser grandes en la tierra.

-Ni todos reyes, señor: nosotros los hijos de la montaña no queremos sino que uno sólo nos mande, ni más que a uno sólo respetamos como vasallos. Sea este rico, sea este honrado, sea este poseedor de joyas y castillos, y todos los demás obedezcan y repartan entre sí los bienes de este mundo, que es lo que quiso nuestro Redentor.

-No pensaba yo que tan buen discurso tuvieses, Aznar. Sabes demasiado para tus años y para la vida que traes. Paréceme al oírte que estoy oyendo a mi difunto padre, al abad, digo, de San Pons de Tomeras, que es a quien yo tenía por tal hasta que Dios se lo llevó para sí. Y en verdad -añadió suspirando- que si yo hubiera seguido sus consejos, no me vería en el trance que me veo.

-No sé qué consejos serían los del santo abad; pero de mí sé decir que me habría parecido más espléndida la Misleida el día de vuestra coronación y jura, a hallar debajo de sus bóvedas algunas cabezas menos y algunas sepulturas más, con sus mármoles y letreros de oro.

-Siempre sangre, sangre; yo no sé, yo no quiero derramarla jamás.

-Pues ya sabéis que dice el adagio que «la letra con sangre entra», y...

-¿También sabes de adagios, Aznar?

-Los de esta especie, señor, se aprenden muy pronto en la montaña; y eso que no hay por allá más letras que la de los misales de las ermitas y monasterios.

-¿Y aprendéis también por allá los nombres de los ricoshombres rebeldes? Porque antes te oí señalar como tal a Férriz de Lizana.

-Los nombres, no; pero aprendemos a conocerlos; así es que no bien miré el rostro a ese viejo Lizana, se me vino en mientes que lo era.

En tales pláticas iban pasando el tiempo y andando leguas; el almogávar, con la facilidad de quien eso hacía por costumbre; don Ramiro, con la dificultad de quien jamás había caminado a pie por largo espacio, ni había llevado a cuestas peso tan grave como el de una armadura de hierro.

Al cabo de tres horas de camino, el rey se sintió completamente rendido y se sentó sobre una piedra.

-La noche está oscura -dijo- y aún faltan muchas horas para el alba; bien podemos descansar un poco, Aznar.

-No lo permita Dios, señor; antes haced un esfuerzo y salvémonos en la cercana montaña.

-No, no puedo dar un paso; primero consentiré que me cojan los rebeldes.

-Ea, pues, cargaros he sobre mis espaldas. Subid, y os llevaré como pueda hasta allá.

-Eso no, mi fiel Aznar; sería inútil huir de tal suerte. Nos alcanzarían al punto, y, tan rendidos, que ni siquiera podríamos defendernos.

-Es verdad, señor; ¿pero qué hemos de hacer? Pararnos aquí es imposible sin correr gravísimo riesgo.

En aquel momento se oyó, no lejos de allí, el ladrido de un perro y el canto de un gallo.

Aznar se dio una palmada en la frente, como si alguna idea feliz se le ocurriera, y dijo al rey:

-Esperadme aquí un instante, yo os traeré caballo donde podáis ir a vuestro placer.

-¡Oh, no, Aznar! -respondió el rey-. Mira que yo no me atrevo ya a montar a caballo; no he montado desde el día en que nos conocimos. No pienso montar más en mi vida.

-Voto va Dios.

-¡Aznar!...

-Perdonad que jure, señor; perdonadme, que así me criaron en la montaña, y mi lengua no acierta a contenerse como mi brazo no sabrá jamás abandonaros.

-Te perdono, te perdono; mas no hay que hablar de lo del caballo, Aznar. Tú no sabes tampoco lo que me sucede: tú no sabes tampoco lo que pesa sobre mí.

Y al decir esto, el semblante del rey parecía inmutado; miraba al cielo y a Aznar, y temblaba.

El almogávar anduvo suspenso por algunos instantes, sin saber qué partido tomar ni qué hacer en tan extraño caso.

-Señor -dijo luego al rey-, ¿queréis que a vos os prendan de nuevo los ricoshombres y a mí me maten sin remedio en castigo de la fidelidad que os he guardado? Y no hablemos de mi vida, porque vos no debéis tenerla en más que yo la tengo, que en harto poco es; pero de vos, señor, de vuestra prisión, ¿cómo hemos de hablar con paciencia? ¡Ah! Yo recuerdo bien que prometisteis a la reina, mi señora, vengar vuestras afrentas y aun rescatar a la princesa vuestra hija.

No obstante su fiereza, el almogávar se mostraba entonces un tanto vencido al dolor; y este sentimiento que se traslucía en sus palabras hacíase mayor y más elocuente al contemplar la poderosa expresión de su semblante y la enérgica resolución que asomaba a sus ojos.

-¡Aznar! -exclamó el rey-, tus palabras me penetran en el corazón, porque yo deseo rescatar a mi hija y deseo salvar tu vida. Mas no puede ser de esta suerte que me dices. Oye -añadió bajando la voz y acercándose al almogávar, como si otro que él pudiera oírlo, en medio del campo anchuroso donde se hallaban-, oye, Aznar, sábete que fue permitido del Cielo que el caballo mío se desbocase aquel día. Yo tengo pecados, muy grandes pecados que purgar en el otro mundo, y si ahora mismo vivo no es sino por misericordia sobrada de Dios. No me hagas tentar de nuevo esa misericordia: vete, vete tú de mi lado y sálvate y abandóname.

-Jamás, señor -respondió Aznar-; ¡qué poco conocéis a los almogávares! Ni a sol ni a sombra, ni de noche ni de día, ni en poblado ni en despoblado, habré de separarme de vos mientras estéis en desdicha. Yo moriré a vuestro lado, y vos volveréis a Huesca a ser en vuestro alcázar prisionero de los ricoshombres, y vuestra hija quedará en sus manos; no hay ya otro remedio, según veo.

Por largo rato hubo en ambos silencio; y era que ambos padecían a un tiempo. Don Ramiro, porque luchaba con tan contrarios intentos; Aznar, porque miraba perdidos en un punto todos los afanes empleados en salvar a su señor.

-¡Cómo avanza la noche! -dijo al cabo el almogávar. mirando a las estrellas-. Antes de mucho vendrán los rayos del sol a señalarnos a nuestros perseguidores: pocas horas le quedan al rey de ser libre.

Al oír esto, levantose repentinamente don Ramiro, y dijo con voz resuelta:

-¡Marchemos!

-¡Marchemos! -respondió el almogávar con júbilo.

Y así caminaron otra vez por algún tiempo.

Aznar había aliviado al rey de todo el peso de armas que podía: sólo llevaba este aún sobre sí la cota y las grevas, que no eran para vestidas de prisa en cualquier ocasión que se ofreciese. Mas con todo eso no pudo continuar andando mucho tiempo.

Al llegar a unos matorrales muy espesos que ya se extendían por la izquierda del camino hasta la montaña, don Ramiro se arrojó al suelo gritando:

-He hecho cuanto en mí estaba; no daré un paso más; no puedo darlo; me falta la respiración en el pecho, y los pies se me han destrozado en las peñas.

-Todavía estamos en peligro -murmuró Aznar.

-Quiere decir que el Cielo tiene determinado que no salgamos adelante con nuestros intentos -contestó el rey con evangélica resignación.

-Pero, señor -replicó Aznar desesperado-, ¿cómo habéis de conocer la voluntad de Dios si vos no ponéis toda la vuestra en conocerla? Dejad que yo os busque un caballo; montad en él y corramos, que yo sé que Dios ampara siempre las buenas causas, y es buena la nuestra.

-¿Y si se me desboca de nuevo, Aznar? ¿Y si perezco ahora? Considera que estoy aún en pecado; que puedo morir impenitente.

-Si el caballo se desboca, para eso está aquí el mismo dardo que otra vez lo paró en su carrera, y lo parará cien veces que sea necesario -respondió el almogávar con seguro acento-, y en cuanto a lo de morir ahora, ¿de qué otra suerte lo habéis de temer más, que cayendo en manos de los ricoshombres? Ya que han visto que sabéis escaparos, os guardarán con más cuidado que nunca; y no es de pensar que ignoren que la más segura prisión es el hoyo que abre el sepulturero en la tierra.

-¿Y crees tú, Aznar, que a tanto se atreverían mis vasallos? -exclamó el rey, cruzando entrambas manos sobre el pecho y alzando al cielo los ojos.

-Tengo buena memoria, señor, y recuerdo que no ha mucho le decíais a mi reina: «No se prende a los reyes ni por lealtad ni por cortesía». Y teníais razón, por mi vida; que quien tal hace, dispuesto está a todo, y no habrá cosa que, por impía o por extrema, le espante.

-¡Infames! -dijo el rey con rabia.

-Infames son, señor; mas si venís a sus manos, aún no han de faltarles medios para ocultar que lo sean tanto. Ya veis; cualquiera se mata de una caída, o perece en las garras de una fiera, o expira a manos de malhechores desconocidos. Y nada tendría de extraño que a vos los ricoshombres no os encontrasen sino muerto; y que, muerto, os llevasen a Huesca, donde llorarían mucho vuestra desdicha, y os harían pomposas exequias, al propio tiempo que se proclamaban señores del reino.

-¡Oh, Aznar! Razón tienes sobrada en lo que dices. Es fuerza huir, huir a toda costa de esos maldecidos ricoshombres. ¡Que no fuera yo tan ligero y tan fuerte como tú!

-Por eso para vos traeré yo un caballo donde bien caminéis; en todos estos contornos hay lugares muy poblados y muy ricos, donde habrá sobra de ellos que traer a vuestro servicio. ¿Oís? Hacia allá se sienten otros ladridos y cantar de gallos; voy al punto a poner por obra mi intento.

-Pero, Aznar -dijo el rey-, ¿cómo has de poder traer contigo un caballo? Los que haya, bien guardados estarán de sus dueños.

-Mal ha de estar con su vida quien estorbe mi intento -respondió el almogávar-; quedaos ahí escondido en ese matorral, que no tardaréis en verme llegar sano y salvo trayendo la presa conmigo.

Y sin decir más, echó a andar a largos pasos.

-¡Aznar! ¡Aznar! -gritó aún el rey-. Mira que es pecado tomar lo ajeno contra la voluntad de su dueño...

Pero el almogávar no le oía ya. Todo se le iba en caminar y decir para sí:

«¡Loado sea Dos, que me ha dejado convencerle! ¡Qué tímido que es este rey! Pero así nos lo dio Dios, y así es preciso tomarlo. Cuanto y más que lo que a él le falte de resolución tiénenlo de sobra algunos de sus vasallos; y de todas suertes siempre es más digno de favor y ayuda un rey, que no esos orgullosos ricoshombres que tanto mal nos hacen a todos y tanto les han hecho en particular a los míos».

Así, por lo que se ve, pensaba ya alguna gente común en el siglo remoto en que aconteció esta historia.


La campana de Huesca de Antonio Cánovas del Castillo

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