La campana de Huesca: 13

Capítulo XII
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La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


De cómo Aznar Garcés era hombre que solía hallar todas las puertas abiertas


¡Ay Dios, qué buen caballero
el maestre de Calatrava!


(Romance de viejo)


La reina y Castana recorrieron diversas salas y aposentos, bajaron y subieron escaleras, cruzaron anchos corredores, sin sentir otro ruido que el que producían sus pisadas.

-¡Mi hija, mi hija! -gritaba la reina de cuando en cuando, pero en vano.

Y el caso era que no sabía si por mandado de su esposo se la habían quitado o no; si estaba o no segura de su vida misma.

Al cabo de mucho andar y revolver llegaron a una puerta donde se hallaban de guardadores dos hombres de armas. La reina, sin verlos siquiera, se lanzó a la puerta; pero los hombres de armas cruzaron delante de ella los hierros de sus partesanas, y le impidieron que entrase.

-¿Qué hacéis? -dijo doña Inés-, ¿sabéis que os oponéis al paso de la reina?

Los hombres de armas no respondieron, y tranquilamente se apoyaron sobre sus partesanas, como antes estaban.

Doña Inés comprendió que aquello podía muy bien tener relación con el rapto de su hija.

-¿Sois vosotros -tornó a decirles-, los que guardáis a la princesa? Dejadme que entre y le dé siquiera un beso: mirad, guerreros, que soy su madre.

No respondieron ellos tampoco; pero en aquel momento salió de lo interior de la sala un hondo gemido.

Doña Inés se estremeció: la voz era muy conocida de ella, y penetró en sus entrañas.

-¿Quién está ahí? -exclamó llena de horror.

Otro gemido más doloroso que el anterior volvió a escucharse.

Doña Inés, sin poderse contener más, se arrojó a la puerta; mas los soldados volvieron a cruzar las armas y uno de los hierros hirió levemente su mano derecha.

Al ver correr la sangre de su señora, Castana se abrazó con ella, gritando:

-Estáis herida, señora, herida. ¡Favor, favor, que han herido a la reina!

Oyéronse entonces unos pasos un tanto presurosos en lo interior de la estancia, y uno de los hombres de armas dijo al otro:

-Oye, Corberán: paréceme que nuestro prisionero se levanta y que viene hacia acá; bueno será que entres adentro, mientras yo guardo la puerta.

Y en esto, las sombras de la noche habían inundado completamente el espacio; los aposentos del alcázar se miraban todos en la mayor oscuridad; no se oían por ninguna parte escuderos ni servidumbre; las únicas personas que ocupaban el lugar de la escena eran aquel hombre de armas que había quedado plantado en mitad de la puerta, inmóvil y silencioso, y a poco trecho dos mujeres llorosas y aterrorizadas, que eran la reina doña Inés y Castana.

Una sola antorcha sujeta a una escarpia del muro alumbraba el sitio.

De pronto, se reflejó en el suelo una figura negra y corpulenta, que venía de la parte de las sombras, y al revolver un ángulo del corredor acababa de ser descubierta por la luz de la antorcha.

Doña Inés no pudo reprimir un ¡ay! de espanto; Castana, por el contrario, lanzó un grito de alegría.

-¿No ves, Castana? ¿No tiemblas? -dijo la reina.

-Lejos de temblar, señora mía, no quepo en mí de gozo; es el almogávar, aquel almogávar que salvó la vida a mi señor el rey el día de las fiestas.

-¿De veras? -exclamó llena de júbilo la reina-. ¡Oh! Pues que corra al punto, porque dentro de ese aposento he oído gemir a mi esposo; era él, era él, y Dios sabe si lo habrán muerto los asesinos que me han robado a mi hija.

-Confiad, señora, en su valor, que él es capaz, según yo creo, de acabar solo con todos los asesinos del mundo.

A la sazón, el almogávar caminaba por el corredor adelante, como hombre que bien conocía y que solía transitar por allí. Pero como se encontraba casi en la oscuridad, no le era dado distinguir las dos mujeres al que venía, bien que a él clarísimamente le distinguieran ellas.

Castana se le acercó silenciosamente, y tocándole en el brazo con dulzura, le dijo:

-Aznar, Aznar, ¿quieres servir de nuevo al rey en cosa en que acaso le vaya la vida?

-¿Quién eres? -respondió el almogávar-. ¿Eres, por ventura, alguna dama encantada, de esas que dicen que suelen habitar en estos palacios y castillos? ¿De qué rey me hablas? Si fuera del de Aragón, mi señor, no tienes más que disponer de toda mi sangre en su servicio; mas si es de algún rey moro, de aquellos que levantaron este alcázar, no digas más, que soy cristiano, aunque pecador, y mis abuelos fueron godos por todos cuatro costados, y, antes que no a servir, aprendí a matar reyes de esa laya. Y aun si quieres que te desencante y está en poder humano, yo lo haré de muy buena voluntad, que, puesto que seas mora, todavía ha de valerte la dulzura de tu voz y la hermosura que en ti estoy imaginando.

-Menos imaginaciones, señor almogávar, y vamos a las obras. Yo no soy mora, ni estoy encantada, ni soy otra cosa que la honrada Castana, doncella de la reina doña Inés, a quien sirvo, la cual está aquí a nuestro lado, toda llorosa, porque en aquel aposento frontero ha oído gemir muy tristemente a su esposo el rey don Ramiro, y recelaba que le haya acontecido alguna desdicha.

-¿Conque eres tú, Castana? ¿Tú a quien vengo buscando? -replicó el almogávar-. ¡Pecador de mí que no te haya conocido! Y es que tu voz está alterada: ¿será posible que le haya acontecido al rey alguna desdicha? ¿Quién osará ofenderle que no muera al punto a mis manos?

-Sálvale, almogávar, sálvale -dijo entonces la reina doña Inés, señalándole la puerta.

-Ten, ten -repuso Castana-. Hay dos hombres de armas en el aposento: cuenta con que te negarán la entrada.

-¿Qué es negar? -repuso con terrible acento el almogávar y echó mano a sus dardos. Lo distante del lugar donde esta conversación pasaba y la casi oscuridad del corredor impidieron que el atalaya advirtiese, al pronto cuántas eran las personas que hablaban; que puesto que divisase al lejos los bultos, creyó por algún tiempo que eran los que hacían las mujeres que había despedido, sin reparar en la figura del almogávar. Las últimas palabras dichas por este con fuerte acento le dieron a conocer que había allí un hombre, y a tiempo que Aznar Garcés, pues tal era, como sabemos, el nombre entero del almogávar, ponía mano a sus dardos, preguntó con voz de trueno:

-¿Quién va?

-Un escudero del rey -respondiole Aznar-, que os manda que dejéis libre esa entrada para él y estas damas que con él vienen.

-Pues volveos por otro camino, escudero -repuso el otro-, que no hay por aquí paso esta noche.

-Sí lo habrá -dijo Aznar-, aunque haya de servir de escalón tu maldito cuerpo.

Y asestando contra él uno de sus dardos, le partió el corazón, de suerte que no acertó a dar un gemido.

-¡Que no le mate! -exclamó la reina.

-Rogad a Dios por su alma -respondió Aznar. Y apartando el cadáver de la puerta, sin otra ceremonia que un puntapié, entró adelante, seguido a alguna distancia por la reina y Castana.

Halláronse primero con una antesala estrecha, y de allí pasaron a un aposento vacío, en el fondo del cual se descubría una puerta, por cuyas rendijas salían los reflejos de una luz opaca y casi perdida en aquel aposento tan ancho.

Al llegar como a la mitad de este aposento la puerta se abrió, y apareció ante ellos el otro hombre de armas, que, sin duda, volvía a reunirse con su compañero, el que quedó de atalaya. Y no hay más sino que lo logró, aunque no como él imaginaba. Porque a este ni aun le dejó preguntar quién va el almogávar, sino que desnudando la corta y ancha espada que llevaba al cinto, se fue para él, gritándole al propio tiempo con salvaje alarido:

-¡Vas a morir!

Sorprendido el contrario, apenas tuvo tiempo bastante para esperarle con la partesana.

Aznar, de un solo golpe cortó el robusto mango de roble de aquel arma, y echó a tierra la cuchilla. Dando en seguida un salto y otro alarido horrible, le asió con la siniestra mano por el cuello, y con la diestra le sepultó en el pecho la hoja de su espada.

Aquel hombre de armas cayó, como el otro, sin darle tiempo la muerte para que articulase una queja.

Al sentirse el ruido de la caída apareció en el umbral de la puerta el rey don Ramiro, trayendo en la mano una pequeña lámpara, de donde salía la escasa luz que, desde antes, se percibía.

No bien apareció, doña Inés se adelantó precipitadamente a encontrarle, y el almogávar, envainando la espada, se paró ante él con respetuosa apostura.

-¿Erais vos, don Ramiro? -dijo la reina.

-¿Erais vos, doña Inés? -dijo el rey.

-¿No os han hecho nada, esposo mío? -añadió aquella.

-Nada, si no es tenerme preso -contestó este-. ¿Paréceos poco para vasallos? Mas ¿por qué gritabais hace poco? No sé cómo habéis podido llegar hasta aquí.

-¿Cómo? -exclamó Castana-. ¿No veis quién viene con la reina? Es Aznar, Aznar, aquel valiente almogávar que os salvó en otro tiempo la vida; él ha derribado a sus pies cuantos estorbaban el paso; no lo hay más valiente en el mundo.

-¿Has muerto tú sólo a los dos guardas de esta puerta? -dijo el rey, reparando entonces en los dos cadáveres sangrientos tendidos a no muy larga distancia en el suelo.

-Perdonad, señor -contestó Aznar-, perdonadme, que en Dios y en mi ánima creí serviros con ello.

-Al contrario, Aznar amigo; ¡cómo podré pagarte lo que te debo! ¡Te has perdido por hacerme favor! Las puertas están tomadas, te cogerán aquí dentro y te matarán.

-Ya abrí yo, señor, entrada, a pesar de los mesnaderos, que Dios confunda. Venid conmigo, si queréis, al postigo que da a la puerta Desircata, y lo hallaréis de par en par, porque los dos hombres de armas que lo guardaban cayeron muertos como estos.

-¿También, Aznar?

-También, señor, quisieron vedarme la entrada y...

Parose aquí un tanto confuso el almogávar, a pesar de su impavidez natural.

-¿Podremos huir por allí? -continuó el rey sin reparar en ello.

-Sí, podréis -respondió Castana al punto-, que yendo con Aznar no ha de aconteceros desdicha alguna.

-Podreislo bien, según pienso -dijo Aznar modestamente.

-Apresurémonos, pues -repuso el rey.

-Tened, señor -dijo Aznar-. Será bueno que os arméis; yo le quitaré el casco, y cota, y espada a este malsín que es muerto, y servirán para vos, si bien os place.

-¡Armas! -exclamó el rey-. ¿Hallaremos, por ventura, quien me cierre el paso?

-¡Quién sabe! -respondió el almogávar meneando la cabeza.

-¡Oh! Pues entonces no os expongáis -dijo doña Inés-. Quedaos aquí. ¿Qué mal han de haceros vuestros vasallos?

-No se prende a un rey por lealtad ni por cortesía, doña Inés: dígoos que no sé la suerte que podrían depararme. ¿Y aun creéis que esto vaya encaminado contra mí sólo? ¿No adivináis que la causa de mi prisión es que quieren esos ricoshombres arrebatar el trono a nuestra hija?

-¡Ay de mí! -prorrumpió entonces doña Inés, dejando correr un mar de llanto-. Yo inquieta, temerosa, horrorizada, por no daros mayor pena, os he estado ocultando lo que pasa. ¡Me han quitado a nuestra hija! ¡Me la han robado! ¡La he buscado por todo el alcázar y no he podido dar con ella! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Adónde la habrán llevado? ¿Qué es lo que van a hacer con mi hija?

-¡Eso me ocultabas, doña Inés! -dijo don Ramiro al punto-. Y ¿cómo dejasteis que os la arrancaran de los brazos?

-¡Ah! De la propia suerte, señor, que vos dejasteis que os prendiesen -dijo doña Inés sollozando.

El rey notó que el rubor le quemaba las mejillas, y volvió a sentir en sus venas la excitación poderosa de dignidad y de ira que tanto maravilló a los ricoshombres, en la mañana de aquel propio día.

-Está bien, doña Inés -respondió-. Yo vengaré la afrenta mía y a la par rescataré a nuestra hija. Por su vida no temáis, que harto les importa a los grandes conservarla en rehenes. Quedaos en este alcázar hasta que yo venga, que a vos tampoco han de faltaros en cosa alguna: antes les convendrá que mostréis conformidad con vuestra suerte. Aznar, trae acá esas armas.

El almogávar le ayudó a que se las vistiese, no sin gran dificultad, porque el rey, a pesar de su buen ánimo, éranle harto molestos aquellos desusados atavíos.

No bien le vio armado, dijo el almogávar, si con gran respeto, no con menor firmeza:

-¿Vamos, señor?

-Vamos -respondió el rey-. Doña Inés, ¿no daréis a vuestro caballero alguna presea o divisa? Voy a hacer mis primeras y últimas armas: favorecedme con la protección de vuestro nombre.

Doña Inés no respondió por de pronto. Mas arrancando de su cintura una cinta blanca muy ancha y bordada de oro, la ató en el brazo de su esposo, diciéndole al propio tiempo:

-Ahí van mi color y mi mote, don Ramiro.

El rey miró las letras, primorosamente bordadas en la cinta, y leyó de esta suerte: Sin esperanza.

-¿No la tenéis de ver más a nuestra hija?

-Cruel sois, señor -repuso la reina, y se cubrió el rostro con las manos.

Don Ramiro la saludó tiernamente, y salió de la sala seguido de Aznar.

Durante esta corta conversación, el almogávar había dado señaladas muestra de impaciencia; y al verla terminada, echó a andar de prisa como para estimular el paso del rey.

Castana, que había recogido la lámpara de manos de don Ramiro, fue a alumbrarlos algún trecho, hasta que dieron con una estrecha escalera de caracol, que bajaba a uno de los patios del alcázar.

Al despedirse allí, se inclinó Castana al oído del almogávar, y le dijo:

-Si no llevas divisa ni mote, contigo sí que va mi esperanza, Aznar: cuida, que mucho confío en ella: cuida que no me la pierdas, y que te vea yo volver sano y salvo. Pero no vuelvas por Dios a querer desencantar ninguna mora, aunque por ahí vuelvas a encontrarte otra noche en un pasadizo casi a oscuras.

El almogávar fijó en ella los ojos con harta mayor dulzura que solía. Y notando el subido color con que la vergüenza bañaba sus mejillas, y la apasionada expresión de queja y cariño de sus ojos, le contestó:

-Yo cuidaré de tu esperanza, muchacha; que puesto que hasta ahora no haya estimado la vida en valor de un ardite, al verte a ti interesada por ella se me antoja que es cosa de algún precio.

No hubo tiempo para más.

Don Ramiro y el almogávar desaparecieron en la primera revuelta de la escalera, y Castana volvió al aposento donde había dejado a la reina, a la cual halló ya puesta de hinojos y orando.

La pobre muchacha, por más que amase a los reyes y se interesase por su buen servicio, no pudo menos de echar de menos la compañía de Aznar, de que, según dejó entender entre dientes, solía disfrutar todas las noches a aquella hora misma. ¿Y quién sabe lo que para su coleto diría Aznar, si como parece, venía buscando a Castana sola, cuando tropezó con los hombres de armas y doña Inés y don Ramiro, puesto que buscando amor se encontró por azar con aquellos peligros y tuvo que derramar sangre en vez de pronunciar palabras tiernas? Razón tenía el almogávar para quejarse de su fortuna; pero tal era él, y tan dado a las armas, que no parece probable que lo hiciese, no obstante.


La campana de Huesca de Antonio Cánovas del Castillo

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