La campana de Huesca: 09

Capítulo VIII
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La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


Que no merece leerse por otra cosa sino porque desata y esclarece algunos nudos y oscuridades que dejan en sí los precedentes


Por fuerza cuasi le sacaron del monasterio, que salir él no quería, ni desabrigarse de su hábito.


(Fray Gauberto Fabricio de Vagad: Crónica de Reyes aragoneses.)


Pasó la noche de aquel día en que hubo lugar la coronación del rey don Ramiro, con notable sosiego y silencio, lo mismo en el Rabalgerit o barrio de los judíos, que en el de San Martín o morería, y en toda la grande y populosa ciudad de Huesca.

Los honrados burgueses descansaron del placer del día, que más que nada cansan los placeres en este mundo; y de la muchedumbre de forasteros que al gran rumor de las fiestas había acudido a Huesca, muchos fueron los idos en el punto en que se acabaron las luminarias y el sarao del alcázar, y otros se prepararon, con el reposo de la noche, a hacer larga jornada al día siguiente.

Amaneció Huesca, en él, como una belleza de treinta o más años, que deja sus galas y se entrega al sueño después de largas horas de celos, y de amor, y de danza, y de estruendo.

No hay cosa más triste que el lugar en donde se disfruta un placer, cuando pasado este se le mira de nuevo.

Tales y tan melancólicas parecían las calles y plazas de Huesca, que al asomar la cabeza los vecinos por sus estrechas ventanas exclamaban de consuno: «¡Ha caído sombra sobre la ciudad!». Y nunca en verdad había lucido el sol con más ricos reflejos y con esplendor más grande.

Este día era completamente contrario al anterior.

Mal día para el común de los ciudadanos. Gran día para aquellos tristes en quienes el otro hubiese engendrado penas, que de todo se ve en los grandes regocijos, y es ley eterna del mundo que no haya risa a la cual no responda algún llanto.

Así es como en el alcázar de los poderosos reyes de Aragón saludan al nuevo día, por lo mismo que es triste, por lo mismo que trae sombra, las dos personas de quien menos pudiera imaginarse. El rey recién coronado y la reina recién casada; don Ramiro y doña Inés.

Pintar los tormentos que padeció durante aquella noche la noble hija de los Poitiers fuera imposible; que los tormentos supremos del alma no se pintan, como no puede pintarse el espíritu impalpable, y a la par invisible, donde nacen y se sustentan.

Doña Inés amaba a don Ramiro con ternura; amaba al hijo que sentía en sus entrañas, porque es privilegio de las madres amar sin ver ni oír, y sin saber si llegará o no a existir el ser que aman. Amaba también la grandeza que la rodeaba; y ¿por qué no había de amarla? ¿Por ventura no son dignos de tentar a cualquier alma humana la dorada silla donde se sientan los reyes sobre todos los hombres y sobre todas las mujeres, y la obediencia de tantos, y el amor de tantos, y el poder de tanto hacer y conseguir como acierte a desear el ánimo? No; no andaba errado Roldán cuando en otro lugar llamaba a la corona seductora.

Y amando doña Inés a su esposo y al hijo por nacer, y amando la grandeza y el trono mismo, ¿qué no sentiría viendo perdidos esposo y trono para sí, trono y padre para su hijo?

Pero de todo, lo que más debía llegarle al alma era ignorar la causa de mal tamaño; y no hallar ni de cerca ni de lejos algún remedio.

La causa muy bien la sabía don Ramiro; pero lo que es con el remedio no acertaba él más que su doliente esposa.

Los lectores deben saber, no por el relato del cronista, que anda en ello harto oscuro, sino porque así lo rezan todas las historias de España, que el rey don Ramiro II era monje en el monasterio de Tomeras, cuando los grandes de Aragón, congregados y reunidos en las Cortes de Monzón, determinaron alzarle por rey.

Su padre, Sancho Ramírez, estando sobre Huesca, imaginó hacer un don, el mayor que pudiera al cielo, para que se le mostrase propicio en aquella empresa; y el don no fue otro que este hijo, a quien metió de monje en San Benito en el monasterio de San Pons de Tomeras. De allí quisieron promoverle repetidas veces sus hermanos, los gloriosos reyes don Pedro y don Alonso el Batallador, a alguna mitra o prelacía de importancia, donde diese creces a lo ilustre de su nacimiento; y, en diversas ocasiones le nombraron para la abadía de Sahagún y los obispados de Burgos, Pamplona y Roda.

Y por cierto que con motivo de su ida al famosísimo monasterio de San Faguz, Fagún o Facundo, que luego se llamó de Sahagún en Castilla, corrió por el mundo una triste historia, que no debía de tener por verdadera nuestro cronista, cuando amargamente se queja en algunos lugares del monje anónimo de aquella lejana y santa casa, que por escrito la puso. Decíase nada menos sino que el mozo abad don Ramiro había mandado traer a su presencia cuanto había en Sahagún de precioso, así en telas como en alhajas, y aun en reliquias, separando lo que le pareció de más valor, y entre otras cosas unas riquísimas cruces de oro, para llevárselo a San Pons de Tomeras. Bien que el monje anónimo esto afirme con formales palabras diciendo: «traio en testimonio al cielo que no miento», parécele al copista de esta crónica que no hay por qué cargar con otro tan gran pecado al doliente monje, que ya los tenía sobre sí tamaños, supuesto que no le dio crédito alguno hombre de tal verdad como el mozárabe.

Pero lo que no puede dudarse es que don Ramiro, bien hallado con la vida ascética que hasta allí traía, no quiso conservar la posesión de tales beneficios, y permaneció al fin en el convento de Tomeras, hasta que, como arriba decimos, le alzaron por rey los señores aragoneses, buscándole también esposa joven y bella, y de calidad correspondiente a la suya, que fue doña Inés de Poitiers. Sobraron obispos que diesen por bueno y legítimo el tal matrimonio, y el Pontífice mismo lo autorizó, cuando menos, con su silencio.

Gran mella debieron de hacer los encantos del poder; gran mella también las caricias de aquella mujer joven, hermosa y cortesana en el corazón del monje, que desde sus primeros años no había pensado en otra cosa que en el claustro, ni imaginado otra vida que la del cenobita.

¿Qué tiene de extraño que prestase fácil oído a los que le predicaban que la salud pública demandaba su apostasía, y que, antes serviría a Dios en el tálamo y el trono, que en los altares? ¿Qué tiene de extraño que el amor por una parte, por otra el poderío, las caricias de aquí, de allá las lisonjas, apartasen de su memoria por algunos meses los cilicios y el convento? ¡Era doña Inés tan bella! ¡Es tan encantadora la lisonja! ¡Es, como queda dicho, tan deslumbrante el brillo del trono!

Mas si hubo un tiempo en que estuviesen tibios sus recuerdos, nunca, a la verdad, se vieron muertos.

Tal vez doña Inés recogió en momentos de embriaguez y de encanto una mirada de pavor en los ojos de su esposo; tal vez sorprendió en él a deshora movimientos instintivos de retraimiento y así como de repugnancia. Y es cierto que, al ver la osadía de los ricoshombres, y al notar las pretensiones de don Alonso de Castilla, y la rebeldía del de Navarra, y al oír hablar de alardes y arreos de guerra, o de los peligros y empresas que para defender su trono eran indispensables, solía echar de menos don Ramiro en voz alta la tranquilidad que durante cuarenta años le había proporcionado la vida monástica.

Fio su secreto al abad de Tomeras, a quien miraba aún como superior y padre; comunicole sus primeros temores y remordimientos; pidiole consejos con que atender a los males que prevenía, y remediar el desasosiego de su espíritu. Pero el de Tomeras creyó que el desasosiego provenía del temor que le infundían los ricoshombres; y así se contentó con enviarle aquel sagaz aviso que sorprendió Lizana, y que puso a este en cuidado tanto. Con reprimir a los ricoshombres pensaba el abad que el rey se entregaría tranquilo a las dulzuras del poder y del matrimonio.

Y no hay que extrañar en aquel abad que no se acordara para nada del remordimiento religioso del rey ni de los graves motivos en que se fundaba. Si antes de aceptar el trono y de contraer matrimonio le hubiesen consultado, acaso se habría opuesto a uno y otro, porque diz que era sincero y firme en su piedad, y no era seguro entonces que los votos monásticos pudiera desatarlos nadie, ni el Papa mismo; pero después de hecho el mal, quizá comprendía que la salus populi podía excusarlo en cierto modo, y que no era ya cuerdo desear que con el arrepentimiento y abdicación del rey se renovaran los peligros del reino, acrecentándose más aún los pasados, con las pasiones que los últimos sucesos habían encendido.

Cabalmente el moro acechaba más que nunca entonces la ocasión de arrojar de nuevo a los cristianos a las cumbres fragosísimas del Pirineo. Y los reyes de Castilla y de Navarra no esperaban más sino que faltase don Ramiro para recordar sus pretensiones a la corona aragonesa, y llenar de armas el reino; con lo cual hallarían aún mayor facilidad los infieles para traer a ejecución sus malos propósitos.

Nada de esto pudo ocurrírsele al abad de Mont-Aragón, cuando le habló a don Ramiro, como, hubiera podido hablarle a un monje cualquiera: nada de esto podía tampoco justificar del todo su apostasía a los ojos acalorados y escrupulosos del rey. Lo que para otros parecía ser dudoso, para él no lo era: tenía el presentimiento o la sospecha siempre de que ni el Papa, ni los obispos, ni nadie podía dispensarle de cumplir sus votos.

Con todo, mientras vivió el abad de Tomeras don Ramiro, tranquilo con sus consejos, supo refrenar los remordimientos; de suerte que apenas se traslucían en sus obras y palabras. Y a vivir aquel en la época a que se refiere la crónica no hubiera este ido a consultar con el de Mont-Aragón sus cuitas.

Pero muerto su prelado, se halló el rey a solas con su corazón y su fantasía. Y a medida que avanzaba el tiempo y se disipaba el encanto del primer instante, mayores inquietudes sentía en el alma: inquietudes vagas, sin forma ni color. ¿Quién había de decir que el día de la coronación y jura hubiese de dar tan horrenda forma y color tan siniestro a aquellas vacilaciones de su espíritu?

No tenemos ya que narrar cómo concluyó la fiesta: el rey estuvo a punto de perecer, y sólo se salvó por un género de milagro. Y en el punto de inquietud en que se hallaba su alma, aquello fue una tea que, tocando en hacinados combustibles, produjo un horrible incendio.

Los remordimientos, mal escondidos, asomaron de repente en el alma del monje: pareciole ver el semblante de Dios, irritado de su apostasía, tremendo como cuando maldijo a Sodoma, negado a toda misericordia para con él. La tarde de aquel día la pasó en hondo afán y recelo: ni miró, siquiera una vez, a sus caballeros, que por celebrar su coronación rompían lanzas y exponían sus cuerpos al hierro: ni hubo medio de que, en una sola ocasión, viniera la risa a sus labios.

Acabáronse las justas, y el rey se retiró a su alcázar, y se encerró solo en un aposento. ¡Loca idea buscar la soledad en tal punto! Son pocos los hombres que pueden consultar sus penas con el silencio de la noche y la soledad: pocos, como pocas son en ellos las conciencias perfectas y los ánimos justos.

Ni una ni otro tenía, a la verdad, don Ramiro.

Estaba aquel aposento en una torre altísima, obra misteriosa de los moros, y desde las ventanas se descubrían muy bien la corriente del río y la campiña. Pues cada vez que algún lucero se reflejaba en las paredes de la torre, miraba el monje sin querer los letreros árabes, allí esculpidos, y parecíale ver en ellos el mane, thezel, phares de la Escritura: no recordaba entonces que aquellas extrañas letras las hubiese visto nunca. Movía el viento levemente los álamos de la Isuela, y parecíale al monje que eran fantasmas que salían del lecho del río y caminaban hacia las ventanas de su aposento para prenderle y conducirle a la mansión de los réprobos. Dos o tres veces puso el oído junto al muro, por ver si era la voz de Dios lo que sentía, y no era sino el agua del río que allí enfrente de la torre se quebraba en unas piedras.

Rendido de tanto luchar consigo mismo, levántase al fin, y casi instintivamente saca los hábitos de su orden que conservaba en su cámara: vísteselos y sale del aposento, y luego del alcázar.

El aire de la noche no alcanzó a templar en lo más mínimo el ardor de su frente.

Hubo instante en que pensó ponerse en camino para Tomeras, y arrodillarse en la tumba de aquel abad que había sido su maestro, pensando que ella le inspirase algún alivio; pero al ver brillar a lo lejos, sobre la cima de un monte, las luces de Mont-Aragón, recordó que el de esta casa era tenido por de los más santos del mundo, y allá caminó sin demora.

No tenemos ya que narrar lo que le ocurrió en el monasterio; ni cómo, vuelto al alcázar, entró en el aposento de su mujer, y participole como tenía resuelto separarse de ella.

Y he aquí cómo por tan largo rodeo hemos venido a dar en que don Ramiro bien sabia la causa de su extraña determinación, ya que el remedio no se le alcanzase más que a su infortunada esposa.

Porque, a la verdad, las palabras de doña Inés habían acabado de poner en desorden las ideas de don Ramiro.

Ser padre y huir del hijo: tener una corona y dársela a otro que no a él, y sellar su frente al nacer con una marca de baldón: depararle una vida oscura y pobre en lugar de otra gloriosa y feliz, son cosas que espantan al corazón más animoso, y capaces de contrarrestar los más decididos propósitos en el hombre que siente y que piensa.

Don Ramiro, cuando vino de Mont-Aragón, quería renunciar aquel mismo día la corona en cualquiera de sus competidores, y abandonando a la reina, volver a los pies del abad para obtener la absolución y pasar el resto de su vida en el claustro con mayores cilicios y penitencias que nunca. Pero al oír de doña Inés que estaba embarazada, sintió caer su espíritu, dudó, tembló, y el alba del día en que debía ejecutar sus intentos pareció sin que nada hubiera resuelto todavía.

El primer rayo de luz que penetró en su estancia lució para él no menos siniestro que luce para el reo que está en capilla aquel que le anuncia el día postrero.

Tanto luchar le fatigaba, le rendía, y, sin embargo, más amaba la lucha que la resolución, cualquiera que fuese, porque de dos que miraba como posibles, tanto temía a la una como a la otra.

Lucha del espíritu con el espíritu, del sentimiento divino con el sentimiento humano, del precepto sobrenatural con los naturales; lucha que Dios envió a Abrahán para probar su fidelidad, y que apenas cabe dentro de un alma por grande que sea: lucha que sólo comprenderán los padres y las madres que por azar recorran estas páginas, y que apenas acertarán a concebir quienes no lo sean.

El primer impulso, el impulso espontáneo, enérgico, de la voluntad, le dice siempre al padre que se sacrifique por su hijo. Pero ¿ha de sacrificarle tanto como la vida eterna? ¿Ha de preferir esta su flaqueza mundana al soberano mandato de Dios?


La campana de Huesca de Antonio Cánovas del Castillo

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