La campana de Huesca: 10

Capítulo IX
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La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


De una plática sentimental que pasó entre el rey don Ramiro, de buena memoria, y la hermosa doña Inés de Poitiers


No lloréis, casada
de mi corazón,
que, pues yo soy vuestro,
lloraré por vos.


(Romancero general)


En tales angustias estaba don Ramiro cuando, de repente, se le puso ante los ojos su esposa doña Inés, pálida, descompuesta, sin otras galas que el dolor, sin más compañía que el llanto.

No podía haber llegado más a propósito.

Don Ramiro comenzaba a sentir que no bastaba su ánimo para soportar, ni bastaba su pensamiento para resolver tan grandes contrariedades como albergaba en el espíritu.

Al ver a doña Inés, que era tan infeliz o más que él, y sin culpa alguna; al contemplar doloridos sus ojos, donde tantas veces había encontrado ventura, y pálidas sus mejillas, y contristadas todas sus facciones, notó que la piedad embargaba su voluntad, y sintió arder por un momento en su alma el afecto antiguo.

Dio algunos pasos hacia ella, y, ya iba a hablarle, cuando doña Inés se antepuso diciendo:

-¿Queréis oírme, don Ramiro?

-Hablad, hablad -respondió el rey.

-No vengo -continuó, diciendo doña Inés- a reclamar el amor que ya habéis quitado de mí.

-¡Ojalá, señora, que pudiera devolvéroslo!

-No vengo a preguntaros siquiera la causa de mi desdicha, que bien sé que en nada os he faltado; y harto se me alcanza que, para dejarme, os han de sobrar pretextos que exponer y razones con que escudaros.

-Así es la verdad, doña Inés, que no me habéis faltado en nada; y es cierto también que me sobran razones para apartarme de vos.

Doña Inés parecía indignada de la fría seguridad con que el rey iba asintiendo a su discurso.

-Sé, pues, que debo resignarme a vuestra injusticia -prosiguió con algún más calor que en los principios-, y que, en adelante, nada puedo esperar de vos para mí.

-¿Injusticia decís, doña Inés? -replicó ya don Ramiro, sin más estar en su mano guardar reparo-. ¡Injusticia! Si la hubo fue en tomaros por esposa, fue en unir mi suerte con la vuestra, en compartir con vos el regio tálamo.

-Soy noble, rey don Ramiro -repuso altivamente doña Inés, que con aquellas palabras de su esposo creyó afrentada su alcurnia-; soy noble, y los de mi casa no es esta la primera vez que se sientan en tronos. Y de todas suertes, mirad si os conviene, don Ramiro, afrentar a la mujer que es todavía vuestra esposa porque ya no la améis.

-No me habéis entendido, doña Inés -dijo el rey- y es que ignoráis todavía la causa de nuestra desdicha. Jamás ha habido mujer más digna que vos de ocupar un trono, ni más capaz de hacer feliz a un esposo que no tuviese, cual yo tengo sobre mí, el anatema del cielo. El mal estuvo precisamente en que yo os amase tanto como os he amado; en que vos me correspondierais tan fielmente como me habéis correspondido; en que hayamos sido tan dichosos como hemos sido.

-Ahora sí que no os entiendo -exclamó doña Inés, asombrada.

-Bien me entenderéis a poco más que diga. Yo era monje profeso, monje benito: no había poder en el mundo bastante a romper mis votos, y los he roto, sin embargo. Nuestro matrimonio es nulo, ya os lo indiqué; nulo ante Dios y los hombres. Ni penséis que de ahora sólo lo sepa, porque ha ya mucho tiempo que lo sospechaba, sino que no quería decíroslo, por temor de que os aquejase el llanto. Ya, ya no puedo negároslo. ¿No habéis visto cuánto peligro ha corrido mi vida esta tarde? Pues ese fue aviso del Cielo, que manda que nos separemos: estamos en pecado, doña Inés, estamos en pecado, y no hay poder humano que sin él pueda reunirnos en este mundo.

Doña Inés, que era crédula por demás, como todas las mujeres de su tiempo, y que había oído hablar continuamente en su infancia de avisos del Cielo, tuvo pronto por verdadero lo que su esposo decía: calló y lloró en silencio algunos instantes.

-¿Sabéis -exclamó luego- que se me ha quitado un gran peso del alma?

-¿Por qué, doña Inés?

-Porque ya sé que vos no me aborrecéis; ya sé que no soy indigna de vos; ya sé que ninguna otra mujer me ha usurpado vuestro corazón. Ahora, si el Cielo os ha avisado de que no debéis hacer vida de esposo conmigo, separémonos y amémonos como hermanos.

-Sois una santa, doña Inés -dijo el rey con dulzura-. A mí si que, con oíros, se me ha quitado muy gran peso del alma. No hay más que separarnos ya en paz.

-Resignémonos con la voluntad de Dios.

-Resignémonos, doña Inés, que Él es quien sabe encaminar todas las cosas; y así como nos juntó, nos separa ahora para probar nuestra fidelidad.

Don Ramiro no estaba ya desesperado, sino enternecido: doña Inés parecía más tranquila, pero de sus ojos corrían aún abundantes lágrimas.

-¿Sabéis qué pienso, don Ramiro? -dijo al cabo de breves momentos doña Inés-. Eso sólo me traía, y con la conversación se me iba olvidando. Venía a deciros que ya que me dejarais a mí, cuidaseis al menos de nuestro hijo. ¿Qué hemos de hacer con él ahora? ¿Cuál de los dos habrá de guardarle y enseñarle el nombre del otro?

Aquellas palabras hirieron a don Ramiro, como hiere los ojos la luz inesperada de un relámpago.

-Es verdad, doña Inés. ¿Y nuestro hijo? ¿Qué hemos de hacer con él?

-Sus abuelos y su padre fueron reyes, y él no lo será.

-Triste suerte la suya, doña Inés.

-Acaso sea vuestra propia imagen, y, sin embargo, reducido a la condición particular, mirarase menospreciado de los otros reyes y tratado como igual por nuestros vasallos.

-Es verdad; ¡será menos preciado de los reyes! ¡Será de otros reyes vasallo!

-¿Y quién sabe si don Alonso de Castilla o don García de Navarra, o el mismo don Pedro de Atares, o cualquiera, en fin, a quien pongan ahora por rey los aragoneses, se deshará de nuestro hijo por cualquier modo? Nuestro hijo les daría harta sombra en el reino, y de esas cosas se ven, según dicen, muchas por el mundo.

-¡Oh!, tenéis razón, doña Inés -prorrumpió el rey-; parece duro que nosotros abandonemos y desheredemos a nuestro pobre hijo.

-Y ¿cómo no, si le declaráis mal nacido o bastardo, declarando nulo nuestro matrimonio?...

-Es que no le declararé tal; antes sostendré a la faz del mundo entero que fue habido en legítimo consorcio, y que mi hijo debe llevar esta corona que a mí tanto me pesa.

-¿Y el mandato de Dios, don Ramiro? Mas en verdad que el inocente infante no puede estar comprendido en su ira: si él no ha podido ofenderle, ¿cómo ha de llevar tan gran castigo? ¿Qué parte tiene él en las culpas de sus padres?

-No, no le desheredaremos, doña Inés -repitió el rey-: suceda lo que suceda, la corona de Aragón será, con efecto, para nuestro hijo.

-No diréis, pues, que es nulo nuestro matrimonio.

-No, no lo diré jamás.

-Pero si ahora dejáis el trono, ¿cómo he de saber yo sola conservárselo? ¿Cómo podré resistir a los ricoshombres y a los príncipes extranjeros? ¿Por ventura querrán ellos jurarle o reconocerle por rey?

-Es cierto: tengo que dejarle jurado y reconocido por rey. Veo ya claramente que tampoco puedo ahora dejar el trono -respondió don Ramiro suspirando.

-¿Conque es decir, que seguiremos juntos hasta que nazca nuestro hijo; y aun uno, ¡qué digo uno!, dos años más, que es la edad que al menos necesita para ser coronado?

-¡Uno, dos años! Dios se apiade de mí, doña Inés. Es demasiado sacrificio.

-Pero vos lo haréis así, porque de no, todo lo demás sería inútil. ¿Lo haréis, lo haréis, no es verdad?

-¿Decís que dos años?

-Dos.

-Repito que Dios se apiade de mí.

-Él cuidará, sin duda, de vuestra alma.

-El caso es que cuide ahora de mi cuerpo. Porque si alguna calentura le mata en estos dos años, o más de dos años todavía, que he de llevar sobre él mi pecado, se irán juntos al otro mundo mi pecado y mi alma; y sin penitencia y sin absolución, no sé si Dios querrá dejarme entrar al fin en la gloria.

-Dios favorece siempre a los buenos padres y a los que amparan a los inocentes, y vos seréis buen padre, y no puede darse en todo mayor inocencia que la de nuestro hijo.

-Cueste lo que cueste, estoy resuelto a aguardar los dos años, y ojalá que sea como vos decís, doña Inés; ojalá que Dios me deje vivir ese tiempo. Ojalá que no me mate sin penitencia.

-¡Oh! Gracias, gracias, señor -exclamó doña Inés arrodillándose delante del rey-. Mirad, no me atrevo ya a abrazaros, pero nunca me habéis parecido tan grande como ahora, nunca os he amado tanto como en este momento. Perezcamos nosotros, si es preciso; padezcamos tormentos eternos, pero salvemos a nuestro hijo de la afrenta y aun de la muerte que de otro modo le espera.

-Me hacéis temblar, doña Inés. ¿Preferiríais vos la condenación eterna, a privar del trono a nuestro hijo?

-Yo no sé lo que me digo, señor. Mas Dios, que a vos os hizo padre y a mi madre, perdonará este natural amor, y Él nos dará tiempo de hacer penitencia por todo después que hayamos logrado nuestro intento.

-Amén, doña Inés, amén. No habrá cilicio que yo no me imponga desde este momento, y el tiempo que medie desde ahora hasta el día en que veamos rey a nuestro hijo lo pasaré orando por él y por nosotros la mayor parte.

-Yo os imitaré en la penitencia y oraciones.

-Pero ¿sabéis, doña Inés, que ya no debemos hablarnos juntos si no es en público? ¿Sabéis que en adelante no hemos de ser otra cosa que hermanos, como vos misma habéis dicho?

-¿Y qué importa, si lo principal está conseguido? ¿Veis estas lágrimas, don Ramiro? Son de amor que os tengo, de amor que me abrasa las entrañas y que acabará por quitarme la vida. Pero aún soy capaz de este sacrificio, y del otro no lo era; aún soy capaz de separarme de vos, y no lo era de abandonar a nuestro hijo.

-Y yo también, doña Inés, os amo con toda mi alma. Como que no he conocido otra mujer que vos, ni en otra he puesto jamás el pensamiento. Pero, ¡ay!, advertid que tales palabras no nos son ya lícitas; habladme no más que como a un hermano.

-Está bien, señor; no sé si podré acostumbrarme, mas yo he de ensayarme en ello.

-Id con Dios -dijo don Ramiro tristemente.

Doña Inés dio algunos pasos y volvió luego la cabeza; sus ojos eran un mar de llanto y los ojos de don Ramiro denotaban el dolor más intenso.

-¿Conque me amáis? -dijo aquella.

-¡Que si os amo! -respondió este-. ¿No os he dicho que con toda mi alma?

-Es que yo no me canso de oírlo, porque es ya mi único consuelo.

-No sé, sin embargo, si puedo repetirlo muchas veces sin pecado.

-¿Aun eso me negaríais?

-Aun eso creo yo que quiere Dios que os niegue.

-Sois cruel. Mas no os quejaréis de mis importunaciones.

Dio otros pasos más, y, cerca ya de la puerta, volvió aún el rostro diciendo:

-¿Me negaréis el ósculo postrero?

-¡Ah! -exclamó don Ramiro, y se cubrió el rostro con entrambas manos.

Doña Inés no insistió entonces, y haciendo un poderoso esfuerzo sobre sí misma, salió de la estancia.


La campana de Huesca de Antonio Cánovas del Castillo

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