La campana de Huesca: 08

Capítulo VII
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La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


Que no hace más sino proseguir la materia del anterior


Tú viniste a derramar,
ángel puro, en el altar
las lágrimas del pecado.


(El Rey Monje, drama nuevo.)


-Hablad, hermano -dijo el abad, después de contemplar por breve espacio al monje-. Hablad, y decidme en qué puedo favoreceros o ayudaros; no hayáis temor, que delante estáis de quien es pecador como vos.

-¡Padre mío! -dijo con voz contrita el monje-. Yo siento sobre mí la ira de Dios.

-Pecador: Dios es misericordioso, como tremendo en su ira.

-Es que su ira comienza a cumplirse en mí.

-Haced penitencia, cuanta baste a desarmarla.

-Sí haré, sí haré -continuó el monje-. Sabré cumplir cuanta penitencia me impongáis, y no habrá una que me espante, ni dar la boca al polvo, ni exponer los miembros al cilicio y al fuego. Mas, absolvedme, padre mío, absolvedme y que no vea yo tan sobre mí a la celeste cólera.

-Decid, hermano, decid qué habéis hecho, antes de todo, y yo os diré lo que importe -replicó el abad, con la pausa y la indiferencia de quien se ve forzado a repetir una misma fórmula muchas veces al día.

-Yo profesé, como veis, en la regla de San Benito.

-Santa regla, formada en el propio espíritu de los sagrados cánones; no hay otra que más que esta recomiende la Iglesia -dijo el abad.

-Santa regla, padre mío, santa regla. Mas yo soy dentro de ella la oveja perdida de que hablaba el glorioso San Benito. ¿No es cierto que puede contagiar a las otras, y que por eso debe ser echada del redil? ¿No es cierto que Dios, para arrojarla de él, la aniquila?

-Dios es misericordioso, os digo.

-¿Aun con pecados tan grandes como los míos?

-Con todos, hermano; mas decid, decid los vuestros.

-Mis padres, reverendo abad, me ofrecieron de niño a Dios en la oblación de la misa, y cierto que no contaron con mi voluntad; mas harto sé que los ofrecimientos de los padres valen como si uno propio los hiciera. ¿No es verdad que eso no pudo nunca excusarme de cumplir la regla?

-Así es, como decís, pecador; esa doctrina, aunque dudosa en la Iglesia, quedó claramente resuelta por el canon cuarenta y ocho o cuarenta y nueve del cuarto Concilio de Toledo. No me acuerdo bien del número del canon, pero estoy cierto de que bien lo declara.

-Pues según eso, padre, hice los votos de mi regla: primero, de obediencia; después, de pobreza, y de castidad luego.

-Votos perfectísimos todos ellos, y agradabilísimos a Dios y al glorioso San Benito que los instituyó. Mas despachemos, que aún he de hacer mis oraciones. ¿A cuál de ellos faltasteis?

-A todos, padre mío, a todos.

-¿A todos? Largo pecar fue.

-Falté -prosiguió el monje- al de obediencia, dejando el claustro por el mundo, y tomando sobre mis hombres grave autoridad temporal; falté al de pobreza, con adquirir riquezas sin número y vasallos sin cuento; y por último, falté al de castidad, contrayendo...

-¿Qué decís, hermano monje? -exclamó el abad, sorprendido.

-Digo, padre, aunque horror me cueste el decirlo, que contraje matrimonio.

-¡Cuántos pecados juntos! -exclamó el abad-. No oveja perdida, sino muerta, debierais llamaros, a no ser tanta la misericordia de Dios.

El monje, que involuntariamente se había ido acercando más a la mesa, conforme declaraba sus pecados, se arrodilló ya en aquel punto; y penitenciario y penitente guardaron silencio por algunos instantes.

El abad fue el primero que lo rompió, y dirigiéndose al monje, le habló de esta suerte:

-Ya te he dicho, pecador, que la misericordia de Dios es infinita. ¿No dices que estás muy arrepentido de todo lo hecho?

-Mucho lo estoy, padre.

-Habraste preparado sin duda para la penitencia que yo te imponga.

-No, padre; aún no me he preparado como debiera; aún subsiste en mí la materia del pecado.

-¿Conque, es decir, que no has abandonado aún esos bienes terrenos que recibiste en tanto menosprecio de tus votos y daño de tu alma?

-No los he dejado, padre.

-¿Ni te has separado del lecho nupcial, donde entraste con tanta ofensa de Dios y del glorioso San Benito?

-Tampoco.

-¿En qué piensas, pues? -prorrumpió el abad con voz de trueno-. ¿En qué piensas que, sintiendo la carga del pecado, no la arrojas de ti; que, reconociendo el yerro, no comienzas por enmendarlo? ¿Cómo has de volver de esa suerte a la obediencia de tus votos y a la gracia de Dios?

El abad se había puesto en pie; sus ojos ardían en indignación y celo cristiano; con las manos golpeaba fuertemente el tablero de la mesa por dar más expresión a sus palabras.

El monje parecía aterrado.

-Yo haré, padre, cuanto me ordenéis -dijo, al fin, con acento compungido.

-Haberlo hecho fuera mejor; que entre tanto, no has de hallar en mí ni absolución ni gracia alguna.

Y al decir esto, hizo seña al monje de que se retirara.

-No es por excusar mi culpa, reverendo abad -exclamó este-; mas dignaos oírme aún algunas palabras. Yo dejé el claustro y tomé bienes, y contraje nupcias, porque era el último de mi raza, y sin eso se perdía.

-Perdiérase tu raza cien veces con tal que se evitara un solo pecado.

-Hubo también prelados que me lo aconsejaron, y aun en nombre de Dios me lo ordenasen.

-Malos prelados fueron ellos, monje; en verdad os digo que no hay poder en la tierra que pueda desatar los lazos que con Dios tenéis vos contraídos. Mas abreviemos aún, que el tiempo pasa en vano y no deja de ser ofensa de Dios el desperdiciarlo. Dígoos que no volváis más a mi presencia sin haber dejado mujer y bienes, y vuelto a la obediencia de vuestros votos.

-Así lo haré, padre, así lo haré -replicó el monje sollozando; y dio algunos pasos como para marcharse; pero antes de llegar a la puerta, volviose de pronto y dijo:

-¿Sabéis, padre, que temo que, mientras me absolvéis o no, venga sobre mí el castigo del cielo?

-Dios es justo y sabe lo que merecen sus hijos inobedientes.

-Es, padre -continuó el monje temblando-, que yo he visto claras señales de mi muerte y de mi castigo, y temo que muriendo ahora sea condenado al infierno.

-Rogad a Dios que se apiade de vuestras culpas.

-¡Oh! ¡Piedad! ¡Piedad! ¡Yo estoy arrepentido de mis culpas; yo quiero hacer penitencia! Mas decidme, ¿qué podría yo hacer desde ahora mismo para librarme de la cólera del Eterno?

-Dejar a esa mujer con quien tan malamente os unisteis, y renunciar a esos bienes que adquiristeis con tan gran pecado. Cada instante que aquí pasáis lo perdéis en vuestra salvación: si el rayo del cielo os hiriese en este instante, no la habría para vos.

Y diciendo esto el abad, señaló imperiosamente ya al monje con el dedo la puerta de la estancia.

-Los dejaré, los dejaré -respondió el monje, y en seguida salió precipitadamente, bajó las escaleras de un salto, como quien se juzgaba perseguido por la celeste cólera, y entró en el claustro, donde a la venida le habían dejado solo los hombres de armas.

Allí oyó de lejos el precipitado andar de dos personas, alguna de las cuales debía de ser un guerrero, según el son de armas que se sentía.

Y, al revolver de una de las esquinas del estrecho y abovedado pasadizo que conducía a la puerta, se halló frente por frente con el bueno del portero, a quien ya conocen nuestros lectores, que venía acompañando a cierto caballero vestido de todas armas, la visera calada y con pomposo penacho en la cimera.

El monje hizo un movimiento para taparse más el rostro, como recelando de ser conocido; pero el desalmado del portero no le dio tiempo; antes, lanzándose a él, le quitó la capucha de un tirón y le plantó un despiadado pescozón en la coronilla, que resonó en largo especie.

Al ver al monje con la cabeza descubierta, notose en el caballero una exclamación mal reprimida. El monje, por su parte, no pudo contener un grito de dolor y rabia.

-Villano -le dijo al portero-, ¿quién te manda tratar de tal suerte a los huéspedes de la casa de Dios? ¿Es así, mal portero y follón impío, cómo respetas mis sagrados hábitos?

El portero prorrumpió en recias carcajadas al oír estos improperios.

-Dé gracias, don monjecillo -le dijo- que de aquí se va sin los azotes que suelen darse a los malos huéspedes; y mire la palma que para hombre como él, y aun mejores, tenemos colgada en esa pared, que bien conocerá al mirarla cuánta haya sido su fortuna en no trabar conocimiento con ella.

El monje ahogó dificultosamente en su pecho algunas palabras; pero no replicó más; y precipitando el paso, volvió a salir del muro del monasterio con no menos dificultades que había entrado.

Subían entre tanto las escaleras del palacio abacial el caballero de que hemos hablado y el portero, y aquel dijo a este con mal disimulado acento de sorpresa:

-Sin duda no has conocido a ese monje.

-No, buen señor, que, puesto que para eso le haya descubierto la cabeza, no lo he logrado, y bien sé que no le he visto en mi vida si no es ahora.

-¿Pues cómo te atreviste a tanto?

-Es, señor, que viene del monasterio de Tomeras, del cual ha recibido tantos daños todo el reino y más esta santa casa. Y así Dios me ayude, que no juzgué que nuestro abad le soltara sin una mano de azotes, dados por estas mías que se pintan solas para mullir carne de pícaros.

-¿Le conocerías si otra vez le vieses?

-Precisamente para eso le descubrí también la cabeza; porque si otra vez le encuentro fuera del convento, no ha de írseme sin mayor ración de cordelazos y puñadas.

El caballero se sonrió.

-Mira, Gaufrido -le dijo al portero-, no pienses tal; antes olvida, si puedes, que le has visto en tu vida.

-¿Y por qué eso, señor?

El caballero no le contestó, sino que alzándose la visera, entró derechamente en el aposento donde dejamos al abad.

-¡Roldán! -exclamó el abad al verle-: ¿Qué os trae por acá a estas horas? ¿Por ventura viene con vos la escritura de cesión de las haciendas que debe el rey a esta santa casa? ¿Ha tocado al fin el cielo el corazón del señor rey para que nos haga justicia? ¿Qué nuevas traéis de la Corte?

-Esas iba yo a pediros ahora -respondió Roldán-. ¿Quién más enterado que vos de lo que piensa el rey?

-¡Yo! -exclamó el abad-. ¡Pues si no he asistido a la coronación siquiera, por causa de mis achaques, ni he visto al rey, sino de paso cuando desde Monzón, donde le aclamasteis por tal, vino a Huesca en vuestra compañía!

-¡Que eso digáis, abad! ¿No fuisteis vos por vuestras letras de los que opinaron que se eligiese a don Ramiro, en lugar de elegir a don Pedro de Atares, a don Alonso o don García? ¿Y no obrasteis de tal suerte con el propio intento que nosotros, a saber: que hubiese rey que no nos oprimiera ni cercenara nuestros privilegios, antes bien nos devolviera los castillos y lugares que ganamos por nuestras personas o por nuestras gentes, malamente guardados para sí por los otros reyes?

-Sí opiné y sí obré, Roldán; mas ¿qué tiene que ver nada de lo que decís con lo que yo pregunto?

-¿Que nada tiene que ver? Pues ¿cómo me venís ahora con fingimientos, negándome que en este propio aposento habéis estado platicando con don Ramiro no ha un instante?

-¿Qué decís, Roldán? ¿Yo hablar con don Ramiro?

-¿Pensáis que no le haya yo conocido debajo de sus viejos hábitos de fraile benito?

-¿Conque era ese el rey? -prorrumpió el abad, espantado-. ¿Conque ha sido el rey a quien he tenido a mis pies en penitencia?

-Comienzo a creer que no le habéis conocido, abad.

-Podéis creerlo, Roldán, y ¡oh, si supierais lo que ha pasado entre nosotros!

-¿Qué?

-Básteos saber que le he mandado, en nombre de Dios, que deje el reino, que olvide a su mujer y vuelva al claustro.

-¿Y creéis que lo haga?

-Lo hará de seguro. No podéis figuraros lo contrito que está; daba consuelo de oír sus últimas palabras.

-¡Consuelo! ¡Consuelo! ¿Estáis loco? ¿Cuándo ha de poner en práctica vuestros disparatados consejos?

-Al momento; no le he concedido dilación alguna.

Roldán no pudo contener su ira; dio una patada en el suelo y exclamó:

-Habéis perdido el fruto de nuestros afanes y peligros; nos habéis hecho un daño inmenso, abad.

-Lo he hecho, sí; pero al fin he salvado su alma, y no me arrepiento de lo que he hecho -dijo entonces el abad gravemente.

-¿Eso más? -prorrumpió ciego de cólera Roldán-. ¡Oh, y con cuánta razón desconfiaba de vos el viejo Lizana! Toma tus armas, me dijo; toma tus armas y corre la hoya en busca del rey, mientras yo hago dentro de la ciudad mis averiguaciones; y no te olvides de llegar a Mont-Aragón, porque desconfío de que el abad esté ya con nosotros. ¡Oh, y cuánta razón tenía el viejo Lizana!

-Roldán -dijo el abad-, ¿osaríais acusarme de traición?

-No lo permita Dios, padre; pero cuando yo venía a consultar con vos los medios de conservar nuestra obra y me encuentro con que de vos ha sido destruida toda ella, ¿haréis gala aún de tal hecho? Si ese hombre amara la corona como nosotros pensamos que la amara, y como debiera amarla, podrían con él nuestras amenazas, valdría con él la intimidación para que nos entregara cuantas tierras y castillos le pidiéramos, y aun para que nos concediera cuantos privilegios nos estuvieran bien. Pero si vos habéis hecho nacer en su alma el remordimiento; si desprecia el poder, la corona; si renuncia a uno y a otra, ¿con qué le haremos fuerza en adelante? Más cuenta nos traería que hubiera pretendido poner en ejecución el consejo del abad de Tomeras, que no el vuestro. Aquello no habría podido llevarlo a término y esto sí; porque como no dé con él el sabio Lizana, no sé yo que haya modo de evitarlo. Ni tengo más esperanzas si no es que se le olviden vuestras amonestaciones. ¡Es tan seductora al cabo la corona! Si eso pudiéramos esperar...

-Inútil esperanza, Roldán: está resuelto a dejarla y la dejará; yo defenderé en cuanto pueda los derechos temporales de mi casa, y haré cuanto sea lícito en vuestro bien; mas no he de faltar por eso a las obligaciones de mi espiritual ministerio. Si otra vez acude a mí, le diré hasta qué punto las circunstancias pueden excusar el hecho; pero no le negaré que hay pecados y grandes en su conducta. Recordad que no aprobé yo lo del matrimonio.

-Mal hayan vuestros escrúpulos, padre; que yo sé que, a conocer quién era, no le hablarais con el santo celo con que sin duda le habéis hablado. Mas no hay tiempo que perder; si a vos os place, salíos de la liga, y abandonad vuestras pretensiones. De mí sé decir que ahora mismo parto para Huesca a concertarme con mis nobles amigos, y a remediar en algo el mal que habéis hecho: que si este se obstina en ser monje, será preciso elegir otro rey que bien nos cumpla, en lugar suyo.

Y de como esto dijo Roldán, calose de nuevo la visera y salió de la sala.

-No hagáis de modo que se pierda su alma; mirad que es gran pecador; mirad que, bien mirado, es justa y forzosa su penitencia -le gritó el abad.

Pero el caballero ya no le oía.

Bajó rápidamente, cruzó el claustro y los pasadizos, montó a caballo en la barbacana, y en compañía de dos escuderos que allí le estaban aguardando, tomó a toda rienda el camino de Huesca, salvando primero la empinada y revuelta senda que bajaba del monasterio a la llanura, y luego los vados de la Isuela, que con sus aguas cerraban el camino.


La campana de Huesca de Antonio Cánovas del Castillo

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