XXVII


No sé cuántos de Julio.- Leoncio era: su alegre rostro, su gallarda soltura me cautivaron desde que entrar le vi, reconociendo en él un hermoso ejemplar de la raza de Ansúrez. Su varonil belleza respiraba salud, fuerza, y un perfecto equilibrio de los dos elementos que nos componen, el animal y el hombre. «Éste es Ley -dijo Mita haciendo las presentaciones con una sencillez encantadora, su mano en la mano de él-. Ley, aquí tienes a nuestro amigo Pepe, que, aunque nada me ha dicho todavía, nos protegerá, ¡vaya si nos protegerá!... en la cara se lo conozco. Es un buenazo, y como nosotros, tiene ideas libres». Con cierto embarazo me saludó Leoncio. Yo le animé con mi afabilidad sincera, y él se arrancó a decirme: «Don José, puede creerme que, antes de conocerle, yo le quería, por lo que mi Mita me contaba de usted... Muchas tardes, muchas noches hemos hablado de usted largamente, calculando lo que el señor haría por nosotros si nos viéramos entre las garras de la curia, por el aquel de casarnos por nosotros mismos.

-Sí haré, sí haré -dije yo con efusión de simpatía. Y él prosiguió repitiendo el último concepto: «Casarnos por nosotros mismos, y echarnos las bendiciones... Perdone el señor don José que hable tan a lo bruto, y que no sepa decir los verdaderos nombres de cada cosa... Poca instrucción tuvo un servidor... y luego, como hemos vivido Mita y un servidor tan a lo salvaje, se nos iba marchando de la memoria todo el vocablo fino... No gastábamos más que las palabras precisas para entendernos... y cada día... nos entendíamos con menos palabras.

Le hice sentar a mi lado. Mita no se sentó, porque la reclamaba el trajín de la próxima comida. Iba y venía, moviéndose graciosamente, desde la mesilla en que ponían los platos, sin mantel, y el rincón en que Leoncio y yo estábamos. Sintiéndome poseído de inmensa piedad hacia los que ya miraba como amigos de mi predilección, casados a contrafuero, burladores de toda ley, les aseguré que yo les protegería contra viento y marea. Prometí yo lo que quizás no podría cumplir, sin desconocer las dificultades del asunto. Pero en España todo se puede, aquí donde lo provisional es eterno, donde lo ilegal se legaliza, y no hay montes que no se muevan con el influjo personal y las recomendaciones... Hablando luego de las enconadas luchas de aquel día, Leoncio me contó que tenía muchas ganas de andar a tiros con los del gobierno, y sólo para desahogar su apetito y dar gusto al dedo había venido a Madrid con Mita. Se alabó de ser un buen tirador, y de conocer a la perfección el mecanismo de las armas de fuego. «Vea usted esta pistola -me dijo mostrando la que con la escopeta había dejado al entrar-. Es un arma de nuevo sistema, y casi desconocida en Madrid. La inventó un norteamericano, un Mister Colt... se llama pistola giratoria... también la llaman revólver... El armero ése del 10 de la calle Mayor la tiene de venta. Pero aquí, como no saben manejarla, los pocos que la han comprado, la descomponen a los primeros tiros. Ésta me la dio un amigo como cosa que no servía para nada. Yo la examiné, y en el taller de Rosendo, en esta misma calle, la puse como nueva... Vea usted, se carga de una vez para seis tiros...

Cuidado, Leoncio, no se escape una bala y me deje en el sitio...

-Está descargada: no tema usted. Pues hoy la estrené en los portales de Bringas con un resultado magnífico. Arrimado a un pilarote de aquéllos, me harté de apuntar a mi gusto: no perdía ni un tiro... Crea usted que con la rabia que les tengo a los que mangonean en la Nación, se me afinaba la puntería. Yo me hacía cuenta de que por cada bala que yo mandaba, había en la otra banda un enemigo nuestro que caía patas arriba. «Pim... ésta para el suegro de Mita... Pim: ésta para el cura que casó a Mita... ésta para su tía Cristeta... Pim, pim: éstas para los padrinos de su boda... ésta para los que duden que Mita es mi mujer...

-Y con todo ese furor, amigo mío, y eso de mandar las balas con sobrescrito como si fueran cartas, lo que ha hecho usted es matar a unos cuantos soldados inocentes...

-No sé, no sé a quién he matado: También pudieron ellos matarme a mí... Yo tiro contra los del Gobierno, y caiga el que caiga. Esto son las guerras... Y si por matar yo a muchos de allá, viene un gobierno que ponga las cosas en su punto, permitiendo que los mal casados se descasen, y que todo se ordene como es debido, y los pobres puedan respirar, unas cuantas vidas nada significan».

Pusiéronse a comer, no sin invitarme cada uno por sí, y en coro. Por causa de las porquerías que metí en el buche en la casa de Sotero, no tenía yo ni asomos de apetito. Si lo tuviera, seguramente habría participado de la pitanza de aquella pobre gente. No cabían ellos en la mesa angosta, y Rodrigo y su hermano comían de pie, cogiendo los dos del plato de Mita lo que llevaban a las bocas con la cuchara o el tenedor de peltre. «Aunque tuvieras ganas -me dijo Mita-, no podrías comer en tanta pobreza. Este guisado que nos sabe tan rico, a ti te repugnará, como las herramientas con que comemos». Y al decir esto, volviéndose en la silla, y mostrándome la feísima cuchara, el movimiento de sus hombros y de la cabeza desdecía del salvajismo pobre, pues fue movimiento de gran señora. Yo me excusé. Bebí el vino con sabor a pez que me ofreció Leoncio, y comí unas almendras con que graciosamente me obsequió Mita. Esto y pasta de higos era el único postre. Comiendo con voracidad, Erasmo Gamoneda explanaba teorías de gobierno, y profetizaba los próximos acontecimientos políticos. «Si ganamos, vendrá un gobierno de hombres del pueblo, pudientes, y lo primero que hagan será decirnos a todos que nos armemos. Milicia Nacional al canto, y ¡ay del gobernante que no ande derecho! Ladrocinio y agios no consentimos. Mucho ojo, caballeros, que aquí está el pueblo armado para vigilar, para deciros si vais mal o vais bien. Y que tendremos de todo: Infantería, Caballería, Artillería... Yo seré de Artillería, como la otra vez, por lo que sé de polvorista y de bombista... pues de todo habrá. Ingenieros también, y Ambulancias, y hasta nuestro poquito de Clero castrense... Conque, mucho ojo, caballeros».

Tiburcio Gamoneda, que se había fogueado en diferentes puntos de Madrid, nos contó que si terribles fueron los combates de las plazas del Ángel y Antón Martín, donde Bartolomé Gracián con sus valientes le quitó los moños al fantasioso de Gándara, también se habían machacado las liendres paisanaje y tropa, allá en el tras de la Universidad, plazuela de los Mostenses y calle del Álamo... Pues en la parroquia de Santiago y en toda la caída de calles que bajan a la plaza de Oriente, la tremolina fue superior, con una de tiros que daba gloria oírlo, más de cuatro muertos en las calles, y uno en un balcón, con medio cuerpo fuera... Entraron dos vecinos, el estañero del número inmediato, fabricante de jeringas y otros objetos, y un cacharrero de Puerta Cerrada, tratante y expendedor de sanguijuelas. Venían ya preparados para las faenas de la noche, con escopeta en mano y pistola en cinto. Dijeron que las tropas liberticidas no se atrevían a salir de sus posiciones. Por la noche, Madrid se cubriría de barricadas. Un día más de constancia y valor, y la masa patriótica, dueña del campo ya, podrá escoger gobernantes a su gusto. Ya se decía que la Reina quería entenderse con el pueblo, y formar un Ministerio de plebeyos ilustrados; pero que no la dejaban. Los verdugos de la Libertad y los secuaces de la Reacción tenían a Su Majestad con las manos atadas, como quien dice, y armaban mil enredos para quitarle la buena voluntad.

Sentí lástima de aquella pobre gente, y también admiración muy viva, pues desde la hondura de su vida miserable se lanzaban impávidos a la conquista de una España nueva. Cuanto tenían, las vidas inclusive, lo sacrificaban por aquel ideal de pura soñación, y por un programa de Gobierno que no habrían podido puntualizar, si fueran llamados a realizarlo. Y después de pasarse largos días y noches en tan peligrosas andanzas, volvería cada cual a sus obligaciones. El uno seguiría fabricando obleas y lacre; el otro, jeringas, y el tercero vendiendo sanguijuelas, para ganar un triste cocido y vivir estrechamente entre afanes y miserias. Todo lo soñaban, menos llegar a ser ricos, o al menos, vivir con desahogo. ¡A luchar y a pelearse por un principio fantástico, vagaroso, como las formas de hombres y animales que se dibujan en las nubes! ¡Y luego volver al trabajo, a las privaciones, a la insignificancia! ¿Cómo no admirarles si, en medio de su ruda ignorancia, advierto en ellos una elevación moral que en mí propio y en los de mi clase no veo, no puedo ver, por más que la busco?

Esto, con más concisa palabra, dije a Mita, mientras los hombres, en grupo aparte, hablaban de su plan defensivo. «Yo no entiendo de esas cosas -respondió la salvaje-; pero quiero que peleen... y no importa que muera alguno, con tal que no sea Ley; que haya mucha trapisonda y se estremezca todo eso que llaman el Trono y el Altar, para que resulte vencedora la Libertad. Sí, Pepe: que me traigan Libertad... y gobiernos muy libres... ¿No vendrá también, entre las libertades nuevas, el libre matrimonio, y el descasarse, que es, como quien dice, divorcio?»

Con una sonrisa le contesté, por no atreverme a manifestarle de palabra mi escepticismo acerca de los progresos de nuestro país en la legislación matrimoñesca. Luego, viéndola descorazonada, le dije: «Sí, que peleen y se destrocen, a ver si la sangre nos trae mucha Libertad, pero mucha; ideas nuevas, prácticas de otros países. Quién sabe, Mita: no pierdas la esperanza. Esta revolución será tan tremenda, que el Altar y el Trono quedarán necesitados de una mano de carpintería que los componga y los deje como nuevos. Confiemos en la Providencia; esperemos que después de estas guerras no se diga, como otras veces, que todo queda lo mismo que estaba.

-¡Ay, Pepillo!, en la manera de decirlo te conozco que no tienes fe... ¿Tú piensas que todo quedará lo mismo?

-No, hija, esperemos... Vendrá libertad, libertad a chorros, a torrentes...

No quise seguir tratando este punto, por no empañar con mi escepticismo las ilusiones de aquella Libertad áurea con que Mita soñaba, y que, según ella, debía organizar en forma nueva el mundo de los enamorados. Leoncio, llegándose a nosotros, dijo que si la caída del polaquismo y el triunfo de los patriotas traía mucha Libertad, vivirían ellos tranquilamente en un pueblo; pero que si la tal Libertad no venía, grande y con alma, poniendo patas arriba todo lo existente, se irían a Marruecos, y tomarían trazas y habla de moros, para vivir tranquilos. En Marruecos tiene él un hermano que se ha hecho al vivir berberisco, y ya no le conocería por español ni la madre que le parió... Esto y algo más que dijo del hermano marroquí, me movió a preguntarle por su hermana Lucila, que a dos pasos de donde estábamos vivía. Sin dar reposo a la lengua, Leoncio limpiaba sus armas y se proveía de pistones para una larga función de guerra, ayudándole solícita la que me atrevo a llamar su mujer, y su hermanillo, aunque más entendido en violines que en pistolas. Lo primero que contaron de Lucila fue que es dichosa en su matrimonio con el señor Halconero: ha sabido adaptarse a la vida campesina, y no se halla bien fuera de su casa y tierras. Vino a Madrid acompañando a su marido, por diligencias de éste, y esperan que amaine la revolución para meterse en la tartana y volverse al pueblo. «Es tan guapa mi cuñada -dijo Mita con extremos de admiración-, que cuando la veo me quedo embobada, y no sé quitar de ella mis ojos. Pienso que escultores y pintores debieran tenerla siempre delante para sacar del rostro de ella toda la belleza de sus cuadros y estatuas, porque de seguro no ha criado Dios modelo más perfecto de hermosura de mujer... modelo de que se podrían sacar los retratos de Diosas y Vírgenes para los museos y las iglesias.

Como hablara yo de su gordura, recordando lo que Rodrigo aseguró, los dos salvajes se echaron a reír, de lo que no se abroncó poco el pequeño. «Está en el punto preciso de las buenas formas de mujer -dijo Mita-: ni un punto más ni un punto menos que la medida y peso justos.

-Su cuerpo -indicó Leoncio- es como su cara: la perfección, señor don José. Cuantos la ven lo dicen. ¿Sabe por qué ha dicho este tontaina que Lucila está de libras? Porque él tiene en su cabeza un tipo de mujer enteramente espiritado, y a toda la que no sea un palo vestido, la llama gorda.

-Ya ves, Pepe -dijo Mita riendo-: él es como una espátula, y tiene una novia que allá se va en corpulencia con el arco del violín. Perdidamente enamorado está de semejante lombriz... Mira, mira qué colorado se pone cuando hablamos de sus amores. La verdad, Pepe, no es fea la muchacha.

-Sería bonita si echara unas pocas de carnes... Pero a Rodrigo así le gusta, porque está enamorado de lo magro. Magro es lo que toca en el violín; magro todo lo que piensa.

-Su bello ideal, como se dice, es un alambre, y cuando ve comer a su novia pierde la ilusión. ¿Verdad, Rodrigo? Quieres que todo sea música; que las vidas sean, como las notas musicales, almas sin cuerpo.

Los tres nos reíamos de mi escudero, que ruboroso se defendía torpemente con monosílabos. Reconoció al fin que se había equivocado al decir que su hermana está gorda. Fue aberración de sus sentidos, incapaces de apreciar la verdad material y la verdad numérica, por natural desvarío de gran artista. Y no sólo había desvariado en lo de la gordura, sino en lo de la fecundidad, pues hablando los cuatro aquella tarde, se deshizo el engaño de que Lucila era madre de numerosa prole. No tiene más que un niño, precioso como un ángel, y no hay indicios hasta hoy de que aumente la descendencia de Halconero. «Estos benditos músicos -dijo Mita con agudeza y donaire- no aprecian el número, y de una cosa hacen siempre dos. No hay aria que no tenga su ritornello. Así este tonto vio un niño; luego vio otro... y aun creyó que iba a venir un tercer niño.

-Es verdad que me equivoco en el número, y que duplico los objetos, y que, por gustarme lo flaco, paréceme gordo lo que no lo es -dijo el violinista burlándose de sí mismo-. Esto será porque mi maestro don Juan Díaz me dice a cada instante: «Afina, hijo, afina... no rasgues el sonido. Hay que ahilar, ahilar... busca el hilo del sonido... el hilo delgado, delgadísimo». Y cuando me vuelvo yo tarumba para que el sonido me salga delgado y puro, el maestro me dice: «Repite, hijo: otra vez... otra».