XV


Con tanta prevención me habla mi mujer del oficioso Sebo, y tal ojeriza le manifiesta, que acabo yo por asustarme de las corrupciones que el tal me cuenta. Dudo de la veracidad del soplón, y siento que va infiltrando en mí dosis graduales de espíritu maligno. Y anoche, cuando se retiraba después de contarme nuevas atrocidades amorosas y políticas del Gracián, me faltó poco para padecer la más vulgar alucinación de las comedias de magia. Sebo desaparecía por la ventana, o al través de la pared, despidiendo chispas de su bigote cerdoso... Tras sí dejaba olorcillo de azufre.

Volvió al siguiente día con una carta, que me entregó diciendo estas palabras infernales, acompañadas de un destello sulfúreo: «Por este papel, excelentísimo señor, el general O'Donnell le llama a Vuecencia para conferenciar sobre el movimiento que se prepara.

-¿Qué me cuenta el amigo Sebo? ¿Le ha dado a usted la carta el General, en propia mano?

-No, señor. Entraba yo en el portal al mismo tiempo que el portador de la carta, el cual es un chico aprendiz de hojalatero. Y como yo conozco a ese rapaz, y sé que ha llevado papelitos al general Messina, a don Antonio Cánovas y a otros, deduzco que la carta es de O'Donnell, a quien ya llaman por ahí el General libertador. Puso el aprendiz la carta en manos del portero, y de las manos del portero la cogí yo para subirla al señor don José». Mientras esto decía Sebo, reconocí en el sobre la escritura de Virginia. Mi estupor fue grande, más que por la letra del sobrescrito, por la relación que el endemoniado cuentero estableció entre la pobre Mita y el buen don Leopoldo. ¿Qué podía ser esto?... A mis dudas y confusión acudió el policía con nuevas referencias que no esclarecían el asunto: «Ya dije al señor don José que el número 3 de la Travesía de la Ballesta es por la calle del Desengaño el número 22. Son dos casas que se comunican por dentro. En la del Desengaño, tienda, tiene su habitación y taller un maestro hojalatero llamado José María Albear.

-Basta, Sebo. ¿Y usted me asegura que esta carta la trajo el aprendiz de la hojalatería?

-Entre su mano y mi mano, señor Marqués, sólo estuvo un momento la del portero... Puedo averiguar el nombre del chico; puedo cogerle, traerle acá...

-Dejemos por ahora ese dato... De la carta, puedo decir antes de leerla que tiene miga, ¡vaya si la tiene!...

-Para mí, señor Marqués, le ofrecen a Vuecencia una cartera en el primer Gabinete que formen los revolucionarios.

-Puede que eso sea... -dije yo abriendo la carta y pasando rápidamente la vista por ella-. En efecto, algo de eso es... Retírese por hoy el buen Sebo, que esto es para leído y tratado despacito por mi mujer y yo. Vuélvase mañana...».

De mala gana se fue el diablo, y yo corrí en busca de María Ignacia, que estaba lavando al pequeño: «Mira, mira: carta de Mita... ¿Y no sabes quién la ha traído? Asómbrate, la ha traído Sebo. ¡Para que hables mal del pobre Sebo!... Ya tenemos a Mita y Ley bajo nuestra mano. Ya son nuestros, gracias a O'Donnell, a Sebo, al hojalatero...

-¿Qué dices, hombre?

-Digo que acabes. Quiero que la leamos juntos.

Momentos después leía María Ignacia: «Pepillo, ya no estamos donde estábamos. Días ha, pensamos que debíamos mejorar de vida, tener madriguera más cómoda y comer algo de más sustancia. Como nuestro ajuar nos permite mudarnos tan fácilmente, levantamos el campo, y nos pusimos en camino. ¿Hacia dónde? No te lo diré. Sabrás, sí, que tenemos amigos, y que almas generosas hay dispuestas a protegernos... Pues llevando sobre nosotros lo que poseemos, carga muy llevadera para los dos, rompimos marcha una mañanita por los campos y laderas de Dios. Donde nos parecía bien, descansábamos; comíamos de lo nuestro, sin pedir nada a nadie. ¿Qué nombre daban antiguamente a los pueblos, familias o personas que andaban de un lado para otro? Es una palabra que ya no se usa en sociedad: mónadas o nómanas. Pues bueno: somos caminantes, no vagabundos, puesto que sabemos a dónde vamos. Nos dirigimos a una tierra que a mi parecer no es muy bonita, pero sí de más avío para el trabajo. Seguiremos de salvajes; pero no tan metidos en el reino de la soledad. No siento más sino que lleguemos cerca de Madrid... tan cerca que me dé en la nariz la tufarada de vuestra civilización... olor de cuadra, olor de pucheros recalentados, olor de boticas... ¡qué asco!»

«Hemos pasado por caseríos y pueblos. No te digo sus nombres; ni estoy tampoco muy segura de saberlos. La Geografía escrita me interesa poco; la que voy yo estudiando con mis ojos y mis pisadas... o patadas, como quieras... me interesa más. Te escribo en la sacristía de la parroquia de un pueblo, que no es de los más chicos ni de los más feos. Vele ahí que el sacristán es amigo nuestro, y nos cree marido y mujer. En verdad que lo somos ante Dios y ante nuestras conciencias, y con eso nos basta. Pero tememos que se nos descubra el engaño, y venga la maldita ley con su cara de vieja legañosa y nos suelte una sentencia bárbara. Por esto te escribo, querido Pepe, te escribo para que tú y tu mujer, la simpática María Ignacia, se interesen por nosotros, y corten el paso a esa ley entrometida y sin entrañas. Vosotros sois personas influyentes, y en este país las personas de influjo lo pueden todo. Por amistad y recomendaciones, en España se hace picadillo de las leyes. Los ricos, si a más de ricos están un poco arrimados a la política, son los amos de vidas y haciendas; y ya que su egoísmo hace tantas iniquidades, haga su caridad alguna vez una obra buena... Esto lo aprendí cuando vivía con mis padres, y aún más en el suplicio de aquel matrimonio; después lo he visto mejor en los campos, donde a cada triquitraque se ve una víctima de esos que ahí llamáis altos funcionarios, prohombres, eminencias de la Banca, de la Política, etc., los cuales vienen a ser o celebridades de figurón, o bandidos, verdaderos truhanes con traje y ringorrangos de caballeros. Bandidos hay de la Política, que explotan al Pueblo; bandidos eclesiásticos, que echan bendiciones, y otras clases de bandolerismo ilustrado, como don Mariano, mi ex suegro, del cual no puedo decir que santa gloria haiga, porque desgraciadamente no ha reventado todavía. ¡Ay, Pepe, lo que aprende una cuando se hace salvaje, cuando se mete tierra adentro por el verdadero país, y ve de cerca sus miserias, y siente el latido de la sangre de la Nación!

«Verás en esto que te escribo un porción de disparates, Pepe; pero yo te digo: «Hazte salvaje como yo; bájate a lo más hondo de lo que mi ex suegro llama capas sociales, a esta capa de la pobreza que vive sobre el terruño, y verás las verdades netas. Por desageraciones las tenéis los de allá. Pero yo me río de ti y de tus sabidurías, sacadas de libros y discursos. Yo soy una ignorante que ha leído en el libro grande de las cosas tales como son, y ha visto de cerca la España en cueros, musculosa, cargada de cadenas. Viviendo en ella y con ella es como nos instruimos. Yo sé más que tú, porque sé lo que cuesta el pedazo de pan negro que se llevan a la boca, para no morirse de hambre, cientos de miles de españoles...». En fin, no te digo más de esto, porque no siendo salvaje como yo, nunca llegarías a comprender mis barbarismos. Vamos al por qué de esta carta.

»Nos fijaremos en un pueblo que no está lejos de Madrid, y en él trabajaremos honradamente para ganarnos la vida. Como el aquél de nuestro trabajo nos ha de poner en comunicación con la maldita Corte, me temo que no nos valga el recurso de los falsos nombres con que nos hemos rebautizado... Tememos, querido Pepe, que entre curas, polizontes, o algún alcaldillo de los que son criados de los poderosos, nos hagan una mala partida. ¡Vaya, que si nos cogen y nos llevan a Madrid atados codo con codo! No sé por qué, tanto Ley como yo confiamos en que tú evitarías nuestra persecución. Y ahora pregunto: ¿estás dispuesto a protegernos, Pepe, asegurándonos contra las asechanzas de esa condenada justicia? Hemos roto la ley, hemos hecho mangas y capirotes de los que nos parecían falsos respetos o mentirosas idolatrías. Para que nos separemos Ley y yo, será menester que antes nos descuarticen... Conque ¿nos proteges?, ¿sí o no?

»Y ahora viene la gran dificultad. Para que tú puedas contestar a mi pregunta, buen Pepillo, he de romper el secreto de nuestra residencia, o valerme de una tercera persona, y ambas cosas son de mucho peligro, porque no me fío de nadie, y aun a ti mismo te tengo un poquitín de miedo. Cavilando en esta dificultad estuve toda la noche, y hoy toda la mañana, sin que haya podido resolver nada a la hora en que te escribo... Llega el momento de seguir nuestra viajata, y me dan prisa, mucha prisa para que concluya ésta, y pueda salir para Madrid llevada por los geniecillos del aire. Rabia, rabia, que no sabes ni sabrás cómo va mi carta, ni quién la lleva... Pues no tengo más remedio que poner punto aquí. La cuestión batallona de tu respuesta se queda sin resolver; pero de aquí a mañana espero que se cuaje la idea, que anda por mi caletre como una papilla. Perdona que materialice estas cosas del pensamiento. Desde que soy salvaje, tengo más sal en la mollera, más pesquis. Antes, en mi vida de señorita, no se me cuajaba ninguna idea. Todas se quedaban en estado parecido a la clara de huevo, como una baba, como un moco, y en mi vida de señora casada sólo cuajó una idea, la de descasarme, como lo hice, y de ello no me arrepentiré nunca. Pues verás cómo ahora el talentazo que me ha dado mi escapatoria encontrará un bonito ardid para que sepamos si estás decidido o no a protegernos contra curas y curiales, y contra guindillas, que son la peor gente del mundo... No puedo seguir por hoy. Un día o dos tardaré en volver a escribirte. Prepárate. ¡Ay, Pepe, ten compasión de este matrimonio montaraz que con nadie se mete, y se contenta con que le dejen vivir!... Yo le digo a Ley que nos vayamos a Marruecos, donde él tiene un hermano que se ha hecho moro y está en grande; pero Ley no se determina: no desespera de encontrar aquí un buen acomodo para ganar el pan, y comerlo juntos... De ti depende, Pepillo... Hasta mañana... A Ignacia y a tu niño, mil besos de vuestra amiga -Mita.

Impacientes quedamos mi mujer y yo, aguardando la anunciada clave para comunicar con la pareja silvestre, aunque en rigor no la necesitábamos, porque Sebo nos ofreció traer a nuestra presencia al aprendiz de hojalatero, y someterlo a un interrogatorio, del cual habíamos de sacar la verdad. Dispuestos estábamos ya a la cacería del chico, cuando llegó la carta. Mita me proponía un medio de los más inocentes para mostrarle mis buenos propósitos en su favor. ¿Qué tenía yo que hacer? Pues un papel semejante al de los novios de la categoría más angelical, que se pasan el día tomando las medidas de la calle en que su amor reside, y regocijando a los vecinos y transeúntes con los signos de una telegrafía candorosa. No me imponía Mita más que tres paseos de ida y vuelta en la calle del Desengaño, entre San Basilio y Portaceli, en día y hora fijos, y había de llevar un pañuelo blanco en la mano derecha, no enteramente desplegado, sino en forma que fuese bien visible a distancia. Podía, sí, hacer que me sonaba, como si padeciese un fuerte romadizo; mas no guardarme el pañuelo en el bolsillo. Esta deambulación de hombre constipado era la fórmula muda con que yo me comprometía solemnemente a ser depositario leal del secreto de su residencia.

A mi mujer y a mí nos pareció ridícula esta telegrafía de galán sensible, trota-calles, y además innecesaria, pues, decididos a proteger a la pareja volante, teníamos medio más seguro y serio para ponernos al habla con ella. Mejor que los paseos, pañuelo al aire, para que me viese el hojalaterillo de la calle del Desengaño, era que nos desengañásemos pronto y bien, cogiendo al tal chico y trayéndolo a nuestra presencia. El astuto Sebo, a quien di conocimiento, por la tarde, a solas, de la carta de Mita, opinó que eran puras pamplinas los telégrafos propuestos por la señora libre, y me prometió detener al chiquillo y traerle a casa. «Es su hermano, señor. Me consta que es hermano no precisamente de ella, sino de él, vulgo cuñado, y se llama Rodrigo Ansúrez.

-Ansúrez, Ansúrez... Le conozco... conozco a toda la familia... Familia trashumante... castillo de Atienza...