XIV


Estupor, miedo, risa causó en María Ignacia la revelación de las inauditas aventuras donjuanescas de nuestra venerable amiga Domiciana. ¡Cuán verdadero es que en visita toda persona nos parece juiciosa y de intachable moral! Conocíamos a la monja Boticaria por haberla recibido en nuestra casa más de una tarde, en compañía de Victorina Sarmiento, antigua relación de los Emparanes. Nos había cautivado la conversación amena, el delicado gracejo de la buena señora, y sus felices ocurrencias expresadas con la dicción más pura, dentro de los términos más decorosos. Encantados la oíamos todos los de casa, y ausente, consagrábamos a su recuerdo alabanzas salidas del corazón. Referíanos episodios del claustro, ridiculeces ingenuas de algunas monjas, poniendo en sus relatos toda la sal compatible con la piedad y el respeto de la religión; y si nos hablaba de tipos y escenas palaciegas, hacíalo con exquisito comedimiento, sin que el menor roce de su lengua, siempre muy pulcra, empañara nombres ni manchara reputaciones, aun las más equívocas. ¡Quién nos había de decir que aquella simpática jamona, todavía fresca, más graciosa de palabra que de hocico, divierte sus ocios de exclaustrada en cacerías y robos de hombres guapos! ¡Qué cosas se ven, y cuán caprichosas, en su inmenso reino, son la flora y la fauna del vivir humano! ¡Qué infinita variedad de formas, qué extravagancia en algunas, qué sencillez elemental en otras! Llamamos original a lo que vemos por primera vez, y nuevo a lo viejo que no conocíamos. Todos los casos morales tienen la misma edad, como los tipos vegetales. La Naturaleza lo inventó todo de una vez, y ya no inventa; no hace más que combinar las ocasiones y escenarios en que nos descubre sus secretos: así llamamos a lo que, después de visto por millones de ojos en cien generaciones, pasa ante los ojos nuestros...

Tan pronto risueña como asustada, mi cara esposa expresaba de este modo sus turbadas ideas: «Me da miedo el descubrimiento de acciones tan contrarias a lo que hemos visto y creído. Con tales sorpresas acabaremos por dudar de todo. ¡Vaya con doña Domiciana! Necesito que pase algún tiempo para formar un juicio claro de esa mujer. Lo que es ahora, no puedo decirte con verdad si se empequeñece o se engrandece a mis ojos. Es que... veamos si acierto... es que las debilidades achican, y los grandes actos de voluntad agigantan. Domiciana es débil, Domiciana es fuerte. ¿Con cuál de las dos mujeres nos quedamos?

-Yo me quedaría siempre con la fuerte. En Napoleón Bonaparte, la acción enérgica eclipsa todo lo demás: los errores, las vanidades, las infamias menudas...

-¿Y qué me dices del don Juan ése? ¡Valiente sinvergüenza! Pero ¿el tipo del seductor de oficio existe todavía? ¿No me dijiste que había pasado, como los poetas pastoriles y los bandidos generosos?

-Pasan, sí... pero vuelven.

-No sé qué me repugna más: si el hombre degradado que hace del amor criminal una profesión, o las bribonas que se dejan burlar por un tunante de esa ralea. La que cae en semejante trampa es tonta, o está moralmente perdida antes de que la pierdan... Ahora, Pepe mío, ya lo estoy viendo, la primera idiota a quien pondrá las paralelas ese canalla, será su patrona, tu cuñada Segismunda.

-Esa improvisada señorona no es vulnerable en su imaginación, sino en su vanidad y en su interés. No siente otra poesía que la de los diamantes, joyas y objetos de valor... Gracián, según entiendo, es pobre, y su arsenal se compone de palabras y artificios amorosos. Más que por Segismunda, que no tiene un pelo de tonta, temo yo por Valeria, ligerita de cascos y sin consistencia en nada... digo, es consistente en la pasión por los muebles bonitos y los trajes elegantes.

-¿Qué diferencia ves entre las dos hermanas?

-La diferencia que hay entre una muñeca y una mujer. Valeria es un juguete; Virginia, una fuerza.

-Ese burlador de profesión, con ser ridículo, y sus víctimas unas pobres ilusas, me causa miedo. ¿Y has dicho que conspira contra la Autoridad, contra todos los Gobiernos? En buenas manos está la salvación de la Patria... No le deseo la muerte; pero sí una encerrona larga en cualquier castillo donde no entren mujeres...

-Es un soñador, que no se conforma con la realidad, y busca siempre lo que está detrás de lo visible...

-Y detrás de lo visible, ¿qué se encuentra?...

-Se encuentra... lo que se busca... una imagen que al encarar con ella nos dice: «No soy lo que quieres... Lo que quieres viene detrás...». Y así sucesivamente hasta lo infinito...

-Pues el que persiste en buscar lo que no encuentra, o es un loco, o necio de solemnidad.

-Es un descontento, un ambicioso, un investigador de almas. Puedes creerlo: el tal Gracián me interesa y deseo tratarle...

-¡Ay, Pepe, Pepito, ya te me estás echando a perder!... ¿Volveremos a las andadas... a la persecución de lo invisible?

Sigue Junio.- Tan a pechos ha tomado sus obligaciones de soplón el diligente Sebo, que ya me fatiga. Los cuentos que un día y otro me trae, y que enredándose como las cerezas salen de su boca de caníbal, enriquecen mi conocimiento con preciosos datos de la vida real, los cuales vienen a mí mezclados con salpicaduras poco gratas de la saliva del comunicante... Creyera yo que sus bigotes cerdosos son un hisopo automático, que rocía bendiciones mientras su palabra les da realidad fonética. En fin, el hombre me dice tantas cosas, que ya no tiene mi memoria cabida para conservarlas: unas se me olvidan; a otras no doy crédito; las hay que me causan enojo porque aclaran demasiado los senos recónditos de la vida, y destruyen el sabroso misterio.

Mi mujer ha tomado entre ojos al policía revelador: cree que sus continuas, minuciosas confidencias alteran mi ecuanimidad; ha llegado a ver en él como un diablo que viene a posesionarse de mí trayendo la forma propia de nuestra época, no ya cuernos, rabo y escamas, sino el cortado bigote de rígidas hebras, como un cepillo, y el bastón de agente de la Seguridad Pública. Debo, según mi mujer, ponerle bonitamente en la calle. No soy de esta opinión, porque entre infinitas referencias menudas, que son como los dichos del vulgo recogidos a espuertas en medio del arroyo, me ha traído algunas de un valor inapreciable.

«Por este diablo de Sebo -dije a María Ignacia- sé que O'Donnell está escondido en la Travesía de la Ballesta, número 3. Tres jóvenes que yo conozco, Vega Armijo, Cánovas y Fernández de los Ríos, le ponen en comunicación con tres Generales, que aparentan servir al Gobierno. ¿Quiénes son? Aún no me lo ha dicho mi diablo. Lo que sí sabe es que el Regimiento de Extremadura y el segundo Batallón de Constitución han picado el anzuelo. Tendremos guerra en las calles. Ya puedes ir haciendo provisiones para la encerrona que nos espera... ¡Ah!, también está en el ajo nuestro amigo Echagüe, que manda el Príncipe. Cuidado, no te olvides de almacenar vituallas, como para un largo asedio... Pues sí: el general O'Donnell, hoy perseguido, mañana triunfante, se aloja en un piso segundo: escalera empinada... portal obscuro y mingitorio. En tan vulgar mansión reside la cabeza de la España política y militar de mañana. ¿No lo crees?

-Cuéntaselo a papá. Según él, lo que se dice de Mesina y de Dulce es invención de desocupados. Ni esos caballeros, ni otros que andan en bocas de la gente, han pensado en volverse contra el Gobierno. El Ministro de la Guerra, señor Blaser, llamó a Dulce y le metió los dedos en la boca. Pero Dulce, poniéndose la mano en el pecho, juró que él es leal, y tal y qué sé yo...

-Haz provisiones, mujer mía, y tu papá, que es un inocente, lo agradecerá mucho. Madrid será, el día menos pensado, mañana quizás, una plaza sitiada. Se me ocurre que debemos comprar dos buenas cabras, y habilitar para establo una de las habitaciones más ventiladas... Figúrate que la tremolina dura tres días, cuatro... ¿De dónde sacaremos la leche?... Asegurada la subsistencia para toda la familia, nada me importa que Madrid sea un campo de batalla: vengan tiros, lucha, sacudimientos; sean allanadas las moradas de los soberbios; las viejas rutinas caigan; ábrase paso la vida nueva...

-¡Jesús, Jesús, ya te veo trastornado!... Pero ¿no deliras? ¿Será menester que compremos las cabritas?

-Sí... Para que den leche a nuestro hijo prisionero... Al propio tiempo le proporcionamos un juguete vivo.

14 de Junio.- «¿Sabes, mujer mía, lo que ocurre? Encerrémonos aquí, y hablemos. No se entere nadie de lo que voy a contarte, que es reservadísimo. Llevaría el cuento a don Félix Jacinto Domenech, y éste a San Luis, y San Luis a Blaser... No, no: esto queda entre nosotros. ¡Y luego pensarás mal del pobre Sebo, que es para mí el susurro de la Historia: hoy habla bajito, y mañana lo dirá todo a gritos!... Pues ayer, ayer estalló la revolución... No, digo... quiso estallar; pero tuvo que dejar el estallido para mejor ocasión. Verás: Cánovas... No, no fue Cánovas; déjame que ponga orden en mis recuerdos... Vega Armijo, tan joven y ya revolucionario, sacó de su escondrijo al general don Leopoldo O'Donnell... Eran las cinco de la mañana cuando el coche arrancó de la Travesía de la Ballesta... ¿A dónde iban? A Canillejas, mujer, un pueblo agreste, más allá de las Ventas del Espíritu Santo. En esto, Cánovas... No, no: Dulce... Debí empezar por decirte que Dulce sacó muy temprano la Caballería... con el fin laudable de maniobrar... y que Echagüe maniobraba también en las afueras de la Puerta de Alcalá... Todos maniobraban, y maniobrando se les fue la mañana, mientras esperaba O'Donnell en un mesón de Canillejas... el caballo a la puerta, ensillado con montura de teniente general. Todo el que pasaba por allí pudo verlo; lo vio la Policía... Esperó Leopoldo más tiempo del regular. ¿Y Dulce qué hacía? Y los Regimientos de Extremadura y Constitución, ¿dónde estaban? En el Cuartel de San Francisco... Habían prometido salir... pero no se determinaron... Querida mujer, ya no necesitas traer provisiones ni comprar las cabritas. Todo ha fracasado... A la fuerza expansiva de las ideas ha vencido una fuerza mayor, la inercia, la formidable pesadumbre de las almas que no vuelan ni corren... ¿Y O'Donnell? Pues mohíno volvió de Canillejas a su lugar, o sea la mísera casa de la Travesía. Me le figuro arrastrando por el suelo su mirada, el largo cuerpo en curva, Quijote irlandés, lúgubre y desaborido, sin la cómica elegancia del manchego».

A mis noticias contestó María Ignacia felicitándose del fracaso del movimiento. Mala es, según ella, la polaquería; pero los conjurados no traen otro fin que quitar de las manos polacas el ronzal con que sujetan a esta pobre bestia de la Nación... El ronzal cambiará de mano; pero en éstas o las otras manos, continuarán las mismas mataduras en el pescuezo nacional. No lo dijo así mi mujer. Expresó la idea, que yo adorno a mi gusto al vaciarla en estas Memorias. «Ven acá, esposa mía -le dije, movido del prurito español de las discusiones-, ven acá: ¿qué hablas ahí de ronzales? ¿No hallas diferencia entre la polaquería, que es la política mohosa, rutinaria, y esta revolución juvenil, que trae espíritu y modos nuevos?... Fíjate en lo que llamamos pléyade... en esta trinca de muchachos leídos, como que todos ellos saben francés, y nos sacan a cada momento ejemplos mil de los pueblos extranjeros. Conoces a Ríos Rosas, le has visto y hablado en casa de Bravo Murillo. Es aquel rondeño, de áspera fisonomía, de palabra premiosa que revela su austeridad... Conoces a Cánovas, el chico de Málaga que discurre con juicio sereno, y sabe esclarecer las cuestiones que nos parecen más obscuras... Conoces a Gabriel Tassara, poeta y orador, que viene a ser lo mismo... Los tres hacen versitos, o los hicieron cuando iban a la escuela. La poesía es el germen de la Sabiduría política. De Cánovas y de Ríos Rosas espero yo que sean humanas alquitaras: sus privilegiadas cabezas destilarán la sensibilidad andaluza, para obtener el puro espíritu lógico... La lógica no es más que el zumo y la esencia de la poesía... No te rías, mujer... Pues en esta brillante cáfila de jóvenes salidos del estado llano, ponme también a Fernández de los Ríos, Ortiz de Pinedo, Nicolás Rivero, Martos... A todos les conozco. Abogados son los más, y están bien enterados de cómo se hacen y se deshacen las leyes. Veo que te ríes de mí, y no sigo... Si he de decirte la verdad, yo tampoco tengo en estas cosas más que una fe relativa. Los pueblos desgraciados se enamoran de lo nuevo... Y si en esos seres desgraciados están en mayoría los hambrientos, el entusiasmo por las revoluciones es delirio. Analizando y desmenuzando la llamada opinión, encontramos este voto atomístico: «Comemos poco y mal; queremos comer más y mejor». Por esto los ricos bien comidos no labramos más que una opinión artificial, de resonancia hueca. La verdadera opinión, el verdadero sentimiento público, es el hambre.

-Divagas, Pepe, y lo que temo es que recaigas en los trastornos que llamabas efusiones, y que tanto nos dieron que sentir...

-La Sociedad divaga, yo no... Yo estoy quieto en mi casa, y ella es la que da vueltas en derredor mío... Yo estoy harto y quieto, viendo venir la siniestra procesión de los estómagos vacíos, viendo pasar las revoluciones.