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La Henriada
Canto VI
de Voltaire


Argumento: Después de la muerte de Enrique III los estados de la Liga se juntan en París para elegir Rey. Mientras ellos se ocupan en deliberaciones, Enrique IV da un asalto a la ciudad. Disuélvese la Asamblea de los estados. Sus miembros van a combatir sobre la muralla. Descripción de este combate. Aparición de S. Luis a Enrique IV.


Sacro y antiguo fuero es en la Francia,
Que siempre que la muerte sobre el trono
Inexorable extienda su guadaña,
Y de la augusta sangre de sus Reyes, 3730
Tan preciosa a los pueblos y tan cara,
En su postrer canal llegue a mirarse
Agotada la fuente, en sus ancianas
Primitivas franquezas y derechos
La Nación quede al punto reintegrada, 3735
Pueda un jefe elegir, mudar sus leyes.
Órganos los estados de la patria,
Nombran entonces Rey, y libre dejan
Tal vez su potestad o limitada.
Así de nuestros padres, allá un día, 3740
Soberanos decretos, a la plaza
De Carlomagno regia, remontaron
De los Capetos la reinante rama.
En su ciego delirio la audaz Liga,
Inquieta osó llamar y temeraria, 3745
De estos patrios estados a congreso,
Derechos entendiendo que alcanzara,
Por un abominable asesinato,
De elegirse su Rey, variar su raza,
Y el Estado cambiar. De esta manera, 3750
Excluir a Borbón más bien pensaba
De un trono imaginario al fuerte abrigo,
Y entretener mejor así engañada
La estolidez del vulgo. Presumía,
Que los designios todos de sus tramas 3755
Conciliaría un Rey, y que sus fueros
Una sanción más sólida lograran
Bajo tan sacro nombre, siendo mucho,
Por más que injusta fuera y tumultaria,
Que de un Rey la elección hecha quedase; 3760
Pues fuese al fin quien fuese, suspiraba
Por un dueño el Francés, y un Rey quería.
    Del famoso congreso a la asonada,
Con estrépito acuden velozmente
Todos aquellos jefes, que obstinara 3765
Y un loco y fiero orgullo conducía.
Los Nemours y Lorenas, de la España
Con el embajador, de Roma el nuncio,
Y un furibundo clero, al Louvre marchan,
Con su nueva elección, de nuestros reyes 3770
Los manes a insultar. El lujo, infausta
Producción de las públicas miserias,
La asamblea tiránica prepara
Con ruidoso esplendor. No aparecían
Allí los grandes príncipes. No estaban 3775
Los señores en ella más notables,
Que del sublime estado y sangre clara
De nuestros rancios pares, majestuosos
Potentes sucesores, del monarca
Sentados a la par y en otros tiempos 3780
Del Reino natos jueces, de tan alta
Dignidad y poder, ya caducado,
Aun rastros y reliquias blasonaban.
De nuestros respetables parlamentos
Los sabios diputados allí faltan, 3785
Que nuestras ya harto febles Libertades,
Con valor defendiesen y constancia.
De las Lises allí ya el aparato,
La insignia no se ve tan ordinaria.
De un extranjero fausto todo absorto 3790
Se mira al Louvre ya. De honor preparan
Al legado de Roma cierta silla.
Cerca dél a Mayenne se levanta
Magnífico dosel. Bajo él, con pasmo,
Grabadas lee el concurso estas palabras. 3795
«Príncipes que juzgáis sobre la tierra,
Cuya culpable mano, con audacia
Emprendiéndolo todo, nada ahorra,
De Valois en la muerte desastrada
A reinar aprended a lo adelante». 3800
    Ya se juntan al fin; ya entre cábalas
Con infernales gritos, bandos varios,
Retumbar del congreso hacen la estancia:
Ya del error la venda ciega a todos;
Y ya cierto ambicioso, de las gracias 3805
De Roma esclavo vil, a su legado
Lisonjas dirigiéndole, declama;
Que llegado era el tiempo, en que las lises
Rastrasen con terror bajo la tiara.
Que en París al instante se erigiese 3810
El tribunal sangriento, cuya planta,
Invención era digna y monumento
Del poder monacal; que allá aceptara
El Español, y él mismo ya detesta;
Que las aras vengando, las ultraja; 3815
Que de sangre cubierto, y circundado
De tormentos, de afrentas y de llamas,
Quema, infama y degüella a los mortales
Con los sagrados filos de su espada;
Como si aún tocásemos la horrible 3820
La deplorable edad, en que adoraba
Unos Dioses la tierra inexorables,
Y a quienes sacerdotes de inhumanas
Imposturas autores aún más fieros,
De aplacar tantas veces se jactaban 3825
Con la inocente sangre de los hombres.
    De la España también, otra vil alma,
Por el oro comprada y corrompida,
Con avaricia pérfida, su patria
Al Íbero vender y entregar quiere, 3830
A aquel Íbero mismo, a quien odiaba.
    Más ya de un poderoso y fuerte bando
Unánimes sufragios, en voz alta,
De nuestros viejos reyes sobre el trono,
Al caudillo Mayenne colocara. 3835
Solo un sacro dictado y un carácter,
Un título tan solo le faltaba
A su vasto poder. De osados votos
Orgullosas y altivas esperanzas,
En el profundo arcano de su pecho 3840
A placer se nutrieran, se cebaran,
Y en el supremo honor tan peligroso
Del gran nombre de Rey, se saboreaban.
A tal resolución, súbitamente
Levántase Potier, y la palabra 3845
Para hablar al congreso grave pide.
La rígida virtud, sola formaba
Su terrible elocuencia. En unos días
Del crimen tan infectos, se admirara
Siempre justo a Potier, siempre por tanto 3850
Respetado y temido. Veces varias,
Con varonil constancia la licencia
Reprimir se le viera de su saña;
Y sobre ellos intacta conservando
Su antigua autoridad, mostrar lograra 3855
Su error impunemente y su injusticia.
Al levantar su voz, murmullos se alzan:
Apresúranse a oírle; le rodean;
Y al silencio, escuchándole su plaza
Cede el motín ruidoso. Así en la nave 3860
Que agitaron las olas, acallada
Del marinero ya la gritería,
Que los aires hiriendo horrorizaba,
Sólo el corte se siente de la proa,
Que espumante, y en próspera bonanza, 3865
Un mar surca calmoso y obediente;
Así Potier, dictando leyes sabias,
Como un justo entre el pueblo aparecía,
Y a su voz el tumulto mudo estaba.
    «Vos destináis, les dice, el de Mayenne 3870
Al puesto soberano. Vuestra falta
Reconozco y la escuso a un tiempo mismo.
Virtudes en Mayenne así resaltan,
Que nunca por demás serán queridas.
Yo propio le eligiera, si juzgara 3875
Que elegirle podía; más nosotros
Ley tenemos; debemos observarla;
Y ese héroe tan insigne, si el imperio
Pretende, de él indigno se declara».
    Con todo el aparato, en este punto, 3880
Y la brillante corte de un monarca,
Entra Mayenne ya. Potier le mira
Sin leve inmutación. «Sí; la palabra
En tono del valor más noble lleno,
Vuelve a tomar, «Sí, príncipe. No osara 3885
Dirigiros mi voz contra vos propio,
En nuestro pro común y de la patria,
Si menos para ello os estimase.
En vano antiguos fueros se proclaman
Para elegir hoy Rey. Restan Borbones 3890
Que el trono ocupar deban de la Francia.
Nacer os hizo Dios harto bien cerca
Del augusto lugar de su real rama,
Sólo para con gloria sostenerle,
Y no para usurparle con infamia. 3895
Desde el sombrío seno de los muertos,
Ya ¡esclarecido príncipe! ya nada
Que reclamar le queda al grande Guisa.
Sangre, que ya corrió de su monarca,
Muy bien a sus cenizas bastar debe. 3900
Si el murió por un crimen, bien vengada
Su muerte lo fue ya por otro crimen.
Tomad con el Estado la mudanza,
Que al Cielo plugo dar. Tan justo enojo
Fine ya con Valois y su desgracia, 3905
Puesto que por Borbón no fue la sangre
De Guisa vuestro hermano derramada.
El Cielo, el justo Cielo, que oficioso
Tanto os honra a los dos, tanto os halaga,
Para haceros eternos enemigos 3910
Os dio a entrambos virtudes demasiadas;
Mas yo el murmullo escucho; sonar oigo
De ese pueblo los gritos, que propalan
De hereje y de relapso horribles motes.
De nuestros sacerdotes transportada 3915
Observo la piedad. Su falso celo
Viendo estoy, que empuñando mortal daga...
Deteneos, y oídme ¡Desgraciados!
¿Cuál es la ley, ejemplo, o infernal rabia,
Que vuestros homenajes al Ungido 3920
Del Señor, así estorba y arrebata?
¡Qué! ¿De San Luis el hijo, por ventura,
A sus votos perjuro, se propasa
A hundir o desquiciar los fundamentos,
Do nuestro eterno altar se apoya y alza? 3925
¿Al pie no pide dél, que se le instruya?
Él las leyes sanciona, observa y ama,
Cuyo imperio insultáis vosotros mismos.
Él, sabe entre las sectas más contrarias
Las virtudes honrar. Él, vuestro culto 3930
Igualmente respeta, y aun las faltas,
Y aun los abusos vuestros, al Dios vivo,
Cuyos ojos del hombre el fondo calan,
El divino poder y los derechos,
Que vuestro error se arroga o vuestra audacia 3935
De juzgar las conciencias, reservando.
De regiros cual Padre y cual Rey trata;
Y aun cual mejor cristiano que vosotros,
A perdonaros viene. Todo se halla
En libertad con él ¿Y él solamente 3940
Ser libre no podría? ¿Qué ordenanza,
Qué ley pudo, o qué fuero constituiros
De vuestro Rey jueces? ¡Turba airada
De pastores infieles! ¡Sediciosos
Indignos ciudadanos! cuán lejana 3945
Se ve vuestra conducta, cuán ninguna
Vuestra conformidad y semejanza,
De la edad primitiva a los cristianos,
Que en medio del desprecio, con que odiaban
De yeso y de metal ficticios dioses, 3950
Sin murmurar jamás, en paz llevaran
De príncipes idólatras el yugo;
Con sufrimiento heroico y constancia,
Sin quejarse jamás ruidosamente,
Entre horribles suplicios dan el alma; 3955
Y de heridas y sangre llenos todos,
A sus mismos verdugos perdonaban,
Los atroces martirios bendecían!
Estos, a Cristo solos imitaran:
Verdaderos secuaces eran suyos: 3960
Mi razón, estos solos, otros no halla.
Ellos morir solían por sus reyes,
Y vosotros, ¡Franceses! con insania
Asesináis los vuestros. Si al Dios justo,
Cuyo implacable celo tanto exalta 3965
Vuestra imaginación, place el castigo,
La sangrienta venganza tanto agrada,
Sois, en primer lugar, sí, sois vosotros
¡Bárbaros! de quien tiene que tomarla».
    Nadie a un discurso osó tan arrojado 3970
Dirigir su respuesta. Se quedaran
Al escucharlo todos confundidos.
Heridas reconocen sus entrañas
De los dardos, que en él, tan libremente
El ardiente orador les asestara, 3975
Fuertes en demasía y penetrantes.
Resistían en balde, desechaban
En vano de su pecho, ardiendo en iras,
El interno terror con que amilana
La verdad al malvado; y el despecho 3980
Revolvían y el miedo, y agitaban
Su oculto pensamiento, cuando al Cielo,
Mil voces de repente remontadas,
Resonar hacen ya por todas partes,
Entre un confuso ruido estas palabras. 3985
«Al arma compañeros, sino somos
Perdidos sin remedio, al arma; al arma».
    Ya del alzado polvo espesas nubes,
Del sol la clara luz turban y empañan.
De alarmantes clarines y tambores 3990
El estruendo marcial, de horror llenaba,
Cual precursor acento de la muerte;
No de distinto modo, que escapadas
De las cuevas del Norte por la tierra,
Precedidas de vientos en su marcha, 3995
Y del trueno seguidas, de los aires
El espacio oscurando entre las masas
De polvo en torbellinos, con violencia
Levantadas del suelo en que posaban,
Las fuertes impetuosas tempestades, 4000
De el Universo corren por las plagas.
    Era el terrible ejército de Enrique,
Que ya de una inacción sobrado blanda
Desairado creyéndose, y ardiendo
De fresca sangre en sed, se aproximaba; 4005
Su espantosa algazara y alaridos,
Hacía percibir a una distancia;
E inundando los campos, a los muros
Del rebelde París se encaminaba.
    No empleara Borbón unos momentos 4010
De crisis tan salubre, en ordinarias
De su finado Rey fúnebres honras;
Ni en cuidar, que su tumba fuese ornada
De inscripciones brillantes, que a los muertos,
De los fieros vivientes miras vanas 4015
De distinción y orgullo, comúnmente,
De su raza a cadáveres consagran.
Sus aguerridas manos, las riberas
No cargaran del Sena desoladas
De altivos mausoleos, do del hado, 4020
Y del tiempo a pesar de cuanto arrasa
La devoraz injuria, del olvido,
Y de la atroz guadaña de la parca,
De los Grandes fantásticos del mundo
La vanidad frenética triunfaba. 4025
Él solo, por su parte, a Valois piensa,
En el lóbrego seno de su estancia,
Más dignos de su sombra enviar tributos;
Vencer sus enemigos en campaña;
Castigar sus aleves asesinos; 4030
Y hacer feliz su pueblo, ya domada
De su audaz rebeldía la fiereza.
    Al rumor no esperado que sonara
De los rudos asaltos, que de Enrique
La sitiadora hueste amenazaba, 4035
De los Estados juntos, confundido,
Disuélvese el congreso y se separa.
Mayenne al mismo tiempo, a lo más alto
Corre activo y veloz de la muralla.
El soldado, alarmándose, reunido 4040
A sus pendones vuela, y en voz alta,
Con indigno ademán, al Héroe ilustre,
Que a París va avanzándose, insultaba.
Todo a punto está ya para el asalto.
Todo ya a la defensa pronto se halla. 4045
    No era de turbación en aquel tiempo,
Nuestro París, lo mismo, que así encanta
Al dichoso francés en nuestros días.
Cien fuertes, que el furor y el miedo alzaran,
En menos anchuroso y largo espacio 4050
Su recinto interior circunvalaban.
Aquellos en el día tan soberbios
Pomposos arrabales, cuya entrada,
Cuya salida el mundo entero hoy goza
A todas horas libre, a todas franca 4055
De la paz por la mano, y que avenidas
De una ciudad inmensa son ufanas,
Do allá a perderse van entre las nubes
Mil dorados palacios, no formaban
Más que pobres aldeas y abatidas, 4060
Que de sombríos muros circundadas,
De París dividían anchos fosos.
De Levante hacia el lado, al punto avanza
Hasta el muro Borbón. Se acerca: llega:
La muerte le precede. Ya entre llamas 4065
Por el aire silbando vuela el hierro
Del altivo bastión de la muralla
Y de la brava mano sitiadora;
Y las encaramadas torres altas,
Los fuertes, que amenazan riesgos tantos, 4070
Y los trabajos y obras que los vallan,
De tan recia borrasca bajo el golpe
Desplomándose todos, se aterraban.
Enteros batallones, derrotados
Tendidos se ven ya por la campaña, 4075
Y aquí y allí dispersos, horrorizan
Lejos de ellos sus miembros, sus entrañas.
En polvo reducido cae al punto
Todo cuanto a tocar el hierro alcanza,
Y cada hueste lidia con el rayo. 4080
    Con menos arte, un tiempo, en las batallas,
Los míseros mortales combatiendo,
A su violenta muerte caminaran.
Con menor aparato, antiguamente,
El soldado al degüello se arrojaba. 4085
El acero en la mano, era instrumento
A su valor bastante, y a su saña;
Más de la cruel industria de sus hijos
Refinados esfuerzos, arrebatan
De las altas esferas celestiales 4090
Fulminadores truenos, que abrasaran,
Y con horrendo estrépito se oyeron
Las bombas reventar, que tanto espantan;
Abominables furias, que de Flandes
Las fieras turbaciones abortaran. 4095
De bronce en duros globos inflamado,
Por el aire el salitre se dilata;
Vuela rápidamente; se alza, y cae
Con la misma prisión que le encerraba;
Rómpela con estruendo, y de su fondo, 4100
Con rábido furor la muerte escapa.
    Aún con arte mayor y más barbarie,
Allá en profundas cuevas sepultada,
Sabídose ha oprimir la infernal furia
De subterráneos rayos, cuya saña 4105
Pronta a inflamarse yace. So un camino
De aspecto engañador, do a la matanza
Volando ya el soldado, a sus esfuerzos
Librárase valiente, se reparan
En un instante abiertos mil abismos. 4110
Por los aires de azufre se derraman
Denegridos torrentes. Batallones,
Que en masa un bravo ardor adelantara,
De la explosión al golpe sorprendidos,
Estos nuevos Vesubios despedazan, 4115
Volar hacen en trozos por los aires,
O por bocas del suelo enteros tragan;
Tan horroroso y grande era el peligro,
Que al intrépido Enrique amenazara.
Tanto y tan inminente el riesgo fuera, 4120
Que arrostrar a su espíritu agradaba.
Por medio de ellos todos, de avanzarse
Hasta su digno trono, ardía en ansias.
Tal tempestad, tras él, bravos desdeñan
Sus guerreros, que entre ella, no se pasman, 4125
Cuando bajo sus pies se abre el infierno,
Y sobre su cabeza el rayo amaga.
La Gloria a par del Rey, ante sus ojos
Volando va con él. En ella clavan
Sus soldados la vista, y por sus sendas 4130
Trepando de ella en pos, con firme planta
Por los riesgos caminan sin espanto.
    De este raudo torrente, que avanzaba,
Entre furiosas ondas, por su parte,
Con un tranquilo paso y grave calma, 4135
Impávido no menos que sereno,
El prudente Morné también se avanza.
Al miedo y al furor inaccesible,
Del cañón al estruendo y la descarga
Constantemente sordo, y en el seno 4140
Conservando del fuego fresca el alma,
Con ojos mira estoicos la guerra,
Como funesto azote, como plaga
Del Cielo, necesaria, aunque espantosa.
A do el honor le guía, en tono marcha 4145
De filósofo siempre; y si condena
El sanguinario ardor de las batallas,
A su príncipe llora, y fiel le sigue.
    Al terrible camino por fin bajan,
Que de sangre un glacis todo regado, 4150
Insuperable hacía. Aquí es do exalta
Su denodado esfuerzo el gran peligro.
De fajina y cadáveres se allana
La vasta cavidad del hondo foso.
De muertos y de heridos, que arrastraban, 4155
Los montones hollando, parten, corren,
Precipitadamente se abalanzan,
Y a la brecha se arrojan. Solo armado
De un acero sangriento, y de una adarga
Cubierto, al frente va, la brecha monta 4160
El primero Borbón. Monta; y largada
A los vientos, sobre ella ya flotando,
Su victorioso brazo enarbolara
La triunfante bandera de las Lises.
Quedan delante dél de pasmo heladas 4165
Las huestes de la Liga, a entender dando,
Que en su persona a un tiempo respetaban
Su Vencedor y Rey. Ellas ya ceden;
Más Mayenne al instante lo embaraza,
Y su ardor animando con su ejemplo, 4170
Nuevamente a los crímenes las llama.
Sus fuertes y cerrados batallones,
Por do quiera avanzándose, apretaban
Al Rey, cuyas miradas, poco había,
Que arrostrar no pudieran cara a cara. 4175
Sobre el muro, a su lado, la Discordia,
A la lid excitando encarnizada,
De la caliente sangre en los raudales,
Por ella ya vertidos, se bañaba.
De los funestos muros combatiendo 4180
Más a gusto el soldado, apunta, y lanza
De más cerca más cierto y mortal golpe.
Desde entonces no juegan, ya no estallan
Los truenos no se escuchan de la guerra,
Cuyas bocas de bronce, las campañas, 4185
De la tierra, los pueblos, tantas veces
Por ellos aturdidos, consternaban.
Un feroz trabadísimo silencio,
Hijo del cruel furor, allí reemplaza
De una manera horrible su estampido; 4190
Y con ojos de fuego ardiendo en brasas,
Y un brazo decidido a todo trance,
Por entre el enemigo abrirse alcanza
Cada bravo una senda. Por contrarios
Esfuerzos de ambas partes, la muralla, 4195
De la muerte teatro, y de la sangre
De unos y otros guerreros barnizada,
Ya se gana, se pierde y se recobra.
En su mano fatal trémula y varia,
Cercano de las Lises, de Lorena, 4200
La Victoria el pendón aún tremolaba.
Por todos puntos ya los asaltantes,
Rechazados y rotos se notaran.
Cien veces vencedores, y cien otras
Vencidos, a un gran piélago imitaban, 4205
De fuerte tempestad cuando impelido,
Que la playa hasta donde su ola avanza,
En un instante inunda en otro huye.
    Jamás tan grande el Rey se demostrara
Ni su ilustre rival, como en el día 4210
De tan feroz asalto. De la vasta
Mortandad y la sangre repasando
Uno y otro por medio, de su saña,
De su valor y espíritu cual dueños,
Disponían, obraban, ordenaban, 4215
Miraban todo a un tiempo, y conducían
Con una sola ojeada, de sus masas
Los rápidos y horribles movimientos.
    La formidable, en tanto, hermosa y brava
Flor de las anglas huestes auxiliares, 4220
Por Essex al asalto acaudilladas,
Bajo nuestros pendones, a este tiempo,
Por la primera vez se adelantaba,
De servir en la Francia a nuestros reyes,
Al parecer confusa y admirada. 4225
Ellas a sostener fieras venían
El honor y la gloria de su patria,
De luchar y morir haciendo alarde,
Sobre los mismos muros y campañas,
En que ufanos el Sena a sus abuelos 4230
Viera un tiempo reinar. La brecha ataca
Por el punto, de Essex, en que apostado
El intrépido Aumale la guardaba.
Ambos rivales, jóvenes brillantes,
A porfía compiten, y se igualan 4235
En el marcial ardor de que están llenos;
Así allá combatiendo nos pintaran
En los muros de Troya semidioses.
A los dos, de tropel, auxilio daban
En contorno sangrientos sus amigos. 4240
Galos, Lorenos, Anglos, que tamañas
Ira y bravura a un tiempo allí reuniera,
Combatían, herían, avanzaban,
Y morían matando todos juntos.
    ¡Ángel, que su furor y brazo guiabas! 4245
¡Sacro Exterminador, que fuiste siempre
De estos trances el árbitro y el alma!
¿De qué héroe, al fin, tomaste la querella?
¿A favor de cuál de ellos, dí, más grata
Del Cielo la balanza se ha inclinado? 4250
Sitiados y sitiantes de igual saña,
Borbón, Mayenne, Essex, y el rival suyo,
Hacen en igual tiempo igual matanza.
El partido más justo, finalmente,
Victorioso consigue la ventaja. 4255
Triunfa al cabo Borbón rompiendo paso.
Ya más no le resisten fatigadas
De la Liga las tropas, que aturdidas,
Ceden, y le abandonan la muralla.
    Así como caer se ve un torrente 4260
Del Pirineo allá de cimas altas,
Que del valle en la hondura, amenazando
Las ninfas extravía consternadas,
Y encontrando en su curso fuertes diques,
Que al furor de sus olas levantaran, 4265
El impetuoso choque un tanto enfrenan;
Pero bien prontamente ya arrasadas
Sus débiles barreras, más pujante,
Ante sí y a muy lejos, lleva, arrastra
El estruendo, la muerte, y el espanto; 4270
De raíz, al pasar, violento arranca
Las encinas altivas y orgullosas,
Que cien recios inviernos desafiaran
A los cielos tocando, y desprendiendo
Del pendiente breñar de la montaña 4275
Enormísimas peñas, los rebaños
Fugitivos persigue en las campañas;
Así, Borbón, del alto de los muros,
Que humeando aun se apoderara,
A paso y con furor precipitado, 4280
Al campo de batalla se abalanza,
Y con segur cayendo fulminante
Sobre aquellos rebeldes, los segaba
Cual la colmada mies siega el colono.
Los Dez y seis, temblando a justas sañas 4285
Del brazo vengador, ya por el miedo
Dispersados y atónitos, se escapan.
    Manda, por fin, Mayenne, que las puertas
Al triunfador Borbón al punto se abran.
Entra el Héroe en París con sus cohortes. 4290
El hacha en una mano, en otra el arma,
Vuelan los vencedores, y de sangre
Por tintos arrabales se derraman.
Del soldado sin freno la bravura,
Tornándose en brutal y feroz rabia, 4295
Todo lo lleva a saco, sangre y fuego.
Enrique no lo ve. Raudos picaban
Sus ímpetus la fuga, a que, a sus ojos,
Con sobrada vergüenza se entregara
El deshecho enemigo. Le transporta 4300
Su valor, y su gloria le inflamaba.
Salta los arrabales; y a la puerta
Avanzándose airado, «¡Camaradas!
Acá con esa llama y ese hierro.
Venid, volad, montad esa muralla, 4305
Que orgullosa y tenaz aún nos resiste».
Estas voces apenas pronunciadas,
A los ojos de Enrique se presenta,
Del fondo de una nube remontada,
Un fúlgido fantasma, cuyo talle, 4310
Cual majestuoso dueño, que comanda
A todos los soberbios elementos,
En las alas del viento se acercaba
Bajando hacia Borbón. Vivas centellas
De la divinidad, su frente ornaban 4315
De una inmortal belleza. De ternura
Sus ojos y de horror llenos resaltan.
«Detente, al punto exclama, demasiado
Infeliz vencedor ¿tú la morada,
Tú la inmortal herencia de cien reyes 4320
Tus augustos mayores, a las llamas,
Al pillaje y la muerte entregar osas,
Tus tesoros, mis templos, y la patria;
Degollar tus vasallos; y sus vidas
Por parricidas manos agotadas, 4325
Reinar sobre cadáveres y escombros?
Detente, le repite». A estas palabras,
Aún más que el trueno fuertes, cae en tierra,
Y aturdido el soldado el botín larga.
De aquel ardor Enrique todo lleno, 4330
Con que la lid su pecho aún agitaba,
A un proceloso mar se parecía,
Que murmurando ruge aun cuando calma.
¡O fatal morador, dice, de un mundo,
Que del hombre a la vista se recata! 4335
Declárame, si quieres, te suplico,
Lo que a anunciarme viene tu embajada
En mansión tan sangrienta y horrorosa».
De una suave, entonces, dulce gracia,
Estos llenos acentos, ha escuchado. 4340
Yo soy el Rey feliz, a quien en aras
Cultos la Francia rinde. Soy el Padre
De los Borbones, tuyo, y de tu causa
El justo protector; el Luis, que un tiempo
Combatió como tú; cuya fe santa 4345
Tu dócil corazón con desdén mira;
Aquel Luis, en fin, que tanto te ama,
Y con lástima admira. Vendrá el hora
En que a ese trono, Enrique, de la Francia,
De Dios mismo la mano te remonte. 4350
En París, vencedor, harás tu entrada,
Aunque de tu clemencia en digno premio,
No dél de tu valor y tus hazañas.
Dios mismo es, hijo caro, si, Dios mismo
Es quien de esto te instruye, y quien me manda». 4355
De gozo a tales voces, aquí el héroe
Tiernas y dulces lágrimas derrama.
Extinguido ya el fuego de su enojo
Deja en su corazón una paz santa.
Suspira, exclama, adora de rodillas, 4360
Y de un horror divino absorta el alma,
A la sagrada sombra gratos brazos
Tres veces con afán ardiente alarga,
Y tres veces su padre se le huye,
Y le burla, cual nube, que arrebata 4365
La impetuosa violencia de los vientos.
    De la altura, entre tanto, descollada
Del formidable muro, en armas puesta
Aquella inmensidad confusa y vasta
De un pueblo alborotado y de una Liga 4370
En que las clases todas se mezclaran
De jefes, ciudadanos y soldados,
Franceses y extranjeros, granizaba
Contra el Rey, animosa, hierro y fuego.
La virtud del Altísimo, brillaba 4375
Derredor de su frente, y de los dardos,
Que contra él de intento se arrojaran,
La tempestad desvía. El riesgo entonces
Llegó Enrique a probar, en que bajara
De los Borbones a salvarle el Padre. 4380
A París y sus pueblos contemplaba
Con tan tranquilos ojos como mustios.
«¡Franceses, exclamó, ¡ciudad infausta,
Ciudadanos ilusos e infelices,
Pueblo feble y sin fe! ¿cuando acabadas 4385
Esa audacia serán y loco empeño,
De combatir así vuestro Monarca?».
    A la manera, entonces, que el gran astro
De las luces autor, ya completada
Su abrasante carrera, con un fuego 4390
Lucir se ve más dulce, allá a la raya,
Del remoto Occidente, do más grande
A los ojos parece, que se escapa
Lejos ya de nosotros; así lejos
También ya de París y sus murallas, 4395
El Héroe se retira, el alma llena
Del Rey santo y del Dios, que le enviaba.
Hacia Vincenes marcha, en que allá un día,
Justas leyes al Pueblo pronunciara,
De una encina, el Gran Luis, al pie sentado. 4400
¡Cuanta fue, desde entonces, tu mudanza,
O Vincenes, paraje amable un tiempo!
Tú, no eres hoy ya más, que abominada
Negra prisión de Estado, viejo fuerte,
De despecho lugar, do veces tantas, 4405
A despeñarse vienen y sumirse,
De cumbres del poder y la privanza,
Arrogantes ministros y magnates,
Que allá un día lucieran y tronaban
Sobre nuestras cabezas, y viviendo 4410
De la corte entre escollos y borrascas,
Por un hado inconstante, de opresores
A oprimidos pasar se les miraba,
Y a humillados no menos de soberbios,
Siendo el horror del pueblo veces varias, 4415
Y otras, siendo su amor. Del Occidente,
Do se forman las sombras, ya se avanza
A desplegar la noche el negro manto
Sobre el triste París, y así recata
Al mísero mortal, en tan sangrienta 4420
Horrorosa mansión, fieras batallas,
Y tendidos cadáveres, que ha visto
La luz de un día fúnebre turbada.


FIN DEL CANTO VI


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