Abrir menú principal

La Henriada
Canto VII
de Voltaire


Argumento: San Luis transporta a Enrique IV en espíritu al cielo y a los infiernos. Le hace ver allí el palacio de los destinos, su posteridad, y los grandes hombres que debía producir la Francia.


Del divino Hacedor la providencia,
Con piedad infinita, a males tantos, 4425
Como esta vida amargan lastimera,
Por aplicar consuelos que la alienten,
Dejarnos, generosa, quiso en ella
Dos benéficos seres, para siempre
Amables habitantes de la tierra, 4430
Que fuesen nuestro alivio en las fatigas,
Y tesoro insondable en la indigencia.
El blando Sueño es uno. La Esperanza
Consoladora es otro. Cuando llegan
A probar los mortales, de su cuerpo 4435
Lánguido y abatido la flaqueza;
Luego que ya sus órganos rendidos,
Sin tono sus resortes y sin fuerza,
Desfallecer se sienten, con la calma
Más saludable, entonces, y serena, 4440
De su naturaleza acude el uno,
Al socorro feliz, que la recrea,
Consigo al mismo tiempo, un grato olvido
Llevándole de cuitas que la aquejan.
Nuestros deseos siempre, el otro, inflama. 4445
Del hombre el corazón siempre alimenta;
Y aun cuando nos engaña, con placeres
Nos brinda verdaderos y sustenta;
Sin que al mortal querido, a quien el Cielo
Propicio se lo envía, jamás pueda 4450
Inspirar falsos gozos. De Dios nuncio,
Su apoyo entonces trae y sus promesas,
Y es tan puro e infalible como él mismo.
    Requiérelos Luis. De Enrique cerca
Al uno y otro llama. «Venid, dice, 4455
A mi hijo acostaos, fiel pareja»;
Y el apacible Sueño, que le escucha
De la secreta hondura de sus cuevas,
A las frescas umbrías blandamente
Su paso enderezando, a Enrique encuentra, 4460
Y del viento, a su vista, calla el silbo,
Y el inquieto murmullo se sosiega.
Los fortunados Sueños, hijos caros
De la Esperanza, en torno revolean
Del durmiente, y al Héroe en fin cubriendo 4465
Con su amapola, oliva y laurel mezclan.
    Su diadema, Luis, tomando entonces,
Del Vencedor, él mismo, en la cabeza
Colócala, y le dice. «Reina, triunfa,
Y sé en todo hijo mío. Ya en ti resta 4470
Cifrada únicamente la esperanza
De mi linaje todo: pero piensa
Que el trono no es, Borbón, no es lo bastante.
De los presentes todos, de la herencia
De Luis, lo más leve, no lo dudes, 4475
Lo menos importante, es su diadema.
Es un laurel amargo y marchitable,
Una gloria es, Enrique, muy pequeña,
La de Conquistador, de Rey, y de Héroe.
A no alumbrarte el Cielo, nada hubiera 4480
Hecho aún en pro tuyo. Esos honores,
Esa mundana pompa, todo queda
En un estéril bien, que frágil premio
A virtudes humanas sólo prestan.
Brillo arriesgado son, que pasa y huye 4485
A par de la inquietud, su compañera,
Y que presto, por fin, la muerte acaba.
Otras glorias, Borbón, más duraderas,
Otro imperio más sólido y estable,
Más para tu instrucción, que recompensa, 4490
A descubrirte voy en este día.
Ven: obedece, y sígueme por sendas,
Que nuevas te serán. Al alto seno
De la Divinidad conmigo vuela
Y llena, hijo dilecto, tus destinos». 4495
    Así dice: y con rápida presteza,
En un carro, uno y otro, luminoso,
Los campos de los aires atraviesan;
No de distinto modo, que en la noche,
Del un polo hasta el otro de la tierra, 4500
Correr se ven relámpagos y rayos,
Que la atmósfera hienden; y a manera,
Que muy lejos allá de su alta cima,
Admirada y confusa vio esta esfera,
Como ardorosa nube arrebataba 4505
De Eliseo a los ojos, la presencia
Del Señor, elevándole en carroza
De fuego celestial en llama envuelta.
    En el brillante centro de ese espacio,
Do en la noche la vista absorta observa 4510
Esos etéreos globos, que matizan
Del cielo, con su luz, la región bella,
Globos, que ya ocultarnos no han podido
Su curso y sus distancias, la lumbrera
Luce mayor del día, que la mano 4515
Encendió de Dios propio, y de sí mesma
Sobre su eje inflamado en torno rota.
Sin fin de luz torrentes parten de ella,
Y color: al mostrarse, aliento y vida
Derrama en la común naturaleza. 4520
Los días y estaciones de los años,
A los diversos mundos, que le cercan,
Flotando en su contorno, distribuye.
Sujetos estos astros a las reglas
Que su armonía fundan, y a las leyes 4525
Que precisan su giro y los apremian,
Mutuamente se atraen incesantes,
Incesantes se evitan y se alejan;
Y sirviéndose a un tiempo entre sí mismos
De un apoyo perpetuo y norma cierta, 4530
Recíprocos se envían y traspasan
La clara luz que aquél a todos presta.
Más allá de su curso, allá muy lejos,
En espacio en que nada la materia,
Y que Dios solo abraza, inmensos soles, 4535
Grandes mundos, sin fin la permanencia
De su morada fijan luminosa.
Por un piélago tal de luz excelsa,
De tan glorioso Padre al mortal hijo
Franquear plugo a Dios sublime senda. 4540
Aún más y más allá de cielos tantos,
De ellos formó el Señor su residencia.
    Aquí ha sido, a do el Héroe fue siguiendo
Su conductor celeste. Aquí se crean
Los diversos espíritus que animan 4545
Nuestros mortales cuerpos, y que pueblan
Del universo mundo las regiones.
De la muerte a los cortes, por fin, sueltas
De su prisión grosera nuestras almas,
Engolfadas aquí por siempre quedan. 4550
    Inexorable Juez e incorruptible,
Aquí trae a sus pies, aquí congrega
Los espíritus todos inmortales,
Que su divino soplo a bien tuviera
A su imagen crear. El Ser es este, 4555
Que infinito se ignora y se confiesa,
Y a quien bajo de nombres los más varios,
Sirve toda nación y reverencia.
Él desde el alto Empíreo escucha atento
Nuestros humildes votos y querellas. 4560
Él de nuestros errores disimula,
Y con lástima el cúmulo contempla,
No menos que la idea y los retratos,
Llenos de insensatez y de indecencia,
Que del hombre curioso, en sus delirios, 4565
La mísera ignorancia y la soberbia,
De su sabiduría incomprensible
Con sobrada piedad audaz inventa.
    La Muerte, cerca dél, pensión del hombre,
Y del Tiempo fugaz hija funesta, 4570
De la mansión efímera y penible
Del Universo entero, a sus pies lleva
Los habitantes todos, no exceptando
Clase, edad, ni nación. Él allí mezcla
A un tiempo con los Bonzos los Bracmanes, 4575
Discípulos profanos del sistema
Del filósofo chino el gran Confucio.
Con ellos también trae a su presencia,
Los fieles misteriosos sucesores
De los antiguos sabios de la Persia, 4580
Que aún en secreto adictos a Zoroastro,
Con ciega obstinación siguen su escuela.
Pálidos moradores de las frías
Regiones, do los témpanos congelan
Y esos piélagos sitian hiperbóreos, 4585
Y los que allá, de América en florestas,
Son errantes y míseros esclavos
Del invencible error. A la derecha
Busca en balde de Dios, con vista vaga,
Atónito el Dervís a su profeta: 4590
Y con ojos no menos penitentes
Que sombríos, en vano allí se precia
De sus votos el Bonzo y sus tormentos.
    Al instante ilustrados, allí esperan
En silencio estos muertos y temblando, 4595
De su eterno destino la sentencia;
Y Dios, que a un mismo tiempo lo ve todo,
Lo escucha y lo conoce, o los condena,
O los absuelve de una sola ojeada.
No se dirige Enrique, no se acerca 4600
Hasta el lugar aquel, trono invisible,
De donde a cada instante parten rectas
Del tremebundo Juicio de Dios propio,
Aquellas decisiones sempiternas,
Que de mortales tantos preveer osa 4605
El indiscreto orgullo y la demencia.
«¿Cual será, Borbón diz, consigo hablando,
Cual de Dios la balanza justiciera
Sobre aquestos ilusos o ignorantes?
¿Castigarlos él, porque tuvieran 4610
Distraídos sus ojos o cerrados
A aquella misma luz, que le pluguiera
De ellos tanto arredrar? ¡Qué! ¿Dios podría,
Cual un Señor injusto, sin fin penas
Por la ley del cristiano fulminarles, 4615
De que nunca han podido haber conciencia?
Pero no: Dios crionos. Él sin duda,
Salvarnos quiere a todos. Él enseña,
Él, por todo nos habla, y él en todo
Humano corazón, sin diferencia, 4620
De la naturaleza la ley graba;
Ley siempre pura y fiel, siempre una mesma.
Por esta ley, sin duda, al gentil juzga;
Y si un alma en su error abrigó buena,
Cualquier gentil también cristiano ha sido». 4625
    En tanto, que del Héroe así se arriesga
La confusa razón, sobre un misterio
A fijar sus miradas indiscretas;
Al pié se deja oír del mismo trono
Una voz, a la cual, el Cielo tiembla, 4630
Y del Orbe los ejes se estremecen.
Sus terribles acentos se asemejan
A los del trueno aquel, que ha retumbado
Sobre el monte Sinaí, cuando a la tierra
Desde su cumbre un tiempo Dios hablara. 4635
Para oírla las harpas mudas quedan
De su coro inmortal, y a repetirla
En su curso los astros se dan priesa.
«Guárdate temerario, de guiarte,
De tu sola razón por turbia estrella. 4640
Dios para amarle sólo te ha criado,
Y no para que osado te atrevieras
A querer comprender sus altos juicios.
Invisible a tus ojos, con fe ciega
Reine en tu corazón. Él la injusticia 4645
Confunde riguroso; y si dispensa
Al no advertido error de los mortales,
Con paternal dulzura su indulgencia,
También juzga y castiga el voluntario.
Abre mortal los ojos, cuando llegan 4650
Los rayos de su luz a iluminarte».
    En este instante, Enrique, por la fuerza
De un recio torbellino arrebatado,
De aquel inmenso espacio la carrera
Veloz atravesando, a una morada 4655
Transportado se vio la más negra,
Más informe, selvaje, y horrorosa,
Del caos primitivo especie horrenda,
Impenetrable siempre, cual de hierro,
A los brillantes rayos y centellas 4660
De aquellos soles todos, que fulgentes,
Del Altísimo son obras maestras,
Y como él bienhechoras. Sobre suelo,
Que espantoso los ángeles detestan,
El germen no ha querido de la vida 4665
Derramar nunca Dios. La Muerte fiera,
Ella sola, el Horror con el Desorden
Y eterna Confusión, la residencia
De su lóbrego imperio allí parecen
Haber establecido. ¡Qué querellas! 4670
¡Qué de aullidos, O Dios, tan espantables!
¡Qué torrentes de humo, y qué de hogueras!
«¿Qué formidables monstruos, Borbón dice,
Vuelan por estos climas? ¿Qué cavernas
Se entreabren encendidas a mis plantas?». 4675
«A tu vista: ¡hijo mío! están las puertas
Del perdurable abismo, que la mano
Excavó de Dios propio justiciera,
Para eternal estancia del Delito.
Ven, hijo mio; sígueme. Las sendas, 4680
Fáciles por demás, anchas y llanas,
Están de esa mansión por siempre abiertas».
Y de súbito al pórtico caminan
Del horroroso Infierno, do se encuentra
Verdinegra la Envidia, que al obscuro, 4685
Con torva vista de través ojea,
Y de su horrenda boca mil venenos
Arroja de laurel sobre diademas.
El resplandor del día, entre las sombras,
Sus centellantes ojos atormenta. 4690
Triste amante de muertos, a los vivos
Con maléfico horror mira y detesta.
Percibe el monstruo a Enrique, y asustada,
Se desvía y suspira. Cerca de ella,
El Orgullo se admira y se complace. 4695
Con mirar abatido, y faz cubierta
De una amarilla tez, desmadejada,
Allí renquea enclenque la Flaqueza;
Tirana, que a los crímenes cediendo,
Las virtudes destruye o desalienta. 4700
Altanera, feroz, y sanguinaria
La Ambición, deslumbrada, loca e inquieta,
De panteones, de tronos y de esclavos
Por do quiera rodeada, allá se ostenta.
La blanda Hipocresía, con sus ojos 4705
De dulzura colmados y terneza,
El Cielo muestra en ellos, y el Infierno
De su pecho en el fondo oculto lleva.
Su bárbara doctrina, sus furores,
Sus máximas impías y sangrientas 4710
Por do quiera pregona el Celo falso;
Y el Interés, por fin, pasión funesta,
De los crímenes todos fatal madre,
Por entre aquellos monstruos serpentea.
    Del mortal corrompido estos tiranos 4715
Sin pudor y sin freno, a la presencia
Sorpréndense de Enrique y se confunden.
No le vieran jamás. Tan vil ralea,
Jamás de su alma noble, que nutrida
Fuera por la Virtud, cerca estuviera. 4720
¿Qué mortal, se decían, por un justo
Del Cielo conducido, aquí se llega
A insultarnos aún y perseguirnos
En esta inmensa noche, de horror llena?
    De espíritus inmundos por en medio, 4725
Avanzábase absorto a marcha lenta
Bajo profundas bóvedas el Héroe.
Luis su paso guía. «Más... ¡que observa
Mi vista, Cielo santo! ¡El asesino
De Valois! ¿Monstruo tal, tan atroz fiera, 4730
Se presenta a mi vista, excelso Padre?
Él empuñado aún, sangriento lleva
El parricida acero, que en su mano,
A poner, sedicioso, se atreviera
El villano y anárquico consejo 4735
De aquellos Dez-y-seis ¡oh Providencia!
Mientras que allá en París, de un clero indigno
La piedad más sacrílega y cruenta,
De retratos del pérfido se atreve
A afrentar sus altares; que allá ciega 4740
Le invoca ya la Liga, y que, al fin, Roma
Le ensalza por su parte y loor le presta,
Entre horrores aquí, y entre tormentos,
El infierno, más justo, le reprueba».
    «Hijo mio, Luis dícele entonces, 4745
Otras más justas leyes y severas,
En el lugar, que miras, a los reyes
Persiguen y magnates. Mira aquella
Multitud de tiranos y opresores,
A quienes allá en vida se les dieran 4750
Adoraciones mil. Cuanto más fieros
Y potentes el mundo los sufriera,
Tanto más el Dios justo los humilla,
Penando en este puesto la insolencia
Ya de sus propias obras, ya de cuantas 4755
Dejaron sin vengar, o tal vez fueran
Por ellos permitidas. Ya la muerte
Riquezas les ha robado pasajeras,
Los placeres, el fausto, y del infame
Venal adulador las complacencias, 4760
Que a sus ojos de orgullo fascinados,
La verdad ocultaban con destreza.
Esta verdad, Enrique, es la que ahora
Su suplicio aquí labra, la que expuesta
A su vista está siempre, y que sus vicios 4765
Y sus crímenes todos les recuerda.
Mira como a su voz esos soberbios
Vanos conquistadores, mudos tiemblan.
A los ojos del pueblo fueron héroes;
A los de Dios tiranos, plagas fieras, 4770
Del Orbe entero azotes, que lo afligen
Con bárbara crueldad; truenos, centellas
Que un día fulminaron, los abisman,
Y aquí por fin al mundo a su vez vengan».
Obscura galería cerca de ellos 4775
De reyes indolentes se presenta;
Fantasmas del poder sobre unos tronos,
Que envilecen sus vicios y pereza.
Cabe ellos, ansí mismo, el Gran Enrique
Sus ministros despóticos contempla 4780
Y con horror mayor, de sus delitos
En tan digno lugar, a mirar llega,
Siniestros y venales consejeros,
Cuyas avaras miras e impudencia,
Las más sagradas leyes y costumbres 4785
Sórdidas corrompiendo, en almoneda
Exponer las primeras atentaron,
De Temis y de Marte, con afrenta,
El ministerio augusto y los honores,
Puras e inestimables recompensas 4790
Del mérito y virtud de nuestros padres.
«¿Y habitaréis también región tan fea,
¡Dulces, febles y mansos corazones,
Que de mirto, arrayán y flores bellas
En muelle y grato lecho recostados, 4795
Sin hiel alguna amarga y sin fiereza,
Entregados tan solo a los placeres,
En el ocio pasáis y negligencia,
Vuestros días inútiles, hilados
Por las sensuales manos y halagüeñas 4800
De la afeminación y la delicia?
¿Confundidos seréis, en esta escena,
Con turbas de malvados ¡o vosotros,
Benéficos mortales, de la excelsa
Virtud fieles amigos! que de duda 4805
Por tan solo un instante o de flaqueza
Agostado por siempre habéis el fruto
De años tantos de mérito y prudencia?».
    No pudo el generoso y tierno Enrique
Tener aquí sus lágrimas. «Si en esta 4810
Del horror, exclamó, mansión opaca,
Verdad es, que a parar a hundirse vengan
Cada instante, sin número infelices
De nuestra humana raza, y siempre llenas
De molestia y dolor sus breves horas, 4815
Sin recurso ni fin de pena inmensa
Seguidas han de ser, ¿La luz del día
No haber visto jamás mejor no fuera?
¡Dichosos en tal caso los mortales,
Si de sus madres antes perecieran 4820
En el infausto vientre; o si al Dios ese,
Que tan severo pintan, le pluguiera
Al hombre arrebatar, sobrado libre
Para no obedecerle, esa funesta
Infeliz libertad, ese albedrío!». 4825
    «No, responde Luis, no Enrique creas,
Que esas víctimas tristes, que así lloras,
Penas aquí jamás sufran que excedan
Del crimen la medida; que el Dios justo,
Que ha creado los hombres, placer tenga 4830
En desgarrar, cruel, la inmortal obra
De su mano y poder por excelencia.
Si es infinito Dios, principalmente
Eslo, Enrique, en sus premios y clemencias:
Pródigo de sus dones, sus venganzas 4835
Economiza blando; y si quimeras
Le pintan de los hombres, como ejemplo
De implacables tiranos, él se muestra
Un Dueño aquí benigno, un Padre amante
Que sus hijos corrige solamente. 4840
Su mano vengadora y justiciera,
Con piedad inefable, del castigo
Embota dulcemente las saetas.
Su bondad no sabría los momentos
En que del hombre cae la miseria, 4845
Ni sus rápidos gustos y deleites,
Que inquietudes y tedios siempre infectan,
Y que de leves culpas o veniales
En limitados términos se encierran,
Castigar con tormentos tan atroces, 4850
Que, como él mismo, término no tengan».
    Esto de Enrique el Padre excelso dijo:
Y al instante, con rápida presteza,
A los faustos lugares vuelan ambos,
Donde feliz habita la inocencia. 4855
Aquí no existe ya de los Infiernos
La lobreguez horrible. De la inmensa
Inmortal claridad día el más puro,
En tan bellas regiones luce y reina.
Velas Enrique apenas, y a su aspecto, 4860
Pasar al alma siente una paz nueva,
Una extraña alegría. Las pasiones,
Los cuidados allí jamás inquietan
Del hombre el corazón. Allí morando,
Derrama liberal a manos llenas 4865
El tranquilo Deleite, con sus gracias,
Dulzuras mil benéficas y tiernas.
En estos climas es ¡o Amor! en donde
Todo tu dulce imperio experimenta.
No es este aquel amor, que inflamar suele 4870
La mundana molicie. Es una bella,
Una divina antorcha, y del más santo,
Más limpio y puro fuego sacra tea.
El hijo es de los cielos noble y puro,
Que a conocer no alcanza acá la tierra. 4875
Dél solo sin hastío para siempre
Aquí las almas todas están llenas,
Que gozando incesantes de las dichas,
Incesantes, a un tiempo, las desean.
De un eternal ardor en suaves llamas, 4880
Delicias sin pesares las afectan,
Gozan sin inquietudes del reposo.
Reinando aquí con gloria verse dejan
Los príncipes virtuosos, que del mundo
Produjeron, tal vez, felices eras. 4885
Los héroes verdaderos aquí moran.
Los verdaderos sabios aquí alientan.
Sobre un trono sentados de oro puro
Del Cielo en lo más alto de la esfera,
El grande Clodoveo y Carlomagno, 4890
Con oficioso amor atentos velan
Del sagrado oriflama de la Francia
Sobre el ilustre imperio. Los que fueran
Más émulos y fieros adversarios,
Como amantes hermanos se contemplan, 4895
Desque reunidos son en tal morada.
Luis doce, el Prudente, en la floresta
Descuella de los reyes, cual el cedro,
Y le impone su ley. La Providencia,
Propicia a nuestros padres, de los Cielos 4900
Les regaló este Rey, que acata y sienta
Consigo sobre el solio la justicia.
Él dispensó benigno su indulgencia;
Sobre los corazones ha reinado;
Y del pueblo las lágrimas, que riegan 4905
Sus míseros hogares, pío enjuga.
De Ambois a sus pies su gloria eleva:
Fiel ministro, que amó la Francia solo,
Y que solo también fue amado de ella.
De su Rey tierno amigo, en su alto puesto, 4910
Jamás sus puras manos se le viera,
De los pueblos en sangre ni en rapiñas
Manchar con injusticia ni vileza.
¡Oh no imitados tiempos! ¡o costumbres
Dignas de un acordar, que al tiempo exceda! 4915
El Pueblo era feliz. Su Rey dilecto,
De la más alta gloria se cubriera.
De sus amables leyes, dulces frutos
Gozaba el ciudadano. ¡Ah! Vuelvan, vuelvan
Bajo un otro Luis días tan faustos! 4920
    Guerreros, a lo lejos, se le ostentan,
Pródigos generosos de sus vidas,
Cuyos valientes pechos encendiera
El sagrado deber y no la furia.
Tales De Foix, Tremvill, y Clison eran. 4925
Tal era Montmorenci; y el que un día
Osado destructor de reyes fuera
E ilustre vengador, Gueselin: y el fiero
El virtuoso Bayardo; y tú, ¡o afrenta
Del Britano, bravísima Amazona, 4930
Que del trono francés sostén hicieran!
«A estos fuertes varones, dice el Padre,
A estos héroes, que aquí de cerca observas
Ya en el Cielo morando, y que allá ilustres
Habitantes un día de la tierra, 4935
Sus ojos deslumbraron, fueles cara
La virtud cual a ti; más de la Iglesia
Hijos fieles, la amaron como madre.
Su dócil corazón, con fe sincera
Buscó siempre, Borbón, la verdad santa. 4940
El mío fue su culto. ¿Porque dejas
De seguir sus heroicos ejemplos?».
    Con lastimosa voz a Enrique apenas
Esto de amonestar Luis acaba,
Cuando delante de ambos, con sorpresa, 4945
Los celestes palacios del Destino
Súbito se aparecen. Luis ordena,
Que a sus sagrados muros marche Enrique;
Y al momento de bronce sus cien puertas
A sus absortos ojos quedan francas. 4950
    Sobre rápidas alas, nunca quietas,
Con insensible vuelo, el fugaz Tiempo
De aquel alcázar huye, y en él entra,
Y sin cesar un punto, a sembrar parte
Sobre el suelo mortal, a manos llenas, 4955
El cúmulo de males y de bienes,
Que asignar al Destino le pluguiera.
Sobre un altar de duro y bronco hierro,
Un libro indescifrable allí se muestra,
Do de lo porvenir constantemente 4960
La irrevocable historia se escribiera.
Con presciencia infinita, del Eterno
La mano en él cifró las ansias nuestras,
Y los graves pesares, con los leves
Placeres de la vida. A esa soberbia 4965
Esclava Libertad, vese allí mismo
Por invisibles lazos prisionera.
Bajo un yugo escondido a los humanos,
Y que nada jamás habrá que pueda
Romper ni sacudir, a su alto arbitrio 4970
Sabe su autor divino someterla;
Más sin tiranizarla, asida estando
Y a su suprema ley tanto más presa,
Cuanto perpetuamente está a sus ojos
Con misterio escondida su cadena, 4975
Y cuanto aun ella misma, obedeciendo,
Por su elección procede, delibera,
Y a los propios destinos, veces varias
Ella misma su ley dictarles piensa.
    «¡Hijo mío Borbón! el Padre dice, 4980
La morada estás viendo, do dispensa
A los hombres, la Gracia, y sentir hace
Eficaces auxilios. De esta esfera,
De esta celeste estancia, es de do un día,
De su triunfante luz una centella, 4985
Descenderá a abrasarte, a herirte el alma.
Dar no puedes, Enrique, prisa o tregua
A este precioso instante, que tú ignoras,
Y del cual, solo Dios, cual dueño, ordena;
Más ¡cuán lejos aún está ese día, 4990
Ese dichoso día, en que Dios quiera
En la lista inscribirte de sus hijos!
¡Cuántas debilidades, con vergüenza
Te restan que sufrir! ¡cuán largo trecho
Que caminar aún por falsas sendas! 4995
De la serie de días ¡o Dios mío!
Corte de este gran Rey, vuestra clemencia,
Todos los lamentables y menguados,
Que de vos distrayéndole le alejan».
    «¿Más que tropel aquí recorre aprisa 5000
Esta vasta mansión? Él sale, él entra,
Y sin cesar deslízase al momento».
De esas sacras paredes, ves, que cuelgan,
Le responde Luis, fieles retratos
De los hombres, que en épocas diversas 5005
Nacer deben al mundo. De los siglos,
Que aún están por venir, esas perfectas
Esas vivas imágenes, que miras
Reducidas a un punto, aquí congregan
De los lugares todos las distancias, 5010
Y sin orden de tiempos, a las eras
Se adelantan futuras. De los días
Llevan del hombre ya fija la cuenta,
Que anterior a los tiempos, a los ojos
Del Eterno, ab eterno está completa. 5015
Los instantes aquí marca el destino
De su natal al uno y su potencia;
De otro allá la opresión y abatimiento,
Y de todos acá las diferencias
A cada suerte adictas, sus mudanzas, 5020
Sus virtudes, sus vicios, sus proezas,
Su fortuna, y por último su muerte.
    «Acerquémonos más; pues te dispensan
Generosos los Cielos, que conozcas
Y los monarcas y héroes aquí veas, 5025
Que de tu augusta estirpe y de ti propio
Un tiempo nacerán. De ellos, se ostenta
El primero, Borbón, tu digno hijo,
Que en la paz igualmente que en la guerra
La gloria sostendrá de nuestras lises, 5030
Largo tiempo del Íbero y del Belga
Feliz triunfador; más sin que al padre
Ni al hijo todavía igualar pueda».
    Sobre flores de lis, en este punto,
Sentados ve Borbón, del trono cerca, 5035
Dos altivos mortales, que tenían
Todo un pueblo a sus pies entre cadenas.
De púrpura romana revestidos,
Rodeados de guardias ambos eran
De soldados y corte. Los cree reyes; 5040
«No te engañas, Borbón, en tus sospechas.
Reyes son, sin el título de tales.
Del estado y del príncipe se ostentan,
Árbitros uno y otro. Mazarino,
Richelieu, de memoria y fama eternas 5045
Ministros de la Francia, de la sombra
De las aras humilde, hasta la mesma
Alta cumbre del solio, felizmente
Se dirigen los dos, los dos se elevan.
Hijos de la política y fortuna, 5050
Al despótico imperio con firmeza
Entrambos volarán sin detenerse.
Sublime Richelieu, de un alma fiera,
Y enemigo en sus odios implacable;
Flexible Mazarino, de alma diestra, 5055
Y amigo solapado y peligroso,
Contrarios caracteres ambos llevan.
Huye el uno con arte, y las borrascas
Doblándose paciente, pasar deja.
A las airadas olas, su coraje 5060
Opone siempre el otro en la tormenta.
De los príncipes todos de mi casa
Enemigos los dos, a su manera,
El pueblo por un lado los admira,
Y por otro los odia y los execra. 5065
De ambos serán, en fin, la fina industria
Los osados esfuerzos y destreza,
Útiles a su Rey y a su Patria
Funestos su poder y su influencia».
¡O tú menos que aquellos poderoso, 5070
Menos vasto también en tus empresas;
Tú, en la segunda clase de los hombres
El primero, Colbert! de tu carrera
Viene bajo los pasos, la abundancia,
Hija fiel y feliz de tus tareas, 5075
A sembrar de riqueza el franco suelo.
Bienhechor generoso, tú desprecias
Los insultos de un pueblo, que pagarte
Con ultrajes tus dones vil intenta,
Sin dél saber tomar otra venganza, 5080
Que el empeñarte más en que florezca
De fortuna colmado; semejante
Al héroe, a quien Dios mismo se eligiera
Por digno confidente, que nutría,
En premio de dicterios y blasfemias, 5085
Al siempre de Israel ingrato pueblo.
«¡Qué escena allí a mis ojos se presenta!
Más bien ¡O Dios! de siervos, que vasallos,
¿Qué pomposa y magnífica caterva,
De rodillas, de un Rey tiembla a la vista, 5090
Y a sus pies humillada le venera?
¡Qué respetos, qué honor, qué adoraciones!
Jamás otro algún Rey, cual este, hubiera
Sus súbditos en Francia acostumbrado
A marcas de homenaje tan extremas. 5095
Yo le veo, cual tú, de fama y gloria
Animado al igual, otra obediencia
Más rígida exigiendo; más temido,
Y menos quizá amado. Si diversas
Mudanzas de fortuna soportando, 5100
Le considero Enrique, de soberbia
Sus excesos repruebo en las felices,
Y su constancia aplaudo en las adversas.
De veinte vastos pueblos la alianza
Y el formidable resto de las fuerzas 5105
Desafiando él solo, si es que en vida
El renombre de Grande se adquiriera,
Aún más grande sin duda ha sido en muerte.
¡O gran siglo de Luis! ¡Época excelsa!
Siglo, que de sus gracias, de sus dones, 5110
Y sus brillantes luces y riquezas,
Sin límites un día colmar debe
Natura liberal. Tú, de las bellas,
De las útiles artes el decoro
Llevarás a la Francia. Con sorpresa, 5115
Sobre ti van a fijarse las miradas
De las edades todas venideras.
Del coro de las Musas el imperio,
A fijar corre en ti su residencia.
El lienzo por do quier se anima y habla, 5120
Y los bronces y mármoles alientan.
¡Cuantos sabios, en cónclaves augustos
Asociando su esfuerzo, en las esferas
Del gran Orbe a estudiar vuelan celestes,
A medir su distancia y masa inmensa, 5125
Y atrayendo la luz entre la noche,
A pesar de sus lóbregas tinieblas,
Con audacia sondar lo más arcano,
Que en su seno escondió naturaleza!
El presuntuoso Error huye a su vista, 5130
Y en pos de la Verdad, dudas los llevan.
    Y tú ¡feliz también hija del Cielo,
Poderosa Harmonía y hechicera,
Arte, que así puliste a Grecia y Roma!
Yo por do quier escucho de tu lengua 5135
Encantadores tonos, soberanos
De nuestro corazón y nuestra oreja.
Vosotros ¡o franceses animosos!
Vencer sabéis, y ledos, de la guerra
Las hazañas cantar. Ya no hay laureles 5140
Que no ciñan de honor las sienes vuestras.
En vuestro feliz clima, nacer veo
De héroes un pueblo vasto. Cuales vuelan
A los combates noto los Borbones.
Al través de mil fuegos, cual penetra, 5145
Miro al fiero Condé, que en lances varios,
El terror y el apoyo se demuestra
De su Rey y señor. De Condé, admiro
Generoso rival al de Turena,
Menos brillante que él, si más prudente, 5150
Y su igual cuando menos en grandeza.
A Catinat contemplo, que unir sabe,
Por un cúmulo raro, a nobles prendas
Del guerrero, del sabio las virtudes.
El compás en la mano, verse deja 5155
Riéndose Vauban, sobre aquel muro
Que su ingenio trazó, de la impotencia
De ese horrísono estruendo con que baten
De bronce rayos cien; y si en la guerra
Invencible, en la Corte desgraciado, 5160
Del Austria y gran Bretaña las potencias,
A un tiempo temblar hace Luxemburgo.
    «Repara allá en Denén, con qué braveza,
Con qué audacia, Villars, el trueno horrible
Disputando a la augusta y altanera 5165
Águila de los Césares, es dueño
Y árbitro de la paz, que tras sí lleva
De la Victoria el carro a las naciones
Y que, con gloria tanta, se presenta
Apoyo de su Rey no menos digno, 5170
Que de Eugenio rival... ¿Qué joven llega,
Qué Príncipe se acerca, en cuyo rostro
Brilla la majestad sin la aspereza,
Y que el honor del solio está mirando
Con ojos de desdén o indiferencia? 5175
¡Cielos! ¿qué noche rápida a mis ojos
Este Príncipe encubre, envuelto deja?
Incesante la muerte, dél en giro,
Sin detenerse un punto revolea.
Él cae al pie del trono, en el momento 5180
De instalarse sobre él. En él observa,
De todos los franceses, hijo mío,
El Príncipe más justo. La clemencia
Algún día del Cielo, de tu sangre
Le hará nacer augusta. ¿Y flor tan bella, 5185
Obra tan digna ¡o Dios! de vuestras manos,
No haréis más que mostrar, para esconderla
De golpe a los mortales? ¡Cuánto un alma
Tan virtuosa, en su bien obrado hubiera!
¡Cuán feliz fuera Francia en su reinado! 5190
¡Cuál su paz, su abundancia y su riqueza!
Él, por sus solas gracias y sus dones,
Llevara de sus días grata cuenta.
Él su pueblo amaría. ¡O día infausto
De alarma y de dolor! A los franceses, 5195
¡Cuántas verter harás lágrimas tiernas,
Cuando en la misma tumba, amontonados,
Hijo, padre, mujer y esposo vean!».
    Sale un vástago débil de las ruinas
De aquel árbol fecundo, que así fuera 5200
Cortado por el pie. De Luis los hijos,
Que al sepulcro veloces descendieran,
Dejaron solamente a nuestra Francia
Un Monarca en la cuna, tan expuesta
Como dulce esperanza de un Estado, 5205
En vacilante y trémula existencia.
Cuida ¡Fleuri prudente! de sus días.
Sobre su tierna infancia atento vela,
Y sus primeros pasos fiel conduce.
Dignamente instituye y aconseja, 5210
De lo más noble y puro de mi sangre,
El precioso depósito, que resta.
Aunque haya Rey nacido, a conocerse
A sí mismo, filósofo, le enseña.
Que aunque hombre, soberano y poderoso, 5215
Hombre es al fin mortal, harás que sepa;
Y que al verse Señor, ame a su Pueblo,
Porque amado también ser dél merezca.
Inspírale, que justo reflexione,
Que no es Rey, ni ha nacido, ni gobierna 5220
Sino para su Pueblo. Y tú, tú ¡o Francia!
La gloria y dignidad cobra primera
Bajo su fausto imperio; y esa noche,
Que de sombras tu luz dejó cubierta
Acaba de romper. A coronarte 5225
Otra vez con decoro y gracia vuelva
La mano de las Artes provechosa,
Que a abandonarte ya se daban priesa.
De su profundo piélago en las grutas,
Se pregunta el Océano y lamenta, 5230
¿Do existen en el día, qué se hicieron
Tus pabellones ¡Francia! que solieran
Flotar sobre estas ondas? Del Euxino,
De la India, y del Nilo y sus riberas
Y sus puntos, te llama allí el comercio, 5235
Y te abre sus tesoros. Guarda, observa
El orden y la paz, y la victoria
No busques con afán. En las querellas
De los reyes, ser árbitro le basta
A tu honor y tu gloria ¡Cuán funesta, 5240
Cuán cara te costó la de haber sido
El espanto y terror de sus Potencias!
    De este Monarca joven en seguida,
Con esplendor un héroe se le ostenta,
A quien la atroz calumnia, allá a lo lejos, 5245
De rabia ardiendo, ladra, y sigue inquieta.
Príncipe blando y fácil, más no débil,
Lleno a un tiempo de genio y de vehemencia,
Amigo con exceso de placeres,
Y no menos también de cosas nuevas; 5250
Del seno del deleite, revolviendo
La redondez inmensa de la Tierra,
Con su diestra política y resortes
Siempre nuevos y fértiles, suspensa,
Dividida la Europa y en paz tiene; 5255
Al paso que a las Artes, que fomenta,
Sus vigilantes ojos convirtiendo,
De gloria, de vigor y de luz llena.
Para todos los cargos y destinos
Nacido felizmente, en sí concentra 5260
Los talentos de todos: de soldado,
De jefe y ciudadano. «Él un Rey no era;
Más con todo, hijo mío, enseña a serlo».
    De una borrasca entonces turbulenta
En medio de relámpagos, de Francia, 5265
A los aires flotando, se despliega
El insigne estandarte. De españoles
Las huestes precediéndole guerreras,
Del Águila germana quebrantaban,
En los de sus Castillas, las cabezas. 5270
Absorto Enrique, exclama: «¡Padre mío!
¿Qué espectáculo nuevo se presenta?».
«Todo cambia ¡hijo mío! le responde.
Todo Enrique a su ocaso, por fin, llega.
Del Muy Alto adoremos y aplaudamos 5275
El arcano saber y providencia.
Del fuerte y poderoso Carlos Quinto
Extinguida la raza, ya la Iberia
Reyes viene a pedirnos de rodillas;
Ya a la España da leyes, ya allí reina 5280
Uno de nuestros nietos. Ya Felipe...».
A tan glorioso objeto, Enrique queda
De júbilo arrobado, y de su mente
Una dulce sorpresa se apodera.
«Mitiga de ese gozo, el Padre dice, 5285
El ímpetu primero, y la grandeza
Teme, hijo mío, aun de tal suceso:
Teme, repito, sí; Madrid acepta,
Del seno de París un dueño aclama;
Más quizá tanto honor, gloria es tan bella, 5290
No poco para entrambos peligrosa.
¡O Reyes de mi casa y sangre regia!
¡O Felipe Borbón! o ¡caros hijos!
¡O España y Francia mía! El Cielo quiera
Podáis vivir unidas. ¿Hasta cuando 5295
¡Políticos funestos! la cruel tea
De las discordias públicas querría
Encender vuestro bárbaro sistema?».
    Dice: y desde el momento, el Héroe nada
Ve más de lo pasado, que una envuelta 5300
Quimérica mixtión de objetos varios
Confusos entre sí. Las puertas cierran
Del templo del Destino; y de los cielos
A sus ojos se eclipsan las esferas.
    Ya con rosada faz la fresca Aurora, 5305
Las puertas en Oriente a abrir empieza
Del palacio del Sol. Su negro velo
La noche va a tender sobre otras tierras.
Los Sueños volteadores y medrosos,
Húyense con las sombras y se alejan. 5310
El Príncipe adormido, en este instante
De su arrobo dulcísimo despierta;
Y en el fondo del alma un nuevo esfuerzo,
Un divinal ardor experimenta.
Inspiraban a todos sus miradas, 5315
Respetuoso terror y reverencia.
Había Dios su frente, de su misma
Majestad sacrosanta con diadema
De esplandecientes rayos coronado;
No de distinto modo que lo hiciera 5320
Con aquel de Israel santo caudillo,
Ilustre vengador, cuando de vuelta
Del tonante Sinaí, donde las tablas
De la Ley del Eterno recibiera,
De tal lleno de luz cercó su rostro, 5325
Que de sus resplandores con la fuerza
Trastornados al verle los hebreos,
Envueltos entre el polvo, sus pies besan,
Sin que mirarle osaran, ni sus ojos,
De su cara el fulgor sufrir pudieran. 5330


FIN DEL CANTO VII


Filigrana.svg
◄ Parte anterior Título de esta parte Parte siguiente ►
Canto VI Canto VII Canto VIII