Abrir menú principal

La Henriada
Canto V
de Voltaire


Argumento: Apriétase vivamente a los sitiados. La Discordia excita a Jacobo Clemente a salir de París, para asesinar al Rey. Llama del profundo de los infiernos al Demonio del Fanatismo, que dirige el parricidio. Sacrificio de los ligados a los espíritus infernales. Enrique III es asesinado. Sentimientos de Enrique IV. Este es reconocido Rey por el Ejército.


Avanzáranse, en tanto, se aprestaran
Las máquinas mortales, que en su seno,
De los tercos rebeldes abrigaban 3015
La fatal perdición; y por do quiera,
Volando el hierro y fuego, que arrojaran
Por bocas cien de bronce, con estruendo
Sus murallas batían y aterraban.
    Ni de los Dez y seis sañosas iras, 3020
Ni la sagaz prudencia, que inspiraba
Al astuto Mayenne, ni de un Pueblo
Con insolencia alzado la arrogancia,
Ni de escándalo llenos los discursos,
Que de la ley Doctores divulgaran, 3025
Otros contra Borbón débiles menos
Menos vanos auxilios ministraban.
A agigantados pasos la victoria
Del Héroe por las huellas se avanzaba.
Sixto, Felipe, y Roma, por su parte, 3030
Hórridos anatemas fulminaran:
Roma, empero, por fin, dichosamente,
De ser terrible al mundo ya dejara.
Ya impotentes sus rayos, en el aire
Con la razón chocando, se exhalaban. 3035
Por otro lado, a un tiempo, la indolencia,
La pesadez maligna y ordinaria
Del vicio castellano, a los sitiados,
Un urgente socorro retardaba.
Errantes sus soldados por el Reino, 3040
Sus ciudades, en tanto, desolaban,
Sin que a París jamás socorro dieran.
El pérfido político esperaba,
Que ya exhausto el Ligado, una conquista
A su brazo ofreciese poco cara. 3045
El peligroso apoyo, el lazo astuto
De su falsa amistad, le preparaba
En vez de un aliado un señor fiero,
Cuando de un furibundo empresa infanda,
Cambiar con mano aleve parecía 3050
La suerte por un tiempo de la Francia.
¡Tranquilos habitantes, que los muros
De la ilustre París hoy circunvalan!
Vosotros, que del Cielo merecisteis
A la predilección, la insigne gracia 3055
De nacer en más prósperas edades,
De perdonarme habréis, si aquí empeñada,
Renovase mi pluma a la memoria,
La historia criminal, do negras llanas
Ocupan vuestros padres seducidos. 3060
De sus atrocidades feas manchas
Sobre vos no recaen, no os denigran.
Todas las cubre al fin, todas las lava
Vuestro leal amor a vuestros Reyes.
    Procreado ha la Iglesia, en eras varias, 3065
Solitarios varones, que reunidos
Bajo severas reglas, se miraban
Cual en todo distintos y arredrados
Del resto de los hombres, y en las aras
Votos solemnizando rigurosos, 3070
Al servicio de Dios se consagraran.
Unos en soledades se sumían,
Gozando de la paz profunda calma.
En su ascética vida inaccesibles
A atractivos del mundo y pompas vanas, 3075
Celosos de un reposo dulce y blando
Que robarles no pueden, de la humana
Mundanal sociedad, que bien pudieran
Útilmente servir, huyen las cargas.
De ellos, otros no pocos, sus funciones 3080
Haciendo de más pública importancia,
De la Iglesia a las cátedras subiendo,
No poco la sirvieran e ilustraran:
Pero bien prontamente, por desdicha,
Embriagados e ilusos con el aura 3085
Que sus talentos captan lisonjeros,
En el siglo esparcidos, sus profanas
Costumbres adquiriendo, no ignoraron
De una sorda ambición arteras ansias,
Y ya de sus intrigas y manejos 3090
Más de un país a veces se quejara.
Así entre los mortales, el abuso
Del más perfecto bien, en desgraciada
Fatal fuente del mal llega a tornarle.
    Los que la vida y regla profesaran 3095
De Domingo en España, largo tiempo
Viéranla florecer, y de la plaza
Más obscura de empleos harto humildes,
A los regios palacios de monarcas
Remontada bien presto la miraron. 3100
No con menos fervor, si limitada
A influencia menor y poderío,
Prosperó con respeto en nuestra Patria,
Asaz bien de los Reyes protegida
Apacible, y al fin afortunada, 3105
Si en su materno seno, por ventura,
Nunca al traidor Clemente cobijara.
    Desde edad juvenil, llevado había
Al retiro, Clemente, en que habitaba,
Los tétricos accesos y fiereza 3110
De una virtud selvaje y arriesgada.
Feble, y crédulo simple, lleno siempre
De devoción frenética e insensata,
Su espíritu sombrío, rudo y triste,
De la facción rebelde y desbordada 3115
El torrente seguía. Sobre joven
Vertiendo tan insano, en abundancia,
La funesta Discordia el cruel veneno
De su boca infernal, tanto le exalta,
Que al pié de los altares prosternado, 3120
Con criminales votos y plegarias,
Cada día más túrbido y ferviente,
Los Cielos importuno fatigaba;
Y aunque cubierto, dicen, y manchado
De polvo y de ceniza, a Dios orara 3125
Un día en esta horrible impía forma.
    «¡Dios, que a tu Iglesia vengas, y las tramas
De opresores castigas y tiranos!
¿Habrá de verse siempre, que abismada
De tus hijos la raza así consientas, 3130
Y de un Rey que te insulta, que te ultraja,
La sacrílega mano armando impura,
El perjurio bendigas por su causa,
Y el bárbaro homicidio favorezcas?
Con dureza ¡Gran Dios! desmesurada, 3135
Los rigores nos prueban de tu azote.
Harto ya nos afligen y maltratan.
Contra tus enemigos levantarte
Dígnate ya Señor. Suspende, aparta
De nosotros la muerte y la miseria. 3140
Líbranos de ese Rey, sobre la Francia
En tu montada cólera arrojado,
Y del airado Cielo el furor calma.
Ven, Señor: y ante ti marchando venga
Del Exterminador la horrenda espada. 3145
Ten clemencia ¡mi Dios! Llega: desciende:
Ármate, y tus centellas inflamadas,
A nuestra vista hieran, quemen, hundan
Su sacrílega hueste. Ambos monarcas,
Sus jefes y soldados, expirando, 3150
Caigan cual hojas leves dispersadas
A discreción del viento; y los valientes
Católicos, que lidian por tu causa,
Salvos de tu justicia y tu clemencia
Por el poder inmenso y virtud santa, 3155
De ese ejército infiel sobre los mismos
Cadáveres sangrientos, de alabanza
Eucarísticos himnos te enderecen».
    Cruzando por los aires, escuchaba
Estos impíos ecos, la Discordia. 3160
Recógelos al punto: entre ellos baja
Del Tártaro a los lóbregos imperios,
De donde la maléfica no tarda
En tornar, conduciendo de ellos todos
Al más cruel azote y atroz plaga. 3165
Llega ya: Fanatismo, horrible nombre,
El tirano diabólico se llama.
Hijo desnaturado de la misma
Religión apacible dulce y mansa,
Armado de ella en pro, su ruina intenta, 3170
Y en su piadoso seno ya lograda
Una incauta acogida, al mismo tiempo
Que en sus brazos la estrecha, la desgarra.
    El fue, quien en Rabá, sobre los bordes
Condujo del Arnón, feroz guiaba 3175
Del desgraciado Ammón los descendientes
Cuando a su Dios Moloc, toda bañada
En lágrimas la madre, del hijuelo
Palpitando ofrecía las entrañas.
El de Jephté dictando el duro voto, 3180
Inhumano llevó la fiera daga
De su hija al corazón. Él mismo ha sido
Quien en Aulida abriendo del cruel Calcas
La despiedada boca, por su acento
De Ifigenia la muerte audaz reclama. 3185
Él, allá en lo sombrío de tus selvas,
Habitó largo tiempo ¡o antigua Galia!
De tus patrios aromas ha incensado
De Teutatés la horrible Deidad vana.
Tú quizá, todavía, no olvidaste 3190
Los sacros homicidios que en las aras
De tus indignos Dioses, frecuentaron
Los sanguinarios Druidas. En voz alta,
Del Capitolio augusto allá en la cumbre,
Herid, a los Gentiles les gritaba, 3195
Desgarrad y acabad a esos Cristianos.
Más luego que abjurando las paganas,
Y del Hijo de Dios la ley siguiendo,
De Roma la cerviz le fue postrada,
Del Capitolio hundido ya en cenizas, 3200
A la triunfante Iglesia veloz pasa,
Y su furor frenético inspirando
En las devotas almas que infectara,
Sus índoles, de mártires piadosas
Cambia en perseguidoras y tiranas. 3205
La secta turbulenta formó en Londres,
Que sobre un Rey imbécil mano armada
Ensangrentar osó; y allá en Lisboa,
No menos que en Madrid, fiero atizaba
Los solemnes braseros, do anualmente 3210
Sacerdotes serenos arrojaran
En magnífica pompa a los hebreos,
En quienes la firmeza castigaban
De no querer jamás de sus mayores
El culto renegar y fe heredada. 3215
    En sus disfraces, de ornamentos sacros
De ministros del cielo se adornaba,
Revestíase siempre: pero adopta
Del Infierno, esta vez, en la morada
De una noche eternal, la forma nueva 3220
Que a su nuevo delito acomodaba.
La Audacia y Artificio, los disfraces
Con oportuno amaño le preparan.
De Guisa, con el talle, toman luego
Los rasgos, que a aquel héroe más marcaban; 3225
De aquel soberbio Guisa, en quien se viera
Del Estado al tirano, y al monarca
De su propio Señor, que en todos tiempos,
Y aun después de su muerte desastrada,
Poderoso y terrible, de la guerra 3230
A los horrores todos y desgracias
Nuestra Francia inducía, y de los suyos
A ambiciosas empresas arrastraba.
De un casco espantador arman su frente,
Y empuñan en su mano lucia espada 3235
Siempre a la muerte pronta. En su costado
Las mortales heridas también graban,
Con que a aquel jefe un día de facciosos
En la ciudad blesense asesinaran;
Y por tales heridas de la sangre, 3240
Que corría abundosa, la voz agria,
Acusar a Valois aún parecía,
Y reclamar sobre él cruda venganza.
    Tal el lúgubre fue ficto aparato,
Con que entre la amapola, que derrama 3245
El dulce y blando sueño, y en el fondo
Del lóbrego retiro de su estancia,
Vino aquel disfrazado horrible espectro
A traer a Clemente su embajada.
De la fe religiosa el celo falso, 3250
Que una encendida cólera inflamaba,
Con la Superstición, su fiel amiga,
Y la inquieta y maléfica Cábala,
Unidos en su guarda de continuo
A Clemente asistían de su estancia 3255
Velándole al cancel, por el que al punto
Al feroz Fanatismo dan entrada.
Llega; y con voz altiva y majestuosa,
«Dios tus votos acepta y tu demanda:
¿Pero acaso, le dice, ni otro culto, 3260
Ni otro incienso al Señor tu fe consagra,
Que un voto estéril y un perpetuo llanto?
Otras ofrendas más, son necesarias
Al Dios que nuestra Liga ampara y sirve.
Él exige de ti, de ti demanda 3265
Lo mismo que le pides. Si allá un tiempo,
Para salvar Judith su nación cara,
Lágrimas solo a Dios, solo clamores
Consagrado le hubiera, si alarmada
Por el mal de su pueblo, por sus días 3270
Temblado a un tiempo hubiese, las murallas
Abatir de Betulia Judith viera.
He aquí, he aquí, Clemente, las hazañas,
Las sagradas empresas cuyo ejemplo,
Cuyo digno valor y ofrenda grata 3275
Debrías imitar... más ya, ya miro
Que te avergüenzas, si, de la tardanza.
Vuela, pues; y tu mano, con la sangre
Salvando del Ungido nuestra Patria,
Vengue Roma, París, a mí, y al mundo. 3280
Por un asesinato vio segada
Mi vida ese Valois. Vengada quede
Por otro golpe igual su aleve saña.
De asesino el vil nombre no te espante.
En ti será, Clemente, virtud clara, 3285
Lo que en Valois fue crimen. A quien venga
La Iglesia, todo es justo. Entonces nada
De malo tiene y cruel el homicidio.
El Cielo lo autoriza ¡qué! lo manda.
Él por mi voz te intima, que tu brazo 3290
Para dar ha elegido en su venganza
Pronta muerte a Valois ¡Cuánta, Jacobo,
Cuánta tu dicha fuera, tu honra cuanta,
Si en seguida o de un golpe al mismo tiempo,
Al tirano pudieses de la Francia 3295
El Navarro juntar; si de ambos Reyes
Tu Religión y Patria viendo salvas,
Te pudiesen!... más no, no son llegados
Esos tiempos aún. Vida más larga
Disfrutar debe Enrique. El Dios, que impío, 3300
Que insolente persigue, reservada
Al brazo de otro tiene tanta gloria.
Tú, de este Dios celoso, que en mí te habla,
El gran designio cumple, y dél recibe
El don que por mi mano te regala». 3305
    Al decir esto, ostenta y vibrar hace
Una daga brillante aquel fantasma,
Que del Averno en aguas por el odio
Fuera al intento bárbaro templada.
Y el don fatal poniendo de Clemente 3310
En la mano feroz, súbito escapa;
Y en la infernal morada se rehunde.
    Del solitario joven deslumbrada
La gran facilidad, depositario
De intereses del Cielo se juzgaba. 3315
Besa el fatal presente con respeto.
De rodillas hincado, sus plegarias
Del Todo-poderoso el brazo imploran,
Y del terrible monstruo que le hablara,
Guiado del furor, con aire y tono 3320
De santificación, se preparaba
Al pérfido y horrendo regicidio.
    ¡A cuanto error sujeto e ilusión vana
Está del hombre el ánimo! Clemente,
En horas y ocasión tan desdichadas, 3325
De la paz disfrutaba más dichosa.
A su espíritu iluso confortaba
Aquella confianza leda y dulce,
Que de los hombres justos en el alma,
Afirman el candor y la inocencia. 3330
Místicamente grave el furor marcha
Del devoto traidor, bajos los ojos.
Su sacrílego voto al Cielo alzaba.
Su sosegada frente, marcas ciñen
De una austera virtud, y la vil daga 3335
Del parricida atroz cubre el cilicio.
Seguros sus amigos de tan alta
Tan celestial empresa, con mil flores,
Que su celo fanático derrama
Bajo sus pies, de aromas perfumando 3340
El camino cubriendo por do pasa,
A las puertas le guían, llenos todos
De la veneración más pía y santa.
Sus designios bendicen: le reaniman:
Instrúyenle, y por fin, su nombre exaltan 3345
Al número de tantos, como Roma
En sus perpetuos fastos consagrara.
De Francia el vengador, en altas voces,
Con furioso entusiasmo le proclaman;
Y ya con incensarios en las manos, 3350
A invocarle propicio se adelantan.
No transportados tanto ni fervientes,
De la muerte solícitos con ansia,
Los primeros cristianos, que de apoyo
De la fe de sus padres se gloriaban, 3355
Allá en más simples tiempos sus hermanos
Con placer al martirio acompañaran,
Y de fin codiciando tan felice
Las celestes dulzuras, de sus plantas
Las venerables huellas tiernamente 3360
Con mil devotas lágrimas besaban.
El iluso, el fanático más ciego,
Ostentar, brillar hizo, veces varias,
Un carácter igual al del cristiano
Más cándido y sincero. De igual gracia, 3365
De igual valor entrambos pruebas dieron.
Tiene el error sus mártires, sus palmas.
Sus héroes tiene el crimen, y sus glorias.
¡Cuán vanos de los hombres, en las causas
Del falso y veraz celo, son los fallos! 3370
A los más grandes hombres se equiparan
Muchas veces los más facinerosos.
    Cual zahorí Mayenne, que las tramas
Descubría más hondas, de la Liga
El maquinado golpe no ignoraba; 3375
Ignorarlo, no obstante, astuto finge.
Su sagaz artificio, que con maña,
Del crimen horroroso asir el fruto,
Más sin comprometerse meditara,
Cauteloso procede, y con misterio, 3380
Deja a los más facciosos, que en el alma
Del joven furibundo aliento inspiren.
    Mientras que de la Liga una vil banda,
Al traidor regicida, hasta las puertas
De París conduciendo, fomentaba, 3385
Los Dez y seis, a un tiempo deslumbrados,
Con sacrílego esfuerzo proyectaran,
De la empresa fatal sobre el suceso
La suerte consultar ¡vana observancia!
Curiosa allá en su tiempo Catalina, 3390
Audazmente buscó la ciencia insana
De arcanos tan odiosos. Cavilosa,
Aprendiera a sabor, y profundara
Un arte tan ridículo y sombrío,
Tan sobrenatural, y veces tantas, 3395
Tan quimérico, y siempre delincuente.
Todo siguió su ejemplo, y desvariada
La imbécil muchedumbre, de los vicios
De las cortes secuaz ciega y esclava,
Por lo maravilloso loca siempre, 3400
Y de la novedad siempre encantada,
A tan torpes pueriles impiedades,
De tropel neciamente se librara.
    Entre lóbregas sombras de la noche,
Bajo una oscura bóveda, llevaba 3405
De la mano el Silencio enderezando
A la Asamblea estólida en su marcha.
Allá al pálido y lúgubre reflejo
De una mágica antorcha, una vil ara
Sobre fúnebre tumba se erigiera, 3410
Do con hondo rencor de ambos monarcas
Los majestuosos bustos colocaron,
De su terror objetos y su saña.
Su sacrílega mano, al mismo tiempo,
Sobre el sórdido altar mezclar osara, 3415
A mil hórridos nombres infernales
El sacro del Eterno, y ordenadas
Sobre aquellas paredes tenebrosas,
Pusiéranse también funestas lanzas,
Cuyas agudas puntas remojaron 3420
De sangre en negros vasos; circunstancia
Del sortilegio horrible amenazante.
De este templo ministro se ostentaba
Uno de esos hebreos, que proscritos
Sobre la tierra ya, sin Rey ni Patria, 3425
Ciudadanos del Orbe, de unos mares
A los otros errantes, transportaran
Su profunda miseria por el Mundo,
Y de un cúmulo antiguo de cábalas
Y de supersticiones harto impías, 3430
Ya tiempo largo había, que infestaban,
Del Universo henchían las naciones.
    De tan vil sacerdote colocada
En contorno, y ardiendo en fieras iras,
La junta de Ligados insensata, 3435
Con destemplados gestos y clamores
El torpe sacrificio comenzara.
Su regicida brazo en sangre tiñen,
Y a herir, sobre el altar, de Valois saltan
Veloces y furiosos el costado. 3440
Si con mayor temor, aún con más rabia,
Derriban a sus pies de Enrique el busto;
Creyendo, que a sus furias fiel, volara
A transmitir la muerte a los dos Reyes,
La herida de su afrenta y de su lanza. 3445
    Junta, en tanto, el hebreo a preces pías
De la Iglesia, sacrílegas plegarias,
Y entre la imprecación y la blasfemia,
Invoca de consuno, con insania,
El Infierno, los Cielos, Dios, sus Santos, 3450
Los inmundos Espíritus, que vagan
Y el Universo turban, de las nubes
El rayo, y del Averno al fin las llamas.
    Tal en Gelboé fue un día el sacrificio
Que a infernales Deidades dedicara 3455
La ilusa y furibunda Pitonisa
De rapto en el momento, en que evocaba
Delante un Rey feroz, el simulacro
De Samuel espantoso. Así tronara
De Samaria un tiempo en las alturas, 3460
De Judá contra el pueblo, voz profana
De los falsos profetas. De igual modo,
Del inflexible Ateyo dura saña,
Allá en Roma, y a nombre de sus Dioses,
Maldiciones de Craso echó a las armas. 3465
A mágicos acentos del judío,
Alcanzar temerarios esperaban
Los Dez y seis, del Cielo la respuesta.
Por tal medio forzarle maquinaran,
A que ya de su suerte el velo alzase. 3470
Para castigo el Cielo de su audacia,
Escucharles queriendo, de natura
El orden y las leyes cesar manda;
Y de aquellas profundas mudas cuevas
Un lúgubre murmullo se levanta. 3475
Redoblados relámpagos, del seno
De noche profundísima abortaran
Día horrible y fugaz, que por momentos
Trémulo renacía y expiraba.
En medio de aquel fuego, y de una llama 3480
De deslumbrante gloria, se aparece
A sus ojos Enrique, de la ufana
Victoria sobre un carro. Su serena
Noble frente laureles coronaban,
Y el cetro de los Reyes en su mano 3485
Majestuosa, magnífico brillaba.
Parten de un trueno súbito centellas,
Que el aire encienden, el altar abrasan,
Y envuelto entre mil llamas, cae y se hunde
De la tierra en el seno. Tiemblan, pasman 3490
Los Dez y seis, absortos y perdidos.
Del hebreo de horror se abisma el alma,
Y a esconder huyen todos en tinieblas,
El crimen y terror, que les acaba.
    Aquel trueno, aquel ruido, y aquel fuego, 3495
Con espanto la pérdida anunciaban
De Valois, infalible. Dios, sus días
Del alto de su trono ya contara.
Lejos dél retirando sus auxilios,
Impaciente la muerte, ya esperaba 3500
Su destinada víctima; y el Cielo,
Por perder a Valois, y en su venganza,
Justiciero permite un alto crimen.
Clemente, sin pavor, a su Real marcha:
Llega a su pabellón: pide su audiencia, 3505
Y entre tanto, el hipócrita propala,
Que a aquel lugar por Dios es conducido,
Donde de la diadema soberana
A restaurar venia sacros fueros,
Y a revelar arcanos, que importaban 3510
Altamente a su Rey. Por largo espacio
Se vacila; le observan; se le indaga;
Un funesto misterio se recela
Bajo su hábito oculto. Sin alarma,
Severo examen sufre. Satisface 3515
Con simple calma a todo; finge; engaña;
Cada cual la verdad ve en sus discursos,
Y a los ojos del Rey, al fin, su guardia
Llega ya sin recelo a presentarle.
    Al devoto traidor, no sobresalta 3520
De regia majestad la faz augusta.
A sus pies su rodilla prosternada,
Con tranquilo y humilde continente,
El punto de su golpe atento marca;
Y la diestra mentira, que su labio 3525
Para empresa tan pérfida ensayara,
Esta insidiosa arenga en aquel trance
A Clemente dictó. «Sufrid, así habla,
¡O Gran Rey! que mi voz tímida y débil,
Al poderoso Dios de las batallas, 3530
Por quien los Reyes reinan, se enderece.
Permitid, que ante todo, aquí humillada
Le ensalce el alma mía por los dones,
De que a colmaros va la mano grata
De su excelsa justicia. De enemigos 3535
Entre el número inmenso, que se alzara
Contra vos, generosos y constantes,
Impávidos, Señor, fe grande os guardan
El virtuoso Potier, con quien ligado
El prudente Villroá se conformaba, 3540
Y Harley, el gran Harley, de cuyo celo
La ardiente intrepidez, la virtud rara,
Fue siempre al pueblo infiel tan formidable.
Todos, del fondo oscuro, en que moraban
De su estrecha prisión entre cadenas, 3545
Los ánimos reúnen: juntan, calman
Todos vuestros vasallos, y confunden
Los de la Liga todos. Miras sabias
De aquel Dios, que, tal vez por humil mano
Llevar se digna al fin empresas altas, 3550
Desdeñando entendidos y potentes,
Hasta el virtuoso Harley guió mi planta;
Y de sus luces lleno, y por un labio
Instruido tan fiel, del celo en alas,
En busca de mi Rey volando llego 3555
A entregaros, Señor, aquesta carta,
Que el presidente Harley a mi leal mano,
Poco ha para vos de fiar acaba».
    A recibirla incauto se apresura
El infeliz Valois, quien por mudanza 3560
Tan rápida, los cielos bendecía.
«¿Cuando podré, le dice, ley, fe tanta
Recompensar, pagar tu buen servicio
De mi justicia a gusto?». A estas palabras,
Los brazos le tendía, en cuyo instante, 3565
Su asesino puñal el monstruo arranca,
Y descargando el golpe, en el costado
Con repentina furia se lo clava.
Sangre arroya; se asombran: corren: gritan:
Mil brazos en un punto se levantan 3570
A castigar del Rey el alevoso,
Quien, sin bajar los ojos, los miraba,
A todos con desden. Del regicidio
Vanaglorioso, y quito con su patria,
De rodillas la muerte aguarda en premio; 3575
Y en la fiel y tranquila seguranza
De ser de Roma y Francia un santo apoyo,
Las puertas del Empíreo ver ya francas
Para acogerle en triunfo, se imagina.
Del martirio a su Dios la ilustre palma 3580
Pidiéndole, al caer, los mismos golpes
De que expira, bendice como gracias.
¡Terrible ceguedad, ilusión fiera,
Digna a un tiempo de lástima y de saña!
De la muerte del Rey menos culpable 3585
Que la turba, tal vez, desaforada
De los sacros Doctores, que enemigos
Tan viles cuanto aleves del monarca,
Por su labio, de máximas funestas
La ponzoña vertiendo sobre el alma 3590
De un iracundo joven solitario,
Dejó su mente débil extraviada.
    Ya al infeliz Valois su final hora
La mortífera herida le cercaba.
Ya anublados sus ojos, solamente 3595
De luz un débil resto divisaban.
De aflicción con suspiros y lamentos,
Sus cortesanos todos le cercaran;
Y aunque en secreto allá por sus designios,
Discordes entre sí, se concertaban 3600
En el lúgubre tono de su llanto;
Y todos, a una voz, ayes exhalan
De dolor, ora falso, ora sincero.
Aquí el uno, a quien dulces esperanzas
De la pronta mejora de destino, 3605
Que un nuevo orden le ofrece, lisonjeaba,
Débilmente en su pecho se afligía
Del peligro mortal de su monarca.
Y allí el otro, que embarga un servil miedo
De arriesgar su interés, solo lloraba 3610
En lugar del monarca, su fortuna.
Entre el rumor confuso de afectadas
O ingenuas erupciones de tal duelo,
¡Vos, Enrique! lloráis; lágrimas sanas
Vertéis del corazón. Vuestro enemigo 3615
Fuera un tiempo, es verdad; más ¿que importaba?
Sensibles corazones, como el vuestro,
En tan horribles puntos de desgracia,
Fácilmente se afectan y enternecen.
No de antiguos agravios se acordaba, 3620
Sino de su amistad el gran Enrique:
Del Héroe generoso las ventajas
En balde con su lástima allí luchan;
Y que un diadema el Rey le traspasaba
Por su muerte, a sí mismo se escondía. 3625
    Por un final esfuerzo, una mirada
De sus lánguidos ya pesados ojos,
Que la muerte a cerrar se apresuraba,
Tiende Valois y clava sobre Enrique;
Y con trémula mano, cuasi helada, 3630
La del Héroe tocando victoriosa,
«Contén lágrimas, dice, pena tanta.
El Universo, amigo, habrá, indignado,
De lamentar la muerte a tu Rey dada.
Tú, combate, ¡Borbón! Véngame, y reina. 3635
Yo muero ¡caro hermano! Entre borrascas,
Sentado ya te dejo sobre escollo,
Que cubierto, aunque altivo, todo se halla
De mis tristes despojos y naufragios.
Ya te espera mi trono. Herencia es clara 3640
De tu sangre, Borbón. Manos le gocen,
Que defendido le han. Nunca olvidada
Dejarás la verdad, de que le cerca
En todo tiempo el rayo. Cuando se alzan
Al trono tus virtudes, a Dios teme, 3645
Que es quien al trono, Enrique, te levanta;
Y del culpable dogma, que aún profesas,
Desengañado, al fin, puedan sus aras
Restablecer tus manos y su culto.
A Dios. Reina felice; y de tu guardia 3650
Ángel más poderoso salvar quiera,
Tus días de otra vil aleve daga.
De la Liga conoces la cruel furia;
Ella el rayo, que a mí de herirme acaba,
Odiosa a nuestro nombre, que algún día 3655
Hasta ti vuele eléctrico, prepara.
Quizá, Enrique, y no tarde, alguna mano
Más injusta, más bárbara, e inhumana...
Virtud tan singular ¡O justo Cielo!
Perdonad, permitid...». A estas palabras, 3660
Sobre su fría frente inexorable
Cae, y su suerte ya fija la Parca.
    De su muerte al estruendo, París todo,
A transportes odiosos se entregara,
De un delincuente júbilo embriagado. 3665
Mil gritos de victoria al aire lanza.
Cesaron los trabajos. De los templos
Las puertas por do quier se observan francas.
Habitantes estólidos, sus frentes
De floridas guirnaldas coronadas, 3670
Al regicidio infame aniversarios
Perpetuos y magníficos consagran.
Borbón, no es ya a sus ojos más que un Héroe
Sin apoyo y poder, por quien estaban
Su ardor solo y su gloria; más ¿podría 3675
Resistir a la Liga ya afirmada,
De la Iglesia al enojo, y sus funestos
Y tremebundos rayos, de la España
Al enemigo auxilio formidable,
Y en fin, del Nuevo-mundo a esa su plata 3680
De mayor poderío y de más fuerza?
Ya guerreros no pocos, que abrigaban
Una infausta política en su pecho,
Más malos ciudadanos, por desgracia,
Que celosos católicos, tapando 3685
De escrúpulos con velo sus privadas
Ambiciosas hipócritas intrigas,
De Enrique el campo dejan, y separan
Del pendón de Calvino sus banderas:
Pero inflamando al resto más honrada 3690
Conciencia y fiel valor, su celo dobla
De sus reyes la justa y noble causa.
Estos a prueba amigos, estos fuertes
Generosos guerreros, que guiara
Ya de muy largo tiempo la Victoria, 3695
Del imperio francés, que vacilaba,
Al legítimo dueño reconocen,
Y el campo todo unido, que probara
La dignidad de Enrique para el cetro,
De Francia, en alta voz, Rey le proclama. 3700
Los Civrís y De Aumonts, bravos caudillos,
Leales caballeros, que acompañan
Los grandes Montmorencis, los Crillones,
Y los Saussis, su fe le dan sagrada
De seguirle del uno al otro polo. 3705
Para el campo más bien que para el aula
Formados sus espíritus, constantes,
A su Dios y su Príncipe fe guardan,
Y al hablar el honor, tras él corrían.
    «Mis amigos, Borbón así les habla, 3710
Vos, los varones sois, cuya fiel mano,
De héroes cien de mi sangre, a mi sien ata
La heredada corona. Eso de Pares,
Esa celeste Ampolla, y esa sacra
Regia inauguración, pompas del trono, 3715
No los derechos son. Sobre una adarga
Vuestros reyes se vieron primitivos,
De vuestros nobles padres la fe santa
Recibir de los pleitos homenajes.
De la Victoria el campo, sea el ara, 3720
Do vuestras justas y triunfantes manos,
A las naciones den dignos monarcas».
    Esto dijo: y bien presto se apresura
El trono a merecer, y fe jurada
Por tan bravos e ilustres campeones, 3725
A su frente marchando a las batallas.


FIN DEL CANTO V


Filigrana.svg
◄ Parte anterior Título de esta parte Parte siguiente ►
Canto IV Canto V Canto VI