La Alpujarra:29

La Alpujarra
Cuarta parte: Capítulo 8
 de Pedro Antonio de Alarcón



- VIII - Asechanza contra Aben-Humeya.- Aparece en escena Aben-Aboo.- Bárbaro tormentoEditar

Había vencido el infierno.

No bien regresó a Órgiva el despechado MARQUÉS, pregonó la cabeza de ABEN-HUMEYA, tasándola en diez mil ducados; y fuese codicia vil de aquella suma, fuese por odio personal al joven caudillo, como ellos dijeron, el caso es que a los pocos días presentáronse a MONDÉJAR un tal Miguel Aben-Zaba, de Valor, y otros parientes suyos, y le hicieron la siguiente confidencia:

Que ABEN-HUMEYA y su tío D. FERNANDO el Zaguer andaban de día por las vecinas sierras de Los Bérchules, en cuyas famosas cuevas, casi inaccesibles, estaban los almacenes de la insurrección, y que por la noche solían bajar a dormir a Valor, a las casas patrimoniales del REYECILLO, o a Mecina de Bombaron, a casa de DIEGO LÓPEZ...

Pero no debo continuar sin deciros antes quién era este personaje.

DIEGO LÓPEZ, primo hermano de ABEN-HUMEYA, y descendiente. como él del mismísimo profeta MAHOMA, era, en la época a que nos referimos y según opinión del grave Hurtado de Mendoza, «un hombre tenido por cuerdo, animoso, de buena palabra, comúnmente respetado, usado al campo, y entretenido más en criar ganados que en el vicio del lugar».- No recuerdo ahora dónde he leído que más parecía negro que blanco; y, por lo demás, de toda su historia se deduce que estaba dotado de gran fortaleza física, y que tendría unos treinta y cinco o cuarenta años cuando lo presentamos en escena.

Entre los moriscos llamábase ABDALÁ ABEN-ABOO.- La Historia lo reservaba el puesto de segundo y último Rey de la rebelada Alpujarra.

Este hombre singular, cuyo fanatismo islamita y cuyo ardor guerrero hemos de ver rayar muy pronto en verdadera fiereza, habíase mostrado hasta entonces como indiferente y neutro en medio de la rebelión que ardía en todo el Reino granadino. Pero es más: refiere Mármol que una mañana que el ejército cristiano marchaba de Cádiar a Ugíjar, acudieron espontáneamente algunos moriscos a someterse al MARQUÉS, y que entre ellos «vino DIEGO LÓPEZ ABEN-ABOO..., y trajo consigo al sacristán de la iglesia de Mecina de Bombaron, donde era vecino, para que certificase al MARQUÉS DE MONDÉJAR cómo había defendido que los Monfís no quemasen la iglesia, y le había tenido escondido a él y a su mujer y hijos en una cueva hasta aquel día, porque no los matasen.- El MARQUÉS holgó mucho con la relación del sacristán, y loó al moro delante de los otros, diciendo que no todos los de la Alpujarra se habían rebelado con su voluntad; y le mandó dar luego una salvaguardia muy favorable para que nadie le enojase, y pudiese reducir todos los vecinos de aquel lugar y de fuera de él que quisiesen venir al servicio de Su Majestad».

¿Por qué había procedido hasta entonces ABEN-ABOO de aquella manera? ¿Cómo seguía, sin embargo, tan respetado y querido de los moros? ¿A quién era traidor? ¿A los defensores de su abuelo MAHOMA, apartándose de ellos para favorecer realmente a los cristianos; o a los cristianos, fingiéndose su amigo para apoderarse y abusar de su confianza en beneficio de la causa del profeta?

Indudablemente a los unos y a los otros. La falsedad y la perfidia estaban en la masa de su sangre: su vida constituye un tejido de felonías, y ¡cosa rara! una vez, una sola, que no fue traidor, costole muy caro, como vamos a ver...; tan caro, que ya renunció para siempre a la virtud, complaciéndose hasta en neutralizar las consecuencias de su único acto de lealtad...

Tal era el hombre cuya casa había sido señalada al MARQUÉS por los espías moriscos como uno de los albergues nocturnos de ABEN-HUMEYA.

La tempestad comenzaba a amontonar sus torvas nubes.



En virtud de aquella confidencia, MONDÉJAR envió una noche a cincuenta soldados, conducidos por los viles delatores, con orden de ir primero a Valor y luego a Mecina de Bombaron, sorprender dichas casas antes de que amaneciese (pues de día podrían juntarse muchos enemigos y ser la operación peligrosa), y traerle muertos o vivos a ABEN-HUMEYA y al ZAGUER.

Partieron los expedicionarios con el mayor sigilo, en medio de las sombras, y treparon a Sierra Nevada...

«No hallaron en Valor el Alto rastro de ABEN-HUMEYA (dice Hurtado de Mendoza); pero en el Bajo oyeron chasquido de jugar a la ballesta, músicas, canto, y regocijo de tanta gente, que no la osando acometer, se tornaron a dar aviso».

Enterado de ello el MARQUÉS, dejó pasar dos o tres días, y al cabo de este tiempo (dice Luis del Mármol) «hizo llamar a los capitanes ÁLVARO FLORES y GASPAR MALDONADO y les mandó que con seiscientos soldados escogidos, llevando consigo las espías, que les habían de mostrar las casas sospechosas, fuesen a los dos lugares, y los cercasen, y procurasen prender aquellos dos caudillos, o matarlos si se defendiesen, y traerle sus cabezas...; advirtiéndoles que lo primero que hiciesen fuese cercar la casa de ABEN-ABOO, donde había más cierta sospecha que estarían»...

Pero a los capitanes les pareció «que si todos juntos llegaban a Mecina, y acasono estaban allí, antes de pasar a Valor, corría peligro de ser avisados. Con este acuerdo, aunque no era bastante razón para pervertir la orden de su Capitán General, repartieron la gente en dos partes, ÁLVARO FLORES fue a dar sobre Valor con cuatrocientos soldados, y GASPAR MALDONADO con los otros doscientos, que para cercar la casa de ABEN-ABOO bastaban, caminó la vuelta de Mecina de Bombaron.

»Sucedió, pues, que aquella noche... ABEN-HUMEYA y el ZAGUER y otro caudillo de aquel lugar, llamado el DALAY, no menos traidor y malo que ellos, acertaron a hallarse en casa de ABEN-ABOO: los cuales, habiendo estado todo el día escondidos en una cueva, en anocheciendo se habían recogido al lugar, como inciertamente y a deshora lo habían hecho otras veces, confiados en que no irían a buscarlos allí, por estar de paces ABEN-ABOO y tener salvaguardia.

»GASPAR MALDONADO llegó lo más encubiertamente que pudo, haciendo que los soldados llevasen las mechas de los arcabuces tapadas, porque con la escuridad de la noche no las devisasen desde lejos: mas no bastó su diligencia, ni el hervor del cuidado que le revolvía en el pecho, para que un inconsiderado soldado dejase de disparar su arcabuz al aire...

»Estaban los moros bien descuidados; la casa llena de mujeres y criados; y la mayor parte de ellos durmiendo...

»El primero que sintió el golpe fue el DALAY, que como más recatado y astuto, estaba con mayor cuidado: el cual, temeroso, sin saber de qué, recordó con gran priesa al ZAGUER; y, corriendo hacia una ventana no muy baja, que respondía a la parte de la sierra, entre sueño y temor se arro jaron por ella, y, maltratados de la caída, se subieron a la sierra antes que los soldados llegasen.

»ABEN-HUMEYA, que dormía acompañado en otro aposento aparte, no fue tan presto avisado; y cuando acudió a la fuga, ya los diligentes soldados cruzaban por debajo de la ventana; por manera que, si se arrojara como los otros, no pudiera dejar de caer en sus manos. Turbado, pues; sin saberse de terminar; dando muchas vueltas por los aposentos de la casa, y acudiendo muchas veces a la ventana, la necesidad le puso delante un remedio que le acrecentó la perdida confianza...

»Había llegado GASPAR MALDONADO a la puerta de la casa, y, viendo que los de dentro dilataban de abrirle, procuraba derribarla, dando grandes golpes en ella con un madero, cuando ABEN-HUMEYA, no hallando cómo poderse guarecer, llegó muy quedo a la puerta, y, poniéndose disimuladamente enhiesto, igualado entre el quicio y la puerta, quitó la tranca que la tenía cerrada, para que con facilidad se pudiese abrir: la cual abierta, los soldados entraron de golpe, y él se quedó arrimado, sin que ninguno advirtiese lo que allí podía haber: tanta priesa llevaban por llegar a buscar los aposentos [...]

»Mientras esto se hacía... ABEN-HUMEYA tuvo lugar de salir de tras de la puerta; y, arrojándose por unos peñascos que caen a la parte baja, se fue, sin que lo sintiesen».



Veamos ahora de referir qué había sido entre tanto de ABEN-ABOO.

MALDONADO y su gente lo hallaron en uno de los aposentos de su casa, y con él a otros diez y siete moros; y, preguntándoles si sabían de ABEN-HUMEYA o del ZAGUER, dijeron que no los habían visto, y que, en cuanto a ellos, estaban reducidos a la obediencia del Rey D. FELIPE, en virtud de la salvaguardia que ABEN-ABOO había recibido del MARQUÉS DE MONDÉJAR.

Y como no pudiese averiguar de ellos otra cosa; conociendo GASPAR MALDONADO que no le decían verdad, hizo dar tormento a ABEN-ABOO, mandándolo colgar... cabeza abajo de la rama de un moral que había a espaldas de su casa.

«Y teniéndole colgado, que sólo se sompesaba con los calcañales de los pies (continúa Mármol); viendo que negaba, llegó a él un airado soldado, y, como por desden, le dio una coz, que le hizo dar un vaivén en vago, y caer de golpe en el suelo [...]

»No debió de ser tan pequeño el dolor, que dejara de hacer perder el sentido a cualquier hombre nacido en otra parte; pero este bárbaro, hijo de aspereza y frialdad indomable, y menospreciador de la muerte, mostrando gran descuido en el semblante, solamente abrió la boca para decir: -¡Por Dios, que el ZAGUER vive y yo muero! -sin querer jamás declarar otra cosa.

»GASPAR MALDONADO dejó a ABEN-ABOO en su casa como por muerto (los soldados se habían ocupado ya en robarla), y se llevó los diez y siete moros presos: con los cuales y con otros que después prendieron en el camino, y más de tres mil y quinientas cabezas de ganado que recogieron de aquellos lugares reducidos (los soldados que habían ido a Valor con ÁLVARO FLORES no habían conseguido otra cosa), se volvieron unos y otros a Órgiva, donde, siendo reprehendidos por su Capitán General, les fue quitada la presa por de contrabando, mandando poner en libertad a los moros que tenían su salvaguardia».



Tal había sido el bochornoso resultado de aquella indigna asechanza, concebida en mal hora por el ilustre MARQUÉS DE MONDÉJAR.

Había triunfado el infierno, como ya dije más atrás; y su triunfo consistía en que tan insigne y generoso guerrero hubiese caído en la tentación de dejar durante algunos días la espada de TENDILLA por el puñal de Vellido Dolfos; en que, aún hecho este sacrificio de honra, el golpe hubiese fallado, quedando vivo y libre ABEN-HUMEYA, el enemigo de Cristo; y en que luego se perpetrase aquel crimen de lesa humanidad en la persona de ABEN-ABOO, convirtiéndolo para en adelante, de un disimulado y tibio auxiliar de los moriscos, en un monstruo sañudo, en un campeón infatigable, en una furia armada, espanto de su raza y de la nuestra, azote de la cristiandad y abominación del género humano.

Sí: ABEN-ABOO, que acaso envidiaba y aborrecía a ABEN-HUMEYA desde que lo vio en el trono; ABEN ABOO, que ignoraba y no podía concebir que el REYECILLO hubiese logrado escaparse de aquella manera tan atrevida y milagrosa; ABEN-ABOO, que habría podido deshacerse de él entregándolo a los cristianos; ABEN-ABOO, que era malo y avieso y traidor por naturaleza, acababa, sin embargo, de ejecutar el primer acto noble y piadoso de su vida, arrostrando una muerte segura por salvar a dos seres que detestaba, o sea por respetar en ellos las sagradas leyes de la hospitalidad...

No la muerte, sino el tormento más infame, había sido la consecuencia de tamaño heroísmo...

Renegó, pues, para siempre del bien, del honor, de la paz y de la dicha, y declarose enemigo irreconciliable de todos sus prójimos, de toda virtud, de toda ley, ¡del mismo Dios! -El infierno había hecho más que triunfar: había encarnado en un hombre: tenía ya un representante en aquella guerra de exterminio.

Siquiera ABEN-HUMEYA, en medio de su iracundia, de su soberbia, de su intemperancia, de todos los vicios que pronto lo asemejaron a Sardanápalo, había procedido hasta entonces, y procedería siempre, impulsado por pasiones activas y positivas, por el afán de vengar a su padre, por ambición de gloria, por sed de mando, por un amor desenfrenado a las mujeres...

Pero detrás de aquella figura, que aún los más fanáticos escritores cristianos nos presentan gallarda, amante, fúlgida, poética (aunque indudablemente peligrosa para la moral), levantábase ya otra figura que parecía como su sombra, como su negación, como su infernal contrasentido; la figura de ABEN-ABOO, animada por el odio, flotando en las tinieblas, ganosa de destrucción y de infortunios.

Resumiendo:

ABEN-ABOO tan luego como estuvo curado, empuñó las armas contra los cristianos, poniéndose para ello a las órdenes de ABEN-HUMEYA; esto es, del hombre que más detestaba en el mundo; pero jurándose al propio tiempo perder y exterminar a este hijo mimado del amor y de la fortuna.

La tempestad relampagueaba sobre la cabeza de los moriscos.


Capítulo 29