La Alpujarra:28

La Alpujarra
Cuarta parte: Capítulo 7
 de Pedro Antonio de Alarcón



- VII - En Murtas.- Una noche a la antigua española.- Catalina de ArroyoEditar

Murtas es la antítesis o reverso de Albuñol.


A Albuñol se le distingue desde muy lejos: a Murtas no se le ve hasta que se está dentro de sus calles.- Albuñol se encuentra en el fondo de una rambla, casi al nivel del mar: Murtas se halla en todo lo alto de su Cerrajón, aunque dominado y abrigado por el morro en que remata la cordillera.- En Albuñol, con estar tan bajo, tuvimos que entrar subiendo: en Murtas, con estar tan alto, entramos por encima de las chimeneas.- En Albuñol era ya verano: en Murtas era rigoroso invierno.- Albuñol es blanco, alegre, risueño, luminoso: Murtas es pardo, grave, tétrico, sombrío.- Allí se huye del sol: aquí se busca la lumbre.- El uno respira voluptuosidad y molicie: el otro esquivez y austeridad.- Aquél recuerda las ciudades del Oriente: éste las poblaciones de Castilla la Vieja.- Albuñol es un pueblo moro: Murtas, un pueblo cristiano.

Todo tiene su poesía especial cuando se principia a ser viejo, y yo se la encuentro muy grande a estos pueblos de tan lúgubre fisonomía, que viven azotados por las inclemencias del cielo, oyendo a todas horas el mugir de los aquilones, ora abrumados de nieve, ora envueltos en la niebla, y donde, sin embargo, o por lo mismo, reina tan íntimo contento en los hogares, es tan amable la vida de familia, están tan excitados todos los afectos, todas las creencias y todos los temores.

En esos pueblos tristes, probados de continuo por el rigor celeste como las almas de los escogidos, reina una gran actividad en las imaginaciones, y la fe en Dios es más viva, el deseo de la gloria eterna más apremiante, y el miedo al demonio, y aún a otros espíritus que no reconoce la Iglesia, tanto mayor, cuanto más justificado se halla. ¿Quién ha de creer en duendes y aparecidos, por ejemplo, en una riente población tendida en verde llanura, entre pájaros y flores, o reclinada frente al azul Mediterráneo, en el perfumado seno de una perpetua primavera? -¿Y quién ha de dejar de sentir todo linaje de terrores allá en la región de las nubes, rodeado de sombras, entre los elementos desencadenados, y sin más consuelo ni refugio contra la hostilidad de la Naturaleza que el amor de la esposa, la piedad de los hijos y las dulces promesas que manan de los labios del señor cura?

Por eso, hace muchos años, hablando de esto mismo, exclamé fervorosamente: «¡Benditas sean las montañas!» Y por eso sin duda aquella noche, la noche de nuestra llegada a Murtas pasamos horas de inefable delicia y de verdadera unción cristiana, muy más sabrosas que cuanto ofrece el Coran a la morisma, sentados al amor de la lumbre, en casa de nuestro respetable huésped y antiguo amigo (el primer caballero que os presenté a la salida de Órgiva), recibiendo merced de su hidalga obsequiosidad y espléndida cortesía, y disfrutando de la grata sociedad de su noble esposa y distinguida hija, émulas suyas en el bondadoso afán con que nos agasajaban.

Sí, señor: en aquella inolvidable casa, de aspecto señoril y solariego; en el carácter serio y cordial de la tertulia que allí se reunió; en lo que, del pueblo habíamos visto; en lo áspero y tempestuoso de la noche; en lo repuesto y clásico de la mesa a que nos sentamos; en las tradicionales complacencias que allí compartimos; en lo que se hablaba, en lo que se callaba, en lo que se sentía, en todo, finalmente, había un sabor tan latino, tan católico, tan español, tan castellano, tan castizo, que acabó por olvidársenos que estábamos en la morisca Alpujarra, y que jamás hubiese habido árabes en la Península, y que hubiera existido en la Meca un impostor llamado MAHOMA...; para no acordarnos más que de condes y obispos, de ricos-homes y ricas-hembras, de catedrales y castillos góticos, de conventos y abadías, de yelmos y lanzas, de gregüescos y gabanes, de ropillas y ferreruelos, de capas y espadas, de casacones y sombreros de tres picos, de morriones y petis, de ponchos y roses...; de España, en fin, limpia de sangre mora ni judía.



Por lo demás, y descendiendo a hechos reales, en mi cartera de viaje encuentro hoy los siguientes datos relativos a Murtas, recogidos aquella tarde, y aquella noche, y otras noches y otras tardes que más adelante pasamos allí:

Murtas es el mayor centro de población del juzgado de Ugíjar, sin exceptuar a la cabeza del partido.

Tiene 3798 habitantes, casi la mitad de ellos domiciliados en los 107 cortijos y caseríos de su jurisdicción, encerrando, por consiguiente, el lugar propiamente dicho unas dos mil almas.

La Santa Cruz, o sea la Cruz de Mayo, es la patrona de Murtas, y el día 3 de dicho mes se la celebra con función de iglesia, toros y bailes.

Murtas es muy rico; sobre todo en vinos y almendras.

Las almendras tienen fama muy merecida en toda la provincia, por lo gordas, finas y dulces, y por lo tierno y delgado de su corteza leñosa.

El vino es excelente, aunque un poco dus, como todo el de aquellas tierras, y se exporta en gran cantidad, ora por el Puerto de la Ragua con destino al Marquesado del Cenet, ora por el Llano del Laujar con destino al río de Almería.

La arriería de Murtas no reconoce rival en toda la Alpujarra, por lo activa y numerosa.- ¡Asombro causa ver las interminables recuas que salen de aquel pueblo o vuelven a él, llevando o trayendo cuanto figura en la vida material de su poblada comarca y de otras circunvecinas!

Pero la principal riqueza de Murtas, y uno de los ramos más importantes de la producción alpujarreña, consiste en la fabricación de aguardiente.

Pierdese la cuenta de los alambiques que hay establecidos en el lugar y sus cercanías... ¡Baste decir que ellos y los del próximo pueblecillo de Mecina Tedel abastecen casi por sí solos de un líquido tan apetecido y solicitado... a la mitad de la provincia de Granada!...

Lo cual no quita que las aguas potables de Murtas sean celebérrimas, y a justo título, por su abundancia, limpidez, exquisito gusto y eficacia digestiva.

Debido acaso a esto, y a lo muy ventilado, a lo demasiado ventilado, de la eminencia que ocupa, es un pueblo sumamente saludable, que produce hombres del tamaño y del temple de los de Homero, aficionadísimos a la caza, si bien con hurón o con reclamo, y muy dados al jamón y a los dulces.

La mayor parte de sus famosos cortijos están abrigados en los pliegues del Cerrajón, con exposición al mediodía. Algunos tienen, pues, honores de quintas de recreo, según lo rodeados que se ven de naranjos, flores y feracísimas huertas, y sirven de habitual morada a familias ricas y de elegantes inclinaciones, que prefieren aquella vida libre y solitaria a la que se llevan en el lugar.

Por señas que el amo de uno de estos cortijos, hombre de felicísimas ocurrencias, cuando se cansa de estar solo, toca una bocina o caracol marino, cuyo son y significado, o sea cuya música y letra, conoce ya toda la comarca.

-Esta noche hay baile en el Cortijo de Los M... -dicen al oír aquella señal los moradores de los más apartados caseríos.

Y todo el mundo se viste de fiesta; prepáranse cabalgaduras, y pocas horas después el Cortijo de Los M... se viene abajo de reales mozas, de arrogantes mancebos y del correspondiente Estado Mayor de padres y madres.

En cuanto al fandango que se baila en Murtas y sus cortijos, supera con mucho al de todos los pueblos inmediatos...

Primero: Por las bellas y complicadas mudanzas que se hacen durante la copla:

Segundo: Porque se baila, acompañándose con castañuelas, cosa rara en aquella región:

Y tercero: Porque la orquesta se compone casi siempre, no sólo de guitarra, bandurria y platillos, como en el resto de aquellas tierras, sino también de violín...

El violín es tan familiar a los murteños como los alemanes del Norte.

Finalmente: las mujeres de Murtas tienen fama de limpias y lujosas, y de no menos esforzadas y dispuestas que los hombres.

Lo que yo puedo asegurar es que abundan las de aspecto varonil, si bien moderado por cierta apasionada languidez, esencialmente femenina, que las hace tan seductoras como imponentes.- Melpómene hubiera podido ser de Murtas, y Medea, y Norma, y Safo, y hasta Doña María Coronel...

Y de Murtas fue la célebre CATALINA DE ARROYO, morisca por todos cuatro costados; pero madre del beneficiado Ocaña; la cual, el día que los Monfíes asesinaron a éste y a los demás cristianos de aquel pueblo, pidió a gritos la muerte, alegando que ella también era cristiana.

Y mujeres fueron asimismo quienes se encargaron entonces de quitarle la vida...

Por cierto que la historia recuerda que cuando la llevaban al lugar de la ejecución (que era el cementerio de la iglesia), CATALINA DE ARROYO «iba rezando la oración del Anima Christi, y murió invocando el dulce nombre de Jesús».

¿Conocéis tragedia más sublime?



Terminada aquella noche la tertulia, a la cual asistieron, entre otras muchas personas, dos respetables sacerdotes, hermano el uno y sobrino el otro de nuestro noble huésped de la arábiga Albuñol (que así están hoy de barajadas las cosas alpujarreñas, ni más ni menos que cuando las moriscas parían allí Beneficiados), hicimos y publicamos el programa del día siguiente, en virtud de cuyo primer artículo todo el mundo tenía que estar a caballo antes de que saliera el sol.

Retirose, pues, en seguida cada cual a su cuarto, a fin de aprovechar las contadas horas destinadas al sueño; pero la crítica situación en que aquella tarde habíamos dejado a ABEN-HUMEYA tenía demasiado excitada mi curiosidad para que pudiese dormirme sin averiguar qué había sido de él.

¿Llevó adelante el MARQUÉS DE MONDÉJAR su menguado propósito de deshacerse del REYECILLO por medio del soborno y de la traición?

¿Lo consiguió efectivamente?

La contestación a estas dos preguntas la leí estando ya en la cama, y no me dejó pegar los ojos en toda la noche; o si los pegué, fue para seguir viendo lo mismo que causara antes mi desvelo.

He aquí lo acontecido.



Capítulo 28