La Alpujarra:24

La Alpujarra
Cuarta parte: Capítulo 3
 de Pedro Antonio de Alarcón



- III - Sesión nocturna.- Noticias de la GuerraEditar

Aquella noche, previa la venia de nuestros huéspedes, nos retiramos temprano a nuestro departamento; pero, en vez de acostarnos, como parecía prudentísimo, habiendo de madrugar al otro día, citamos a cabildo a D. Diego Hurtado de Mendoza, Luis del Mármol Carvajal, Ginés Pérez de Hita y D. Miguel de Lafuente Alcántara, y allí, a puerta cerrada, celebramos con ellos una importantísima sesión, relativa a los sucesos de la Guerra.

He aquí lo que averiguamos.

La cosa marchaba. El fuego de la insurrección se había extendido, como por regueros de pólvora, por todas las serranías meridionales de España, desde Vera hasta Gibraltar, penetrando tierra adentro por la parte de Levante hasta el Marquesado del Cenet y la jurisdicción de Huéscar.

«Los moros (díjonos Pérez de Hita, el valeroso poeta soldado) continuaban haciendo grandes apercibimientos de armas, poblando muchas cuevas seguras Y ásperas (que jamás pudieron ser ganadas) de mucha harina de trigo y cebada, miel y aceite, y de otros diversos mantenimientos, y todo esto para más de seis años. Y ansimismo ponían sus riquezas, sedas, oros, paños, en silos debajo de tierra, y otras partes, para que de los cristianos no pudiesen ser halladas».

Los martirios de cristianos seguían también en toda la tierra levantada, sin que el naciente poder del Rey morisco bastase a tener a raya la ferocidad del execrable FARAG ABEN-FARAG y de sus hordas de Monfíes. Suplicios, torturas, degüellos en masa, sacrilegios inauditos, crueldades mayores que las de Nerón y Diocleciano; nada omitían aquellos monstruos. Comunidades enteras de religiosas habían sido inmoladas entre los tormentos más atroces. Los agustinos de Huécija (por ejemplo) habían perecido todos, unos mutilados, otros quemados, y otros enterrados vivos.

En cuanto al móvil de tamañas iniquidades, no era otro que el fanatismo musulmán, vivo aún y ardiente en aquellas almas, a pesar de los ochenta años que los descendientes de los moros acababan de pasar fingiéndose cristianos.

«Lo primero que hicieron (refirionos a este propósito el iracundo Mármol, que por lo visto no podía olvidar sus ocho años de cautiverio en África) fue apellidar el nombre y seta de Mahoma, declarando ser moros ajenos a la Santa Fe Católica que tantos años había que profesaban ellos y sus padres y abuelos. Era cosa de maravilla ver cuan enseñados estaban todos, chicos y grandes, en la maldita seta».

ABEN-HUMEYA (los cuatro historiadores convenían en ello) había ido sabiendo la mayor parte de estas atrocidades algunos días después de ocurridas, y tratado de refrenar a los Monfíes (como después vimos en Ugíjar y otros puntos); pero, convencido luego de que no podía sujetarlos, y con ánimo de defenderse de ellos al mismo tiempo que las tropas cristianas, acababa de enviar a África a su hermano ABDALLA con un presente de cautivos, pidiendo socorro de hombres y armas al Gobierno de Argel y al Emperador de Marruecos.- «De este modo (observó Pérez de Hita) libraba de paso a aquellos cautivos de la muerte tan segura como inmediata que les amenazaba en poder de los Monfís».

Respecto del campo cristiano, adquirimos también curiosas noticias en nuestra plática con los historiadores.

Ya vimos en la primera parte de este relato cómo el insigne MARQUÉS DE MONDÉJAR, Capitán General de Granada, salió contra los rebeldes con dos mil infantes y cuatrocientos caballos; cómo pasó el cortado Puente de Tablate bajo el fuego y las flechas del enemigo, y cómo socorrió en seguida la renombrada Torre de Órgiva...

Pero lo que no supimos entonces fue que los moriscos habían alcanzado antes una victoria sobre DIEGO DE QUESADA, que mandaba la vanguardia del ejército cristiano, obligándole a retroceder al Padul; y que el mismo MARQUÉS no se atrevió a pasar de Dúrcal hasta que le llegaron grandes refuerzos procedentes de Úbeda y Baeza.- ¡Tan formidable era la insurrección!

MONDÉJAR había avanzado después con toda esta gente, sin darse descanso alguno ni reparar en la crudeza de la estación, desde Órgiva, donde lo dejamos, hasta los confines de Andarax, reduciendo a su paso la Taha de Poqueira, los lugares de Pitres y Jubiles y la entonces ciudad de Ugíjar, todo ello a costa de varias escaramuzas muy sangrientas, reñidas desde el 10 al 18 de enero, pero sin conseguir habérselas de un modo formal con el grueso del ejército rebelde.- ABEN-HUMEYA, fiel a la tradición de los guerrilleros españoles, empezando por VIRIATO y concluyendo por ABDALÁ EL ZAGAL, se había propuesto desde luego, como plan de campaña, evitar los grandes encuentros y multiplicar las emboscadas y sorpresas, por medio de un continuo movimiento de partidas.

Así las cosas, había acontecido en Jubiles este trágico episodio, digno ciertamente de la apasionada fantasía de Lord Byron. A la llegada de MONDÉJAR, los trescientos moriscos sin armas y las mil trescientas mujeres que allí habían quedado (pues toda la gente de combate se había ido con ABEN-HUMEYA) rindieron el castillo y se entregaron prisioneros. El MARQUÉS dispuso que aquellos cautivos fueran muy vigilados, y, no cabiendo todos en la iglesia y casas principales, ocupadas por sus tropas, mandó que unas mil mujeres acampasen fuera del lugar, cercadas por un cordón de centinelas...

Pero oigamos a Mármol, que fue el que nos refirió el hecho con más pormenores:

«Sería como media noche (dijo), cuando un mal considerado soldado quiso sacar de entre las otras moras una moza: la mora resistía, y él le tiraba reciamente del brazo para llevarla por fuerza, no le habiendo aprovechado palabras; cuando un moro mancebo, que en hábito de mujer la había siempre acompañado (fuese su hermano, o su esposo, u otro bien queriente), levantándose en pie, se fue para el soldado y con una almarada que llevaba escondida le acometió animosamente, y con tanta determinación, que, no solamente la moza, mas aun la espada le quitó de las manos, y le dio dos heridas con ella, y, ofreciéndose al sacrificio de la muerte, comenzó a hacer armas contra otros, que cargaron luego sobre él.

»Apellidose el campo, diciendo, que había moros armados entre las mujeres, y creció la gente que acudía de todos los cuarteles con tanta confusión, que ninguno sabía dónde le llamaban las voces, ni se entendían, ni veían por dónde habían de ir con la oscuridad de la noche.- Donde el airado mancebo andaba, acudieron más soldados; y allí fue el principio de la crueldad: haciendo malvadas muertes por sus manos, y, ejecutando sus espadas en las débiles y flacas mujeres, mataron en un instante cuantas hallaron fuera de la iglesia...

»Hubo muchos soldados heridos, los más que se herían unos a otros, entendiendo los que venían de fuera que los que martillaban con las espadas eran moros, porque solamente les alumbraba el centellear del acero y el relampaguear de la pólvora de los arcabuces... Duró la mortandad hasta que, siendo de día, los mesmos soldados se apaciguaron, no hallando más sangre que derramar (los que no se podían ver hartos de ella) y conociendo otros el yerro grande que se había hecho».

Este yerro era mucho mayor de lo que ellos podían imaginarse. Precisamente aquellos días, el MARQUÉS DE MONDÉJAR (abundando en el espíritu conciliador y benévolo que su abuelo el CONDE DE TENDILLA mostró siempre a los vencidos mahometanos) andaba en tratos y negociaciones con algunos moriscos de importancia, a fin de llegar a un acomodamiento pacífico, sobre la base de que los alzados se sometiesen al Rey D. FELIPE II y el Rey D. FELIPE II a las Capitulaciones pactadas entre los REYES CATÓLICOS y BOABDIL. Apresurose, pues, MONDÉJAR, no bien ocurrió la catástrofe de Jubiles, a castigar con pena de horca a los soldados que parecieron más culpables y dar Cartas de Salvaguardia a todos los alpujarreños de origen moro que se hubiesen rendido sin pelear, logrando, al fin, ponerse, en comunicación epistolar con ABEN-HUMEYA. Pero, por más cartas que le dirigió a éste su pariente, y amigo D. ALONSO DE GRANADA VENEGAS (quien, a pesar de ser nieto del famoso príncipe CID-HIAYA, seguía fiel a su Majestad y militaba contra los moriscos a las órdenes del MARQUÉS), no se consiguió cosa alguna; pues ABEN-HUMEYA (díjonos Lafuente Alcántara) «rehusó rendirse, -después de tanta sangre vertida, -y se obstinó en aventurar su fortuna a la suerte de las armas».

Semejante determinación era tanto más audaz de parte del joven agareno, cuanto que no tenía que habérselas ya solamente con el ejército de MONDÉJAR.- El célebre D. LUIS FAJARDO, MARQUÉS DE LOS VÉLEZ, sin esperar la orden de su Majestad, y «ateniéndose (según la curialesca observación de Mármol) a lo que dice la Ley 3.ª, Título 19, Partida 2.ª, que deben hacer los vasallos por sus Reyes en caso de rebelión»; sabedor de que los moriscos del río Almanzora estaban en armas, había reunido gente por su cuenta y por la de sus deudos y amigos, entrado a sangre y fuego en territorio de Almería, sembrado el terror en los rebeldes, y pacificado a su juicio todos aquellos pueblos; con lo que ya se encontraba a las puertas mismas de la Alpujarra por el lado de Levante, ganoso de penetrar en ella y de enseñar (decían sus soldados) al de MONDÉJAR cómo se debía tratar a los sectarios de MAHOMA.

Habían, pues, estallado entre ambos MARQUESES aquellos celos, emulación y rencillas (tradicionales entre sus respectivos antepasados) que habían de hacer preciso a la postre el que FELIPE II enviase a su propio hermano D. JUAN DE AUSTRIA a poner paz entre los partidarios de uno y otro guerrero, y término a la Rebelión de los moriscos.

Por cierto que ya se nos había alcanzado a nosotros algo, y aún algos, acerca de tales desavenencias al ver cómo se producían dos de los historiadores allí presentes...

Y es que el uno de ellos (D. Diego Hurtado de Mendoza) era tío carnal del de MONDÉJAR, mientras que el otro (Ginés Pérez de Hita) era soldado y cronista del de los VÉLEZ; y aunque el noble D. Diego, en virtud de su carácter austero e inquebrantable energía, llegaba a veces hasta maltratar a su propio sobrino, siempre se echaba de ver en el lenguaje de ambos un fondo de irritación y apasionamiento.

Como quiera que fuese, a la fecha de las últimas noticias que leímos aquella noche, la situación de ABEN-HUMEYA y de su improvisado ejército antes resultaba ventajosa que desfavorable; pues, con el buen acuerdo que tuvo el Caudillo ismaelita de contramarchar a Poniente por la Contraviesa en tanto que MONDÉJAR marchaba a Levante por Sierra Nevada, había vuelto a hacerse dueño del Puente de Tablate y de casi todo el resto del Valle de Lecrín, dejando así incomunicado con Granada al ejército cristiano.

Por eso, sin duda, el malogrado Lafuente Alcántara, apreciando imparcialmente el verdadero estado de las cosas, nos decía, sin ambages ni rodeos, que «el desaliento y la confusión reinaban en Granada con el Levantamiento de los moriscos y la audacia y energía de ABEN-HUMEYA», y que «hasta los más acérrimos partidarios de medidas severas mostrábanse va arrepentidos de haber provocado tantas desgracias y una Guerra tan cruel».



A todo esto, era ya muy tarde y nos caíamos de sueño.

Levantamos, pues, la sesión, no sin asegurarnos antes de que los cuatro historiadores continuarían teniéndonos al corriente de todas las vicisitudes de la comenzada Guerra: dímosles y nos dimos las buenas noches; y nos acostamos con la cabeza llena de fantasmas de cronistas difuntos, entre los cuales el que más agitó mi sueño fue el adusto espectro de D. Diego Hurtado de Mendoza, de aquel «hombre de grande estatura y feo de rostro» que tan magistralmente nos retrata el Comendador de León, Don Baltasar de Zúñiga.



Capítulo 24