Infanticida: 4

Infanticida
Capítulo IV​
 de Joaquín Dicenta


Fueron de encantamiento para Hortensia los días siguientes a la entrega total que hizo de su cuerpo y de su alma. Las promesas del marqués, encaminadas a jurarle pronto y amoroso retiro en un ignorado lugar, donde vivirían siempre, siempre, adorándose, lejos de la gente y sus murmuraciones, alejaban de ella los temores que pudiera sentir por el enojo de sus padres y por las censuras del mundo.

¿Temores? ¿Por qué y a qué tenerlos? ¿No estaba allí su Juan, para hacer frente a todos? Los brazos que con tanto amor la sabían acariciar, con bravura sabrían defenderla. ¿Sus padres? ¡Qué remedio!... Le amaba. No fue culpa de ella si otra mujer, unida legalmente a su Juan, tras de herir a éste, le impedía casarse con la que, en leyes de verdad y justicia, era su verdadera esposa y como a tal se le habla entregado. ¿El mundo? Lejos de él, oculta de él y libre de sus juicios, iba a hallarse muy pronto en compañía del queredor.

¿A qué, temblar, y dudar, y temer entonces? Mientras Juan fuera suyo, mientras Juan no la abandonara, por nada y por nadie debía ella sentir arredros. No la abandonaría nunca. Se lo había jurado. Aun el juramento sobraba. ¿Qué prenda de seguridad comparable al cariño de los dos? Luego él, tan leal, tan caballeroso, tan noble!... Ofensa grave constituía ponerle en entredicho.

-¡Perdóname!, ¡perdóname! -exclamaba Hortensia algunas veces, apretándose contra el corazón de su amante-. Esta noche, a mis solas, durante esos minutos en que, ya entre dormido el cuerpo, voluntad y juicio se pierden, he dudado de ti. ¿Verdad que me perdonas?

El marqués sonreía, y murmuraba entre dos caricias:

-¡Niña, más que niña!... ¿Es que no me conoces?... Déjate de recelos. Tu Juan está junto a su Hortensia. No habrá quien la dañe, mientras junto a ella esté.

Fueron así pasando días, semanas y meses sin que disminuyeran la pasión de los amantes, la confianza de los Urdas y los letargos de la buena doña Jesusa.

Cierta noche, a solas en su alcoba, cuando, ya desnuda, a punto de meterse en la cama, recogía frente a un espejo su cabellera rubia, sintió Hortensia una sacudida, un sordo estremecimiento en su vientre: era el hijo.

La joven palideció hasta quedar lívida; sus grandes ojos se abrieron estupefactos enfrente del cristal; sus labios temblaron; su cuerpo, apenas encubierto por la camisa, erizó las sedas del cutis. Inmóvil, comprimiendo la respiración, permaneció algunos segundos. Otra sacudida de la entraña le dio certidumbre del hecho. Ya no era posible dudar: el hijo estaba allí, saludando a la engendradora con el latido primero de su sangre, presentándose, denunciándose a ella, poniéndose bajo el amparo y la fianza de su amor.

La palidez de Hortensia convirtióse en rubor, en oleada bermeja que empurpuró su rostro y se extendió por toda su carne como un brochazo color rosa. ¡Su hijo! ¡Un hijo de los dos!...

Una sonrisa entreabrió los labios de la hembra; dos lágrimas, luego de esmaltar, sus pestañas, descendieron por los carrillos y resbalaron por la garganta para evaporarse en los pechos, cuyos encendidos botones abriría la maternidad. Andando de espaldas, sin apartar del espejo las pupilas azules, retrocedió la joven hasta tropezar con el lecho. En él se arrojó sollozando, hundiendo en los almohadones el rostro, dejando a su cabellera caer suelta, ondulante, al largo de la espalda, como un velo ritual.

Quedó, muy quedó, apoyándose en su hombro, tapándole con las manos los ojos para no ser mirada de él, poniendo la boca en su oído, se lo dijo en el cenador donde Juan la hizo suya, donde Hortensia cayó en sus brazos.

Sin dejarla casi concluir, don Juan Crisóstomo, el noble marqués de Pedrañera, separó bruscamente las manos de la joven, esquivó a su confesión el oído, y murmurando: «¡Un hijo!», apretó los puños mientras su faz se contraía y el borgoñón mostacho se erizaba contra su boca.

-¡Un hijo, sí!... ¡Nuestro hijo! -interrumpió la madre-. ¡Si vieras! Anoche, al sentirlo, al escuchar dentro de mí su primer sacudida, gozo y espanto se mezclaron en mi alma. ¿Sabes por qué el espanto, Juan? Por temor a mis padres, a mi familia, al mundo. A mis padres que me maldecirían, que me arrojarían de este hogar, que me matarían acaso; al mundo que me haría víctima de su desprecio, de su encono... ¡Fue un instante de horrible angustia!.. Pero a seguida pensé en ti y ya todo fue gozo; contigo a mi lado ¿a qué espantos? ¿A qué temores? A mi lado estás para hacer la felicidad de los dos. Por eso hablo tranquila y son de alegría mis lágrimas, por eso siguen sonriendo estos labios a quienes enseñaron los tuyos a dar besos de amor. Él, tú y yo. ¿Quién más hace falta encima de la tierra? ¿Verdad Juan, que nadie?

-Verdad, mujer, verdad. Y ahora, sosiégate. Sobre todo, reserva; muchísima reserva, hasta que determine yo.

No tardó mucho en determinar el ilustre marqués de Pedrañera, el noble don Juan Crisóstomo del Valle, el calderoniano vengador de su honra, el espejo de hidalgos, que mientras un gran artista pudría tierra a golpe de su acero y una mujer, y tres chiquillos vivían en retiro por pragmática de su buen nombre, secuestraba doncellas y obtenía en la corte título de caballero sin mancilla y sin tacha.

Su resolución fue tan fácil como inmediata: hacer la maleta, embarcar para el extranjero y dejar a Hortensia y a la criatura de Hortensia abandonadas a su destino. Otra más a la cuenta y a seguir luciendo por el mundo su apostura gallarda. Así como así, el mundo es ancho.


Capítulo IV