Infanticida: 3

Infanticida
Capítulo III​
 de Joaquín Dicenta


Doña Bibiana, entregada a sus devociones, pasaba fuera del domicilio un mucho de las tardes; enteras don Antonio, que al ajedrez las dedicaba en el Casino; y casi enteras el mayor de los Urdas, que entre oficina y visiteos oficiales dejaba llegar la hora de comer.

Ausente en la guerra el Urda militante, y el fraile en tierra de misiones, bien se puede decir que Hortensia quedaba sola en el hogar, siquiera la acompañase doña Jesusa, una parienta pobre, que dedicada a cuidarlo todo, nada cuidaba como no fuera el sueño que en cualquier sillón, diván o cama la cogía. Era sueño de estatua el suyo. Cuando se adueñaba de la buena señora, ni a cañonazos abría ésta los ojos. Creyérasela muerta a no ser por el trompetazo de sus ronquidos.

De raro en raro a los comienzos de su estancia en Madrid, más frecuentemente después, presentábase al caer la tarde, Pedrañera en casa de los Urda. Hacíalo al principio casi coincidiendo con el retorno de la beata. Minutos de adelanto no más solía llevar a ésta. Tales minutos los empleaba en diálogos cortados e insignificantes con Hortensia. Mayores eran las pausas que los diálogos. Durante aquéllas humedecíanse los ojos del marqués para ponerse sobre la joven; suspiros acompañaban el empañamiento de los ojos y un desesperanzado gesto crispaba la boca haciendo temblar las guías de los borgoñones mostachos.

Caídos los párpados, ruborosa la faz, trémulo el aliento, recogía Hortensia las miradas y los suspiros de don Juan Crisóstomo. La tristeza de éste se adueñaba del espíritu de la doncella llevándola hacia él por impulsos de noble compasión y de acendrada simpatía. En sus entresueños compartía la compasión doña Jesusa; y toda la familia de Hortensia durante las veladas, en que era el marqués obligado tertulio.

No había noche, luego de partir Pedrañera, en que no se dedicara buen espacio de tiempo al comentario de sus malas andanzas y a elogiar la nobleza de su carácter, las excelencias de su trato, su desengañada altivez, que le traía apartado del vivir de las gentes, para hacer única excepción en aquella familia.

Ceñido por esta aureola, que el afecto de los Urda enlucía a diario, mostrábase don Juan Crisóstomo ante las pupilas de Hortensia, primero que el sueño las entoldara con sus manos de niebla, y, aun después de entornadas, seguía mirándole por entre las nieblas del sueño.

Aparecíasele entonces el marqués como figura legendaria, como imagen de épocas fenecidas, como ser de leyenda que a ella venía en traje de caballero andante para arrodillarse a sus pies y suplicarle, con las lágrimas en los ojos, los sollozos en la garganta y la reverencia en el alma, que le acudiese en su desdicha y fuera ángel redentor de sus desengaños. Ella, en sueños, naturalmente, llegábase hasta el caballero de los ojos claros y los borgoñones bigotes; alzábale de tierra; alegraba su dolor con una sonrisa y, juntos los dos, encaminábanse hacia jardín de vegetaciones exóticas, para ocupar un trono endoselado por cortinas de tenue azul, las cuales iban sobre ellos espesándose, hasta ocultarlos, hasta hacerlos desaparecer bajo una nube que subía y subía en dirección del infinito, acompañada por el canto de los pájaros y los besos del aire.

Dé estos sueños despertaba Hortensia quebrantada, sin voluntad, esclava de sus nocturnales visiones, repugnando todas las horas de su día, salvo aquellas pasadas cerca del marqués.

¡Ay, que no duraran más los breves minutos en que Pedrañera, a solas con la joven, la miraba en silencio con sus ojos llenos de tristeza, y enviaba a ella el eco de sus largos suspiros! ¡Ojalá que los minutos en siglos se cambiaran! ¡Ojalá que los sueños de la doncella no hubiesen despertar!...

De alargar los minutos de sus estancias en la casa, con Hortensia y doña Jesusa, cuidábase el marqués, adelantando poco a poco y como al distraído, sus arribos. De aportar materiales para los sueños de la niña, cuidábase también en sus parrafeos y en las pausas que abría entre un párrafo y otro.

A la media hora, y aun a los tres cuartos, subían los adelantos hechos por el marqués en sus visitas, al retorno de doña Bibiana y el reingreso de don Antonio y de Francisco. En el gabinete inmediato al jardín aguardábales con Hortensia y con doña Jesusa que, desplomada contra un butacón, daba al espacio la música de sus ronquidos.

No a mal, a bien, y mucho, tomaban los Urda la presencia y las asiduidades del noble Pedrañera. Como de la familia era éste. Podía entrar y salir a su gusto en la casa. ¡Sirviérale ella de oasis en el desierto de su pena, y Dios hiciera que entre todos fueran devolviendo calma y alegría a aquel atormentado espíritu! A querer el prócer, le hubiesen puesto habitación en el hotel. Por su edad y por su estado, según ellos, no podía ser objeto de murmuraciones y hablillas.

No llegó Pedrañera a aceptar lo del convivir con los Urda; pero sí apretó los lazos de su intimidad, siendo muchos los días en que se quedaba a comer con ellos, y todas las noches, durante las cuales y hasta mediar ellas, permanecía en su compaña jugando al tresillo con Francisco, con don Antonio y con un señor de la vecindad, ensalzando las religiosidades de doña Bibiana y distrayéndose en las jugadas para recrearse con la contemplación de Hortensia, que frontera a él bordaba en seda y oro un manto, ofrecido por su madre a la Virgen.

Cuando el marqués terminaba de dar las cartas y jugaban los otros, solía acercarse a la joven para ver de cerca los progresos de su obra. Algunas veces, al inclinarse sobre el bastidor, rozaba con sus retorcidos bigotes aquel pelo rubio que, como otra madeja de oro, se desovillaba sobre una nuca competidora de los nácares.

En sus diálogos solitarios hablaba el marqués con Hortensia de su felicidad perdida, de su desventura presente, del hogar dichoso, que hubiera sabido conservar de por vida, a tropezarse con una mujer digna de comprender su amor y de honrar su nombre.

-¡Qué existencia comparable a la suya y a la de la esposa, objeto de su amor en el hogar aquel!... Su compañera, el alma de su alma, la elegida de su corazón, rodeada de atenciones, de comodidades, de caricias, reverenciada como una imagen, adorada como una diosa. Todas las horas de él, dedicándose a labrar la ventura de ella, todas las de ella, a realizar la dicha de él. El mundo abriéndose ante los dos como un paraíso del cual pasarían al de la eternidad sin darse cuenta, como quien va de una flor a otra en hermoso jardín. He aquí el porvenir con que soñaba él cuando era libre, cuando no había entregado a nadie su persona y su nombre. Ahora...

Tras éste ahora venían la pausa melancólica, el enmatecimiento de los ojos, el entrecortado suspiro, el silencio elocuente, más elocuente a veces por un dulce apretón que daban, en la blanca y fina de Hortensia, las manos del marqués. Hortensia, sin voluntad para retirarla, dejaba su mano entregada a aquella caricia. Una vez el prócer alzó lentamente la manecita virginal hasta la altura de sus labios y la rozó con ellos, sin que el beso llegara a ser. De pronto la soltó y se alejó del gabinete, en fuga, reprimiendo sollozos.

Y pasaron los días y vinieron los de la sensual primavera; y fue en un cálido atardecer de Mayo, cuando, tras una pausa más larga que todas las hechas en sus diálogos anteriores, las manos de Pedrañera, cogieron nuevamente por la muñeca los brazos de la joven. Temblaba ésta como las hojas en los árboles al impulso del viento.

El marqués la atrajo hacia sí, hasta levantarla de su asiento, hasta ponerla, en pie, frente a él, cerca, muy cerca de él. Una de sus manos, desprendiéndose del brazo de la joven, rodeó su cintura, ciñó a la hembra contra la carne del varón, la empujó lentamente, mimosamente, camino del jardín, y la hizo caer sobre el banco de un cenador, que tupidas y altas madreselvas trocaban en cámara nupcial. Sonó el beso ardiente, húmedo, repretado. Hortensia, desvanecida, en éxtasis, desplomó su cabeza contra el hombro de Pedrañera, perdido el concepto de la realidad, creyendo ascender por la atmósfera envuelta en una espesa nube azul. La acompañaban en su deleitoso viaje el trino de los ruiseñores y los cuchicheos amorosos del céfiro...

Doña Jesusa cabeceaba en el gabinete, sobre un ancho sillón de mimbres.


Capítulo III