Granada la bella: 07

Granada la bella de Ángel Ganivet


- VII -Editar

Nuestro arteEditar


Una cosa es tener artistas y otra tener arte. En Granada suele creerse, con la mejor intención, que son artistas granadinos cuantos artistas han nacido en nuestra ciudad o en su provincia. Una partida de nacimiento resuelve de plano la cuestión. Al contribuir una ciudad al desarrollo artístico de la nación de que forma parte, hay, sin embargo, que ver si lo que da son hombres o artistas; porque hombres en todas partes se crían, mientras que entendimientos modelados ya y con el temple necesario para las altas concepciones, salen de muy pocas. La ciudad tiene funciones políticas y administrativas que todo el mundo conoce; pero tiene también otra misión más importante, porque toca a lo ideal, que es la de iniciar a sus hombres en el secreto de su propio espíritu, si es que tiene espíritu. Cuando yo hablo, pues, de arte granadino, no es para oponerlo ridículamente al arte español, ni para separarlo siquiera, sino para señalar el matiz que en éste representamos y para fijar mejor el carácter de nuestra ciudad. No tengo fe en un arte exclusivamente local, ni tampoco en los artistas que se forman en el aire. Un hombre, hasta cierto tiempo, necesita nutrirse «en su tierra», como las plantas; pero después no debe encerrarse en la contemplación de la vida local, porque entonces cuanto cree quedará aprisionado en un círculo tan estrecho como su contemplación.

No es esto decir que un arte demasiado general y un arte exclusivamente local sean inútiles: inútil no hay nada en el mundo. El arte local sirve para formar núcleos; muchos grandes no serían grandes sin el calor que les prestaron los pequeños; si algún artista genial quisiera iniciarnos con franqueza en el misterio de la evolución de su espíritu, sabríamos que el primer arranque, la primera llamarada, los sintió viendo un cuadro, leyendo una poesía, oyendo una composición musical, que eran muy malos en el fondo o muy pobres por la forma, pero que contenían eso que yo he llamado el espíritu de una ciudad, o de un país. Después de todo, nuestro espíritu es muy pequeño, y solos no podríamos casi nada. ¿Quién sabe si los genios no son más que grandes «ladrones de espíritu», seres afortunados que por azar se han puesto en un sitio donde soplaba el alma invisible, y han servido de conductores de las corrientes espirituales que brotaban de ese alma, que es el alma común de los humildes? Así hay también genios de la guerra a costa de la sangre de los que pelean, y hombres cargados de millones a costa del sudor de los que trabajan.

Por el contrario, un arte demasiado general, esto es, un arte abstracto, de gabinete, formado entre libros y modelos, es un regulador sin el cual se caería bien pronto en el amaneramiento. Entre esas dos fuerzas, la una que empuja hacia arriba y la otra que abate los ánimos del que intenta ser demasiado original, queda espacio bastante para que los más grandes hombres se muevan con soltura; y si alguno es tan fuerte que rompe y agranda los moldes, tanto mejor.

Más bien que de arte, de lo que yo trato aquí es de tendencias artísticas. Ni es fácil, ni viene a cuento sintetizar la historia de nuestro arte: para eso están los libros; pero es importante conocer cuál, entre varias direcciones, es la mejor, para economizar fuerzas. Así, por ejemplo, hemos tenido nuestro grupo de clásicos y nuestro grupo de románticos, y no falta quien haya creído estar en lo firme cultivando la poesía oriental. Entre esos tanteos se ha perdido gran parte de nuestra energía, sin llegar a nada grande y definitivo. Los que siguieron las corrientes venidas de fuera, tuvieron que violentar su natural para adaptarse; y los que se remontaron al orientalismo, en vez de dar un paso adelante dieron un salto atrás. Los que, afanosos de originalidad, se rebelan contra el espíritu que en su tiempo y en su medio domina, se cortan a sí mismos las alas, por lo ya dicho de que lo mejor no lo hacemos nosotros, sino que lo encontramos hecho ya.

El arte oriental no puede ser granadino, porque nosotros no somos orientales; lo arábigo se hizo místico, y un arte exclusivamente descriptivo, sensual, por muy brillante y suntuoso que sea, no nos satisface. El artista español que por su temperamento se acercó más a lo arábigo y sufrió con más intensidad la influencia de nuestro ambiente, Fortuny, no se limitó a recoger formas exteriores, sino que las vivificó con un fondo psicológico que él con su arte personal les infundía. Zorrilla fue más lejos, y en su poema oriental de Granada concibió la estupenda idea, no realizada del todo, de la metamorfosis de Alhamar. A los que no ven en el gran poema más que un alarde de fantasía al modo arábigo, les ruego que se fijen en el «pensamiento oculto» del poeta. A primera vista, resalta el intento de fundir en una sola las dos epopeyas cristiana y africana, y más adentro se encuentra la labor de fusión metafísica y religiosa de los tenaces y esforzados caballeros que tan bravamente lucharon siglo tras siglo. Y si llegamos a nuestro gran Alarcón, que ya no es un artista influido por nosotros, sino formado entre nosotros desde los pies hasta la cabeza, vemos en él creados por su esfuerzo personal exclusivo los mismos modelos de lo que debe ser nuestro arte: El sombrero de tres picos es un estudio psicológico bordado en un cuadro de la naturaleza, y La Alpujarra es un poema natural y religioso, que será una epopeya en prosa cuando los españoles olviden escribir el castellano, esto es, muy pronto.

El mismo punto de vista nos descubre la diferencia que existe entre el arte granadino y nuestro arte general, el matiz que lo distingue dentro del arte español. El arte español es místico en sus inspiraciones más altas, y aun en aquellas formas del arte que menos se prestan al misticismo ha hallado medio de subir hasta él: en las cartas familiares, en el teatro -donde hay géneros puramente místicos, como los autos sacramentales-, en la novela. De la música, de la pintura, de la arquitectura, no hay siquiera que hablar; pero mientras ese misticismo es de ordinario seco, adusto, a veces abstruso y árido, excesivamente doctrinal, en nuestros escritores toma cierto aire de frescor y lozanía que lo rejuvenece. La entonación didáctica se la sustituye por la entonación oratoria; la cita de textos por el rasgo imaginativo, y la frase austera por el concepto vivo, apasionado, lleno de bravura, de que hay tantos ejemplos en nuestro P. Granada.

En nuestro arte propio hay siempre, pues, una idea mística en un cuadro de la naturaleza, y esa idea mística unas veces está directamente expresada y otras se deja traslucir en un soplo de amor, que vivifica hasta lo más pequeño y despreciable. Porque el misticismo no es el éxtasis; es mucho más y mejor: arranca del desprecio de todas las cosas de la vida, y concluye en el amor de todas las cosas de la vida; el desprecio nos levanta hasta encontrar un ideal que nos reposa, y con la luz del ideal hallado vemos lo que antes era grande y odioso, mucho más pequeño y más amable; por donde venimos a dar en el arte puro y universal que idealiza al héroe y al mendigo, al santo y al bandolero, a los caballeros andantes y a los Rinconetes y Cortadillos.

Si alguna duda quedara acerca de la realidad de este concepto de nuestro arte, se desvanecería ante el espectáculo de nuestras costumbres. ¿Dónde hay un pueblo que festeje a San Juan bañándose a las doce de la noche, a San Pedro pasando las pasaderas del río «con objeto de caerse», a San Antón yendo a los olivares a comer la cabeza del cerdo y a San Miguel subiendo a un cerro a merendar? Todos los pueblos tienen sus fiestas propias, y yo he concurrido a algunas, como las «kermesses» de Flandes, que tienen gran relación con las fiestas de nuestro país; pero allí el campo es un accesorio, y las diversiones degeneran en orgías saturnalescas: falta verdura y sobra sensualidad. Nosotros, para distraernos, necesitamos ante todo un santo y un olivo. Ved a ese hombre que a la puerta de un ventorrillo, al calor de una «maceta», disparata contra Dios y los hombres, y dice no creer en la camisa que lleva puesta: es probable que al entrar en la población, al pasar por las Angustias, entre en el templo a hacerle su visita a la «abuela». No digamos que es un majadero, porque entonces nos insultaríamos a nosotros mismos. El poeta Zorrilla era «hombre de ideas avanzadas», y fue nuestro cantor tradicional; Alarcón era un escéptico, y escribió como un creyente. Si se les hubiera preguntado por qué esta contradicción entre sus ideas y sus obras, hubieran dicho: «Nuestras ideas son negativas y no sirven para el arte, que es cosa de crear, no de destruir; si escribimos con nuestras ideas, compondremos folletos de propaganda, no obras de arte. Y además, cuando pensamos, pensamos con nuestra cabeza, mientras que cuando creamos, creamos con todo nuestro ser y nos sale lo que está en nuestra sangre. Hay algo que está por encima de las fuerzas humanas.» Contestación que, no por ser inventada, deja de ser digna de que la tengan presente los audaces de nuestro tiempo.

La decadencia de nuestro arte local tiene su origen en la falta de equilibrio de esas dos fuerzas que lo sostienen: debilitadas las ideas, el «color local» se insubordina y creamos sólo obras para andar por casa. Nos sucede lo que a los toreros nuevos: mucho corazón para acercarse a las astas del toro; pero falta de maestría para salir de las suertes. Cuando lo esencial del arte no es entrar, sino salir con seguridad y elegancia. Y no se crea que hablo de aquellos artistas que, por cariño a su ciudad o por modestia, se conforman con ser artistas locales. Muchos artistas jóvenes de la región andaluza, algunos granadinos, han hecho sus primeras y aun segundas armas en Madrid: pintores, escritores, músicos. Y ninguno, a pesar de haberlos de méritos excepcionales, ha logrado imponerse todavía. Los críticos -los contados críticos que tenemos- y el espíritu crítico que no se ve, rechazan con razón un arte que tiene en lugar de alma resplandores de luz, y en vez de corazón, vejigas de sangre, y en el sitio donde están las ideas, manchas borrosas donde bailotea algo que aún no ha sido posible descifrar.


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