El final de Norma: Tercera parte: Capítulo I


Casi el sol no nacido, ya difunto

D. PEDRO SOTO DE ROJAS


Acabáis de arribar al extremo septentrional de la Noruega, a la patria del sempiterno hielo, a la tierra en que yo nací.

No muy lejos de Hammesfert, donde nos hallamos, es decir, a cinco grados más de latitud Norte que el mismo Círculo Polar Ártico, se eleva el castillo de Silly. Edificado en la punta de áspera roca, hunde uno de sus pies de piedra en las aguas del mar, y por el lado opuesto busca su base en un profundo tajo, ruda labor, más que lecho, de desesperado torrente, el cual, después de ceñir la fortaleza por el Este y por el Sur, se arroja en el Océano con pavoroso estruendo. Por la parte del Norte se estrella la vista en una montaña gigantesca, siempre nevada, cuyos escalones de hielo, arrancando desde el foso del castillo, se elevan hasta perderse en las nubes.

En aquella morada, distante de aquí veinte leguas, vine al mundo hace veinticuatro años.

Al nacer perdí a mi madre.

Mi padre era el jarl Adolfo Juan de Silly, caballero de la Orden de Carlos XII y el primer revolucionario de mi patria. Cuando yo le conocí, blanqueaba ya en su cabeza la nieve de setenta inviernos.

Yo era su hija única, su consuelo, su descanso. Pero como casi siempre estaba viajando o mezclado en conspiraciones, y al castillo no iba otra persona que su hermano Gustavo, pasé la infancia y la niñez en una soledad absoluta.

La precocidad de mi pensamiento y la melancolía de mi carácter fueron inmediatas consecuencias de aquella quietud, de aquella soledad, de aquel aislamiento.

Mi genio altivo y los consejos de mi padre me alejaban de todo trato con la servidumbre del castillo, y mi aya, antes mi nodriza, era horriblemente sorda; de modo que, durante las salidas del señor de Silly, pasé meses enteros sin hablar con más personas que con mi preceptor.

Era éste un viejo sabio danés llamado Carlos Yo, amigo de mi padre, quien, desde que tuve seis años, lo puso a mi lado, dándole habitación en el castillo, a fin de que me enseñara todo lo que pudiera aprender mi pobre inteligencia.

Carlos Yo, no sólo había recorrido la Europa, sino que había estado en Egipto con Napoleón, en América con Lafayette, y en Madagascar desterrado. Sabía seis o siete idiomas; respetábasele como historiador; pintaba regularmente, y en música y poesía era un verdadero genio.

De todo esto nació mi deseo de viajar y mi afán por visitar el Mediodía; aquel edén primaveral que me pintaba mi maestro; aquella Italia, aquella Grecia, aquella España, cunas de todos los grandes artistas y poetas que él adoraba y me enseñó a adorar...

Terminada mi educación a los diez y siete años, llena de ideas, de deseos, de delirios, mi desventura estaba consumada.

Aquella soledad, mi carencia de afectos, la triste mansión en que vivía, aquel viejo helado y escéptico, y esta Naturaleza yerta y muda, abandonada por Dios, pesaron sobre mi corazón como las piedras de un sepulcro...

Pensé y padecí. Mi alma desfalleció en el más espantoso desaliento. La tristeza prolongó mis horas. Mi espíritu quedó enteramente postrado, como si ya hubiera vivido tanto como mi maestro.

Mi padre atribuía esta postración a falta de fuerza física: pero Carlos Yo, que había formado mi alma, conoció lo que sucedía, y dio palabra de curarme del propio mal que me había hecho.

¿Qué remedio diréis que dio a mi horrible melancolía?

¡Uno solo, que equivalía a todo un mundo, al mismo cielo! ¡La música!

Haydn, Mozart, Cimarosa, Pergolesse, Rossini, Meyerbeer, Schubert, Weber, Bellini, Donizetti... ¡Todos, Serafín!... Todos nuestros soberanos, todos nuestros semidioses encantaron con sus armonías aquel castillo lúgubre y pavoroso...

Sus obras inmortales se hallaban siempre ante mi vista; sus inspiradas melodías vivificaron mi corazón.

Ya era feliz. ¡Había resucitado! Era joven después de haber envejecido; sentía después de haber meditado; nacía cuando creía morir; amaba... no sabía qué, ni a quién; pero amaba con toda mi alma.

La música, pues, me dio la vida.

Más tarde debía darme vuestro amor...