El filósofo sexual y la pulga puta


El domador de pulgas (Madera 9).png


EL FILOSOFO SEXUAL Y LA PULGA PUTA


A

QUELLA pulga filósofo, andaba con los ojos abiertos sin ver nada, era un portador del pensamiento púlgico, sin paisaje material, porque pensar es como una valija cerrada. La afición a la psicología le había agrandado los ojos del alma, y sobre los del cuerpo llevaba lentes, sin los cuales, y parezca mentira, no podía pensar. Una pulga si no tiene aspecto de filósofo podrá ser una pulga, pero jamás un filósofo. Porque la personalidad es un eco del alma natural.

Nuestra pulga era de suyo observadora, y desde luego, para observar conviene irse a los planos no expuestos bajo lo corriente, la pulga filósofo se aficionó a los prostíbulos, decía que en tales lugares la observación de la vida y las deducciones eran de extremado interés. Aunque filósofo, sentía en ocasiones correr por su cuerpo los gritos de los senos, y la influencia de los temperamentos afinados en la sensualidad, y entonces, ¡oh! divino don el de poder olvidarse de sí mismo, es decir: quitarse la personalidad con los pantalones y recobrarla con los mismos que habían sido lanzados al descuido, y sentir de nuevo la tranquilidad, y el halago de los pensamientos deductivos.

Su afición a la filosofía prostibularia, le vino, cuando una meretriz, le probó que ella era pura de alma, que ya estaba libre de prejuicios, y que en cambio otras con el cuerpo de rodillas estaban bien necesitadas de desinfectantes del alma. Al oir aquellas palabras, ese día, el filósofo pulga sintió muy en mengua los apetitos de la sensualidad.

Supo el filósofo, que cada ramera tenía un hijo en el campo, y que estas del hijo, eran más sinceras en su profesión que las que lo tenían por llegar, porque trabajaban para el hijo. El gran tormento de estas pulgas fue, cuando el hijo era hija, que se volviera de su misma y terrible profesión. Y cuando querían darle todo el valor a un juramento decían: “si estoy mintiendo, que mi hija se vuelva puta".

La pulga filósofo no parecía encontrar mucho auditorio, pues sus metáforas morales ya iban demasiado lejos, ver lo oculto con simpleza, necesita pulgas de continua contrariedad y rebelión.

El filósofo escandalizaba, especialmente el día que empezó a comparar a las celestinas y servidoras, con las comunidades de otra utilidad porque él decía, que en las escalas del amor, aquellas pulguitas, no eran otra cosa que humildísimas servidoras del amor. Y que pertenecían a una de las supremas renunciaciones.

Y contaba que en la mayoría de los prostíbulos, había santas imágenes, unas que pecaron mucho, y por el pecado fueron a la santidad del arrepentimiento, de otras imágenes, nadie sabía que hubiesen pecado, pero eran menos populares en esas casas. En aquellos altares, decía la pulga filósofo, jamás falta el pabilo en el cual se inquieta la llama, y ablanda la cera, así como los corazones blandos de los que habitan en los cielos, de ojos misericordiosos hacía los cuerpos de los pecadores.

La dignidad del prostíbulo está en contar quién fue el burlador estúpido, que las lanzó a la carrera, generalmente una pulga de automóvil y nombre heredados. Nunca el menor rencor contra aquel hombre que las llevó en su engaño a la renunciación de las apariencias sexuales, de ese mundo pulguiento el cual ellas bien sabían que era una farsa, y ellas, con el dolor de la ironía, contaban que al mundo externo lo llamaban puro.

La pulga filósofo que de pensar había botado todos los cabellos, dedujo que la libertad se encuentra dentro del desprendimiento de todas las conveniencias sociales: la libertad de la pulga llamada mala, porque renuncia a un cuerpo puro, así como se describe el cielo o el infierno, con gran claridad porque se es ciego de los ojos del cuerpo. También contribuyó a botarle el pelo al filósofo, cuando estimulaba pulguillas, en su rebelión contra el mundo, y llenas de indignación decían: “no me moleste usted más, no está usted viendo que yo soy una mujer como cualquier otra, tal vez mejor que muchas”.

Los vicios de lesbos y los socráticos, calculó el filósofo que hundían el alma, de allí despreciables, sin embargo, por lo incompletos, por lo contrariados le pareció que eran de los más crueles amores, pero siempre una degeneración moral y física, en tanto, que el amor normal llegaba a tener entre algunas pulgas, visos de sublime misticismo. El filósofo atribuía muchos de los vicios en la misma rama, al miedo infundido por los padres en las pulguitas jóvenes a las pulgas machos, por lo menos hasta que no llegara el santo matrimonio. El matrimonio era una legalización eclesiástica, de los actos sensuales en las pulgas, de allí resultaba una unión, que al tener hijos, se llamaba la familia, la cual en miles de ocasiones era una cosa desastrosa, pero que se sostenía entre las pulgas, por algo que llamaban el nombre de los hijos, en tanto las pulgas hogareñas, hogares también llamaban esa unión, se tiraban los platos.

La pulga madre tenía que sufrir con resignación, mientras que toda su lucha se concretaba a mantener cerca de ella a la pulga marido, el cual se iba con otras pulgas malas. La pulga padre no menguaba en su honor, antes bien, se llegaba a tener según la clase de conquista, la admiración del mundo de las pulgas. Hasta la pulguita esposa si su marido había hecho una buena conquista, dentro de sus celos, se enorgullecía de aquel don Juan que era su marido.

Fue desagradable lo que le sucedió a unas pulgas maridos, que mientras ellos andaban conquistando a otras pulgas, otro marido pulga se llevó su esposa. ¡Ah! y esto era terrible porque la vanidad y el mérito consistía en quitarle a los otros sus señoras pulgas, pero eso sí, salir ileso en lo que se refería al propio hogar. Lo más terrible era cuando al marido se le quería ir la pulga propia, entonces se le despertaba de nuevo la codicia, y se le hacía una novedad su bien usada pulga.

El mundo veía al marido con desprecio, la pulga esposa se aferraba en su idea del cambio de marido pulga, y el marido primitivo, al desdén de marido engañado, no le valían otras condiciones morales, la de no haber conservado a su esposa pulga, le anulaba el crédito para todo el resto de sus habilidades. Pués, engañado, sin esposa, y sin crédito.

Claro está que la pulga, tan metida en asuntos de la carne, la pulga filósofo sensual, llegó a desacreditarse, pero era visto como las cosas que se codician por prohibidas. Y hasta recibía consultas, porque como consta, dentro de las pulgas se había complicado muchísimo la sensualidad pulguienta. Una pulga de pensamiento libre le escribió al filósofo que eso de llevar el honor de la cintura para abajo le aburría muchísimo; el filósofo que era llano le contestó que se desaburriera. Pero la pulga, de pensamiento libre, pero tradición más fuerte, siguió con su molestia.

Otras preguntas le hacían sobre desaveniencias conyugales, muy frecuentemente de pulguitas con miedo a los actos sexuales. El filósofo no contestaba tales preguntas, porque no tenían la base natural de su filosofía y él no andaba ganando adeptos para su manera de pensar, sino que pensaba así, sin preocuparle en lo más mínimo el resto de las pulgas. Sin embargo su gesto desdeñoso se turbaba en algunas ocasiones: aquella indiferencia por la vida que le habían dado los prostíbulos, se empañaba al creer, que si los prostíbulos no fueran prostíbulos, perderían su encanto, y que para desvestir una pulga se necesitaba que estuviera vestida: era inmenso el peligro de convertir las cosas a claridad y llaneza.

También, mucho perturbó al filósofo, la prostitución de algunas pulgas que no eran prostitutas, porque no se entregaban, y jugaban con las pasiones de los señores pulgas, y sin embargo se codeaban con las pulgas que llamaban castas.

Y midió el filósofo, con la vara de la imaginación, en donde estaba la filosofía y en donde la bondad y sintió hondo por las pulguitas de alma tan buena, tan vejadas. Metiéndose por ganar el sustento con pulgones asquerosos y municipales, ventrudos, de cadena gruesa y reloj de traba. Con la terrible limitación del amor porque se es puta, y con la terrible maldición de las gentes buenas, de estar criando una hija en el mismo molde vital de la madre.

Y como la poesía y la filosofía se necesitan todo el tiempo, dijo la pulga filósofo: "un pensamiento así como la vista fija en un barco que se va, un punto que se nos hace inmenso porque lleva algo que es parte de nuestro amable entendimiento, silencio y pensar en la mendiga andrajosa, que busca las cáscaras de los basureros, de llagas sin perro; que tiende inútilmente las manos porque cuando tuvo juventud y cuerpo sano se prodigaba, había de podrirse dentro de su miseria, porque estaba marcada con el sello indeleble de la prostitución".