El buey suelto: Jornada II

El buey suelto - Jornada II​ de José María de Pereda


Jornada IIEditar

- I - El primer pasoEditar

Ya sabe el lector de quién se trata, de dónde viene, de qué madera es y adónde se propone ir el héroe de esta historia que, en rigor, empieza en esta página, y dice así: Libre Gedeón de malas tentaciones; es decir, exento de los cuidados en que a las veces le ponían, sólo tiene ya que pensar en orientarse y en establecerse.

Por orientarse entiende él hacer con la memoria una excursión por lo pasado, y otra con la fantasía por lo por venir. Precisamente se halla tomando un respiro en la cumbre del sendero de su vida, y desde ese punto domina lo recorrido con igual facilidad que columbra lo que le queda por andar. Gedeón, en suma, quiere y cree que necesita entrar en cuentas consigo, antes de dar el primer paso conforme al derrotero inalterable que se ha trazado.

Volviendo la vista al dilatado panorama que va dejando atrás, y marcando con la mente los sitios en que ha puesto su planta, ¡qué pobre, qué mezquino le parece lo explorado, comparándolo con lo que tiene sin explorar!... Bien mirado todo, ¿qué ha hecho él hasta entonces más que retozar en mies abierta; herborizar, como si dijéramos, en campo libre?... Si alguna vez saltó cercado ajeno, no pecó el seto de espinoso ni de elevado. Verdad es que las altas cercas que guardaban el regalado fruto, aunque aguzaron su apetito, jamás le movieron el intento del asalto, pues era caballo de buena boca, y todo lo hallaba sabroso siempre que fuera asequible y abundante, y todo le sentaba bien, porque era el hijo de familia, holgado y disoluto y sin pizca de responsabilidad.

¡Pero ahora!... Ahora no le es lícito ni siquiera el pensamiento de que corran los años de su vida, como antes corrieron, en la oscuridad de los portales y en la lobreguez de los callejones extraviados; porque ahora es el amo de su casa, el hombre formal, independiente, rico, y hasta de buen solar, que no solamente puede, sino que debe dar a sus empresas largo vuelo, tan largo como se lo permite el inmenso horizonte que tiene a la vista; y con este fin exornará sus actos con cierta solemnidad y compostura atractivas y de buen tono... ¡Qué vida le espera!

Por lo visto, Gedeón es de los que creen, no sin fundamento, que a los hombres no los hacen los años, sino las circunstancias. Desde el grado de doctor hasta el primer paso que da el doctorado en el ejercicio de su profesión, pueden mediar muy pocas horas; y sin embargo, ¿quién es capaz de conocer, bajo el luengo gabán, el estirado chaleco y las rígidas tirillas del médico o del jurisconsulto de hoy, al aturdido y desaliñado estudiante de ayer?

La misma razón social que a tanto obliga, impone a Gedeón, que ya se juzga doctorado en la Universidad en que por tantos años cursó la vida airada, el deber de adoptar hábitos de carácter, como otro doctor cualquiera, para ejercer su profesión con fruto y en toda regla... cuando la ejerza; pues, por de pronto, y en atención a que el luto riguroso que viste, si bien le permite divertirse según sus inclinaciones naturales, le prohíbe acercarse a los ruidos y a los grandes espectáculos del mundo, tiene que limitarse a un sencillo merodeo alrededor de su casa, como quien dice, y dejar para más adelante las campañas de prueba.

Así se cumple con otro de los deberes que son anejos al derecho de vivir entre gentes civilizadas.

Y hay que convenir en que el tal deber está bien fundado. Bueno que los lutos se arrastren por todas las deshonestidades sociales, porque con ellos no puede uno ir a ninguna parte; pero exponerlos en teatros y tertulias, donde la gente guarda compostura y decoro... ¡no faltaba más! ¡Bonita cara pondría esa señora que se llama sociedad culta, y marca lo que se ha de sentir y lo que se ha de llorar, con centímetros de crespón en el sombrero, o con varas de velillo delante de los ojos!

Volviendo a Gedeón, digo que discurre, al tenor de lo indicado, larga y detenidamente, acerca de lo que ha sido antes y lo que puede y le toca ser en lo sucesivo, libre de toda vacilación y resuelto a pasar la vida con la mayor suma posible de comodidades y deleites... porque es indudable que eso que él sigue notando todavía dentro de sí y en cuanto le rodea, y que algún inocente predestinado se atrevería a llamar nostalgia de la familia, es un efecto lógico de su nueva situación, y desaparecerá tan pronto como el huérfano se establezca a su gusto, metodice su vida y llene el desierto hogar.

Ésta es, por consiguiente, su tarea más perentoria. Afortunadamente, no es difícil.

Por de pronto, y a reserva de cambiar de sistema cuando las circunstancias se lo reclamen, necesita una persona que se encargue de las menudencias domésticas; una mujer de edad, en quien el juicio corra parejas con los años. Pero esta mujer, cuyo destino exclusivo ha de ser el de administradora, no puede ni debe, hasta por razones de estética, estar a su servicio inmediato. Con este último objeto tomará una joven de buen ver y adecuada al caso. En cuanto al prosaico cargo de cocinera, está provisto muchos años ha, y no mal del todo, en una buena mujer que continuará desempeñándole.

No hay plazas más solicitadas ni apetecidas que las de sirvientes de un solterón. Las amas de llaves todo lo esperan de él; las jóvenes todo lo creen posible; y ni las unas ni las otras tienen que lidiar con la fiscalización intransigente de la señora de la casa.

Así es que Gedeón recibe las solicitudes a puñados y las recomendaciones por docenas. Puede elegir a su gusto, y así lo hace.

Desde aquel instante, una mujer que ya no ha de cumplir el medio siglo, aseada, enjuta de carnes, a medio encanecer y empezándose a arrugar, y muy hacendosa y previsora, según informes, se encarga de las llaves y recibe con ellas una cantidad de dinero para el gasto menudo durante quince días, concluido lo cual recibirá otro tanto; porque Gedeón no quiere, ni debe, ni sabe ocuparse en todas esas prosaicas menudencias.

El nombre no es enteramente simpático: se llama la señora Braulia; pero ¿qué más da? En cambio, al nacer, fue envuelta en finos pañales: su padre era mayordomo del marqués de las Pesadumbres. Las que le dieron (al mayordomo) una naturaleza enfermiza y una familia demasiado numerosa, trajéronle a menos; y a la muerte del marqués, habiendo suprimido aquella plaza sus herederos, acabóse la vida del mayordomo con esta última pesadumbre. Braulia, entonces, como cada uno de sus hermanos, tuvo que buscarse la vida como mejor pudo: hoy zagaleando criaturas, mañana fregando vasijas y arrimando pucheros a la lumbre, y otro día ascendiendo a doncella de labor y camarera de confianza; pasando, en fin, por todas las fases de la servidumbre doméstica, pero siempre muy honrada y muy querida de sus amos. Túvolos de alto coturno; y al ingresar en casa de Gedeón, desdeñó las ofertas de un banquero de nota. Cree que todas estas vicisitudes le han dado a conocer el mundo palmo a palmo, y a los hombres pelo a pelo.

Aunque a él no venga nunca, así refiere su historia la buena de la señora Braulia.

Menos puntos calza en prosapia, pero nombre más bonito lleva la otra sirvienta. Llámase Solita, y es hija de un remendón con quien no ha vivido desde que supo andar lo bastante para escaparse de casa, en la cual no era posible la existencia con aquel hombre que concluía con todo; con la familia, a palos, y con lo que ganaban, él remendando y su mujer cosiendo, en la taberna.

Huérfana de madre a los pocos años de ponerse a servir, sólo ha logrado verse libre de la tiranía del zapatero, dándole las tres cuartas partes de lo que gana. A pesar de estos contratiempos, ha llegado a ser una de las doncellas militantes, o sirvientes, de mejores informes.

Es menudita, limpia como el oro, picaresca de sonrisa, algo remangada de nariz y gruesa de labios; muy negros el pelo y los ojos, aquél abundante y éstos no muy grandes ni rasgados; pequeños los pies, los dientes, las manos y las orejas, y rollizos los brazos, el cuello y las inmediaciones.

En todas estas menudencias repara Gedeón, mientras Solita le cuenta las otras referentes a su historia; porque es natural que un señor bien educado, al recibir en su casa a una muchacha, le pregunte por las generales de la ley, siquiera por preguntar algo; y como Solita es ingenua casualmente, responde cuanto sabe y no la deshonra; porque no la hay en decir la verdad; sobre todo, como ella la dice, fruncidos los ojuelos, entreabiertos los labios, como si quisieran sonreír y enseñar los dientes a un mismo tiempo, una mano en la cintura, la otra doblando y desdoblando un pico del delantal, y la mitad del pie derecho fuera de la falda, llevando el compás del suave balanceo de las redondas caderas.


- II - La primera catástrofeEditar

Ya tiene Gedeón cuanto necesita: es decir, quien le administre, quien le sirva y quien le aderece el ordinario sustento.

Ya no reina el vacío en su casa; ya hay ruido y movimiento en ella.

La señora Braulia, como mujer precavida, estudia sin cesar la manera de que en su jurisdicción ande todo conforme con los gustos y deseos de su amo; la cocinera trata de cumplir las órdenes de la señora Braulia, en lo que respecta a su importante ministerio; y en cuanto a Solita, arregla el gabinete como si tuviera hadas en las manos, y es una mariposa alrededor de la mesa: lo mismo maneja platos y cristalería, que un prestidigitador los cubiletes... Alguna vez tropieza con el codo al «señorito», al mudarle el cubierto, o le retira el plato sin estar desocupado; pero ¿quién diablos ha de atreverse a reprender tales descuidos, al ver cómo la delincuente ofrece sus disculpas en memoriales de sonrisas que, aun a los ojos del más diestro en semejantes lecturas, tanto picaran en malicia como en rubor?

Es tal el esmero con que se le sirve y se le adivinan los deseos, que en ocasiones creería que algún genio invisible cuida de su casa. No bien hace por ella una breve excursión, ya está arreglado cuanto él desarregló al moverse, sin que se vea la mano que colocó la silla en su sitio, el gabán en el ropero o el libro en el estante.

Cuando por la noche se retira a descansar, encuentra la luz en su cuarto, el vaso de agua sobre la mesa, y abierta y preparada la cama... Ni un motivo siquiera para romper la monotonía de aquel ordenado silencio con un campanillazo; silencio sólo alterado por la voz de la señora Braulia que, antes de cerrar él la puerta del gabinete, asoma por ella la cabeza para pedirle sus órdenes para el día siguiente y darle las buenas noches.

Por un lado no le desagrada el sistema; pero ¡tiene tanto de uniforme y de misterioso!... Parece que se le ceba, no que se le sirve.

Un hombre como él, que por no poder ir todavía a ninguna parte, vuelve a casa, las más de las noches, hastiado, rendido y de muy mal humor, recibiría como un consuelo media palabra discretamente afectuosa, y un par de sonrisas elocuentes al llegar a su cuarto... Pues no, señor: nadie a la puerta de la escalera, que, al abrirse, cubre a quien le alumbra; nadie en el pasadizo; nadie en el gabinete, y un poco después, menos que nadie, la señora Braulia con su jaculatoria de costumbre. Así es que se acuesta bufando, y sueña con la voz, y con la cara, y con las arrugas de su ama de gobierno.

Y arrancando de aquí el motivo, llega un día en que ésta le parece gazmoña, fisgona y antipática en esencia y presencia.

Entre tanto, apenas conoce el metal de voz de Solita, ni sabe qué color tiene a la luz artificial la única cara decente que hay en la casa.

Así pensando una noche, después de haber despachado con un bufido a la señora Braulia, exclama de repente:

-Y ¿por qué no ha de venir Solita? ¿No mando yo aquí? ¿No ha de tenerse en cuenta mi gusto para todo?

Y cediendo a los ímpetus de su carácter irreflexivo, sacude furioso el cordón de la campanilla, que repiquetea junto a la cocina con estrépito desusado.

-¿Llamaba el señorito? -dice al instante la voz de la señora Braulia, cuya silueta se dibuja confusamente en el angosto hueco de la entreabierta vidriera.

Con lo que Gedeón cae en la cuenta de que ha cometido una majadería; la cual trata de disculpar con otra mayor, mal zurcida y peor hablada.

Al quedarse solo otra vez, reniega de la vieja impertinente, y desea con ansia que llegue el nuevo día, para que Solita le sirva el almuerzo: no porque el hambre le atormente ni Solita le preocupe, sino por contemplar otra cara que no sea la sempiterna de la señora Braulia...

Y precisamente ese almuerzo es el elegido por el ama de llaves para acompañar a «su señorito», puesta de pie a respetable distancia de la mesa, con los brazos cruzados y la vista escudriñadora, tan pronto en los platos, tan pronto en Gedeón, tan pronto en Solita, y cumplir, en la siguiente forma, con lo que ella cree un deber de su cargo de inspectora de la casa, y fiel intérprete de los deseos de su amo:

-¿Le gusta esa salsa al señorito?... Se le puede rebajar un poco la cebolla... ¿Le parece mejor la merluza que el rodaballo?... Esta semana se le ha puesto tres veces lengua estofada, porque ¡hay tan poco en qué elegir!... El solomillo le parecerá a usted algo duro a la vista, pero está tierno como un requesón... Ya le tengo prevenido a la cocinera cómo ha de ponerlo para que se penetre bien... porque no se las puede dejar de la mano... ¡Nada se les ocurre!... ¿Quién le dirá a usted que unos casquitos de porcelana, echados a tiempo en la tartera, reblandecen la misma suela de un zapato?... Ese postre se quemó un poco por debajo, pero no tiene la culpa la cocinera; la tengo yo que le hice y no cargué bastante de manteca las paredes del molde... ya puede dispensar el señorito por esta vez... Solita, mude usted ese plato...

Gedeón, que no solamente no se ve libre de la presencia de la abominada dueña, sino que la halla más pegajosa y más impertinente que nunca, cuando no responde con un gruñido a cada uno de estos períodos, da una orden o hace una pregunta, o lanza una blandísima mirada a Solita.

En el cual proceder hay para la señora Braulia dos motivos gravísimos de despecho: el desaire notorio que se le hace delante de una inferior jerárquica, y la confirmación de las sospechas que ha tiempo la vienen inquietando.

No duda ya que hay en la casa quien priva más que ella con su amo, y que es la razón de la privanza algo físico que la señora Braulia no posee desde muchos años atrás: algo que no se adquiere esmerándose en el cumplimiento del cargo que se desempeña, sino con las gracias que da la naturaleza y roban los tiempos, como a ella se lo robaron para nunca más devolvérselo. Y a la edad de la enjuta ama de llaves se perdona hasta el martirio en cruz, y el tormento de la sed y del frío, pero no se perdona a otra mujer el crimen de que nos venza y nos derrote, y nos desautorice con armas como las de Solita.

Y no perdonar, en tales casos, es pensar en la venganza, si vengarse puede la ofendida, como puede vengarse la señora Braulia.

Es el jefe de la servidumbre de Gedeón, y puede y quiere hacer sentir a «la canalla» todo el peso de su autoridad irritada.

Desde aquel instante ya no vive para servir bien a su amo, sino para desahogar el despecho que la ciega.

Solita, que no ignora el motivo de las flamantes destemplanzas del ama de llaves, sufre las que le alcanzan a ella, hasta con delectación; pues tan grande como el tormento de la derrota en tales lides, es la satisfacción del vencimiento. Pero la aparente insensibilidad, o el notorio desdén de la doncella, encienden más el fuego de la ira en el pecho de la señora Braulia, que a todo trance quiere víctimas; por lo cual entra con sus huracanes haciendo raccia en la cocina.

De este modo, aquella casa, antes tan tranquila y sosegada, no bien la abandona cada día Gedeón, es una perrera.

-¡Hoy no se han limpiado los polvos!... -¡Esta butaca no está en su sitio!... -Son las once, y falta media casa por arreglar; pero ¡ya se ve!, levantándose a las ocho y tardando hora y media en emperejilar un moño postizo y cuatro pingos de moco... ¡Válgame Dios!... ¡Como si fuéramos unas señoras de copete y lo trajéramos desde las envolturas!... ¡Pero no tiene usted la culpa, sino quien alas presta a ciertas mariposas para que tan alto vuelen!...

-¡Pues, anda!, el gabán del señorito sin cepillar, y las camisolas empolvándose sobre la cama... Déles usted el pie, que ellas se tomarán la mano... -También por este otro lado van las cosas en su punto, gracias a Dios: media hora hace que me está dando la ternera en la nariz. ¿Por qué ha batido usted los huevos antes de que esté hervida la leche? -¿No ve usted, alma de Lucifer, cómo se está pegando esta compota?... ¡Claro está!, como no son ustedes quienes pagan todos estos pecados... ¡Pero desde mañana ha de cumplir en esta casa cada uno con su obligación, o he de faltar yo a la mía!

Y así por el estilo, zumba y gime la voz de la señora Braulia en salas, pasillos y cocina, como cierzo regañón en casa mal cerrada, sin que le falten por acompañamiento y armonía las cáusticas respuestas de la doncella, ni los descargos irrespetuosos de la cocinera.

Con la cual música los ánimos se enconan de veras, las respectivas obligaciones se descuidan; y al cabo halla Gedeón un día requemada la sopa, cruda la carne, y los postres en salmuera.

Nada dice a Solita, que le sirve; pero llama a la señora Braulia, que no está presente la única vez que debiera estarlo.

-¡Señora -exclama con mal gesto y áspera voz al tenerla delante-, esto no se puede comer!

-Pues crea el señorito que no es culpa mía, -responde el ama de llaves, temblándole la barbilla puntiaguda, pálido el marchito rostro y mirando a Solita con ojos de basilisco.

-Ni yo trato de averiguarlo -replica Gedeón-: lo que me importa es señalar la falta para que la corrija quien debe corregirla.

-¡No es eso tan fácil como al señorito se te figura!

-¡Cómo que no! ¿No basta un poco de vigilancia?

-Ya esperaba yo que el señorito había de echar sobre mí todas las culpas; porque ¡ya se ve!... una no es onza de oro, al paso que otras, con menos méritos... ¡Virgen Santísima!

Y la señora Braulia, después de hacer unos cuantos pucheros, rompe a llorar como si el alma se le escapara por la boca.

Solita entonces, habiéndola contemplado un instante con la boca entreabierta y las cejas fruncidas, suelta los platos que tiene en la mano, llévase a los ojos la servilleta que, a modo de banda, tiene cruzada sobre el pecho, y sale del comedor como un cohete, lanzando el sollozo que pudiera oírse desde la calle.

Momentos después aparece en escena la cocinera con el mandil recogido sobre la cintura, los brazos descubiertos, encendido y reluciente el rostro, como solomillo a medio asar.

-El señorito me hará el favor de decir si en catorce años que llevo en la casa se me ha oído una queja, ni he dejado yo de cumplir con mi deber.

Gedeón está como paleto en comedia de magia, al ver aquellos aspavientos y aquellas apariciones y desapariciones.

-Pero ¿qué es esto? -exclama al fin.

-Que me haga usted el favor de dar la cuenta -dice la cocinera, rompiendo también a llorar, y arrojando el mandil sobre una silla, como rey que depone su corona.

-Que aquí todas son señoras, y que todas mandan en la casa, menos el amo y yo -añade la señora Braulia, dejando caer sus huesos sobre la silla inmediata, y llorando a más y mejor.

-Lo que pasa aquí -dice Solita entrando en escena, en ademán airado-, es que no se pueden aguantar los humos de esta señora; y como yo no he venido para servirla a ella, ni para que me quite la salud...

-¡Quéjese usted de mí, relamida!, ¡casquivana!

-¿Lo oye usted, señorito? ¡Pues eso no es nada en comparación de lo que suele decirme cuando usted no está delante!

-¡Ni de lo que me dice a mí cada vez que entra en la cocina! ¡No se la puede aguantar!

-¡Mienten ustedes como quienes son, impostoras, mal nacidas!

-¡La mal nacida y la deslenguada será ella!

-¡Y la muy retevieja, desesperada y envidiosa!

-¡Silencio! -grita Gedeón asiendo una ensaladera, dispuesto a estrellarla sobre la más próxima de sus sirvientas.

Pero sólo después de haberse desahogado a sus anchas las tres mujeres, y estado a pique de tirarse de las greñas, y cuando ya el escándalo debe haberse oído desde el ayuntamiento, logra Gedeón restablecer el silencio en su casa, y la promesa de que, por aquella vez, que es la primera, se olvidarán los mutuos agravios, y volverá cada mochuelo a su olivo, siquiera en obsequio a él, que no tiene otro destino en el mundo que estudiar la manera de pasar la vida sin contrariedades ni desazones.

Pero alea jacta est: aquellas mujeres que se resolvieron a pasar una vez los límites del respeto con sus pertrechos de odios y de antipatías, no pueden retroceder ya; y si no al día siguiente, al otro o los pocos más, dan la gran batalla, a cuyo fragor quiébranse cristales y vasijas, y renquean los muebles, y salen asustados a la escalera los vecinos de la casa; y cuando a ella vuelve Gedeón, no tiene otro remedio que licenciar aquella tropa que, como los pretorianos de Roma, ha tornado por oficio la sedición y la indisciplina, y puede, como éstos, llegar a atreverse con el César mismo.

En el alma le duele tener que privarse también de los buenos oficios de Solita; pero Solita no cabe a las órdenes de ninguna quintañona; y, sin esta pantalla, son sus atractivos demasiado peligrosos para un hombre que no quiere sacrificar su independencia a nada ni por nadie.

Lo que fuera de su casa puede ser hasta una ganga para él, dentro de ella sería un enemigo terrible.

Por eso, al pagar con rumbo a su doncella, ni por cumplido la dice que no se marche; lo único a que se atreve es a despedirse de ella «hasta la vista».

-El mal está -dice al quedarse solo-, en que estas cosas me sucedan ahora; es decir, cuando podía dar comienzo a mis tareas, si estuviera yo establecido a mi gusto. ¡Por vida de las casualidades!...


- III - Una hombradaEditar

Pero las casualidades se repiten tanto como las combinaciones; y las combinaciones que hace Gedeón con su servidumbre no tienen número.

Que ponga arriba lo más viejo, y abajo lo más joven, o al revés; que todo sea rozagante, o todo marchito y arrugado; que dé sus preferencias a la más quisquillosa, aunque las merezca menos; que no se las muestre a ninguna; que no se queje aunque halle tachuelas en la sopa y cables en el estofado; que en pro de la paz, en fin, renuncie a todos sus derechos de amo y señor, y dome los naturales ímpetus de su carácter... lo mismo adelanta: más tarde o más temprano, la guerra civil estalla en su casa, y vuelan los cacharros en la cocina y los pelos en cada rincón; primero en sus ausencias, después a sus propias barbas; porque demostrado está por la experiencia, y al buen sentido se le alcanza sin esfuerzo, que no hay criada de solterón que aguante con paciencia a su lado otra sirvienta.

Lo que a Gedeón sacan de quicio tantas y tan parecidas casualidades, presúmalo el lector.

¡Cómo él, idólatra de la holganza y del regalo, pudo imaginarse, ni en sueños, que tendría que habérselas mano a mano con dueñas y fregatrices a cada hora, ni que habían de correr tiempos en que sólo le dieran, por salsa de su pesebre, alaridos y repelones?

Pero sabrá cortar por lo sano y poner remedio a la plaga, que para eso es libre y soltero.

Bien examinado todo, ¿qué necesidad tiene él de llenar su casa de mujerzuelas frívolas y quisquillosas? ¿Cómo no se le ha ocurrido hasta entonces hacer una hombrada, es decir, barrer de faldas su cocina, y buscar en el otro sexo quien le sirva en paz y bien?

Apuradamente lo que él desea es harto fácil de conseguirse: orden, puntualidad y respeto a su persona. Ya transige con los manjares mal sazonados, con la cama a medio hacer y con las botas deslustradas; pero que se lo tengan todo a punto; que no se invierta en ventilar rencillas miserables el tiempo destinado a servirle, y sobre todo, que no se le complique a él en escandalosas griterías de plazuela. ¿A qué menos ha de aspirar una persona decente, «libre como el ave en el espacio, como el pez en el agua»; una persona que huye del matrimonio para hacer en todo su gusto y vivir como le dé la gana?

Con tan santos propósitos, échase Gedeón un cocinero y un ayuda de cámara, mozo listo y bien adestrado en el oficio.

Pero el cocinero, por casualidad, es borracho y goloso y nada limpio, y no conoce cuenta ni razón; roba si le dan mucho dinero; y si se lo tasan, también; compra lo que a él le gusta, y lo guisa como más le agrada: los gustos de su amo no se tienen en cuenta para nada en aquella cocina.

Así y todo, Gedeón come, no cuando tiene ganas, sino cuando ya no las tiene su cocinero.

El cual cobra por mensualidades adelantadas; que es tanto como decir que ahoga toda reprensión en los labios de su amo con anunciarle que se marcha.

El ayuda de cámara no es tan borracho como el cocinero; pero, en cambio, tiene moza, y necesita dos horas cada noche para visitarla, por lo cual hay ocasiones en que se retira a casa más tarde que su amo; y se dan también en las cuales tiene éste que abrirle la puerta, porque el cocinero está roncando ya, o no quiere levantarse; y gracias si en esos casos no aparece el criado envuelto en la capa o en el gabán de Gedeón, pues para ambos sirven sus trajes y su calzado.

Lo que sólo sirve para el criado es el dinero que halla en los bolsillos del chaleco de su amo cuando le cepilla la ropa, y los cigarros sobrantes de la petaca olvidada en una levita o encima de la mesa.

De vez en cuando, tienen mozo y cocinero sus francachelas mientras Gedeón anda soñando con las suyas fuera de casa; pues la verdad es que desde que tales contrariedades domésticas le persiguen, no tiene instante de sosiego ni punto de reposo, y todo lo aplaza para cuando se vea establecido a su gusto.

Entre tanto, si a media noche necesita una taza de té, se la llevan a las dos de la mañana, y el té sabe a caldo frío, y la taza huele a basura.

Si de caldo la pide al mediodía, el caldo le sabe a aguardiente, y la cuchara a tabaco.

Toda su ropa está sin botones y con los forros descosidos; le faltan las mejores corbatas, y no sabe qué vientos le llevan los pañuelos de batista.

Si por joven despide al ayuda de cámara y toma hombre de más edad, éste tendrá de huraño o de sucio o de perezoso lo que el otro tenía de presumido o de mocero, si es que no peca por esto y por aquello. Y lo que digo del criado digo del cocinero.

De todas maneras, llega un día en que Gedeón, después de haber perdido la paciencia, y con ella el paladar y el estómago y mucho más que no se gusta ni se digiere, pero que se pone o se vende; después de ver su casa saqueada, y lo que en ella queda sucio, desconcertado y descolorido; después de convencerse de que los últimos criados que toma son los peores y los que más caros le salen, plántalos en la calle y lánzase él más tarde a la misma, dándose a todos los demonios y maldiciendo de la suerte que le hace elegir, en uno y otro sexo, lo más malo que existe en el ramo de sirvientes.

Y así se le va pasando lo mejor de aquel tiempo, que él tenía a sabrosos empeños destinado, como hacienda que se echa a los perros.

¿Qué empresas ha de acometer con bríos ni con gusto, si los unos y el otro se le gastan y corrompen entre las inesperadas miserias de su vida doméstica?

Asómbrase de que tan mezquinas causas le produzcan tan desastrosos efectos; no acierta a explicarse cómo ese poco de roña puede entorpecer todos los ejes de la máquina de sus ideas; y con el ansia febril de conjurar el cúmulo de casualidades que le persigue, para llegar alguna vez a establecerse a su gusto, medita, calcula, y todo lo supone menos que puede ser él uno de los infinitos hombres de quienes dijo La Bruyére que emplean la mayor parte de la vida en hacer miserable el resto de ella.


- IV - El demonio consejeroEditar

Aspirando con ansia bocanadas de aire, cual si con ellas quisiera aventar sus pesadumbres, y caminando a largos pasos, encuéntrase en una de estas ocasiones con su camarada, aquel acicalado solterón de quien tanto hemos hablado, y a quien no ha visto mucho tiempo hace; y como si Gedeón llevara letreros en la cara, que revelasen las desazones de su espíritu.

-¿Cómo vas con tu nueva vida? -le pregunta en crudo el recién hallado.

-Pues, así, así -responde Gedeón haciendo rechinar sus dientes.

-Al principio se extraña un poco.

-Efectivamente, algo se extraña.

-Pero ya habrás palpado ciertas ventajas...

-He sido poco afortunado en mi casa, si he de decirte la verdad.

Aquí resume en breves, pero pintorescas palabras, cuanto el lector sabe de sus amarguras domésticas.

-Mal anda, en efecto, ese ramo -dice el otro-; pero todo consiste en acostumbrarse.

-Ya.

-En cambio, irás llenando aquel romántico vacío y aquellas... ¿eh?, de que tanto nos hablaste en la ocasión de marras...

-Pshe...

-Vamos, sé franco.

-Pues con franqueza, amigo: cuantos más criados meto en mi casa y más alboroto me arman en ella, más vacía la encuentro. ¡Yo no sé qué demonios me escarabajea aquí adentro y me dice, a cada innovación que hago en mi vida, «no es eso», como si yo deseara algo que no encuentro.

-Vamos, eres incorregible, y has de morirte al fin creyendo en brujas. Porque unas fregatrices te hayan dado tal cual disgustillo, de esos que tiene a cada momento cualquiera mujerzuela casada, ya te ahogas.

-Pero recuerda que por huir de ese y otros disgustillos semejantes, estamos tú y yo fuera de la ley, en el estado honesto a perpetuidad, como las sepulturas de los ricos.

-No exageres, Gedeón, y no lleves tus profanaciones hasta el extremo de hacer comparable, ni aun en esa pequeñez, nuestra noble independencia con la ignominiosa servidumbre de los casados. ¡Por Dios que es cosa chusca ver a un hombre que va a matar leones, tenerse porque halla en medio del camino una sabandija! ¿Para qué demonios quieres esa fachada que tienes?... Lo primero que has de hacer, Gedeón, es echarte el alma a la espalda.

-Me parece que más echada...

-Y después, dar cierto ensanche a tus empresas. ¿A que no lo has hecho?

-Efectivamente.

-De modo que vives, como quien dice, de los huesos de aquellas pechugas...

-Esa es la verdad... ¡y gracias si tengo, en un apuro, esos huesos que roer!

-¿Tú a huesos, Gedeón?

-Fíjate en mis circunstancias de hoy, en mis disgustos...

-¡Tú a huesos, con la carne que hay por el mundo, y las ventajas que tienes para aspirar a la más delicada!

-Hombre, no te diré que esté eso fuera de mis propósitos; pero tampoco he de ocultarte que no fío mucho en mi destreza de cazador; porque después que llega uno a cierta edad, fatigan mucho las cuestas arriba: parece que cada día que pasa es un año de otros tiempos, y la pícara razón se hace una charlatana inaguantable. Dice unas cosas tan a punto y tan bien dichas, que no hay modo de que la fantasía meta su cuchara en la conversación.

-Es decir que te vas haciendo filósofo.

-No; pero sospecho que me voy haciendo viejo.

-De todos modos, rindes las armas.

-Tampoco; las cuelgo, mientras estudio el campo y me establezco a mi gusto en él.

-Por lo visto, esa es tu manía.

-¿Cuál?

-Establecerte a tu gusto.

-Exigencia de carácter: no sé dormir ni descansar con pulgas en la cama.

-Pues, amigo, yo soy tan viejo como tú, y nada me dice la razón que se oponga a mis inclinaciones, ni dejo de entregarme a ellas por molestia más o menos.

-No las tendrás.

-¿Quién está sin alguna? «El saberlas vencer es ser valiente».

-Pues cree que te admiro y te envidio.

-Resueltamente te ahogas en poca agua.

-Podrá ser.

-Y de todas las contrariedades de que te quejas tienes tú la culpa.

-No te diré que no.

-¿Serás también capaz de arrepentirte de no haber entrado en el gremio cuando el diablo te tentó?

-No por cierto; nada veo en esa región que me la haga desear; pero no he de ocultarte que voy concibiendo recelos de que tampoco en la nuestra he de hallar lo que años ha me imaginaba.

-Y ¿cómo has de hallarlo sin la fe que te falta y con esos resabios de sensiblería patriarcal que te enervan? ¡Ay, Gedeón!, siento decírtelo, pero si has de salvarte, necesitas tutela por algún tiempo.

-¿Para qué?

-Para librarte del mayor enemigo que te persigue.

-¿Y cuál es?

-La manía del hogar doméstico.

-¡Bah!

-Créeme; es más fuerte que tú.

-¿Y qué debo hacer, en tu opinión?

-Si admites mi tutela por un instante...

-Si con ella me das paz y sosiego...

-Te lo prometo.

-Ya te escucho.

-Huye del enemigo.

-¿De mi casa, en la cual nací?...

-De tu casa, en la cual naciste, y de la que, si no me engaño, eres propietario.

-Razón de más para que la mire con tanto cariño.

-Razón de más, digo yo, para que te animes a abandonarla. Ponla a renta, como los demás pisos; sácale el jugo.

-¿Y mis recuerdos?

-También a ellos, por lo mismo que son tu enemigo. Eso te consolará de la pena de no haber podido vencerle cara a cara. Desengáñate, Gedeón: ni tú ni yo hemos nacido para lidiar con la prosa de la vida doméstica, ni tenemos necesidad de intentarlo siquiera.

-¿Qué crees que debo hacer?

-Una cosa muy sencilla: ponte a pupilo con cuantas ventajas y comodidades puedas hallar, y deja a tu patrona el cuidado de lidiar con dueñas y fregatrices. Si tal hicieres, pronto me darás las gracias; y si desechas mi consejo, allá te las hayas con tus desventuras; pero no te quejes de ellas... ¿Dudas?

-De dudar es el caso.

-Medítalo bien.

-Pienso hacerlo.

-Pues adiós te queda, ya que estás advertido.

Y se va, dejando a Gedeón muy pensativo y no del todo desconsolado.


- V - No es casa de huéspedesEditar

El consejo de su amigo prevalece, al cabo, en el ánimo de Gedeón. Doloroso es para éste abandonar aquella casa en la que nació y ha vivido siempre; pero no hay otro remedio que cortar por lo sano.

Levanta la casa, o la cierra, temiendo un arrepentimiento el día menos pensado; pero el hecho es que se pone a pupilo; lo cual le ha dado bastante que hacer, porque el gremio tiene mucho que explorar si se ha de elegir lo menos malo.

En sus pesquisiciones para hallar un albergue, como el otro una posición social, ha recorrido medio pueblo y ha oído con paciencia el completo catálogo de las humanas vicisitudes, de boca de las innumerables pupileras que le han solicitado para huésped. Ninguna de ellas ejercía la industria por ascenso: todas habían bajado hasta ella desde los puestos más encumbrados en armas, en nobleza y en dinero; siendo de notar que cuantos más humos revelaba una señora de esta clase, menos fuego calentaba su cocina.

Al fin se establece en la casa que más se aproxima a sus deseos.

Su dueña, doña Ambrosia de nombre, se conforma con blasonar de rígida en los más severos principios de moral, y de haber dado golpe, en los albores de su juventud, en calles y paseos. Dos veces viuda, no se ha puesto en peligro de serlo la tercera, porque no ha querido, no por falta de pretendientes, pues a pares los ha tenido que aspiraban al honor de sacarla de pupilera, y a la dicha de poseer los conservados restos de sus juveniles encantos.

A creerla, tiene casa de huéspedes porque, acostumbrada en vida de sus papás, y más tarde de sus maridos, a un trato escogido y ameno, la soledad la mata. Para ella, son familia sus pupilos; por lo cual admite pocos, y esos de arraigo, de formalidad y de educación: a Dios gracias, no necesita el tráfico para comer.

Gedeón ocupa un gabinete con puerta falsa al corredor, y otra de vidrieras con cortinillas a una sala que, según advertencia de doña Ambrosia, es para recreo de los huéspedes, o para que éstos tengan donde recibir decorosamente sus visitas. En la sala hay una alcoba con cama de respeto, también al decir de la pupilera.

Como los huéspedes son pocos y buenos, si ha de creer a doña Ambrosia, Gedeón consiente en comer a la mesa con ellos, ínterin llega una doncella que se espera y podrá servirle la comida en su cuarto con la puntualidad y esmero que ahora le faltarían, por estar incompleta la servidumbre de la casa.

Durante los primeros días tiene por compañeros de mesa a un señor muy flaco y muy nervioso, que no habla una palabra, del cual ha dicho la pupilera que es un marqués muy rico, que viene a tomar aires; cuya marquesa es la señora oronda y colorada que se sienta a su izquierda, y le trincha la carne, le parte el pan en bocaditos y le escancia el vino. -Tampoco despliega los labios. -Ni el marqués ni la marquesa tienen el pelaje ni el aire de tales; pero ¡hay tantos marqueses que no lo parecen! Gedeón tomara a éstos por ex-tenderos de refino, que se retiran al pueblo natal a comerse las ganancias de treinta años de mostrador.

Sigue por la derecha un hombrecillo de crespo y recortado bigote, de frente angosta y cabeza plana, con gabán de ropería, que sorbe las salsas en el plato y bebe con la boca llena, sin dejar de hablar, por eso, de la influencia que ejercen los cuartos de luna en el corte de las uñas y del pelo, y de las recetas infalibles que él tiene para exterminar las chinches y las cucarachas. -En opinión de doña Ambrosia, este huésped es un ingeniero sapientísimo que estudia, por recreo, dos años hace, el suelo de la provincia para establecer en sitio conveniente, y a sus expensas, una fábrica de patatas artificiales para los pobres. -Gedeón le clasifica, en su padrón particular, como escribanillo de aldea.

Llévale la contraria en sus asertos científicos, una señora muy peripuesta y retocada, con voz de bajo cantante. Habla mucho de la antigua Grecia y de las sales áticas, lo cual no sorprende tanto oyéndola decir a cada triqui-traque que es viuda de un oidor de Filipinas, que dejó setenta volúmenes de comentarios a la Casandra de Licofrón, y otros cinco de notas a las Dionisiacas de Nonno Pannopolitano. El gobierno ofrece a la viuda cuarenta y ocho mil duros por la propiedad de estas luminosas obras; pero ella quiere el millón cabal, y tras él anda con la esperanza de conseguirle. Cree Gedeón que con que le pagaran sin descuento la viudedad que debe corresponderle desde la muerte del mayor de plaza (pues no otra cosa pudo tener por marido), se diera la erudita matrona por satisfecha.

Algunos días después aparecen en la mesa dos huéspedes más: un gigantón, hosco de mirada, cerdoso de bigotes, rasgado y muy abierto de boca, purpúreo de color y muy largo de brazos; y su señora, el tipo opuesto: aguileña, oscilante, lánguida y sentimental. Malambruno, como desde luego llama Gedeón al gigante, se queja del fuego herpético que le devora; por lo cual anda recorriendo climas hasta dar con uno que le apague el incendio.

Por lo demás, cuando no habla de su dolencia, echando candelas por los ojos, brasas por las mejillas y rociadas de saliva por entre las cerdas de sus bigotes, aturde a los circunstantes con la estadística de sus caudales. -En la Mancha, porque la erudita citó a don Quijote, tiene él tres haciendas que le produjeron el año pasado, y sólo en renta, doce mil fanegas de trigo. -Porque se habla de dormir la siesta, o de si es sana o dañosa esta costumbre, niega él, sin que nadie lo haya afirmado en la mesa, que los extremeños hagan siete comidas y duerman cinco siestas al día. Precisamente conoce a palmos la provincia de Extremadura... ¡como que tiene en ella seis dehesas y más de veinte mil cerdos!

Por análogos procedimientos trae a colación sus cortijos de Jerez y sus posesiones de Salamanca, siendo de notar que en cada dehesa, y en cada cortijo, y en cada hacienda, tiene, no solamente palacio con la necesaria servidumbre de criados para él y de doncellas para su señora, sino hasta templo, pues capilla se la permite cualquier zarramplín de aldea.

Porque se cita el escamoteo de un reloj o el de los calzoncillos que llevaba puestos el vecino de al lado, cualquiera ratería de esas tan usuales, impunes y corrientes en la hidalga patria de Candelas y José María, cuenta él que en una ocasión le robaron su casa de Madrid, estando con su señora recibiendo a los duques de Montpensier en su palacio de la Serranía de Ronda; siendo lo admirable del caso, en su concepto, que los ladrones abrieron la puerta del gabinete de raso azul, del cual pasaron a la galería de esculturas; de ésta a la sala de los tapices flamencos, y de aquí a su despacho, cuajado de primores de arte y de objetos de lujo. Sin señales de titubear para encontrarla, abrieron una puerta oculta detrás de una librería de palo santo con columnitas de oro macizo, y entraron en un retrete, en el cual había hasta tres cofres llenos de alhajas de incalculable valor; pero no pudiendo abrirlos, a causa del secreto de sus cerraduras, ni cargar con ellos, por lo mucho que pesaban, se conformaron con robar unas botitas usadas de su señora, dos libros de genealogías, y como tres cuarterones de azucarillos.

Mientras Malambruno cuenta estas cosas y otras tan estupendas como ellas, con voz estentórea y lento diapasón, su señora no deja oír la suya más que para rectificar algún error de cantidad en que haya incurrido su esposo.

-Eran trece mil -dice, verbigracia, al asegurar éste que eran doce mil solamente las fanegas de trigo cosechadas por rentas en la Mancha; o:

-Creo que eran cuatro -aludiendo a los cofres llenos de alhajas.

Entre tanto, Malambruno está vestido de paño de Munilla, y parte por la mitad los trabucos del estanco, para fumarlos en dos veces; su señora viste con más aparato que riqueza; no trae consigo una sola doncella de tantas corno deja holgando en cada palacio, y todo el equipaje del pomposo matrimonio viene metido en un baúl de tres celemines.

Fáltame decir que doña Ambrosia asiste a casi todas las exhibiciones retumbantes del caudal de Malambruno, y que a cada rociada de millones que éste suelta, mira ella a sus huéspedes y parece decirles con los ojos, mientras se revuelve nerviosa en su silla:

-¿Qué tal, caballeros y señoras? ¿Tengo yo pelones en mi casa?


- VI - Entre Venus y MarteEditar

Durante la primera semana, halla Gedeón hasta cierto deleite en las originalidades de sus compañeros de mesa; pero a la segunda ya no puede con ellas. Asústale el temor de que aquello dure indefinidamente; y comparándolos con tan grotesco cuadro, le parecen de color de rosa los que a él le echaron de su casa.

Felizmente, no tarda la pupilera en anunciarle que desde el día siguiente comerá en su gabinete; porque para entonces habrá llegado la doncella que esperaba.

Y como lo ofrece lo cumple. Gedeón come en su cuarto al otro día; y ¡oh sorpresa embriagadora y confortativa!, la doncella que ya vino, y le cubre la mesa, y después le sirve los manjares, es Solita; Solita, que le saluda regocijada y más sandunguera que nunca; Solita que le cuenta lo poco afortunada que ha sido en amos desde que, bien a su pesar, tuvo que salir de casa de su señorito; Solita, que cuando ya no tiene nada que referir a éste con la lengua, parece decirle con los incitantes ojos, a cada plato que le sirve: -«Vamos, hombre, atrévete conmigo, que aquí no corres los riesgos que en tu casa; aquí soy la criada de tu pupilera; somos dos transeúntes que hacemos juntos un alto y nos arreglamos con lo que tenemos; ahora todo te es lícito sin desautorizarte... ¡Mira que de estas gangas no las encuentra cada día, ni tan a mano, un solterón medio aburrido y desalentado como tú, y que sólo vive, como perro achacoso, de lo que le cae en la boca!

No es fácil calcular con exactitud si es Solita quien tal dice con los ojos, o si es Gedeón quien se lo imagina, ex abundantia cordis; pero es indudable que éste lo lee así; y como es hombre que no desperdicia las buenas ocasiones, sin que lleguen los principios de su comida ya ha puesto sus voluptuosos fines en evidencia. Mas no es Solita juez que sentencia en arduos litigios sin maduras reflexiones. Antes da muestras de sutil ingenio Y experta travesura; y resistencias hace, aunque sin enojos, que ponen a Gedeón fuera de quicio.

De todas maneras, esta peripecia viene a interrumpir sabrosísimamente la abrumadora monotonía de la vida de nuestro solterón, y a hacerte llevadera la existencia en aquella posada que empezaba ya a parecerle presidio. En adelante, verá llegar con alegría las horas de comer y todas las de volver a su albergue...

Una advertencia, por lo que valga, y suponiendo que alguien que esto lea piense que el encuentro de Gedeón con Solita no es rigurosamente necesario: no he conocido un Gedeón tamaño, sin una Solita semejante. El de mi cuento se encuentra con ella en una posada, después de haberla conocido en su propia casa, como otros las vuelven a ver en medio de la calle, o en sitio peor, después de haberlas tratado sabe Dios en qué parajes.

Mas no por esto que digo de la necesidad de las Solitas para determinados solitarios, y de su mancomunidad de debilidades, se hagan juicios temerarios sobre la fortaleza de la Solita en cuestión; pues en Dios y en mi ánima aseguro, a más de lo que ya tengo dicho, que va poniendo a Gedeón de muy mal temple el obstinado crecer de los obstáculos.

Y cuidado que no pierde ripio el solicitante. Sus comidas se eternizan; sus vueltas a casa no tienen número, y no le tienen tampoco las veces que se le ocurre ponerse malo a las altas horas de la noche, para que Solita le lleve el vaso de agua o la taza de té.

Y tan obcecado está en menudear todo lo posible sus entrevistas con la doncella fuerte; hasta tal punto le preocupa esta heroica tarea, que no se fija en que doña Ambrosia está ya en autos, y anda por alcobas y pasillos murmurando no sé qué letanías, en que todo se canta menos alabanzas a su huésped, cuando él está departiendo con la doncella.

La cual sufre después, y no lo cuenta, los refunfuños y desabrimientos de su ama, como en otro tiempo sufrió los de la señora Braulia por idénticos, aunque no tan notorios motivos.

-¡Si piensan algunos que mi casa es un cuartel, chasco se llevan! -grita una noche la pupilera, al salir la joven de servir el chocolate a Gedeón, y mientras éste se desnuda para acostarse. (Gedeón toma chocolate todas las noches desde que Solita vino a la casa; y rescoldo tomara, para hacer una comida más, si ella se lo sirviera.)

Y cátate que apenas ha dicho esas palabras doña Ambrosia, cuando se oyen en la sala el arrastrar de un sable, el charrasqueo de las espuelas y los taconazos correspondientes; mas cuando Gedeón piensa que a este rumor bélico aludía la enojada patrona, advierte que se equivoca, pues que la oye decir en seguida, con acento meloso, y a la parte de allá de las vidrieras del gabinete:

-En esta habitación estará usted como en la suya propia; precisamente la tengo destinada para estos lances... porque mi casa no es, propiamente hablando, casa de huéspedes. A Dios gracias, no los necesito para vivir. Los tomo, como quien dice, para tener familia, y cuando me los recomiendan personas de suponer y de carácter como la que a usted le envía.

La misma o parecida relación que le hizo a él.

-Pues mire usted, patrona -contesta en la sala una voz sonora y retumbante-, la persona que aquí me manda tendrá todo el carácter y todo el suponer que usted quiera; pero decente no es el alma de perro que debía alojarme en su casa y me echa a una mala posada.

-En cuanto a eso, caballero militar -replica doña Ambrosia notoriamente sulfurada-, entienda usted que esta casa ni es posada ni es mala; y por lo que hace a quien le envía a usted a ella, no necesita aprender de nadie a ser decente, ni tampoco tiene obligación de hospedarle a usted a su lado.

-¡Ni yo de aguantar con paciencia que a estas horas se me vaya a la empinada la hija de su madre!

-¡Caballero!

-Lo dicho; y, por último, yo no le he buscado a usted la lengua.

-Ni yo le he faltado a usted...

-A ver si hay en este palacio, si le parece poco posada, quien me dé de cenar. Eso es lo que pido, y para después, una cama. ¿Lo tiene usted, señora? ¿Sí o no?

-¡Eso es injuriarme!

-¿Lo tiene usted? ¿Sí o no?

-¡Pues no he de tenerlo! ¿Con quién se le figura a usted que está tratando?

-Pues venga cuanto antes, y no se meta usted en más honduras.

-¡Es que tiene usted unas cosas!...

-¡Yo tengo todo lo que necesito, señora!

-¡Y unas demasías!

-En cuanto usted se largue de aquí, no me sobrará nada.

Dicho esto, se oye un pisar menudito y fuerte, y un zumbido silbante, como de mujer que se marcha renegando; y, acto continuo, vuelve a oírse la voz del hombre de la sala, que grita:

-¡Ruiz!... ¡Ruiz!

-¡Presente, mi capitán! -responde desde el pasadizo otra voz de hombre, cuyos pasos, acompañados también de ruido de espuelas y de sable, indican que acude al llamamiento.

-¿Y el maletín? ¿Y el galápago? ¿Y las bridas?

-Ahí quedan, mi capitán.

-Traételos.

Un instante después, vuelve a decir el llamado Ruiz:

-Aquí está el maletín.

-¿Y lo demás?

-¿Lo demás, mi capitán?

-¡Lo demás, sí!

-Pues lo demás, con permiso... digo que se quedará aquí afuera...

-¡Gaznápiro! ¿Te lo he mandado sacar de la cuadra para que lo dejes en la cocina?

-No, señor; pero ¿dónde lo pongo si no?

-Ahí, en el arzón trasero de la cama. Ya sabes que yo nunca duermo lejos de las monturas.

-Pero hay casos, mi capitán... digo, con permiso... ¡Como están los bastos tan sudaos... y es tan blanco ese bullarengue que cae po encima!...

-¿A que te rompo la grupa de un puntapié?...

-Es que, mi capitán, como he conocío el genio de la patrona por lo que rezaba cuando salió de aquí... Vamos, temí que... Y por eso advertí a mi capitán...

-Pues precisamente estoy yo deseando dar unas vueltas de picadero a esa jaca bravía... ¡Conque figúrate tú!

-Siempre a la orden, mi capitán.

Y por el ruido que sigue a esta despedida, conoce Gedeón que la montura del cuadrúpedo del capitán pasa, conducida por Ruiz, a colocarse en la cama de respeto de la sala de recreo de los huéspedes de doña Ambrosia.

Jamás se vio una embustera desmentida más pronto ni más al caso.

Gedeón (que nunca puso en duda que su pupilera admitía cuanto se le presentaba) no sabe si sentir o celebrar el lance. Lo siente por el riesgo que corren, y pueden correr en adelante, su comodidad y su reposo; pero se alegra por lo que tiene de respuesta a la indirecta cuartelera que le echó la rígida doña Ambrosia, si es que a él iba dirigida, como lo va sospechando.

Entre tanto, el capitán no cesa de llamar a Ruiz, ni Ruiz cesa de pasar y repasar el pasadizo; hasta que, acostado el primero y marchándose el segundo a zagalear las bestias y a dormir a su lado, reina el sosiego en la casa y ronca Gedeón.


- VII - Varias catástrofesEditar

Tres días con tres noches duran las marimorenas que arman el capitán y su asistente.

¡Ruiz! por acá; ¡Ruiz! por allá; ¡mi capitán! por allí; ¡mi capitán! por el otro lado; que la cebada, que el maletín, que los alcances, que el caballo, que ¡vete!, que ¡estate!, que ¡bruto!, que ¡por vida!, que la patrona, que el libramiento, que las raciones, que la herradura... Y todo esto a gritos, al mediodía, a medianoche, al amanecer, y comiendo y almorzando.

Gedeón no sosiega; y, además, todo le huele a cuadra, y le sabe a rancho, y le suena a cuartel.

Doña Ambrosia está en ascuas, tiene calambres, riñe con el capitán y se disculpa con Gedeón.

-Ya usted ve, no es culpa mía. ¡Cómo podía yo pensar!... Para algunas gentes todo es lo mismo... No tienen educación, carecen de principios... ¡Pero yo haré!... ¡Yo le aseguro!... Usted dispensará... A cualquiera le sucede... Como una juzga a los demás por sus propios sentimientos...

Y no dura la brega más que tres días, porque doña Ambrosia, con la disculpa de que tiene comprometida la habitación, despide al capitán cuando vence su boleta; disculpa que éste no admite como de buena ley, por lo cual, antes de marcharse, pone a la pupilera como trapo de fregar, y a la casa, que no hay por dónde mirarla.

Aquella noche descansa Gedeón, y hasta reanuda sus casi interrumpidos coloquios con Solita; pero con esto vuelven a arder las apagadas iras de doña Ambrosia, y a estallar sobre su doncella, y a oírse sus letanías acostumbradas cada vez que pasa por delante de la puerta falsa del gabinete.

En esto, toman posesión de la sala dos nuevos huéspedes. Son dos cómicos, que vienen a casa a la una de la mañana, y se acuestan a las dos, y se levantan a las once, y comen a deshora, y estudian a voces sus papeles, y cantan a grito pelado copias indecentes, y se pasean en calzoncillos por toda la casa desde que salen de la cama hasta que se van al ensayo, y dicen chicoleos desde el balcón a todas las mujeres que se asoman a los de enfrente, y tiran bolitas de pan y huesos de aceituna a los hombres que pasan por la calle.

De vez en cuando los visitan otros camaradas del oficio, y entonces se hunde la tierra.

Gedeón, condenado desde mucho tiempo hace a ir de mal en peor en esto de establecerse a su gusto, suspira por el capitán, que le parece un ángel de Dios, comparado con aquellos demonios del estrépito.

Un día convidan éstos a comer a media docena de sus amigos; y como la comida es solemne, tiene lugar en la sala. Antes que lleguen los postres, Gedeón se ahoga de ira y de ruido, y tiene que largarse a la calle para buscar un poco de aire menos corrompido, y una algarabía más tolerable.

Nótese que nuestro personaje, de algún tiempo acá, encomienda sus deshogos a la vía pública, síntoma tremendo de la orfandad y del desamparo de sus ideas, como las de tantos otros expósitos de su calibre, o dejados de la mano de Dios, si el lector lo prefiere así.

Dos horas le dura la arrancada, como dicen los marinos, o la velocidad inicial, según la culta jerga científica; dos horas que invierte Gedeón en meterse, como los huracanes, por todas las rendijas que halla a su paso en la ciudad. Cuando se ve rendido y desfogado, vuélvese a casa, en la creencia de que, si no la policía, el cansancio habrá puesto en orden y en silencio a los cómicos de la sala.

Pocos pasos antes de llegar al portal, observa que sale de él Solita, con un lío de ropa debajo del brazo. Este detalle le parece grave.

En efecto, Solita se echa a llorar en cuanto se encara con Gedeón.

-¡Ay, señorito -le dice entre sollozos-, ¡qué mala estrella es usted para mí!

-Pues ¿qué sucede, hija mía? -pregúntala Gedeón hecho unas mieles.

-Que por usted salgo de esta casa, como por usted salí de la otra.

-¡Por mí, alma de Dios!

-Sí, señor, por usted.

-¿Pero qué le he hecho yo a usted?, vamos a ver.

-Ya usted me comprende.

-Pues no comprendo una palabra.

-¿Qué me había hecho usted cuando la señora Braulia me difamaba?

-Absolutamente nada, Solita; absolutamente nada... y bien a mi pesar, créalo usted.

-Gracias por la intención... Pues eso mismo me ha hecho usted ahora; y, sin embargo, la señora me ha dicho... bastante más que la otra.

-¿De mí?

-Y de mí: de los dos.

-¡Ah, grosera, incivil y menguada!

-¡También usted!

-Me refiero a la pupilera, hija mía. ¡Yo denostar a quien es la cultura, la suavidad y la!...

-Mil gracias, señorito... Pues verá usted. Desde que entré en su casa, venía martirizándome con palabras de muy mal sentido, cada vez que yo salía del gabinete, de servirle a usted.

-¡Y no me ha dicho usted nada!

-¿Para qué?

-Para que yo estrangulara a esa tarasca.

-Pero hoy, como no quise servir a los de la sala, porque al ponerles la mesa me dijeron muchas groserías, tomó pie de aquí en cuanto usted se fue a la calle; y sobre si no me gustaba servir a otro huésped que al del gabinete, y si usted y yo nos entendíamos, y sobre si esto era inmoral y escandaloso, y sobre no sé qué perrerías más por el estilo, díjome tales cosas, que me obligaron a cantarla cuatro verdades al oído y a despedirme en seguida.

-¡Bien, Solita! ¡Eso es tener dignidad y carácter! Lo que siento yo es no haber estado cerca para remachar el clavo encima de su cabeza... Pero vamos a ver: ¿adónde va usted ahora?

Aquí Solita baja los ojos, recoge una punta de su delantal con la mano libre, y responde con voz lenta y no muy firme:

-Por de pronto... a casa de una amiga.

-¿Y después?

-Después... adonde me quieran.

-Entonces, no se mueva usted de aquí.

-Ya sabe usted en qué sentido hablo.

-También usted en el que yo la replico.

-La necesidad me obliga a servir.

-Porque usted quiere.

-¡Qué bromas gasta usted!

-No en este momento.

-Me parece que más claras...

-Si quisiera usted tomar en serio lo que yo le dijera...

-¿Más aún de lo que me tiene ya dicho?

-¡Muchísimo más!

-¡Pues tendrá que oír!

-¡Cosa buena, Solita!

-Como de usted.

-Ya se ve que sí.

-Pues si usted lo asegura...

-Ha de saber usted, Solita, que tengo un plan.

-¿Ahora, de repente?

-Hace días.

-¿Y qué?

-Que si quisiera usted conocerle...

-Si me interesa en algo...

-De punta a cabo.

-Pues usted dirá.

-Es algo extenso... ¿Va usted muy lejos?

-Bastante.

-En ese caso, andando hablaremos.

-Como usted guste.

-Pues vamos andando.

Y a andar echan los dos, calle adelante, paso a paso, medio a oscuras cuando pasan cerca de un farol, y a oscuras por completo cuando de él se alejan, juntos, juntitos, y muy encorvado el uno sobre la otra, como la f sobre la i.

Una hora más tarde vuelve Gedeón a su posada, de la cual falta ya el único atractivo que para él tenía. ¡Considérese con qué ojos mirará ahora aquella guarida en que la necesidad le metió!

Cuando entra en su gabinete, reina el silencio en la sala, aunque algún débil rayo de luz y tal cual carraspeo le indican muy pronto que hay gente en ella. La curiosidad le mueve a separar un poco una cortinilla de las vidrieras y a mirar lo que hay al otro lado. Alrededor de la mesa en que han comido, ve a los dos huéspedes y a sus amigos, con las cabezas en grupo y los cuerpos descoyuntados sobre las sillas. La luz está en medio de todos, y debajo de ella algo que Gedeón no puede ver; pero muy pronto llegan a su oído varias palabras, como juego, cargo, me retiro, entrés, etc., etc.

-Vamos -piensa Gedeón- lo que faltaba.

Mas apenas lo ha pensado, cuando el grupo se deshace, y se arma en la sala un vocerío tremendo; y sobre si muerto o si vivo; sobre si el salto o si el quiebro, en un instante suenan diez bofetones, tres botellazos y cincuenta blasfemias.

Acude doña Ambrosia, llega Malambruno y viene el ingeniero en calzoncillos ¡que ya tiene que ver!; y mientras encarnizan más el combate queriendo apaciguarle, Gedeón recoge sus dispersos vestidos, empaqueta sus cachivaches, y sale después en busca de dos mozos de cordel.

Cuando vuelve con ellos, déjalos a la puerta de la escalera; y notando que la tormenta ya no ruge, llama a doña Ambrosia.

-¡Señora! -le dice-. ¡Ésta es la casa de Tócame-Roque!

-¡Mas honrada y más decente que la que merece el muy descortés! -respóndele la pupilera, trémula de ira y con los ojos inyectados de sangre.

-¡Esto es un burdel! -añade Gedeón, mirándola con una seriedad y una firmeza que la desesperan más.

-¡Eso hubiera usted hecho de ella, a no ser yo quien soy, y a no velar, como velo, por la buena moral!

-Que lo digan los de la sala.

-¡Yo no puedo preverlo todo!

-Pero debía usted no engañar a nadie, como me ha engañado a mí.

-¡Cómo!...

-Negándome que aquí se admite al primero que llega.

-¡Y lo niego todavía! ¡Y sostengo que ésta no es casa de huéspedes!

-En eso no miente usted, porque es cosa algo peor.

-¡Caballero!

-Porque lo soy me marcho... Ahí va lo que debo; y en paz.

-Cuando usted guste.

-Ahora mismo.

-Naturalmente. Como se largó ella...

-¡Señora!...

-Bernabé y la ciega... No podía ser otra cosa... Estaban ustedes de acuerdo.

Aquí Gedeón, temiendo dar un escándalo semejante al que acaba de presenciar, entre echar el telón abajo, como dirían los de la sala, o por el balcón a la pupilera, opta por lo primero, como lo más prudente, y manda entrar a las dos acémilas para que carguen con su equipaje.


- VIII - De mal en peorEditar

-¿Adónde vamos con esto? -le preguntan.

-A la fonda.

-¿A cuál de ellas?

-A la más cara -responde Gedeón, decidido a ahogar sus desventuras en dinero.

Y anda, anda, llegan los tres a un ancho portal muy charolado y resplandeciente; y sube, sube, por una escalera muy lustrosa, detiénense en un vestíbulo medio lujoso, medio limpio y medio obstruido por baúles amontonados y camareros sin educación.

-¿Adónde vamos? -pregunta a éstos la acémila delantera.

-Adentro se lo dirán a ustedes -responde el menos soez de los preguntados.

Y los tres penetran en un largo corredor; y hallan a un hombre gordo que, al verlos, empuña la manezuela de una de las puertas de la ringlera, y les dice:

-Aquí.

Mas apenas ha metido Gedeón las narices dentro, dan sus ojos con un hombre en calzoncillos, esparrancado, en chancletas, y como haciendo equilibrios delante de un espejillo colgado en la pared, y detrás de una bujía colocada entre uno y otro.

-Perdón -exclama el hombre gordo, mientras el de adentro se vuelve a mirarle, navaja de afeitar en mano, y con media cara rapada y la otra media cubierta de jabón.

Treinta pasos más adelante, vuelve a decir el que guía, abriendo otra puerta:

-Aquí es.

Y cuando los que van detrás se disponen a seguirle, una mujer en enaguas lanza un grito, y abalanzándose a la puerta, ciérrala con ira, mientras la voz de un hombre suelta una blasfemia en francés desde el fondo de aquel misterio inexplorado.

A vueltas de otras tres equivocaciones por el estilo, el hombre gordo, ya sulfurado, pónese a gritar desde el centro de una encrucijada a que han llegado los cuatro:

-¡M'siu Cotelet!... ¡M'siu Cotelet!

-¡Boum! -le contesta una voz desde allá lejos, muy lejos.

-¿Quiere usted decirme, con mil demonios, qué número es el que está desocupado?

-¡El dusiantos trantiunoooo!... -vuelve a responderle la voz.

-Es en el otro piso, caballero -dice el hombre gordo a Gedeón-. Es enteramente igual a éste: sólo tiene de más algunas escaleras.

Súbenlas los cuatro, tres de ellos jadeando ya y con amagos de jadeo el hombre gordo; y vuelven a recorrer nuevos pasadizos. Al fin de uno de ellos hay una puerta con el número 231. Allí es. El hombre gordo entra y enciende una vela. A su luz se ve el suelo lleno de papeles rotos y puntas de cigarro, la cama revuelta, la palangana hecha una basura, y la pared con lamparones.

Mientras Gedeón paga y despide a los mozos de cordel, llega un camarero silbando unas habaneras; y de dos trastazos da por arreglada la cama, dejando al nuevo huésped en la duda de si mudó las sábanas o aprovecha las que tenía; vierte las inmundicias de la jofaina en un cubo de latón; saca a puntapiés los papeles al corredor; sacude dos manotadas y da un restregón con la sempiterna rodilla al tocador; cuelga encima de éste un pingajo, al que se permite llamar toalla; y, sin dejar de silbar las habaneras, sale del cuarto, despidiéndose con un portazo que hace temblar los tabiques.

Mustio se queda Gedeón por largo rato, maquinalmente sentado sobre uno de sus baúles, y midiendo con la vista el menguado perímetro de aquella estancia. Después se levanta, y, maquinalmente también, procede a hacer el inventario de cuanto en ella le pertenece para su uso.

Además de la cama y del tocador ya mencionados, hay un ropero con puerta que no ajusta, de espejo desazogado y llave que no cierra; una percha de fleje con seis colgadores, tres de ellos a medio arrancar, dos arrancados ya y uno partido por el medio; una mesa de noche (cuyo entreabierto cajón permite ver, en su oscuro fondo, media liga vieja, un cabo de vela, tres palillos de dientes muy usados, un parche de trementina a medio uso, y seis tachuelas amarillas); una jarra de latón, como el cubo, llena de agua; sobre la mesa de noche una botellita blanca, con un vaso boca abajo por tapadera; un velador cabizbajo y alicaído, no por la carga liviana de un tinterillo sin entrañas y una pluma roñosa que no puede calzar más que punto y medio, por mucho que se presume, sino por sus achaques naturales y frutos de su arrastrada vida; por último, dos sillas de mala muerte y una butaca cuya anatomía de astillas y de alambre pugna, y al fin ha de conseguirlo, por romper la mezquina envoltura que aún la impide, aunque sólo a trechos, protestar en debida forma contra la opresora poltronería de los huéspedes.

De manera que allí todo está previsto para la comodidad de éstos y para sus más apremiantes necesidades, y nada falta más que el aseo, el orden y el desahogo. Todo parece decirle a Gedeón: «No te molestes en llamar, porque no acudirá nadie al llamamiento, en la confianza de que tienes aquí cuanto necesitas. Para lo demás, ya te llamarán a ti».

No ignora Gedeón lo que son las fondas; pero entre pasar por ellas, como él ha pasado algunas veces, y vivir en ellas, como ahora vive, hay muchísima distancia; y mucho mayor para un hombre siempre cebadito y mimado en su casa, en la cual todo era suyo y para su regalo.

Decididamente no es en aquel angosto y desaliñado recinto donde ha de llenar el vacío de que se queja desde que nosotros le conocemos.

Con estas y otras cavilaciones en la mollera, y mirando con repugnancia cuanto le rodea, vase desnudando poco a poco; y sin pizca de ilusiones para el día siguiente, métese en la cama como pudiera tirarse al pozo, apagando de un soplo la bujía y encendiendo en su memoria el recuerdo de Solita, que, por de pronto, le alegra un poco la imaginación, aunque no le llena, ni con mucho, el abismo de su alma.

Una semana, quince días, dos meses... un año... lo que el lector quiera, lleva Gedeón de residencia en aquel agujero, o en otro idéntico, de la misma fonda o de otra quizá peor que habrá encontrado, en su afán de mejorar de vivienda y de establecerse a su gusto.

Le ocupa lo menos que puede, y vuelve a él a las horas de comer y de acostarse, como el colegial a cátedra después de las vacaciones.

Para colmo de desdichas, tiene un destacamento reumático en una rodilla, y un manantial en un oído; le va engordando la panza y se le insinúa un catarro de pecho que, cuando el tiempo refresca, le da bastante que hacer.

Pero más que estas plagas, que al cabo le dejan en paz muy a menudo, le abate un aburrimiento desconsolador. Verdaderamente no sabe qué hacer de su cuerpo, ni en su celda ni en la calle. En la una todo es angostura y soledad. En la otra no tiene ya con quién departir; pues sus tres camaradas, únicos seres cuyo trato ha cultivado con frecuencia, le van inspirando una invencible antipatía, y huye de ellos como de la peste.

En cuanto a lo demás, tanto le cansa como le deleita, si es que algo de ello no le remuerde; reducido, en suma, a insustanciales despojos de las sobras de otros tiempos, o a similores del presente, que no valen el trabajo que le cuestan, ni el riesgo en que le ponen su libertad.


- IX - Por las nubesEditar

Ahora podemos suponer, por suponer un poco de todo, que Gedeón, libre una semana de sus dolencias físicas, hace un esfuerzo supremo para sacudirse las morales, y se lanza, fraque en ristre, a regiones en que jamás ha penetrado, para estudiar aquellas razas y la manera más cómoda de explotarlas en beneficio de sus deseos y en concordancia con sus imaginaciones.

Por de pronto, sus pies, hechos a pisar los suelos de cabretón, han de enredársele no poco en el fino vellón de las alfombras. Brujuleará por salas y rincones; hará como que refiere al conocido que haya hecho su presentación cosas muy graves e importantes, para estudiar con disimulo maneras y actitudes en los que pasan a su lado; para tantear estilos de conversación amena y por lo fino, y, sobre todo, para tomar lenguas de todas y cada una de las damas que adornan los contornos del salón; se fijará primero en las más bellas; después en las más frágiles, y, por último, en las más accesibles, según el criterio de su acompañante.

Verá que no faltan entre los hombres que entretienen y acompañan a las más jóvenes y más hermosas, galanes antediluvianos que tapan la carcoma de sus muchos años con afeites y postizos.

Diránle que, así y todo, los hay entre ellos que no pierden siempre que juegan; lo cual animará mucho a Gedeón cada vez que, al pasar delante de un espejo, vea reflejarse en él sus canas, sus arrugas y su pestorejo de veterano; pero luego sabrá que aquellos tipos, además de haber envejecido allí, lo cual ahorra el mal efecto de una aparición con flemas y pata de gallo, y de poseer algún atractivo especial para las mujeres, aunque sólo sea éste el saber desempeñar con donaire el papel de comparsa en tales fiestas, no son solterones como él, sino hombres que no se han casado todavía, porque quizá picaron muy alto al intentarlo, pues lo han intentado muchas veces.

¡Pero Gedeón!... He aquí lo que, a lo sumo, se dirá de él, si algo se dice, después que se muestre en semejantes alturas.

-Pues es un señor que se llama Gedeón, que está bien por su casa, y que tiene horror al matrimonio.

No puede decirse menos de un hombre que es, además, vulgar y adocenado de figura.

Hay ejemplos de que una pecadora lo haya sido con el caritativo fin de sacar a un calavera de los malos pasos en que también Gedeón se ha encontrado, y elevarle hasta ella, acaso para corromperle más; pero ese redimido era hermoso, o, cuando menos, notable, ya que no célebre, en algún concepto; y Gedeón no es célebre, ni notable, ni hermoso por ninguna parte que se le mire.

Con tales desventajas encima, ¿qué puede prometerse el mal aconsejado solterón si se echa a herborizar en el campo en que le suponemos colocado?

Le rechazarán las solteras, porque no es negocio ni buen modelo para marido, aun cuando él se prestara a serlo; y las demás, suponiendo que existan (yo siempre lo niego), pensarán, y muy cuerdamente, que ya que el diablo las lleve, que las lleve en coche.

Tentará a probar fortuna, eso sí, que para eso fue allá, y además es terco; y no se dirigirá a la más fea ni a la menos joven, que para eso es solterón y frisa en viejo; y se meterá en floreos de lenguaje y en retóricas trasnochadas, y preguntará por la gavota y el baile inglés, y por la música del Tancredo, cuando hace setenta años que ni aquéllos se bailan ni ésta se canta; y por sandio que sea, caerá en la cuenta de que cuanto más sublime se hace, se pone más en ridículo.

Y recordará entonces que en las capas inferiores, como ahora se dice, de la sociedad, entre modistillas y gentes de medio pelo, está él como el pez en el agua; recuerdo que, enfrente de las dificultades que traban su lengua y turban sus ideas, le excitará el deseo de vencerlas; y tal vez sus manos se atrevan a cometer demasías de tacto, o su lengua se desborde, o sus piernas desmazaladas, y a la sazón revueltas entre vecinas faldas de sedas y crespones, hagan una barbaridad que escandalice al concurso.

De todas maneras, Gedeón perderá el tiempo; porque aun concediéndole algún fruto en sus exploraciones, bien apreciado, no valdrá la violencia en que le pondrían los medios para alcanzarle. Violencia digo, porque sin ella no puede él vivir, en un terreno tan extraño a sus hábitos e inclinaciones.

Y si le frecuentara más para hacerle placentero, acabaría por salir de él marido de la mujer más pobre y fea; y no convertido, sino domado como una bestia; en el cual caso sería una variedad vulgarísima entre los célibes remolones, y no un perfecto modelo de la especie solterona impenitente, como el lector y yo hemos convenido en que sea Gedeón.

En sustancia, este capítulo es pura y simplemente una respuesta anticipada al candoroso lector que, olvidado de la naturaleza especial de nuestro personaje, me salga al encuentro con esta observación, que, en su concepto, lo resolvería todo, y hasta me excusara el trabajo de escribir lo que me falta de este libro:

-Pues, hombre, si Gedeón se aburre, ¿por qué no se divierte como yo?


- X - Lo que no había previsto GedeónEditar

Pero lo verosímil es que, a pesar de sus propósitos, si los tiene todavía, no se resuelva a salir de sus merodeos de escalera abajo; porque lo que entra con el capillo, sale con la mortaja.

A la edad en que Gedeón ha pensado en elevar su vuelo hasta las águilas rapaces, ya pesa mucho el cuerpo; y si, aunque con trabajos, se sube, faltan los ojos para resistir el sol mirándole cara a cara. La tierra llama a lo suyo; y aunque sueñe ser águila, se queda el atrevido tan milano como sus hábitos le han hecho o su madre le parió.

Lo innegable, por de pronto, es que una noche se retira a su albergue triste y dolorido; que la cama, aunque fementida, le llama a sí, y qué él se arroja en ella sediento y quebrantado.

Como el sueño no acude a sus párpados, entretiénese en apreciar la cantidad y la calidad de la dolencia que le postra; pero cuanto más se examina, menos comprende si sus dolores proceden del cuerpo o del espíritu.

Le asaltan serios temores de que la enfermedad pueda complicarse, y se estremece al pensar en la asistencia que le aguarda.

Entonces cae en la cuenta de que jamás ha entrado en sus previsiones un contratiempo semejante.

-He aquí un caso -se dice- en que la familia no es tan abominable como nos la pintan. La más mala de las mujeres, el más ingrato de los hijos, pudieran prestarme ahora un auxilio, aunque sólo fuera el de su presencia, que para mí no ha de haber, ni pagándole. Mas yo no tengo esposa, ni hijos... ni siquiera un amigo, ni un allegado... Me faltará el consuelo de que no carecerá el último zapatero que se muera de hambre en un desván... Pero esto tenía que suceder; es lógico tal desamparo... Es una de las quiebras de mi oficio.

Después se va con la imaginación adonde le llevan los objetos que le rodean, y los rumores que perciben sus oídos; y así, por esta senda, llega a antojársele que en toda fonda bien montada hay algo de manicomio, de cárcel y hasta de hospital: de todo, menos de casa y hogar. -Aquellas celdas en fila, con los números sobre la puerta; aquella uniformidad de camas, de colchas, de sillas y jergones; aquel hormigueo de gentes en los interminables corredores, gentes de todas edades, procedencias y cataduras, gentes que no se conocen ni se hablan; aquellos camareros brutales, impasibles, con el eterno mandil ceñido y el sucio lienzo en la mano, como verdasca de loquero o toalla de practicante; aquel gemir en un cuarto, reír en el otro y cantar en el de más allá; o hablar aquí en francés, en griego allí, y en un rincón de negocios, en otro de literatura, y de amor en el más oscuro; aquella campana que recorre patios y pasadizos, llamando a comer cosas que el huésped no ha pedido y no sabe si le gustarán, en una mesa muy larga y entre gentes que se enfilan en ella como mulos en pesebrera, y como éstos, sin chistar ni sonreír, engullen; el rechinar de las cerraduras por la noche al meterse cada cual en su madriguera; el ruido acompasado del huésped que se va, o del que llega a las dos de la mañana, como el ruido de los pasos del centinela en el patio de un presidio, o de los hombres que sacan un cadáver de la cama de un hospital para llevarle al cementerio; y, por último, el marcharse uno sin despedirse, como entró sin saludar, porque el amo es allí una entidad, como el Municipio o el Estado en los hospitales, en los manicomios y en las cárceles; detalles son, con otros muchos más, en concepto de Gedeón, tan aplicables a la fisonomía de una fonda como a las de esos lugares aborrecibles y aborrecidos.

Lo único en que no se parecen la una y los otros es que en los hospitales, en los manicomios y en las cárceles tiene la caridad socorros y consuelos para los acogidos, para los locos y para los criminales enfermos, al paso que los huéspedes de las fondas pueden, como Gedeón mismo, irse al otro mundo sin que lo sepa nadie más que Dios que se los lleva.

En estas y otras visiones, la noche avanza, el sueño no viene y la sed le atormenta. Como se ha bebido ya el agua de la botella, ase el cordón de la campanilla, tira de él con ansia, y espera.

Los minutos corren, y nadie viene.

Al fin oye pasos en el corredor.

-¡Ese es! -piensa.

Pero el ruido se aleja. Oye otra vez rumor de pisadas junto a su cuarto, y vuelve a llamar creyendo que le oirá el que pasa; mas no reflexiona que la campanilla a la cual corresponde el cordón de que él tira, quizá esté zarandeándose en el otro piso, y que se necesita que se halle cerca de ella una persona para que pueda saberse qué número es el que llama.

Convencido de que tirar de aquel cordón es clamar en desierto, se arroja de la cama y apaga su sed con el agua de la jarra de latón. No es fresca ni está limpia; pero es abundante.

Vuelve a acostarse, y tampoco puede dormir; y van pasando las horas y mermándose los ruidos, por calmarse el movimiento; y cuando sólo se oye, de vez en cuando, el roncar de los que duermen a los lados, o el lento taconeo del que trasnocha o se va, o el lastimero mayar del gato enamorado, en el desván cercano o en tejado vecino, el cansancio le rinde y le proporciona un sueño reparador, durante el cual se imagina que vela a su lado una esposa solícita y amante que le toca la frente y se la refresca con besos amorosos y con paños de nieve, no mas blanca que sus manos, mientras un niño de angelical semblante le acaricia el enardecido rostro con sus rizos de querube. ¡Cómo le consuela todo esto! Pero en seguida se le ponen delante sus tres camaradas y consejeros, furibundas las miradas y mostrando en sus espumantes bocas víboras por lenguas; ante el cual aspecto, repulsivo e infernal, la visión consoladora desaparece, quedando en su lugar un hombre de blanco mandil, que te pide por cada gota de agua una moneda.

Después no sueña nada; se queda como un tronco. Al despertar por la mañana, se encuentra sin fiebre, pero muy abatido y con horror a la soledad.

No se cansa en reñir al mozo que le sirve, cuando, cerca del mediodía, entra en su cuarto: perdería el tiempo y las palabras; pero le suplica que mande venir un médico.

A todo trance quiere comunicar con alguno; y no teniendo amigos ni parientes, ha calculado que nadie como un hombre de aquella profesión puede ayudarle a pelear contra el enemigo que le asedia.

Hará que le visite a cada hora, si tanto se necesita; le costará el auxilio caro, pero tendrá, a lo menos, quien le ayude a morirse en toda regla, si decretada está su muerte, o le tienda una mano para salir del lecho.


- XI - Lo que le duele a Gedeón, y por qué le dueleEditar

Al cabo de dos horas se presenta el médico. Se ha necesitado una para que el camarero, después de olvidar el encargo, le recuerde, y cerca de otra para decidirse a llevarle a su destino.

Es el Doctor hombre de medio siglo, de rostro sereno y de mirada firme, pero sin dureza; pulcro en el vestir y culto en sus maneras.

Gedeón, en cuanto le tiene al lado, le hace una pintura de sus recientes dolores.

El Doctor le mira, como si sus ojos leyeran mucho más adentro de la fisonomía; le toma el pulso, sin dejar de mirarle, y no dice una palabra.

El enfermo, tras una corta pausa, continúa enumerando detalles y acumulando fenómenos, sin ocultar lo que soñó por la noche.

El médico palpa, observa y no despliega sus labios.

El paciente cierra los suyos, mira a los ojos del médico, y parece pedirle su dictamen.

-¿Quiere usted darme algunos antecedentes? -dice al cabo el Doctor, dejando de palpar, pero no de mirar a Gedeón, como si le pareciera poco la enfermedad explicada para causa de tanto y tan visible decaimiento.

Gedeón, que siempre tuvo una salud de bronce, no halla medio de satisfacer la pregunta del Doctor.

-No se fije usted solamente en los dolores del cuerpo -añade éste al notar la perplejidad del enfermo-; examine usted también las vicisitudes del espíritu; pues con frecuencia es éste la causa mediata de muchas dolencias de aquél.

Gedeón narra sus últimas desazones, aunque achacándolas a las prosaicas contrariedades que el lector conoce.

-Un poco más atrás... -replica el médico, como si hubiera dado con el rastro de lo que busca.

Gedeón retrocede con su relato hasta la catástrofe de la señora Braulia.

-¡Más atrás todavía! -insiste el Doctor, animando al enfermo con expresiva mímica.

Gedeón se atreve a contar hasta por qué se decidió a establecerse como mozo de casa abierta; apunta algunas consideraciones sobre su aversión al matrimonio; algo también sobre los consejos que le dieron, y no poco sobre el carácter de los consejeros; y así, apuntando el uno y excitándole el otro a revolver más los fondos de la historia, llega el Doctor a conocerla casi tan al pormenor como nosotros, siendo de notar que Gedeón la desenvuelve con tanta complacencia, como si fuera lienzo ceñido a sus carnes, y buscara quien estirase las arrugas que se las desuellan.

Cuando concluye, le dice el Doctor, con rostro afable:

-Lo que usted me ha referido no es otra cosa que la confirmación de una sospecha que adquirí desde que comparé su estado actual con las, según usted creía, causas inmediatas de él.

-¿Luego no son ésas las que?...

-El mal que, en apariencia, le ha postrado a usted en el lecho, se cura con dos cuartos de ungüento; pero no le diría a usted la verdad el médico que le dijera que estaba usted curado porque ya no le dolía la rodilla.

-¿Cree usted que podrá repetirse el dolor, según eso?

-Creo que no es ése el mal que usted padece.

-¿Otro más grave, acaso?

-¿Me autoriza usted para decirle todo mi leal sentir?

-No sólo le autorizo a usted, Doctor; se lo ruego.

-Pues haciendo uso de esa licencia, empiezo por decir que le ha hecho usted muy malo de su vida.

-¿Por qué?

-Porque ha mirado usted del revés todas sus conveniencias.

-¡Vea usted: yo creía todo lo contrario!

-No me sorprende. Viéndose usted joven, robusto, mimado y consentido, dejóse arrastrar de los estímulos de todas esas aparentes ventajas, sin tener en cuenta que son muy efímeras, ni, lo que más importa, aunque el corazón debió advertírselo, que el hombre necesita en cada edad, hacer (si es lícita la metáfora) sus provisiones para la inmediata; porque sabido es que en lo moral, y a las veces en lo físico, lo que en las unas nutre, en las otras envenena.

-Por ejemplo...

-Por ejemplo: la absoluta emancipación de las pasiones, la ruptura de todos los vínculos divinos y humanos...

-¿Y eso nutre alguna vez?

-Eso, durante el hervor de la juventud, es el fuego que más le sostiene; el huracán que le empuja; el imán que la atrae.

-¿Y después?

-Después es el hielo de los páramos en el invierno de la vida.

-Es muy bonito eso... para dicho, Doctor; pero...

-¿Duda usted que sea cierto?

-Acaso.

-Pues de que lo es, tengo un ejemplo delante.

-¡Yo!

-Me ha confesado usted hace poco que la soledad le mata.

-Es verdad.

-Luego no me equivoco.

-Pero eso le sucede a cualquiera.

-Lo niego; de esa clase de soledades únicamente se quejan los que han vivido divorciados de todo afecto generoso; los que han hollado en la juventud las leyes de Dios y las de la naturaleza; los que han llegado a las puertas de la vejez sin un abrigo para el corazón, sin un consuelo para el alma.

-Hombre, en eso de consuelos, cada uno puede tenerlos a su manera.

-No el alma, que los tiene bien determinados; el alma, como de origen divino, no puede satisfacerse con los goces brutales de la materia. Su destino en el mundo es mucho más elevado.

-¿Cuál es, según usted, ese destino sublime?

-El amor.

-Entonces estamos de acuerdo.

-El amor, sí; pero no ese amor carnal que sólo dura lo que la pasión grosera que le enciende; el amor del padre al hijo, del hijo al padre, del hermano al hermano, del hombre a su prójimo; el amor que infunde en una criatura el heroísmo de arrojarse al fuego por sacar de él a su enemigo; el placer inefable de aliviar los dolores que padece otro ser; el ansia de ser útil a sus semejantes... Éste es el amor sublime; éste es el amor del alma, si el alma ha de ser digna de Dios.

-Y ¿cuál es, en opinión de usted también, la fuente en que se bebe ese néctar?

-La familia.

-Y ¿por qué no ha de beberse fuera de ella?

-Fuera de ella puede también sentirse ese amor; sólo que quien así le sienta, no odiará, como usted, el matrimonio, base y fundamento de la familia.

-Y ¿por qué odiando el matrimonio no he de poder yo amar de esa manera?

-¿Por qué no brotan flores en el Sahara?

-Porque es un desierto.

-¿Y cree usted que es otra cosa el corazón de un egoísta? ¿Cómo ha de ser capaz de partir su capa con el pobre quien renuncia a los hijos por el temor de que le turben el sueño con sus juegos? ¿Qué ha de ser el corazón que sólo palpita al impulso de los groseros deleites, más que una víscera, como el de una bestia?... y digo mucho, porque las bestias tienen el instinto de asociarse y de amar a sus semejantes, cumpliendo de este modo la ley que Dios les impuso; ley contra la que nada ni nadie se rebela en la tierra, más que el hombre egoísta.

-¡Ja, ja, ja!... ¡qué Doctor éste!

-¿Se ríe usted?

-¿Pues no he de reírme?

-¿Por qué no se reía usted anoche?

-Hombre... porque estaba enfermo.

-Y ¿por qué lo estaba usted?

-¡Toma!.. Porque... porque no estaba sano.

-Eso es responder de mala fe: usted me ha confesado que lo que más le dolía entonces era... el desamparo.

-Llámelo usted ache.

-Precisamente hay que llamarlo equis, porque es la incógnita de este problema.

-Pues concedido que lo sea. ¿No podía yo estar acompañado y asistido... hasta con amor, y, sin embargo?...

-Y sin embargo, pensar usted como piensa, y ser usted lo que es. ¿No es esto lo que usted quería decir?

-Cabalmente.

-Y ¿a título de qué, señor mío, había de gozar usted ese privilegio? ¿Quién le ha dicho a usted que el amor del prójimo se enciende como una pajuela cuando necesitamos su luz, y se apaga cuando nos estorba? ¿Qué da usted al prójimo en cambio de eso que le pide?... O ¿cree usted que el mundo es un mueble de lujo para recreo de cuatro solteros aburridos, o de otros tantos egoístas desalmados?

-Está usted cruel conmigo, Doctor.

-Como lo estoy siempre que trato de salvar una vida extirpando el cáncer que la compromete. Cumplo con mi deber.

-Es verdad.

-Y no dude usted que le hablo con ella en los labios.

-No lo dudo, y hasta agradezco la intención. Pero pongámonos en todos los casos. Suponga usted que esas teorías me parecen muy saludables, y que las aplaudo; pero suponga usted también que mi corazón se resiste a aceptarlas. ¿Cómo he de adoptar yo un partido que, sin poder remediarlo, me repugna?

-El corazón se educa como la inteligencia, señor mío; y la prueba es que el corazón de usted está dando hoy el fruto de la educación que recibió ayer.

-Árbol, como dicen los moralistas, que se torció de joven.

-Cabalmente.

-Luego debo renunciar a enderezarle, hoy que es ya viejo.

-Esa segunda parte es la que no se ajusta rigurosamente al caso actual.

-¿Por qué?

-Hay en la enfermedad que usted padece, un síntoma del cual huye usted tomándole por enemigo de su reposo. Pues precisamente ese síntoma es el que a mí me revela que el árbol, aunque robusto, puede enderezarse todavía. Aludo a esa ansia de algo que usted busca y no halla, desde que se vio solo en el hogar doméstico.

-Y ¿qué viene a ser ese síntoma?

-El grito de la naturaleza que reclama sus derechos; el ¡ay! de un alma solitaria.

-Y ¿cómo he de responder yo a esos gritos y a esos ayes?

-Dándole al alma su natural refugio.

-¿Dónde existe ese refugio? ¿Cómo se llama?

-Existe en todas partes; se llama familia.

-¡Familia! Olvida usted que no la tengo.

-Sé que no trató usted de adquirirla cuando perdió la que tenía; y a esa falta de previsión aludí al principio.

-Pues, amigo Doctor, ya es tarde para reparar esa falta.

-Yo insisto en que aún es tiempo.

-¿Y así, de repente, como quien cambia de vestido, quiere usted que cambie yo de sistema, o de estado?

-De ningún modo. Quiero que, ya que hasta hoy ha venido usted envenenándose el alma con quimeras de la imaginación, empiece usted a tomar el antídoto, estimulando un poco el sentimiento, o lo que es lo mismo, dejándose llevar de esa ansia que le persigue, hasta donde esa ansia le lleve. El punto de parada será el puerto de salvación.

Dicho esto, cállase el médico, y Gedeón no replica, y quédanse los dos mirándose mutuamente; pero la mirada del Doctor es la que ataca, por decirlo así; la del enfermo la que se defiende, y no con mucho valor.


- XII - Opinión de un médico sobre un fisiólogo y otras miseriasEditar

Transcurridos así breves momentos, Gedeón pregunta, en crudo, al Doctor:

-¿Es usted casado?

-No, por desgracia.

-¿Luego no me predica usted con el ejemplo?

-Le predico a usted con el sentido común, y además con la experiencia.

-¿Con qué experiencia?

-¿Le parece a usted poca la de mi profesión? Todas las de mis enfermos son otras tantas familias con quienes comparto sus penas y sus alegrías. ¡Y si viera usted cuánto se aprende en estos libros tan viejos como el mundo!

-No lo dudo; pero mientras en su lectura no se interese el corazón...

-¿Luego cree usted que el mío no se interesa en ella? ¿Luego es usted de los que piensan que la condición de médico excluye toda sensibilidad moral?

-No tanto como eso; pero creo que la costumbre de ver padecer a otros, embota, hasta cierto punto, esa sensibilidad.

-La costumbre, amigo mío, enseña a sufrir, pero no a matar el sentimiento; la costumbre enseña a cortar un miembro sin que la mano vacile, pero no a que el corazón deje de sentir el ¡ay! que el dolor arranca al amputado; la costumbre enseña a penetrar en el hogar ajeno, donde todo es lágrimas y desconsuelo, sin que las nuestras broten de los párpados, pero no evita que el alma se anegue en ellas... Créame usted, no hay nada más terrible que la situación de un médico a la cabecera de un moribundo. A los ojos de la madre, de la esposa, de los hijos, asomadas sus almas, y esas almas mirando a nuestros ojos para leer en ellos un consuelo y pedir a nuestra ciencia una esperanza; y, entre tanto, nuestra ciencia no sabe calmar uno solo de los dolores que van matando poco a poco al desgraciado, que acaso es nuestro mejor amigo o nuestro hermano.

-¡Menguada ciencia, por cierto!

-La ciencia no puede borrar lo que está escrito. Allí donde Dios pone su mano; allí donde el Hacedor dice: «esta vida se acaba», es inútil el esfuerzo del hombre.

-Luego es inútil la ciencia.

-La ciencia sirve para hacer de un cuerpo inválido un cuerpo vigoroso. Éstos son nuestros grandes consuelos, aunque no alcanzan a compensar las otras amarguras. Pues bien: el que tiene saturada de ellas el alma; el que a combatir sus causas se consagra, sin hora cierta para el reposo ni el sosiego, ¿cómo ha de gozar las dulzuras de la familia propia? ¿No la expondría a cada instante, si la tuviera, al contagio de sus melancolías? Por eso no la tengo yo, amigo mío; es decir, por amarla, por venerarla demasiado; por eso se la recomiendo a usted, que es libre, para hacerla feliz y serlo, a la vez, con ella.

-Pero repare usted, Doctor, que la pintura que usted me ha hecho del interior, llamémoslo así, de una familia, no tiene gran atractivo que digamos.

-¿Y piensa usted que por huir de la familia ha de verse libre de dolores ni de la muerte?

-No; pero entre sentir los míos solos, y cargar con la molestia de los ajenos, hay alguna diferencia.

-No tan grande, seguramente, como la que hay entre verse usted como se ha visto anoche, aun sin grave dolencia, y asistido y consolado como, según usted mismo me ha dicho, se creyó, por un instante, en su delirio.

-Delirio al cabo, Doctor.

-Delirio que yo veo todos los días convertido en realidad.

-¿En dónde?

-A la cabecera de mis enfermos; allí, por cada vez que hallo el vacío y el desamparo, como los he hallado en este cuarto, hallo mil todas las virtudes de que es susceptible el corazón humano, formado a tiempo por el santo calor de la familia cristiana, a cuyo abrigo tuvimos usted y yo la dicha de nacer; allí, entre la prosa, como ustedes dicen, de los jaropes y de los ayes, es donde yo veo el amor desinteresado, la abnegación y el heroísmo, lucir como las estrellas en el cielo, brotar como las flores en la primavera. Allí, en presencia de aquellos modelos, es como debieran escribirse las fisiologías del matrimonio; no a las puertas del gran mundo, ni en los bailes de la ópera, ni en las carreras de Longchamps; en esos libros debieran buscar los hombres como usted la resolución de sus dudas, y no en las páginas de los libelos, ni en el dictamen de tres egoístas de la peor especie.

-¿Conoce usted a Balzac, Doctor?

-Conozco a Balzac y a cuantos han llevado su contingente de burlas a ese cúmulo de dislates sobre la familia, que le han extraviado a usted el criterio.

-¡Dislates Balzac!

-Precisamente han sido los grandes hombres quienes han dicho los mayores desatinos.

-¡Doctor!...

-No se fije usted en mi pequeñez para desautorizar el aserto. Otro gran hombre, más viejo que Balzac, y aun de más talla, Cicerón, lo ha dicho: Nihil tan absurdum quod...

-Perdone usted, Doctor; estoy algo flojillo en esa lengua.

-Pues quiere decir, en romance, que no hay absurdo corriente, por enorme que sea, que no proceda de algún filósofo.

-Pues con la venia de Cicerón, ya que quiere usted que no acepte yo sus palabras como un dicho más, paréceme a mí que tratándose de hechos como los que analizan esos grandes pensadores, no tiene mucho valor ese dictamen.

-¿A qué hechos se refiere usted?

-Al matrimonio, por ejemplo.

-¿Y le analiza alguno de ellos?

-Con pinzas y microscopio... Pero ¿no me ha dicho usted que conoce a Balzac?

-Y lo repito; y por eso declaro que yo no he visto jamás en los libros de ese autor cosa que se parezca al matrimonio.

-¡Pues me gusta, hombre!... ¡Cuando no tratan de otro asunto sus dos obras más famosas!... A millares danzan allí los maridos y las mujeres... y lo demás.

-Efectivamente, se habla mucho en esos libros de matrimonios que, después de arañarse por resentimientos apenas verosímiles en imberbe enamorado, se reconcilian con un vestido de baile, con una comida au Rocher de Cancal, o con una cena en el Café Inglés; hay allí mujeres que «se aterran» porque dice la modista, al probarles un corsé, que les ha crecido el perímetro de la cintura media pulgada; maridos que se amoscan porque sus mujeres aluden con demasiada frecuencia al reciente desarrollo de sus estómagos; esposas que se arrepienten de serlo porque sus maridos tienen un diente postizo; pero que, al cabo, se consuelan sabiendo que hay esposos de sus amigas que toman rapé. A todas estas cosas y otras infinitas no tan trascendentales, pero sí inherentes al matrimonio, se les llama miserias de la vida conyugal, y se discurre largamente sobre ellas, en palabras de doble sentido, y dando a todas las frases un aire de «¡pobres predestinados!»; se dice, bajo el rótulo de axioma, y como un aviso en bien de la paz de un matrimonio, «que se guarde mucho el marido de dormirse antes y de despertarse después que su mujer»; porque ¡figúrense ustedes lo que sucedería oyéndole ésta roncar, o contemplándole en posición poco elegante! Se diserta con este motivo sobre las condiciones que debe reunir la cámara nupcial, y se califica de imbécil al marido que se atreve a colarse en el tocador de su esposa... Aquello, amigo mío, de punta a cabo, no es más que una pura defección de los sentidos, y una ociosa gimnasia del raciocinio para indicar el modo de que duren algo más las ilusiones; lo propio que si se tratara de un acaudalado sensual y de una cortesana corrompida, que se ajustasen para vivir matrimonialmente una temporada.

¿Le parece a usted que es esto analizar el matrimonio? ¿Le parece a usted que éste no tiene otros fines que cumplir ni otros aspectos por los cuales deba estudiársele? ¿No es un desatino, más que desatino, sandez, excitar al lector a que crea que la esposa que se arroja de su lecho para salvar de las llamas a su hijo, sin reparar en que su marido la está viendo descalza y en camisa, es una mujer prosaica, cuyo ejemplo debe presentarse para escarmiento de los hombres de buen gusto aspirantes a casarse?

-Amigo mío, llevando las conjeturas al extremo a que usted las lleva...

-No hay tal extremo; son deducciones lógicas de los principios manoseados por Balzac. Y yo pregunto ahora: ¿qué se propone este sediciente fisiólogo? ¿Demostrarnos que la ilusión del novio desaparece en breve dentro del matrimonio? Pues para semejante vulgaridad no había para qué emborronar tantos papeles. El marido más ramplón de los míos sabe que todo lo que en la vida conyugal se refiere a los sentidos, apenas resiste la segunda prueba. ¿Quiere decirnos también que el matrimonio más enamorado al formarse, tiene que deshacerse pronto por la fuerza incontrastable de las miserias de sus propios desencantos? Pues a esto puede preguntar el mismo pobre marido a ese grande hombre: «¿Qué haces tú de los cónyuges de tus libros cuando pierden las ilusiones o se las quitan los años con la prosa de las arrugas y del histérico? ¿Se devoran unos a otros? ¿Los recoge la caridad pública? ¿O hay algún infierno especial adonde van estos seres, aun en vida, a purgar el delito de haberse casado, o la afrenta de haber envejecido? ¿Y son esos los matrimonios que han de producir hombres útiles a la patria, y mujeres que lleguen a ser madres honradas, como la mía? Pues yo que peino canas y tengo a mi lado una esposa con arrugas, no trocara por aquellas ilusiones que duraron un día, como todo lo carnal y voluptuoso, el inefable placer que siente mi alma desde el instante en que se fundió en la de mi compañera, como la de ésta se fundió en la mía; el sublime consuelo de venir atravesando juntos el desierto de la vida, prestándole yo mis fuerzas y ella auxiliándome con las suyas; y, por último, la dicha de verme revivir en mis hijos, de verlos crecer y de dirigir sus corazones para que sus virtudes puedan llegar a ser un día corona de mis canas, y acaso, más allá, la gloria de mi nombre o de su patria, con el cual fin les pongo, como perenne juez de su actos, a Dios de quien proceden y a quien irán, si a su ley no faltan mientras acá abajo lidian, que a eso venimos a este campo de batalla, contra las propias pasiones y el rudo acometer de las ajenas. Así pensando y así sintiendo, ni yo veo sus arrugas, ni ella en mis canas repara; y cuanto más el cuerpo se encorva hacia la tierra que le llama, más risueño y más ufano se eleva mi espíritu hacia Dios, que es su dueño y su destino».

Esto le diría a Balzac, dándole en ello bien resuelto su mal planteado problema, el último de los maridos que no han aprendido a serio en los gabinetes reservados de los restaurants de París, ni en el foyer de sus teatros, ni en las aceras de sus boulevards, ni en las exposiciones de sus loretas y cocodés. ¿Se dice algo parecido a ello en los matrimonios a que aluden esos libros?

-Pero, Doctor, el que Balzac hable de lo que sucede en sus matrimonios, no quiere decir que se burle de los de usted.

-Precisamente es a propósito de eso cuando la desfachatez del grande hombre, francés y todo, raya en lo inimitable. Recuerdo que subiéndose, como de costumbre, a la trípode (y por esa modestia me gustan a mí todos los escritores de su tierra), lanza a los cuatro vientos este axioma... entre dos anchos espacios, como aconseja Beaumarchais que se haga para que un dicho huela a sentencia de sabio: «Para ser feliz en el matrimonio, se necesita que los cónyuges sean hombre de superior talento él, y tierna y sublime ella, o los dos rematadamente bestias».

-¡Pues cátalo ahí!

-¿Cuál?

-Un caso... dos casos.

-¿De qué?

-De matrimonios posibles.

-Cabalmente son de los pocos que tacha el sentido común.

-¡Qué demonio de Doctor éste! ¿Pues cuáles son los que el sentido común acepta?

-Todos los que excomulga Balzac en el axioma: todos los que caben entre sus dos extremos: todos aquéllos a quienes el vulgo llama, en su lenguaje expresivo y adecuado, «matrimonios como Dios manda»; es decir, las mujeres que cosen, los hombres que trabajan, las madres que viven para sus hijos, los padres que cumplen con sus deberes. Para todo esto y mucho más, que es la moneda corriente en todas las familias honradas y en toda sociedad bien regida, son un estorbo serio la sublimidad del ingenio y la sensiblería pedantesca o la falta de sentido común en los esposos... Conque ¡vaya usted admirando la competencia o la buena fe de su grande hombre para entender en achaques matrimoniales!

Entre tanto, y prescindiendo yo de estas razones que tantas ventajas me dan en la cuestión que ventilamos, tómola en el punto en que usted me la puso hace un momento, y concedo que Balzac, al burlarse de sus matrimonios, respeta los míos. En tal caso, ¿por qué acepta usted todo lo que él dice, como razones contra todos los matrimonios?

-Porque está de acuerdo con mi manera de pensar y de sentir.

-¡Y con esa ligereza se resuelven asuntos tan graves para la vida!... Porque todavía comprendo yo que Balzac, por lucir su ingenio, se entretenga en escribir esa lindezas contra el matrimonio; pero que haya hombres que se las traguen como artículo de fe, y las acepten por regla de conducta, sacrificando a ellas hasta los impulsos de su corazón, le juro a usted que no me lo explico.

-Pues yo sí, Doctor, y muy fácilmente.

-¿Conoce usted los otros matrimonios?

-Nada más que por lo que usted me ha dicho de ellos.

-De manera, que tiene usted, de una parte, los matrimonios a la francesa, llamémoslos así, ridiculizados por algunos escritores de chispa y por la grosería de tres solterones impudentes; y de la otra, los matrimonios a la buena de Dios, que le son desconocidos; y cuando su corazón le grita que es ya llegada la hora de decidirse, renuncia usted a casarse por lo que ha leído y le han contado de los malos, sin tomarse molestia de ver lo que hay oculto entre los buenos. Concédame usted que esto es discurrir con poca lógica, y conspirar contra sus propios intereses.

-Pero ¿de qué deduce usted que yo he sentido esos impulsos del corazón hacia el matrimonio?

-De sus tristezas pasadas, y de sus soledades de hoy; de todo cuanto usted me ha referido, y de lo demás que voy traduciendo yo.

-De manera que insiste usted en prescribirme por remedio...

-Justamente; que se deje usted llevar de esos impulsos hasta donde ellos le conduzcan... Y creo que, dicho esto, basta de amonestaciones por hoy. ¿No es cierto?

-Le aseguro a usted, Doctor, que estoy oyéndole con grandísima complacencia.

-¿Por lo que le distraigo, o por lo que le ilumino a usted?

-Por ambas cosas.

-Permítame usted que le diga que no habla mucho en pro de la segunda el laconismo de sus réplicas.

-Cortedad de alcances, Doctor.

-O impenitencia obcecada, señor modesto... De todas maneras, no olvide usted, para perdonarme, que cuanto le he dicho ha sido como médico en combate con su enfermedad, para lo cual me ha llamado usted a la cabecera de su cama. La misma salvedad hago para cuanto pueda decirle en adelante.

-Y a propósito, ¿qué me dispone usted?

-Ya he dispuesto lo esencial.

-Digo para el momento.

-Para el momento, es decir, para cuando pueda usted salir a la calle, y con el fin de estimular un poco esos impulsos, pensaba disponerle a usted, y le dispongo, la misma casa que abandonó por dar demasiada importancia a las cosas de la señora Braulia. No tome usted criada joven y guapa.

-Procuraré, precavido Doctor, cumplir la prescripción en todas sus partes.

-No crea usted que es la segunda menos importante que la primera, si el efecto del remedio ha de corresponder al carácter de la enfermedad.

-Conformes; pero es el caso que al pedirle a usted algo para este momento, no me acordaba del espíritu, sino del cuerpo.

-Su cuerpo de usted, que ya no tiene dolores, no necesita más que salir de este agujero cuanto antes, y tener en la convalecencia mejor compañía que la que tuvo durante la enfermedad. De lo primero cuidará usted; de lo segundo me encargo yo.

-Es usted la bondad misma, Doctor.

-Cumplo con un deber sagrado, amigo mío. Y pues nada me queda que hacer a su lado en esta primera visita, deme usted su permiso para despedirme hasta la segunda... si usted la desea.

-Pensaba rogarle a usted que no la retardara muchas horas. ¡Estoy tan solo!

-Entonces, hasta la vista.

-Hasta luego, Doctor.

Pero al decir esto Gedeón, deja leer en su cara algo como apremiante deseo.

El Doctor lo conoce, sonríe y pregunta:

-¿Qué más tiene usted que decirme?

-Si en ello no cometiera una indiscreción...

-Hable usted sin ese recelo.

-Pues, con su permiso, declaro que me deja usted muy sorprendido.

-¿De qué?

-De su modo de pensar... tan...

-Adelante.

-Tan... inverosímil en un médico.

-Es decir, que para la profesión que ejerzo, no me halla usted bastante espíritu fuerte: o más claro, no me encuentra usted parecido a los médicos que la fama pregona en comedias y gacetillas.

-Cabales.

-Esperaba ese reparo; y para contestar a él guardo un argumento irrebatible, que no quise emplear en nuestra porfía. Sepa usted, amigo mío, que después de todo lo dicho, Balzac y yo somos, en cuanto al matrimonio, del mismo parecer.

-¡Cáspita!... Luego no me ha dicho usted lo que siente, o se pasa usted a su bando.

-Nada de eso: se pasa él al mío.

-¡Oiga!

-Así como suena. Veinte años después de escribir el grande hombre su famosa Fisiología, decía, textualmente, al comienzo de otro libro suyo: «Quizá no ha trazado mi pluma cuadro que evidencie como éste cuán indispensable es el matrimonio indisoluble en las sociedades europeas».

-¡Canastos!

-Y después de lamentarse de que se rigiera el mundo civilizado por un sistema, hijo del egoísmo de los hombres, que deificaba el buen éxito y aceptaba por lícitos todos los medios conducentes a lograrle, exclamaba: «¡Quiera Dios que se acoja pronto (la sociedad) al catolicismo, para purificar las masas por medio del sentimiento religioso y de una educación muy distinta de la que hoy reciben (¡asómbrese usted!) en las universidades laicas!».

-¡Demonio!... ¿Eso dice Balzac?

-Eso mismo; y sin el recelo de que me engañe la memoria, pues conservo en ella bien grabada esta preciosa confesión.

-¡Pero eso es ultramontano puro!

-Lo que usted quiera: el caso es que al lado de su ídolo de usted, soy un niño de teta en punto a preocupaciones rancias.

-De modo que si tomamos los dichos al pie de la letra... Pero Balzac diría eso en broma, o cuando ya chocheaba.

-Ni lo uno ni lo otro. Díjolo, muy serio, dedicando a su amigo Carlos Nodier, famoso escritor, una de sus mejores novelas, cuyo título es Un ménage de garçon. Al frente de ella puede usted verlo cuando guste; y de paso, léala usted, pues es la refutación más elocuente que existe de la Fisiología del matrimonio, y de las Pequeñas miserias de la vida conyugal; sin contar con que el autor de La Comedia humana acabó por casarse también, como el más simple mortal.

-¿Y cómo se ajustan esas medidas?

-Eso pregúnteselo usted a Balzac y a cuantos han tenido la debilidad, en alguna época de su vida, de sacrificar a la tentación de decir un chiste, el buen sentido y las eternas leyes de la moral y de la justicia.

Dicho esto, sale el Doctor de la estancia, y quédase en ella Gedeón, en la situación de ánimo que puede suponer el pío lector que ya le conoce, es decir, creyendo que no se le da una higa por todo lo que el médico le ha predicado, y al mismo tiempo deseando que le predique más.

Verdad es que el Doctor le ha parecido tan cariñoso como discreto.


- XIII - Otro cambio de posturaEditar

Gedeón está ya en su propia casa.

Nada más que dos días necesitó para convalecer. ¡Tal era el afán que sentía de salir de aquel mezquino pudridero, y, por sí solo, mortal enfermedad!

Durante dos días le visitó el Doctor muchas veces, y otras tantas le embelesó con sus vehementes y sinceras condenaciones del estado celibatario.

Le embelesó digo, y no lo borro. Gedeón oía al médico echar pestes contra los egoístas y contra los célibes, y hasta aplaudía sus chistes y sus razones, como el usurero o la adúltera, asistiendo a la representación de un drama en que se condena la usura o el adulterio, aplauden con frenesí un período retumbante en que se pulveriza a los del oficio, y hasta lloran enternecidos con la víctima esquilmada, o con el marido ultrajado.

-Eso no va conmigo -dicen, a lo sumo, mientras se limpian las lágrimas, si por casualidad ellos son cetrino el uno y rubia la otra, y los de telón adentro morena la pecadora y bermejo el de la usura; o, cuando más:

-Razón tiene ese poeta; pero mientras no acabe de redondear este negocillo que traigo entre manos; ínterin Adolfo no me dé un motivo serio para ello, yo no puedo abandonar mi honrado tráfico, yo no debo pensar en volver a la senda de mis deberes conyugales.

El corazón humano es así algunas veces.

Gedeón oía a su consejero, y acaso decía para sus adentros:

-¡Qué razón tienes! -Y sólo contestaba, cuando contestación se le pedía:

-Ya es tarde, Doctor.

Y si por este flaco se le atacaba, deslizábase de la cuestión con un «allá veremos», frío y desanimado, como el invierno de los pobres. Y es que Gedeón era presa de sus vicios y resabios; y sus resabios y sus vicios contaban con el auxilio de aquel corpazo, fuerte todavía y regalón, para defenderse contra los asaltos del alma desesperada.

No fue necesario, ciertamente, que el Doctor insistiera en la necesidad que tenía el convaleciente de volver a su hogar abandonado, porque jamás se le dio consejo que mejor se acomodase al rumbo de sus pensamientos.

En cuanto le pone en práctica, parece niño con zapatos nuevos. Todo lo mira, todo lo soba y con todo se sonríe.

-Yo puedo salir de este gabinete -dice para sí-, y pasearme en esta sala... y sentarme en este sillón... y, si me acomoda, tirar este otro a la calle... y poner los candelabros donde está el reloj, y el reloj donde está la escupidera... y abrir esta alcoba... y tumbarme en esta cama... y correr por este pasadizo... y entrar en el comedor... y ver qué se guisa en la cocina... y pedir lo que me acomode... y comer a la hora que me plazca... y beber agua cuando lo pida; y, si oigo ruido, mandar que cese, y despedir a quien me desobedezca... Porque todo esto es mío, y yo soy aquí el amo y hago lo que se me antoja. ¿Hay algún fondista inhumano, o alguna pupilera casquilucia que lo niegue?

Y según lo va pensando, va haciendo todo cuanto de ello es factible sin que pueda tomársele por loco.

A la memoria se le vienen casos y cosas ocurridos bajo aquellas mismas paredes, que no son el más elocuente testimonio de la absoluta soberanía de que se ufana; pero, ¿qué valen esos casos ni esas cosas, puestos en frente de las angustias que él ha pasado viviendo fuera de allí?

Después de las soledades y las tristezas en que se ha visto, parécele cuanto le rodea un paraíso; y cada mueble y cada objeto de los suyos, tienen una fisonomía y un lenguaje; y con la una le sonríen y con el otro le saludan cada vez que pasa por delante de ellos.

En estas y otras puerilidades entretenido, deja correr muchos días, encomendando el avío de su ajuar y de su mesa a servidores temporeros, mientras provee el importante cargo definitivo en persona de su gusto. Y lo logra al cabo.

Como precaución muy cuerda contra rencillas y desavenencias mujeriles, ha resuelto acumular todas las atribuciones de su servidumbre en una sola persona. Que ésta, si las necesita, busque las demás a su antojo, o que se arregle sin ayuda de nadie, si así lo prefiere. Él sólo aspira a vivir en paz en su casa.

La mujer que escoge para tan delicado cargo, entre las varias que le pretenden, es, a primera vista, el tipo de lo insignificante. Tiene regular estatura, color regular, regulares carnes, regular fisonomía, regular edad; y viste, habla y se presenta, regularmente. Para que todo sea regular en ella, se llama Regla, sin más aditamentos ni afinaduras en su nombre.

No se agita, ni se desazona, ni hace ruido, ni se mancha; y, sin embargo, todo lo gobierna pronto y bien.

Aquella casa es el oro por lo limpia, y un reloj por lo arreglada.

Gedeón no sabe todavía quién le prepara sus comidas, tan sazonadas como servidas a punto, ni piensa preguntarlo. Lo importante para él es que nada le falta, ni nada le molesta, porque Regla tiene la gracia, entre otras, de saber ser atenta, y aun afectuosa, sin pecar de impertinente.

Una noche observa Gedeón que andan ratones por su gabinete; y almorzando, al otro día, se lo dice a Regla. Aquella misma tarde le proporciona ésta un perro ratonero, feo como casi todos los de su oficio, corto de patas, tan grande la cabeza como todo el cuerpo, y para cubrirle de cabo a rabo y con muchas sobras, una melena de color de esparto sucio.

-¡Qué horrible animal! -exclama Gedeón al verle.

Y, en son de escarnio, le pone Adonis por nombre. Pues vean ustedes lo que son debilidades humanas: a los pocos días de esta exclamación, tiene Adonis, para su descanso, un colchoncito muy mullido en el mismo gabinete de su amo, y éste se pasa las horas muertas atusándole las greñas y hasta matándole las pulgas; no almuerza ni come sin tener a su lado el ratonero, ni de casa sale, ni a ella vuelve, sin hacerle una caricia.

-¡Que pueda un hombre de mis años y de mi temple hallar un verdadero placer en manosear una bestia semejante y de tan bajo oficio, no lo creyera jamás a no palparlo! -piensa Gedeón algunas veces; y suele concluir diciendo en voz alta algo por el estilo:

-¡Chucho... hermosura de la casa! Esta mañana no fuiste a darme los buenos días a mi cama. Si vuelve a sucederte, te quedas sin postre al mediodía. ¿Lo entiendes? ¡Cuidado con que me seas ingrato! ¡Mira que la ingratitud es un vicio muy feo en todo perro que se estime en algo!

A lo cual contesta Adonis atusándose los bigotes con la lengua, piafando sobre las rodillas de su amo, y enviándole dos centellas de sus ojuelos por debajo de los mechones de sus greñas.

Volviendo a Regla, digo que hasta su condición de viuda es una garantía de arraigo en casa de Gedeón. Por lo común, en la esfera social de esta sirvienta no se reincide en el pecado de casarse.

Y cuidado que Regla, de quien dije que, a primera vista, es una mujer insignificante, después de bien mirada y observada, todavía es muy digna de aspirar a los requiebros de un buen mozo.

Según Gedeón va notando de día en día, tiene hermosos ojos, dientes blanquísimos y menudos, manos rollizas, cuello redondo, y pelo tan negro como fino y abundante, a juzgar por lo que asoma por debajo de una graciosa toquilla con que cubre la mitad de su cabeza.

-¡Lástima -piensa Gedeón fijándose en ello-, que tan hermosa cabellera esté siempre tapada!

Y como si Regla le adivinara los pensamientos, al otro día se presenta a servir la mesa sin toquilla en el pelo, y éste graciosamente peinado.

Entonces observa Gedeón que han ganado mucho los demás atractivos visibles de Regla, y que el conjunto de su cabeza es en alto grado interesante.

-¡Lástima de anguarina -dice para sí- que le envuelve el torso! Esa cabeza merece mejor pedestal.

Y héte aquí que, por otra casualidad bien rara, al día siguiente aparece la cabeza de Regla sobre un tronco vigorosamente delineado por valientes curvas, adornado con un leve y jacarandoso pañuelo de espumilla gris, prendido apenas sobre el robusto seno, y dejando ver hasta los arranques de un cuello blanco y mórbido.

Gedeón tiene la boca abierta para decir a su sirvienta «muchas gracias», ni más ni menos que si él hubiera manifestado algún deseo y ella se le hubiera cumplido; pero como una amarga experiencia le ha enseñado los peligros a que arrastran esas demasías del temperamento, suspira y calla, en la muy firme creencia de que Regla es mujer de bizarra arquitectura, y condoliéndose de que otra coincidencia como las que le han dado a conocer lo que ya conoce, no pueda demostrarle que no se equivoca en sus presunciones sobre lo que le es desconocido.

No es de omitir la noticia de que Gedeón sale muy poco de casa desde que la habita nuevamente, y que, so pretexto de que son suyos y pueden necesitar reparaciones, visita a menudo los demás pisos, y habla con sus inquilinos, y ya los conoce a todos, desde el portal a las buhardillas. Jamás hizo otro tanto.

Si son la causa primordial de éste y otros fenómenos los dictámenes psicológicos del Doctor, o lo es el bienestar relativo que disfruta en su casa, yo no lo sé; pero es indudable que en el carácter de nuestro personaje se ha operado una reacción (así se dice ahora) saludable y benéfica. No parece sino que ha puesto su planta en la senda por la cual se llega, andando mucho y con prudencia, a la prometida tierra donde se llenan los vacíos del corazón, como el que sigue notando él en el suyo.

Alguien creyera que lleno le tiene ya, o que le va llenando poco a poco, al ver cómo se le pasan hasta días enteros sin salir a la calle, y noches que comparte entre conversar con Adonis, hojear a Balzac, no sé con qué objeto, y revolver los cachivaches de su gabinete. Pero ¡ay!, creer tanto como esto, sería tomar el efecto por la causa, las hojas por el rábano.

¡No se curan tan fácilmente dolencias tan arraigadas y añejas como las de Gedeón!

Ya nos ha dicho una vez que no puede descansar teniendo pulgas en la cama; y yo le aseguro al lector que todavía no ha logrado sacudírselas; que aún le quedan algunas que, cuando le muerden, le levantan en vilo; y que a ellas alude al decir para sus adentros, precisamente cuando más risueño se le muestra el hogar:

-Estoy establecido casi a mi gusto, y me hallo en camino de llenar este vacío sempiterno... Yo podía ser ahora punto menos que feliz. Y ¿por qué no lo soy?... Por este condenado temperamento que ha de ser mi perdición. ¡No me saca de una, sin que me deje metido en otra hasta el cogote!... ¡Por vida de las fragilidades humanas!...

Por lo que se ve, Gedeón no ha conseguido con su última mudanza más que volcar la tortilla de sus contrariedades.

Antes buscaba en la calle el alivio de sus males domésticos.

Ahora se agazapa en su gabinete, para que no le cojan las pesadumbres que le acechan desde la calle.


- XIV - Las pulgas de GedeónEditar

Por ella delante camina una noche, con la cabeza caída sobre el pecho y las manos metidas en los bolsillos, como quien anda de mala gana, o teme llegar demasiado pronto. Dobla una esquina, y otra más adelante, y penetra en una callejuela, y sale por ésta a un callejón, y tuerce a la derecha, y anda cincuenta pasos, y vuelve hacia la izquierda, y desemboca en un crucero de calles medio a oscuras, y entra, por fin, en el portal de una casa de angosta fachada, aunque limpia; sube dos tramos de la escalera; abre la puerta del primer piso con un llavín que saca de su bolsillo; atraviesa después un corredor, escasamente alumbrado por un reverbero de aceite, y se detiene en una salita, no muy adornada, pero sí muy pulcra. Y esto se ve, porque, a la vez que él por la puerta del pasadizo, entra por la del gabinete en la sala otra persona con una luz en la mano.

-¡Hola! -dice Gedeón por todo saludo, dejándose caer en una butaca.

-Buenas noches -contesta la persona de la luz, poniéndola sobre un velador y sentándose en la butaca de enfrente, separada de la de Gedeón por toda la longitud de un sofá...

¿Se sorprenderá el lector si le digo, así, de pronto, que esta persona que sale del gabinete con la luz en la mano, es Solita?

Pues Solita es, aunque, en verdad, no lo parece; y no por lo que ha ascendido en categoría, a juzgar por el corte presuntuoso de su vestido, sino porque ya no tiene aquella redondez de formas, aquel provocativo contoneo y aquella viveza de fisonomía con que la conocimos. Ahora está ojerosa, descarnada, pálida y como decaída de ánimo.

Minutos pasan sin que se cruce una palabra entre ella y Gedeón; minutos que éste invierte en carraspear, en poner una pierna sobre la otra y vice-versa, en ver cómo se eleva el humo de su cigarro, por lo cual tiene el cogote apoyado en el respaldo de la butaca, y la vista enfilada al techo; y, por último, en silbar el himno de Riego.

Solita, entre tanto, parece la imagen de la melancolía, con los brazos cruzados sobre la cintura y mirándose las puntas de los pies, que maquinalmente llevan el compás de la sonata de Gedeón.

-Conque... ¿qué me cuentas? -pregunta éste cuando ya no tiene colilla que apurar y ha repetido setenta veces el aire patriotero.

-Que hace seis días hoy que no he tenido el gusto de verte.

-¿Seis, dices?... Acaso tengas razón; pero los condenados negocios...

-Te vas cargando mucho de ellos.

-Como siempre.

-No por cierto. Al principio te permitían venir a verme todos los días; después, cuatro o cinco cada semana; más tarde, dos, y, por último, de seis en seis; por lo que yo presumo que, andando un poco el tiempo, cobraré tus visitas por mensualidades, como pago la renta de la casa.

-¿También zumbona, Solita?

-¡Ojalá pudiera serlo!

-Pues cualquiera lo diría.

-No quien, como tú, debe saber lo que padezco.

-¿Ya empezamos?

-Al contrario: por mi desgracia, va ya muy larga la historia.

-¿La historia de qué?

-De mis pesadumbres.

-¡De tus pesadumbres!... ¿De qué demonios te quejas? ¿Qué te falta?

-¡Qué me falta!... Tienes razón; no me falta nada. Yo era una pobre sirvienta, hija de un miserable remendón... hoy vivo en una casa bonita; tengo criada a quien mandar, vestidos regulares que ponerme... todo lo tengo, menos libertad y la estimación de las personas honradas.

-También me has cantado esa letanía más de cien veces.

-Señal de que no te corriges.

-Yo no tengo de qué corregirme, Solita. Te hice una proposición y la aceptaste. En buena justicia, no puedes reclamarme nada.

-Es verdad; nada me debes... ni siquiera compasión.

Aquí, como presumirá el lector, hay unos cuantos sollozos de Solita, y otros tantos bufidos y revolcones de Gedeón en la butaca.

-Cuando presté oídos en mal hora a tus palabras -continúa Solita limpiándose los ojos-, no podía yo esperar que llegara un día en que tu abandono me hiciera arrepentirme de aquella debilidad.

-(Melodrama puro.) Adelante.

-Me propusiste que me estableciera en este barrio apartado, donde no se me conocería; y que, para mayor disimulo, admitiera algunos trabajos de costura.

-Proposición muy cuerda, Solita.

-Por tal la tuve yo, y por eso la acepté; pero yo no podía contar con que el disfraz no me bastaría, ni con que la farsa no había de tener fin.

-Y, a propósito de farsas: supongo que tu augusto padre seguirá creyendo que estás en Puerto Rico, sirviendo a unos señores a quienes conociste en la posada aquélla, y recibiendo tus socorros por el mismo conducto.

-Nada se ha descubierto en ese punto todavía; pero en el otro, Gedeón, ¡si vieras qué caras me ponen estos vecinos cuando los hallo en la escalera! ¡Si vieras cómo anda en sus bocas mi honra... y la tuya!

-¡La mía!

-¿Piensas que no te han visto entrar y salir?

-Pero como no me conocen...

-¿Y eso te tranquiliza?

-De todas maneras, este inconveniente tiene facilísimo remedio.

-¿Cuál es?

-Mudarte de casa y de barrio.

-¡Conque ese remedio es el único que se te ocurre para salvar nuestra situación!

-La tuya, Solita, que la mía sin cuidado me tiene.

-¡Sin cuidado!... ¡Egoísta!

-¿Volvemos a las lagrimitas?

-¿Y qué quieres que suceda al oírte esas palabras de hielo?

-¿Por qué me pones tú en semejantes apreturas?

-¡Y qué he de hacer, si ya no puedo más!... Porque tú no sabes, Gedeón, qué tristes y qué largas se me hacen las horas en este barrio, donde no conozco a nadie y del que no salgo nunca, para que no me conozcan a mí fuera de él.

-(¡Pobrecilla!) Ya me hago cargo de todo, Solita; pero las cosas han de ir por sus pasos contados.

-¡Si te parece que yo las llevo de prisa!... ¡Si te parece que esto es vivir! Tú andas por el mundo, y te diviertes ¡sabe Dios cómo!, y gozas y olvidas; pero yo, que sólo con tu presencia podría olvidarme de esta cruz que arrastro, y aun arrastrarla con gusto, ¿qué he de hacer si hasta de tu presencia me privas ya?

-Te he dicho que los negocios...

-¡Los negocios!... ¿Crees que no leo yo en tu cara, Gedeón?, ¿piensas que no sé dar a tus palabras el sentido que merecen?

-¿Y qué te dicen, vamos a ver, mi semblante y mis palabras?

-Que si alguna vez me quisiste... o me deseaste, lo que mejor te parezca, hoy acaso soy para ti... una carga pesada.

-¡Solita!

-¿Crees que me equivoco?

-¿No he de creerlo?

-Pues dame pruebas de ello.

-Ya te las estoy dando.

-Alejándote cada vez más.

-¿No me tienes ahora a tu lado?

-Después de seis días de ausencia.

-Mira, Solita, no se acredita mucho el bien querer con los mimos y los arrumacos del primer día; ésos son el huracán que pasa en breves horas; lo otro es el... el... vamos, el... ambiente que dura, y se respira y conforta.

-¿Y cuál es lo otro?

-Lo otro es... esto que yo hago: venir a verte de vez en cuando, interesarme por ti... y, créelo, Solita, muchas cosas más que yo haría si me dejaras en paz y en gracia de Dios, libre de refunfuños y sermones; si tuvieras fe en mí; si jamás te acordaras de preguntarme dónde he estado, de dónde vengo y adónde vamos; porque soy de un temperamento tan especial, que los mejores propósitos se me evaporan si me preguntan por ellos antes de realizarlos; y en fin, Solita, porque mucha de la estimación en que tenemos a una persona, consiste en el buen concepto que ella forma de nosotros.

-No se pueden formar buenos conceptos sobre malas obras.

-Lo cual es decir que yo no las hago buenas.

-Ya me has oído.

-También tú a mí lo que acabo de decirte; pero, según las trazas, como quien oye llover.

-Palabras, Gedeón.

-Pues mira, Solita, por ti lo deploro.

-Sobre que el mismo pago me has de dar, ¿por qué no he de decirte lo que siento?

-¿De modo que me engañaras, si mejor pago te diera?

-Evitarte un disgusto nunca sería engañarte.

-Noto, Solita, que te vas elevando hasta en estilo.

-¡Ay, Gedeón... los desengaños son grandes maestros!

-Lo dicho; y te declaro que, si bien te tuve siempre por discreta, jamás soñé que tan pronto pudieras hacerte culta.

-Pues hasta eso te debo a ti... ¡Mira si te voy debiendo!

-Pues a ser zumbona no te he enseñado yo.

-¿Tampoco a ser desgraciada?

-¡Solita!... Con doscientos mil de a caballo ¿quieres decirme de una vez, y claro, qué es lo que deseas, qué es lo que pretendes?

-Que pongas fin, y pronto, a esta situación en que me consumo.

-Pero ¿cómo he de ponerte?

-¿Cómo?... Haciendo que yo pueda salir de este presidio; pero con la cara descubierta, como la llevan las mujeres honradas... al lado de su marido.

-¡Solita!

-¡Gedeón!

-¡Esas tenemos!

-Pues ¿qué pensabas, desalmado?

-¡Canastos!... Conque... Pues hombre, ¡me gusta la salida!... ¡Y yo que venía esta noche más tierno que unas mantequillas!

-¡Bien se te conoce!

-¡Tales caricias me haces tú!

-¿Dónde están mis agravios?

-¡Pues digo!...

-¿Lo son, acaso, el quejarme de tus desvíos y pedirte la reparación del daño que me has hecho?... ¿Te parece poco la hija del remendón para señora de un hombre como tú?... Entonces, ¿por qué la encontraste buena para manceba?

-Lo que a mí me parece, Solita, es que esas distinciones no cuadran aquí enteramente.

-Pero cuadran mucho, y has de oírme; que por altos que vayan tus humos, valía tanto la honra de la hija del zapatero, como la tuya, cuando se la robaste con engaños.

-Yo nunca te prometí...

-¡Ni siquiera tienes la delicadeza de disimular un poco!

-En eso, casi tienes razón.

-Y tú, en cambio, no la tienes en nada... ¡porque eres un egoísta sin entrañas!

-¡Zambomba!, digo yo: y que te aguante la madre que ha de volver a parirte.

Imagínese aquí el pío lector un hombre que se cala el sombrero hasta las narices y sale echando centellas de la sala a la calle; y una mujer que, anegada en llanto, se desploma sobre una cama, y tendrá una idea completa del final del diálogo referido.

Pero no acaba aquí el lance, ni debe acabar; porque es muy lógico que Gedeón, después de considerar lo que hay de chusco en que la hija de un remendón miserable y borracho se crea con títulos bastantes para reclamar la mitad del lecho de un hombre a quien asusta el matrimonio, aun contraído con todas las ventajas imaginables, y lo que hay de prosaico y digno de las burlas de un fisiólogo como el de marras, en la escena en que acaba él de figurar con el papel de galán, y aun después de ocurrírsele tomar por motivo aquellas indignidades para cortar por lo sano y sacudirse de una vez las pulgas que le incomodan mucho tiempo ha, considere asimismo que, en parte, no le falta razón a Solita para quejarse del destierro en que vive y él la ha puesto; lógico es también que, andando, andando, la compadezca; lógico, por ende, que disculpe sus declamaciones y sus quejas; y siendo lógico todo esto, y cierto que en la refriega fue Solita quien más tuvo que decir, y no menos evidente que Gedeón conserva siempre cierta inclinación a Solita, por más que le duela verse cogido por ella por tan arriba, lógico y natural es que Gedeón retroceda desde medio camino para hacer las paces con Solita, dándole las debidas satisfacciones.

Con lo cual consigue Gedeón dos cosas: que Solita, por buscada, gane, por esta vez, no poco ascendiente sobre él; y que él, al advertirlo, hechas las paces, salga de casa de Solita arrepentido y melancólico... es decir, rascándose las pulgas y sin fuerzas para sacudírselas.


- XV - El diablo, el fuego y la estopaEditar

Ponga el lector entre este cuadro y el que antecede todo el tiempo que más le plazca, que, por mucho que sea, holgado le viene el sitio; y llénele de tristezas, cansancios, desalientos y fastidios para Gedeón, agobiado ya por el peso de Solita, huyendo de su presencia como el diablo de la cruz, y sin hallar dentro de su casa ocupación que le distraiga, ni fuera de ella espectáculo que le seduzca.

Cuando un hombre cualquiera pierde una afición racional, adquiere otra que le entretiene lo mismo, eligiendo, conforme a su gusto, en el inmenso campo de las cosas lícitas y honradas; pero cuando un egoísta solitario se harta de lo único que apetece, es hombre perdido; es la bestia que se tumba a digerir lo devorado, o que brama a la puerta del establo ajeno porque en él olfatea lo que no hay en el suyo. Fuera de aquello, nada desea ni le distrae... Y tenga el lector muy en cuenta esta condición esencial de carácter, para lo que queda dicho y lo que falta decir de nuestro personaje.

Para los hombres como Gedeón, el arte no tiene bellezas, ni la naturaleza aromas, luz, ecos, armonías ni colores; la misma impresión les causa el nubarrón que oscurece el horizonte, que los arreboles de una aurora; lo mismo hiere sus oídos la inspirada melodía, que el chirrido de las carretas; la propia aversión tienen a la prosa de Cervantes, que a las copias de Calaínos. Pasear en el campo no es para ellos recrear la vista y el olfato, ni sumir el alma en plácidas contemplaciones: es simplemente estirar las piernas, bracear a su antojo, eructar recio, aflojar la corbata, remangar la pernera y soltar la liga para cazar la pulga debajo de la media... porque estos hombres gastan medias altas todavía.

Por eso no hay términos hábiles de levantar un espíritu semejante, esclavo de un corpachón atiborrado del único manjar que le sustenta, hasta que la hartura pase y el apetito vuelva.

En un estado idéntico de espíritu y de cuerpo retorna Gedeón a su casa, cabizbajo y perezoso, a las altas horas de una noche.

A sus pesadumbres de carácter, hay que añadir que le duele bastante el destacamento de la rodilla; que al peinarse en la barbería, donde también le afeitaron, le ha hecho notar el peluquero que se le va corriendo la calva hasta la frente; que las canas le invaden el poco pelo que le queda, como el pan de cuco las heredades; y, por último (esto no se lo dijo el peluquero), que se le menean, desde por la mañana, tres dientes incisivos, de los seis que le quedan en la boca, aunque negros y desportillados.

Que toda esta carga le pese y le preocupe, se concibe sin dificultad.

Lo que no se concibe fácilmente es por qué Gedeón, en el momento de pisar los umbrales de su puerta, se pone a meditar sobre las fragilidades humanas, sobre lo pequeñas que suelen ser las causas que producen los más descomunales efectos, y sobre lo fatal de la disposición en que vienen preparadas las cosas cuando el demonio está resuelto a meter la pata entre ellas.

Tan absorto está en estas meditaciones, que al llegar a su gabinete ni siquiera se fija en que Regla, después de colocar una luz sobre la mesa, le pregunta qué se le ofrece, y le da las buenas noches de despedida.

Y como no tiene sueño, quiere dedicar una hora, antes de acostarse, a despachar algunos asuntos económicos que tiene desarreglados. Así se distraerá un poco.

Al dar por terminada su tarea, oye a su lado quejidos lastimeros. Vuélvese, y ve a Adonis que se revuelca en su colchón, y tan pronto se pone panza arriba como cabeza abajo. Es indudable que el pobre animal siente dolores agudos: Gedeón tira del cordón de la campanilla, casi con tanta fuerza como en la fonda de triste recuerdo; pero, más afortunado el perro que él, al segundo campanillazo tiene el socorro a la puerta.

Regla aparece en ella, aunque sin dejarse ver por entero.

-Perdone el señor -dice recatándose mucho-; creyéndole acostado, me acosté yo también y me dormí.

-¿Qué he de perdonar? -responde Gedeón mientras fija su mirada devoradora en lo que se ve de su criada.

-Que no haya acudido a la primera llamada que oí entre sueños... y que me presente así... Porque como el señor no acostumbra a llamar a estas horas, he creído que estuviera malo... De modo que, si no hay urgencia, iré a vestirme...

-¡De ninguna manera! -exclama Gedeón, condolido sin duda de la situación angustiosa del perro, pero sin apartar su vista de la criada-. Llamaba porque Adonis está muy malo... Vea usted...

Entonces avanza Regla un paso, haciendo heroicos esfuerzos para cubrir el busto rollizo con un menguado chal tirado sobre los hombros.

Toma la luz que Gedeón pone en su mano, y los dos se acercan al rincón en que se halla Adonis dando volteretas y exhalando gritos lastimeros.

-Es un cólico -dice Regia-. ¡Pobrecito!

Y extiende el brazo libre y desnudo hacia la bestia. Pero la casualidad, la taimada casualidad que ha infundido el mismo pensamiento en Gedeón, guía la mano de éste con igual rumbo; y como el camino es estrecho, la mano choca con el brazo, y el brazo, temeroso o deferente, por ser de quien es, se repliega y retrocede; en virtud del cual movimiento, el mezquino chal de la azorada Regla se desliza por los hombros abajo.

-¡Lo mismo que yo me había figurado! -exclama entonces Gedeón, con el entusiasmo de un doctor que ve cumplidos sus pronósticos, aludiendo seguramente a la enfermedad del perro, mientras la criada, lanzando un ¡ay! entre risueña y ruborosa, quédase en la actitud de la bíblica Susana al verse sorprendida en el baño por los viejos.

-¡Alumbre usted más! -dícela anheloso Gedeón, quizá creyendo que no ve bastante todavía.

Pero, como si en concepto de Regla se viera hasta demasiado, sopla en la bujía, y deja el cuarto a oscuras para desesperación de Adonis, cuyos lamentos crecen desde aquel instante, y son los únicos ruidos que turban el silencio de la casa,


mientras el mundo sin cesar navega
por el piélago inmenso del vacío,


como dijo el poeta y han repetido otros mil que quieren serlo, y repito yo ahora, sin saber por qué ni para qué.


- XVI - Un intrusoEditar

Al siguiente, o pocos días después, Regla le dice a Gedeón, mientras le sirve el almuerzo:

-Yo quisiera pedirle a usted un favor... digo, si no molesto.

-¡Ya empezamos! -piensa Gedeón; y en voz alta añade-: ¿Nada más que uno?

-Por ahora...

-Y ¿de qué se trata?

-Ya sabe usted que yo soy viuda hace siete años.

-Así me lo ha dicho usted.

-Porque es la verdad. Y es el caso que mi difunto me dejó un hijo.

-¿De él solo?

-De los dos, señor.

-Bien, ¿y qué?

-Que cuando la necesidad me obligó a ponerme a servir, tuve que dejar ese niño en casa de unos parientes, que por un tanto me le cuidan.

-Nada más natural.

-Pero, a decir verdad, no me gusta la educación que están dándole; y con ese cuidado, no vivo tranquila.

-Se comprende.

-Y me he dicho a mis solas muy a menudo: «si yo pudiera tener a mi lado a ese inocente ¡con qué facilidad le educaría como es debido, y con cuánto más gusto no cumpliría yo todas mis obligaciones!». Porque, créalo usted, señor, si a esa edad dan en torcerse las criaturas, luego que crecen ya no las endereza una estaca.

-También es cierto.

-¡Hay tantos ejemplos de ello!...

-No dejan de abundar, según dicen.

-Muchísimo, créalo usted. Decía mi madre, que en paz descanse, que todos los hombres malos han sido niños mal educados.

-Tampoco lo niego, Regia.

-Pues eso es lo que no quisiera yo que se dijera mañana de mi hijo, por culpa de su madre.

-Muy bien pensado; pero ¿qué tengo yo que ver en todo eso?

-Bastante, señor.

-Pues usted dirá...

-Digo, con su venia, y si en ello no ofendo, que si usted, que es tan bueno y tan generoso...

-Muchas gracias.

-Me permitiera traerle a mi lado...

-¿A quién?

-Al hijo.

-¿Sabe usted que por verme libre de ellos no me he casado yo?

-Eso no quita; porque yo me comprometo a que el mío no le moleste a usted... ni le vea siquiera.

-¿Qué edad tiene?

-Cumplirá siete años por San Juan.

-¿Es guapo?

-Ya sabe usted que a ninguna madre le parecen feos sus hijos. Por lo demás, es el vivo retrato de su padre.

-No tuve el gusto de conocerle.

-Un real mozo, sin agravio de lo presente.

-Muchas gracias. ¿Es limpio?

-Como los mismos oros de la Arabia.

-¿Tiene mal genio?

-Un borregote a la buena de Dios. Basta mirarle para que se le ponga la cara como un tomate.

-En fin... que venga.

-Tantísimas gracias, señor... aunque no esperaba yo menos de su buen corazón.

-Ni de mis fragilidades -concluye Gedeón para sus adentros.

Pocas horas después viene el niño al lado de su madre, y ésta se le presenta a su amo inmediatamente, acaso porque en ello cree cumplir un deber de respeto y cortesía; acaso porque intenta que los ojos de aquél le acrediten los elogios que ella le hizo de su hijo; intento, si tal la mueve, mal ideado; pues el niño, con perdón de su madre, es feo subido, zaíno, y tiene mocos, o huellas, debajo de la nariz, de tenerlos colgando muy a menudo.

-¿Cómo te llamas, hombre? -le pregunta Gedeón.

-Respóndele, hijo -le dice su madre al ver cómo el rapaz, medio oculto entre sus faldas, se chupa un dedo, baja la cabeza y se balancea sobre un pie. Al cabo de un rato se oye como un gruñido intraducible.

-¿Cómo has dicho? -pregunta Gedeón.

-Mmmeeeeto -gruñe otra vez el chico.

-Dice que Merto -añade su madre-. Le llamamos así, porque su nombre es Mamerto.

-¿Cuántos años tienes? -vuelve a preguntarle Gedeón.

El chico sigue balanceándose, sin dejar de chuparse el dedo, y no contesta.

-Que cuántos años tienes... ¿No oyes lo que te pregunta este señor?... Pero saca esos dedos de la boca, inocente, y ponte derecho... ¡Así!

Y Merto, puesto como su madre desea, o mejor dicho, como su madre le pone, al quedarse mirando a Gedeón, que también le mira a él, frunce la jeta y échase a llorar.

Adonis (y aprovecho la ocasión para decir al lector que la alimaña ratonera no murió aquella noche, sin duda porque también hay una providencia que vela por los perros, cuyas desdichas no hallan compasión en el egoísmo de los hombres); Adonis, repito, que roncaba en un colchón tranquila y descuidadamente, al oír los berridos de Merto despiértase despavorido y lánzase sobre el intruso, como pudiera hacerlo sobre un rival que le disputara los mimos de cierta perra carlina de la calle.

Envuélvese el acometido en la saya de su madre, sobrecogido de espanto; crecen sus gritos y lamentos, y ni unos ni otros cesan hasta que, a instancias de Gedeón, sale Merto del gabinete y se vuelve Adonis a su lecho murmurando no sé qué perrerías y enseñando los afilados dientes.


- XVII - Los sobrinos del demonioEditar

Poco a poco va perdiendo el hijo de Regla el miedo y el encogimiento que la casa y su amo le infundieron al entrar en ella.

Regla cuida de que Merto abra la puerta siempre que Gedeón sale o entra, y también le permite que haga algunas excursiones por salas y pasadizos. Así familiariza a su hijo con la cara de su amo, y a éste con la catadura del rapaz.

Después, ya llega Merto alguna vez hasta el gabinete para recoger botas que hay que limpiar, o poner al alcance de Gedeón las que ya están limpias.

Cuando esto sucede, Gedeón cuida de que Adonis no se mueva ni Merto le provoque, aunque no alcanza a impedir que el uno gruña y el otro, a la disimulada, le haga una mueca.

Más adelante, el chico se atreve a sonreírse siempre que se encara con el amo de su madre, y entonces es de rigor que éste le dé un coquetazo, o le tire de las orejas, en son de caricia, con lo cual Merto adquiere otras tantas alas con que aprender a volar a su gusto en aquel espacio.

Días y meses andando, si mientras Gedeón está comiendo pasa el chico cerca de la mesa, le llama; y por el gusto de ver qué cara pone cuando la muerde, le da una aceituna; y por el placer de contemplar cómo se relame saboreándole, le regala un dulce.

De este modo el carácter de Merto se va desenvolviendo por completo; y como ya nunca se halla bajo la impresión del miedo ni del sobresalto, llega a haber en su fisonomía esa expresión de sinceridad atractiva, tan propia de los niños, por feos que sean, como a Merto le sucede. Además, es algo bizco, torpe de lengua, y, en cuanto se enfada un poco, echa cada terno que saca lumbres. Todas estas cualidades hacen suma gracia a Gedeón, que no oculta el placer que tiene en que muy a menudo, y cuando ya está él aburrido de atusar las greñas al ratonero, entre el chico en el gabinete mandándole que le enseñe los santos, o la máquina del reloj.

-Pues límpiate los mocos -le dice Gedeón.

-Puez amalda tú el peldo -le contesta Merto.

Porque Merto y Adonis, para entonces, ya no se pueden ver.

Empezando por darle algunas golosinas de la mesa, acaba por sentarle a ella casi todos los días, mientras a Adonis, acurrucado en el suelo entre los dos, se le indigestan los mendrugos que le regala su amo, considerando la altura a que ha elevado su privanza aquel intruso. Algunas veces tiene Gedeón el capricho de tirar a Merto, que ocupa el extremo opuesto de la mesa, una rosquilla; y entonces Adonis, creyendo que es para él, o fingiendo que lo cree, da un salto increíble, y después de atrapar en el aire la rosquilla, cae sobre la mesa, metiendo las patas en una dulcera, cuando no el rabo y algo más en el plato del intruso, o en el de su amo. En estos casos, no siempre que Merto quiere castigar el atrevimiento de Adonis tirándole con un panecillo o con el tenedor, lo consigue sin que Gedeón reciba el proyectil de rebote en el estómago, o en las narices; lances que (¡vean ustedes lo que son algunos ogros!) hacen desternillarse de risa al solterón.

Es lo más curioso que éste cree todavía que Merto es un chiquillo antipático e insoportable, por feo, por díscolo y por mal educado; y no bien oye un porrazo hacia la cocina, ya sale despavorido a preguntar quién se cayó, recordando casualmente, en aquel instante, que el hijo de su criada es travieso y aficionado a encaramarse en sillas y vasares.

Un día toma Merto una indigestión de bizcochos y agua de limón, y se pone a morir; y casualmente en ese día no tiene Gedeón ganas de salir de casa; y por no aburrirse en ella, entra doscientas veces en el cuarto del enfermo; y porque no diga su madre que se le ha desatendido la asistencia, obliga al médico a hacer diez visitas más de las precisas; y ¡cosa más rara aún!, en el momento en que el chico sale del peligro, se encuentra él más animado y hasta con ganas de salir a la calle; y ¡coincidencia todavía más extraña!, hasta se le ocurre, al pararse, por casualidad, delante de una tienda de juguetes, comprar para el convaleciente un tren de artillería, por lo mismo que nunca le ha regalado cosa que valga media peseta.

Otra vez rompe Merto una chuchería de las varias que tiene Gedeón sobre la mesa; y al volver éste de la calle y coger al rapaz con el delito entre las manos, reniega de él y hasta de la hora en que le permitió entrar en su casa. Óyelo su madre, y parte furiosa a castigar a su hijo. Mas apenas, le ha sacudido el primer soplamocos, ya está Gedeón amparando al delincuente.

-¿A qué vienen esas violencias? -dice con mal gesto a Regla, mientras coloca a Merto detrás de él.

-A enseñarle lo que no sabe; a quitarle los condenados resabios que trajo de la otra casa. ¡Te he de desollar vivo, tunante!

-Pues no lo conseguirá usted dándole golpes. Bueno que se le reprenda y se le amoneste; pero...

-Como si predicara usted en desierto...

-Si los niños tuvieran la reflexión de los hombres...

-¡El loco con la pena es cuerdo!

-Pues por hoy se acabó el castigo; porque yo, que soy el agraviado, perdono el agravio por esta vez... Por esta vez no más... ¿lo oyes, Merto?

Pero Merto, con gran sorpresa de Gedeón que le creía llorando arrepentido, está haciendo gestos provocativos a Adonis, que, a su vez, le enseña los dientes; después alumbra un pisotón al ratonero, y se oyen a un tiempo un aullido terrible y un terno feroz, mientras Adonis enrosca el rabo dolorido y Merto se lleva ambas manos a una pantorrilla.

-¡Ve usted lo que es interceder por el demonio! -exclama Regla, buscando iracunda a su hijo entre los faldones de la levita de su amo y las patas de la mesa.

-Déjele usted, que el pisotón ha sido casual...

-¿Y también lo otro? -grita Regla-. ¿Eso te han enseñado en esa casa, groserote? No aprenderás los consejos que yo te doy tan bien como esas indecencias, ¡Satanás!

Y atrapando al fin a su hijo, arrástrale hasta la cocina, administrándole por el camino media docena de sopapos.

-No estoy yo por el sistema de los cachetes para educar a los chicos -murmura Gedeón en tanto, como si en su vida se hubiera ocupado muchas veces en cuestión tan trascendental.

Y para comprobar la teoría, arrima dos castañetazos al pobre perro, por la parte que ha tenido en la media docena de ellos de que Merto va rascándose.

Al verse tratado así, no el dolor, el asombro parece pintarse en la hirsuta faz del ratonero. ¿Qué castañetazos son aquellos? ¿Desde cuándo y por qué su amo se permite hacerle tales ultrajes? ¿Es por el mordisco que él dio a Merto en la pantorrilla? Pues Merto le pisó a él primero el rabo, después de haberle provocado con gestos y ademanes injuriosos. ¿Es que le han dolido a su amo los cachetes de su criada, más que a Merto que los recibió, y busca un inicuo desahogo en el inocente Adonis? Esto es lo más triste para él, porque es lo más verosímil.

Todas estas consideraciones, o algo por el estilo, se leen en la cara del compungido Adonis; y esto que se le ocurre a un miserable ratonero, no se le alcanza a Gedeón, que todavía insiste en que le es antipático Merto por feo, por sucio, por díscolo y por hijo de su madre.

Pero ésta, que caza, por lo menos, tan largo como el perro, no ignora que, a cierta edad, la naturaleza humana siente la necesidad de amar, y que cuando no puede amar a sus propios frutos, porque no los ha dado, ama a lo primero que le ponen por delante; y que no es otra la causa de que ame Gedeón a su retoño, como antes de conocerle amaba al perro ratonero.

Que esto iba a suceder, lo sabía ella antes de traer a Merto a su lado, aunque no aseguraré que por eso, y no más que para eso, le trajera.

Pero ya que sus presunciones se han cumplido, nada se pierde con dejar que rueden los acontecimientos, ni con trabajar para prepararlos del mejor modo posible. Gedeón es rico; ya no ha de casarse, y no tiene herederos forzosos: ¿qué mal hay, ni a quién se ofende, en que un pobre le conquiste una parte de su corazón, y con ella un pedazo de su caudal?

Digo todo esto porque no se tome a comedia la ira que le causan a Regla los desafueros de su hijo, cuando más cerca le ve de conquistar el corazón de su amo.


- XVIII - La gran batallaEditar

Así las cosas, va rodando el tiempo. Merto sigue haciendo barbaridades; su madre reprendiéndolas; Gedeón disculpándolas, y Adonis, con un ojo al rapaz y con el otro a su amo, temiendo las asechanzas de aquél y estudiando los grados que él va perdiendo en el cariño de éste.

Adonis odia a Merto como se odia a un rival que es además un tirano.

Merto sólo discurre para inventar modos de atormentar a Adonis. A ello le inclinan su instinto de muchacho revoltoso, y el recuerdo de la dentellada que le dejó cicatrices en la pantorrilla.

Pero Gedeón, cuando está en casa, no se separa del ratonero; y cuando sale de ella, queda Regla que no pierde de vista un momento a la alimaña.

Por lo demás, ya sabe él que hay en el cuarto de la ropa sucia una vara de fresno, muy larga, que usa su madre para despolvorear los colchones. Aquella vara es toda su ambición. Con aquella vara se le puede dar al ratonero una mano de leña, como no la ha llevado en el mundo perro alguno; y se le puede dar desde lejos; es decir, impunemente, o, lo que es lo mismo, sin el riesgo de que devuelva dentellada por varazo.

Saboreando tales propósitos, aguarda el rapaz, con una perseverancia impropia de sus años, a que se le meta por los ojos una ocasión a su gusto.

Y la ocasión, al fin, se le presenta.

Gedeón no volverá a casa en toda la tarde, y Regla ha salido a la calle por largo rato, sin poder llevarse consigo a Merto, porque éste tiene los zapatos a componer. Temiendo que durante su ausencia haga su hijo alguna barbaridad, le ha amenazado con todos los castigos imaginables si se mueve del sitio en que ella le deja, entretenido en pegar con engrudo varios remiendos a una cometa. Merto ha prometido no menearse de allí.

Pero al quedarse solo, la sangre le hierve, los brazos le bailan, sus piernas brincan solas; y, para colmo de tentaciones, está enfrente de él, y abierto, el cuarto de la vara, y la vara delante de sus ojos cimbreándose sola, como diciéndole: «empúñame, y ¡a él!».

Además, hay en la casa muchísimos objetos que Merto no ha visto todavía por dentro, y tiene que verlos alguna vez; y esa vez no puede ser otra que aquélla, por lo mismo que, a la sazón, no hay nadie que le impida desarmar lo que le acomode y meter los dedos donde más le convenga.

Si sabe distribuir bien el tiempo, tiénele sobrado para hacer estas investigaciones y dar a Adonis la tremenda paliza.

¡La paliza sobre todo!

En la sala hay un reloj de sobremesa, cuya péndola figura un niño columpiándose en una cuerda. Este columpio es la curiosidad que más preocupa a Merto desde que le vio por primera vez. ¿Por qué se mueve así? ¿Quién le da el empuje necesario? ¿Por qué se bambolea de atrás a adelante, y no de un lado a otro, como todas las péndolas que él ha visto?

Hay que aclarar este misterio a todo trance.

Y después de empuñar la vara y de cerciorarse de que no se oye ruido de pasos en la escalera, y de ver, con mucho sigilo, que Adonis tiene para rato con el sueño que está echando en su colchón del gabinete, acércase el reloj, dejando para después de la batalla, si el estado de las cosas lo permite, el desarmar el barómetro y el filtro del comedor, la maquinilla del café, un calendario mecánico, una caja de música y otras maravillas que hay en el gabinete.

El temor de que su madre vuelva a casa antes de lo que debe, obliga a Merto a hacer sus pesquisiciones sin el reposo que él desea; por lo cual le falta el tino que, en otro caso, tendría para manejarse con desembarazo.

Por de pronto, hay que quitar el fanal al reloj; y brega de aquí, y brega de allá para conseguirlo, hácele tres pedazos. Contrariedad es ésta que le desconcierta y desanima; pero uno de los pedazos es muy grande, y acaso pueda servir todavía; esto le consuela bastante y le devuelve el ánimo para continuar la tarea.

Ya está descubierto el reloj. En el espejo que refleja su parte posterior, se ven cosas que se mueven, amarillas y relucientes como el oro. Allí está el misterio. Invierte la posición del aparato. Hay otro cristal delante de las ruedas... ¡Por vida de los inconvenientes! Pero el cristal tiene un resorte. La casualidad guía el dedo de Merto hasta el punto conveniente para que, apretando allí, el resorte cumpla su cometido. El cristal se separa, de un brinco, por sí sólo. ¡Oh delicia!, allá dentro hay una como hebillita que se menea a un lado y a otro. Es preciso ver qué resistencia opone a su mano... ¡Rich! Algo se ha roto, y el columpio cae sobre la consola. El tic-tac, que antes se oía lento y acompasado, ahora es un redoble continuo; las agujas vuelan sobre la esfera, y el timbre parece que toca a rebato. Merto jurara que hay en aquella máquina algún demonio oculto que quiere denunciar su fechoría con tanto ruido y campaneo; y presa de esta idea, tapa aquí, oprime allá y mete sus dedos y la punta de la vara donde quiera que sus ojos ven movimiento y sus oídos perciben sones. Al cabo oye Merto un chasquido metálico; luego un rischsss interminable, como ruido de puchero que se va sobre las brasas; y después, nada: todo ruido calla y todo movimiento cesa; parece que se ha muerto el reloj, y que su mal espíritu se ha hundido en el averno. Merto se tranquiliza por lo que respecta al estrépito acusador que antes le asustaba; pero, en cambio, siente delante de aquel aparato algo del miedo que infunden siempre los cadáveres.

Con ánimo, sin duda, de borrar las huellas de su crimen, vuelve el reloj a su primera postura; arrima el columpio a la pared, a fin de que se vea desde enfrente cual si estuviera colgado en su sitio, aunque inmóvil; amontona los pedazos del fanal como su ingenio y su zozobra se lo permiten; y después de echar al conjunto una mirada desde la puerta, como supone él que podrán echarla su madre o su amo cuando vuelvan, y de tranquilizarse no poco con la prueba, empuña de nuevo la verdasca, y se acerca de puntillas al gabinete.

Gedeón, hombre de poco gusto artístico, pero muy aficionado a rodearse de cosas que le recreen la vista y le deleiten los sentidos, tiene su cuarto atestado de esos objetos mal llamados de arte, que la industria ha derramado por el mundo.

Así se ven allí, en brillantes colores sobre variedad de pastas, todas las desnudeces más estimulantes de la mitología griega, en ménsulas y rinconeras, sin que les falten, como salsa o acompañamiento, los estuches de carey, el barquito, o junco filipino, de especias ensartadas; los caracoles de China y la tabaquera de coco. Sobre la mesa de escribir hay un tintero de cristal esmerilado, que es una maravilla, y una salvadera de porcelana, prodigio de trasparencia y de color; y presidiéndolo todo, como santo en botica vieja, el busto de Balzac, de tamaño natural, encima de una elegante papelera y entre dos candelabros de alabastro y metal dorado.

Cuando a este vedado recinto se acerca Merto, abre con mucho pulso la puerta, y mira por la rendijilla resultante. Adonis sigue durmiendo. Puede, impunemente, partirle de un varazo.

Entra, y cierra la vidriera.

El ratonero no se mueve.

El tirano elige el sitio que más conviene a sus propósitos, y toma sus medidas para que la vara, antes de caer zumbando sobre el perro, pueda describir sin tropiezo el arco necesario.

La empuña por un extremo con las dos manos, después de escupírselas; afírmase a su gusto sobre los pies; levanta los brazos hasta más atrás del cogote, y... ¡zas!

Pero el ansia misma que tiene el granuja de deslomar al perro, le hace perder el tino, y sólo le alcanza con la vara en la punta del rabo.

Al recibir el golpe, lanza Adonis un aullido de angustia, de furor y de sorpresa juntamente, y da un salto nervioso e inconsciente que le eleva dos codos sobre el lecho en que acaso soñaba con la perra de sus pensamientos; después se encara con Merto, encorvado el lomo, la mirada ardiente y rechinantes los colmillos.

Merto, que no contaba con errar el golpe, ni, por consiguiente, con aquella actitud amenazante de su enemigo, desconciértase no poco, y comienza a sacudir palos de ciego; es decir, veinte en la alfombra y uno en Adonis.

Cuando éste parece convencido de que no puede meterse por debajo de la vara y hacer presa en las pantorrillas de Merto, porque la vara no cesa un punto de cimbrearse, acude al recurso de ocultarse debajo de cada mueble; pero allí le punzan y acribillan, si afuera le vapuleaban; y no sabe cuál es peor. Después salta sobre las sillas y sobre la cama; y la vara siempre detrás, o encima de él; pero la vara nunca pierde viaje, pues cuando no alcanza a Adonis, tumba cuanto halla al paso en rincones y paredes. Desde la cama, y no de un salto ni sin llevar más de un varazo en el camino, huye el desventurado perro a refugiarse en la mesa de escribir; pero allá va también la vara, con la cual parte Merto la salvadera, creyendo partir a Adonis, que, a su vez, tumba el tintero, que se despedaza en el suelo, y pringa la alfombra después de haber pringado arriba libros y papeles.

Este estropicio aplaca un instante las iras del muchacho, y le hace prorrumpir en una interjección brutal.

Adonis, aprovechando aquel respiro, quiere estudiar con algún sosiego un plan de defensa; y desde la mesa en que se halla abroquelado con un montón de libros, dirige en derredor miradas angustiosas, como preguntándose: «¿En dónde mil demonios me guareceré cuando este bárbaro me eche de aquí?». Pero no ha habido tiempo ni para pensar la respuesta que se pide, cuando ya tiene encima otro varazo. Entonces, desatentado, arrójase a la papelera, y se encarama en ella, delante de Balzac, porque detrás no cabe, cual si buscara el sagrado del arte y del ingenio por refugio. Pero aquel genízaro que le persigue, no se para en sensiblerías semejantes; y viéndole tan perfectamente destacado, le larga un verdascazo a la media vuelta, que no solamente alcanza a Adonis a todo lo largo, sino que todavía le sobra otro tanto para Balzac y para los candelabros, que vienen al suelo con el perro, aquél desnucándose, y los candelabros haciéndose añicos.

El estrépito es horrible, y el desastre arranca al cerril muchacho, no ya una interjección, sino una blasfemia.

Entonces parece fijarse por primera vez en las ruinas de que está cubierto aquel campo de batalla; apodérase de pronto el susto de su ánimo; y, soltando la vara, abre la puerta y huye a esconderse en su cuarto; en el cual, después de larga meditación, no se le ocurre otra salida para el conflicto en que se halla, que meterse en la cama, hacerse el enfermo y echar la culpa de todo lo sucedido a Adonis, que, entre tanto, se rasca las contusiones, se relame los hocicos y gime tembloroso, como niño después de azotina.


- XIX - Post nubila phoebusEditar

Qué le sucede a Regla cuando vuelve a casa, y después de hallar en la cama a su hijo, y de verle temblar en su presencia, y de deducir de sus desatinadas respuestas parte de la catástrofe, llega a conocer el resto por los cascos del gabinete, por la vara olvidada en él y hasta por los quejidos de Adonis, puede el lector presumirlo; y también suponer, y no errará en el supuesto, que después de comparar a Merto con todos y cada uno de los demonios más conocidos, y de llamar sobre su cabeza todas las maldiciones imaginables, le contunde el cuerpo con la vara misma, que nunca trabajó tanto como aquel día, y le acribilla a pellizcos, y le jaspea la cara a bofetones, y le estira medio palmo las orejas, entre varazo y denuesto.

Puede igualmente alcanzársele al propio lector, que Regla, tras este desahogo feroz, echa a Merto de casa, antes de que a ella torne su amo, y la acuse, con el diablejo delante, de haber correspondido indignamente a sus condescendencias; pero lo que no se le alcanzará si yo no se lo digo, es que Regla, al proceder así, ha calculado que se anticipa a cumplir los propósitos que le manifestaría Gedeón, si al conocer la catástrofe estuviera aún a su lado el autor de ella; que su amo ha de agradecerle este rasgo de previsión; que el olvido del pecado será tanto más pronto cuanto más lejos se halle del ofendido el pecador, y que hasta puede llegar el día en que el mismo Gedeón solicite la vuelta del hijo revoltoso al lado de su madre.

Merto, pues, sin tiempo para secarse las lágrimas ni limpiarse los mocos, vuelve a casa de los parientes con quienes antes vivió; y vuelve a escape y a empellones de su madre, que no quiere encontrarse con su amo en el camino, por las calles más extraviadas.

Regla deja a Merto entre sus parientes, hasta nueva orden, no sin exigirles la promesa de que en los primeros quince días le han de quitar el hambre a palos; y sin perder un sólo instante en ociosas amonestaciones a su hijo, vuela, más bien que corre, hacia su casa.

Pero su amo llega antes que ella.

Atónito se queda al entrar en su cuarto y contemplar los despedazados cachivaches que apenas le dejan sitio donde poner la planta; y más se sorprende todavía cuando, al llamar a Regla para que le dé explicaciones sobre aquel desastre, no halla quien le responda, si no es Adonis que gime y llora a su modo, y le abraza las piernas, y le lame las manos, y hace como si quisiera enseñarle las cordilleras de ronchas que le abruman el cuerpo debajo de las lanas.

-¡Merto!... ¿no es verdad? -exclama al fin Gedeón, entre iracundo y triste, fijando su vista en la de Adonis.

Y Adonis, cual si comprendiera la pregunta, alza más la cabeza; muévela arriba y abajo, ladrando al mismo compás, como si quisiera decir:

-Sí, señor; ¡ese bribonazo ha sido quien me dio la paliza y rompió todo esto!

-¡Preciso es convenir -exclama Gedeón, dándose por enterado-, en que no se habrían atrevido a tanto mis propios hijos, si yo los tuviera!

En esto entra Regla en el gabinete, desencajada y compungida. Refiere a su amo lo que sabe del caso y lo que ha hecho con el causante, llorando cuando debe llorar y lamentándose cuando debe y como debe lamentarse; y como todo lo dice ella, y cuanto hay que hacer con el delincuente está ya hecho, Gedeón sólo despliega los labios para implorar un poco de misericordia para Merto, y reducir a su madre a que renuncie a sus manifestados propósitos de marcharse de la casa, en castigo, que ella misma se impone, de su mala correspondencia a los favores recibidos de un amo tan generoso y tan bueno.

Y con esto, y no sé si con algo más, pariente de ello, se da por terminado un incidente (como dicen en los Parlamentos), que, en buena lógica, debía tumbar de espaldas a un hombre como Gedeón, que se pone malo solamente con acordarse de los desafueros y tropelías que cometen en las casas los hijos de familia, cuando son de la edad de Merto.

Al otro día, cuida mucho el complaciente amo de no apurar las fuerzas ni el espíritu de su criada con órdenes excesivas o con palabras secas. ¡Demasiado acongojada está la pobre mujer con lo que le ha sucedido! ¡Ella que es tan atenta! ¡Ella que es tan delicada!... ¡y tan comedida!

Y como, al cabo, es madre de Merto, y por malo que éste sea debe quererle mucho, también le pregunta por Merto.

Y como nada sabe Regla de él en los tres primeros días, al cuarto le ruega Gedeón que trate de saberlo, porque cabe en lo posible que el chico haya tomado sentimiento por lo que se le ha castigado, y llegue a adquirir una enfermedad peligrosa. Después de todo, ¡qué diablo!, por malo que sea un chico, vale su vida... para su madre, se entiende, bastante más que los cuatro monigotes destrozados en su gabinete.

Merto, entre tanto, se halla en casa de sus parientes, tan sereno y despreocupado como si jamás hubiera roto una cazuela; pero su madre se guarda mucho de contárselo a su amo; antes le dice, por toda noticia de su hijo, que sigue éste llorando el bien que ha perdido por su culpa, y cumpliendo la pena merecida que ella le ha impuesto.

-Pues si está arrepentido -dice Gedeón a Regla, antes de la semana-, perdonémosle, con mil santos, y que se vuelva otra vez acá. ¿Quién sabe si con lo que ha pasado y algo que yo le diga, poniéndome serio, acabará de hacerse un modelo de chicos agradecidos y juiciosos?

Pero Regla sigue implacable.

-Nadie sabe como yo -responde, con todas las necesarias salvedades de respeto- lo que a ese chico le conviene.

Probablemente estará Regla en lo cierto.

Todas estas conversaciones tienen lugar durante la comida o el almuerzo de Gedeón, y por consiguiente, a las barbas de Adonis. ¡Y es de ver qué gestos hace el ratonero cada vez que el nombre del aborrecido rival llega a sus orejas! ¡Y es de admirar cómo gime y se abate cuando la cara de su dueño no se frunce ni amontona al hablar del pícaro que a él le deslomó!

Cualquiera pensaría que Adonis va leyendo en la fisonomía de Gedeón sus propósitos de perdonar al atrevido, y sus deseos de volver a traerle a su lado.

-¡La morcilla antes que esto! -debe pensar el ratonero, si tal lee.


- XX - Un incidenteEditar

La escena representa otra vez el gabinete de Gedeón.

Éste se halla repantigado en la butaca contigua a la mesa de escribir, y atusa las greñas de Adonis; el cual parece dormirse, de gusto que le da el suave manoseo de su amo.

Sí es lícito meternos donde no hacemos falta, conste también que Gedeón está pensando en la cada vez más obstinada insistencia de su criada en no traer todavía a Merto a su lado.

Transcurre largo rato así.

Entra Regla con una carta en la mano; pónela en las de Gedeón; dícele que la ha subido la portera, y se va.

Gedeón se fija en el sobre; frunce el entrecejo; apea de un revés a Adonis, que exhala un débil gemido de sentimiento, como diría un novelista elegante; abre la carta, y lee para sí lo siguiente, pero con la más desastrosa ortografía, que yo no quiero copiar:

«Querido Gedeón. Como hace semana y media que no te veo, te escribo para decirte que en cuanto recibas ésta, vengas a verme, pues hay dos casos muy graves deque tengo que enterarte.

Tuya de corazón, más que nunca,

Solita».

Graves deben ser, en efecto, los casos a que la firmante se refiere, cuando se atreve a molestarle con aquella misiva. Por largas que hayan sido sus ausencias, jamás se ha permitido Solita quebrantar las prevenciones que Gedeón le tiene hechas de no buscarle en su casa con esquelas ni con avisos, y mucho menos con su persona.

Y entre lo de «¿qué será?» y lo de «¿qué no será?» vuelve a entrar Regla diciendo a su amo que hay a la puerta un hombre que desea hablarle.

Mas no bien lo ha dicho, ya está el hombre detrás de ella haciendo reverencias a Gedeón.

Es el tal un andrajoso, en chancletas; con las barbas a medio crecer, y las greñas, rudas y entrecanas, desgajándose de la cabeza, como si quisieran enredarse con las barbas que, en demostración de que no huyen del enemigo invasor, crecen rígidas cara arriba.

No es alto ni bajo, ni adusto ni risueño: tiene el cuerpo y la fisonomía, y hasta el olor, que tienen siempre los vicios inveterados y la falta absoluta de vergüenza.

En el momento de encararse con Gedeón guarda en un agujero, de los mil de su chaleco, una punta de cigarro que retira de sus labios cárdenos, mientras derriba de su cabeza con la otra mano algo como gorra o cosa que lo parece después de haber sido sombrero.

-¿Qué busca V. aquí? -le pregunta Gedeón en tono duro y ademán airado.

-Entendí que esta señora al abrirme la puerta me mandaba pasar adelante; y eso he hecho -responde el hombre con voz cavernosa.

Siguen algunas réplicas y contrarréplicas entre los dos hombres, y algunas disculpas y protestas de la mujer, de escasa importancia para el lector y de mucha para mí si tuviera que escribirlas y comentarlas, por lo cual las suprimo con su venia; retírase al fin Regla, y quédanse frente a frente los dos personajes de esta escena.

-¡Conque es usted don Gedeón? -pregunta el haraposo.

-Lo soy ¿y qué? -responde el preguntado, con voz y gesto de repugnancia.

-¡Pues vengan esos cinco! -exclama el hombre de los andrajos. Y avanza resuelto hacia Gedeón; y, que quieras que no, le coge una mano y se la estruja y resoba entre las dos suyas; y arrima a su cara, contraída por el asco, todo el bardal de su cabeza y todas las cavernas hediondas ocultas por el bardal.

Gedeón consigue, a duras penas, librar su mano de aquella tenaza sucia; y huye luego dos varas atrás con la butaca en que está sentado.

El hombre, al mismo tiempo, toma una silla, la arrima a la butaca y se sienta también.

-Pues yo soy, para lo que usted guste mandarme, Judas Cerote -dice al sentarse. Y mientras aguarda la respuesta, escupe en la alfombra y se limpia los hocicos con un pingajo que saca de otro pingajo de su chaqueta.

-¡Como si fuera usted Pentapolín de los Garamantas! -grita Gedeón hecho una lumbre y poniéndose de pie-. ¿Qué es lo que viene usted buscando aquí? ¡Pronto!

-¡Calma, amigo mío, calma! -replica el otro con mucha sorna-, que no es oro todo lo que reluce, ni en mi corporalidad son remiendos solamente lo que hay que ver. El asunto que me aproxima a esta casa, no se manipula ni especifica echándome a mí a la calle sin oírme... Hágame usted la cortesía de tomar asiento otra vez, con toda franqueza... y permítame usted que amargure, digásmolo así, este primer detrimento de las honradas hidalguías de mi corazón que aquí me traen.

Y el llamado Judas, al decir esto, hace como si se conmoviera.

-Mire usted, hombre -replica Gedeón dejándose caer en la butaca-: si me promete usted concluir pronto lo que tiene que comunicarme, soy capaz hasta de escucharle sentado.

-De usted dependerá que yo finiquite en dos minutos.

-Pues vaya usted cumpliendo su promesa.

-Con tal que no sea usted el que desee que se alargue la platicación.

-Fácil es eso.

-Pues ha de saber usted, don Gedeón, que yo soy un artista verdaderamente desgraciado; porque desgracia es para mí haber venido a luz en unos tiempos, digásmolo así, de menosprecio para el arte... ¡el arte que yo cultivaba con el entusiasmo de los juveniles años!...

-Siga usted, pero sin comentarios.

-No pude seguir, mi señor don Gedeón, por lo mismo que yo era un verdadero artista: no se me correspondía al tenor de mi trabajo; y antes que consentir yo en humillar el arte... ¡el arte que yo cultivaba con el entusiasmo de los juveniles años!, a la tiranía de los iznorantes y pusilámines, envolví la venerable herramienta de mis glorias en el honrado mandil, para que no la menospreciara el siglo, y me dediqué a la contemplación, digásmolo así, de la Naturaleza en sus manificencias y esplendores, único trabajo a que podía dedicarme, fuera del arte... ¡del arte que yo cultivaba con el entusiasmo!...

-«De mis juveniles años». Adelante.

-Esa es la palabra. ¡Cómo nos entendemos, y hasta nos adivinamos los pensamientos! Estaba escrito, don Gedeón.

-¿Cuál?

-Lo que pasa. Nacimos el uno para el otro. ¡Tenía que suceder!

-¿Quiere usted proseguir, señor... artista?

-Gracias, mi respetable don Gedeón, por ese sufragio, digásmolo así, conmovedor, que rinde usted a mis sentimientos. Prosigo. Este amor descomensurable que guardo en mi pecho a la patria Naturaleza, llévame a menudo a plazas y paseos para contemplar séase el firmamento estrellado, séase las estrellas del firmamento, séase el sol de mediodía, séase el amanecer de la mañana. ¡Qué quiere usted!, parece que el alma se me congratula en estas contemplaciones, maísimen si me hallo en la amena y dilatada compañía de otros artistas infortunados, que también renunciaron al arte... ¡al arte que cultivaban!...

-«Con el entusiasmo de sus juveniles años». ¿No es esto?

-Cabalmente, señor don Gedeón, cabalmente... ¡Es admirable cómo se corresponden nuestras concomitancias respectivas!

-Menos en un punto, señor Judas.

-¿En qué punto, mi adorado don Gedeón?

-En que mi... «concomitancia» está deseando que acabe usted de hablar, y la de usted se empeña en todo lo contrario.

-Es el carácter, don Gedeón, y este sentimiento de mis entrañas, que parece desgarrarse de alegría cuando se halla en la ilustre sociedad de un hombre tan campechano como usted. Y ahora prosigo. Días hace que contemplaba yo la estrella polar desde un rincón de una plazuela, fuera de lo que podemos llamar casco de la ciudad... porque la ciudad, amigo mío, de por sí no es quién para que en ella se explaye un espíritu, contemplando séase el firmamento estrellado...

-«Séase las estrellas del firmamento...».

-Séase el sol del mediodía.

-«O séase el amanecer de la mañana».

-Pero, señor don Gedeón, me deslumbra ya tanta concupiscencia de pensamientos, digásmolo así, entre los dos.

-Es para ayudarle a usted a llegar pronto al fin de su discurso. Conque no me desaire usted en tan humanitarios propósitos, señor Judas.

-Muy señor mío y dueño: rendido a ese sentimiento, especifico así lo que me falta. Y digo, que hallándome en la contemplación de la estrella polar hace dos noches, porque de noche era cuando yo la contemplaba, embriagado digásmolo así, de ansias naturales del alma, y, a la misma vez, presuimpuestando el tiempo en que, a un buen volar por los aires, podría yo avecindarme con el astro, y aun si a mano viene, preguntándome por qué esa luz recalcitrante se apaga por el día y se enciende no más que por la noche, cuando sépase usted, mi querido don Gedeón, que pasa ella por delante de mí.

-¿La estrella polar?

-No, señor... aunque bien pudiera serlo, y lo ha sido ya para algún navegante desafligido. Por una parte era su misma personalidad; por otra no lo parecía. Pero ¿dónde verá el corazón paterno un pedazo de sus propias entrañas, que no clame por él y le abra su pecho enternecido? Entre si es o no es ella, invoco su nombre con ese acento, digásmolo así, de la eternidad de una ausencia contada por años y determinada por la profundidad de los mares caudalosos. Entonces volvió su fisonomía la inocente paloma; y al conocer a su tierno padre... huyó con la mujer que la acompañaba. Pero yo la había conocido bien. Era ella; el pedazo de mi corazón; el sostén de mi ancianidad y el amparo de mis necesidades... ¡mi idolatrada Solita!

Al oír este nombre, da Gedeón un salto en la butaca. Ni remotamente había sospechado, el muy bolonio, que semejante fin tuviera el laberíntico discurso del artista Judas.

Desconcertado como niño goloso a quien su madre sorprende robando los bizcochos, no sabe qué cara poner al zapatero para disimular mejor la violencia en que se halla su ánimo.

-De manera que usted es... -dice, sin saber lo que se dice, pero con la cara muy hosca, creyendo que con aquello sale mejor del compromiso.

-¡El padre de Solita!... es decir, tu padre político, que te abre sus tiernos brazos para estrecharte en ellos.

Y el elocuente artista, al responder así, se levanta de la silla, y presenta a Gedeón todo el fardo de sus andrajos para que se arroje en ellos.

Pero Gedeón huye aterrado hasta la pared.

Entre tanto, añade el remendón, sin bajar sus brazos entreabiertos:

-Y perdóname, hijo mío, si he estado llamándote hasta aquí con la circunflexión de usted. Yo te conocía; pero tú no tenías el honor de conocerme. No podía comportarse de otra manera mi natural, digásmolo así, respetivo y atento.

Gedeón ya no oye, ni ve, ni entiende. Sobresaltado al saber que tenía delante al padre de Solita, cuando oye a éste llamarle hijo, cree que le muerden ratones y que le besan sapos y cucarachas. Aquello es un asco, y además una ignominia. ¿Quién habrá puesto en manos del remendón el pico de la manta para que, tirando de él, haya llegado a descubrir el miserable lo que estaba oculto, y sobre todo, lo que no estaba? Hay que averiguar eso a todo trance.

A este fin, refrena Gedeón sus iras; y, con un esfuerzo supremo de la voluntad, disimula también sus repugnancias; finge que toma a risa los extremos afectuosos del zapatero, ruégale que se siente, y le pregunta qué es lo que te ha inducido a creer en el parentesco a que se refiere.

El remendón se sienta, y continúa hablando así:

-Viendo que Solita me negaba la paternidad, o que no la conocía, seguí sus pasos, determinado a que no se escapara ya de mis visuales. Creyéndola yo en Puerto Rico, ¡cómo había de negar a mi corazón aquella voluntad de contemplarla de cerca! No sé las calles que corrí siguiéndola; y como sospeché que no quería declararme su domicilio, hice, digásmolo así, de vez en cuando, recatación de mi persona; de este modo descubrí casa y piso. Llamé a la puerta. Clamar en desierto, Gedeón. Pero yo no podía, paternalmente, volver atrás. Y repetí el llamamiento. Ya los vecinos de la escalera me habían oído todos, y hasta se apiadaban de mí, rogándome que callara, y todavía a la infeliz no había llegado el amoroso machaqueo de su padre. Pero ¡qué hija es sorda a la voz enternecida del anciano que la ha dado el ser corporal!... Solita me recibió en sus brazos a la media hora de llamarla yo a los míos. Pero la había dejado sirvienta puramente, y me la encontraba dueña y señora de su casa. Era esto ¿no es verdad, Gedeón?, motivo de una plática, digásmolo así, aclaratoria y explicativa. En esa plática supe de sus tiernos labios que había contraído nupcias mayores en Puerto Rico, pero que había prometido a su adorado esposo guardar el secreto de ellas hasta que fuera día de clarificarse a la luz del sol. -Cumplió después con su anciano padre en cuanto a finezas generosas de presente; pero su padre no cumplía con su augusto deber sólo con eso. Ocurrióseme ir a tomar luces de todo a la casa en que conoció a la familia que la llevó a Puerto Rico... ¡Ay, qué señora aquella, Gedeón! ¡Qué virtud la suya tan boyante, digásmolo así, y tan concluyente! ¡Y qué claridez la de su sentido! Media palabra no más la declaró mi fineza, y en el acto me plantó sobre la pista... Y como yo tampoco menosprecio las buenas protecciones que se me dan, siguiendo los apuntes de tan refulgente señora, he llegado hasta aquí sin tropiezo...

-Y ¿qué más? -pregunta Gedeón, a punto ya de estallar como una bomba.

-Que no contrincándose el dictamen de esa señora más que en lo del viaje a Puerto Rico, viaje que resulta, digásmolo así, fracasado, con lo dicho por Solita, sucede que tú eres el enlazado en secreto con ella, y que yo soy vuestro padre que os bendice, y viene a estrecharte entre sus brazos...

-¡Y qué más!

-Y al mismo tiempo, a decirte: Gedeón, el brillo y el buen ver entra por mucho en la longanimidad de las familias; mira tú, hombre opíparo, a tu padre político ultrajado por los años y las ingratitudes del siglo; si has de regocijarte en él y en sus ancianos cabellos, vístele y agasájale con qué se alimente y dé a sus arrugas venerables el resplandor, digásmolo así, de los hombres acomodados y eminentes.

-¿Nada más? Con franqueza... dígamelo usted!

-¡Oh, hijo descomunal y esplendoroso! ¡Bien decía yo que se adivinaban nuestras concupiscencias! Pues ya que no se harta tu corazón de desocuparse en el mío, sábete que no me vendría mal otro auxilio para finiquitar algunas deudas que hoy me cierran las puertas del sustento corporal, y hasta las del necesario descanso.

-Y ¿nada más?

-Por ahora...

-Pues escucha ¡zapatero vil, remendón indecente! -grita Gedeón con los ojos fuera de sus órbitas, y los puños crispados-: ni yo te he parido, ni conozco a tu hija, ni quiero conocer a esa otra bribona que aquí te envía; ni me he casado nunca, ni me casaré en mi vida; ni tengo obligación de escucharte lo que me has contado, ni paciencia para oírte otra palabra más.

-Pues si usted no me conoce, ni conoce a Solita -dice Judas entre admirado y malicioso-, ¿de qué sabe usted que yo soy zapatero, si yo no se lo he dicho?

-Lo sé -replica Gedeón algo desconcertado, pero no menos furioso-, porque... ¡porque lo huelo!, ¡porque tú no puedes ser otra cosa!

Al mismo tiempo saca de su bolsillo unas monedas de plata, y, arrojándolas sobre la mesa, añade:

-Si es eso lo que venías buscando para emborracharte, tómalo, con tal que te largues; y cuida de no probar en otra parte este sistema de sacar dinero; pues no todos tendrán la paciencia que he tenido yo.

El zapatero se abalanza con mal disimulada avidez a las monedas; y mientras las hunde en uno de los abismos de su chaleco, dice fingiéndose conmovido:

-Las recojo, no por lo que valen en su prosapia metálica, sino por la mano generosa que me las ofrece como prenda de un fino genial de estimación. Pero créeme, hijo de mis entrañas, llevo clavado en ellas, como un puñal inclemente, la rigurosidad de tus palabras a un padre tierno que, al darte sus brazos amorosos, quería decirte: «arrójate en ellos con la frente muy alta, que son el apoyo de una familia ilustre, perseguida, digásmolo así, por la hediondez de la miseria...».

Mientras el zapatero se enreda en estas nuevas declamaciones, Gedeón llama a Regla; y cuando la tiene delante, la dice en tono firme y con ademán resuelto:

-Enseñe usted la puerta a este hombre.

-¡Son cuentas de familia, señora! -dice Judas a Regla cuando la ve a su lado, y mirándola con cierto desdén.

En seguida se vuelve a Gedeón y le dice a media voz, pero trémulo e iracundo:

-¡Te perdono, hijo ingrato... y nos veremos!

Después sale detrás de Regla, chancleteando con los pies y requiriendo los pingajos de su vestido.

Cuando Regla cierra la puerta de la escalera, Gedeón, que se ha colocado a dos pasos de ella, la dice:

-¿Has visto a ese hombre?... ¿Le recuerdas bien?... Pues el día en que él vuelva a entrar por ahí, sales tú por el balcón.

En seguida se encierra en su gabinete, y bufa y patea.

En su concepto, la historia contada por el zapatero ha sido compuesta por su hija, o de acuerdo con ella.

Quiere amenazarle con aquella afrenta constante, para reducirle mejor a los propósitos que ha tenido el atrevimiento de manifestarle muchas veces. ¡Insensata! ¡Y a tanto se atreve cuando ya no le queda un sólo atractivo con qué justificar el oprobio que se le quiere imponer! ¡Cuando está deseando él una disculpa para deshacerse de ese grillete que le amarra y le desuella! Pero, bien mirado, ¿qué mejor ocasión que ésta para sacudirse las pulgas? Ahora o nunca... No la dejará en la calle abandonada; cumplirá, en tan grave trance, como quien es; pero romperá toda conexión con ella, y quedará tan libre de su peso como estaba antes de conocerla.

Y así pensando, vístese acelerado y sale hacia la calle, abotonándose el chaleco en la escalera y haciendo en el portal el nudo de la corbata.


- XXI - De escalera abajoEditar

No habrá dado muchos pasos Gedeón fuera de su casa, cuando Regla está bajando al portal.

Tiénela muy sobresaltada algo que pasa bien cerca de ella, desde que tomó de manos de la portera la carta que puso en las de Gedeón. Aunque no es gran pendolista, sóbranla ojos para distinguir a una mujer en la letra de un sobrescrito; y mujer es, en su concepto, quien trazó los garabatos de aquel sobre.

En cuanto al hombre que se coló tras ella en el gabinete, también le parece que es bastante más que un andrajoso vulgar que se mete por la primera puerta que halla a medio cerrar. A éstos se les da una limosna o un bufido, y se les planta en la escalera, acto continuo; pero el andrajoso que acaba de salir es cosa muy distinta. Hablaba recio al despedirse, después de haber hablado largo rato con su amo; y el furor de éste, al arrojarle del gabinete, no se parece en nada al que produce en una persona decente un hombre entremetido y sin educación. Qué hay en la carta y qué en el haraposo, no lo sabe ella; pero hay algo grave; tan grave, que ha sido causa de que su amo salga a la calle hecho un basilisco. Y ¿quién trajo la carta y se la entregó a la portera? ¿Por qué ésta, o su marido, dejó subir al haraposo? ¿Qué les dijo para conseguirlo? Hay que averiguar todo esto, por de pronto.

Con tal intento baja la escalera, aunque quizá se figura que no le mueve otro que endosar al portero la amenaza que le dirigió a ella su amo al despedir al hombre de los andrajos.

El portero es otro remendón, pero que no se llama artista; y por eso saca del oficio un mendrugo cada día. No es muy hablador, porque en nada es vehemente; y lo prueba que menea la herramienta al compás del ¡Triste Chactas! desde que se ciñe el mandil hasta que se le quita; lo cual es tanto como decir que de sol a sol dura la sonata.

Pero, en cambio, su mujer, aguadora y recadista de toda la vecindad, es un argadillo y una cotorra.

Como los unos bracea y como las otras charla delante de su marido cuando llega Regla al portal.

-¡Ay, señora Regla -la dice encarándose con ella-, qué hombres tan dejados de la mano de Dios y tan comprometedores de las familias de bien!

-¿Qué pasa, señora Rita?

-Las iniquidades del alma, como quien dice.

-Pues ¡cómo ha de ser!

-De otra manera muy diferente, señora Regla... Por algo los dedos de la mano no son iguales. El hombre de bien, a sus quehaceres; el malhechor, a la cárcel. Cada uno en su casa y Dios en la de todos.

-Y así debiera ser, señora Rita; pero si no lo es ¿qué vamos a hacerle?

-Pues al tenor de ello hablaba yo ahora mismo con este bendito de Simón, que es un palomo sin hiel y no se escandaliza de nada.

-Pues más vale así, señora Rita.

-Pero con su cuenta y razón, señora Regla... No me digan a mí que cuando las osadías andan por el mundo sin trabas ni bozal, deben los hombres honrados ponerlas puente de plata y cubierto a la mesa... ¿No fuera mejor echarlas solimán de lo fino?

-También es verdad eso... ¿no le parece a usted así, tío Simón?

-¡Cuán raaa... apida ha sido!... -canturrea éste al oír la pregunta, mientras da los dos últimos estirones de cabo a una puntada. y no dice más.

-Este bendito de Dios -añade su mujer-, con la sinfonía de siempre. Ni Cristo pasó de la cruz, ni él pasará de la sonata en los días de la vida... bien que mejor quiero verle emperrado en ella, que dado a Barrabás, como el otro desalmado que acaba de salir.

-Pues de ese hombre venía yo a hablar con ustedes.

-Hable usted, señora Regla, hable usted, que todo será poco para lo que merece, por lo que echa por aquella boca de Satanás.

-Yo, señora Rita, sólo tengo que decir que por ningún motivo le dejen ustedes entrar por esa puerta. Así me lo ha encargado el señor.

-Y será medida su palabra... Bien sabe Dios que si una vez pisó esas escaleras, no fue sin que yo se lo reprendiera a mi marido. «¡Mira, Simón, que ese hombre es un puro embrollo y una pura desvergüenza! Mira que te va a comprometer... bien conocido le tienes ya...». -Porque Simón le conoce, señora Regla... ¡como que aprendieron juntos el oficio! Pero Simón, en buena hora lo diga, es un hombre trabajador y de su casa, y al otro no tiene el diablo por dónde desecharle.

A todo esto, el tío Simón continúa refunfuñando su canción sempiterna, y bregando con la bigotera que está echando a un borceguí.

-Pero ¿qué pasó con ese hombre, al fin y al cabo? -pregunta Regla.

-Primeramente -responde la señora Rita-, ese hombre es un borracho que mató a su infeliz mujer a palos y a pesadumbres, y dejó el oficio para vivir... yo no sé de qué... Él dice que de lo que le pasa una hija que huyó de su casa siendo una criatura... ¡vaya usted a saberlo, señora Regla! El caso es que hace una hora se presentó aquí con su poca vergüenza, y preguntó por el amo, con un aquel y un qué sé yo, como si toda la vida hubieran comido juntos. Dijímosle que no estaba en casa, y que, aunque estuviera, sería lo mismo para él, porque no le recibiría... ¡Ay, señora Regla, en mala hora yo tal dije! ¡Qué ponerme de cosazas y menosprecios el deslenguado!... Como que yo estaba viendo cuándo era el instante en que Simón se quitaba el tirapié... Porque, aquí donde usted lo ve, señora Regla, cuando se enfada hay que conjurarle como a las tormentas... Pues, ¿no se atrevió el sinvergüenza a decirme que mirara mucho lo que hablaba con él, porque podía hacerme y acontecerme, motivado a que don Gedeón era... (¡el Señor no se ofenda de lo que voy a decir!)... pariente, señora Regla, pariente muy cercano suyo?, ¡ha visto usted!... y que le había mandado llamar por persona que podía hacerlo; y que por eso venía, y que si lo dudábamos le acompañaría quién que mandaba aquí más que todos nosotros, y... ¡san Crispín unigénito no me oiga!... más que el amo, señora Regla... más que el amo... Y, amiga de Dios, tanto dijo y fachendeó, y tanto nos rompió la cabeza con fanfarrias, que Simón dijo «allá te arregles y con él te veas...». Y entre que «esto no me parece bien», y lo otro de «puede que tenga razón», y yo que «no puede tenerla nunca un hombre como ése», y este otro que «más gordas se han visto», el pícaro fue subiendo; y cuando quisimos reparar en él, ya estaba arriba, si es que no adentro... ¡Pero al bajar fue ella! ¿No es verdad, Simón? ¡Qué humos, qué pomposidades y qué sonar dinero en las faltriqueras! ¡Qué querer convidar a este inocente nada menos que a la fonda, y ofrecerme a mí un mantón de ocho puntas y una cofia con encajes!... Mire usted, señora Regla, esto me incomodó mucho, porque parecía burla... Luego bajó el amo, hace un instante, y se descubrió el pastel. ¡Qué cara traía el bendito señor, y con qué rejo nos encargó que perniquebráramos al insolente antes que dejarle entrar aquí! Para mi cuenta, y Dios me lo perdone si me equivoco, aquel dinero que sonaba lo robó en el piso...

Regla, que de todo este fárrago no pierde palabra que sea utilizable a sus propósitos, interrumpe a la señora Rita para preguntarla:

-¿Y dice usted que tiene una hija?

-¿Quién... el amo?

-No, mujer, ese perdido.

-¡Ah!, sí... Lo decía antes de darse tanto lustre. Ahora, Dios sabe lo que dirá.

-¿Luego usted no la conoce?

-Como al día en que me he de morir.

-¿Ni usted tampoco, tío Simón?

-¡... de mi diiiii... cha!

-Digo si conoce usted a la hija de ese hombre.

-Yo no conozco más que mi obligación, señora Regla.

-Antes que él -continúa ésta-, creo que vino una carta...

-Pues por eso decía yo a Simón -replica la señora Rita-, antes de bajar usted, que hay días que ni buscados con un candil... Vino una carta, sí, señora.

-¿Quién la trajo?

-Una jovenzuela. «¿Vive aquí don Gedeón?» preguntó muy relamida. «Aquí vive, en el primero», la respondí muy atenta. «¿Se le ofrece a usted algo?». «Déle usted esta carta», me replicó con el hocico muy plegado, como si fuéramos aquí gente de chanfaina. «¿Tiene contestación?» volví a preguntar al tomarla... porque me parece a mí que esto es de cortesía, para, si acaso decirla: «Pase usted adelante, tome usted asiento mientras bajo». Pues nada, señora Regla: me volvió la espalda sin decir «por ahí te pudras», y se largó, la muy descortés.

-Y esa joven -pregunta Regla con evidente curiosidad-, ¿qué aire tenía? ¿Era, como quien dice, persona decente?

-¡Calle usted, por el amor de Dios! Una atropella-platos como otra cualquiera.

-¿Y nada más la dijo a usted?

-¡Y qué más había de decirme! ¡Podía haberse atrevido a mayores, la muy remilgada! ¡No, por vida mía! Pobre sí; pero a saber guardar mi puesto, me ganan pocas.

-De manera, señora Rita, que, como usted dice, el día ha sido aprovechado: primero, una joven con una carta para el amo, y después, un andrajoso que dice que es pariente de él; que sube a hablarle y que baja de la visita sonando mucho dinero en el bolsillo.

-Cabales.

-Pues eso se ve todos los días, señora Rita.

-No en los míos, señora Regla; y eso que los arrastro bien por el mundo y sobre buenas alfombras, aunque me esté mal el decirlo; que para eso sirvo a muchos... Pero aunque se viera, yo digo que no debía verse nunca de eso.

-Pues para que no se vea aquí más, he dado yo a ustedes el encargo que también acaba de darles el amo, según me dicen... Y con esto, me vuelvo arriba...

-Vuélvase usted, señora Regla, y vuélvase usted en la cuenta de que ese hombre no pisará más este portal... Y diga usted, si viene otra carta ¿tampoco la recibo?

-Esa sí -contesta Regla con vehemencia-. Reciba usted cuantas vengan, y entréguemelas a mí.

-¿Aunque sean para el amo?

-Para dárselas yo a él, alma de Dios.

-Eso es otra cosa.

-Adiós, señora Rita.

-Adiós, señora Regla.

Cuando ésta pone el pie sobre el primer escalón, llámala el filarmónico zapatero.

-Señora Regla -la dice con mucha parsimonia, quitándose las gafas y volviendo la cara hacia ella-: Yo hablo poco ¿está usted?... y cuando con lo poco que hablo no me entiende ¿está usted?... el que se empeña en meterse ¿está usted?... donde no le llaman... y contra mi gusto, agarro el tirapié ¿estamos?... y en seguida me hago respetar ¿está usted?... De modo que pisar ese hombre las escaleras que usted pisa ahora ¿está usted?... es tanto como decir que Simón ha muerto ¿está usted?... Pues no digo más.

-Y es bastante, tío Simón.

-Y como lo dice lo hace el inocente, créalo usted.

-Hasta luego, señora Regla.

Volando sube ésta al piso, y de dos voleos se echa el manto sobre la cabeza.

-¡Se me va de entre las manos! -murmura mientras se le arregla y anda-. Hay que atarle con cuanto esté al alcance de las mías.

Y echa escalera abajo.

Deja a los porteros la llave del piso, como acostumbra en ausencias de su amo, por si éste vuelve antes que ella; y sale del portal sin hacer caso de la señora Rita que quiere detenerla para hablar un rato.


- XXII - Otro incidente más graveEditar

Solita no cesa de mirar a la calle por las vidrieras del balcón, como hace quien espera con ansia a una persona, o quien teme que llegue otra que no debe llegar.

No puede ser de las últimas la que, al cabo, columbra, según la prisa que se da a salir a la sala, tumbarse con languidez en una butaca y dar a los pliegues de su falda y a cuanto cuelga en su doméstico arreo, la caída y el aire que corresponden a la palidez de su semblante... porque es de advertir que su semblante está mucho más pálido y ojeroso que de costumbre.

Cuando oye abrir la puerta de la escalera, deja caer la cabeza sobre una mano, y el otro brazo fuera del correspondiente de la butaca.

En esta guisa la halla Gedeón, que era, a no dudar, la persona esperada y vista por Solita.

Pero lo que Solita no esperaba y ve ahora por las rendijas de su mano, es que Gedeón viene echando lumbre y veneno por todos los agujeros de su cara.

Aquel hombre es una botica que arde.

No se sienta, se derrumba delante de Solita; y al derrumbarse, rechina la butaca y cruje el pavimento; el sombrero que se arranca de la cabeza, no le coloca, le estrella en el sofá; y al cruzar sus piernas, parece que trata de romper la una contra la otra.

-¿Recibiste mi carta? -le pregunta Solita, sin levantar la cabeza, con voz lánguida, muy lánguida, después que observa que el recién venido, aunque bufa mucho, no rompe a hablar.

-¡Sí! -responde Gedeón con un bramido huracanado-. Recibí tu carta... ¡y algo más que tu carta!

-Me atreví a escribirte porque hace tres semanas que no te veo, y el caso era urgente.

Después de decir esto con la misma voz lánguida y apagada, llévase una mano a la garganta, como si se le atravesara allí algo que le produjera bascas; mira a Gedeón con ojos tiernos, y reclina todo su busto en el respaldo de la butaca.

-¿Conque es urgente el caso? -exclama Gedeón con la sorna de un mastín cuando enseña los dientes-. Y ¿cuál es el caso?

-Uno de ellos, el que yo me temía, Gedeón. Anteanoche, saliendo a tomar el aire, porque ahora necesito tomar el aire muy a menudo, me encontré con... mi padre.

-¡Adelante!

-Me extraña la poca sorpresa que te causa la noticia...

-¡Adelante!

-¡Jesús, qué suave te vas volviendo!

-¡Adelante, Solita!, ¡adelante, y déjame a mí en paz!

-Como tú quieras... Híceme la desconocida cuando me llamó por mi nombre, y hasta quise desorientarle metiéndome por las calles más extraviadas; pero debió seguirme los pasos, porque cuando me creía libre de él en mi casa, comenzó a llamar a la puerta, y con tanta furia al ver que no le respondían, que los vecinos salieron asustados a la escalera. Entonces, por evitar un escándalo, abrí. Entró; y como no le podía decir que estaba yo sirviendo en esta casa, pues desde mi vestido hasta la soledad que reina en ella le probaban todo lo contrario, ocurrióseme decirle que me había casado en Puerto Rico, pero en secreto, y que había venido a España en el último vapor a esperar a mi marido que llegaría tan pronto como las cosas le permitieran publicar el casamiento... ¡qué sé yo lo que inventé por el estilo!, y a mayor abundamiento, le di cuanto dinero podía darle en aquel instante. Parecióle bien la dádiva, pero no la historia; y prometiéndome enterarse de ella más a fondo, y hacerme otras visitas, se marchó. No he vuelto a verle, y esto quería decirte para tu gobierno.

-¿Has concluido? -pregúntala Gedeón, enronquecido por la ira y el despecho.

-No tengo más que decirte sobre este asunto -responde Solita, cada vez más lánguida y sentimental.

-Pues bien -exclama el otro como estallan los pellejos muy inflados, a poco que se los apriete-, yo, en cambio, tengo que contarte a ti que el zapatero inmundo, que el remendón miserable, que el sinvergüenza de tu padre, ha estado en mi casa... ¡y ha querido abrazarme!, ¡y me ha llamado hijo suyo!... ¿lo oyes bien?, ¡hijo suyo!... ¿lo oyes bien?, ¡hijo suyo!... ¡y me ha tuteado!... ¡y he tenido también que darle dinero para taparle la boca, ya que no podía taparle el resuello con pólvora y solimán!

-¡Mi padre en tu casa! Pero, ¿quién le guió allá? -dijo Solita dejando los dengues y dando a su voz y a su fisonomía tal aire de sinceridad, que el mismo Gedeón no se atreve a dudar de ella.

-Por lo visto, la víbora de doña Ambrosia, a quien el condenado fue, con infeliz ocurrencia para mí, a pedir antecedentes del caso. ¡Figúrate si se habrá regodeado la pícara buscándonos las huellas!

-¡Pero es una infamia eso!

-Será lo que tú quieras... De cualquier modo, hay que tomar sobre ello una resolución heroica. ¡Yo no puedo quedar ligado a la ignominia de ese hombre!...

-Ciérrale la puerta... hazte el desconocido.

-Me he hecho el desconocido y le he cerrado la puerta; pero volverá a llamar a ella, y me perseguirá, y será mi sombra de día, y mi pesadilla de noche. ¡Qué horror!

-¡No es para tanto, hombre! ¡En qué poca agua te ahogas!

-¡Poca... cuando me cubre con más de un palmo, no el agua, sino la pringue de la zapatería!

-¡Y vuelta al zapatero! Pues ¡qué caramba! ya sabías que lo era cuando te acercaste a su hija.

-¡Sólo falta ya que tú le defiendas!

-No le defiendo; pero al cabo es mi padre...

-Es decir, que siendo yo el descalabrado, tratas de ponerte tú la venda.

-Yo trato de poner las cosas en su punto, y nada más.

-Pues precisamente vengo yo a eso: a poner las cosas en su punto, y a ponerlas en seguida.

-Pues tú dirás...

-Antes tienes tú que decirme, por si también es de las partidas que deben figurar en la liquidación, cuál es el otro caso grave de que tienes que hablarme.

Aquí languidece de nuevo Solita; y como si de pronto olvidara todos los puntillos que tiene pendientes con Gedeón, mírale con los ojos casi en blanco; sonríele medio ruborosa, y exclama, a vueltas de algunos toques de mímica sentimental:

-¡Ay, Gedeón!, ¡qué ocasión más providencial para dar al olvido resentimientos de vicio y quejas de tres al cuarto!

-Pues qué ¿nos ha tocado la lotería?

-¡Sí, amado Gedeón, y el premio gordo!...

-¿Quieres hacer el favor de no bromearte, Solita, y acabar pronto de responderme?

-¿Tan de prisa estás?

-¡Muy de prisa!

-¡Ingrato!

-¡Solita!... déjame de sensiblerías ridículas, y piensa que es de muy distinto género lo que tienes que oír, después que me respondas a lo que te he preguntado.

-No temo la amenaza, Gedeón; porque después que yo te diga dos palabras, trocaránse en mieles tus amarguras, y en mansedumbre tus furores.

-Ya tardas en decírmelas; pero dímelas en crudo y sin esos jarabes que me empalagan.

-Voy a decírtelas, ¡ingrato!... pero al oído: quiero que ni el aire se entere de ellas antes que tu corazón.

Dicho esto, se levanta Solita hecha un caramelo, pero un caramelo blando que se cimbrea y se escurre; acércase a Gedeón; enlázale con sus brazos; arrima a su oído la boca, y permanece así dos segundos.

De repente da Gedeón un salto, y lanza un rugido espantoso; y al caer en el suelo, después de haber tenido cerca del techo la cabeza, oprímesela con las manos crispadas, y comienza a exclamar con voz rabiosa:

-¡Ábrete, tierra, y trágame... una vez!... ¡dos veces!... ¡diez veces!... ¡mil veces!... ¡y vuelve a escupirme a la luz!... ¡y vuelve a tragarme!... ¡por sandio!... ¡por estúpido!... ¡por ridículo!... ¡Yo debí preverlo!... ¡y no lo he previsto!... ¡yo debí... no haber nacido, para no verme en estos trances afrentosos!

Y esto dicho, y algo más que no copio, y mientras Solita lo oye con la boca abierta después de haber estado a pique de caer de espaldas al saltar de la butaca Gedeón, toma éste el sombrero, hunde en él casi toda la cabeza, y sale, o más bien, huye de la casa como si llevara un incendio debajo de la levita.


- XXIII - El tercer incidenteEditar

Cuando baja la escalera, parece un peñón que se desgaja y rueda al abismo; tal salta de tres en tres los peldaños; y aquí tropieza, y allí vacila, y más allá resbala; y a sus golpes crujen los tablones y tiembla la balaustrada.

Así llega al portal; y, sin pisarle más que una vez, quiere avanzar hasta la acera; y para conseguirlo, ha sacado ya la pierna fuera del batiente; pero otro hombre va a meter la suya al mismo tiempo y por el mismo lado de la puerta; de modo que el que entra y el que sale chocan como dos carneros, y con tal ímpetu, que el uno retrocede hasta la escalera y el otro hasta el medio de la calle.

-¡Bruto! -ruge el de adentro.

-¡Animal! -exclama el de afuera.

Y cada uno se tapa y oprime la cara con las manos para mitigar un poco el dolor del testerazo que le ha correspondido.

El primero que se descubre es Gedeón, que, al fijar su vista en el de la calle, todavía tanteándose cabizbajo los chichones, conoce en él a su amigo Herodes.

-¡Conque eras tú! -exclama admirado.

-¡Gedeón! -responde Herodes al oír la voz de su camarada, mirándole a hurtadillas y con señales de sobresalto, a causa, sin duda, de la impresión que hace la luz en sus ojos, aún doloridos por el golpe-. ¿De dónde diablos bajabas tan de prisa?

-¡De arriba! -contesta Gedeón, palpándose la frente-. Y a ti ¿qué demonios se te pierde en esta casa? ¿Qué casualidad nos reúne aquí?

-Iba a subir.

-¡Ya! pero ¿a qué?

-A... hacer una visita.

-¡Visitas tú, y en una casa tan extraviada!

-¿No las haces tú también en ella?

-¡Es verdad, hombre!

-¡Menudo coscorrón me has dado!

-¡No le recibí yo más flojo!... Ya habrás notado, por el que te di, que voy algo de prisa.

-En efecto.

-Pues excúsame de cumplimientos; alíviate, y adiós.

-Lo mismo digo. Hasta la vista.

Y Gedeón echa calle abajo, como alma que lleva el diablo; y acaso no sea exagerada la comparación.

Herodes, después de permanecer unos instantes en el portal, saca con cautela su cabeza fuera de la puerta, y sigue con la vista al que se aleja: y ¡extraña curiosidad!, cuando éste ha doblado la esquina, llega hasta ella el otro, y con las mismas precauciones de antes, mírale desde allí cómo se interna en otra callejuela; y ¡capricho más pueril todavía!, se va tras él, como si quisiera contarle los pasos. Así le escolta hasta verle salir del barrio; y sólo entonces se resuelve a volver atrás. Llega de nuevo al portal de Solita; y como si ya no se acordara del testerazo, arréglase un poco la corbata y echa escalera arriba con aire tranquilo y reposado.

Entre tanto, Gedeón llega también a su casa; se encierra en su gabinete, y comienza a dar vueltas en él, como tigre en jaula.

Su cabeza es un volcán en que hierven, y se oprimen, y se mezclan y se revuelven las ideas; ideas que le escaldan y le contunden el cerebro; porque, a la vez que lava abrasadora, son marea que avanza y retrocede, y muge y aporrea.

Lo que Solita ha confiado a su oído no son palabras, es una cadena de presidiario que le amarra a él, por toda la vida, a la hija del remendón... Ya no es libre; ya no puede tener ni la esperanza de serlo, como la tenía pocas horas antes, cuando iba resuelto a liquidar las cuentas de sus debilidades con Solita. ¡Qué adelantaría ya con realizar estos propósitos... si le quedaba lo otro por liquidar! Y lo otro es todo lo más abominable que pueda proceder de Solita, y además Solita entera y verdadera, y además, el zapatero con más hondas raíces a la puerta de su casa, amenazándole con sus harapos y su parentesco. Y de esto puede alejarse, pero no desprenderse; porque ¿adónde irá que no lo vea, o que no lo oiga, a lo menos? Y verlo u oírlo, ¿no es estar ligado a ello? Será la cadena más o menos larga; pero siempre será cadena, a cuyo extremo estará amarrado él, girando, como bestia en hipódromo, alrededor de un centro de mamarrachos y de ignominias.

Cuando estas y otras y otras ideas, no más risueñas ni sosegadas, han batido con furia todos los rincones de su cráneo; después que de aquella tempestad bravía sólo queda la espuma de sus amarguras sobrenadando, señal de que las ideas han vuelto a su nivel acostumbrado, la razón comienza a ver alguna claridad por las rendijas de la bruma que se rasga y va desapareciendo en jirones por el horizonte. Entonces, y sólo entonces, advierte que en el encuentro que tuvo con Herodes puede haber de curioso algo más que el mutuo coscorrón que ambos se dieron. ¿Qué buscaba allí aquel hombre, precisamente a la hora en que Gedeón nunca había entrado en aquella casa hasta ese día? ¿Y qué buscaba en un barrio tan extraviado, y en una casa cuyos vecinos todos, según confesión de Solita, la miran a ella con menosprecio, señal evidente de que todos son honrados? Y siendo todos honrados, ¿cómo puede tratarse con ninguno de ellos un hombre que no comunica con la humanidad más que por el lado de las mujeres que sean livianas y corrompidas? ¿Y en qué mujer de las de aquella vecindad se pueden sospechar, con algún fundamento, conexiones con el impudente solterón?... ¡Será posible que el hombre que más esfuerzos ha hecho para separarle a él de la buena senda, se atreva a tanto!... Y ¿por qué no? Quien se burla de los afectos más puros y de los sentimientos más honrados, ¿por qué no ha de burlarse de un camarada de vicios y liviandades?... Pero aunque él llegara a intentarlo, Solita le rechazaría... Y, ¿por qué ha de rechazarle Solita? Si la mujer propia, si la mujer unida a un hombre ante los altares de Dios, según las doctrinas del mismo Gedeón, falta a sus juramentos, y quebranta sus deberes, y mancilla el honor de su marido, ¿por qué no ha de sucumbir la obra de las tinieblas y del vicio? Quien ha sucumbido a las ofertas de un amante, ¿por qué ha de resistirse a las dádivas de otro? ¿Qué más da Gedeón que cualquiera de sus amigos? Además, Solita se queja, no sin fundamento, de que Gedeón la tiene medio abandonada; pues así como él busca lejos de ella remedio para el hastío que le mata, lejos de él buscará ella el consuelo para la soledad en que vive. Cierto es que Solita debe a Gedeón lo que le cuesta, en dinero, su vida de señora de su casa; pero ¿no le debe nada Gedeón a Solita? ¿Nada valen en el mercado del mundo la honra y la libertad de una mujer, única hacienda que Solita poseía y ha sacrificado a Gedeón? Por este lado pagados están ambos también. ¡Pero por el otro!... ¡Vamos, eso sería inicuo!... ¡En semejantes circunstancias!... ¡Hacerle a él cargar con!... ¡Horror, mil veces!...

Pero, después de todo, ¿qué ha sucedido para tales imaginaciones?... Nada, o poco menos: un encuentro de dos hombres en el portal de una casa. ¿No se ve esto cada día y en cada calle?...

Mas aunque se vea, y nada grave haya que temer con fundamento, ¿no es bastante lo que ya está sucediendo? ¿No es hasta demasiado que él, un hombre como él, libre como él, emancipado como él de todas las «miserias del hogar», de todas las «inmundicias del matrimonio», esté en aquel instante... celoso... ¡sí, señor, celoso!... y por una fregatriz, hija de un remendón borracho y sinvergüenza; por una mujer a quien no ama, y de cuya compañía huye delante de la gente, como se huye de lo que mancha y desdora?

¡Oh, qué razón tenía el médico! No basta romper los lazos de la familia, para verse un hombre exento de los pesares que teme en ella, y de otros muchos más.

Y así batallando, quiere volver a casa de Solita por si aún está en ella el inicuo amigo; pero luego reflexiona que no será éste tan necio que habiéndole hallado a él en el portal, permanezca al lado de la infame tan largo rato.

Después torna a encontrar descabellados sus recelos, y se tranquiliza, encomendando al tiempo y a una prudente vigilancia la solución de sus dudas...

-Porque ¡tendría que ver -concluye- que un hombre como yo, diera una campanada de ésas, y la diera en falso!


- XXIV - Lo que era de esperarEditar

En esto se despierta Adonis, que dormía en su rincón acostumbrado, y comienza a husmear el aire, y a exhalar gruñidos, y a revolverse sobre el colchón, como si le amenazara una invasión de pulgas.

Un momento después, aparece a la puerta del gabinete Regla con el manto sobre los hombros, recién destocada su cabeza, y detrás de Regla, Merto, asido de las faldas de su madre y tapándose con ellas. Al sentirle Adonis tan cerca, deja de gruñir y comienza a entonar una salmodia entre lúgubre y desesperada.

Gedeón, con la frente entre las manos y los codos sobre la mesa, ni advierte la presencia de los recién llegados, ni la inquietud del perro.

Regla avanza dos pasos más; Merto la sigue, y Adonis, al verse a tres varas de su odiado enemigo, concluye la salmodia con un trino convulsivo, y de un salto se coloca junto a su amo.

Entonces se fija éste en lo que sucede.

-¿Qué hay? -pregunta a Regla, alzando la cabeza.

-Pues hay, señorito -contesta Regla, torciendo y estirando entre los dedos un pico de su manto-, que he ido a buscarle, y que... aquí está.

-¿Quién?

-Merto.

-¿Merto?

Al oír este nombre execrado, vuelve a trinar Adonis, pero muy recio.

-¡Calla, condenado animal! -exclama Gedeón con gesto avinagrado, y largando un castañetazo al ratonero.

-¡Guaaayyy! -late el infeliz. Y se esconde debajo de la butaca de su amo, como si ya tuviera encima los varazos que huele en lo porvenir.

A Merto se le hinca en el alma aquel ladrido. ¡Cuántos como él y del mismo gaznate escuchó insensible el día de la batalla, mientras caían en pedazos, de muebles y paredes, los más preciados adornos de aquel recinto! Este recuerdo le hace temblar; pero no le impide lanzar una mirada con el ojo más bizco, y bien cubierto de las de su amo con el vestido de su madre, a cuanto le rodea. Parécele, en número, menos de lo que él vio allí mismo en el funesto día; pero no halla escombros ni derrengaduras al alcance de su ojo, y esto le tranquiliza bastante.

¿Y el reloj?... ¿Estará descubierto y perdonado este delito, o podrán pedirle cuentas de él el día menos pensado?

Mientras en esto se entretiene el chico, su madre, respondiendo a Gedeón, dice:

-Merto, sí, señor. Yo no pensaba traerle todavía; pero de pronto cavilé que podía usted tomar a mal el empeño mío en castigarle más... ¡Como usted le tiene tan grande en que le perdone!

-¡Yo! -exclama Gedeón, cual si en su vida se hubiera acordado de semejante criatura.

-Me parece...

-Tienes razón... Estaba distraído... ¿Y dices que vas a traerle?

-Le he traído ya.

-¡Hola!... ¿De modo que ya está en casa?

-Eso he querido decir a usted.

-Ya me hago cargo... Pues nada, si está en casa ¿qué le hemos de hacer?... Prevenle que a la menor diablura que cometa le rompo la crisma, como Dios está en los cielos... y nada más.

-¿Lo oyes? -dice Regla, volviendo su cara ceñuda atrás, y poniendo a su hijo enfrente de Gedeón.

Merto aparece tiritando, con una mano en el bolsillo correspondiente de sus bombachos recosidos, y con la otra hundida en la boca hasta cerca de las fauces.

-¡Conque estabas tan cerca! -dícele Gedeón con sequedad al verle-. Pues me alegro: así excuso repetirte lo que le he dicho a tu madre.

-Se escondía -replica ésta- porque está muy avergonzado de lo que ha hecho...

Y en vano espera que Gedeón se manifieste complacido de ver a Merto a su lado, con el cual propósito tantas instancias le ha hecho hasta aquel día. Ni una palabra, ni un gesto de halago tiene para el rapaz que antes le dominaba y entretenía. Más bien parece contrariado con su vuelta, al ver tanta frialdad en su amo.

-¡Largo de aquí! -dice con desgarro, dirigiéndose a Merto y dándole un empellón hacia la puerta, como pudiera dársele a quien tiene la culpa de aquel cambio tan súbito en el corazón de su amo y en el porvenir de su hijo.

Y empujando a éste sin cesar, sale del gabinete, donde queda Gedeón revolviendo con los dedos el poco pelo de su cabeza, y Adonis refunfuñando, aunque no tan afligido como a la llegada de Merto.

-¡Habrá destino más perro que el mío! -exclama de repente Gedeón, levantándose y dando un furibundo puñetazo sobre la mesa-. ¿No es una burla de la suerte obligar a un hombre a recoger en su casa los hijos ajenos, cuando está pensando si echará... los propios a la Inclusa? ¡Esto es insufrible, y además infame, y además ridículo!

Y no cabiéndole en casa la desazón, toma el sombrero, y sale de ella vomitando maldiciones.

Al llegar al portal, le dice la portera que ha vuelto el remendón y que ha costado un triunfo impedirle que suba.

-¡Haberle roto el bautismo! -ruge Gedeón marchando hacia la calle.

Mas apenas la ha pisado, retrocede como si se le hubiera puesto delante un toro de Colmenar. Es que ha visto, en el hueco de la puerta inmediata a la suya, muy tranquilamente recostado, al execrado zapatero. ¿Por dónde tomará la calle que el andrajoso no le vea y no le siga? Apuradamente, con las zancadas que dio por la mañana, se le ha resentido la rodilla y no puede correr.

Vuélvese a casa renegando de la hora en que el diablo le hizo conocer a Solita, y de nuevo se encierra en su cuarto.

Pero los pensamientos abrumadores le asaltan en la soledad y en el silencio; y no pudiendo buscar la distracción en la calle ni resistir el asalto de aquel enemigo formidable que ya le va escalando las murallas del cerebro, pide la comida aunque no son las cuatro de la tarde. Sírvesela Regla; pero mal sazonada, no por falta de tiempo, sino de cuidado. Lo cocido es engrudo; lo frito, carbón; frío y amargo lo que debiera ser caliente y dulce. Desde que está Regla en casa no ha sucedido otro tanto. Mírala a la cara, y observa que está como la comida. La dulzura de sus ojos se ha trocado en acíbar, y la suavidad de su sonrisa, en aspereza y vigor.

Gedeón empieza a pensar en los motivos que podrá tener su criada para estar así y portarse como se porta. ¡No le faltaba ya más desdicha que perder el relativo bienestar que Regla le proporciona en su casa!

Esto le lleva a pensar en el zapatero, causa de la dureza con que él la trató al despedirle; del zapatero va con sus pensamientos a su hija; de ésta, a lo otro; de lo otro, a Herodes; de Herodes, a él; de él, a lo de más allá; y de esto, otra vez a Herodes; y si será, y si no será, zúmbale de nuevo la moliera; asáltanle las sospechas con todo el aparato de la verdad; antójasele que tal vez en aquel instante pudiera él, por lo mismo que es hora en que no se le espera, caer como una bomba entre Venus y Marte, ya que no tiene la red de Vulcano; y con esta preocupación, atragántase por acabar primero; tarda, por lo mismo, algo más que si comiera despacio, y resuelto a ahogar al zapatero, si se halla con él a la puerta todavía, lánzase a la calle.

Felizmente no está en ella el remendón.

¡Hala!, ¡hala!, renqueando y como su reumatismo se lo permite, llega, por calles excusadas, a casa de Solita, y casi se arrepiente de su empresa al meter el llavín en la cerradura de la puerta. Pero su alucinación puede más que el horror que le causa la idea de tener que hablar con Solita de lo otro, y hasta la del riesgo que corre de dar una campanada en falso, temor que ya le ha hecho refrenar sus ímpetus pocas horas ha, y entra.

Toma por asalto el gabinete, por la puerta de escape, nadie en él; en la sala, tampoco; en el comedor, la misma soledad. Entonces, acometido de las más estrafalarias aprensiones, llama con voz de trueno, y aparece Solita con una jícara en la mano.

-¿Dónde estabas? -la pregunta azorado.

-Sacando los garbanzos para mañana -responde Solita muy serena.

-¿A ver? -añade Gedeón, como si dudara, avanzando hasta la despensa.

Allí está la criada con un plato en la mano, arrimada a un cajón abierto y a medio llenar de aquella patriarcal legumbre.

Y como si todavía no estuviera tranquilo, mira detrás de la puerta, y da un vistazo a la cocina, y hasta mete la cabeza en el inmediato departamento.

-Pero ¿qué diablos buscas? -le pregunta Solita, que va siguiendo todos sus pasos.

-Busco -responde el preguntado, algo arrepentido ya-, la... la petaca que se me perdió esta mañana.

-¿En la despensa?... ¿y en la cocina?... ¿y en?...

-¡En el infierno!

Y sin decir más, vuélvese a la calle, dejando a Solita en la duda de si aquello es la continuación del arrebato que le dio horas antes, o el efecto de alguna sospecha que se le ha metido entre los cascos.

De todas maneras, no le parece mal síntoma el que haya vuelto y se haya conformado con tan poco ruido. Los relámpagos de la mañana prometían mucho más.


- XXV - El alma de JudasEditar

-¡Al fin, di la campanada! -exclama en la calle-. Fortuna que Solita no me ha visto desde el otro estampido, y acaso crea que aún está ardiendo la pólvora... Pero si no está arriba el infame puede que ronde por las inmediaciones. Rondemos también: al cabo, tanto me da pasear por estas calles como por las de mi barrio.

Y pónese a recorrerlas una tras otra, haciendo de vez en cuando salidas rápidas a la confluencia de las principales, donde está la casa de Solita, como si intentara jugar la vuelta a algún descuidado.

Así se le va pasando la fiebre poco a poco. En cuanto se ve libre de ella, se arrepiente de lo que ha hecho y se avergüenza de lo que está haciendo.

-Esto es -dice para sí- ni más ni menos que una explosión de celos, pero celos de marido, y de marido grotesco... Y ¿a tal extremo has venido a parar, Gedeón, después de tantas precauciones y miramientos?... Y es lo más curioso que cuanto menos me fío de Solita, más amarrado me siento a ella; no porque sus gracias pasadas hayan renacido para seducirme, ni porque me seduzca tal cual está, sino porque ahora quisiera yo verla esclava hasta de mis pensamientos. Así no me costaría trabajo desprenderme de ella, ni viéndola después loca por otro, me apuraría... De todo lo cual deduzco yo que cuanto se dice de la pasión de los celos queda reducido a una simple cuestión de amor propio. No nos duele la pérdida de la mujer poseída; nos duele que se vaya con otro; es decir, que se le haya preferido a nosotros, en señal de que valemos menos que él. ¡Éstas sí que son verdaderas miserias, no de la vida conyugal, sino de toda clase de vidas, incluso la muy arrastrada que yo traigo!

Y así pensando, toma el rumbo de su casa a paso no muy largo, porque la rodilla le va doliendo cada vez más.

Al atravesar una bocacalle siente en las narices un huracán de aguardiente, y casi está a punto de sucederle con un transeúnte lo que por la mañana con Herodes en el portal de Solita.

El transeúnte es el sempiterno tío Judas.

Gedeón se estremece al conocerle.

-¡Hijo de mis entrañas! -exclama el zapatero al encontrarse con él.

-¡Mal rayo te parta! -contesta el otro.

-Iba a ver a tu oculta esposa, y cátate que doy, digásmolo así, de bóbilis bóbilis, con su marido... ¿Adónde vas, cachorrote?...

-¡Al infierno, remendón infame!

Y tras esto, Gedeón trata de apretar el paso; pero, como si estuviera de acuerdo con el zapatero, su pierna se niega obstinadamente a complacerle.

El zapatero se le pone al costado.

Gedeón diera la mitad de su vida porque en la calle no hubiera más gente que ellos dos, o el sol alumbrara ya a los antípodas. En cualquiera de estos casos, cogería al remendón por las barbas, le metería en un portal, y allí le molería los huesos a bastonazos; pero aún es de día, y el tránsito, lejos de disminuir, va aumentando, porque la gente de la ciudad tiene del murciélago y la lechuza la propiedad de revolotear de noche y arrimarse mucho a la luz de los reverberos. No hay modo de apalear al pegajoso artista sin armar un escándalo, con gravísimo riesgo para el apaleador.

El zapatero, como si oliera estas dificultades o las leyera en la cara de su pariente, que reluce de ira, muéstrase muy ufano y risotón, y continúa diciéndole:

-Aporté segunda vez a tu casa, mi muy amado hijo político, porque dos razones me lo aconsejaron. Primera y finalmente, que no me quisieron pasar una moneda de las que me dio tu esplendoroso corazón. No pensé pedirte otra mejor, porque no soy de esos mozambiques sin educación de principios, digásmolo así; pero justo es que el hombre sepa ¿eh?, lo que vale aquello con que buenamente agasaja a otro... digo, me parece a mí... Segunda y en principalidad... ¿Sudas, mi tierno hijo?... Daréte ventilación... ¿Quieres descanso? Párate con toda confianza: yo no llevo prisa...

Y suda, en efecto, Gedeón, y hasta le duelen callos que jamás ha tenido. Aquel hombre le asfixia. Malo si le responde, peor si le contradice... malo también si calla; huir, no le es dado; buscar travesías y callejones por más solitarios, es prolongar el camino, y él no puede andar mucho. Tiene que optar por el que sigue, que es el más recto; pero, en cambio, el más concurrido. ¿Qué dirá la gente si él se enfada y denuesta al zapatero, y éste insiste en publicar el parentesco? Muchos habrá que no lo crean; pero, ¡cuántos lo creerán! De todas maneras, es un escándalo en medio de la calle. ¡Qué horror! No hay otro remedio que oír, devorando la ira; callar, y, poco a poco, acercarse a casa; y allí ¡oh!, allí hacer jigote al infame zapatero; embutirle en la pared a mojicones, y arrancarle las barbas y freírle en aceite.

Así medita Gedeón, y calla y anda, mientras el padre de Solita, contoneándose mucho a su lado, prosigue diciendo:

-Segundamente, fui a tu casa porque en la primera barrunté que no te dejaba muy contrito del parentesco. Dudabas, ¿no es cierto, amado hijo? Es natural, hombre; el sabio dudó seis veces ¡qué diablo!... Pues en contingencia de esta reflexión, iba yo a manipularte el caso, digásmolo así, hasta que cayeras en mis brazos amorosos, para llegar a ser lo que debemos: el uno para el otro... y en una sola mesa, y sin «lo tuyo» ni «lo mío», como los pajaritos del aire. ¡Qué vida, Gedeón! ¡Qué vida la que nos esperaba!

En esto, acierta a pasar un camarada del zapatero.

-¡Adiós! -le dice éste a gritos-. Dispensa que no te acompañe... voy con mi hijo político.

El aludido jurara, cuando tal oye, que le meten un espadín por el estómago.

Algunos transeúntes le miran, y el desvergonzado continúa:

-Tú y Solita, los emperadores de aquellas ínfulas; yo, el rey consorte; quiero decir, el padre putativo que os dio el ser... Pero dime algo, hijo adorado; muéstrame tu hermosa voz, aunque sea en una desvergüenza...

Gedeón carraspea y quiere silbar y reírse, y hasta que le trague la tierra; y anda calle adelante, volviendo la cara a todas partes Y tanteando actitudes que mejor expresen su intención de decir al público: «Nada de esto va conmigo; es un borracho que se me ha pegado, como pudo pegarse a ustedes».

Pero el tal no se despega, y sigue apostrofándole, ora tierno, ora vehemente, ora chancero, y alzando la voz a medida que el silencio del atribulado se prolonga.

En un sitio en que la calle está libre de transeúntes, Gedeón se atreve a decir a media voz al zapatero:

-¡He de verte las entrañas, miserable!

-Echa aunque sea las hieles, hijo del alma; échalas, con tal que te desahogues en tu desgraciado padre. ¡Ángel de Dios, y cómo te consolarán esas desaguaduras!

Luego, cambiando de tono, y entre compungido e iracundo, añade a gritos:

-¡Estos son los hijos políticos de las clases más opíparas de la sociedad! Déles usted la hija de sus entrañas; y porque usted es artista menesteroso y desgraciado, ya no le conocen; y le niegan tres veces, como Sansón negó a Pedro; y le cierran la puerta; y sus indomésticos le menosprecian... ¡Esto es astringente y deshumano!

Gedeón suda escarchas y respira cohetes. La gente le mira ya, y no faltan curiosos que se detienen para oír al zapatero. El infeliz perseguido no sabe qué partido adoptar, privado como se halla del único recurso que podía, si no salvarle, abreviar su martirio: las piernas para correr. En aquel angustioso trance y mientras camina con la velocidad mayor que le es permitido, quisiera ser guardia civil o polizonte, para meter en la cárcel al escandaloso; mejor que esto, rayo que le tendiera sin vida; y mucho mejor, huracán que le barriera de allí sin dejar ni siquiera huellas del inicuo. Pero no es guardia civil, ni rayo, ni huracán; es un desdichado que arrastra una cadena y sufre azotes y bofetadas: aquello es una agonía sin el descanso de la muerte.

Meteríase en un portal, y hasta llamaría a la puerta de un vecino; pero el perseguidor iría detrás, y llamaría también, y el escándalo de la calle se repetiría en las escaleras. ¡No tiene más recurso que llegar a la suya cuanto antes, si es que la explosión de su paciencia no le mata en el camino!

En tanto, continúa vociferando el otro:

-¿Qué ves en tu padre que te avergüence, don fanfarrias? ¿Qué afrentas te hizo?, ¿qué reales te pidió?, ¿qué casa te ha quemado?... Artista soy, sí, y a soflama y requilorio debieras tenerlo tú... ¡Pero soy insánime de dinero, y eso te abichorna, similón pomposo!... Pues al tomar la hija de mi corazón en consorcio oculto, ya lo sabías ¡tunante!

A esto, no sólo se detiene la gente y mira, sino que frunce el entrecejo encarándose con Gedeón. Para que un andrajoso se atreva en público con un señor de levita, motivos gordos debe tener para ello. Esto se lee en aquellas caras; y con esa lógica se han barrido las calles con más de cuatro inocentes.

Gedeón no teme que las barran con su cogote, pero padece más que si tal sucediera.

Arrastrando sus piernas, como se arrastran soñando que nos persigue un toro, llega a columbrar su casa; pero aún le falta medir, paso a paso, aquel sendero, adoquinado y reluciente para otros, para él espinoso y áspero, y sobre el cual hormiguea la gente, que le conocerá de vista, porque es la gente de su barrio.

Cierra los ojos y avanza en él cuanto le permiten sus dolores y su desesperación.

El zapatero no calla, y la gente sigue mirándole. Parécele que son verdes y amarillas y tornasoladas las caras de los transeúntes; que las piedras echan chispas bajo sus pies, y que le ha invadido las manos y el rostro un hormiguero que ya le asalta la boca, los oídos y las narices. Tose, estornuda, se limpia el sudor con el pañuelo y da fuertes golpes en la acera con el bastón, creyendo que así se oirán menos los apóstrofes y bufonadas del zapatero; pero sólo consigue poner más en evidencia sus angustias.

Algunos de los que pasan se ríen de ellas; no faltan pilluelos que se arriman al insolente, y le aplauden para que diga más, y silban cuando lo ha dicho. La indignación y la vergüenza, comprimidas hasta allí por un heroico esfuerzo de la voluntad, van a estallar y a matarle; las piernas se niegan a arrastrar aquel cuerpo tan derrengado por las angustias del espíritu. No importa: preferible le parece morir de un estampido, a vivir un instante más en semejante tortura.

Felizmente, el zapatero va quedándose rezagado a medida que Gedeón se aproxima a su casa. Esto le envalentona un poco; y cuando al fin llega al portal; cuando ya puede soltar todas las válvulas de sus pulmones y todos los frenos de su lengua, sus nervios le parecen cables, y sus manos, tenazas. Se siente capaz de convertir entre ellas en jigote al mismo exterminador de los filisteos.

Desde el umbral de la puerta, mira calle arriba, y ve al zapatero detenido en ella y rodeado de granujas y holgazanes. ¡Vamos, hombre! -le vocea trémulo y como si tratara de animarle con una sonrisa que más parece gesto de agonizante- ¿por qué te quedas ahí?... Ven acá... acércate y hablaremos.

-¡Nequanquis! -responde el zapatero, haciendo un ademán picaresco, señal de que huele la madera desde allí.

-¡Con franqueza!

-Ya lo supongo, hijo mío... para eso soy tu padre; pero otro día será... ¡Hemos de codearnos tantas veces en la calle!... Se conoce que te gustó la platicación.

-¡Mucho!

-Pues la repetiremos, amado hijo, la repetiremos; que yo soy muy agradecido... ¡Conque hasta la primera, hermosote!

-¡Hasta un rayo que te parta, inmundo zapatero!... ¡borracho infame!... ¡holgazán inicuo!... ¡ladrón!

Y dicho esto, blandiendo el bastón y echando espumarajos por la boca, vuélvese Gedeón rugiendo al ver que el zapatero se larga calle arriba, y comienza a subir la escalera, con tantas dificultades como deseos de vencerlas.

Al llegar a la puerta de su habitación, se encuentra con el médico de marras, que baja. Hace mucho que no se han visto.

-¡Feliz hallazgo!

-¡Calle!... ¡Mi buen Doctor!

-El mismo, amigo mío... Y ¿cómo va con esa vida?

-¡Tan guapamente!

-¡Cuánto lo celebro!... ¿Es decir, que se divierte usted mucho?

-¡Muchísimo, Doctor!... ¡No puede usted imaginárselo!

-Ni lo intento, amigo mío... Basta verle a usted la cara.

-¿Tan risueña la traigo?

-Como unas castañuelas.

-Yo soy así.

-De modo que va usted llenando aquel vacío...

-Hasta los bordes, Doctor.

-Luego no hay que temer vacilaciones ya, ni arrepentimientos...

-¡Eso, jamás!

-¡Bravo, amigo mío!... y adelante con la cruz, que poco debe pesar la de usted, según lo ufano que la lleva.

-Mucho que sí.

-Adiós, amigo mío.

-Agur, mi buen Doctor.

Y mientras éste continúa bajando, el otro se mete en casa, donde le esperan Merto a la puerta y Adonis en el gabinete; el uno mirándole torcido, y el otro barriendo el suelo con el rabo.

Sin fijarse en el uno ni en el otro, déjase caer en su poltrona; llama a Regla, que se presenta hosca y desabrida; mándala que le prepare la cama, unas unturas para la rodilla y una taza de tila; y mientras las dos últimas órdenes se cumplen, vase desnudando poco a poco.

-¡Y dicen que el buey suelto, bien se lame! -exclama después que ha hecho en la mente un brevísimo resumen de sus tribulaciones de soltero-. ¡Lo que se lame son las ronchas de las palizas que le cuesta su libertad!... el tesón condenado me impedirá decirlo donde me oigan; pero la verdad es, pese a quien pese, que no me viera en estos trances ignominiosos y otro gallo me cantara, si yo me hubiera casado a tiempo!


Jornada II