El alto de una pulga que estaba sola



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EL ALTO DE UNA PULGA QUE ESTABA SOLA


C

OMO el que va en una jornada y se detiene; quiere poner el fardo abajo, y el impulso que fuerza a seguir una marcha de la cual no tenemos culpa ni conciencia.

Como la fiera que va por las veredas, de trote rítmico forzado, que en un instante levanta la cabeza, olfatea y parece cobrar conciencia de sí misma.

Como los barcos que rechinan y crujen, dentro de su misma marcha, parecen revelarse contra esa maldición de seguir adelante.

Como el sol que se nos va y deja un ocaso, como el pájaro seguro de que la rama es sólo un alivio momentáneo; como el yo que se detiene en busca de consuelo; como los trenes que buscan desesperadamente las estaciones.

La forzosa conciencia de una marcha, en la cual vamos dejando, en lanzas y espinas invisibles, la energía para el inciertísimo mañana.

Y la severidad, y la energía, y las obligaciones contraídas con el propio ser, que nos van quitando el derecho de sentirnos animales en la creación, sin conocimiento anterior, sin la sospecha futura, como esos animales que beben sol y se pulen de agua, a los cuales la noche les dicta el reposo para el vuelo madrugador.

Los ojos abiertos con susto de nacimiento, con el eterno horizonte de las cosas que se alejan, y con la seguridad de perderlos y de perderse; la divina casualidad, o el destino que nos dio y nos quitó lo que tanto amábamos: y lo que se refuerza en una ausencia, en una condensación de toda una vida pasada, en un grito de protesta y de arracarse el alma, que saldría dando voces por todos los amores que tenemos regados por los mundos...

Como la ola que se deshace en una espuma de resignados blancos, como los fantasmas de la tarde, que se suman a las noches, como los mástiles la última señal de la cruz, del barco que se hunde; la filosofía bondadosa, la religión de otras vidas, que en nada traen el reposo y menos el olvido.

Y la vista se tiende, sondea, espera algo, que de llegar ya viene terminándose; así como todo lo que hemos pensado, como el acopio de las sensaciones; como toda la intensidad y el dolor de amar, como ese cuerpo que con ser nada, ha sido todo, asilo de una vida, de una conciencia, y marcador terrible de la llegada de los otros.

La pulga ya conmovida, suspendió la escritura y como estaba sola, puso la cabeza sobre la pata izquierda.