El Angel de la Sombra/LXXXVIII

El Angel de la Sombra
de Leopoldo Lugones
Capítulo LXXXVIII
LXXXVIII


Saltó de golpe el viento, y su inverso empuje arrolló el temporal en balumba gris sobre el horizonte.

La limpidez azul del cielo y del mar embanderó triunfalmente el día.

Sobre la crespa marejada, la contra ráfaga chapuzaba al sol, pulverizando irisados vidrios.

De cuando en cuando, una ola, en desmesurada efusión de brindis, rompía sobre el cantil su copa de jaspe.

Bajo una inocente alegría de renacer, la luz parecía nueva, y verdaderos lampos atizaban su esplendor a cada sesgo de gaviota.

Un oro flúido rizaba con sutil vibración el cristal del aire.

Pero en aquel estremecimiento de sol tiritaba el frío.

Así, no obstante las precauciones, el aumento de calefacción, los abrigos, Luisa sintió el efecto del cambio brusco.

La consiguiente inquietud, extremóse para el joven, bajo el disimulo de la exaltada descripción, en un sobresalto intenso.

Pocos días atrás, durante un silencio en la mesa, como Luisa extendiera la mano hacia la garrafa, cayósele sobre el plato, con nítida sonoridad, una sortija. Suárez Vallejo sintió el contragolpe en el corazón, como una advertencia.

—Te está grande ese anillo, observó doña Irene.

Luisa limitóse a contemplar con piedad melancólica sus dedos adelgazados.