XIV

Al entrar en sus habitaciones, Julia recogió todas sus fuerzas para decir con aire natural a su doncella que no la necesitaba y que la dejase sola. En cuanto hubo salido la muchacha, se arrojó sobre el lecho y se puso a llorar con más amargura, ahora que se encontraba sola, que cuando la presencia de Darcy la obligaba a reprimirse.

La noche tiene ciertamente una influencia muy grande, tanto sobre las penas morales como sobre los dolores físicos. Da a todo un tono lúgubre, y las imágenes que de día serían indiferentes y aun risueñas, nos inquietan y nos atormentan por la noche, como espectros que sólo tienen poder en las tinieblas. Parece como si durante la noche redoblase su actividad el pensamiento y perdiese la razón su imperio. Una especie de fantasmagoría interior nos turba y nos espanta, sin que tengamos fuerza para apartar la causa de nuestros terrores o para examinar fríamente su realidad.

Representaos a la pobre Julia echada sobre el lecho, medio vestida, agitándose sin cesar, tan pronto devorada por un calor ardiente como helada por un escalofrío agudo, estremeciéndose al menor crujido de las maderas y escuchando distintamente los latidos de su corazón. De su posición sólo conservaba una angustia vaga, cuya causa buscaba en vano. Después, súbitamente, el recuerdo de esta noche fatal pasaba por su espíritu, rápido como un relámpago, y con él despertaba un dolor vivo y penetrante como el de un hierro enrojecido en una herida cicatrizada.

Tan pronto miraba la lámpara, observando con atención estúpida todas las vacilaciones de la llama, hasta que las lágrimas que se amontonaban en sus ojos, no sabía por qué, le impedían ver la luz.

—¿Por qué estas lágrimas?—se decía—. ¡Ah!

¡Estoy deshonrada!

Tan pronto contaba las borlas de las cortinas del lecho, sin que pudiese nunca retener su número.

—¿Qué locura es esta?—pensaba—. Locura?

Sí, porque hace una hora me he entregado como una miserable cortesana, a un hombre a quien no conozco.

Después seguía con mirada vaga la aguja del reloj, angustiada, como condenado que ve aproximarse la hora de su suplicio. De repente, el reloj daba la hora.

Hace tres horas—decía estremeciéndose con sobresalto—estaba con él, y estoy deshonrada!

Pasó toda la noche en esta agitación febril. Al amanecer abrió la ventana, y el aire fresco y vivo de la mañana le produjo cierto alivio. Inclinándose sobre la balaustrada de la ventana que caía sobre el jardín, respiraba el aire frío con una especie de voluptuosidad. El desorden de sus ideas disipóse poco a poco. A las vagas torturas, al delirio que la agitaban, sucedió una desesperación intensa que relativamente resultaba un reposo.

Era preciso tomar una decisión. Dedicóse entonces a buscar lo que debía hacer. No se detuvo ur momento en la idea de volver a ser de Darcy.

Esto le parecía imposible; se hubiera muerto de vergüenza al verle delante. Debía abandonar París, donde, dentro de dos días, todo el mundo la señalaría con el dedo. Su madre estaba en Niza; iría a juntarse con ella; le confesaría todo, y después de haberse desahogado en su seno, sólo le restaba una cosa: buscar algún lugar desierto en Italia, desconocido de los viajeros, donde iría a vivir sola y a morir en seguida.

Una vez tomada esta resolución, sintióse más tranquila. Sentóse delante de una mesita frente a la ventana, y con la cabeza entre las manos, lloró, pero esta vez sin amargura. La fatiga y el abatimiento vencieron al fin, y se durmió, o más bien, dejó de pensar durante una hora próximamente. Despertóse con escalofríos de fiebre. El tiempo había variado, el cielo estaba gris, y una lluvia fina y glacial anunciaba frío y humedad para el resto del día. Julia llamó con la campaInilla a su doncella.

—Mi madre está enferma—le dijo—; tengo que salir inmediatamente para Niza. Arregle usted una maleta; quiero salir dentro de una hora.

—Pero señora, ¿qué tiene usted? ¿No está usted mala? ¡La señora no se ha acostado!—exclamó la doncella, sorprendida y alarmada por el cambio que observó en el rostro de su ama.

—Quiero partir—dijo Julia con tono impaciente—; es absolutamente preciso que salga. Prepáreme usted una maleta.

En nuestra civilización moderna no basta un simple acto de voluntad para ir de un sitio a otro.

Hay que hacer paquetes, llevar cajas, ocuparse de cien preparativos enojosos, que bastarían para quitar las ganas de viajar. Pero la impaciencia de Julia abrevió mucho todos estos engorros necesarios. Iba y venía de cuarto en cuarto, ayudaba ella misma a arreglar las maletas, amontonando sin orden gorros y vestidos acostumbrados a que se les tratase con más miramiento. Pero su agitación contribuía más bien a retardar la labor de los criados, que a acelerarla.

— La señora ha avisado sin duda al señor ?pregunt tímidamente la doncella.

Julia, sin responderle, cogió papel y escribió:

"Mi madre está enferma en Niza. Voy a su lado." Plegó el papel en cuatro dobleces, pero no pudo resolverse a ponerle una dirección.

En medio de los preparativos de partida un criado entró:

—El Sr. de Châteaufort, pregunta si la señora está visible; hay también otro señor que ha venido al mismo tiempo, al cual no conozco; pero ha dado esta tarjeta.

Ella leyó: "E. DARCY, secretario de Embajada." Apenas pudo contener un grito.

—¡No estoy para nadie!—exclamó—; diga usted que estoy enferma. No diga que voy a salir.

No podía explicarse cómo Châteaufort y Darcy venían a verla al mismo tiempo, y, en su turbación, no dudó un momento que Darcy hubiese elegido a Châteaufort como confidente. Nada más sencillo, sin embargo, que su simultánea presencia. Llevados por el mismo motivo, habíanse encontrado en la puerta, y después de cambiar un saludo muy frío, se habían encomendado recíprocamente al diablo de todo corazón.

A la respuesta del criado, bajaron juntos la escalera, se saludaron de nuevo aun más friamente y se alejaron en dirección opuesta.

Châteaufort había advertido la atención particular, mostrada a Darcy por la señora de Chaverny, y desde aquel momento había sentido odio hacia él. Por un lado, Darcy, que se picaba de ser fisonomista, no había podido observar el aire confuso y contrariado de Châteaufort, sin deducir que amaba a Julia; y como, en calidad de diplomático, era inclinado a suponer el mal "a priori", dedujo muy ligeramente que Julia no era cruel para Châteaufort.

—Esta extraña coqueta—se decía a sí mismo saliendo—no habrá querido recibirnos juntos temiendo una explicación como la del "Misántropo"... Pero he cometido la tontería de no encontrar algún pretexto para quedarme y dejar que se marchase ese joven fatuo. Seguramente si sólo hubiese esperado a que volviese la espalda, me hubiera recibido, pues tengo sobre él la incontestable ventaja de la novedad.

Al mismo tiempo que se hacía estas reflexiones se había parado, y, volviéndose, entró de nuevo en el hotel de la señora de Chaverny. Châteaufort, que se había vuelto también varias veces para observarlo, retrocedió y se puso a pasearse a cierta distancia para observarlo.

Darcy dijo al criado, sorprendido de verle de nuevo, que se había olvidado de darle un recado para su ama, que se trataba de un asunto urgente, de un encargo que le había hecho una dama para la señora de Chaverny. Acordándose que Julia comprendía el inglés, escribió con lápiz en su carta: "Begs leave to ask when he can schow to madame de Chaverny his turkish Album"[1]. Entregó su tarjeta al criado y dijo que esperaría la respuesta.

Esta respuesta tardó mucho tiempo. Por fin volvió el criado lleno de turbación.

—La señora—dijo—se ha sentido muy mal hace un momento y se encuentra demasiado enferma para poder responderle.

Todo esto había durado un cuarto de hora. Darcy no creía en el desmayo, pero estaba claro que no quería verle. Tomó la cosa filosóficamente, y recordando que debía hacer algunas visitas en el barrio, salió sin apesadumbrarse del contratiempo.

Châteaufort le esperaba con una ansiedad furiosa. Al verle pasar no dudó que fuese su rival afortunado y se prometió coger la primera ocasión por los cabellos para vengarse de la infiel y de su cómplice. El comandante Perrin, con quien se encontró muy a tiempo, recibió sus confidencias y le consoló lo mejor que pudo, no sin mostrarle lo poco justificado de sus sospechas.

  1. Ruega a la señora de Chaverny le indique cuándo podrá presentarle su álbum turco.