Diez años de destierro/Parte I/I

PARTE PRIMERA

CAPITULO PRIMERO

Causas de la animosidad de Bonaparte contra mí.

Me propongo referir las circunstancias de mi vida durante diez años de destierro. No me mueve el deseo de que el público hable de mí. Las desgracias sufridas, por grande que sea la amargura que me han causado, son tan poca cosa frente a los desastres públicos que estamos viendo, que daría vergüenza hablar de uno mismo a no hallarse los sucesos que nos conciernen ligados a la gran causa de la humanidad amenazada. El Emperador Napoleón, cuyo carácter se muestra por entero en cada rasgo de su vida, me ha perseguido con minucioso cuidado, con actividad cada vez mayor, con inflexible rudeza, y mis relaciones con él sirvieron para dármele a conocer mucho tiempo antes que Europa hubiese descifrado el enigma de su carácter.

No entro ahora en el relato de los sucesos que precedieron al advenimiento de Bonaparte en la escena política de Europa; si realizo el designio que tengo de escribir la vida de mi padre, contaré lo que vi en los primeros días de la Revolución, que con su influencia ha cambiado el destino del mundo entero. Ahora sólo voy a trazar la parte de ese vasto cuadro que me concierne directamente.

No obstante, me lisonjea la esperanza de que al echar, desde un punto de vista tan limitado, algunas miradas sobre el conjunto, lograré hacerme olvidar al referir mi propia historia.

El mayor agravio del Emperador Napoleón contra mí es el respeto que siempre he tenido por la libertad verdadera. Estos sentimientos fuéronme transmitidos como por herencia, y los adopté en cuanto pude reflexionar sobre los elevados pensamientos de donde nacen y sobre las bellas acciones que inspiran. Las crueldades que deshonraron la Revolución francesa no pueden, a mi entender, perjudicar al culto de la libertad, pues sólo eran formas populares de la tiranía. Cuando más, podrían desalentarnos respecto de Francia; pero si este país, por desgracia suya, fuese incapaz de poseer ese don nobilísimo, no sería ello razón bastante para proscribirlo de la tierra. Cuando el sol desaparece del horizonte en los países del Norte, los habitantes de esas regiones no blasfeman de sus rayos, que continúan alumbrando a otros países más favorecidos por el cielo.

Poco tiempo después del 18 Brumario, fueron a decir a Bonaparte que yo había hablado, entre amigos, contra la naciente opresión, cuyos progresos presentía yo con tanta claridad como si hubieby se leído en el porvenir. José Bonaparte, cuyo ingenio y conversación me agradaban, vino a verme y me dijo:

—Mi hermano está quejoso de vos. "¿Por qué —me preguntó ayer—, por qué la señora de Stäel no se adhiere a mi gobierno? ¿Qué es lo que quiere? ¿La devolución del depósito de su padre? Lo decretaré. Residir en París? Se lo permitiré. En Juma, ¿qué quiere?" —¡Dios mío!—repliqué yo. No se trata de lo que quiero, sino de lo que pienso.

Ignoro si le dijeron mi contestación a Bonaparte; de lo que sí estoy segura es de que, si la oyó, le parecería desprovista de sentido, porque no cree en la sinceridad de las opiniones de nadie. Considera la moral, en todos los órdenes, como una fór mula que no tiene más importancia que las usuales en el final de las cartas; y así como de asegurar a cualquiera que uno es su devoto servidor no se deduce que pueda exigirnos servicio alguno, Bonaparte cree que si alguien dice que ama la libertad, que cree en Dios, y que antepone su conciencía a su interés, es un hombre que se acomoda a la costumbre y que emplea las expresiones comunes para declarar sus ambiciosas esperanzas o los cálculos de su egoísmo. La única especie de criaturas humanas que no alcanza a comprender es la de quienes siguen una opinión con sinceridad, cualesquiera que puedan ser las consecuencias; para Bonaparte, tales hombres son unos bobos o unos traficantes que pretenden hacerse pagar muy caro.

De suerte que, como se verá más adelante, sólo se ha equivocado en este mundo acerca de las gentes honradas, ya fuesen individuos, ya fuesen, sobre todo, pueblos[1].


  1. Cuando Bonaparte fué nombrado Cónsul, ya la señora de Stäel había adquirido gran celebridad por sus opiniones, por su conducta y por sus escritos. Un personaje como Bonaparte excitó la curiosidad, y al principio, un poco el entusiasmo de una mujer interesada por todo lo grande. Se apasionó por él, le buscó, le persiguió por doquiera. Creyó que tantas cualidades eminentes como por ventura se juntaban en él, y tantas circunstancias favorables, debían redundar en provecho de la libertad, ídolo favorito de la señora de Stäel; pero sólo consiguió alarmar inmediatamente a Bonaparte, que no quería ser observado ni adivinado. La señora de Stäel, después de haberle inquietado, le desagradó. El Cónsul recibió sus insinuaciones con frialdad, la desconcertó con palabras firmes, a veces secas; lastimó algunas de sus convicciones, estableciéndose entre ambos una especie de desconfianza, y como los dos eran apasionados, la desconfianza no tardó en convertirse en odio. En su casa de Paris recibía la señora de Städ mucha gente, allí se hablaba con libertad de todos los asuntos políticos. Luis Bonaparte, muy joven, la visitaba a veces y se recreaba en su conversación; su hermano, alarmado, se lo prohibió, y mandó que le vigilaran. Al salón de la señora de Stäel acudían literatos, publicistas, políticos de la Revolución y grandes señores. "Esa mujer—decía el Primer Cónsul—enseña a pensar a los que no se les ocurriría hacerlo o lo han olvidado." Esto era verdad. La publicación de algunas obras de Necker acabó de irritarle, y la desterró de Francia, perjudicándose mucho con un acto de persecución tan arbitraria. Más aún: como nada enardece tanto como una primera injusticia, persiguió tamblén a las personas que la acompañaron cortésmente en el destierro. Sus obras, con excepción de sus novelas, fueron mutiladas al publicarse en Francia; todos los periódicos recibieron orden de tratarlas mal. Se encarnizaron con ella sin generosidad alguna, y mientras de su país la expulsaban, los extranjeros la recibían con distinción... Algunas veces he oído a Bonaparte hablar de la señora de Stäel. Su odio se fundaba hasta cierto punto en la especie de celos que le inspiraban los talentos superiores, cuando no eran sumisos; hablaba de ella a menudo con una acritud que, a su pesar, la engrandecía, y que a él le rebajaba en la opinión de las personas de juicio sereno que le escuchaban.
    (Memorias de la señora de Remusat, tomo II, pag. 400.)