Contra la marea: 38

Capítulo XXXVIII
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Contra la marea Alberto del Solar


Ninguno había faltado a la cita: Viturbe, Levaresa, sus padrinos y médicos respectivos se encontraban reunidos allí. Estipuladas desde el día anterior las condiciones del lance, iba éste a llevarse a cabo, con las formalidades de estilo.

El terreno elegido de común acuerdo por los representantes de ambas partes era adecuado para el caso. A cubierto del viento, oculto tras de una eminencia, permitía, a la vez, que se dispusiese de todo el espacio necesario, tomándolo en la planicie que desde allí se extendía, ancha, abierta, dilatada, hacia la orilla del río.

Uno de los padrinos, designado por ambos grupos, contó los pasos: veinte, medidos en dirección perpendicular al borde de la eminencia.

Los adversarios, entre tanto, se paseaban a no larga distancia. Viturbe, recto, grave; más que sereno, sombrío. Levaresa inquieto, agitado; encendido el semblante y nervioso el ademán. El uno denotaba calma, confianza, malignidad, odio no disimulado: el otro impaciencia, desasosiego, malestar.

Se trajeron las pistolas, que después de sacadas de su estuche, fueron cuidadosamente cargadas allí mismo, en presencia de todos, por uno de los testigos de Viturbe.

Terminada esta importante y delicada operación, los padrinos dirigiéronse a los duelistas para significarles que había llegado el momento solemne.

Ambos adversarios convirtiéronse desde entonces en objeto de las más escrupulosas precauciones por parte de sus padrinos respectivos: todo detalle en extremo visible debía desaparecer de sus trajes. Rigurosamente vestidos de negro, tanto Viturbe como Levaresa, habían previsto, por otra parte, el caso. Impuestos de las reglas propias de esta clase de lances, sometíanse sin hacer observación alguna, a la manera de proceder de sus padrinos.

Colocado el uno frente al otro, perfiláronse ambos con toda corrección; recibieron de manos del director del duelo, cada cual, una pistola; armaron el gatillo y aguardaron la primera señal...

Iba a sonar la voz de ¡fuego!, seguida de las palmadas reglamentarias, cuando de súbito, a no larga distancia, oyose una voz que gritaba ¡alto! repetidas veces.

Los duelistas, sobrecogidos de sorpresa, detuvieron instintivamente el brazo que ya alzaban, y todos los del grupo, a una, volvieron la vista hacia la dirección de donde parecía venir la voz.

De pronto nada notaron; mas, no habían transcurrido diez segundos cuando vieron aparecer, enmedio del corte de terreno existente entre los dos extremos de barranca, a un hombre que corría y, abalanzándose hacia ellos, se incorporaba resueltamente entre los dos adversarios.

¡Montiano! -exclamaron Viturbe y Levaresa con acento del mayor asombro. Rodolfo no les dio tiempo para proseguir.

-¡Oh felicidad! -dijo adelantándose hacia Viturbe con los puños cerrados y clavando sobre su enemigo mortal una mirada llena de odio y de furor. ¡No he llegado tarde por fortuna!

Y enseguida, volviéndose hacia las demás personas que, inmóviles, y sin saber qué actitud asumir, contemplaban la escena:

-Caballeros -agregó con tono grave, casi solemne-. El sitio que ocupa aquí mi amigo Levaresa me ha sido generosamente usurpado, sin que pudiera yo evitarlo. Ignoré hasta esta mañana lo sucedido ayer en el Club. Reclamo, pues, el puesto que me pertenece y quedo desde este momento a las órdenes de ustedes, y de mi gratuito ofensor.

Jorge se interpuso. Pero Rodolfo, estrechándole la mano, lo rechazó, al mismo tiempo, con energía.

Los padrinos no atinaban aún a pronunciar una palabra.

Viturbe, que, como en presencia de una aparición, había retrocedido dos pasos ante el avance amenazador de Rodolfo, volvió inmediatamente de su sorpresa, compuso su semblante de pronto demudado, y, revistiéndolo de una expresión en la cual se reflejaban el más amargo sarcasmo y el desprecio más profundo; con ademán tranquilo y entonación incisiva, pronunció la siguiente frase, al mismo tiempo que alargaba a uno de sus padrinos el arma que aún mantenía en la mano.

-Yo no me bato con quien es indigno de ser mi adversario.

-¡Miserable -exclamó Rodolfo en un arranque terrible de cólera que hizo relampaguear sus ojos-. ¡Miserable! ¡Te obligaré a ello, marcándote, si es preciso, el rostro con mi mano!

-¡Garra semejante podría herirlo, pero nunca infamarlo! -contestó Viturbe con mal reprimido furor.

Montiano, al oír estas palabras palideció horriblemente. Su semblante se contrajo; sus dedos se crisparon; vaciló un segundo; mas, volviendo de súbito la cabeza hacia el sitio donde permanecía Jorge, cayó su mirada sobre la pistola que éste mantenía aún en la mano. Como impulsado entonces por un resorte irresistible, dio un salto de fiera herida y sin que su amigo tuviera tiempo de evitarlo, arrebatole con fuerza el arma y, abalanzándose ciego, hacia Viturbe, le descerrajó el tiro, a boca de jarro, enmedio del pecho...

Miguel cayó en tierra, bañado en sangre.

Sólo entonces, los que habían contemplado la escena, diéronse cuenta del terrible caso.

Jorge y sus padrinos volvieron sus miradas a todas partes sin acertar en lo que debían hacer. Los testigos de Viturbe, por lo contrario, acometidos de pronto por una indignación tan desbordante tomó tardía prorrumpieron en tremendas recriminaciones, calificando a Rodolfo de asesino, y al acto de crimen alevoso.

Entretanto, el herido se moría. Era preciso tomar determinación inmediata, intentar salvarlo; buscar un refugio, tanto más cuanto que la lluvia, vuelta a desencadenarse, empezaba a caer con fuerza.

El sitio que más cercano se divisaba era la casita blanca, la choza del ombú, que en un tiempo fuera la habitación de Rosa.

De común acuerdo, se decidió transportar allí a Miguel.

Tomáronle entre todos, menos Rodolfo, que, desatentado se alejó del sitio donde acababa de tener lugar el drama de sangre, y con gran dificultad lo condujeron en brazos al punto indicado.

Al llegar a la puerta de la choza el agua caía a torrentes. Los truenos estremecían el espacio; el viento soplaba con frenesí y, bajo su irresistible impulso, el tronco del ombú crujía como un barco sacudido por la tempestad.

A los golpes vigorosos dados a la puerta que permanecía cerrada apareció una mujer, joven aún; más joven sin duda de lo que parecía. Llevaba de la mano a un pequeñuelo cuyas piernecitas comenzaban a dar apenas los primeros pasos. El rostro de la mujer, aunque excepcionalmente hermoso, era pálido y aparecía enfermizo, como si una larga dolencia o sufrimiento moral le hubiera marchitado.

Al ver al grupo que conducía aquel cuerpo inerte, su primer movimiento fue de asombro y de terror. Pero al contemplar, de súbito, las facciones del herido, un grito breve, desgarrador, extraño, se escapó de su garganta.

-¡Miguel! -exclamó Rosa retrocediendo horripilada.

Pero repúsose luego; empujó la puerta; soltó la mano del niño y abalanzándose hacia el que se estremecía ya en las últimas convulsiones de la muerte, unió sus débiles fuerzas para transportarlo a un lecho.

Cinco minutos después, Miguel, que había abierto un instante los ojos para fijarlos con espanto en Rosa y en la criatura que ésta estrechaba en esos momentos en sus brazos, sollozando amargamente al hacerlo, e inclinando la hermosa cabeza marchita sobre las mejillas pálidas que regaba con sus lágrimas, ¡volvió a cerrarlos para siempre!...


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