Contra la marea: 39

Capítulo XXXIX
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Contra la marea Alberto del Solar


Han pasado dos años.

Cierta tarde de invierno, fría y despejada, casi a la hora de la puesta del sol, un grupo anónimo, de esos que de cuando en cuando y con sólo el propósito de satisfacer una curiosidad, visitan, previo el permiso de estilo, los establecimientos públicos de las grandes capitales, encamínase bulliciosamente.

Una vez llegadas las personas que lo forman al extremo de la ancha avenida por donde se dirigen, lo primero que se presenta a sus miradas es un alto, macizo y dilatado muro, severo en la construcción, imponente en la apariencia. En ambos de sus extremos álzanse dos sólidos torreones, dotados de almenas y troneras; como los castillos de la antigüedad. Por bajo de ellos y a lo largo del parapeto que se extiende junto al borde de la cornisa, destaca, sobre el fondo luminoso del horizonte crepuscular, sus agigantados y movibles contornos la figura de un centinela que, arma a discreción, se pasea lentamente del uno al otro extremo.

Llegan luego los visitantes a la entrada del edificio, obtienen allí paso franco y acompañados de un simple guardián penetran en las dependencias del cuerpo interior.

Hacia la izquierda, vense los subterráneos donde humea una cocina colosal con sus tubos a vapor y sus gigantescas marmitas de hierro enfiladas a lo largo; pulidas, lustrosas, repletas hasta los bordes; estremecidas por el hervor sonoro, poderoso, continuo del líquido en que se cuece, entre borbotones de espuma, el alimento que ha de nutrir a centenares de infelices caídos bajo el rigor de la ley.

Los visitantes se encuentran de repente en la rotunda central, bajo la elevada cúpula que sirve de claraboya a los pabellones. Desde allí, adonde quiera que vuelven la vista, dominan con ella vastos y sombríos corredores que, como radios de una rueda inmensa, se reparten hacia diversos puntos, dejando ver en sus extremos, impreso en cada pared, un número, solitario, gigantesco, casi fantástico: el número de orden que a cada cual de ellos corresponde.

Una reja, verdadera red de hierro, formada por barrotes que tienen casi el diámetro del brazo de un nombre, defiende el acceso a las celdas de los penados.

Son las cinco de la tarde y un soplo glacial, que cruza silbando entre las altas bóvedas de las galerías, hace temblar el labio y castañetear los dientes.

Uno que otro criminal, privilegiado por su buen comportamiento en la prisión, vaga por ahí, silencioso, cabizbajo, ocupado en la tarea especial que se le ha impuesto.

Los curiosos se adelantan y penetran en el interior de las celdas vacías.

¡Dos metros y medio de largo, por uno y poco más de ancho! ¡No dispone de mucho menor espacio el cadáver dentro del ataúd!

El eco de dos campanadas que resuenan vibrando tristemente indica a los de afuera que los presos salen ya de sus talleres y van a ser encerrados en sus celdas.

Por mandato especial del reglamento interno, todos los movimientos de esos infelices deben ser mecánicos. Marcharán en fila unos tras de otros, a cuatro pasos de distancia, en silencio. No se hablarán entre sí jamás.

Y así lo ejecutan.

El 2.º alcalde está presente. Le hacen «la venia» al pasar. La mano asesina que se crispó sobre el puñal, es esa misma mano que allí se ve, ocupada pocos momentos antes en enhebrar la aguja en el taller y destinada, ahora, a alzarse respetuosa a la altura de la frente que cubre el tricornio infamante del presidio, en señal de acatamiento, de humildad, de mansedumbre. En vano sería pretender descubrir la mancha de sangre en ella; ¡se borró hace mucho tiempo!

No se busque, tampoco, en el rostro la expresión inherente a la pasión que impulsó a ejecutar el crimen cometido: no se la encontrará. La actitud, el aspecto físico en todos esos infelices son casi idénticos: cabeza marchita, frente sombría, vista apagada, ausencia total de barba y bigote, cabello recortado.

Aquel que por allá desfila es el que con ceño feroz y ojos encendidos por el odio y la cólera asesinó a su padre. Tiene ahora la faz triste, los párpados hundidos, las mejillas pálidas...

Ese falsificó, el de más allá hirió por la espalda, este cometió hurto con atropello, el otro crimen nefando...

Ya pasan; ya pasaron.

La peregrinación por entre los helados corredores fue minuciosa, prolongada. Quedaba a los visitantes tan sólo una celda por recorrer: la del joven Rodolfo Montiano, asesino también -según se les decía- y, por consiguiente, digno de inspirar curiosidad a la par de los muchos otros que encerraban las paredes de aquella casa de expiación, llena de odios, de esperanzas y de lágrimas.

No podían, pues, los curiosos privarse de divisar, siquiera, a Montiano, de quien sólo supieron que se trataba de un hijo de padres honrados; escritor distinguido; catedrático; administrador de los bienes de una de las damas más conocidas de la sociedad.

El mozo se había extraviado un buen día, aunque aquellas gentes no sabían cómo-, se había convertido en asesino; y, a la sazón, hallábase allí, en el fondo de la terrible cárcel.

Su condena era sólo por tres años, sin embargo, pues, al parecer, existían causas atenuantes poderosas...

Desde que Montiano cambiara su nombre por el de «el penado número 313» -según noticias que allí se daban-, su salud había ido decayendo más y más.

Por esto y por su excelente conducta en la prisión acordábansele, al parecer, todos los privilegios y consideraciones otorgables a los presos sumisos y obedientes, cuya delicada constitución física hiciera, además, irresistible para ellos el trabajo forzado. Leer y escribir dentro de su celda eran sus ocupaciones favoritas; y a lo último, sobre todo, dedicábase, según se decía, con tesón, con singular empeño, el número 313, ocupando en la tarea todas las horas que para ello le eran acordadas.

Poseídos, pues, de cierta curiosidad, no exenta de compasión, detuviéronse los visitantes por última vez delante de una de aquellas puertas cuya sola vista dábales pavor.

Tenía ésta el número indicado, puesto en relieve sobre el marco superior, más arriba del estrecho tragaluz que, más que luz, daba tan sólo un poco de ventilación a la terrible celda.

Volvió a resonar en manos del carcelero, hiriendo el oído con su repiquetear siniestro de hierros entrechocados, el manojo de llaves que le había servido, no para abrir las celdas de los otros penados, sino para indicarlas, indiferentemente, con ellas; rechinó el gozne corredizo que cubría el pequeño vidrio circular, al través del cual, aplicando la vista, se podía ver desde afuera al preso, y, a la vislumbre incierta derramada en el interior (oscurecía ya a esa hora) por el tragaluz de lo alto del muro blanqueado de cal, observaron que se incorporaba un joven de cuerpo enflaquecido y macilento. Su traje, el corte de su cabello, eran los mismos de los demás.

Un alto de papeles manuscritos y como arrojados al azar, yacían sobre la mesa, donde se veían, al mismo tiempo, un botellón lleno de agua, un pan, dos o tres libros, plumas, lápices y tintero; y, colgado sobre la cama-hamaca, casi a la altura del tragaluz, ¡detalle curioso!, un ramo de flores completamente marchito.

Los visitantes, uno tras otro, fueron saciando su curiosidad.

-¿Y esas flores? -preguntaron.

-¡Psch! -contestó el guardián con gesto de indiferencia-. ¡Manías del preso! No quiere dejar que se las saquen; aunque ya están buenas sólo para la basura. Y, como no daña a nadie dándose ese gusto, lo dejamos en paz con su ramo seco.

-Pero, alguna razón ha de tener para conservarlo con tanta constancia -observaron los visitantes.

El guardián se encogió de hombros.

-Puede ser -replicó- que alguna tenga. Lo único que sabría yo decir es que durante todo el primer año de su prisión, recibía, a lo menos dos veces por semana flores semejantes. Después, los ramos comenzaron a escasear. Sólo se los enviaban de tarde en tarde. Y, andando el tiempo, dejaron de llegar del todo. El último que se nos entregó para él es ese que allí se ve; hace de esto muchos meses.

-¿Y se sabe quién enviaba las flores? -preguntaron los curiosos.

El guardián volvió a encogerse de hombros.

-Alguna mujer, sin duda, contestó; alguna veleidosa.

-Y luego, cambiando de tono, agregó grave y filosóficamente:

-Como todas.

Y tenía razón el guardián. ¡No en vano el presidio y la tumba se parecen! Las flores que a menudo se depositan sobre la loza funeraria bajo la cual descansan los restos mortales del ser a quien se amó con pasión inmensa, suelen también, con el transcurso de los años irse agotando así. ¡Todo es fugaz y deleznable en la vida del hombre! El suspiro, la lágrima, el cariño, se disipan como el humo en el espacio, como la espuma en el mar. Y la constancia en el recuerdo, no por ser la más excelsa de las virtudes humanas, logra escapar a la triste y desconsoladora ley...

El tiempo, la ausencia, la prisión, la sociedad mundana con sus halagos marcadores, la sombra misma del cadáver de Miguel Viturbe, hasta las feas cicatrices del rostro de Rodolfo- como si se hubieran unido en un solo y común propósito, habían acabado por triunfar de los remordimientos de la atribulada Lucía.

Cuando se presentó por vez primera ante su mente el terrible fantasma del olvido, ella luchó con él y lo venció. Mas, al verlo aparecer de nuevo, con creciente y porfiada insistencia, comenzó a observar, llena de asombro, que a medida que avanzaba el tiempo iba perdiendo más y más el vigor y entereza de ánimo de que había menester para combatirlo y subyugarlo.

Llamó a las puertas de su corazón, en demanda de ayuda. Su corazón no le respondió. ¡Parecía dormir entretanto!

Entonces acudió a los recuerdos. Del mismo modo en que la gentil pecadora mundana que va a confesar busca el más apartado y silencioso rincón del sagrado templo para elevar desde allí su espíritu a Dios antes de pedirle perdón por sus culpas, buscó ella el silencio y el retiro de su alma desierta y fría y, con lágrimas en los ojos y angustia en el semblante, empezó a evocar uno por uno los episodios de su existencia pasada, deteniéndose con especial empeño en los que podían dar lugar a que resurgiese como antes, radiosa, aureolada, la poética imagen de Rodolfo.

Le sorprendió ver que toda aquella luz había desaparecido.

Volvió a luchar: hizo esfuerzos supremos: releyó las cartas enviadas por el preso desde la lejana celda...

Mas, como si esas páginas escritas hubieran sido las del santo devocionario sobre el cual, pasado ya el terrible examen de conciencia, ve aquella pecadora evaporarse, juntas sus lágrimas de arrepentimiento y sus resoluciones de enmienda, así que salió de su profundo meditar, halló deshecho, para siempre sus propósitos y perdidos sus últimos escrúpulos.

Transformada, a la sazón, ante el criterio de sus nuevos y cada día más numerosos admiradores en heroína de una interesante novela social, cuyos capítulos principales, al ser comentados de boca en boca, de corrillo en corrillo, en salones, teatros y paseos, habían contribuido en no pequeña escala a hacer más tentadora aún, más codiciable y atrayente su linda y opulenta mano, concluyó por decirse un buen día, después de un último suspiro y de una última lágrima:

-¡Bah!... ¡aquello fue tan sólo un capricho!...

Y, entonces, ¡oh menguada índole humana!... por vez primera se le ocurrió pensar que las sombras que envolvían aún el origen de aquel misterioso incendio, mediante el cual desapareciera una parte de su caudal, no habían sido nunca suficientemente disipadas...

La ventanilla de la celda de Rodolfo volvió a cubrirse.

-Vamos -dijo el guardián, corriendo el cerrojo-. No es permitido ver más. Es la hora del silencio y hay que retirarse.

El que hablaba y sus acompañantes se alejaron.

Luego, todo rumor se extinguió.

¡Y entonces, el número 313, estampado en metal sobre lo alto del marco de la puerta, como sobre la lápida de una cripta subterránea, se quedó brillando tristemente al reflejo de las luces que empezaban ya a ser encendidas, de a dos en dos, y de trecho en trecho, en los obscuros, silenciosos y solitarios pabellones...

¡Aquella celda era, en efecto, la tumba donde, aún después de la salida de su ocupante, habrían de quedarse sepultadas para siempre una esperanza y una ilusión!...


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