Contra la marea: 37

Capítulo XXXVII
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Contra la marea Alberto del Solar


Un paraje despoblado, solitario, entre la posesión de Levaresa y los jardines de Viturbe.

El viento arrecia. La tormenta parece próxima a desencadenarse en copiosa lluvia. Relámpagos vivaces seguidos de truenos que hacen retemblar el espacio lo iluminan todo en torno por momentos con luz siniestra. En los árboles, despojados de sus hojas, los pájaros hacen oír su lastimero canto de alarma. Allá, en lo más alto de un ombú pía con voz doliente la urraca y gimen las torcacitas como pidiendo protección, enmedio del formidable vaivén del ramaje que sacude y hace bambolear sus nidos.

La lluvia cae luego, sonora, copiosa, pero no duradera. Al cabo de un momento los negros nubarrones comienzan a descondensarse, como alivianados de su carga. Calma un segundo el viento, se transparenta la atmósfera y el paisaje se aclara como por encanto.

En esos instantes, a lo largo de uno de los cercos más próximos al terreno que divide la propiedad de Viturbe de la casita blanca de la madre de Rosa -habitada aún, según se ve por las externas señales que así lo indican-, aparece un grupo formado por ocho caballeros que, aprovechando la interrupción de la tormenta, han llegado hasta allí.

Con sus paraguas en la mano, encamínanse presurosos hacia el bajo del río, chapaleando el lodo sin cuidarse de él.

Llegados a un oculto resquicio -especie de corte que divide los extremos de dos barrancas vecinas, limitando en su base un prado de gramilla silvestre- detiénense de común acuerdo, como si dieran, por fin, con el punto más conveniente para el objeto especial que allí los lleva.

La lluvia ha cesado a la sazón por completo. Un fuerte olor a tierra húmeda se difunde por todo el ambiente, haciéndose sentir en ráfagas que el viento frío acarrea sin cesar. Por el horizonte aparecen y pasan graznando numerosas bandadas de gaviotas y patos silvestres, mientras una, dos, tres, veinte garzas blancas, de largas y rosadas piernas se abaten de golpe sobre los juncos y sauces de la orilla, destacando, bruscamente, entre los árboles, el albo y purísimo esplendor de su plumaje.

Un tren cruza, de repente, por la vía cercana y silba al pasar de largo con ruido atronador.

Los que forman el grupo se separan, como recatándose, al verlo surgir; pero, una vez que lo pierden de vista a la distancia, adelántanse de nuevo hacia el exterior del corte de terreno y, una vez allí, reunidos en corrillo cuatro de ellos, empiezan a discurrir animadamente.


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