Contra la marea: 34

Capítulo XXXIV
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Contra la marea Alberto del Solar


Nada hay que escape a la perspicacia o a la mal intencionada intromisión de los curiosos. La prensa concluyó por tomar citas en el asunto. La pérdida del dinero fue, pues, conocida. Pero ¡de qué modo!

Una mañana, después de haberse levantado Rodolfo, y cuando, ya más restablecido, preparábase a abandonar por vez primera su habitación con el propósito de ver a Lucía e informarla de los hechos, y mientras hacía cálculos relativos a la mejor manera de arbitrar fondos para reintegrar parte de la fortuna incendiada, vendiendo lo único que aún poseía: el solar de sus padres, una mañana fue sorprendido por la lectura del siguiente suelto, que daba a la publicidad uno de los diarios de mayor circulación:

Ecos de un incendio

«Llega sólo hoy a nuestro conocimiento una grave y sensacional noticia, relacionada con el voraz y misterioso incendio que, como lo recordarán nuestros lectores, consumió hace unos cuantos días la casa habitación del doctor Don Rodolfo Montiano.

»Parece que este caballero, administrador como se sabe, de los bienes de una distinguida y opulenta dama, había retirado con oportuna precaución, de uno de los bancos que luego cerraron sus puertas, sumas considerables de dinero, pertenecientes a dicha señora, sumas que se hace subir a cerca de un millón de pesos. El objeto de este retiro había sido poner a salvo tan considerable cantidad, en previsión, o por conocimiento anticipado, de los hechos que se producirían en el banco. Por descuido, inexplicable sin duda, el doctor Montiano no disponía de una caja de hierro donde hubiera podido guardar con seguridad el dinero. El fuego devoró, pues, íntegra esa fortuna.

»Dados los últimos reveses recibidos en la bolsa por el caballero de quien se trata, es de suponerse que este golpe haya debido impresionarlo tanto más intensamente cuanto que se asegura que por salvar de las llamas el valioso depósito recibió el señor Montiano las graves quemaduras que aún lo mantienen postrado.

»Lamentamos de todo corazón tan sensible y extraordinaria desgracia».

No bien acababa Rodolfo de leer, con inquietud mortal, este suelto, cuando entró Perico. Traía en la mano una carta. Era de Jorge. No había vuelto éste en la tarde y noche anteriores, y comenzaba ya a preocupar a su amigo tan inusitada ausencia.

Abrió, pues, el billete y vio con sorpresa profunda que se trataba de encargos íntimos y urgentes, hechos por Levaresa en forma y modo que daban lugar a creer que, por razones ajenas al conocimiento de Rodolfo, hubiese aquél resuelto, de súbito, emprender lejano viaje, o, por lo menos, ausentarse por largo tiempo.

La hora era matinal ¿qué podía ser?

Iba Rodolfo a llamar a Perico con el propósito de interrogarlo, cuando lo vio entrar de nuevo, presuroso, con otro sobre en la mano.

-Una carta más, para usted; urgente, muy urgente, según se me dice, de la señora de Levaresa -dijo el criado.

Montiano se incorporó y precipitándose sobre el papel que se le tendía:

-¿Aguardan contestación? -preguntó con rapidez.

-No. El mensajero ha partido.

Rodolfo rompió nerviosamente el sobre y lleno de asombro, leyó lo que sigue:

«¡Pronto, Rodolfo!, cualquiera que sea su estado, al recibir esta carta, sin pérdida de un segundo, diríjase al Club de XXX, de que es usted miembro; infórmese de lo que ha pasado allí ayer por la tarde y obre, después, como su conciencia se lo dicte.

»Una honra y una vida están en peligro! Los momentos son solemnes. Sé que en ellos se mostrará usted digno de sí mismo y de quien no vacila en romper, por fin, una forzosa y mortal reserva de más de dos años para decirle, en trance tan angustioso, que sufre, confía y esfera...

Lucía»

El efecto que produjo en el alma del joven la lectura de esta carta fue la de una luz que iluminara súbitamente un caos profundo. Los sentimientos de curiosidad que en cualquiera otra circunstancia, hubiera hecho necesariamente despertar lo misterioso del asunto que motivaba la esquela de Lucía, quedaron relegados a segundo término ante esta sola, dominadora consideración:

¡Lucía sufría por él! ¡Luego, Lucía lo amaba!...

Rodolfo se quedó un instante absorto, como embargado por el éxtasis de un júbilo infinito.

Pero la reacción vino luego. «Una honra y una vida están en peligro», decía el papel.

No había tiempo que perder. Sin acabar pues de reponerse; aturdido aún por todas aquellas sensaciones intensas, sucesivas; sin reparar en su estado, se precipitó a la calle.

Cinco minutos después llegaba al Club designado en la esquela.


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