Contra la marea: 33

Capítulo XXXIII
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Contra la marea Alberto del Solar


El solo recuerdo que conservó Montiano de ese momento terrible, al día siguiente, fue el de haberse sentido tomado por un humo vigoroso y arrastrado hacia afuera...

La voz de Perico había llegado también, confusa, a sus oídos...

Algunas horas después, sintió que despertaba como de soñar...

Se encontró recostado sobre un lecho, en sitio desconocido. Personas extrañas lo rodeaban. Pero pronto reconoció entre ellas a Jorge.

Sólo entonces se dio Rodolfo cuenta cabal de los sucesos. Su lucha con el fuego había dejado dolorosas huellas en su cuerpo: tenía las manos, la cara y parte de los brazos, llenos de quemaduras. Un médico lo asistía.

La primera palabra que salió de labios del herido fue una pregunta dirigida a Levaresa.

-¿Totalmente incendiada? -dijo.

-¡Totalmente! -contestó Jorge con acento sombrío, La catástrofe ha sido completa.

Inclinó Montiano la frente y no volvió a desplegar los labios en todo aquel día. El más completo anonadamiento se apoderó de su cuerno y de su espíritu.

Le pareció como si lo abandonara toda esperanza ¡esa esperanza que, nacida al calor de una ilusión, había logrado abrirse paso poco a poco hasta allí!

Mas, su estrella era fatal. Al cruzársele con tan encarnizada persistencia en su camino, parecía querer decirle: ¡de aquí no pasarás!...

La fiebre se presentó luego.

Durante varios días estuvo Rodolfo postrado en cama, casi inconsciente:

Cuando mejoró un tanto quiso levantarse, pero Jorge y su médico se lo impidieron.

A medida que el tiempo transcurría, iba explicándose menos su terrible situación. El facultativo puede estudiar los fenómenos patológicos en el cuerpo ajeno y aun en el propio; el psicólogo definir por medio de sus manifestaciones externas los sentimientos que se desarrollan en el alma que se propone observar; el fisiólogo relacionar los unos con los otros; pero el estudio de lo que se experimenta en sí mismo cuando se está bajo el dominio de una situación tan extraordinaria como aquella en que se encontraba Montiano, no es fácil de hacerse.

El desfallecimiento interno cuando es consecuencia de una extraordinaria tensión de espíritu, pocas veces tiene remedio inmediato; es como la espiral de acero, que al dilatarse en demasía, pierde su virtud de elasticidad.

Aquel hombre fuerte de otro tiempo, aquel luchador por la vida se volvió pusilánime. Con los codos apoyados en la almohada, apretados los puños sobre las sienes, durante largas horas de convalescencia dejó correr lágrimas amargas como la hiel. Reflexiones dolorosas lo asaltaron. Miró hacia el porvenir y vio sólo sombras que le dieron miedo; miró hacia atrás y se sintió ofuscado. Su espíritu, en extremo débil ya para soportar el brillo y el calor de los recuerdos felices, desmayose ante ellos, como la flor de la noche ante la luz de la alborada.

Varios amigos solicitaron verle. Montiano recibió esas visitas con la más profunda indiferencia. Nadie le habló de la pérdida del dinero de Lucía, lo cual le hizo creer que la existencia de ese dinero en su casa era aún ignorada por el público.

Perico no abandonaba a su amo un solo instante. El pobre viejo sufría y callaba. Veíasele en ocasiones pensativo y triste; en otras presa de la mayor aflicción.

Una mañana, hallándose solos los dos, le hizo Rodolfo, por vez primera, esta pregunta:

-Perico ¿conoces el alcance de mi desgracia?

-¡No he de conocerlo -replicó el fiel criado con acento de profunda melancolía-, no he de conocerlo, si sé todo lo que le cuesta!

-Explícate.

-Vamos... lo del dinero... los billetes guardados en el escritorio de caoba...

-¡Lo sabias! y ¿cómo?...

-Dos veces lo vi contándolos.

Pero ¿crees tú que alguien más tuviera conocimiento de la existencia de ese dinero en casa?

Perico se puso de pie. Su semblante que hasta ese momento había demostrado sólo melancolía y tristeza, se tornó de súbito grave. Alzó los dos brazos y cruzándolos, enseguida, sobre el pecho, dijo, con voz conmovida y tono casi solemne

-¡Juro por Dios que me ve y me ha de castigan si juro en falso, que de mi boca no ha salido nunca una sola palabra!

-¡Te lo creo, mi viejo, te lo creo! -replicó Rodolfo conmovido a su vez.

Y se quedó pensativo.

Perico prosiguió:

-¡Ah! ¡ese incendio, niño! ¡Hace quince días que me desvano los sesos pensando y pensando! Por la chimenea empezó; y con el viento que había... es claro. Pero ¿cómo empezó?... ¿cómo empezó?... ¡Eso es lo que no puedo entender!...

Y, a su turno, Perico se puso o pensar.

De pronto alzó la cabeza, y, mirando a Rodolfo con aire escudriñador, le preguntó como si quisiera provocar una confidencia:

-Y, dígame -esto es por hablar no más - ¿no tendrá usted algún enemigo?

Rodolfo hizo un movimiento de sobresalto.

-¿Por qué me lo preguntas?... -interrumpió vivamente.

-Por nada... porque se me ocurre... ¡qué quiere usted, Rodolfito! Yo no puedo quitarme de aquí, de la cabeza, los ruidos de esa noche en la azotea; y aquella gente mal entrazada... ¡huum! ¡nadie sabe de lo que son capaces los malvados!...

En ese momento sonó el timbre de la puerta de calle.

-Ve a ver quién es -dijo Rodolfo, disimulando la impresión causada en su espíritu por las palabras del viejo...

Perico salió.

Era el mensajero que, de parte de Lucía, llegaba, como de costumbre, a informarse del estado del enfermo.

Un segundo después entró el médico.

La interesante conversación quedó, pues, interrumpida.


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